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sábado, 9 de agosto de 2014

Felicidad sin MasterCard


Pasajes en la Ruta 52 desde Galerías hasta el Parque Infantil: 2 x $0.20
Una rigua* recién hecha: $0.50
Sodas en bolsa: 2 x $0.25
Boletos para la Chicago* más alta del campo de la feria de la Don Rúa: 2 x $0.50
Boleto para rueda de caballos: $0.50
Bote de burbujas con silbato incluido: $1.00
Bolsa de agua: $0.15
Pasajes en la Ruta 101-D desde el Centro hasta la 79ª avenida Sur: 2 x $0.20

Resultado:

Hay ciertas cosas que el dinero no puede comprar. Para todo lo demás, tampoco se necesita la MasterCard.

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* Rigua. 1. f. El Salv. Tortilla de elote* tierno.
* Elote. (Del náhuatl élotl). 1. m. Mazorca tierna de maíz, que se consume, cocida o asada, como alimento en México y otros países de América Central.
* Chicago. Nombre con el que en El Salvador se reconoce a las norias.

domingo, 26 de mayo de 2013

El espejo rompido


Un entrañable amigo tiene una modesta casa en un pueblito pesquero de Huelva llamado El Rompido. Cada vez que nos vemos y El Rompido aparece en la conversación, este amigo me cuenta –me recuerda– que el gran periodista Gabriel García Márquez estuvo allí alguna vez, y que dijo que El Rompido era el nombre de pueblo más bello y sonoro que jamás había escuchado. Desconozco si Gabo en verdad lo dijo o no, pero lo cierto es que El Rompido es un nombre sonoro y bello, mucho más que El Roto, participio irregular y abrupto, pero el único tolerado por la Real Academia Española.

Este miércoles 15 de abril se estrenó en el Teatro Nacional de San Salvador El espejo roto –que no rompido–, la obra más reciente de la documentalista salvadoreña Marcela Zamora, también entrañable amiga. El documental, desolador como recibir un navajazo leeeeento, cuenta la historia de un grupo de niños de una barriada sometida por la pandilla Barrio 18, que reciben un taller de teatro motivacional. El taller deviene en la excusa perfecta para adentrarnos en las vidas, en los hogares, en las familias de esos niños y niñas, todos de entre 7 y 10 años, todos marcados a fuego por un entorno de violencia extrema, inimaginable para quien lee esto en la España de los lamentos feisbuqueros, inimaginable también para quien lee esto desde los reductos primermundistas del tercermundismo.

La directora lo advirtió antes de que comenzara el documental. Dijo algo así como que no viéramos a los niños como casos aislados, que no son tragedias seleccionadas sino cotidianidad, que ojalá la obra sirviera para que la sociedad salvadoreña aprendiera a mirarse al espejo, al espejo roto-rompido. Que ojalá sirviera para aflojar siquiera un poquito la venda que tenemos en los ojos, dijo.

Me gustó el documental, y me gustó más esa vocación cuasi antropológica de mostrar el diario vivir de este país llamado El Salvador. Nada más y nada menos. Zamora nos describe con pulso la cotidianidad del bajomundo (palabra que yo uso para designar con cariño a los excluidos de los excluidos, y que da nombre a este blog, por cierto), consciente de que quienes veremos su documental, la mayoría, somos los que viajamos en carros aireacondicionados, podemos pagar una consulta en un médico privado, tenemos Facebook y correo electrónico, vamos a los festivales de cine y almorzamos seguido en el Pollo Campero. Los que vivimos en la parte menos rota de la sociedad rompida. Los que a la señora que llega a cuidarnos a los niños, a lavarnos los calzones, le pagamos 10 míseros dólares al día, y luego además nos extrañamos si sus hijos terminan en la mara-pandilla.

El espejo que Zamora nos pone enfrente refleja lo peor de nosotros mismos, pero siempre habrá quienes prefieran evadirse y convencerse, incluso desde la progresía, de que es el espejo y no nosotros, la sociedad salvadoreña, lo que está roto-rompido, a tenor de las risas que durante la proyección escuché a mi alrededor en momentos que no deberían tener ninguna gracia.

La sociedad está rota, como el espejo. O para quienes prefieren lo mismo pero más bello y sonoro, la sociedad está rompida, como el espejo. Pasemos al cóctel y brindemos los privilegiados. Lamentémonos siquiera por las desgracias ajenas, que son las nuestras, entre canapé y canapé.

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(Este texto se publicó primero en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, también bajo el título "El espejo rompido")

martes, 29 de mayo de 2012

Hot-dog sin dog

Don Jesús –nacido en la comunidad Quiñónez de San Salvador, 57 años, deteriorado prematuramente– llega todos los días a media mañana con su carrito a rastras al centro comercial España, un inmueble que suena más que lo que en realidad es. Es un edificio de dos alturas ubicado en el centro de San Salvador, sobre la 13.ª calle oriente, a dos cuadras de la sede central de El Diario de Hoy, y la etiqueta de centro comercial bien podría ser sustituida por la de centro de oficinas de poca monta. Buena parte de los locales están vacíos, pero aún hay el movimiento necesario para que don Jesús crea que es un buen lugar para vender.

—Yo antes vendía casetes, como 12 años estuve vendiendo casetes yo. A las fábricas iba, al Plan de la Laguna sobre todo, con mi ataché, mi maletín, y a 15 colones los daba… pero cuando empezó el cidí, el casete pronto lo botaron. Y en el 98 empecé con esto otro…
—¿Y no le entró a los cidís usted?
—No, empecé con esto otro…

Esto otro es el pequeño y destartalado carrito con el que en los últimos 14 años don Jesús se ha ganado la vida. Tiene un letrero harto explícito: Hot Chili Dogs. Cada día, me dice, vende unos setenta u ochenta de sus peculiares hot-dog, una parte aquí, en el dizque centro comercial, y la otra frente a una escuela, en la tarde.

—Rico, ¿va? –me pregunta cuando me entrega el segundo que le compro.
—Umm –asiento y sonrío, pura educación–. Y usted, cuando empezó con esto, también los vendía en colones, ¿no?
—Sí, a tres colones colones los vendía, pero fueron subiendo.

No tanto para haber 14 años y una dolarización de por medio. El principal –el único– atractivo de los hot-dog de don Jesús hoy es su precio: cincuenta centavos de dólar cada uno, cuatro colones y fichas. El pero es que no tienen salchicha. Son solo el pan francés largo y estrecho, relleno con abundante curtido y chile al gusto, y recubierto con salsas de colores varios. Suficiente para matar el hambre.

Fotografía: internet

jueves, 19 de enero de 2012

El disparo de Chico Campos

Ahora no lo parece, pero esta historia tiene final feliz.

Dentro de unas dos horas LA fotografía estará en Washington, desde allí se enviará a todo el mundo, el fotoperiodista se habrá calmado, y mañana será portada de The New York Times y The Washington Post. Pero ahora no. Ahora el fotoperiodista –un salvadoreño llamado Chico Campos– maldice, se tensa, por ratos quiere que se lo trague la tierra. Acaba de cometer un error del tamaño de una catedral: se ha distraído en el revelado, ha puesto los rollos en el químico equivocado y ha arruinado el trabajo de toda la mañana.

Hoy es 16 de enero de 1992 y faltan menos de dos horas para el mediodía, la hora a la que el material debería estar enviado. Chico Campos, el responsable gráfico en San Salvador de la agencia Associated France Presse (AFP), acaba de echar a perder todas las imágenes sobre las celebraciones por los Acuerdos de Paz.

Faltan menos de dos horas y aún no ha sido tomada LA fotografía.

Hay tiempo, piensa Chico Campos. Prepara de nuevo los químicos, sale disparado de la oficina –ubicada cerca del redondel Baden-Powell, en la colonia Miramonte–, se sube en su vespa y gira el acelerador rumbo a plaza Gerardo Barrios, a ver si puede al menos salvar el día.

***

Desde que la imagen y la palabra se aliaron para bien del periodismo, los grandes acontecimientos de la historia –las guerras en particular– tienden a cristalizarse en una fotografía que, para la conciencia colectiva de un país o de la humanidad entera, se convierte en LA fotografía. Sin concursos ni encuestas ni votaciones. Simplemente sucede. Una niña asiática que corre desnudada por el napalm remite a la Guerra de Vietnam. El pelotón de soldados que clava en Iwo Jima el mástil con la bandera estadounidense condensa cuatro años de encarnizados combates en las islas del Pacífico durante la II Guerra Mundial. El miliciano captado por Robert Capa cuando recibía un balazo simboliza toda la Guerra Civil Española.

—Chico, ¿vos cuál creés que es LA foto de la Guerra Civil de El Salvador?
—Por toda la repercusión que tuvo, creo que la foto de la Paz sí es esta –me dice Chico Campos 20 años después, sentados en un puesto de tortas a apenas tres cuadras del lugar donde tomó la fotografía–, pero LA foto de la guerra… No, no creo… Ni las que tomaron los fotoperiodistas extranjeros… No creo que haya una que todo el mundo la vea y diga: ah, la guerra de El Salvador, ¿va? Que yo recuerde, no hay.

***

Este 16 de enero no es una sorpresa para nadie. Las negociaciones entre el Gobierno y la guerrilla del Frente Farabundo de Liberación Nacional (FMLN) cuajaron el 31 de diciembre pasado, y desde hace días se sabe que el presidente de la República y los comandantes guerrilleros firmarán hoy los Acuerdos en el castillo de Chapultepec, en México DF. En El Salvador los bandos en contienda han organizado actividades conmemorativas, sin corbatas, y la más significativa sin duda es la masiva concentración de simpatizantes efemelenistas en la plaza Gerardo Barrios, el corazón de la capital.

Chico Campos se reunió días atrás con dos de sus compañeros: Pedro Ugarte, enviado por la agencia desde Nicaragua para reforzar la cobertura; y Yuri Cortez, el stringer, al que se le paga por foto. A los dos les dijo que el jefe regional en Costa Rica había sido muy explícito: El Salvador sería este jueves plato fuerte de la agenda internacional, y las imágenes debían enviarse antes del mediodía, para que los diarios europeos las tuvieran antes de su cierre. Con esta orden como premisa inamovible, el plan de los fotoperiodistas se simplificó: Yuri al cerro Guazapa, a Las Moras, el campamento guerrillero más cercano, para poder regresar a tiempo; y los dos más experimentados, a la Gerardo Barrios.

Son las 9:15 de la mañana, y Chico Campos ha gastado dosquetrés rollos. Busca a Pedro, le pide su material y se retira tranquilo para revelarlo. Va sobrado de tiempo. Cuando pasa frente al parque Infantil, al ver que sobre la 7.ª calle poniente viene una manifestación de efemelenistas rumbo a la plaza, parquea la vespa en cualquier lado –sin cadena, sin candado, son otros tiempos– y dispara unos cuadros más.

Ya en la oficina, en la oscuridad del cuarto oscuro, Chico Campos mete los cuatro rollos en el químico fijador sin haberlas revelado aún. Sus fotos y las de Pedro se desintegran.

—Naaaada, de ahí no se rescataba naaaada –me dirá 20 años después–. ¿Y qué me quedaba? Pues comenzar de nuevo.

Faltan menos de dos horas para el mediodía.

***

Francisco Javier Campos Sosa nació el 2 de enero de 1954. Tiene 38 años, y cree que ya va siendo hora de asentar tantito su vida. Se ha casado hace pocos meses con Ana Delmy, y viven juntos en una modesta casita en la colonia Jardín de Mejicanos. En noviembre de este año nacerá Mónica, la que será su única hija.

El gusto por la fotografía le viene desde niño, pero fue a partir de 1979 cuando empezó a tomárselo en serio. Voluntario en Comandos de Salvamento, consiguió una camarita de 8mm y comenzó a fotografiar accidentes y rescates, para facilitar luego los negativos a los periódicos locales y promocionar así la labor de la oenegé. En esas conoció a un fotógrafo del diario El Mundo que logró abrirle puertas, y en 1981 publicaron su primera foto: un incendio.

Hace 10 años, cuando la guerra comenzaba, Chico Campos renunció a su bien remunerado trabajo de jefe de control de producción en IMSA, una empresa que fabricaba estructuras metálicas. Ganaba como 900 colones al mes y en El Mundo empezó con 200 colones.

Durante la primera mitad de la guerra tomó fotos y escribió notas para El Mundo; también hizo radio en una emisora llamada Radio Sonora, y comenzó a estudiar Periodismo en la Universidad de El Salvador. Uno de sus profesores fue Iván Montecinos, el corresponsal de la AFP, que lo llamó para trabajar como stringer apenas se desocupó esa plaza. Fue solo cuestión de tiempo que le ofrecieran un contrato para incorporarse de lleno en la agencia.

***

La vespa vuela hacia la plaza Gerardo Barrios. La parquea en cualquier lado –otros tiempos–, y Chico Campos sube directo a la generosa tarima que han instalado frente a la entrada principal del Palacio Nacional. En ese momento no hay ningún otro periodista. Contra el reloj, su idea es tomar una panorámica de la multitud, para que al menos se sienta la celebración, pero estando ahí parado ocurre algo que no está en ningún guión.

—Yo no estuve mucho tiempo en la tarima, 10 o 15 minutos –me dirá 20 años después–. La cosa es que unas mujeres empezaron a bailar algo folclórico, y me dije: tomo un par de cuadros más para terminar el rollo y me zafo. En el baile las mujeres caminaban para atrás y para adelante, y saludaban al público con las manos abiertas. Les sacaron unos canastos, no se veía qué tenían, pero por cómo iba la cosa entendí que iban a agarrar algo para ofrendarlo. Cuando vi que eran palomas, me preparé, busqué la composición y disparé cuatro o cinco veces. Solo en la que fue publicada están las palomas así.

No que tiene LA fotografía, obvio, pero Chico Campos cree tener una buena foto. Se lo dice el instinto. Busca de nuevo a Pedro, le pide su material y vuela de regreso a la oficina.

Revela, esta vez sin inconvenientes, y envía a Washington unas ocho o diez imágenes de los tres fotoperiodistas. La foto de las palomas la envía de un solo en color. Ha visto el negativo y le tiene confianza.

***

El éxito de LA fotografía quizá radica en su simpleza: en primer plano, las dos mujeres de blanco con los brazos extendidos porque acaban de soltar unas palomas de Castilla –grises, no blancas– que se desviven por alzar el vuelo; en un segundo plano, amontonados en la plaza, se ve a centenares de simpatizantes del FMLN con muchas banderas rojas y pocas azul y blanco, y adelante, media docena de fotógrafos en el lugar equivocado; de fondo, el alma de la imagen, el esqueleto de una Catedral metropolitana aún sin terminar, un feo armazón de concreto sin azulejos de Llort ni cúpulas en las torres, recubierta por incontables pancartas políticas, tosca, ruda, ofensiva, la metáfora de un país consumido por una guerra civil; detrás, el cielo luce limpio y caluroso.

—Hubiera sido aún mejor si toda la gente hubiera estado celebrando, con las banderas levantadas –me dirá 20 años después.

La imagen también traspira pureza: sin apenas edición, sin fotosops que realcen las palomas –a las que cuesta identificar en una primera mirada– o para avivar colores. Es una foto de lugar indicado en momento preciso, sin conservantes ni colorantes.


***

Mañana, cuando Chico Campos llegue a la oficina, comenzará a leer los faxes con las felicitaciones llegadas desde las principales oficinas de la AFP en todo el mundo. Desde París: “Felicitaciones por su cobertura de los Acuerdos de Paz en El Salvador, que fue muy rápida, abundante y muy variada”. Desde Washington: “Francisco, felicitations por tu excelente trabajo de ayer, comencé mi día por ver tu foto de las palomas en la primera página del New York Times y del Washington Post”. Desde Buenos Aires: “Muchas felicitaciones y deseos de que este buen comienzo de año perdure”. Desde San José: “Sobran las palabras cuando las imágenes son elocuentes de su excelente trabajo”.

Su fotografía, que con las prisas bautiza como Dos mujeres sueltan palomas, terminará convertida en LA fotografía, la imagen que los salvadoreños asociaremos con los Acuerdos de Paz, mucho más que cualquiera de las que se han tomado en Chapultepec. Imposible saber cuántos periódicos la publicarán en todo el mundo, pero con los días Chico Campos logrará tener una carpeta con recortes y fotocopias de diarios estadounidenses, españoles, franceses, japoneses, colombianos, argentinos… Nunca el trabajo de un salvadoreño ha sido tan difundido en tan poco tiempo.

—De los recortes que tengo solo el USA Today puso mi nombre –me dirá 20 años después, mientras estemos comiendo una torta mexicana de $1.50 en el centro de San Salvador–; en todos los demás el crédito que apareció fue solo AFP.

Es el precio que se paga por trabajar para una agencia internacional. Pero quién sabe, quizá dentro de 20 años alguien se tome la molestia de detallar cómo y quién tomó LA fotografía de los Acuerdos de Paz, esta imagen que hoy se está distribuyendo por las redacciones de medio mundo y que de alguna manera también contribuirá a que este 16 de enero de 1992 termine siendo en un día tan especial en la historia de El Salvador.


Fotografía: Francisco Campos

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(Esta crónica fue publicada el 16 de enero de 2012 en el periódico digital El Faro, de El Salvador)

domingo, 8 de enero de 2012

¿Azulejos? En Santiago de María botaron la catedral entera

A la Iglesia católica se le ocurrió desfacelar Catedral metropolitana, y lo hizo sin consultar a nadie. ¿Para qué? Mejor pedir perdón que pedir permiso, debieron pensar, aunque en este caso quizá aplique mejor eso de La maté porque era mía. ¿Quién mejor que un arzobispo y sus secuaces para conocer los gustos que dios quiere para su casa más insigne?

Consumado el hecho, las redes sociales guanacas, ávidas siempre de alguna estrella fugaz sobre la que desahogarse, encontraron en el desfigurado rostro de catedral combustible para varios días. Se ha dicho, escrito, eructado, dibujado y fotografiado casi de todo sobre los azulejos. Tanta alharaca [no porque lo sucedido no amerite la protesta, sino porque estoy convencido de que para un buen porcentaje de los azulejo-indignados simplemente se trata de la ola de esta semana y les valen Llort, su obra, la catedral y el Centro Histórico en general] en lo personal me ha servido entre otras cosas para recordar la larguísima entrevista que el 12 de enero de 2011 tuve con monseñor Orlando Cabrera, obispo de Santiago de María (Usulután), como parte del reporteo para el libro 
Hablan de Monseñor Romero

En Santiago de María botaron la catedral entera. Y les salió bien, aunque eran otros tiempos, obvio.

El autor de la hazaña fue monseñor Rivera y Damas, uno de los personajes clave en la historia de la Iglesia católica salvadoreña en el siglo XX, sucesor de Monseñor Romero al frente de la arquidiócesis. A Rivera y Damas por lo visto no le entusiasmaba la modesta catedral de Santiago de María y un día indeterminado de su episcopado –que inició a mediados de 1977 y finalizó tras el asesinato de Romero–, decidió que había que tirarla abajo y levantar una nueva.

—¿Ha cambiado mucho la catedral de Santiago de María desde los tiempos en los que Monseñor Romero era obispo aquí (1974-1977)? –pregunté a monseñor Cabrera, ingenuo yo, durante la referida entrevista.
—No –me respondió–, es que la de ahora es nueva. La catedral antigua se botó.
—¿Por qué? ¿Se dañó en los terremotos de 2001?
—No, no fue por los terremotos. Fue antes. Esa catedral era de madera, resistente… La gente antigua no era tonta, construían así, como la basílica del Sagrado Corazón de San Salvador, porque este es un país sísmico.
—¿Por qué la destruyeron pues?
—Es fue el pecado de monseñor Rivera, porque dijo para aprovechar mejor todo el terreno había que botarla… Yo recuerdo que incluso vino un argentino a visitarme, porque yo era el párroco de esa catedral, y me dijo: la catedral no es fea, solo necesita una remodelación. Yo no la botaría, me dijo.

Pero monseñor Rivera y Damas la botó. Aunque aquellos años en los que ya se cocinaba la guerra civil eran años sin Facebook ni Twitter, años sin azulejo-indignados, años sin alharacas.



Fotomontaje: Roberto Valencia

miércoles, 7 de diciembre de 2011

¿Tiene solución El Salvador?

Un amigo llamado Héctor, periodista también, vino desde Managua hoy hace cuatro días. Iba rumbo a Guatemala, pero como el viaje en Ticabús obliga a pasar la noche en San Salvador, lo fui a buscar en la parada de la colonia San Benito, pasamos por mi casa para deshacernos de la pequeña mochila que cargaba, y subimos ya noche a comer pupusas a los Planes de Renderos, que ese domingo estaba especialmente fresco y lleno de policías, turistas efímeros y músicas estridentes.

El tema de la violencia que afecta a El Salvador pronto se adueñó de la conversación. Héctor vive en Nicaragua, y Nicaragua es Centroamérica, sí, pero es otra cosa. Unos minutos de plática condujeron a un lógico cuestionamiento de su parte: ¿cuál es la solución al problema de la violencia en general, y de las maras en particular? Desde que formo parte de Sala Negra de El Faro, la pregunta se ha vuelto más recurrente, y de un tiempo a esta parte la respuesta que doy es siempre la misma: que no tengo ni idea de cuál puede ser la solución a una situación tan compleja y tan enraizada, y que desconfíe de quienes se jactan de conocerla, en especial cuando se trata de académicos trasnochados, de expertos que teorizan sin haber puesto nunca un pie en una comunidad, de articulistas de busto marmóreo, de los políticos en general, de periodistas que solo reportean en despachos con aire acondicionado y de oenegeros cuyo salario está amarrado a que sus financiadores crean que los pandilleros son solo víctimas y no victimarios.

La admisión de mi ignorancia la suelo complementar con una convicción. Si con un chasquido de dedos se pudiera extraer a las decenas de miles de pandilleros salvadoreños, incluidos los encarcelados, y soltar a todos en Madrid, Montevideo o Londres, estoy convencido de que en esas ciudades habría un repunte en los números que miden la seguridad pública, pero desaparecería en semanas, meses lo más, porque esas sociedades están armadas, tanto en el plano institucional como en el comunitario, para evitar que cuaje el fenómeno de las maras. Sin embargo, en una sociedad tan descompuesta y desequilibrada como la salvadoreña –si bien aplica también para la hondureña y en menor medida para la guatemalteca–, el vacío de pandilleros fruto de ese mismo chasquido sería rápidamente llenado por otros grupos, quién sabe si más violentos.

Aquella plática con Héctor en los Planes de Renderos fue hace cuatro días. Pero este jueves ha vuelto a detenerse por unas horas en San Salvador en su viaje de regreso a Managua y, apelando a que una imagen vale más que mil palabras, me he propuesto mostrarle mis palabras del pasado domingo. Desde la colonia San Benito hemos ido al centro de San Salvador, rutas 30-B y 7-C. Desde el parque Centenario por la 10a. Norte hasta el mercado Excuartel, una parada para almorzar unas tortas por 2 dólares –soda incluida– en los puestos junto al predio Exbiblioteca, visitas a las plazas Morazán y Gerardo Barrios, paseo hasta la hermosa basílica del Sagrado Corazón, en la calle Arce, y regreso para conocer la catedral y la cripta de monseñor Romero. Todo a pie, claro.

El corazón de la capital salvadoreña –de la sociedad salvadoreña– habla por sí solo. No necesita guías. Es un gigantesco y por tramos pestilente mercado, con basura en todas las calles, aceras desechas, tráfico imposible, llena de hacelotodo, vendelotodo, comelotodo, donde te encontrás a un anciano tumbado junto a sus heces bajo la escalinata de la catedral, indiferencia, mil jóvenes maquilladas que te agarran del brazo para que te fijés en su venta, hostilidad a pesar de los mil y un policías y agentes de seguridad privados, bares llenos de cervezas heladas y prostitutas caducadas, locos de sonrisa cholca y eterna que te reclaman una moneda, tullidos de piernas inertes y retorcidas que se arrastran entre la indiferencia, tacones y maquillaje, alguna que otra corbata, ladrones, jornaleros de honradez inquebrantable, gritos, música y alabanzas a más no poder, letreros ciclópeos y a la vez invisibles, gente que va y viene, que viene y va, indiferencia, más indiferencia… Es el corazón de la sociedad salvadoreña. Para mí, el lugar más entrañable y representativo del país, la salvadoreñidad encapsulada.

—El otro día me preguntabas por las maras –le he dicho a Héctor en algún momento del paseo–… Es algo importado desde Los Ángeles, pero los mismos números y las mismas letras son otra cosa allá, nada que ver con la evolución que tuvieron en sociedades como esta.

A la radiografía que nos sugiere el Centro Histórico, obvio, le falta el otro lado de la moneda, tan responsable o más de la sociedad que tenemos. Ese otro lado es la aberrante desigualdad social cristalizada en sitios como Torre Futura, adonde quiero llevar a Héctor esta noche. Torre Futura es un centro comercial ofensivamente bello, de fuentes simétricas y cristaleras hermosas, de restaurantes primermundistas con precios inalcanzables para la mayoría de los salvadoreños, monumento vivo a la opulencia, donde por un café se paga más que por los almuerzos en el Centro Histórico, una infinita pasarela de modas, un ir y venir de cuerpos esculpidos en gimnasios o con el bisturí. Todo eso, le pienso decir esta noche a Héctor, toda esa obscena desigualdad y clasismo, todo ese otro país que vive de espaldas al que ha conocido esta mañana, también explica mucho de la expansión de las maras.

Ni idea de cuál puede ser la solución a una violencia tan compleja y tan enraizada, respondí a Héctor hace cuatro días en los Planes de Renderos. Cuando mañana temprano él aborde el Ticabús rumbo a Nicaragua se irá sin la repuesta, pero quizá de algo le haya servido este tímido acercamiento a esta sociedad, a estas dos sociedades superpuestas como agua y aceite, y corresponsables de lo que somos como país, de los 12 asesinatos diarios.

(San Salvador, El Salvador. Diciembre de 2011)

Fotografía: internet
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(Esta crónica fue publicada el 5 de diciembre de 2011 en la sección Bitácora del proyecto de cobertura periodística de la violencia Sala Negra, de elfaro.net)

viernes, 4 de noviembre de 2011

Magaly, María, Rafael y Óscar Arnulfo

Magaly López, María Espinoza y un tal Rafael Correa coincidieron ayer –30 de octubre de 2008– en la entrada oriental de Catedral metropolitana. Los juntaron el azar y Monseñor Romero. El fugaz encuentro ocurrió al filo de la 4 de la tarde, en un espacio poco más grande que el que hay dentro de un ascensor. Después, cada quien siguió con lo suyo.

Magaly López tiene 10 años. Nada sabe de cumbres iberoamericanas ni cosas de esas. Trabaja. Junto a su hermana Fátima llega a diario a catedral desde la residencial Altavista, en Ilopango. Venden –intentan vender– unas calcomanías con motivos religiosos, dos sobres por el dólar. Para aprovechar el tirón que tiene Monseñor Romero, su madre las deja en las entradas a la cripta. Magaly no pudo endosarle ninguna de sus calcomanías al señor de ojos zarcos e impecable saco que se le acercó, le acarició la cabeza y le sonrió.

—¿Y sabes quién es él? –le pregunté después.
—No.

María Espinoza llega a catedral cada día desde hace cinco años desde El Rosario, Laz Paz, cerca del aeropuerto. Se sienta en la entrada oriental de 2 de la tarde a 5 y media. Monseñor Romero, dice, genera bastante movimiento. Ayer estaba en su banquito de plástico con su huacalón lleno de elotes, tamales y atol cuando un tal Rafael Correa se bajó de un potente carro granate. Vio frente a sus narices cómo saludaba a una niña llamada Magaly.

—¿Y usted sabe quién vendrá hoy? –le había preguntado media hora antes.
—No.

Rafael Correa, presidente de la República del Ecuador, se ausentó de la XVIII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado, en la exclusiva colonia San Benito, para bajar hasta el centro de San Salvador, a Catedral metropolitana. Su deseo era conocer el mausoleo bajo el que se encuentran los restos de Monseñor Romero. Descendió de su potente Toyota Prado granate y, con la connivencia de su equipo de seguridad, saludó a una niña llamada Magaly frente a las narices de una vendedora de elotes llamada María.

Después entró en la cripta, raudo. Dejó a los periodistas que lo acechaban sin las ansiadas declaraciones. A la salida, y entre empujones, alcanzó a decir que Monseñor Romero es un ejemplo de vida para los latinoamericanos, que quisiera que la Iglesia siguiera más su ejemplo. Lo dijo con la voz casi apagada por gritos de ¡Viva Rafael!, de ¡Vivan los gobiernos de izquierda! de ¡Correa, Correa!

Todo ocurrió en apenas 12 minutos. Después, el tal Rafael Correa regresó a la Cumbre a proponer una nueva arquitectura financiera regional. Magaly se quedó junto a su hermana vendiendo calcomanías a dos por el dólar; y María, ofreciendo atolyelotes y tamales a $0.25, $0.30 y $0.35.

El encuentro seguramente no se repetirá nunca.


Fotografía: Salomón Vásquez
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(Esta es una versión de una crónica ligera publicada el 31 de octubre de 2008 en el diario salvadoreño La Prensa Gráfica, bajo el título de "Correa hizo una escapada por Romero")

lunes, 27 de junio de 2011

El monstruo azul

Son las 2 de la tarde y los alrededores de Catedral metropolitana están extrañamente vacíos y transitables; hasta se escucha el cantar de los pájaros entre los árboles del parque Hula-Hula. En unas horas llegará, dicen, el presidente de Estados Unidos a visitar la cripta de Monseñor Romero, pero eso, la verdad, poco importa para este relato si no fuera porque es eso lo que mantiene las calles cerradas al tráfico vehicular y por la presencia masiva de policías y soldados.

Sobre la acera de la avenida España, en la cuadra de la catedral, caminan en sentido sur-norte un joven padre y su hijo de no más de tres años. El niño llora con ganas, berrea, como si el llanto fuera si mejor argumento, y el padre, un vendedor de los puestos de música cristiana, lo lleva casi a rastras, zarandeándolo de la mano por lo descompensado de las zancadas. Cuando llegan a la esquina de la cuadra, el joven padre se detiene y, al ver en la acera de enfrente un grupo de agentes de la Policía Nacional Civil, se agacha para dirigirse a su hijo, pero eleva la voz.

—Mirá quiénes están ahí… Si no dejás de llorar, te llevaré con la Policía.

Pero ni con esas reprime su llanto el niño.

Fotografía: Roberto Valencia

martes, 31 de mayo de 2011

Alma

El Salón Rosado del Palacio Nacional se ha quedado pequeño para escuchar la ponencia magistral que cerrará el II Foro Centroamericano de Periodismo, organizado por el periódico digital El Faro. En San Salvador es noche cerrada ya, pasan las 8, cuando la cronista mexicana Alma Guillermoprieto toma al fin la palabra.

—Hace ya casi 34 años, a finales de octubre de 1978, llegué por primera vez a El Salvador. Y hace ya 30 años que no había vuelto a este país. Para mí, pues, esta visita está cargada de emociones y recuerdos añejos, y de desconcierto. He encontrado…

Alma nos lleva a sus primeros días en el país, a un accidentado viaje que, organizado por el provincial de los jesuitas, el padre César Jerez, la llevó hasta un recóndito pueblito llamado Cinquera, en el departamento de Cabañas. Allí conoció el terror y la irracionalidad que ya sacudía El Salvador y que en un par de años cristalizaría en una guerra civil interminable.

—Que si a una mujer le habían matado a su hijo, que si otra había encontrado a su marido muerto, todo tuqueadito con un corvo. Otro, y otro más, todos tuqueaditos. Batallando por entender el acento campesino, tardé en entender el significado de la frase. Creo que fue el diminutivo lo que me mató: tuqueadito...

De la multitud en esta sala seguramente soy el único al que no es la palabra “tuqueadito” la que más le llama la atención. La palabra que brilla sobre las demás es corvo. Hay un porqué: hace casi dos semanas, llegó a mi cuenta de Google un correo de Alma, fruto de las urgencias que acompañan todo proceso creativo.

—Roberto, recordame, ¿cómo se le dice al machete en El Salvador? –decía.
—Corvo –respondí de inmediato.
—Exacto. Gracias.

Y ahí quedó todo. Hasta hoy, hasta que esa palabra –corvo– resuena más sonora que nunca incluso en una voz dulce y suave como la de Alma.

La ponencia apenas empieza, y en efecto será magistral, no solo porque así lo diga en las tarjetas de invitación. Invitará a reflexionar, entre otras cosas, sobre este oficio que alguien llamó el más bello del mundo, y finalizará con una frase de esas que logran que el piso se tambalee.

—Y pensé –dirá en unos minutos Alma– que la vida es siempre más fuerte que nuestra capacidad de matar.


Fotografía: Mauro Arias

miércoles, 18 de mayo de 2011

Don Chico y el Cártel de Texis

El fotoperiodista Francisco Campos, don Chico, es todo un referente en El Salvador cuando se habla de fotografía, pero también lo es en las calles del Centro Histórico de San Salvador. Cuando uno lo acompaña se da cuenta de que las vendedoras lo saludan con respeto, lo detienen, lo interrogan. En una ocasión me dijo que él puede dejar su carro en casi cualquier calle que, siempre que haya alguna venta cerca, está convencido de que no se lo abrirán. Me consta que no es alardeo.

Pero ahora, mediodía de este martes insípido, don Chico camina y lo hace solo. Carga su camarita, como siempre. Al pasar frente al Palacio Nacional, un señor lo ha mirado unos segundos, hasta que se ha atrevido a hablarle.

―Hey, señor, está vergón lo que publicaron…
―¿El qué? –pregunta don Chico, un tanto desubicado.
―Eso de los diputados narcos…
―¿Y eso?
―Mire, yo no he podido leer esa onda del Cártel de Texis, pero me lo han contado…

Justo en ese momento don Chico cae en la cuenta de que ese día casualmente lleva puesta la camisola que Carlos Dada le regaló el año pasado, con el logo pequeño pero visible del periódico digital El Faro en el pecho. La conversación prácticamente ahí queda, pero don Chico se va con una rara sensación y con un pensamiento fijo: este maistro no lo ha leído, pero está en la jugada, ¿cuántos así?

En la tarde, cuando se siente frente a su computadora, seguirá dándole vueltas, y todo se lo chateará a su amigo Roberto.


Fotografía: Gabriel Labrador


jueves, 24 de febrero de 2011

Isabel la Católica y Cristóbal Colón viajaron juntos a San Salvador

Raúl Contreras es un periodista salvadoreño de 28 años que desde Madrid, España, envía esporádicamente notas a un diario de su país llamado La Prensa. Estamos a mediados de 1924, y Contreras ha sabido que un escultor español llamado Lorenzo Coullaut Valera tiene en su estudio dos magníficas estatuas que el Gobierno de El Salvador quiere que a partir del próximo 12 de octubre estén frente a la fachada principal del Palacio Nacional de San Salvador. Se trata de obras de más de dos metros de altura que representan a Cristóbal Colón, el europeo al que se le atribuye el descubrimiento de América, y a Isabel la Católica, la reina que sufragó los gastos del viaje de las tres carabelas.

El 6 de julio será la entrega oficial, un pomposo acto con champagne incluido al que acudirán, entre otras autoridades, el dictador Miguel Primo de Rivera, presidente del Directorio Militar que gobierna España; el encargado de Negocios de la Embajada de El Salvador en Madrid, Ismael Fuentes, y su esposa; y, en representación del rey Alfonso XIII, estará su secretario particular, el marqués de las Torres de Mendoza.

Pero Contreras, fiel a su intuición, ha acudido hoy al estudio de Coullaut Valera para conocer las esculturas, cuando aún faltan unos días para la entrega. Coullaut Valera lo recibe con amabilidad, al punto que Contreras saldrá de aquí convencido de que no ha estado solo ante un gran artista, sino que ha conocido a una gran persona, sencilla y modesta a pesar de ser uno de los autores con más renombre. El joven periodista salvadoreño se sabe profano en la materia, pero la belleza de las estatuas, aunado al hecho de saber que algún día estarán en San Salvador, lo ha impresionado. Además, Contreras infiere de la plática que el autor tiene un cariño especial a estas obras, ya que son las primeras de este tamaño en las que combina bronce y mármol como materiales. Isabel la Católica luce seria y joven, con una imponente corona en su cabeza, y carga en su mano izquierda un cofre abierto. Cristóbal Colón viste traje de época, tiene la mirada triste y perdida, y en su mano derecha sostiene un legajo de hojas.

—Ni el paso de los años hará que estas obras pierdan su color –le dice Coullaut Valera a su invitado.

No solo hablan de Cristóbal e Isabel. Coullaut Valera le cuenta a Contreras que, tras resultar ganador en un concurso nacional, está inmerso en la creación de una obra de esas que inmortalizan a su autor: se trata de un conjunto monumental que se levantará en la madrileña plaza de España, la más grande de todo el país, en homenaje a Miguel de Cervantes y a los personajes de sus principales obras. Entre las esculturas destacan, obvio, Don Quijote y Sancho Panza. Coullaut Valera le muestra satisfecho la maqueta en yeso de todo el proyecto. Obras suyas ocupan ya lugares destacados en distintas ciudades de España, como la escultura de Gustavo Adolfo Bécquer en el sevillano parque de María Luisa o el monumento a Ramón de Campoamor que hay en el madrileño Parque del Retiro.

Ahora también frente al Palacio Nacional de San Salvador tendremos dos obras suyas, piensa orgulloso Contreras. En la nota que enviará a La Prensa explicitará su satisfacción. Así arranca: “El Salvador poseerá, sin duda, las más bellas estatuas de Isabel la Católica y Cristóbal Colón que hasta ahora se hayan hecho por manos de artista alguno”.

Coullaut Valera morirá en 1932, y con el paso de los años terminará como uno de los infaltables cuando se habla de la escultura española del siglo XX. Raúl Contreras, después de unos años en Europa, regresará a El Salvador y tendrá una destacada carrera como funcionario público (llegará a presidir en 1950 la Junta Nacional de Turismo) y como poeta. Cristóbal Colón e Isabel la Católica seguirán, casi un siglo después, frente al Palacio Nacional de San Salvador, en el mismo lugar en el que los ubicaron el 12 de octubre de 1924, expuestos al vandalismo y a la incultura –ya han sido remendados en distintas ocasiones–, y sin que nadie entre las miles de personas que cada día pasan a sus pies sepan que un día, antes de emprender su viaje en barco hacia América, fueron la razón que juntó en Madrid a un escultor español llamado Lorenzo Coullaut Valera y a un joven periodista salvadoreño llamado Raúl Contreras.




Fotografía: Roberto Valencia

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(Este relato se publicó en el blog Crónicas de Centroamérica, de  www.elmundo.es, el 24 de febrero de 2011, bajo el título de Isabel la Católica y Cristóbal Colón viajaron juntos a San Salvador).

miércoles, 24 de febrero de 2010

Necroturismo a la salvadoreña

Fotografía: Roberto Valencia
“El lugar a donde vamos es la última morada de grandes personajes y es también de los sitios más tranquilos e increíbles que hay en la ciudad”, dijo el guía Benjamín Melara hace tres horas, cuando el bus cargado de turistas avanzaba hacia el Cementerio General. Era ya noche cerrada.

Incluso si se toma Centroamérica para la comparación, El Salvador tiene serias limitantes en el plano turístico. Es el único país sin costa caribeña, no tiene ruinas mayas como las de Guatemala ni reservas naturales como las de Costa Rica ni ciudades coloniales como las de Nicaragua. Y hoy por hoy es el país más violento del continente. Agudizar el ingenio para seducir al turista es casi una obligación.

Desde hace poco más de un año se organizan visitas guiadas a Los Ilustres, el sector del cementerio en el que están enterrados los ancestros de la poderosa oligarquía salvadoreña. El necroturismo, que es como se llama esta práctica, no se inventó aquí, ni mucho menos. Pero la peculiaridad de San Salvador es que los recorridos son solo nocturnos. Melara lo advirtió antes de desabordar: “Aunque tenemos lámparas, hay secciones sumamente oscuras, así que fíjense por dónde caminan, porque a veces hay agujeritos o algo”.

Los Ilustres está en el centro de la capital, junto al gigantesco mercado Central, entre la suciedad y el caos que genera. Se inauguró a mediados del siglo XIX y alberga mausoleos que impresionan. Como le ocurre al resto de la ciudad, tiene problemas de iluminación, de hacinamiento y de pavimentación, pero quizá todo eso sea parte de su encanto. Está limpio, con las zonas verdes cuidadas y la seguridad garantizada por policías armados.

“Es importante que miren a su alrededor, porque en cualquier lugar van a encontrar algún detalle bonito”, dijo Melara al poco de haber iniciado la caminata. Los detalles son las cruces y las lápidas, obvio. Pero también los ángeles alados, los querubines, las vírgenes y los cristos crucificados, obras de arte a la intemperie, hechas algunas de mármol de Carrara.

José Salvador Escalante llegó en el bus con su esposa Evy. Es salvadoreño pero reside en Estados Unidos desde que se fue a los 17 años. Ahora tiene 65. Supo del necroturismo por un correo electrónico y no quiso desaprovechar. Su bisabuelo era el ex presidente de la República José María Peralta, y su abuelo fue cuñado del también ex presidente Manuel Enrique Araujo, dos de los ilustres.

Pero Escalante hoy ha sido uno más entre la treintena de turistas que pagaron 15 dólares por el transporte, la visita guiada y una bebida.

—¿Qué le está pareciendo?
—Excelente –respondió tajante cuando aún faltaba la mitad del recorrido.

Recomendable, dijo también Escalante. Y no se trata solo de la belleza escultórica. En Los Ilustres descansan figuras trascendentes como el hondureño Francisco Morazán, padre del integracionismo centroamericano; el paraguayo Agustín Barrios “Mangoré”, guitarrista excepcional; o Justo Armas, nombre que la leyenda dice que adoptó el emperador mexicano Maximiliano I tras su supuesta llegada a El Salvador.

Entre los salvadoreños, los líderes comunistas Farabundo Martí y Schafik Hándal, el dictador Maximiliano Hernández o el mayor Roberto d’Aubuisson, considerado el autor intelectual del asesinato de Monseñor Romero. Pero más allá de los nombres más sonados, el recorrido por el cementerio permite al salvadoreño promedio conocer muchos porqués: por qué el principal hospital público del país se llama Rosales, por qué el hospital de niños se llama Bloom o por qué el museo de antropología se llama David J. Guzmán, por citar tres ejemplos.

“Aquí está enterrado mi presidente favorito, Manuel Enrique Araujo, y arriba, sobre la gran roca, vamos a ver un Cristo con los brazos extendidos que se parece al Cristo de Corcovado de Brasil”, dijo Melara en el tramo final de la visita. Y en efecto, apareció una escultura que se parece al Cristo de Corcovado de Brasil.

El recorrido ha terminado. Hay satisfacción generalizada. “Y la visita sirve para culturizar a nuestra propia gente, para que vean las riquezas culturales que tenemos y para que conozcan nuestra historia”, me había dicho Melara.

Ya dentro del bus que aleja a los visitantes del cementerio, Melara toma el micrófono, lo enciende, se gira, y con los brazos apoyados sobre el respaldo del asiento dice entusiasmado: “Ahora vamos por la alameda Manuel Enrique Araujo, y ahí mismo está el Museo David J. Guzmán”. Y en el bus se impone un silencio cómplice. Son los nombres de toda la vida que ahora tienen más sentido que nunca.

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(Este es una versión ligeramente modificada del relato homónimo publicado en elmundo.es el 23 de febrero de 2010)

domingo, 14 de febrero de 2010

Fanfarria


—¡Fanfaaaaaaaarria!

Grita Guillermo Reales. Pero su voz, áspera y envejecida, apenas se alza sobre el murmullo que hay en este chupadero. Guillermo Reales es Fanfarria. Así lo llaman, dice con orgullo, porque es pura alegría, porque sabe reírse de sí mismo y de la vida miserable que le ha tocado vivir.

Fanfarria entró hace unos minutos y va de mesa en mesa a ver qué caza. Tiene la piel tostada, una nariz poderosa, los ojos pequeños y una verruga que separa sus dos cejas, pobladas y encanecidas como también lo están su cabello y su barba. Se trae un aire a Bin Laden, un Bin Laden que viste a lo John Travolta en Saturday night fever. Zapatos blancos y limpios, pantalón beige, camisa estampada imitación a seda, chaleco abotonado y una boina de cuadros en su cabeza. Carga un pequeño maletín de madera y una mochila negra. La combinación es calle pero elegante. Es un dandy del bajo mundo, un veterano dandy del bajo mundo. En julio se cumplirán 59 años desde que Fanfarria nació en la calle San Sebastián de Ciudad Delgado.

—¿Y aún vives en Ciudad Delgado?
—No, ahora mi techo es el cielo –dice, satisfecho de su ocurrencia.

Es media tarde, y esto es la Bazooka –o bazuca, o bazuka, quién sabe–, un chupadero del Centro Histórico de San Salvador. Mesas y bancas de madera, ventiladores, una rocola y meseras jóvenes que miran con desprecio a los clientes que las miran con deseo. Fanfarria vuelve a gritar.

—¡Fanfaaaaaaaarria!

Quiere llamar la atención. Es su estrategia. Cuando algún grupo le ríe la gracia, como nosotros ahora, se acerca. De la mochila negra saca un vaso de plástico y lo coloca sobre la mesa a la espera de que se lo llenen de cerveza. Platica y bebe, bebe y platica, y cuando el vaso se vacía, ensaya otras formas para mantener la atención y obtener su premio. A veces canta, a veces saca una caja de cerillos y se esfuerza por encender un cigarrillo haciendo una pirueta con su mano, que de repente aparece extendida y con el fósforo erguido y en llamas sobre su dedo índice.

Los fósforos los trae en su mochila negra, donde también le caben unos papeles, un plato, dos cucharas y un tenedor. Todo lo que ha podido juntar en una vida. Fanfarria vive en la calle y va a chupaderos como la Bazooka a llamar la atención para alimentar su alcoholismo. Parece un buen tipo, pero tener que rellenar su vaso cada vez que lo vacía termina hostigando. Para merecerlo, Fanfarria eleva la espectacularidad de sus números hasta la repulsión.

Agarra la cabuya del cigarrillo aún encendido y se la restriega en la lengua sin inmutarse. Y grita.

—¡Fanfaaaaaaaarria! ¡Viva yo y todos usteeeeeeeedes!



Fotografía: Francisco Campos

martes, 1 de diciembre de 2009

En la tarima de CONASIDA

En poco más de un cuarto de hora han convertido una tarima de tablas feas y unas mesas playeras en algo digno para recibir a una ministra. Para obrar el milagro han bastado un rollo de plástico brillante y azul, un par de banderas, un atril, unos manteles y un centro de flores. Son las 9 de la mañana del 1 de diciembre y en la plaza de la Salud de San Salvador –frente a la entrada del Hospital Rosales– está todo preparado para que inicie el evento central de las conmemoraciones oficiales por el Día Mundial de la Lucha contra el Sida.

En unos minutos algo cambiará.

En unos minutos, tras los aburridos discursos oficiales, cinco personas con VIH/Sida a cara descubierta subirán a la tarima plastificada y harán simbólicas ofrendas a las autoridades: una vela encendida, una ramo de flores, una cruz… Y me harán sentir incómodo conmigo mismo por haber magnificado lo que aún ahora me parece un problema trascendente.

Hace tres semanas llegó a La Prensa Gráfica una carta en la que me informaban que yo era el ganador del primer lugar en la categoría “Prensa escrita” del certamen periodístico de la Comisión Nacional contra el Sida (CONASIDA). La firmaba el secretario técnico, Azael Jovel. Ayer en la tarde, el mismo Jovel telefoneó para decirme que habían cometido un error, que en realidad mi relato ameritaba el segundo lugar. Entre una notificación y la otra hubo nueve correos electrónicos en los que nunca se dijo nada sobre el error. Y en el último de mis correos cometí la imprudencia de comentar a Jovel que desde el mes de junio ya no trabajaba en La Prensa Gráfica, que ahora soy freelance.

Del error me avisaron ayer, pero aún ahora me parece un problema trascendente, un acto arbitrario, tanto que se lo he dicho en tono de reclamo al propio Rodrigo Simán Siri, el secretario ejecutivo de CONASIDA, cuando hace un rato ha venido a pedir disculpas por el error lógico por las cientos de cartas que escriben cada día.

Pero en unos minutos subirán a la tarima los cinco: un niño de diez años infectado y sonriente; un septuagenario infectado y sonriente; una transgénero infectada y sonriente; un joven de 22 años infectado y sonriente; una guapa trabajadora sexual infectada y sonriente. La ministra de Salud, María Isabel Rodríguez, en su improvisado discurso final dirá algo así como que todas las palabras dichas antes y después suenan huecas ante la valentía de esas personas que dan la cara en un evento público y en un país con tantos prejuicios.

Y como las palabras, en unos minutos también me sonará hueco lo que aún ahora es el problema trascendente.


sábado, 7 de noviembre de 2009

La muerte loca

A Christian Poveda lo habían asesinado hacía ya más de tres semanas, y en ese período había escuchado de todo sobre su documental “La Vida Loca”: que la copia pirata costaba cinco dólares y cuatro se los quedaba el Barrio, que ponerla en venta era como ponerse una diana en la nuca, que se estaba vendiendo como pan caliente.

Quizá por la sugestión, pero comprarla al atardecer del 24 de septiembre resultó un tanto complicado. Fui a la calle Delgado del centro de San Salvador, zona de influencia del Barrio 18. Dos cuadras al oriente del Teatro Nacional, comencé a preguntar. En los dos primeros puestos me respondieron de un solo que no la tenían. En el tercero, una señora morena y con un delantal blanco que cubría toda su circunferencia dijo que me la conseguiría si esperaba un rato. Gesticuló con la cabeza a un niño escuálido de unos 10 años que estaba a la par, el pequeño se alejó a la carrera, y al cabo de unos dos minutos regresó con la película dentro de una bolsa negra, como si fuera un cadáver.

—¿Y no me la va a probar?

—Mejor no, me la trae si está mala.

Todos los puestos del Centro Histórico tienen al menos un televisor para probar la calidad del producto, y el suyo no era la excepción.

—¿Por qué?

—Por la Policía, que si viene cree que somos mareros –evadió.

La Vida Loca” me costó un dólar. A su director le costó la vida.

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