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sábado, 22 de febrero de 2014

Palabra de cronista: Homenaje a Cataluña


De libro Homenaje a Cataluña, del cronista británico George Orwell (Eric Blair). Este es un ejemplo de periodista involucrado hasta las últimas consecuencias en su reporteo. Obvio que también por convicciones personales, pero Orwell pasó casi un año integrado en las milicias del Partido Obrero Unificado Marxista (POUM), durante la Guerra Civil española, para escribir luego esta visión única de uno de los conflictos bélicos más sangrientos y complejos de todo el siglo XX.

Este es un fragmento del capítulo 9. Orwell regresa a Barcelona con un permiso de quince días después de permanecer más de tres meses en el frente de Aragón. Es mayo de 1937. Justo estallan los violentos choques armados entre entre anarquistas y trotskistas por un lado, y las fuerzas leales al Estado republicano por otro, que dejaron unos 500 muertos y se conocen como los 'Sucesos de Mayo'.
Se oían tiros a lo lejos y las calles estaban desiertas. Todo el mundo decía que era imposible subir por las Ramblas. Los guardias de asalto habían tomado posiciones en varios edificios desde los que se dominaba la calle y disparaban a todo el que pasara. Aun así me habría arriesgado a volver al hotel, pero circulaba el rumor de que atacarían el comité local en cualquier momento y se decía que era mejor quedarse allí. En todo el edificio, en las escaleras y fuera, en la acera, había grupos de personas que hablaban nerviosos. Nadie parecía saber lo que pasaba. Lo único que pude deducir fue que los guardias de asalto habían atacado el edificio de la Telefónica y tomado posiciones en puntos estratégicos desde donde controlaban otros edificios propiedad de los trabajadores. Se tenía la impresión general de que los guardias de asalto iban a por los de la CNT y los obreros en general. En curioso que, en aquel momento, nadie pareciera culpar al gobierno. Las clases humildes de Barcelona veían a los guardias de asalto como una especie de Black and Tans [Los Black and Tans fueron una fuerza paramilitar reclutada en Gran Bretaña y enviada a Irlanda para reprimir las revueltas del Sinn Feinn de 1919 y 1920. (N. del T.], y todo el mundo parecía dar por supuesto que habían iniciado el ataque por iniciativa propia. En cuanto supe lo que ocurría me sentí aliviado. La cosa estaba clara. De un lado estaba la CNT, del otro la policía. No siento especial simpatía por el “obrero” idealizado por los comunistas burgueses, pero cuando veo a un obrero de carne y hueso enfrentado a su enemigo natural, el policía, no necesito preguntarme de qué lado estoy.

domingo, 27 de octubre de 2013

“Ojalá El Salvador no se convierta en otra España”


Leída en las Españas, la frase del titular puede resultar desconcertante, provocativa incluso. Espero que no se me ofenda nadie, pero el español promedio tiene cierto aire de superioridad moral sobre los pueblos latinoamericanos, como si en verdad fuera la madrepatria, y me late que puede chocar tantito que España sea un ejemplo a evitar para El Salvador, un país que ese español promedio difícilmente podría ubicar en un mapamundi, pero que, eso sí, le sonará a tercermundismo puro y duro. 

“Ojalá El Salvador no se convierta en otra España”. Esa frase se la escuché al cronista estadounidense Jon Lee Anderson a mediados de 2012, en una charla magistral que impartió en San Salvador, en la clausura del Foro Centroamericano de Periodismo organizado por El Faro, y en la que en principio iba a hablar sobre sus experiencias como reportero en los albores de la Guerra civil salvadoreña (1980-1992), y sobre el país que había rencontrado tres décadas después de su última visita. Pero habló y habló sobre España, casi más que sobre El Salvador. 

—La Guerra civil española –dijo Jon Lee Anderon– ocurrió 50 años antes que la Guerra civil salvadoreña. Durante tres años, del verano del 36 al 39, el pueblo español se desgarró. Murieron alrededor de 600,000 personas. Esa guerra civil, como sabemos, la ganó el hombre que la comenzó, el general Francisco Franco, que se había aliado con Hitler y Mussolini. Tuvo el respaldo de estos señores, de estos dictadores, para librar la guerra contra la República. 

Quizá convenga matizar que si me he acordado ahora de lo que Jon Lee Anderson dijo hace casi año y medio es por lo sucedido en las últimas semanas. A la jueza argentina María Servini se le ha ocurrido abrir causas penales por crímenes cometidos en los años finales del franquismo, crímenes de lesa humanidad convenientemente ocultados durante la Transición bajo esa alfombra de la vergüenza llamada ley de amnistía. Al calor del señalamiento, incluso Naciones Unidas se ha pronunciado contra la política española de silencio y encubrimiento, pero el tema ha sido tratado con un bajísimo perfil en los medios de comunicación más fieles al establishment, que son la inmensa mayoría. ¿Un paisucho como Argentina dando clases de democracia e institucionalidad a la magnánima España? Algo así se preguntaba, visiblemente molesta, una tertuliana hace algunos días en un debate televisivo. 

—Franco siguió gobernando España durante otros treinta años –dijo Jon Lee Anderson–, y en especial los primeros años de la dictadura fueron muy cruentos, tan cruentos que incluso los alemanes y los italianos lo amonestaron por ser demasiado draconiano con los republicanos, a los que metía en campos de concentración y los ejecutaba, a mansalva, durante años. Los últimos reductos de republicanos guerrilleros en España fueron vencidos allá por los años cincuenta, aunque de hecho actuaban ya más como bandidos que como soldados. Todos fueron aniquilados, y tuvimos Franco hasta los años setenta. 

Aquel discurso lo grabé, lo he vuelto a escuchar y lo he transcrito. Las palabras atribuidas al cronista de The New Yorker son, pues, literales. 

—Cuando murió Franco, se abrió una negociación entre sus sucesores y los que querían entrar en la política por primera vez. El temor todavía a una represalia por parte de los militares era muy fuerte. Y entonces, los nuevos demócratas pactaron con sus antiguos represores una transición democrática, y lo llamaron el Pact of Forgetting, un pacto de olvido... Ya saben por dónde voy, ¿no? Ese pacto de olvido en España fue clave, porque permitió que los socialistas y los demás partidos entraran al poder; es más, permitió que asumieran el poder y recibieran las prebendas del poder, de la democracia española... a cambio de nunca... nunca... pero jamás... mirar al pasado. Nunca... nunca... pensar en juzgar algún crimen cometido en esos tres años de gran terror, de mucha muerte, ni en los cuarenta años de dictadura posterior, en la cual también murió mucha gente. 

No creo que este post sea el lugar idóneo para extenderme, pero la razón de hablar tanto sobre España en San Salvador era precisamente el paralelismo que Jon Lee Anderson establece con el proceso de paz salvadoreño. El mismo guión: represión y guerra cruenta, reforma del Estado pactada entre las partes beligerantes, ley de amnistía. Y hoy, décadas después, las voces de los que beneficiaron del perdón y olvido –no de las víctimas, a ellas nunca nadie les consultó– diciendo una y otra vez que al país no le conviene reabrir heridas del pasado. 

—¿Cómo puede un país construir una democracia si la base es la injusticia? –se preguntó Jon Lee Anderson–. Yo creo que no es posible. Setenta años después del fin de la Guerra Civil en España, ese país y esa famosa democracia en la que todo el mundo va a la playa... En Granada, esa ciudad emblemática, la de la Reconquista, la de tantas cosas... y también del verano del 36, cuando se levantaron los militares y durante todo un verano, de forma sistemática, comenzaron a matar a gente; llevarlos al cementerio y matarlos, decenas, todos los días. Los mataron, los mataron, los mataron... fosas comunes por todos lados. Y entre ellos, el escritor más grande de España en esa época, el poeta Federico García Lorca. A ese hombre, a ese hijo de su ciudad, lo mataron delante... bueno no, a espaldas de todo el mundo, pero todos sabían que lo habían asesinado. Setenta años después no hay una sola placa en esa ciudad que explique lo que pasó. Los turistas van a la Alhambra, que es muy bonita, pero no hay ni un museo dedicado a lo que pasó en el verano del 36 y a lo que significó eso para España primero y para el mundo después, porque España fue la antesala de lo que luego hicieron Hitler y Mussolini en la II Guerra Mundial. La casa en la que estaba refugiado, escondido, aterrorizado porque lo iban a matar, García Lorca, la casa de unos amigos de la que lo sacaron para matarlo es hoy un restaurante que se llama El Rincón de Lorca, donde puedes pedir chuleta con patatas fritas ahí. A lo que voy es esto: un pueblo que no tiene historia no tiene moral, y una sociedad en la que los crímenes quedan impunes es sociópata después. Sociópata es una sociedad en la que tú puedes convertir un lugar que fue la casa de la que te sacaron al hijo más preciado para matarlo, y la conviertes luego en un restaurante. Entonces... ojalá El Salvador, que tiene todavía tiempo, no se convierta en otra España, vacía de su historia, que ha defenestrado al famoso juez Baltasar Garzón (…) ¿Y cuál fue su crimen? Tratar de abrir las fosas, tratar de encontrar la tumba de Lorca, pero le dijeron: eso no lo vas a hacer... ¡y no lo han hecho! Todavía no hay una tumba de Lorca, pero en España lo que sí hay una especie de panteón nacional que, ¿saben lo que es? Es una cruz erigida por Franco, una cosa gigante, increíble, que la construyeron los prisioneros de guerra, y en la base de la cruz está la tumba de él. Yo lo visité hace un par de años, ¿y saben lo que encontré? Hombres haciendo saludos fascistas. Aquello sigue siendo una especie de reducto, de último reducto en Europa de las ideas más tétricas y rancias del totalitarismo de derechas del siglo pasado. Ese es el panteón nacional español. Ese es el lugar supuestamente de la reconciliación de ese país. Setenta años después de la guerra, treinta y cinco años después del franquismo, no hay ni siquiera un movimiento para erigir un panteón en el que todos los españoles puedan tomarse de la mano y decir: ya pasamos eso y ya estamos unidos. No. No están unidos porque lo que tuvieron fue la paz de los vencedores, y ahora esperan hasta que se muera el último de esa última generación y llegar a la amnesia total... aunque nunca hay una amnesia total. Esa amnesia termina siendo una toxina que entra en el ADN y contamina la sociedad. 

Al conversatorio le siguió una ronda de preguntas que duró casi una hora entera. Hubo cuestionamientos de todo tipo y, casi al final, una joven española que se presentó como una politóloga, gallega, nieta de republicanos e hija de demócratas, que dijo llevar ya dos años en El Salvador, se atrevió a cuestionar la teoría de Jon Lee Anderson. 

—Yo creo que en El Salvador, para esta democracia, aún no es el momento para pedir cuentas... que eso tendrá que pasar dentro de dos o tres generaciones, cuando la democracia sea estable –dijo. 

Y Jon Lee Anderson se molestó. Mucho. 

Fotografía: internet
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(Este texto se publicó primero el 13 de octubre de 2013 en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, bajo el título “Ojalá El Salvador no se convierta en otra España”)

martes, 1 de octubre de 2013

Socorro Jurídico del Arzobispado


Este es un fragmento del perfil sobre el exdirector de Socorro Jurídico del Arzobispado, Roberto Cuéllar Martínez (Beto Cuéllar), incluido en mi libro 'Hablan de Monseñor Romero' (Fundación Monseñor Romero, San Salvador, 2011). Lo comparto ahora por la pertinencia: ayer se supo que el actual arzobispo de San Salvador, José Luis Escobar Alas, decidió dar carpetazo a Tutela Legal del Arzobispado, una institución sin la que cuesta entender la historia reciente de El Salvador. Aquí el fragmento. 

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Socorro Jurídico Cristiano nació en agosto de 1975 como una iniciativa adscrita al Externado de San José y bajo la coordinación del sacerdote jesuita Segundo Montes. El planteamiento inicial era simple: prestar asistencia legal gratuita a personas que no tenían cómo pagar un abogado y lograr al mismo tiempo que los jóvenes estudiantes de clases acomodadas se empaparan de la realidad. Trabajaron bajo ese lineamiento durante un año y medio, pero el asesinato del padre Rutilio Grande lo alteró todo. Solo Socorro Jurídico se atrevió a representar a la Iglesia católica y, tras superar sus recelos iniciales ante la inexperiencia de la mayoría de sus integrantes, Monseñor Romero terminó no solo aceptando el ofrecimiento, sino que vio tanto potencial en la oficina que a los pocos meses Socorro Jurídico Cristiano se convirtió en Socorro Jurídico del Arzobispado. 
 
No fue un simple cambio nominal: el bufete para pobres mutó en un centro de promoción y defensa de los derechos humanos, tanto individuales como colectivos. Beto Cuéllar no tardó en asumir la dirección. Al año, entre las muchas y variadas labores de la oficina, estaba la elaboración semanal de un informe que recopilaba las violaciones e injusticias cometidas por el Estado y también por los grupos armados de todo signo político; ese informe era el insumo principal para el apartado de Hechos de la semana de sus homilías. Instituciones de reconocido prestigio internacional como la Federación Internacional de Derechos Humanos, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, el Consejo Mundial de Iglesias, la Comisión Internacional de Juristas o Amnistía Internacional certificaron la labor de Socorro Jurídico. 
 
Es simple –dice Beto Cuéllar–. Romero tuvo en el respeto a la persona humana y en la protección legal de su pueblo dos de sus principales líneas de trabajo y, se lo digo sin jactancia, nosotros le hicimos el trabajo difícil, para que nunca jamás le pudieran reclamar que sus denuncias eran inventos. Él siempre nos decía: identifiquen a los fallecidos con datos precisos, con que haya un solo muerto el caso es contundente. 
 
El asesinato de Monseñor Romero frenó el empuje, pero la semilla estaba sembrada. En 1982 surgió Tutela Legal del Arzobispado, y en 1985 se creó el Instituto de Derechos Humanos de la UCA. Beto Cuéllar está convencido de que en materia de derechos humanos Monseñor Romero fue un visionario, un pionero, un profeta. Lo reconoce como el primer procurador para la defensa de los Derechos Humanos que tuvo El Salvador… tres lustros antes de que naciera la institución. 
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Puede leer y/o descargarse el libro 'Hablan de Monseñor Romero' (que incluye el perfil completo sobre Roberto Cuéllar) pulsando aquí


martes, 30 de julio de 2013

Recuerdos del 30 de julio de 1975


Este 30 de julio de 2013 se cumplen 38 años desde que en las inmediaciones del Hospital Nacional Rosales ocurrió la masacre de estudiantes universitarios que ha pasado a la historia como uno de los hitos represivos de represivo régimen del coronel Arturo Armando Molina, quien gobernó El Salvado de 1972 a 1977. Hay un informe elaborado por la Organización de Estados Americanos (OEA) y fechado en noviembre de 1978 que se refiere ampliamente a esta matanza, que tanto el Gobierno como los medios de comunicación trataron de ocultar. 

Una parte del informe, basada en el relato de un denunciante al que la comisión especial le dio credibilidad, dice así: 
“En el trayecto de la 25.ª avenida Norte, llamada avenida Universitaria, no se advirtió ninguna amenaza inminente contra la seguridad de los manifestantes. Sin embargo, cuando la cabeza del desfile llegó al paso a nivel, aledaño al Hospital del ISSS, aparecieron, trepidantes, las unidades blindadas; además de esas unidades blindadas, se situaron a las alturas del Hospital de Maternidad, camiones de fuerzas anti-motines, equipados con fusil, machetes y garrotes, sin faltarles sus cascos protectores y sus máscaras anti-gases. Había, asimismo, guardias nacionales y de la Policía de Hacienda. El despliegue de fuerza, en las inmediaciones del Hospital Rosales y al lado norte del Colegio La Asunción, parecía destinado a enfrentar a un enemigo poderosamente armado y no a una manifestación pacífica, sin armas, de universitarios. Los que encabezaban la manifestación, bastante confusos, quisieron ganar la calle que pasa frente a la entrada principal del ISSS (3.ª calle Poniente) desviándose hacia la izquierda, para tratar de evitar el enfrentamiento con las unidades blindadas estacionadas al lado del Hospital de Maternidad. Sin embargo, cuando doblaron, contingentes de la Guardia Nacional estaban ya estratégicamente apostados detrás del Colegio La Asunción. La cabeza de los manifestantes quiso dar marcha atrás, pero las unidades blindadas les habían cortado el camino porque habían avanzado sobre el puente del paso a nivel, transformándose el lugar en una trampa de la cual no se podía salir, aun saltando los muros para caer pesadamente en el pavimento de la calle que pasa bajo el puente. En este sitio no fueron pocos los manifestantes que quedaron fracturados, algunos de los cuales fueron rematados a tiros. En el momento mismo en que se daba marcha atrás, comenzaron los disparos de fusilería y de ametralladoras, a la par del estallido de bombas lacrimógenas, descargadas por los cuerpos represivos. La cacería humana dio comienzo”. 
Es una versión.

Sin buscarla, en diciembre de 2012 yo tuve el gusto de conocer otra. Me senté a entrevistar con un veterano sicólogo migueleño llamado Héctor Brizuela, para hablar sobre violencia juvenil, y terminó contándome sus recuerdos de aquella trágica tarde-noche del 30 de julio de 1975. Él también estuvo allí. Y así me lo contó: 
“Hubo una matanza el 30 de julio, en la época de... Carlos Romero. Recién pasó Miss Universo, y se hace un desfile bufo, un desfile burlesco, con unos cuernos bien feos, algunos disfrazados... era jodarria... era... era protesta porque en Miss Universo se estaba prostituyendo a la mujer. Habían venido de todas partes del mundo al evento de Miss Universo, y consideraban a la salvadoreña como puta. Así era ese asunto. Y entonces la Universidad reacciona, y hace un desfile bufo haciendo mofa de la Miss Universo, del otro aquí, del otro allá, y de todos los que vinieron. Y se encachimba el Ejército y empieza... pero una matanza de gente... balazos... de todo. Y todo fue al poco de empezar, antes de llegar al Hospital Rosales. Tiraron del puente, y los que pudimos zafarnos, nos zafamos. Yo estudiaba Medicina. Pero a mí no me pasó nada. Yo me refugié en la Policlínica, hay una Policlínica ahí [es el actual Hospital Pro-familia], y ahí me fui a zampar, en una sala... hasta que pasó toda la bulla. Y ya después, para salir, como a las 3 o 4 horas después... compañeros muertos, compañeros capturados... yo salí porque una enfermera me ayudó, porque me dio una gabacha de enfermero. Salí, caminé recto y agarré un bus”. 
Es para mí una sensación agradable saber que los periodistas, a veces, tenemos la suerte de sentarnos con los protagonistas de la historia. Basta estar dispuesto a escuchar y a aprender. 

Fotografía: Internet

domingo, 24 de marzo de 2013

Monseñor Romero y el Ejército Revolucionario del Pueblo


El manuscrito es una hoja de cuaderno de rayas escrita con esmero y lapicero azul, por las dos caras y con letra clara. Desde el mismo arranque resulta cautivadora: 
Digámosle la verdad al pueblo salvadoreño y al mundo entero sobre quiénes fueron los asesinos de Monseñor Romero.
Nunca supe quién escribió el manuscrito. Se lo entregó a Luisiana Beltrán –la secretaria de la Fundación Monseñor Romero– uno de los asistentes a la presentación de mi libro Hablan de Monseñor Romero. Ocurrió en la tarde del 21 de marzo de 2011, en la cripta de Catedral metropolitana, a apenas unos pasos del mausoleo que alberga los restos del obispo mártir.

La hoja doblada llegó a mis manos una semana después. Luisiana me la entregó acompañada de una ligera descripción del señor que se la dio –entrado en años, con aspecto de persona humilde–, de su solicitud expresa de permanecer en el anonimato, y de su escueta presentación como militante del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), una de las cinco facciones que conformaron el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, la que terminó liderada por Joaquín Villalobos (a) Atilio. 

Fotografía: Roberto Valencia
El novelesco manuscrito no tiene desperdicio.
El tiempo no puede esconder la verdad ni a quienes lo fusilaron solo por recuperar a la gente que lo seguía domingo a domingo y creía en su palabra. Miembros del ERP o Ejército Revolucionario del Pueblo, por medio de un comando procedente de Nicaragua, lo asesinaron única y exclusivamente para despertar a aquel pueblo, para que empuñara las armas, porque días antes de su muerte habían girado la orden de que pronto habría que empuñar las armas. Algunos preguntaban cómo íbamos a combatir sin armas, y la respuesta era que como fuera, con piedras o palos y algunas armas.
Yo fui uno de los pocos que presenció una reunión o filtración que salió de una persona clave, conocido con el nombre de Fran. Él era un especialista en combate urbano nacido en una ciudad de Nicaragua y traído para preparar y en algunos casos para enjuiciar. El día de la muerte de Monseñor Romero [24 de marzo de 1980], como a eso de las 2:00 p.m., tuvimos una reunión en la colonia Costa Rica [de San Salvador] . Llegó Fran y habló con un compañero íntimo de él, llamado Willian, originario de San Marcos, hermano de un comandante al que días atrás lo habían asesinado en el sector de la Zacamil [en Mejicanos].
Digo todo esto para refrescar la memoria y sepan que no estoy mintiendo. Los señores del ERP tenían el conocimiento sobre a quién tendría que llegarle la culpa, porque Willian le preguntó a Fran sobre a quién le caería la culpa, y él le contestó o le mencionó el nombre de Roberto [D’Aubuisson, señalado por la Comisión de la Verdad –Naciones Unidas– como el autor intelectual del magnicidio].
Hoy estos dos tipos ya no existen. Murieron en combates en Usulután. Por información supe que cayeron cuando lo del Puente Cuscatlán. Solo un primo de Fran sobrevive, el que tuvo al mando la zona de Perquín, conocido como El Chocho.
Hablo de esta manera para que se aclare hoy la verdad, y el señor Obama pueda ayudarnos a través de los secretos de la CIA o alguna información de su Gobierno, pues tendría que tener en los expedientes alguna información.
El día del entierro de Monseñor solo comandos armados del ERP dirigieron el entierro, y nunca encontraron el Ejército en las calles, como ellos lo creían. Al llegar a catedral no les quedó más que utilizar sus propias armas contra el mismo pueblo, para hacer creer que los disparos proveían de los edificios. Miremos el pasado y se darán cuenta de que nunca estuvo alguien en ellos. [El ERP] solo quiso hacer algo similar a Nicaragua, como la muerte del periodista Joaquín Chamorro, pero aquí fue diferente, y con asesinar a Monseñor Romero no repitieron lo de Nicaragua, ni tampoco formaron el frente que quisieron tener, porque las ideas siempre fueron y serán diferentes, y este pueblo no se puede engañar, ¿verdad, don Joaquín Villalobos y doña Guadalupe Martínez? Descubramos la verdad aunque mañana muera.
El hecho de que hayan pasado dos años desde que recibí el manuscrito hasta que hoy sale publicado en este humilde blog es significativo: no creo en la teoría que se plantea. Hay suficientes y variados testimonios de que la ultraderecha (personificada en la figura de Roberto D’Aubuisson) asesinó a Monseñor Romero, y no el ERP. 

Sin embargo, por la investigación que realicé antes de escribir el libro me consta que dentro de la izquierda radical la figura de Monseñor Romero –su humanismo a ultranza, que lo llevaba a cuestionar con dureza las acciones del ERP o las FPL– era muy incómoda. Me consta también que el ERP fue durante la guerra el grupo más audaz en el campo de batalla, y también en el plano político y en el manejo propagandístico del conflicto. 

El fondo de lo que se cuenta en el manuscrito tiene su lógica, es verosímil.

Estoy convencido de que la ultraderecha asesinó a Monseñor Romero, pero este manuscrito (escrito por un militante del ERP que supuestamente escuchó conversaciones de parte de la dirigencia en las que se barajó la posibilidad del asesinato) alimenta mis sospechas de que D’Aubuisson y sus secuaces quizá no fueron los únicos que en aquellas fechas estaban planificando la muerte de Monseñor Romero.

sábado, 6 de octubre de 2012

Las cartas de Rosemberg


Dicen que conocer el pasado ayuda a entender el presente. ¿Puede entonces comprenderse el sistema penitenciario que en la actualidad tenemos en El Salvador viendo el que teníamos hace dos décadas? Crónicas guanacas tuvo acceso a varias cartas manuscritas por un salvadoreño anónimo llamado Rosemberg, preso en el penal de San Francisco Gotera en los últimos compases de la guerra civil (1989-1990). Son tan expresivas y están tan bien escritas que se publican íntegras, con la edición mínima.


*****

San Francisco Gotera, el Pocilgo de Morazán


Gotera es un centro penal donde reinan la miseria y las injusticias por parte de sus regidores. Está ubicado en el pueblo de San Francisco, a unos 190 km. de la ciudad de San Salvador. Está rodeado por un pequeño río, el cual abastece de su agua a muchos compañeros reclusos. En dicho lugar, a su costado, se encuentra el reconocido cerro “Cirimba”, el medio de atracción para muchos compañeros jóvenes que se encuentran privados de su libertad. Muchas familias tienen que madrugar para poder ir a visitar a sus seres queridos que se encuentran sepultados vivos en ese Pocilgo, donde para poder sobrevivir has de hacer uso de la Razón, para no ser azotado como todo un animal.


Gotera


Está compuesto de cuatro recintos denominados 1º, 2º, 3º y 4º. En el primero se encuentran ubicadas personas aledañas a Morazán. El 2º recinto es una celda donde se supone tienen a todos los compañeros de mala reputación. El tercer recinto, al igual que el 2º, suelen tener a compañeros también de mala reputación, o sea, trasladados de los diferentes centros penales de la República. Y el 4º recinto es para tener únicamente a todos aquellos que se encuentran purgando grandes condenas. Allí, en el 4º recinto, está ubicada la celda de castigo conocida vulgarmente como el Sopé, un lugar espantoso donde encierran a muchos compañeros obligados a purgar castigos impuestos por el señor Granadeño. ¡Hasta diez meses o tres años! Algo infrahumano. No hay un tiempo estipulado.


1º 1989


―Hey, carnal, ahí te dejé el encargo en el maletín. Ya sabes, ¿verdad?


Me dijo el Verde, un elemento de dicho cuerpo de dicha institución [la Guardia Nacional].


―Tené cuidado, vos sabés lo mejor…
―No sé a qué te refieres –le respondí.
―Ya te dije.


Al día siguiente, a eso de las 6:15 a.m., me habían tendido una emboscada. Qué sorpresa.


―Oye, joven Rosemberg, queremos hablar con vos. ¿Qué te pasa? ¿Estás jugando con nosotros o qué?
―No sé de qué me hablan –susurré.
―No te hagás –me dijo el guardia–, en tu puesto acabamos de encontrar un cargamento de marihuana. ¿Quién te la pasó? Ahora nos vas a decir todo lo que sabes, y, si no, ya vamos a platicar con los Derechos Humanos.


Así le decían a una manila gruesa de color rosado que utilizaban para colgarlo a uno y luego golpearlo hasta caer moribundo.


Después de una fuerte paliza, fui conducido por los verdugos de ese lugar hacia el Sopé. Empezaron a correr los días. Después se hicieron semanas. Luego fueron meses. Hasta que se convirtieron en años en dicho castigo. Todo era defectuoso. No había un alma que se dignara a entregarnos un poco de agua. Qué miseria. Parecía que a todos se los hubiera tragado la tierra. Solo se oían el llorar de los grillos y el maullar de los gatos. Estábamos en plena ofensiva. No había qué comer. Ya casi era Navidad. Todo estaba desolado. No nos atendía pues el señor Granadeño. Lo único que sabía decir era: ya los voy a colgar, ¿para qué insisten? ¿Que no ven que aquí es Gotera? ¡Aquí es pija y verga! ¿Que no entienden? ¡Aquí o se calman o los calmamos, perras!


31 de diciembre de 1989


Estábamos en el fin de año, todo era silencio. Parecía todo en armonía. Era una mañana muy bella, cuando apareció Acevedo encabezando una escuadra de verdugos.


―¿Cómo están, chamacos? Dice mi comandante que les va a dar la despedida de fin de año, así es que empiecen a prepararse. Perros como ustedes no merecen vivir –murmuró el Guardia–, son una lacra para la sociedad. Mejor si hubieran muerto pequeños.


Eran casi las 2 de la tarde.


Nos dejaron con el alma destruida.


―Oye, Óscar –le dije a mi compañero–, qué despedida de año, ¿sabes? Hoy es el día que sin duda me van a matar a golpes. Te quiero pedir un favor: ahí te dejo la dirección de mi jefa. Si acaso ya no regreso, dile que la quiero mucho.
―No, compadre –dijo Óscar–. Tienes que seguir viviendo, me haces falta, no pienses así, me pones triste, ¿acaso no te das cuenta de que un día tenemos que salir de este Pocilgo? Tú eres muy útil. Quítate esas ideas, carnal. Estos verdugos tienen que pagar por todo lo que hacen por nosotros. Pídele a Dios que nos ayude.


Estábamos platicando cuando fuimos interrumpidos por una voz fuerte: “Hey, cabrones, qué bulla la que tienen, aquí no están en su casa”.


―Tú, muchacho, muévete –me dijo un verdugo–. Ven acá, necesitamos hablar con vos. Allá arriba, en la Guardia, te necesitan.


Y empezaron a golpearme hasta quebrarme de ambos brazos. Luego me condujeron a un cuartucho todo deteriorado, cuando apareció un señor gordo con unos ojotes color verde, cara redonda.


―¿Tú eres Rosemberg? Ja, ja, ja. Mica muchacho. Yo esperaba encontrarme con un gran hombronazo, pero mira nada más, no parecés lo que eres. ¿Qué, acaso tienes miedo? No te preocupes, yo soy el comandante de este centro, yo te voy a ayudar. Traigan los Derechos Humanos –susurró el señor–, denle su Navidad a este, ya saben cómo hacer.


Empezaron a colgarme y a golpearme hasta dejarme por muerto. Ya casi era medianoche. Me agarraron de los cabellos y empezaron a arrastrarme por todos los pasillos, hasta la puerta del Sopé.


―Púdrete en el infierno, perro maldito.


Óscar solo me observaba y me decía: “No desmayes, compadre, yo te voy a cuidar, ten paciencia”. Y así fue que recibí el año nuevo de 1990. Yo me lamentaba a solas con mi compañero y le contaba toda mi vida. Yo sentía que mi vida ya no tenía razón. ¿Para qué seguir viviendo en esta vida de perros que estoy afrontando? Preferiría mejor que me mataran de una vez, más cuando me miraba los brazos y la pierna izquierda, totalmente quebrantados. Me decía en silencio: malditos verdugos, tarde o temprano tienen que pagar las injusticias que cometen con todos nosotros. Pero aun así, el Todopoderoso no nos abandonaba, siempre puso a alguien en nuestro camino.


―Hey, muchachos –dijo Chentino, un señor bastante humanitario, también miembro de ese cuerpo–, sé que están resentidos, pero no conmigo, yo no les he hecho nada. ¿Saben? Cristo les ama. Confíen en él. Yo soy su amigo. No me miren con ojos de odio. No tengo nada que ver con lo que les han hecho. Yo les quiero ayudar. Permítanme darles la mano. Soy cristiano.


1 de enero de 1990


Empezábamos un nuevo año. Todo era lágrimas y llanto, pues entre nosotros reinaba la intranquilidad, la zozobra, pues las únicas amigas que teníamos eran la angustia y la soledad. Pero, aún así, afrontando la dura realidad de la vida, siempre confiaba que había un Dios que nos podía ayudar.


En un rinconcito de la mentada celda de castigo se encontraban las siluetas de dos hombres, a los cuales la vida les había tratado muy duro. Allí, en esa esquina del Sopé solíamos derramar nuestras lágrimas. Allí se encerraban nuestras tristezas. Todo era amargura y dolor. Le pedíamos al Todopoderoso que nos ayudara, que nos sacara de ese infierno en el cual estábamos viviendo, pero nuestras oraciones no eran escuchadas. Había momentos en que me decepcionaba y me decía: Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Acaso no soy tu hijo? ¿Qué te he hecho yo, Dios mío, para que me des esta clase de vida? Sácame de aquí, yo te prometo cambiar mi forma de vida. Solo tú me puedes ayudar. Tócales el corazón a estos señores para que nos den otro trato, pero, aun así, mis oraciones no eran escuchadas.


Llegué al extremo de maldecir mi propia vida, pues yo anhelaba un milagro, pero todo era en vano. Empezaron a transcurrir los días, y todo seguía lo mismo, pues el trato para con nosotros eran más severo. Existían todas las discriminaciones del mundo que puedan existir, hasta que un día le dije:


―Oiga, comandante Granadeño, ¿acaso no tiene hijos usted? Piense en ellos, ¿no se pone a pensar que el día de mañana pueden afrontar la misma situación?
―Yo no soy el que los castigó, sino que la ley, bastardos.


24 de febrero de 1990


―Hey, muchacho, ¿cómo has amanecido?
―Bien –contesté.
―Dice mi comandante que te va a dar permiso para que vayás a comprar a la primera.
―Ah, sí, ¿no? Qué lástima…
―¿Por qué? –preguntó el guardia.
―Porque no tengo ni un centavo partido por la mitad.
―Eso no es problema, yo te daré para que compres lo que vos querrás.
―Sí, pero no tengo qué ir a hacer allá arriba –susurré.


Yo no tenía nada de confianza en esos verdugos, pues su palabra favorita era “pija y verga”, una frase bastante usual entre el personal de vigilancia de ese centro. Momentos después, fui conducido por los pasillos hacia la guardia de prevención, donde se encontraba situada la primera bartolina.


Fui llamado donde se encontraba el comandante de guardia, me rodearon un puñado de agentes, atándome de pies y manos. Decía el Negro Quintanilla: “Matemos a este perro y lo vamos a dejar al río”. De pronto, apareció un señor de aproximadamente 1.90 de estatura, tez blanca, cabello blanco, ojos verdes, bastante risueño.


―Óyeme, hijo –me dijo–, ¿cuál es tu problema?
―Ninguno –contesté.


Estuvo platicando con el comandante Rogel.


―Mire, Rosemberg, te he mandado a llamar para decirte que ya no vas a estar en el Sopé. Te vamos a pasar a una isla de la segunda bartolina, pues vos no podés vivir en ningún recinto. Los Migueleños no te aceptan en el recinto, y si te dejo allí, me podés ocasionar muchos estragos. Dice el Ruco que si te metemos en el recinto, te matarán.
―No hacen nada –contesté–. Esos son matamuertos, métanme allí, yo no tengo problemas.


El Ruco era el jefe de dicha banda (Los Migueleños). Era enormemente fuerte, parecía un Rambo salvadoreño, tenía bajo su voz y mando aproximadamente a unos 80 migueleños en el 1989, que integraban la banda más temida del centro penal de San Francisco Gotera, un lugar donde la vida no valía nada. La vida de mis compañeros llegó a tener el valor de un pantalón o de un par de zapatos, algo que no valía la pena. Era una vida de lloros y llantos.


Yo ya me encontraba en una de las islas de la segunda, donde reinaban todas las picardías que puedan existir. Era de imaginárselo. Todos los días llegaban Polillo, Pinico, Lágrima de karateca y otros secuaces del Ruco a tirarnos agua hirviendo. Eran los buenos días que nos daban a mí y a mis compañeros que se encontraban conmigo en la isla.


Me decían Germán y la Pescada: mirá, compa, cuando salgamos a bañarnos agarremos a unos tres cabrones de esa banda y les enseñamos a respetar la dignidad de los Varones. Ellos creen que nosotros les tenemos miedo, pero vos sabés, Rosemberg, que no es así. Estos majes son fuertes con la gente débil, pero no pierdo las esperanzas de verlos tragando su propia sangre. Recordá que estos sujetos tienen comprada e intimidada a la vigilancia. Meterse con estos es como que nos metamos con el comandante Granadeño, pues esta banda tenía la autorización de Granadeño de tener adentro del recinto navaja Okapi, cuchillos Stanley automáticos y zapateras. Ellos violaban a las visitas de mis compañeros trasladados y no les decían nada. Mataban a mis compañeros y nos les decían nada. No les hacían proceso a ninguno; lo que decían los inspectores Lolo y Neto era: ya era tiempo que mataran a este hijodeputa, ya muchas había hecho. Jajaja, se carcajeaba el inspector Neto cada vez que mataban a nuestros compañeros.


Abril 1990


Muy presentes tengo las palabras del señor inspector Neto: “Hey, Ruco, tomá, te voy a hacer un regalo”, y le tiró desde la terraza un yatagán de fusil G-3. Es para tu uso personal; ya sabes, ¿verdad? Tienes que terminar con todos los pícaros de San Salvador, y así sucedió. Al tercer día estaba dándole muerte al M.S. y al compañero Arturo, ambos jóvenes, con la misma arma que le había dado el inspector Neto. Decía el Ruco enfrente de los finados: “Bueno, mara, mi padre Satanás me ha pedido más almas, así que ya saben, ¿verdad? Aquí el que no corre vuela, y al que mucho vuela hay que cortarle las alas”. Era algo extremadamente horrible. No había ni un minuto de tranquilidad en ese lugar maldito. Había que dormir un rato con cada ojo, vivir para contarlo. Maldita la hora que vine a parar a este infierno, pues todos se preguntaban: ¿seré yo el próximo? Una vida de amargura.


Agosto, 21 1990


Era un día de visita, una mañana hermosa, cuando llegaba la esposa de un compañero, y a todos los integrantes de esa banda se les salían los ojos observando a la muchacha. No les bastó solamente observarla, sino que se acercó Lágrima con dos cuchillas en la mano.


―Hey, mirá, cabrón, hoy nos vas a prestar a tu mujer.
―No –decía nuestro compañero–, eso no; mejor mátenme.
―Sí –contestó Lágrima–, te vamos a matar, pero después de que te hagamos el amor a vos y a tu chava, ¿o crees que no?


Y a puras cuchilladas metieron a la muchacha y a nuestro compañero a los baños del tercer recinto, para hacerles el amor. A los regidores de esa institución solo les daba risa, no les decían nada porque les tenían miedo. Casos como este continuaban sucediendo muy a menudo.


Nosotros, los Trasladados, empezábamos a llenarnos de furia al ver la clase de atropellos que cometían la banda Migueleña contra nosotros. Entre nosotros solo albergaba la idea de hacerles pagar por todo lo que cometían, ya que ni el señor Granadeño, ni el señor juez de Segunda Instancia ni el señor director general de Centros Penales ni el señor ministro de Justicia… todos hacían caso omiso de todo lo que acontecía en el penal de San Francisco Gotera por parte de la denominada banda Migueleña. Todas sus acciones las dejaban al olvido. Podían matar, violar, robar, puyar, en fin, toda clase de maldades y nunca les decían nada. Más de dos docenas de compañeros trasladados perdieron la vida en manos de esa banda, y nunca dijeron nada. Quedó al olvido.


Septiembre, 24 1990


Era un día sábado. Todos los trasladados ya nos encontrábamos cansados de ver todas las injusticias que allí sucedían, cuando de repente llegó un traslado de aproximadamente 20 compañeros más, y fue llegando que empezaron los integrantes de esa banda.


“Bueno chamacos –dijo el Ruco–, aquí yo soy el encargado, y aquí se hace lo que yo digo; no quiero que anden poniendo audiencias ni que pongan papeles para enfermería. Tampoco quiero que anden en grupos de tres para arriba. Creo que entienden, ¿verdad? De no ser así, tienen que atenerse a los resultados que les puedan acontecer el día de mañana. Ah, otra cosa, yo no quiero que me anden poniendo quejas de que les he robado sus cosas, ya estamos suficientemente grandes para cuidar nuestras cosas. Si alguno de ustedes considera poder tener problemas con alguno de nosotros, es mejor que se aísle o que se vaya para otro recinto. No quiero verlos platicando con ningún cabrón de los que se encuentran aislados en esas islas. Eso les puede costar la vida. Después no vayan a decir que no les he dicho nada”


Los tenía amenazados, los tenía reprimidos, todos los compañeros se sentían sumamente cohibidos. El temor a esa banda los tenía a todos paralizados, pues era prohibido hasta platicar con nuestros amigos. Los murmullos entre nosotros eran más continuos. Tarde o temprano tendrán que responder por todo lo que han cometido. La pagarán con creces.


*****

Así concluyen las diez páginas manuscritas que llegaron a la Sala Negra de El Faro. De lo que le sucedió a Rosemberg solo supimos que tiempo después fue trasladado al penal de Apanteos, en Santa Ana. El conflicto que queda abierto, entre trasladados y lugareños (representados en esta ocasión por el Ruco y su temible banda Los Migueleños), tomó mucha más virulencia en la década de los 90, y aún hoy sigue coleando.


La situación en las cárceles salvadoreñas sigue siendo una bomba de tiempo, valga la frase manida. Y el papel del Estado en las cárceles, cuya función constitucional es rehabilitar a sus inquilinos, no ha hecho sino diluirse con el paso de los años.


Fotografía: Roberto Valencia
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Estos relatos se publicaron por primera vez en tres entregas la sección Bitácora de Sala Negra de El Faro, en los días 1, 2 y 3 de octubre de 2012. Puede consultarlos pulsando aquí, aquí y aquí.

martes, 28 de febrero de 2012

Monseñor Romero, Rutilio Grande y el 28 de febrero

Faltan 11 días para que asesinen al padre Rutilio Grande.

El padre Grande ha salido esta mañana temprano de Aguilares. Se dirige a Domus Mariae, unas instalaciones que el arzobispado tiene en Mejicanos, y se ha detenido en Guazapa para recoger a Evita y a otras hermanas. Como cada primer martes de mes, toca reunión del clero de la archidiócesis. Hoy es 1 de marzo de 1977, y entre los alicientes está que será el bautismo del nuevo arzobispo en este tipo de encuentros.

—Pónganse en oración, hermanas, que tenemos que hacer que nuestro obispo cambie –comenta el padre Grande en algún punto de la carretera que conduce hasta San Salvador.

La hermana Evita conoce bien a Monseñor Romero, desde Santiago de María, donde lo vio hacer cosas que en San Salvador ni siquiera se sospechan, como cuando se presentó solo en la delegación de la Guardia Nacional de Ciudad Barrios para pedir que liberaran a dos catequistas que estaban siendo torturados; sin embargo, el nombramiento también fue una decepción para ella.

Monseñor Romero tomó posesión una semana antes, el martes 22 de febrero, y acude a la reunión consciente de que hay un sentimiento generalizado de hostilidad hacia su persona. En el salón del Domus Mariae son mayoría los que en cierta manera lo siguen viendo como un usurpador del cargo que correspondía a monseñor Rivera Damas. Por si fuera poco, el ambiente político de estos días también contribuye a crispar los ánimos. El 20 de febrero hubo elecciones presidenciales y las ganó el candidato oficialista, el general Humberto Romero, pero las denuncias de fraude son sonoras y están organizadas. El domingo hubo una multitudinaria concentración en el parque Libertad de la capital. En la madrugada del lunes, cuando la cifra de manifestantes bajó a unos 6,000, la Fuerza Armada ordenó el desalojo. Ante la negativa, se abrió fuego a discreción. La iglesia del Rosario, a un costado del parque, se convirtió en el improvisado refugio. Al amanecer hubo más enfrentamientos en todo el centro de la ciudad. Todo eso ocurrió ayer, pero la información aún es escasa a esta hora de la mañana por la férrea censura implementada por el Gobierno. Con el tiempo se sabrá que el número de masacrados fue de entre 40 y 60; algunos reportes elevarán la cifra hasta los 300.

El ponente principal de la reunión del clero es el padre Grande, y la idea inicial es hablar sobre el trabajo pastoral que realizan en Aguilares. Pero la agenda se cambia por completo cuando el padre Alfonso Navarro, uno de los presentes ayer en el parque Libertad, toma la palabra y comienza dar algunos brochazos que permiten hacerse una idea de lo ocurrido. Monseñor Romero propone crear 14 grupos para debatir realidad nacional, cada uno integrado en función del departamento de nacimiento. El tono de las discusiones está marcado por la preocupación, y las conclusiones convergen en la idea de que la Iglesia no debería permanecer pasiva ante tanto atropello. Monseñor Romero habla poco, prefiere escuchar. Al final se muestra condescendiente pero cauteloso con las ideas planteadas.

—Por favor –les pide–, ayúdenme, porque yo solo no puedo.

De regreso a Aguilares el padre Grande maneja satisfecho. Él ha visto un cambio que invita al optimismo.

—Es una señal –le hace saber a Evita y a las demás.

Fotografía: internet

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(Este relato forma parte de la semblanza de Eva del Carmen Menjívar, incluida en el libro "Hablan sobre Monseñor Romero", publicado en marzo de 2011)

jueves, 19 de enero de 2012

El disparo de Chico Campos

Ahora no lo parece, pero esta historia tiene final feliz.

Dentro de unas dos horas LA fotografía estará en Washington, desde allí se enviará a todo el mundo, el fotoperiodista se habrá calmado, y mañana será portada de The New York Times y The Washington Post. Pero ahora no. Ahora el fotoperiodista –un salvadoreño llamado Chico Campos– maldice, se tensa, por ratos quiere que se lo trague la tierra. Acaba de cometer un error del tamaño de una catedral: se ha distraído en el revelado, ha puesto los rollos en el químico equivocado y ha arruinado el trabajo de toda la mañana.

Hoy es 16 de enero de 1992 y faltan menos de dos horas para el mediodía, la hora a la que el material debería estar enviado. Chico Campos, el responsable gráfico en San Salvador de la agencia Associated France Presse (AFP), acaba de echar a perder todas las imágenes sobre las celebraciones por los Acuerdos de Paz.

Faltan menos de dos horas y aún no ha sido tomada LA fotografía.

Hay tiempo, piensa Chico Campos. Prepara de nuevo los químicos, sale disparado de la oficina –ubicada cerca del redondel Baden-Powell, en la colonia Miramonte–, se sube en su vespa y gira el acelerador rumbo a plaza Gerardo Barrios, a ver si puede al menos salvar el día.

***

Desde que la imagen y la palabra se aliaron para bien del periodismo, los grandes acontecimientos de la historia –las guerras en particular– tienden a cristalizarse en una fotografía que, para la conciencia colectiva de un país o de la humanidad entera, se convierte en LA fotografía. Sin concursos ni encuestas ni votaciones. Simplemente sucede. Una niña asiática que corre desnudada por el napalm remite a la Guerra de Vietnam. El pelotón de soldados que clava en Iwo Jima el mástil con la bandera estadounidense condensa cuatro años de encarnizados combates en las islas del Pacífico durante la II Guerra Mundial. El miliciano captado por Robert Capa cuando recibía un balazo simboliza toda la Guerra Civil Española.

—Chico, ¿vos cuál creés que es LA foto de la Guerra Civil de El Salvador?
—Por toda la repercusión que tuvo, creo que la foto de la Paz sí es esta –me dice Chico Campos 20 años después, sentados en un puesto de tortas a apenas tres cuadras del lugar donde tomó la fotografía–, pero LA foto de la guerra… No, no creo… Ni las que tomaron los fotoperiodistas extranjeros… No creo que haya una que todo el mundo la vea y diga: ah, la guerra de El Salvador, ¿va? Que yo recuerde, no hay.

***

Este 16 de enero no es una sorpresa para nadie. Las negociaciones entre el Gobierno y la guerrilla del Frente Farabundo de Liberación Nacional (FMLN) cuajaron el 31 de diciembre pasado, y desde hace días se sabe que el presidente de la República y los comandantes guerrilleros firmarán hoy los Acuerdos en el castillo de Chapultepec, en México DF. En El Salvador los bandos en contienda han organizado actividades conmemorativas, sin corbatas, y la más significativa sin duda es la masiva concentración de simpatizantes efemelenistas en la plaza Gerardo Barrios, el corazón de la capital.

Chico Campos se reunió días atrás con dos de sus compañeros: Pedro Ugarte, enviado por la agencia desde Nicaragua para reforzar la cobertura; y Yuri Cortez, el stringer, al que se le paga por foto. A los dos les dijo que el jefe regional en Costa Rica había sido muy explícito: El Salvador sería este jueves plato fuerte de la agenda internacional, y las imágenes debían enviarse antes del mediodía, para que los diarios europeos las tuvieran antes de su cierre. Con esta orden como premisa inamovible, el plan de los fotoperiodistas se simplificó: Yuri al cerro Guazapa, a Las Moras, el campamento guerrillero más cercano, para poder regresar a tiempo; y los dos más experimentados, a la Gerardo Barrios.

Son las 9:15 de la mañana, y Chico Campos ha gastado dosquetrés rollos. Busca a Pedro, le pide su material y se retira tranquilo para revelarlo. Va sobrado de tiempo. Cuando pasa frente al parque Infantil, al ver que sobre la 7.ª calle poniente viene una manifestación de efemelenistas rumbo a la plaza, parquea la vespa en cualquier lado –sin cadena, sin candado, son otros tiempos– y dispara unos cuadros más.

Ya en la oficina, en la oscuridad del cuarto oscuro, Chico Campos mete los cuatro rollos en el químico fijador sin haberlas revelado aún. Sus fotos y las de Pedro se desintegran.

—Naaaada, de ahí no se rescataba naaaada –me dirá 20 años después–. ¿Y qué me quedaba? Pues comenzar de nuevo.

Faltan menos de dos horas para el mediodía.

***

Francisco Javier Campos Sosa nació el 2 de enero de 1954. Tiene 38 años, y cree que ya va siendo hora de asentar tantito su vida. Se ha casado hace pocos meses con Ana Delmy, y viven juntos en una modesta casita en la colonia Jardín de Mejicanos. En noviembre de este año nacerá Mónica, la que será su única hija.

El gusto por la fotografía le viene desde niño, pero fue a partir de 1979 cuando empezó a tomárselo en serio. Voluntario en Comandos de Salvamento, consiguió una camarita de 8mm y comenzó a fotografiar accidentes y rescates, para facilitar luego los negativos a los periódicos locales y promocionar así la labor de la oenegé. En esas conoció a un fotógrafo del diario El Mundo que logró abrirle puertas, y en 1981 publicaron su primera foto: un incendio.

Hace 10 años, cuando la guerra comenzaba, Chico Campos renunció a su bien remunerado trabajo de jefe de control de producción en IMSA, una empresa que fabricaba estructuras metálicas. Ganaba como 900 colones al mes y en El Mundo empezó con 200 colones.

Durante la primera mitad de la guerra tomó fotos y escribió notas para El Mundo; también hizo radio en una emisora llamada Radio Sonora, y comenzó a estudiar Periodismo en la Universidad de El Salvador. Uno de sus profesores fue Iván Montecinos, el corresponsal de la AFP, que lo llamó para trabajar como stringer apenas se desocupó esa plaza. Fue solo cuestión de tiempo que le ofrecieran un contrato para incorporarse de lleno en la agencia.

***

La vespa vuela hacia la plaza Gerardo Barrios. La parquea en cualquier lado –otros tiempos–, y Chico Campos sube directo a la generosa tarima que han instalado frente a la entrada principal del Palacio Nacional. En ese momento no hay ningún otro periodista. Contra el reloj, su idea es tomar una panorámica de la multitud, para que al menos se sienta la celebración, pero estando ahí parado ocurre algo que no está en ningún guión.

—Yo no estuve mucho tiempo en la tarima, 10 o 15 minutos –me dirá 20 años después–. La cosa es que unas mujeres empezaron a bailar algo folclórico, y me dije: tomo un par de cuadros más para terminar el rollo y me zafo. En el baile las mujeres caminaban para atrás y para adelante, y saludaban al público con las manos abiertas. Les sacaron unos canastos, no se veía qué tenían, pero por cómo iba la cosa entendí que iban a agarrar algo para ofrendarlo. Cuando vi que eran palomas, me preparé, busqué la composición y disparé cuatro o cinco veces. Solo en la que fue publicada están las palomas así.

No que tiene LA fotografía, obvio, pero Chico Campos cree tener una buena foto. Se lo dice el instinto. Busca de nuevo a Pedro, le pide su material y vuela de regreso a la oficina.

Revela, esta vez sin inconvenientes, y envía a Washington unas ocho o diez imágenes de los tres fotoperiodistas. La foto de las palomas la envía de un solo en color. Ha visto el negativo y le tiene confianza.

***

El éxito de LA fotografía quizá radica en su simpleza: en primer plano, las dos mujeres de blanco con los brazos extendidos porque acaban de soltar unas palomas de Castilla –grises, no blancas– que se desviven por alzar el vuelo; en un segundo plano, amontonados en la plaza, se ve a centenares de simpatizantes del FMLN con muchas banderas rojas y pocas azul y blanco, y adelante, media docena de fotógrafos en el lugar equivocado; de fondo, el alma de la imagen, el esqueleto de una Catedral metropolitana aún sin terminar, un feo armazón de concreto sin azulejos de Llort ni cúpulas en las torres, recubierta por incontables pancartas políticas, tosca, ruda, ofensiva, la metáfora de un país consumido por una guerra civil; detrás, el cielo luce limpio y caluroso.

—Hubiera sido aún mejor si toda la gente hubiera estado celebrando, con las banderas levantadas –me dirá 20 años después.

La imagen también traspira pureza: sin apenas edición, sin fotosops que realcen las palomas –a las que cuesta identificar en una primera mirada– o para avivar colores. Es una foto de lugar indicado en momento preciso, sin conservantes ni colorantes.


***

Mañana, cuando Chico Campos llegue a la oficina, comenzará a leer los faxes con las felicitaciones llegadas desde las principales oficinas de la AFP en todo el mundo. Desde París: “Felicitaciones por su cobertura de los Acuerdos de Paz en El Salvador, que fue muy rápida, abundante y muy variada”. Desde Washington: “Francisco, felicitations por tu excelente trabajo de ayer, comencé mi día por ver tu foto de las palomas en la primera página del New York Times y del Washington Post”. Desde Buenos Aires: “Muchas felicitaciones y deseos de que este buen comienzo de año perdure”. Desde San José: “Sobran las palabras cuando las imágenes son elocuentes de su excelente trabajo”.

Su fotografía, que con las prisas bautiza como Dos mujeres sueltan palomas, terminará convertida en LA fotografía, la imagen que los salvadoreños asociaremos con los Acuerdos de Paz, mucho más que cualquiera de las que se han tomado en Chapultepec. Imposible saber cuántos periódicos la publicarán en todo el mundo, pero con los días Chico Campos logrará tener una carpeta con recortes y fotocopias de diarios estadounidenses, españoles, franceses, japoneses, colombianos, argentinos… Nunca el trabajo de un salvadoreño ha sido tan difundido en tan poco tiempo.

—De los recortes que tengo solo el USA Today puso mi nombre –me dirá 20 años después, mientras estemos comiendo una torta mexicana de $1.50 en el centro de San Salvador–; en todos los demás el crédito que apareció fue solo AFP.

Es el precio que se paga por trabajar para una agencia internacional. Pero quién sabe, quizá dentro de 20 años alguien se tome la molestia de detallar cómo y quién tomó LA fotografía de los Acuerdos de Paz, esta imagen que hoy se está distribuyendo por las redacciones de medio mundo y que de alguna manera también contribuirá a que este 16 de enero de 1992 termine siendo en un día tan especial en la historia de El Salvador.


Fotografía: Francisco Campos

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(Esta crónica fue publicada el 16 de enero de 2012 en el periódico digital El Faro, de El Salvador)

sábado, 19 de febrero de 2011

Cuando desde la izquierda se despreció al arzobispo Romero

Si hacemos a un lado los sectores de ultraderecha que promovieron o celebraron su asesinato y a sus ahijados políticos, cuesta en la actualidad encontrar a alguien que critique en público a Monseñor Romero. El paso de los años lo ha convertido en un referente mundial de lucha contra la desigualdad, de compromiso con los más desprotegidos, de respeto a los derechos humanos, de promotor de la verdad como premisa para la reconciliación, de… Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que muchos de los que hoy le aplauden lo criticaron con dureza.

En la calentura por convertir El Salvador a cualquier precio en una república socialista, Monseñor Romero también fue cuestionado por muchos compas. Tras el apoyo expreso al golpe de Estado del 15 octubre de 1979, lo llamaron viejo burgués, lo acusaron de olvidarse del pueblo, lo presentaron como un promotor de los intereses gringos. “Hubo un tiempo en que buena parte de la dirigencia de las organizaciones populares estaba convencida de que se había cambiado de bando”, me dijo, bajo condición de anonimato, un entrevistado.

Cuando uno plantea hoy este tema a personas que se consideran progresistas, algunos prefieren pasar de puntillas, quizá para evitar retratarse como lo que fueron: personas que durante semanas o meses creyeron que Monseñor Romero era un traidor. Por eso, como periodista se agradece tanto la naturalidad con la que personas como Evita Menjívar admiten que la izquierda política cometió con él gruesos errores, errores que algunos ahora tratan de ocultar o redimir con estatuas y palabras de falsa admiración.

—Con eso de la Junta de Gobierno –admite Evita–, hubo organizaciones que le mandaron cartas fuertes. Le decían que cómo era posible que estuviera apoyando eso.

Monseñor Romero lo llamaba fanatismo. Y lo criticó, fiel a sus convicciones, en repetidas ocasiones. “Ilusionados por esa misma tentación del poder –dijo en su homilía del 30 de diciembre de 1979, cuando arreciaban las críticas en su contra–, están cometiendo muchos errores también los grupos de izquierda y las organizaciones populares que pierden de vista el objetivo legítimo de sus presiones, que debe ser el bien común del pueblo y no el fanatismo de su grupo o la obediencia de consignas extranjeras”.

Fanatismo hubo, hay y quizá nunca deje de haberlo en El Salvador.


Fotografía: Roberto Valencia
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(Este es un fragmento de uno de los capítulos incluidos en un libro sobre Monseñor Romero que está previsto que se publique para marzo de 2011)

sábado, 22 de enero de 2011

Apuntes sobre la masacre del 22 de enero de 1980


El 22 de enero de 1980 las calles de San Salvador acogieron la manifestación más multitudinaria jamás vista en El Salvador. Héctor Dada Hirezi, una de las cinco personas que integraban la Junta Revolucionaria de Gobierno, se atreve a calificarla como la más grande jamás vista en toda Centroamérica. Estimaciones conservadoras cifraron en 250.000 las personas que respondieron a la convocatoria realizada por la Coordinadora Revolucionaria de Masas, el más firme intento por unificar el crisol de organizaciones sociales en que estaba fraccionada la izquierda salvadoreña.

—Nunca se había visto algo así –recuerda Dada Hirezi–, y yo, honestamente, pensé que con esa manifestación iban a intentar tomarse Casa Presidencial.

Fue tal la afluencia que mientras algunos aún esperaban salir desde el monumento al Divino Salvador del Mundo, otros estaban ya frente a la catedral, donde se dice que comenzaron los disparos. El arzobispo de San Salvador, Monseñor Romero registró sus impresiones en su diario: “A la altura del Palacio Nacional se inició un tiroteo que desbandó esta preciosa manifestación –preciosa manifestación, dice–, que era una fiesta del pueblo”. Su apoyo expreso a las organizaciones populares, y por extensión a sus reivindicaciones, tenía a la base el desencanto acumulado hacia la Junta Revolucionaria. Aquel día, los principales funcionarios de Gobierno siguieron los acontecimientos encerrados en Casa Presidencial. 
Después de que las radios reportaron el tiroteo, Dada Hirezi y Monseñor Romero hablaron por teléfono.

—Monseñor, esos disparos no son de soldados –le aseguró Dada Hirezi–. Acabo de consultar y me han garantizado que se cumplió nuestra orden de que no hubiera ningún agente de seguridad ni ningún soldado en el camino.
—Pero hay gente en catedral que los está viendo disparar desde el Palacio Nacional.
—No puede ser, Monseñor.

Pero sí pudo ser.

Cuando confirmó por otras vías la veracidad de la versión de Monseñor Romero, Dada Hirezi se levantó en medio de la reunión de gabinete y pidió explicaciones al ministro de Defensa, el coronel Guillermo García, que encarnaba la línea más intransigente dentro de la Fuerza Armada. Tras las consultas pertinentes, la nueva versión era que en efecto habían dejado unos guardias para custodiar el Palacio Nacional y que se habían puesto tan nerviosos que dispararon, pero sin orden de sus superiores. Aquel día hubo más disparos y más muertos en más lugares. Doce años después, la Comisión de la Verdad cifró entre 22 y 50 los fallecidos entre los manifestantes, además de un centenar de heridos.

—Yo verdaderamente reaccioné con mucha violencia ese día –dice hoy Dada Hirezi–, y eso que soy una persona muy tranquila, pero creo que los militares nos estaban viendo la cara.

Al día siguiente, 23 de enero, la tensión se mantuvo. Tras lo ocurrido en la víspera, unas 40,000 personas se refugiaron en el campus de la Universidad de El Salvador, y el Ejército, desplegado en los alrededores, amenazaba con ingresar con el pretexto de que escondían armas. Monseñor Romero se presentó en Casa Presidencial para solicitar que levantaran el cerco militar, y eso generó otro violento choque verbal entre las antagónicas visiones que había dentro del gabinete.

Con el paso de los días la situación, lejos de calmarse, se tensó aún más: asesinatos, atentados, ametrallamientos, tomas de fábricas, impunidad, secuestros… En la noche del 23 de febrero un escuadrón de la muerte irrumpió en la vivienda de Mario Zamora, procurador general de la República y máximo exponente de la línea progresista al interior del Partido Demócrata Cristiano, con la que Dada Hirezi se identificaba. Lo ametrallaron en el baño de la casa.

—Y ese sí ya fue el fin –recuerda.

Solo entonces se convenció de lo que ya sabía pero se negaba a admitir: que las fuerzas que empujaban el país hacia la guerra abierta eran más poderosas que las que trataban de evitarla. También al interior la Junta Revolucionaria de Gobierno.

Fotografía: internet
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Este relato forma parte del perfil sobre Héctor Dada Hirezi incluido mi libro Hablan de Monseñor Romero (Fundación Monseñor Romero, San Salvador, 2011), y fue publicado el 22 de enero de2011 en el periódico elmundo.es

domingo, 12 de diciembre de 2010

Así amenazamos a Monseñor Romero (III)

Primeras semanas de 1979, días aciagos en El Salvador. La represión estatal ha alcanzado niveles nunca antes conocidos por esta generación, y la creciente organización de la izquierda revolucionaria se traduce en acciones cada vez más desestabilizadoras. Paradójicamente, mientras en el país se impone el odio, el Parlamento británico ha hecho pública en noviembre del año pasado su propuesta para que un salvadoreño, Monseñor Óscar Arnulfo Romero, reciba el Premio Nobel de la Paz.

Pero ni eso lo está librando de las amenazas de los escuadrones de la muerte, los grupos “ligados a estructuras estatales por participación activa o por tolerancia” que alcanzaron un control de tal naturaleza que sobrepasó los niveles de fenómeno aislado “para convertirse en instrumento de terror y de práctica sistemática de eliminación física de opositores políticos”, dirá el informe de la Comisión de la Verdad cuando termine la guerra. A Monseñor Romero, de hecho, lo asesinará un escuadrón de la muerte, el encabezado por Roberto d’Aubuisson, un siniestro personaje a quien tres décadas después todavía cientos de miles de salvadoreños le rendirán pleitesía con su voto. ¿Se puede idolatrar a la persona que mandó asesinar a un Nobel de la Paz en potencia? En El Salvador... (Este relato puede leerlo completo pulsando aquí)

Fotografía: Roberto Valencia

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