Mostrando entradas con la etiqueta Jesuitas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jesuitas. Mostrar todas las entradas

martes, 28 de febrero de 2012

Al interior de las torres de la iglesia El Carmen

Incluso antes de entrar la iglesia El Carmen llama la atención. Sus torres pueden verse de varias cuadras a la redonda. La dirección es avenida Manuel Gallardo y 1.ª calle poniente, arteria que la Alcaldía de Santa Tecla rebautizó como la calle Padres Jesuitas*. En salvadoreño, es la que está dos cuadras al norte del parque Daniel Hernández, frente a la parada de bus del Banco Agrícola.

Desde esa parada, a través de una puerta gris, se ve casi toda la fachada. La madera luce vieja y arrugada, como un papel que se ha secado después de estar mojado. Se echa en falta la imagen de la virgen, que la bajaron tras el terremoto del 13 de enero de 2001. Ahora está junto al hangar anexo, donde el padre Salvador Carranza -el padre Chambita
- y otros jesuitas celebran misa todos los días de la semana. Salvo esa puerta gris, toda la verja que rodea lo que podría considerarse el atrio está cubierta con oxidadas láminas de zinc, como si se quisiera ocultar la decadencia. Al otro lado, hay helechos queriéndose adueñar de las agrietadas paredes exteriores, hay troncos, hojas y ramas secas esparcidas por el suelo, y hay un par de matas de guineo que uno no sabe bien qué hacen ahí.

Las láminas de zinc están rematadas con alambre de espino o alambre razor. Pero no sirvió de mucho. Desde hace poco más de un año el templo cuenta con alarma. La instalaron después de que unos ladrones se llevaron un buen número de bancas, la Carmela y poco faltó para que también desapareciera la Chaleca. Ellas son dos de las tres campanas que estaban en las torres.

Una vez dentro de El Carmen, el panorama cambia. El padre Chambita lleva un casco plástico gris que de poco le serviría si el edificio se viene abajo, como teme, y narra con pasión cómo fue el día del terremoto. Por la pared que desapareció casi por completo, la oriental, salieron unos estudiantes que estaban de visita en el templo. El gigantesco hueco de doce metros de longitud sigue ahí, cubierto por una endeble estructura de láminas. Se colocó en 2001, y nadie ha hecho nada más desde entonces. Sin ellas, se verían las matas de guineo de fuera.

No están las bancas, y la nave parece por ello más larga y más desnuda. Se mire donde se mire, no hay más de tres metros de pared sin grietas o sin agujeros en toda la mitad inferior. La situación cambia en la mitad superior, la sostenida por las columnas, que no ha perdido su encanto. Si se mira a algunas partes del suelo, uno se encuentra con las evidencias de que algún animal ha estado arriba. Si se mira hacia arriba, se ven palomas de Castilla revoloteando. Ni el alambre de púas ni la alarma han frenado a estos animales, los que más ganaron con el tácito abandono de una iglesia que era la candidata número uno para convertirse en la catedral de Santa Tecla.

En toda la estructura hay luz natural más que suficiente, y tiene mobiliario eclesiástico de madera amontando en la parte delantera. La sensación ahí dentro es también de decadencia, pero es distinta a la que se tiene fuera. La nave y sus 32 columnas mantienen intacto su poder de seducción, ese que durante más de nueve décadas estuvo al alcance de cualquier feligrés o visitante. Ahora está bajo llave.

El recorrido termina en las entrañas del templo, que El Carmen las tiene en sus dos emblemáticas torres. Son, escribieron los entendidos, las que menos sufrieron aquel 13 de enero. Son de madera, y no de adobe o mampostería, como los muros colapsados. Pero que no les afectara tanto el terremoto no significa que gocen de buena salud. Un siglo es mucho tiempo para la madera.

Para subir, la entrada está en una puerta casi oculta y situada en la parte inferior de la torre derecha. Dentro, hay distintos bloques de escaleras y hay oscuridad. Sobra la oscuridad. Algunos peldaños se mueven, la madera está agujereada y cruje. Todo eso, unido al hecho de ser un edificio cerrado por peligro de colapso, hace que la incertidumbre sea difícil de vencer. Hay tramos, los más altos, en los que la oscuridad hace a uno ir a tientas. Y ni el sonido de las palomas ni su olor contribuyen a la tranquilidad.

Antes de llegar al primer nivel, si es que se puede llamar así, el padre Chambita explica la primera sorpresa: “La fachada que hoy vemos es una fachada añadida. La fachada principal es un triple arco, porque El Carmen iba a ser al principio mucho más baja, neocolonial, y la que se ve es la añadida“. En las entrañas se ve con claridad lo que quiere explicar: un muro macizo y oculto tras la estructura de madera.

El segundo nivel es el tejado de la nave, con láminas de zinc blancas marcadas por el óxido. Es el lugar donde estaban las campanas y la imagen de El Carmen. Desde ahí arriba, se ve el pecado que se cometió al construir las residenciales que trepan las cordillera del Bálsamo; se ve la renovada iglesia de la Inmaculada Concepción; se ve el bullicioso mercado; se ve el volcán de San Salvador; se ven decenas de tejados donde hay más láminas que tejas. En definitiva, se ve Santa Tecla, la ciudad creada vía decreto.

Aún se puede subir más, hasta las estilizadas cúpulas de las torres. Hay más escaleras, pero ya no merece la pena. Lo que se intuye arriba, entre la oscuridad, es solo una maraña de vigas y tablas. Ahí termina el recorrido, y empiezan las preguntas. ¿Se puede salvar El Carmen? ¿Por qué no se ha hecho nada en siete años? ¿Y si ocurriera otro terremoto mañana?
-----
* La calle Padres Jesuitas ha vuelto a ser rebautizada y ahora se conoce como Paseo El Carmen.

Fotografía: Roberto Valencia
-------------------------------------------------------------------
(Este relato forma parte de un reportaje sobre la iglesia de El Carmen publicado el 2 de marzo de 2008 en Revista Dominical, de La Prensa Gráfica, bajo el título de Abandonada a su propia suerte.)

viernes, 26 de agosto de 2011

Misa en El Carmen con Jon Sobrino

Avanza la misa en la iglesia de El Carmen, en el centro de Santa Tecla. Bajo la batuta del sacerdote jesuita Jon Sobrino, los presentes ya le han rogado al señor. Le han dado gracias. Algunos han dejado unas monedas en bolsas de trapo verde amarradas a un palo. Se ha cantado el padrenuestro. Y hace apenas unos segundos todos acaban de darse fraternalmente la paz. Este acto resulta emotivo. Los parroquianos se dan abrazos o se agarran de las manos mirándose a los ojos. Y no se limitan a los que tienen alrededor. Hay movimiento de unas bancas a otras. Niños suben a abrazar a un Sobrino que corresponde el gesto con una sonrisa y con ligeras palmaditas en la cabeza. Luego baja a estrechar su mano a las personas que están en primera fila. Cuando presencié esto desde la primera fila el 24 de agosto, anoté en la libreta unas palabras que entonces creí urgentes: “Hay algo en la atmósfera, posible entrada para la nota”. Aquí dentro, por un instante, uno se olvida de que está en el país más violento del continente.

Comienza la eucaristía con una canción de fondo que dice que el pueblo gime de dolor y que el pueblo está en la esclavitud. Sobrino reparte los cálices entre sus colaboradores y se sienta. Él no da las hostias. Hace meses, Salvador Carranza, el párroco, dijo que es por la diabetes, que se cansaba mucho. También me contaron que en la comunidad de jesuitas donde vive tuvo una vez una crisis, rompió una jarra de vidrio, se cayó sobre los cristales, se cortó la mano y hubo que llevarlo al hospital. A Sobrino no le gusta hablar mucho sobre su salud. En su humildad, cree que no le interesa a nadie más.

—Me habían dicho que estaba mal de salud, pero lo he visto muy activo.
—Hace cuatro años tuve un coma del que sobreviví. Fueron tres días en coma… Bueno, que sí es serio lo de la diabetes. Ahora, ¿en qué se nota para mí la enfermedad? Yo antes trabajaba ocho horas, por así decirlo, y ahora trabajo cuatro. ¿Y por qué? Pues porque no da para más.

Regresemos a la misa, donde ya todos comulgaron. Está a punto de terminar. Están dando unos avisos. Uno invita a donar juguetes para los niños del Bajo Lempa, otro ofrece a precios módicos el material que edita el Centro Monseñor Romero y el último es para que los feligreses se animen a comprar CD con música del coro. Solo queda cantar al padre Chamba “Las Mañanitas” y el “Cumpleaños feliz”. Han pasado 65 minutos desde que inició la misa. Esto acaba.

Fotografía: Francisco Campos
-------------------------------------------------------------
(Este relato forma parte del perfil sobre el sacerdote jesuitas titulado "Jon Sobrino, el obseso", publicado en enero de 2009 en Séptimo Sentido, la revista dominical del diario salvadoreño La Prensa Gráfica, y en Revista C, la revista del diario argentino Crítica)

viernes, 18 de junio de 2010

¿Antonio, Juanjo, Roberto?

El nombre de un periodista no es algo importante para Jon Sobrino. En realidad, el periodismo en sí, tal y como está concebido en la actualidad, no es importante. “No me interesa todo eso, ese mundo de los millones, de los medios que son más o menos de derecha o un poquito de izquierda”, dijo la tercera vez que hablamos frente a frente. La segunda vez había sido el 30 de noviembre, poco después de oír cómo cantaba el “Cumpleaños feliz”. Me le acerqué una vez finalizada su misa, como habíamos acordado por teléfono.


—A ver, ¿tú eres Antonio Valencia? –preguntó.
—Roberto, padre, Roberto Valencia.
—Roberto... ah, entonces sí te conozco. Vamos a ver –enérgico–, ya te dije que ahora no te voy a recibir, pero ¿qué es lo que quieres tú?


Siete días después salió con eso de que no le interesa el mundo de los millones ni aparecer en los medios. Esa tercera plática fue más cordial. Fijamos una entrevista larga en su despacho para las 4 de la tarde del día siguiente y volvió a confundirme con Antonio. Se justificó diciendo que Antonio Valencia le sonaba a un portero que tuvo hace unos años el Athletic de Bilbao, el equipo de la Liga española de fútbol. Pero ese portero se llamaba Juanjo Valencia.


“Yo soy diabético, de dos inyecciones diarias, para que lo pongas.” Su mala memoria selectiva –solo para nombres y rostros– la atribuye a la diabetes. Y es selectiva porque Sobrino, el jesuita amonestado hace ya un par de años por el Vaticano, tiene 70 años, pero es uno de los intelectuales salvadoreños más leídos y traducidos en todo el mundo, continúa celebrando misa en la misma iglesia donde lo ha hecho por casi 20 años y se mantiene firme en lo que décadas atrás alguien bautizó como la opción preferencial por los pobres. Y sigue publicando cuanto puede. Y sigue con sus pensamientos enfocados en lo que él cree que es importante.


En la entrevista de las 4 en su despacho, tras casi dos horas de plática, le pedí que me firmara un ejemplar de uno de sus libros. Lo abrió y con letra clara y legible, de estudiante aplicado, escribió: “Para Antonio Valencia. Con agradecimiento y esperanza. Jon Sobrino”.

(Fotografía de Víctor Peña)

-----------------------------------------------
(Esta es la escena inicial de una larga crónica titulada "Jon Sobrino, el obseso", publicada el 4 de enero de 2009 en la revista Séptimo Sentido, de La Prensa Gráfica).

sábado, 20 de febrero de 2010

Plática con Jon Sobrino

Brazos cruzados y gesto serio. Así ha transcurrido la primera parte de esta larga entrevista. Hoy es 8 de diciembre de 2008, día en el que el sacerdote jesuita vasco-salvadoreño Jon Sobrino al fin ha accedido a sentarse a platicar con un periodista de La Prensa Gráfica, uno de los periódicos más influyentes de El Salvador, pero también uno de los más afines al gran empresariado y a la derecha rancia, y uno de los que durante la guerra civil más contribuyeron a enconar el conflicto.

“Sin duda que hubo conflicto armado –me ha dicho Sobrino al inicio de esta conversación–, y guerra… pero antes de todo eso hubo represión pura y dura, ¿eh? Pura y dura. Yo no digo que la izquierda no ha pegado tiros, pero lo de la derecha era matar por matar. Yo, cuando hablo de aquello, siempre diferencio las cosas. Y entonces, El Diario de Hoy, La Prensa y los otros medios mentían, pero de una manera escalofriante, escalofriante. De Monseñor Romero decían que había vendido su alma al diablo. Del padre Ellacuría decían que era de ETA. Pero así, escalofriante, por eso la reacción todavía de mi generación, cuando se mencionan aquellas cosas, y no es por usted, ya te dije, y espero que te haya quedado claro que no es nada personal ni nada de eso, pero es que esto ha sido, como han dicho analistas del continente, la oligarquía salvadoreña ha sido quizás la más cruel del continente, que se dice pronto.”

La cita es en su despacho, en el Centro Monseñor Romero de la Universidad Centroamericana (UCA). Está a apenas unos pasos de donde el Ejército salvadoreño asesinó a Ignacio Ellacuría, a otros cinco jesuitas, a la empleada doméstica y a su hija. La habitación es pequeña, sencilla y está llena de libros. Sobrino suma casi ocho largas y agitadas décadas de vida, una vida sobre la que se ha escrito mucho, pero sobre la que también falta aún mucho por escribir, como su paso por la Cuba de Batista y de Fidel.

—A El Salvador usted viene en el 57, con 19 años, pero rápido se fue del país.
—Lo que ocurrió –responde– es que yo en 1958 salí a estudiar porque en este país no había la posibilidad de hacer los estudios típicos de los jesuitas, que son humanidades, filosofía, teología…
—¿A dónde fue a estudiar?
—En el 58 fui a Cuba. Y si quieres poner algo, pero no hace falta que lo saques en el título, yo estaba allí cuando Fidel Castro bajó de las montañas el 1 de enero de 1959…
—Que ahora se cumplen los 50 años.
—Sí, exactamente. En Cuba estuve dos años, aprendiendo latín, griego y literatura.
—O sea, vivió los primeros años de la Revolución.
—No, no los viví, pero estaba allí. En primer lugar porque la Revolución no se hizo nada más llegar; y en segundo lugar, nosotros éramos jóvenes, y en mi caso, y en el de casi todos, sin capacidad conceptual para entender qué es lo que estaba pasando. Yo lo que recuerdo es que la mayoría decía que qué bueno que Batista se había ido, porque ese era un dictador de los grandes de aquí, como Trujillo en Dominicana o Somoza en Nicaragua…


(Fotografía de Francisco Campos)

viernes, 25 de diciembre de 2009

Don Balón y la Ruta de los Mártires

Noviembre, mediados. La Sala de los Mártires de la Universidad Centroamericana (UCA) parece otra; en realidad, es otra. Acaba de ser remodelada y luce radiante, diminuta como siempre, pero radiante. El aire acondicionado impide el silencio aunque uno esté solo, como me ocurre ahora, y refresca al punto de sentir frío. Las baldosas del suelo, negras; el techo y las paredes, blancas; y cristales, amplios cristales entre el visitante y lo expuesto.

Aquí hay mucho que mirar, pero lo que me ha traído esta vez, por un reportaje que debo escribir para un diario vasco llamado Deia, son las pertenencias personales del padre Ignacio Ellacuría. Están al fondo, justo debajo de un plano de la universidad. Ahí se encuentran, entre otras cosas, su pasaporte sellado, sus grandes anteojos, una taza, un par de plumas y el calendario que usaba como agenda, en el que señaló su último viaje en avión: Miami-San Salvador, el 13 de noviembre de 1989, con salida a la 1 de la tarde.

A la par, en la misma vitrina, se amontonan las posesiones de su amigo Amando López, también jesuita y también asesinado por el Ejército. Dos objetos llaman mi atención; son dos almanaques futboleros editados por la revista española Don Balón en 1987 y 1988. Uno verde y el otro azul, resumen los traspasos y las alineaciones de los equipos de la Liga española. En las portadas, las estrellas de entonces: los barcelonistas Aitor “Txiki” Begiristain y Andoni Zubizarreta, el madridista Bernd Schuster o el mítico guardameta realista Luis Miguel Arkonada. En las páginas de adentro, un salvadoreño inolvidable que jugaba en Cádiz.

Esos almanaques son apenas un detalle dentro de una sala matirial que transpira paz y que merecería ser más visitada.

Desde que se creó, el Ministerio de Turismo salvadoreño nunca ha promocionado lo que podría convertirse en un poderoso reclamo turístico, si es que no lo es ya sin promoción alguna. En los Airbus de Taca a uno lo intentan convencer de que el país tiene volcanes fogosos como los de Guatemala, bosques nebulosos como los de Honduras y playas extensas como las de Belice. Pero no se dice ni mu de algo que solo El Salvador ofrece: Monseñor Romero y los mártires jesuitas. Tiene cierta lógica –macabra– que el Gobierno los silenciara mientras estuvo en manos del partido ARENA, cuyo fundador –Roberto d'Aubuisson– es el asesino intelectual del arzobispo, pero que el actual Gobierno que se dice de izquierda no haya hecho nada en siete meses suena raro. Quizá algún día, además de Ruta de la Paz, Ruta Arqueológica o Ruta de las Flores, haya también una Ruta de los Mártires. Quizá.


Fotografía: Roberto Valencia
Related Posts with Thumbnails