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miércoles, 3 de abril de 2013

Pequeñeces que engrandecen el Pulgarcito


Llevo más de dos meses alejado de El Salvador, un tiempo razonable para que mi libreta se haya salpicado lo suficiente de ideas que simbolizan el contraste entre mi tierra de origen (Euskadi) y mi tierra de adopción. Les comparto un ramillete de pequeños shocks culturales.

1.- En Euskadi casi nadie da los buenos días-tardes-noches cuando entra a algún lugar público y cerrado: una panadería, un bar, una oficina gubernamental... Cuando lo hago, siento que me miran raro.

2.- En la ciudad en la que nací y ahora temporalmente resido (llamada Vitoria-Gasteiz, como el polideportivo de Nejapa) el invierno sí es invierno. Entre diciembre y marzo nieva mucho, y la temperatura se ubica con frecuencia por debajo de los 0ºC. Ver la ciudad con el manto blanco tiene su encanto, claro, pero el frío conlleva el inevitable inconveniente del exceso de ropa. Y resulta tedioso poner los guantes en las manitas de mi hija Alejandra, llevar sí o sí suéter o bata en casa, o los terroríficos segundos después de la ducha caliente.

3. Ver programas de televisión en español de España es, siendo benevolentes, curioso. Los ‘oye, tío’ y los ‘joder’ de los personajes de The Walking Dead devienen insufribles, y sienta peor que una bofetada que llamen Crustáceo Crujiente al Crustáceo Cascarudo. De un día para otro Homero pasó a ser Homer, Rico McPato es ahora Tío Gilito, Tribilín se ha convertido en Goofy, y a la Rana René la llaman Rana Gustavo.

4. No son pocos los que a este lado del Atlántico han oído hablar de las maras, pero en el fondo aquí nadie sabe nada sobre pandillas ni sobre pandilleros (en honor a la verdad, en El Salvador abundan también este tipo de ignorantes, con el agravante de la cercanía). Una amiga ha bautizado a su hija con ese nombre: Mara. ¿Alguien lo haría hoy en El Salvador?

5. Quizá dos meses no sean tiempo suficiente para dar validez a esta sensación-generalización, pero igualmente la comparto: siento que en El Salvador los niños (me refiero a los niños y niñas de entre 3 y 10 años) son más respetuosos, más vivos, que están más centraditos. Me atrevo a interpretar que el sobreproteccionismo parental y el excesivo laissez faire, unido a las comodidades que rodean a la niñez vasca y española, están moldeando una generación… digamos… extraña.

Y después de este mi desahogo, ¿algún otro salvadoreño exiliado se animaría a comentar sus experiencias fuera del Pulgarcito? 

 
Caricatura: Alecus

jueves, 13 de diciembre de 2012

La Panamericana, los socorristas



No solo es la solemnidad de su nombre: Panamericana. Ni litorales ni longitudinales. Esa carretera, la que permite atravesar el país de Las Chinamas a El Amatillo, la que oxigena Santa Ana, Santa Tecla, San Salvador y San Miguel, la sonora Panamericana, es el principal eje vial de El Salvador. Eso, claro, no quita que al recorrerla uno pase junto a caballos jinetes vacas sombreros ventas-de-cocos-frijol-garrobos-caña-jocotes-cusucos-y-sandías motelesmil fovialitos humos vacas maíz-secándose-en-el-arcén reductores peenecés basura viandantes baches como trincheras vacas viejas etc etc etc. Y al que no le guste así, que se vaya a vivir a Noruega pues y deje de joder, porque así somos los guanacos, dirá alguno.

La mañana de este martes decembrino la Panamericana está engalanada de salvadoreñidad, el sol castiga pero poco. En tierras vicentinas, en el kilómetro 60 o 62, a saber, hay un puesto policial que está parando carros al por mayor, más poblado que lo que la costumbre sugiere pero todo dentro del guion. Al pasar, un uniformado levanta los dos brazos de manera poco ortodoxa, piso freno, y el carro se detiene unos 80 metros delante. Cuando por el retrovisor veo que quien se acerca corriendo es un joven de unos 16 años con camisa blanca, todo cobra sentido: el puesto policial sí es puesto pero no es policial, hay una maltrecha ambulancia parqueada que la velocidad invisibilizó, los uniformados llevan uniformes que simulan ser policiales –chalecos reflectantes y todo eso– pero que no lo son, son socorristas, socorristas guanacos inconscientes parece. No es la primera vez que me topo con un control de este tipo, un falso control policial, pero sí la primera vez que me pasa en el principal eje vial del país.

Al joven le doy dos coras, pero se las cobro un desahogo: dile a tus compañeros que acepten un consejo, que ustedes son dizque socorristas, que parece mentira, que obligar a frenar a los carros con engaños no tiene nombre, que van a originar algún accidente, que está bueno rebuscarse pero que hay maneras y maneras, que pase un buen día salú.

El muchacho apocopado dice que se lo dirá a los demás y da las gracias.

―Ya se lo voy a decir, gracias –dice.


Enciendo el Celta, y la Panamericana vuelve a su estado natural, el movimiento.
P.D. Por cierto, ministro Gerson, aprovecho para decirte que el estado de la Panamericana de San Martín hasta el desvío de Chapeltique es bastante lastimero. El principal eje vial del país.
Fotografía: Roberto Valencia
 

martes, 20 de noviembre de 2012

Mayonesa aguada


Sobre la 8.ª avenida Norte de Metapán, cerca del cruce con la 15 de Septiembre, hay un puesto de tortas como otros tantos miles regados por el país: un gran carretón metálico regentado por una señora sesentona y a la par una pequeña mesa y tres banquitos en los que rotan los clientes. Por $1.60 a uno le dan una torta con todo (“¿Cebolla va a querer? ¿Y chile?”) y una pequeña Salvacola para pasarla.

Terminando estoy la mía cuando se acerca otra señora que evidentemente tiene un trato de amistad con la dueña. Se saludan, se bromean. Están justo detrás de mí y hacen el ademán de hablar en voz baja, pero es más una actuación que un interés real. Les oigo todo. La plática comienza en el precio del pan francés, cada vez más disparado, pero pronto se dirige hacia las calidades de las mayonesas de carretón.

―El otro día –dice la recién llegada– las tortas las compré ahí a la vuelta, pero se me quejaron en casa. Estaba feya la mayonesa… 

―¿Acá, sobre la 15? Sí, ahí le ponen mucha agua. Bueno, en casi todos los puestos de por acá le ponen mucha agua, para que rinda más. Lo que pasa es que si la venta en el día está mala, el agua rápido acideia la mayonesa, y por no botarla algunas así la dan al siguiente día. 
―¿Así cree? 
―Así hacen. Yo acá hago la mayonesa en la mañanita, todos días, aunque me salga un poco más caro.

Pues quizá sea ese el secreto o quizá el hambre por la manejada desde la capital, pero, como diría mi madre –castellana de Castilla ella, castiza–, esta torta con mayonesa del-día-poco-aguada me ha sabido a teta.


Fotografía: internet

domingo, 19 de agosto de 2012

Esmeralda y el mercado de Cojutepeque

Creo tener claro –e intento plasmarlo en mis textos– que es un error suponer que pobreza y bondad van siempre de la mano, como también lo es lo contrario: suponer que pobreza y maldad son indisolubles. Entre los pobres pues abunda la maldad. Suena simple la idea, pero no debe serlo tanto, ya que son puñados los periodistas que se acercan a las personas de escasos recursos con la convicción de que llevan la honradez y la solidaridad en su ADN. Ocurre algo parecido con algunas feministas, que se escandalizan –con razón– ante el marido golpeador, pero que toleran o justifican la violencia de la madre hacia sus hijos. En conclusión, la maldad no es patrimonio de una u otra clase social.

Esmeralda García es pobre, pero su calidad humana está fuera de discusión. Lo escribo con tanta rotundidad porque la conozco desde hace ocho años. Ahora estamos hablando sobre la última vez que ella fue al mercado de Cojutepeque, sobre las picardías de las vendedoras. Esmeralda está convencida de que casi todas tratan de engañar al cliente. Pobres que engañan a pobres.

―En la leche se nota. Está bien rala cuando le han puesto agua. La gente por hacer más le pone agua. Al cocerlo se nota, y a veces gruñen las tripas, gruñen las tripas.
―¿A simple vista no se ve, en el propio puesto?
―No, porque como ya la dan embolsada. Es que las mujeres son bien pícaras. Todas las que venden las cosas embolsadas… juuuuum. Yo no compro lo que está embolsado. Si son tomates, mejor le digo: deme de esos otros, porque yo veo los que me va a poner. En cambio, en las bolsas, ponen los tomates volteados para que no se les vea el lunar, el parche. Ya me ha sucedido.

Habíamos empezado a hablar de la leche porque alguna vez que he visitado la casa de Esmeralda, ubicada en un cantón de San Rafael Cedros (Cuscatlán), me ha invitado a la cuajada más sabrosa que he probado nunca, la que ella misma hace.

―Yo ahora siempre le compro a la misma, porque me da la medida exacta…
―Hay gente honrada también pues…
―Sí, claro, también hay gente honrada. Uno las termina conociendo. Y yo a la que ya me friega una vez no le compro más. Hay una señora, y yo ya le he dicho a mi nuera, que hace los volcancitos de los tomates en la mesita, y pone: diez por el dólar, y cuando llegué a la casa me aparecieron solamente nueve. Y no sé ni cómo lo hizo: porque y los conté en el volcancito y eran diez. A saber cómo quitó uno al meterlos en la bolsa.

Luego me cuenta el caso de un vecino del cantón que fue a Ilobasco a comprar frijol para semilla, frijol nuevo. Se vino contento con el producto y con el precio, pero fue sembrarlo y a los pocos días darse cuenta de que se lo habían bajado, que lo que había comprado era en realidad frijol viejo, puesto a remojar la noche anterior para que hinchara tantito. No le nació.

Este tipo de relatos no tienen fin en boca de Esmeralda. Y si así tratan a los oriundos en el mercado, ya pueden imaginar a qué niveles se disparará la picaresca con el foráneo. 

Fotografía: internet

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martes, 14 de agosto de 2012

Sopa de mapache

Hay conversaciones que duelen.

Esta tuvo lugar el 13 de febrero de 2008, tras haber pasado el día entero escuchando quejas de los pescadores artesanales de la desembocadura del río Lempa, en confianza. Esta es una zona que en gran medida depende del punche, un cangrejo que supo hacer del manglar su hábitat, y que hoy día trata de sobrevivir a sus principales enemigos: el mapache y el ser humano. Hay poco que decir sobre a quién debe temer más.

—El mapache –habla José Mario Martínez– es listo. Cuando el punche está en la trampa, le hace así con una manita, mete la otra, y ya, saca el punche.
—Solo le hace falta fabricar las trampas, ¿no? –pregunto.
—Solo fabricarlas, sí… Pero son buenos los mapaches…
—…
—Yo, cuando los hallo, los mato y me los como asados, o en sopa.
—Y, aparte del mapache, ¿qué hay por aquí? ¿Venados?
—No, se los acabaron. Mire, cuando se dieron los Acuerdos de Paz aquí había una especie de venados... y se los acabaron los grandes, porque a veces nos piden a los pobres que respetemos el ambiente y los grandes no respetan.
—¿Los grandes?
—Los grandes, los cuelludos. Cuando acabó la guerra venían hasta siete y ocho tiradores en grandes carros...
—...A matar venados.
—Sí, a matarlos, y se llevaban cinco o seis. Este muchacho –señala a un hombre cuarentón que rápido asiente con una sonrisa– tiene una foto en la que hay tres venados colgados de un solo. A nosotros nos daban 50 pesos por arriarlos hacia donde ellos disparaban. Nos daban los 50 colones, y nos dejaban el animal después de quitarle las piernas, los brazuelos y el lomo. Y así mataron todo ese animalero que había.
—Cuche de monte, ¿queda?
—Nada.
—Lo más grande que queda, ¿qué es?
—Solo el mapache… y el gato de monte.

José Mario tiene mucho que decir sobre lo que ocurre en el Bajo Lempa. Tiene 50 años, es un punchero de la comunidad La Chacastera, en el municipio de Jiquilisco, y sus palabras, si bien se circunscriben a una zona concreta, ilustran por qué El Salvador está como está en términos medioambientales. Mal. Lo dice él, y lo dice también la Universidad de Yale (Estados Unidos), que en enero hizo pública su actualización del llamado Índice de Desempeño Ambiental. De entre los 149 países evaluados en todo el mundo, en el apartado de Hábitat y Biodiversidad El Salvador tiene a 140 encima y tan solo ocho debajo.

Fotografía: Roberto Valencia
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(Este relato es una versión mejorada de la entrada de un reportaje titulado Mucho que decir sobre los punchespublicado el 24 de febrero de 2008 en la revista Enfoques, del diario salvadoreño La Prensa Gráfica)

martes, 15 de mayo de 2012

Pláticas con pandilleros (V)

  • Temas generales de la conversación: el ingreso en la pandilla 
  • Fecha de la plática: 26 de abril de 2012 
  • Estatus del pandillero: es un pandillero que se presenta como un “retirado” de la Mara Salvatrucha (MS-13), desvinculado completamente y amenazado de muerte; a la vista de los pandilleros activos es un peseta, un traidor. Vive en la casa de un pastor de una iglesia evangélica, se ha convertido, y trabaja en una maquila 
  • Otros datos relevantes: tiene 30 años al momento de la entrevista y fue brincado a los 15
Los pandilleros en general son reacios a hablar de las interioridades de la pandilla, y esa actitud –que es regla de funcionamiento escrita– está mucho más acentuada en los activos. Para hablar de su barrio, de la clecha, lo recomendable es hacerlo con un calmado o, mejor aún, con uno completamente desvinculado de la pandilla. Ricardo está en esa situación: él rompió de forma abrupta con la Mara Salvatrucha y hoy su vida es una eterna huída.
—Al principio, cuando uno comienza a relacionarse con una pandilla, ellos le ofrecen a uno ayuda, ayuda en muchos aspectos, ¿va? Económica sobre todo: aquí vas a estar bien, aquí estamos nosotros, somos hermanos, somos una familia, nosotros te apoyamos…
—Y puros, y guaro… ¿no?
—También, pero yo nunca le he hecho a eso… en serio.
[…]
—¿Tú en qué clica estabas?
—Eso ahora no lo puedo responder, pero yo llegué a ser líder de una clica, desde afuera como estando preso en Chalatenango y luego en Quezaltepeque. Y sí, uno puede obtener todo lo que uno quiera, pero más sin embargo, pero aun haciéndolo, recibiendo lo ilícito y todo eso, siempre en mi mente y en mi corazón estaba: hey, esto no está bien… Parece como si estuviera diciendo lo contrario que dije de primero, ¿va? Que el apoyo y todo eso. Pero es que en mi mente no podía caber eso de que… Sí, está bien el apoyo, pero de una manera quizá diferente…
—Y si tienes eso tan claro ahora, ¿cómo te explicas que 15 años después de haber entrado tú la pandilla sea cada vez más grande?
—Sí…
—¿Por qué eso que tú ahora ves tan malo sigue seduciendo a tanto joven?
—Yo creo que quizá la razón más fuerte para que un niño o un joven quiera entrar es porque al pandillero lo ve bien vestido, con dinero y quizás hasta con cipotas ahí, ¿va?
—Ya he escuchado antes eso de que muchas jovencitas ven con buenos ojos a los pandilleros.
—Exacto, a uno le va mejor con las cipotas siendo pandillero, pero otra de las razones, y diría yo que en mi caso personal fue la principal, uno de los atractivos fue porque yo no tenía nada. Muchos jóvenes no tienen nada en casa. Nada. No hay qué comer, no hay qué vestir, no hay que ponerse de zapatos, quizá ni yinas. Entonces, ellos ven aun pandillero bien vestido, que maneja bolas, y dicen: hey, sí…

Fotografía: Roberto Valencia
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jueves, 5 de abril de 2012

Yo pago, vos embolsás

Un payaso que grita ronco y demasiado ofrece pintar la cara del niño si la madre o el padre compran el dentífrico Aquafresh.

Hoy es 15 de octubre, aniversario de un día importante en la historia de este país, pero aquí eso a nadie le importa nada. Esto es un supermercado, la Despensa de Don Juan de Ayutuxtepeque, el ubicado donde comienza la colonia Scandia. Quizá sea por ser día de pago, quizá por la hora –doce y cinco del mediodía–, pero las cajas están abarrotadas. Tengo cinco o seis delante, y eso que en teoría esta es la caja rápida. Toca esperar y, lo peor, corroerme por dentro ante la contemplación obligada de uno de los comportamientos sociales que más me hierve la sangre.

Pasa primero un hombre con su pachita de guaro y su montón de monedas, y lo hace. Luego la señora con ropa deportiva y panza que abarca todo el pasillo, y lo hace. Pasa más luego el hombre setentón paraguas bajo el brazo, y lo hace. También el treintañero con su bolsón de Huggies, y lo hace también. Pasan madre e hija –o tía y sobrina, quién sabe– con tres pollos preparados y envasados, y lo hacen. Lo hacen, lo hacen, lo hacen.

El payaso ronco no pinta nada.

Lo hacen. Todos lo hacen. Cuando el cliente llega frente a la cajera, quizá saluda, y cuando ella pasa los productos por el lector y los deja caer a su izquierda, el cliente se queda quieto, brazos cruzados incluso, hasta que alguien se los embolsa. Otros días hay viejitos a los que se les dan unas monedas, pero ahora no, y ni por esas la gente pide una bolsa y embolsa él mismo su compra. Es como si el precio incluyera una dosis de humillación hacia las personas que se pasan ocho horas diarias amarradas a una caja registradora.

Esto no es hoy ni ahorita ni la Despensa de Don Juan ni las cajas rápidas ni los tuxteños. Esto es pan de cada día. Así somos. Raro es el que escapa a esta arraigada costumbre de sentirse 
patrón siquiera por unos instantes. Yo pago, vos embolsás. Y ya.

Fotografía. internet

martes, 25 de octubre de 2011

Solidario como un salvadoreño

Hoy es viernes, 21 de octubre, 4 y media de la tarde más o menos. El microbús de la 52 que baja del cantón El Carmen hasta el centro de San Salvador va lleno como casi siempre a esta hora, la gente de pie. En una de las paradas de la calle El Mirador –la que sube desde la 75.ª norte y pasa junto a Torre Futura–, un viejita se sube con esfuerzo, septuagenaria o maltratadísima por la vida si aún no lo es…

Brilla el sol, aunque El Salvador sigue en emergencia nacional por unas lluvias que se han cobrado 34 vidas y han obligado a albergarse a más de 50,000. En estos días la tele y los diarios están llenos de mensajes que dicen que somos un pueblo que nos levantamos después de cada tragedia, que tenemos solidaridad para exportar, que miles-decenasdemiles-cientosdemiles han llevado enigmáticas bolsas negras a los centros de acopio de TCS, de Canal 21, de Súper Selectos, del Tabernáculo de Avivamiento, mensajes optimistas que disfrazan un con-la-que-está-cayendo-voy-a-trabajar-porque-si-no-el-patrón-me-despide por un voy-a-trabajar-porque-soy-salvadoreño, mensajes que invitan a olvidamos de los 12-13 muertos diarios, de los desfacelados, de las niñas violadas, de los salarios de hambre, de la opulencia de esa Torre Futura que se erige insultante sobre la miseria, mensajes que dicen que sí, que somos solidarios, mihermano, que uno de los pueblos en los que más desigualmente está repartida la riqueza es a la vez solidario, SO-LI-DA-RIO, y lo dicen con musiquita de fondo y niños caretos sonriendo y presentadoras acicaladas y es-la-voluntad-de-dios… Y como a los salvadoreños debe gustarnos que nos den paja, o dárnosla nosotros mismos de un solo, pues muchos hasta nos creemos eso de que somos solidarios, de que violencia hay en otras partes también, eso del país de la sonrisa.

La viejita sube con un gran bolsón y un paraguas negro y cerrado entre sus brazos. Es tan chiquita que no alcanza a agarrarse a la barra de arriba y se acomoda como puede a la par de un asiento. Nadie se levanta. En este microbús, topado mayormente por jóvenes y jóvenas, por salvadoreños y salvadoreñas, por presuntos solidarios y solidarias presuntas… nadie se levanta para ceder su asiento a una septuagenaria. Nadie.

Fotografía: internet

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Lágrimas de cocodrilo por una elefanta

[Este relato se publicó en el periódico digital español El Mundo el 22 de septiembre de 2010, bajo el titular La muerte de una elefanta conmociona El Salvador. Hoy se cumple un año de la muerte de la elefanta Manyula, y estas mismas palabras adquieren nuevos matices... creo yo]

En El Salvador ocurren situaciones que cuesta explicar cuando se escribe para fuera. Cuesta explicar, por ejemplo, que dos pandillas juveniles paralicen el país tres días; cuesta explicar que un presidente que decía ser de izquierda no promueva mejoras en el salario mínimo; y la última,cuesta explicar que la muerte de una elefanta cree un estado de conmoción cuando asesinan en la indiferencia a 12 personas todos los días.

La elefanta en cuestión, de la subespecie asiática, se llamaba Manyula. Falleció a las 17:50 del martes de un paro cardio-respiratorio, después de una semana de agonía generada por una falla en su sistema renal. “Quiero informar al pueblo salvadoreño que Manyula no sufrió”, dijo a los numerosos medios de comunicación presentes el director del Zoológico Nacional, Raúl Miranda.

La confirmación de la muerte provocó la interrupción del noticiero nocturno de Tele2, uno de los canales con mayor audiencia. Cientos de personas se acercaron a las instalaciones del zoológico, y otro noticiero, el de CuatroVisión, incluso se atrevió a enviar a su presentadora vestida de negro para informar desde el lugar de los hechos, en medio de mariachis y junto a un hombre disfrazado de Santa Claus.

Este miércoles todos los diarios amanecen con la noticia en sus portadas. “Manyula nos deja”, dice El Diario de Hoy. “Luto por muerte de elefanta Manyula”, dice el diario salvadoreño El Mundo. “Manyula nos dijo adiós” y “Reina del zoológico”, dice La Prensa Gráfica, un periódico que le dedica cinco páginas completas, casi todas de puras fotografías. En las redes sociales Twitter y Facebook no se habla de otra cosa.
¿Quién era Manyula?

La elefanta Manyula llegó a El Salvador en junio de 1955 embarcada en un carguero alemán de nombre Rheinstein. El Gobierno de aquella época compró un lote de 18 animales al zoológico Hagenbeck Tiepark de Hamburgo para intentar convertir el parque de la capital en un reclamo turístico.

El documento oficial de embarque señala que el ejemplar tenía tres años, por lo que falleció con 58, si bien un error de conteo cometido en el año 2000 por las autoridades del zoo –y que no han querido corregir los sucesores– llevó a creer que Manyula este año cumpliría 60. Había nacido en la India y había sido enviada a Alemania en abril de 1954.

Un estudio fechado en 2004 estableció en 45 años la vida promedio en cautividad de las elefantas asiáticas en zoológicos estadounidenses. Manyula vivió 55 años en unas condiciones que distan de las que se brindan en países desarrollados. Sobrevivió a tres terremotos, cuatro huracanes y dos guerras: la guerra civil (1980-1992) y la guerra contra Honduras (1969). En la actualidad, no más de una docena de elefantes en todo el continente superaba su edad.

Más allá de los números, en un país escaso en referentes propios, la elefanta terminó convertida en un ícono nacional e intergeneracional. Ese nombre lo reconocen la inmensa mayoría de las personas de 10, 30 o 70 años, y cuesta encontrar a algún salvadoreño que no la haya visitado en alguna ocasión.

“La verdad es que es la atracción principal del zoológico, porque lo cierto es que la mayoría de los niños que nos visitan se concentran en el área de la elefanta. Digamos que es el animal principal”, me dijo tiempo atrás Jorge Adalberto Campos, uno de sus cuidadores.
¿Y ahora qué?

Disecarla, conservar su esqueleto, bautizar el zoológico con su nombre y hacerle algún monumento conmemorativo fueron algunas de las propuestas que se escucharon en los últimos días, cuando se tenía certeza de la inminencia de su muerte. Hay quien pide un sustituto, hay quien pide que se cierre el zoo.

Lo único seguro es que este miércoles será sepultada en el mismo recinto en el que vivió 55 años, y que el Gobierno no parece estar dispuesto a desaprovechar esta oportunidad de que durante unos días el país hable de Manyula y no de otros problemas, como el encarecimiento del frijol y de la gasolina. La Secretaría de Cultura prepara ya un listado de actividades conmemorativas.

La conmoción durará algunos días. Luego pasará, como ocurre siempre aquí, y el país regresará a su normalidad: niños harapientos en los semáforos, comunidades enteras sometidas por las maras, discusiones estériles entre los diputados, los 12 asesinatos de cada día… Es una de esas situaciones que ocurren en El Salvador que cuesta explicar cuando se escribe para fuera.

Fotografía: Roberto Valencia

lunes, 27 de junio de 2011

El monstruo azul

Son las 2 de la tarde y los alrededores de Catedral metropolitana están extrañamente vacíos y transitables; hasta se escucha el cantar de los pájaros entre los árboles del parque Hula-Hula. En unas horas llegará, dicen, el presidente de Estados Unidos a visitar la cripta de Monseñor Romero, pero eso, la verdad, poco importa para este relato si no fuera porque es eso lo que mantiene las calles cerradas al tráfico vehicular y por la presencia masiva de policías y soldados.

Sobre la acera de la avenida España, en la cuadra de la catedral, caminan en sentido sur-norte un joven padre y su hijo de no más de tres años. El niño llora con ganas, berrea, como si el llanto fuera si mejor argumento, y el padre, un vendedor de los puestos de música cristiana, lo lleva casi a rastras, zarandeándolo de la mano por lo descompensado de las zancadas. Cuando llegan a la esquina de la cuadra, el joven padre se detiene y, al ver en la acera de enfrente un grupo de agentes de la Policía Nacional Civil, se agacha para dirigirse a su hijo, pero eleva la voz.

—Mirá quiénes están ahí… Si no dejás de llorar, te llevaré con la Policía.

Pero ni con esas reprime su llanto el niño.

Fotografía: Roberto Valencia

domingo, 17 de abril de 2011

El señorito salvadoreño


El señorito hojea una revista cuando le traen su segunda cerveza y los tres platos de comida que ha encargado. Los recibe sin siquiera alzar la mirada.

Es mediodía de un soleado sábado, y hoy el señorito decidió pasar unas horas con su pequeño hijo en la piscina del Centro Español, en el corazón de la exclusiva colonia Escalón. Pero ahora está solo. Su hijo de no más de 4 años se fue hace un par de minutos al baño. Para el señorito –unos 45, alto, barriga incipiente, pelo canoso con entradas pronunciadas–, acompañar a mear a su hijo resulta tedioso. También lo es tener que darle de comer, aguantar sus niñerías o jugar a batear una pelota roja de espuma con un bate que también es de espuma y también es rojo. Para todo eso lleva a su criada.

El señorito debe pensar que llevarla al Centro Español le da estatus, que todos lo miran con algo de envidia. Quizá por eso se esfuerza en explicitar que es su empleada, y no es una amiga ni mucho menos alguien de la familia. Ella es joven, 20 años exagerando, delgada de piel morena, tiene el pelo liso y recogido con una goma y viste un horroroso traje azul oscuro con un delantal blanco amarrado a la cintura. Le queda ancho, como si la persona que lo usó antes pesara el doble. El señorito no habla con ella; sólo le da órdenes.

—El niño quiere ir al baño –le ha debido decir hace un par de minutos.
 

El señorito pagará a la criada la soda Tropical de uva y el plato de comida, y está convencido de que eso le da derecho a ser un hijoeputa.

Al rato, ella regresa detrás del niño, y comprueban con satisfacción que los platos están servidos. La mesa es redonda y amplia, pero el señorito ha tenido que apartar la revista y su computadora portátil. Parece que los tres tienen hambre. Antes de empezar, sin embargo, el señorito pide a todos que agradezcan a Dios por los alimentos que van a recibir. Los tres se persignan. Luego, comen en silencio. 


Fotografía: www.tonterias.com

miércoles, 9 de febrero de 2011

Patanes, gañanes, arribistas y gangueros

Nadie lo dice, pero falta poco para la medianoche y sabemos que es hora de despedirnos. Somos tres. Los otros dos son un oficial de la Policía Nacional Civil (PNC) y un amigo mío, periodista también. Nos hemos sentado a las 9 de la noche en la penumbra de un bar de la capital para hablar sobre pandillas, sobre el narco, sobre la PNC misma. Es una de esas conversaciones sin grabadora ni cámaras, pero que, si se superan las barreras de desconfianza, aportan más que pasar toda una vida yendo a conferencias de prensa. Esta entrevista en concreto está resultando muy ilustrativa, pero, después de cinco o seis cervezas, en la mesa ya se ha instalado la sensación de que debe llegar a su fin.

El oficial de la PNC es de los veteranos, de los que algún día se podrá afirmar que entregó su vida por el cuerpo. Fiel a las referencias que nos habían dado, parece alguien honesto y con un fuerte sentido institucional, al punto que toda la noche se ha esforzado por presentar a la Policía como una de las instituciones menos contaminadas del engranaje social salvadoreño. Hace apenas unos minutos, después de hablar largo sobre perrones, emeeses, jueces corruptos, pegeerres y mediomillones, nos ha compartido su teoría de por qué El Salvador no camina como debería. Adjetivo más, adjetivo menos, los salvadoreños, ha dicho, somos patanes, gañanes, arribistas y gangueros. Nos disgusta el orden y consideramos las normas de convivencia social como instrumentos que solo los pendejos respetan. Sus argumentos han sido muchos y variados, pero se pueden resumir en un ejemplo: si yo me voy de la delegación y dejo mi celular en la mesa, ha dicho, me lo robarán, seguro, igual que los agentes se roban entre ellos los cargadores y las botas; pero lo curioso en El Salvador es que si eso llegara a suceder, para los agentes el tonto sería yo por haber dejado el teléfono, no el ladrón; así ocurre en este país, ha dicho, y no avanzaremos mientras no corrijamos estas mañas tan interiorizadas.

Yo le he dado la razón, y hasta he contribuido con otro ejemplo: lo que ocurre en la avenida Jerusalén cuando hay trabazón, cuando decenas-cientos-miles de listillos –ricos, pobres, licenciados, analfabetos– utilizan el hombro de la calle para evitarse la cola.

Como contrapeso a la negativa descripción de la salvadoreñidad, el oficial de la PNC solo ha destacado la cherada como cualidad digna de exportación.

Pues bien, pagada la cuenta, nos despedimos en la puerta del bar, y cada uno se dirige a su carro. Han sido cinco o seis cervezas y los tres daríamos positivo en el alcotest, pero el oficial va más allá cuando con su impecable 4x4 hace un giro prohibido, se salta la doble línea amarilla y maniobra sobre la acera… como todo buen salvadoreño. 



Fotografía: Roberto Valencia

martes, 18 de enero de 2011

En El Salvador manejamos mal

En El Salvador manejamos mal. Más de 1.100 fallecidos en accidentes de tránsito durante 2010 –tres cada día– no dejan mucho margen para la objeción, y menos aún cuando esas cifras se relativizan: la tasa de muertos por cada 100.000 habitantes es cinco veces –cinco veces– superior a la de España, y eso que tenemos un parque vehicular proporcionalmente menor y mayores restricciones en cuanto a la velocidad máxima permitida. Pero incluso dejando los números a un lado, hasta un ciego ve que los carros se parquean sobre las aceras con total impunidad, que los intermitentes parecen elementos decorativos, que el respeto al peatón está bajo mínimos, que manejar borracho no está socialmente mal visto, etc., etc. Se mire por donde se mire, y pese a quien pese, en El Salvador manejamos mal.

A esto le voy dando vueltas mientras manejo por la carretera Panamericana rumbo a una pequeña ciudad del oriente del país llamada Santiago de María. Manejemos mal, no hay duda, pero veo –y así lo registro en mi grabadora– que no es solo cuestión de habilidades al volante, que la siniestralidad es, creo yo, el resultado de un cúmulo de circunstancias que podrían agruparse en cuatro: una pésima educación vial, una débil institucionalidad que genera impunidad, unos índices de pobreza que convierten las carreteras en codiciados puntos de venta y una tolerancia social hacia todo lo anterior.

Acabo de dejar atrás San Martín, la última ciudad del Área Metropolitana de San Salvador. Estoy en el campo, aunque esto es un decir en el país más densamente poblado del continente y sobre el... (Este relato puede leerlo completo pulsando aquí).

Fotografía: Roberto Valencia

viernes, 7 de enero de 2011

La gasolinera

A simple vista, es una gasolinera más: seis bombas con sus mangueras y sus colores para diferenciar los combustibles. A un costado, la tienda mil-usos donde se puede comprar desde un café o una soda hasta preservativos. Es esta una fría mañana de diciembre, y en este momento nadie compra ni nadie reposta. Solo se ve, enfundado en un llamativo overall, a un empleado con poco pelo. Parqueo el carro pegado a una de las bombas, salgo, miro al interior de la tienda y, al ver que no hay nadie, subo la voz para que el empleado me oiga.

—¿Cómo funciona esto? ¿Dónde se paga?
—Sírvete y luego pagas adentro.

Fuleo el tanque y entro a pagar. Me he servido sin antes entregar documentos ni pagar ni un peso. El mismo empleado, que ahora compruebo que ronda los 30 pese a la calvicie, está ya adentro. Cancelo y me retiro.

Todo encaja, pienso: Petronor y no Texaco o Shell, me he servido litros en vez de galones, he pagado en euros, el frío que hace es inconcebible para el Trópico, como la alopecia casi juvenil del empleado, y, sobre todo, la confianza -repito: la confianza- como la piedra angular de las relaciones entre iguales. Definitivamente, no estoy en El Salvador.


Fotografía: internet

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Anónimo

Martes 16 de noviembre, en torno a las 3:10 p.m., hora salvadoreña. Después de leer uno de mis artículos y de sentirse agredido por lo que en él se dice, Anónimo se siente mal y cree que la afrenta no puede quedar así. Piensa en cómo desquitarse. Me conoce. Anónimo y yo hemos trabajado juntos, seguramente en el diario salvadoreño La Prensa Gráfica, pero no tiene el valor suficiente para firmar lo que piensa. Herido en su orgullo, escribe un comentario, lo repasa varias veces al punto de que casi logra dejarlo sin errores de concordancia o puntuación, y a las 3:20 p.m. presiona satisfecho el botón de Enviar. 

Me causa mucha tristeza los comentarios del señor Valencia, ahora colaborador de este periódico español, proeza que logró gracias a su paso por las redacciones de los medios salvadoreños a los que ahora crítica tan férreamente. Obviamente, su nuevo trabajo lo ha logrado por la coyuntura y el lugar en el que se encuentra y no su calidad. Lamento terriblemente que haya aprendido lo que tanto crítica, a meter como lo hacemos la gran mayoría de los salvadoreños "a todos adentro del mismo saco". No todos los salvadoreños celebramos la muerte de estos jóvenes criminales y no creo que usted, quien critica tanto a los medios salvadoreños copie el mismo método de los que venden noticias basura a los canales estadounidenses a costa de lo que tanta amargura le causa. Su espejo está tan empañado en su apuesta de redentor que no ha visto que le está vendiendo la misma basura, con otra perspectiva y lenguaje a sus "colegas" españoles, ibéricos o, perdón, vascos. 

Anónimo reacciona así a un artículo titulado Un país que celebra sus tragedias, publicado tres días atrás en el blog Crónicas desde Centroamérica, albergado en la web del diario español El Mundo. El texto que originó su reacción no era más que una reflexión en voz alta sobre la violencia que carcome a la sociedad salvadoreña y sobre cómo esa violencia permea también en el comportamiento de nosotros, los periodistas, y en nuestra manera de hacer coberturas, muchas veces carente de ética. El detonante de mi reflexión fue la indisimulada satisfacción con la que, en general, el país recibió la noticia del incendio que ha costado ya la vida a 26 pandilleros en el penal de Ilobasco. A Anónimo parece que no le gustaron mis palabras, algo lógico porque para eso uno se expone en el escaparate y nadie es monedita de oro, pero me temo que lo que le movió a escribir no fue una discrepancia sana. Vamos por partes. 

Anónimo me conoce pero yo no sé quién es: sé que es alguien que trabajó cerca de mí, que se cree un buen periodista, que se las puede todas, obviamente sé también que es un cobarde, y poco más. Por esa cercanía, Anónimo sabe muy bien que mis críticas a los medios salvadoreños y mis señalamientos de las carencias que los periodistas tenemos como gremio no son algo nuevo en mi discurso, como quiere vendernos, sino que las he señalado, con mayor o menor acierto, desde que llegué a El Salvador hace ya una década y en infinidad de situaciones y lugares distintos, y que yo me sé corresponsable de esta situación. Anónimo sabe también que yo sé que no todos los salvadoreños celebraron la masacre –aparece de forma explícita en el texto: “Es una generalización y como tal siempre conlleva excepciones”–, pero sobre esa idea que él inventa apoya su teoría para presentarme como un arribista desagradecido. Anónimo, en definitiva, es alguien conocido, pero ignoro por qué razones aprovechó este artículo para vomitar sus viejos y mal disimulados resentimientos. 

Anónimo (o Anónima), si querías publicidad a tus palabras, acá la tenés, con megafonía. Y ahora que terminés de leer esto, porque sé que lo harás, solo te pido que pensés en tu vida profesional, en lo que cuando tenías 22 años aspirabas a ser y en lo que te has convertido. ¿No te apena querer dar lecciones de ética cuando ni siquiera te atrevés a firmar lo que escribís? Mirate en el espejo; lo dudo, pero quizá estés a tiempo de hacer algo en esta profesión, algo que realmente merezca la pena, de escribir un texto que algún día podás enseñar orgulloso a tus nietos, de serle útil al país y no solo a quien paga tu salario. Pensá, Anónimo, en algo más que tener un plasma o una Toyota Prado, y aprendé a encauzar bien ese resentimiento que te impide ver ojos bonitos en cara ajena, esa envidia que te carcome desde adentro; si no, vas a pasarlo mal en los próximos meses-años. Creeme, Anónimo.

Fotografía: Roberto Valencia

domingo, 5 de septiembre de 2010

En la cola del Citibank

Once y ocho minutos. Es víspera de vacaciones, y la sucursal del Citibank de la 79 avenida Sur de San Salvador, más que un banco, parece la Rubén Darío un 24 de diciembre. Por el gentío, digo. Incluso hay tres o cuatro niños que hacen el amago de jugar a las escondidas entre las columnas, hasta que una madre pide orden. Estos niños, con juegos, pero cada quien mata el tiempo como puede. Unos cuantos escuchan música con sus celulares. Otros entablan conversaciones huecas. Los más no hacen absolutamente nada, solo miran alrededor con cara de circunstancia y evitan cruzar las miradas con otros. Yo, que intuía esto, he venido con un libro, uno de cuentos titulado Último viernes. También estoy tomando notas, claro, para poder escribir esto algún día. Y es que para hacer colas, cuando quieren hacerlas, los salvadoreños son –¿somos?– pacientes como pocos, y uno de esos pocos lugares en los que se respetan con estoicismo las colas son las sucursales bancarias. No importa que incluso haya razones para protestar, como las ventanillas incuestionablemente clasistas. Hay una para ancianos, discapacitados y embarazadas, que tiene su razón de ser, pero ahora mismo cuento otras tres ventanillas especiales: una, la empresarial, es para trámites empresariales, obvio, pero hoy tampoco se ve tan vacía; las otras dos son para clientes VIP, para adinerados. En El Salvador se asume con naturalidad que los que más dinero ahorran no tienen por qué mezclarse con la gatada. ¿En qué cabeza cabe que compartan cola y olores un pobre hombre que va a cobrar su cheque quincenal de 120 dólares y una repeinada señora que quiere remesar 1.000 dólares a su hijo que estudia en Estados Unidos? Pues eso. Ahora mismo cuento siete clientes very important people que tienen dos empleados a su disposición, mientras que cuarenta gatos nos tenemos que repartir entre cuatro ventanillas. Pero no me quiero quejar tanto hoy, en serio. De hecho, esto de alternar lectura con observación y anotaciones hace que pase más deprisa el tiempo. Once y veintidós minutos. Miro al suelo, un pulcro y embaldosado suelo blanco. Está limpio, como si lo hubieran colocado ayer. En realidad, toda la sucursal transpira limpieza. En realidad, todos los bancos en los que he entrado en este país son iguales en este aspecto. Mucho más, infinitamente más pulcros que los hospitales públicos. Este, además, tiene colgados en sus paredes llamativos anuncios publicitarios con modelos anglosajones. Amplias sonrisas. Un padre que da la pacha a su bebé, una joven estudiante en Londres, un ejecutivo que viaja en primera clase de un avión. Todo son amplias sonrisas. Nada que ver con los gestos serios de esta cola, rasgos indígenas, poco o nada de maquillaje, mujeres y hombre feos. Once y treinta y uno. Un niño regordete de unos diez años entra delante de su padre, dando saltos. Su sonrisa parece honesta, no como las de los carteles, pero se le desvanece apenas llega a la cola, que para mí ya es más larga hacia atrás que hacia delante. Casi termino un cuento titulado La locura, pero cierro el libro por un momento. Miro y pienso si alguien aquí estará mirándome y pensando qué hace este loco, este loco que lee, que mira y remira, y que luego anota en hojas de retiro de fondos. Miro de nuevo, pero no me cruzo la mirada con nadie. Continúo la lectura. Once y treinta y ocho. Termino el cuento. Ya solo faltan doce para que me atiendan. Me da por observar los logos de las camisolas que hay en la cola: Project Africa, dice una; otra es de los Lakers, otra más dice Corre con la visión; en una oscura se lee Embutidos de El Salvador S.A. de C.V.; y un cuarentón bigotudo carga otra que dice Friday’s Restaurant & Bar Mantenimiento. Once y cuarenta y cinco. Solo tengo tres personas delante, y me invade una extraña sensación de felicidad. Miro al otro lado de las ventanillas, hay hoy más mujeres que hombres, pero solo una es joven y guapa, la de la número 5. Ojalá me toque con ella, pienso, aunque, estoy convencido, seguro que es la más antipática. Estos minutos son los más largos. Ya no tengo a nadie delante. Espero un poco más. Se desocupa una ventanilla. ¡La 5! Buenos días. Entrego cartilla, carné de residente y hoja de retiro rellena.

—¿Hasta qué hora abren hoy? –pregunto, para forzar una plática que no fluye, como si los bancarios tuvieran prohibido hablar con los clientes.
—Hasta las 12 –y suspira–. ¿Cómo lo quiere?
—De a 20.

Cuenta y recuenta, y luego me entrega mi dinero. Gracias, y felices vacaciones, le digo. Ni siquiera me mira a los ojos. Doy media vuelta y, antes de salir, alzo la vista para observar por última vez el reloj de la sucursal. Son las once y cincuenta y un minutos.


lunes, 30 de agosto de 2010

Las edades de Manyula

(Preámbulo necesario para los lectores no salvadoreños o los salvadoreños despistados. En San Salvador hay un zoológico y en ese zoológico hay una linda elefanta que se llama Manyula. Llegó al país en junio de 1955 e inexplicablemente sigue viva. En el año 2000 las autoridades decidieron conmemorar los 50 años de vida de este emblemático animal, y decenas de miles de personas respondieron a la iniciativa. Cinco años después, en 2005, al paquidermo le celebraron sus 55 años, y estos días se aprestan a celebrarle los 60. En un país pequeño, compacto y en el que escasean los referentes de este tipo, esta elefanta se ha convertido en parte fundamental del acervo cultural salvadoreño. Quizá algunos dirán que exagero, pero Manyula es un elemento importante de la salvadoreñidad. Y los salvadoreños la quieren mucho, pero aún no lo saben. Lo sabrán cuando esté muerta.)




De nuevo se equivocan. A Manyula le van a celebrar en unas semanas 60 años cuando en realidad tiene 58. Hace cinco años, cuando yo aún trabajaba en La Prensa Gráfica, publicamos una investigación basada en un documento oficial que señala la edad del animal que en mayo de 1955 se embarcó en el puerto alemán de Hamburgo. “1 Elefante, 3 años, fem.”, asegura el informe que me hizo llegar entonces Klaus Gille, el responsable del archivo del Hagenbeck Tiepark, el zoológico al que el Estado salvadoreño le compró la entonces pequeña elefanta. Viajó en el buque Rheinstein junto a otros 17 animales, entre los que había camellos, cebras, canguros y tigres de Bengala. Todos desembarcaron en el puerto de Cutuco, departamento de La Unión, un día indeterminado de junio, y el 28 de ese mismo mes fueron presentados públicamente en el Zoológico de San Salvador, como recoge la edición de La Prensa Gráfica del día siguiente.


Las matemáticas no dejan lugar a las interpretaciones, pero aquella investigación incluía además una reconstrucción de cómo las autoridades en el año 2000 –en el que se cometió el error primigenio– llegaron a la conclusión de que ese año cumpliría 50, un acontecimiento en efecto excepcional si se tiene en cuenta que, según un estudio al que tuvimos acceso, los elefantes asiáticos viven en cautividad un promedio de 48 años en los zoológicos europeos y de 45 en los estadounidenses. Y acá estamos en el Tercer Mundo. Pues bien, la edad con la que el paquidermo llegó al país se la sacaron de la manga, sin respaldo documental alguno, basados únicamente en lo que algunos trabajadores veteranos creían recordar.

Mi opinión es que en realidad no es tan importante si tiene 58, 60 ó 63. Manyula siempre será para mí una animal emblemático y excepcional al margen de esa cifra. En un país como El Salvador, en el que cada día asesinan a 12 personas y la mitad de la población vive en condición de pobreza, toda esta polémica no puede estar más que en un plano anecdótico. Eso sí, no deja de ser algo que ilustra con meridiana claridad uno de los problemas nacionales: el orgullo que impide a uno reconocer cuando está equivocado.


(Pulsar para ver el documento a mayor resolución)

sábado, 31 de julio de 2010

El busero cabal

—¡Que aquí no!

El grito lo refuerza con un vigoroso movimiento de dedo para dejar claro que aquí no, que aquí no abrirá la puerta del autobús.

Lentes de sol, goma de mascar y el pelo como si lo llevara mojado y repeinado hacia atrás. Treintañero, barriga incipiente. Incluso si uno se lo encontrara viendo escaparates en Metrocentro adivinaría que es un busero. Viste jeans azules y un polo verde con rayas amarillas horizontales. Maneja un bus que tiembla como lavadora vieja, de la ruta 41-D, la que sube hasta el reparto La Campanera. En su parte delantera, justo encima del espejo al que el busero mira como si en ello le fuera la vida, tiene dos adhesivos largos como una baguette: uno dice Protégenos, Señor; el otro, Need for Speed. Viene del centro de San Salvador, y ahora entra en el centro de Soyapango. La trabazón que generan las ventas obliga a ir despacio, a pie se avanzaría más. Es en momento cuando, ante los golpes que con insistencia una señora da al cristal de la puerta, el busero agita su dedo y grita que aquí no.

—¡Que aquí no! ¡Que la parada está en la próxima cuadra! ¡Allá puedo parar, aquí no!

La puerta, cerrada.

Sorprendido, anoto en mi libreta: “Nunca pensé verlo aquí”. Y encierro las palabras en un recuadro junto a dos letras: CG.



Fotografía: Roberto Valencia

miércoles, 5 de mayo de 2010

Mágico, un saludito para mi programa

Sonará el himno nacional, anuncia la poderosa voz de la megafonía. Justo en ese momento, como si en ello le fuera la vida, un tipo alto que lleva una videocámara al hombro y un micrófono en su mano derecha se acerca por detrás al más brillante de los futbolistas que ha parido El Salvador: Jorge “Mágico” González. El tipo alto enfoca, graba, pregunta, incordia, encuadra… Lo quiere hacer todo.

—Jorge, ¿qué significa para ti participar en un programa tan importante como Fútbol Forever?
—Significa pues este… agradecimi…

Comienzan las notas del himno nacional.

—Si me disculpás, por las notas del himno... –dice Mágico, como si en realidad tuviera que justificarse.

A Jorge no le gustan los periodistas en general, mucho menos los de este país. Sus razones tendrá. Desde que colgó las botas, han sido contadas las apariciones en eventos masivos, y verlo en un set de televisión sería tan raro como que U2 ofreciera un concierto en San Salvador. Lo que está ocurriendo hoy es una excepción. Convencido por la Fundación Fútbol Forever, Jorge ha llegado al estadio que lleva su nombre. Él y el colombiano Carlos “El Pibe” Valderrama son las estrellas invitadas a un entrenamiento masivo con niños, suficiente como para que se haya formado un enjambre de periodistas, fotógrafos, camarógrafos y personas con teléfonos celulares que atosigarán toda la tarde. A pesar de la animadversión hacia el gremio, Jorge tiene la paciencia muy desarrollada y, cuando decide dejarse ver, acepta las consecuencias. Todas, incluso a los periodistas. Luce paciente como un pescador de caña. Al tipo alto de la cámara y el micro podría haberlo mandado a la mierda, pero lo despidió con amabilidad. Lo mismo hará con los demás.

—El más grande del fútbol salvadoreño, Mago. Para Buena Onda, unas palabras, por favor, Mago –le dirá un gordito micrófono en mano.

—…Y queremos un saludo para Sólo Fútbol, el programa de la afición en la televisión –le pedirá un bigote, también micrófono en mano.

Y cada uno se va con su saludo, orgulloso, como quien ha ganado un premio. Y Mágico, cumplida su cuota de sonrisas falsas y de comentarios vacíos, se recluirá de nuevo en sí mismo. “Hoy será una tarde histórico, maravillosa”, había dicho al inicio la voz de la megafonía. Exageró.



sábado, 27 de marzo de 2010

El impuntual


Hace hora y media que el evento debió haber comenzado, y aquí todo y todos están preparados: la tarima, el atril, los bomberos y los socorristas de Cruz Roja, sus diplomas, la banda de música con los instrumentos regados por el suelo, la bandera de El Salvador, las sillas de plástico azul, el camión cisterna que han puesto de telón de fondo, los invitados, las cámaras y sus periodistas y Simón, el perro rescatista.

Mauricio Funes, el presidente de la República, llega tarde una vez más.



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