Llevo más de dos meses alejado de El Salvador, un tiempo razonable para que mi libreta se haya salpicado lo suficiente de ideas que simbolizan el contraste entre mi tierra de origen (Euskadi) y mi tierra de adopción. Les comparto un ramillete de pequeños shocks culturales.
1.- En Euskadi casi nadie da los buenos días-tardes-noches cuando entra a algún lugar público y cerrado: una panadería, un bar, una oficina gubernamental... Cuando lo hago, siento que me miran raro.
2.- En la ciudad en la que nací y ahora temporalmente resido (llamada Vitoria-Gasteiz, como el polideportivo de Nejapa) el invierno sí es invierno. Entre diciembre y marzo nieva mucho, y la temperatura se ubica con frecuencia por debajo de los 0ºC. Ver la ciudad con el manto blanco tiene su encanto, claro, pero el frío conlleva el inevitable inconveniente del exceso de ropa. Y resulta tedioso poner los guantes en las manitas de mi hija Alejandra, llevar sí o sí suéter o bata en casa, o los terroríficos segundos después de la ducha caliente.
3. Ver programas de televisión en español de España es, siendo benevolentes, curioso. Los ‘oye, tío’ y los ‘joder’ de los personajes de The Walking Dead devienen insufribles, y sienta peor que una bofetada que llamen Crustáceo Crujiente al Crustáceo Cascarudo. De un día para otro Homero pasó a ser Homer, Rico McPato es ahora Tío Gilito, Tribilín se ha convertido en Goofy, y a la Rana René la llaman Rana Gustavo.
4. No son pocos los que a este lado del Atlántico han oído hablar de las maras, pero en el fondo aquí nadie sabe nada sobre pandillas ni sobre pandilleros (en honor a la verdad, en El Salvador abundan también este tipo de ignorantes, con el agravante de la cercanía). Una amiga ha bautizado a su hija con ese nombre: Mara. ¿Alguien lo haría hoy en El Salvador?
5. Quizá dos meses no sean tiempo suficiente para dar validez a esta sensación-generalización, pero igualmente la comparto: siento que en El Salvador los niños (me refiero a los niños y niñas de entre 3 y 10 años) son más respetuosos, más vivos, que están más centraditos. Me atrevo a interpretar que el sobreproteccionismo parental y el excesivo laissez faire, unido a las comodidades que rodean a la niñez vasca y española, están moldeando una generación… digamos… extraña.
Y después de este mi desahogo, ¿algún otro salvadoreño exiliado se animaría a comentar sus experiencias fuera del Pulgarcito?
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| Caricatura: Alecus |











