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domingo, 18 de agosto de 2013

Billetes


Uno se para frente a la imagen y si la escruta es capaz de, en unos pocos segundos, imaginarse que viaja dando saltos en un mapamundi: Djibouti, Alemania, Mauritania, Yugoslavia, Polonia, Jamaica, Tanzania, Indonesia, Reino Unido, Eritrea, Suiza, Hungría, Iraq, Siria, Irlanda, Belice... Este inmenso cuadro formado con billetes era tan solo uno de los al menos cinco que colgaban de las paredes de un bar del centro de Ourense (Galicia, España). Invertí unos segundos, pero no vi colones.

Fotografía: Roberto Valencia

miércoles, 21 de abril de 2010

Sesión fotográfica en el penal

Siete pandilleros vestidos de un amarillo chillón con siete Polaroid en sus manos salen a uno de los patios de la cárcel, y lo primero que hacen es acercarse a una estatua de la Virgen María para fotografiarse a su vera. 1, 2, 3 fotografías… ¿Surrealismo? No, la enésima prueba de que la realidad es capaz de superar con creces la ficción. Hoy es viernes y es abril, falta una hora para el mediodía y esto es una prisión salvadoreña. Se llama Izalco y está situada en el municipio homónimo, a unos 60 kilómetros de la capital.


La estampa surrealista de los pandilleros fotógrafos ha sido propiciada por Klavdij Sluban, un laureado fotógrafo francés que estos días está de visita en Centroamérica. Respaldado por la Embajada de Francia, Sluban propuso a la Dirección de Centros Penales sumarse a un experimento que él había puesto ya en práctica en prisiones de Rusia, de Eslovenia, de Serbia, de Francia, de Georgia… La idea es simple: tras una pequeña charla explicativa, se entregan cámaras a un grupo de internos para que fotografíen lo que les permitan las autoridades.


Del área que acoge la estatua de la Virgen María el grupo pasa al patio central, donde está la única cancha de baloncesto. No hay mucha actividad a pesar de la hora. La mayoría de los internos están en sus celdas, desde donde se asoman para ver qué sucede. 12, 13, 14 fotografías... Salvo los descamisados, todos tienen camisetas amarillas. Tras la explicación, unos pocos posan gesticulantes para sus compañeros de pandilla.


Hoy es un día inusual en Izalco y no solo por las sesiones de fotografía. La actividad ha permitido a los siete elegidos caminar por el penal sin grilletes y ahora les hará merecedores de un regalo inesperado. Cuando los conducen al área de visitas, los guardias los suben por las rampas que usan los familiares, y desde aquí se mira más allá de los muros. Apenas se ven lomas arboladas y verdes, pero saben a libertad para los que desde hace meses o años solo han visto cemento gris. 18, 19, 20 fotografías… La agitación generada por el regalo no pasa desapercibida para Sluban.


—Las prisiones son como el cuarto de baño de los países, lo que a las visitas nadie le gusta enseñar de su casa –me dirá luego.


Está convencido de que el estado de sus cárceles muestra el nivel cultural de cada nación.


El rally fotográfico continúa hacia el área de visitas, un rectángulo amplio en el que madres, esposas, novias e hijos se pueden sentar alrededor de mesas de cemento junto a los visitados, que mantienen su riguroso amarillo. El ambiente es silencioso. 23, 24, 25 fotografías… La caja de cartón del carrete decía que eran 24, pero Sluban ya advirtió de que siempre salían más.


El Crazy es uno de los siete elegidos. Purga ocho años de condena por haber robado a un hombre dos cadenas de plata, un reloj, unos lentes de sol y cuatro dólares. Todo su cuerpo está tatuado. Su cara es un lienzo. Se acerca, me entrega la cámara y me pregunta temeroso si aún quedan fotografías. A través de un visor se ve el número 28. El rollo, en efecto, se ha terminado y con él, lo más interesante de la actividad.



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(Este relato es una versión de una crónica publicada el 18 de abril de 2010 en www.elmundo.es)

viernes, 19 de marzo de 2010

Y tan tranquilos los dos

El contexto: hace tres días que un joven de 17 años asesinó a puñaladas a otro de 18 en una pelea callejera desatada a las 5 y media de la tarde en plena colonia Escalón, la más pudiente de la capital. Segundos antes ni se conocían. Se retaron nomás por ser uno de un instituto y el otro, de otro. La muerte habría sido una más entre las 12 que ocurren cada día en este paisito, ni siquiera una de las que se realizan con más saña. Pero por la misma calle y a la misma hora pasaba un fotoperiodista de La Prensa Gráfica, registró con profesionalismo lo sucedido, y esas imágenes convirtieron el asesinato en acontecimiento nacional. Desde entonces noticieros y periódicos han reservado sus mejores espacios para mostrar la secuencia fotográfica una y otra y otra y otra vez, para debatir sobre las condenas de los menores infractores, y para cuestionar la aparente pasividad con la que la sociedad y los periodistas asumen estos hechos.

La escena: ahora es mañana de domingo, y la plaza Gerardo Barrios de San Salvador acoge la presentación pública de la promoción número 99 de los alumnos de la Academia Nacional de Seguridad Pública. Ha llegado Manuel Melgar, el ministro de Seguridad del país más inseguro del continente. Los periodistas se arremolinan a su alrededor para volverle a preguntar por el asesinato de hace tres días. Los 36 que las matemáticas dicen que han ocurrido en medio parecen no importar.

La pregunta del periodista:
—Pero por la frialdad con la que el joven asesina al otro muchacho da a entender de que no es la primera vez que ha asesinado…
—Habría que ver –responde el ministro Melgar– si tiene o no antecedentes delincuenciales. Eso yo no me atrevo a decir, porque hay que esperar las investigaciones.

Y tan tranquilos los dos.




viernes, 20 de noviembre de 2009

No hay peor sordo que el que no quiere oír

El sombrío salón de actos del edificio de la Asociación de Periodista de El Salvador (APES) se ve más luminoso esta noche, como si lo hubieran pintado hace poco. Pero no, la pintura es la misma azul cielo que se puso hace años, y ha bastado con que se cambien algunos fluorescentes para darle otro aire. Falta un cuarto de hora para las 7 del viernes 20 de noviembre, y al otro lado de la mesa cubierta con un mantel blanco están sentados Francisco Campos, Luis “La muñeca” Romero y Edgar Romero, fotoperiodistas los tres. Serán los ponentes de la charla titulada “La ofensiva guerrillera de 1989. Reflexiones 20 años después.”, organizada por la APES para inaugurar la exposición de las fotografías que cuelgan del techo, tomadas todas por Campos. Los tres hablarán con la sabiduría que solo da la experiencia. Tienen 55, 54 y 41 años.

“La muñeca” le apostará al anecdotario personal. Edgar pondrá el toque más didáctico, con sus reflexiones sobre los exiguos archivos fotográficos de la guerra civil salvadoreña. Y Francisco Campos, el protagonista, dará un repaso visual al conflicto apoyado en sus imágenes, el trabajo de toda una vida.

Eso es lo que se oirá desde el otro lado de la mesa.

Pero a este lado hay apenas una veintena de oyentes, 30 sumados los que llegarán con el evento ya comenzado. A este lado de la mesa que separa a ponentes y público faltan, cuanto menos, estudiantes con ganas de aprender, faltan los profesores que animen a asistir a los estudiantes, faltan los fotoperiodistas que creen que están de vuelta de todo, faltan los redactores que prefieren una cerveza a una charla y faltan los editores que creen que hacen periodismo encerrados en un despacho o pegados a un teléfono.

Falta, en definitiva, un gremio que quiera escuchar y aprender de su pasado.



Fotografía. Roberto Valencia
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