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domingo, 1 de julio de 2012

Monseñor Romero: "Un llamado al sector no organizado, para que actúe en favor de la justicia"

Mañana del 20 de enero de 1980, domingo. Faltan dos meses para que me asesinen. Me llamo Óscar Arnulfo Romero, soy el arzobispo de San Salvador. Cavilo en estos breves minutos, mientras toda esta gente congregrada para escucharme está cantando. Tengo algo importante que decir. Los hechos de la realidad nacional de mi homilía los finalizaré con una reflexión que sé que casi nadie comprenderá. Me temo que la guerra es inevitable. Pero quién sabe, dentro de 32 años se dará una situación similar, el poder establecido queriendo perpetuar sus privilegios, y espero que entonces mi querido pueblo salvadoreño sepa interpretar estas palabras que desde ya me atrevo a calificar como profeticas.

...Y en particular, hago un llamado al sector no organizado, que hasta ahora se ha mantenido al margen de los acontecimientos políticos pero que está padeciendo sus consecuencias, para que actúen en favor de la justicia con los medios de que disponen, y no sigan pasivos por temor a los sacrificios y a los riesgos personales que implica toda acción audaz y verdaderamente eficaz... De lo contrario, serán también responsables de la injusticia y sus funestas consecuencias...  Pero que quede bien claro, también, que al hacer este llamamiento a la organización del pueblo, no estoy diciendo que se metan en tal o cual organización, sino simplemente les quiero decir que usen el sentido crítico de cada uno y ponerlo al servicio del bien común, tal como hoy nos recomienda San Pablo al hablar de que el espíritu da los bienes no para utilidad personal sino para el bien de todos... 

Espero que para 2012 este pueblo haya madurado lo suficiente...

Fotografía: Roberto Valencia

{La homilía completa del 20 de enero de 1980 pueden leerla pulsando aquí}

martes, 13 de septiembre de 2011

Las mujeres nos pertenecen

El pastor es joven, unos 28 años lo más. Y no hay que negarlo: tiene chispa, sabe elegir la palabra adecuada, la mirada pícara, el chiste fácil para encender a una feligresía que este domingo está integrada casi en su totalidad por hombres jóvenes.

—Venimos a adorarte, señor, con todo nuestro corazón –dice mientras comienzan a oírse los primeros compases de una movida canción.

Tampoco canta mal el pastor. Quizá esa sea la clave para escalar en el competitivo mercado de los pastores: cantar más o menos y tener dotes de showman.

Terminada la canción, el pastor abre las biblias por Génesis, capítulo 1, versículo 31. “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera”.

—Digan conmigo: en gran manera –repite el pastor.

Luego el pastor comienza a hablar de Adán y Eva, del huerto del Edén que se encontraba –dice– donde hoy es Iraq, de las responsabilidades que Dios dio a Adán, de cómo Adán nombró a todos los animales de la creación, de la inteligencia que define al ser humano, del momento en el que Adán se dio cuenta de lo solo que estaba y le pidió a Dios compañía…

—Y lo bonito, hermanos, que no creás que Dios volvió a formar otro ser de la tierra, sino que a la mujer la sacó del mismo hombre, por eso las mujeres nos pertenecen. ¡Amén, hermanos! En abundancia, me va a decir algún hermano por ahí… –risas cómplices–. No, una nada más, solo nos pertenece una… Y entonces, vino Dios…

Y el joven pastor, el líder espiritual, sigue con su larga y colorida interpretación del versículo, como si nada, convencido como está de que a cada hombre le pertenece una mujer. Solo una.


Fotografía: internet


viernes, 26 de agosto de 2011

Misa en El Carmen con Jon Sobrino

Avanza la misa en la iglesia de El Carmen, en el centro de Santa Tecla. Bajo la batuta del sacerdote jesuita Jon Sobrino, los presentes ya le han rogado al señor. Le han dado gracias. Algunos han dejado unas monedas en bolsas de trapo verde amarradas a un palo. Se ha cantado el padrenuestro. Y hace apenas unos segundos todos acaban de darse fraternalmente la paz. Este acto resulta emotivo. Los parroquianos se dan abrazos o se agarran de las manos mirándose a los ojos. Y no se limitan a los que tienen alrededor. Hay movimiento de unas bancas a otras. Niños suben a abrazar a un Sobrino que corresponde el gesto con una sonrisa y con ligeras palmaditas en la cabeza. Luego baja a estrechar su mano a las personas que están en primera fila. Cuando presencié esto desde la primera fila el 24 de agosto, anoté en la libreta unas palabras que entonces creí urgentes: “Hay algo en la atmósfera, posible entrada para la nota”. Aquí dentro, por un instante, uno se olvida de que está en el país más violento del continente.

Comienza la eucaristía con una canción de fondo que dice que el pueblo gime de dolor y que el pueblo está en la esclavitud. Sobrino reparte los cálices entre sus colaboradores y se sienta. Él no da las hostias. Hace meses, Salvador Carranza, el párroco, dijo que es por la diabetes, que se cansaba mucho. También me contaron que en la comunidad de jesuitas donde vive tuvo una vez una crisis, rompió una jarra de vidrio, se cayó sobre los cristales, se cortó la mano y hubo que llevarlo al hospital. A Sobrino no le gusta hablar mucho sobre su salud. En su humildad, cree que no le interesa a nadie más.

—Me habían dicho que estaba mal de salud, pero lo he visto muy activo.
—Hace cuatro años tuve un coma del que sobreviví. Fueron tres días en coma… Bueno, que sí es serio lo de la diabetes. Ahora, ¿en qué se nota para mí la enfermedad? Yo antes trabajaba ocho horas, por así decirlo, y ahora trabajo cuatro. ¿Y por qué? Pues porque no da para más.

Regresemos a la misa, donde ya todos comulgaron. Está a punto de terminar. Están dando unos avisos. Uno invita a donar juguetes para los niños del Bajo Lempa, otro ofrece a precios módicos el material que edita el Centro Monseñor Romero y el último es para que los feligreses se animen a comprar CD con música del coro. Solo queda cantar al padre Chamba “Las Mañanitas” y el “Cumpleaños feliz”. Han pasado 65 minutos desde que inició la misa. Esto acaba.

Fotografía: Francisco Campos
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(Este relato forma parte del perfil sobre el sacerdote jesuitas titulado "Jon Sobrino, el obseso", publicado en enero de 2009 en Séptimo Sentido, la revista dominical del diario salvadoreño La Prensa Gráfica, y en Revista C, la revista del diario argentino Crítica)

sábado, 11 de junio de 2011

Hablan de Monseñor Romero (prólogo del autor)

Monseñor Romero se ha convertido en algo tan grande que aspirar a condensarlo en un puñado de páginas resultaría un acto de vanidad. Este libro, pues, no tiene vocación biográfica, ni pretende ser un manual de historia, ni revelar verdades nunca antes contadas sobre su teología o sobre las sombras que aún envuelven su asesinato. 

Hace más de tres décadas que dejó de estar entre nosotros, pero su figura no hace sino crecer: siguen apareciendo documentales, libros, conversatorios, estatuas y homenajes en el ámbito académico-cultural, pero sus palabras y su rostro proliferan también en murales y camisolas tanto en cantones ignotos del territorio salvadoreño como en cosmopolitas ciudades de Europa y Norteamérica. No es ninguna exageración afirmar que Monseñor Romero se ha convertido en un referente mundial. 

A inicios de noviembre de 2010 trascendió una noticia que apenas tuvo eco en la prensa salvadoreña. La Asamblea General de Naciones Unidas (ONU) proclamó el 24 de marzo, fecha de su asesinato, como el Día Internacional del Derecho a la Verdad en relación con Violaciones Graves de los Derechos Humanos y de la Dignidad de las Víctimas, para su conmemoración en todo el mundo. Conviene tomarse unos segundos para leer cómo la ONU justificó esta decisión: “Reconociendo también los valores de Monseñor Romero y su dedicación al servicio de la humanidad, en el contexto de conflictos armados, como humanista consagrado a la defensa de los derechos humanos, la protección de vidas humanas y la promoción de la dignidad del ser humano, sus llamamientos constantes al diálogo y su oposición a toda forma de violencia para evitar el enfrentamiento armado, que en definitiva le costaron la vida el 24 de marzo de 1980”. Eso se dijo en Naciones Unidas sobre un salvadoreño. 

Conviene explicitar, sin embargo, que su grandeza no comenzó a edificarse sobre su memoria. A pesar de ser arzobispo de un minúsculo país tercermundista, Óscar Arnulfo Romero Galdámez fue reconocido en vida por universidades de Estados Unidos y Bélgica con dos doctorados Honoris Causa, y el Parlamento británico lo propuso a finales de 1978 como candidato al Premio Nobel de la Paz. Algún día el Vaticano quizá lo beatifique, para dicha de la feligresía católica, pero, ocurra o no, su figura brilla tanto ya que estoy convencido de que las numerosas biografías, recopilaciones, películas y noticias periodísticas que han visto la luz siguen siendo pocas. 

El librito que tiene entre sus manos surge con la única aspiración de aportar, con mucha humildad, un granito que contribuya a recopilar, ordenar y –si cabe– difundir aún más su vida. La Fundación Monseñor Romero y quien suscribe estas líneas coincidimos en que, dentro de lo mucho y variado que se ha escrito, su lado humano es quizá el menos explorado. De Romero, por ejemplo, se sabe que defendió a los pobres y que pronunció valientes homilías, pero no se conoce tanto si era tímido o extrovertido, callado o dicharachero, o si le gustaban el fútbol, el teatro o los frijoles. 

Para intentar conocerlo mejor, hablamos con un racimo de personajes que lo conocieron bien. El guión es muy sencillo: realizar semblanzas de cada de estas personas para con todos esos perfiles configurar, como si fuera un rompecabezas, una semblanza de Monseñor Romero. Todo, eso sí, concebido, reporteado y redactado desde la trinchera del periodismo, con la entrevista de profundidad como principal herramienta de trabajo, aunado a una intensa labor de documentación. Dicho esto, resulta obvio que la materia prima de esta obra son los testimonios que amablemente brindaron los entrevistados, casi siempre en largas sesiones que en algunos casos se prolongaron por varios días. Desde aquí, un sincero agradecimiento a Héctor Dada Hirezi, Ricardo Urioste, Salvador Barraza, Eva Menjívar, María de la Luz Cueva, Víctor Hugo Rivas, Orlando Cabrera, la familia Chacón y Roberto Cuéllar Martínez. Sin su paciencia este esfuerzo nunca podría haber llegado a puerto alguno. 

El tiempo pasa, y ese pasar de los años termina siendo uno de los principales problemas a la hora de reconstruir escenas, al menos cuando se escribe con la ética como Norte. La memoria humana tiene limitaciones, y tampoco hay que descartar los lógicos riesgos de idealización cuando se habla de alguien como Monseñor Romero. Ya he señalado que este libro se ha escrito desde la trinchera del periodismo, lo que anula por completo la consciente invención o manipulación de datos o testimonios, pero creo que no está de más señalar que en el reporteo quedaron sin respuesta muchas preguntas, que se revelaron respuestas que tenían mal planteada su pregunta, y que hasta se hallaron respuestas falsas que, a fuerza de repetirse, muchos las consideran verdades. 

Así, los testimonios recogidos ponen en duda axiomas como que el calibre de la bala utilizada para asesinarlo era .22, o como el lugar desde el que se disparó el fusil en la capilla, o como la influencia que tuvieron en la metamorfosis de Monseñor Romero los dos años que pasó como obispo de Santiago de María. Esos mismos testimonios también revelan como falsas algunas aseveraciones en torno a su figura, como la del reverendo William Wipfler, quien erróneamente se atribuye ser la última persona en recibir la comunión de manos del arzobispo; o como esa otra versión, tan extendida como errada, que asegura que el proyectil impactó en su pecho durante la consagración. 

En fin, se trata de aportes mínimos pero novedosos a su vida y a su muerte, que surgieron mientras intentábamos satisfacer la principal misión que nos habíamos propuesto: realizar un honesto retrato de Monseñor Romero como ser humano, no solo como el mito casi inalcanzable en que se ha convertido. En estas páginas el obispo mártir reirá, sufrirá, se enojará, tendrá miedo, comprenderá y pedirá comprensión, contará chistes, regañará a sus amigos, se equivocará… como nos ocurre a todos. 

En lo personal, agregar como conclusión que, cuando lo asesinaron, yo apenas tenía 3 años de edad, por lo que celebro sobremanera la oportunidad que la Fundación Monseñor Romero me concedió de conocerlo ahora. De todo corazón agradezco a quienes me abrieron las puertas de sus vidas para intentar comprender la vida de Monseñor Romero. Y a usted, amigo lector, espero que leer este libro le deje la misma sensación de estar ante un personaje inigualable que me dejó a mí escribirlo. 


Roberto Valencia, periodista 
robertogasteiz@yahoo.com 
Marzo de 2011



El libro Hablan de Monseñor Romero se encuentra a la venta en la librería de la UCA y en la sede de la Fundación Monseñor Romero (2226-0934).

miércoles, 9 de marzo de 2011

Monseñor Romero y los papas

La casita en la que Monseñor Romero vivió sus últimos años es hoy un pequeño museo que alberga muchas de las pocas pertenencias de su inquilino. Junto a la cama hay un archivero que cumple funciones de mesita de noche, y sobre el archivero, un pequeño retrato del papa Pablo VI. No deja de ser curioso verlo ahí si uno sabe que para cuando asesinaron a Monseñor Romero el papa Juan Pablo II iba camino de cumplir 18 meses de pontificado.

No es ningún secreto que Pablo VI y Juan Pablo II tuvieron actitudes radicalmente distintas hacia Monseñor Romero. A cada uno lo visitó en un par de ocasiones, y mientras en Pablo VI encontró apoyo y sosiego, de Juan Pablo II recibió cuestionamientos e incomprensión. Pablo VI lo animó cuando convirtió a los pobres en el motor de su línea pastoral. Juan Pablo II le dio la espalda cuando más amenazado estaba, y algunos incluso creen que desde el Vaticano se movieron los hilos para que en 1979 no le concedieran el Premio Nobel de la Paz. Es más, hay quien sostiene que Monseñor Romero no habría muerto en marzo de 1980 si Pablo VI hubiera vivido unos años más. Monseñor Orlando Cabrera, el actual obispo de Santiago de María, no ve descabellada esa opinión.

—¿Y en qué se basa usted para creer algo así? –pregunto.
—Porque Pablo VI lo hubiera ascendido. Él lo estimaba mucho y le dio mucho ánimo la primera vez que lo visitó, cuando fue a explicar lo de la misa única.

Quizá tenga razón. Quizá la muerte de Pablo VI evitó un cardenal Romero con una jubilación dorada en Roma. Quizá. Pero lo cierto es que Pablo VI falleció en agosto de 1978 y Juan Pablo II fue nombrado Papa en octubre. Que uno lo apoyó más y el otro lo apoyó menos. Y que cuando asesinaron a Monseñor Romero, en su habitación aún permanecía el retrato del Papa que más lo apoyó.

Fotografía: Roberto Valencia
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(Este relato forma parte de una de las semblanzas incluidas en el libro "Hablan sobre Monseñor Romero" que se publicará en marzo de 2011)

sábado, 19 de febrero de 2011

Cuando desde la izquierda se despreció al arzobispo Romero

Si hacemos a un lado los sectores de ultraderecha que promovieron o celebraron su asesinato y a sus ahijados políticos, cuesta en la actualidad encontrar a alguien que critique en público a Monseñor Romero. El paso de los años lo ha convertido en un referente mundial de lucha contra la desigualdad, de compromiso con los más desprotegidos, de respeto a los derechos humanos, de promotor de la verdad como premisa para la reconciliación, de… Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que muchos de los que hoy le aplauden lo criticaron con dureza.

En la calentura por convertir El Salvador a cualquier precio en una república socialista, Monseñor Romero también fue cuestionado por muchos compas. Tras el apoyo expreso al golpe de Estado del 15 octubre de 1979, lo llamaron viejo burgués, lo acusaron de olvidarse del pueblo, lo presentaron como un promotor de los intereses gringos. “Hubo un tiempo en que buena parte de la dirigencia de las organizaciones populares estaba convencida de que se había cambiado de bando”, me dijo, bajo condición de anonimato, un entrevistado.

Cuando uno plantea hoy este tema a personas que se consideran progresistas, algunos prefieren pasar de puntillas, quizá para evitar retratarse como lo que fueron: personas que durante semanas o meses creyeron que Monseñor Romero era un traidor. Por eso, como periodista se agradece tanto la naturalidad con la que personas como Evita Menjívar admiten que la izquierda política cometió con él gruesos errores, errores que algunos ahora tratan de ocultar o redimir con estatuas y palabras de falsa admiración.

—Con eso de la Junta de Gobierno –admite Evita–, hubo organizaciones que le mandaron cartas fuertes. Le decían que cómo era posible que estuviera apoyando eso.

Monseñor Romero lo llamaba fanatismo. Y lo criticó, fiel a sus convicciones, en repetidas ocasiones. “Ilusionados por esa misma tentación del poder –dijo en su homilía del 30 de diciembre de 1979, cuando arreciaban las críticas en su contra–, están cometiendo muchos errores también los grupos de izquierda y las organizaciones populares que pierden de vista el objetivo legítimo de sus presiones, que debe ser el bien común del pueblo y no el fanatismo de su grupo o la obediencia de consignas extranjeras”.

Fanatismo hubo, hay y quizá nunca deje de haberlo en El Salvador.


Fotografía: Roberto Valencia
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(Este es un fragmento de uno de los capítulos incluidos en un libro sobre Monseñor Romero que está previsto que se publique para marzo de 2011)

miércoles, 2 de febrero de 2011

Las entrañas de la historia

—Lo impresionante –dice Roberto Cuéllar, director de Socorro Jurídico del Arzobispado en marzo de 1980 y una de las pocas personas que estuvo en la autopsia– fue ver cómo le partían el esternón, porque aquellos eran métodos rudimentarios, sin las motosierras ni el instrumental eléctrico que se utilizan ahora. Con Romero tuvieron que usar una especie de cincel. ¡Pa, pa, pa! –imita un martilleo como si fuera mimo–, para romper el hueso. Lo mataron con una bala del calibre .25, expansiva y explosiva, y el tórax o tenía lleno de esquirlas, y claro, había que sacarlas e ir colocándolas en un plato. Aquello me impresionó mucho.
—¿Lloró?
—No, ahí no. Lloré en otro momento, en el entierro, pero en la autopsia no.


Fotografía: Eulalio Pérez
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(Esta es una versión de un microrrelato/escena que se incluirá en un libro sobre Monseñor Romero que está previsto que sea publicado para marzo de 2011)

viernes, 3 de diciembre de 2010

Testigo del rencuentro entre Boff y Sobrino

Jon Sobrino está vivo por saber hablar la lengua del imperio.

La primera ocasión que hablamos fue el 24 de marzo de 2008. Sobrino entonces ni siquiera sabía que alguien llevaba tiempo siguiéndolo para este perfil. Aquella resultó una conversación imprevista, fugaz, recelosa y a tres bandas. El tercer interlocutor era Leonardo Boff, teólogo brasileño que se encontraba de visita en el país y me había aceptado una entrevista. Él es otro referente mundial de la Teología de la Liberación, la doctrina que la jerarquía católica en general, y Ratzinger en particular, se empeñó en liquidar. Boff, franciscano hasta entonces, terminó colgando los hábitos.

Aquella mañana de marzo, aniversario del asesinato de Monseñor Romero, entrevistado y entrevistador estábamos sentados en unos sofás que hay en el hall del Hotel Beverly Hills, en Antiguo Cuscatlán. Boff me contaba el mal que el neoliberalismo hace al mundo.

—¿No bastaría con hacer reformas al sistema? –pregunté. —Si limamos los dientes del lobo, ¿desaparecerá su voracidad? No, porque el lobo es voraz por sí mismo. Lo mismo ocurre con el sistema neoliberal, que es malo para la humanidad, porque excluye a casi dos tercios del mundo...

Un taxi se paró en ese momento frente a la entrada del hotel. De él bajó Sobrino. El rencuentro lo habían fijado para después de la entrevista, pero Sobrino, fiel a sí mismo, se adelantó. Cruzó la puerta de vidrio con un portafolios de cuero marrón bajo el brazo, se acercó despacio, casi arrastrando los pies. Vestía sencillo: pantalón, una chaqueta sobre la camisa y zapatos negros. Apenas lo reconoció, Boff se levantó y salió a su encuentro.

—¡Caro Leonardo! ¡Caro Leonardo!

Los dos tienen la misma edad, estudiaron en Alemania e intimaron cuando en los ochenta participaron en un proyecto que pretendía sistematizar en 50 tomos toda la Teología de la Liberación. La iniciativa no se pudo finalizar por las trabas que puso el Vaticano. Pero además les une un vínculo especial. Cuando en la madrugada del 16 de noviembre de 1989 ocurrió la masacre de seis jesuitas en la Universidad Centroamericana (UCA) a manos del Ejército salvadoreño, Sobrino estaba fuera del país. Eso le salvó. La orden que tenían los militares era no dejar testigos. Uno de los cadáveres, el del padre Juan Ramón Moreno, apareció en la habitación de Sobrino. Pero él estaba en Tailandia. Lo habían invitado para impartir un curso sobre Cristología en inglés, la lengua de lo que él llama el imperio. Ese curso lo iba a dar Boff, pero tuvo que rechazarlo. “En la invitación pedían inglés, yo no lo podía bien, y les dije a los organizadores que invitaran a Jon Sobrino, que acababa de escribir un libro muy bueno”.

El rencuentro entre los dos teólogos fue cordial. Sonrisas y abrazo. Intercambiaron unas pocas palabras inaudibles.

—Te veo, te veo, te veo –elevó el tono Sobrino, mirando con descaro la panza de Boff– Los ojos, eso no has cambiado. La vivacidad... y estás aquí.
—Termino aquí –dijo, señalándome–, porque quiero hablar mucho contigo, Jon... Ah, Jon, este periodista me ha dicho que va a tu misa.
—¿Perdón?
—Que él va a tu misa.
—Yo llego a la iglesia de El Carmen, padre –no era el plan original, pero tuve que intervenir.
—Ah, no me digas.
—Ayer llegué.
—¿Ayer a las 11?

Su misa había sido a las 8 de la mañana, y supuse que me estaba probando. Meses después quise saber si la suposición era acertada, pero me dijo que no recordaba haberme visto nunca. Su memoria en verdad es mala para rostros y nombres. Hablamos un poco más, apenas un par de minutos. Sobrino se retiró para poder concluir la entrevista: “Sigan, sigan...”

—¿Mucho tiempo sin verse? –pregunté a Boff.
—Sí, muchos años, más de 10.


Fotografía: Víctor Peña
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(Este relato forma parte del perfil sobre Jon Sobrino publicado en Séptimo Sentido, la revista dominical del diario salvadoreño La Prensa Gráfica, y en Revista C, la revista del diario argentino Crítica)

martes, 21 de septiembre de 2010

Así amenazamos a Monseñor Romero (I)

El 30 de mayo de 1979 alguien dejó este comunicado en las oficinas del arzobispado de San Salvador, que entonces estaban a un costado del Seminario San José de la Montaña. La hoja era la mitad de un folio y tenía dibujada una gran esvástica que ocupaba un tercio del espacio. El texto, abundante y manuscrito, la rodeaba. Lo firmaba la FALANGE, uno de los escuadrones de la muerte que operó en El Salvador con total impunidad en los años previos y durante la guerra civil. FALANGE era una sigla; significaba Fuerzas Armadas de Liberación Anticomunista-Guerra de Liberación.


Monseñor Óscar Arnulfo Romero


La esvástica, símbolo del enemigo acérrimo del comunismo, es nuestro emblema. Ante el ataque traidor a la patria, nos hemos organizado, nos hemos armado y ya comenzamos a extirpar póstulas cancerosas. Su contador Montoya es uno de ellos. Tenemos una larga lista de curas, profesores, obreros, estudiantes y empleados a quienes iremos eliminando. Usted, monseñor, está a la cabeza del grupo de clérigos que en cualquier momento recibirán unos 30 proyectiles en la cara y en el pecho. Sin embargo, queremos salvarle si usted cumple con las instrucciones siguientes: por lo menos durante un mes, en todas sus homilías y en todas sus conversaciones dentro y fuera de la Santa Iglesia combatirá severamente el comunismo y a los comunistas. El día viernes de cada semana dirá un misa en sufragio del alma de cada asesinado por los BPR, FPL, ERP y los demás asesinos subversivos, alcaldes, jueces, miembros de ORDEN y agentes de seguridad, condenando y maldiciendo a los autores de tan horrendos crímenes. Condenará y maldecirá a los incendiarios, ordenando públicamente a su clero apartarse de actividades políticos y por último, el periódico Orientación y la radio YSAX deberán combatir enérgicamente al comunismo. Todas esas actividades que pueden salvarle de una muerte horrorosa comenzarán el viernes 1 de junio. Estaremos observando. 

Monseñor Romero reflexionó sobre esta amenaza el 1 de junio, tal y como recoge su diario personal, pero no se amedrentó. “Me ordenan que debo cambiar de modo de predicar, que debo condenar al comunismo, que debo elogiar a los muertos de los cuerpos de seguridad, etc., y que si no sigo esa línea, que me van a eliminar. Lo cual comprendo que son como amenazas psicológicas, para detener una voz que siente en conciencia que no se puede callar, para hacer luz en medio de tantas confusiones e intereses bastardos”.

Por cierto, el Montoya que menciona el comunicado es Carlos Humberto Montoya Ortiz, contador de profesión y colaborador del arzobispado. Llevó la contabilidad de la construcción de Catedral metropolitana y la del Secretariado Interdiocesano Social. Fue en efecto asesinado el 24 de mayo al salir de su oficina, ubicada en la plaza Libertad, en pleno centro de San Salvador. Razones para tomar la advertencia en serio había.


jueves, 19 de agosto de 2010

Monseñor Romero y los periodistas salvadoreños

Este elegantemente asilvestrado jardín es el de la casa del entrevistado, que está enfrente, al otro lado de una mesa blanca y maciza, se llama monseñor Urioste, y ahora se sirve con soltura el segundo café, uno detrás del otro. Ricardo Urioste, de 84 años de edad, fue el vicario general de Monseñor Romero y uno de sus colaboradores de confianza dentro la Iglesia católica salvadoreña en los tres años de arzobispado del salvadoreño más internacional.

—¿Tenía Monseñor Romero –le pregunto una duda que me ha rondado la cabeza desde hace años– mayores deferencias con los periodistas extranjeros que con los salvadoreños?
—Pues yo no diría que tenía preferencias por la prensa internacional…

En el diario que grabó Monseñor Romero, que tan solo abarca desde marzo de 1978 hasta cinco días antes de su asesinato, menciona de forma expresa y la mayoría de las veces con entusiasmo y palabras de elogio sus encuentros con periodistas suecos, mexicanos, italianos, estadounidenses, finlandeses, ingleses, españoles, franceses, alemanes, venezolanos, japoneses, colombianos, puertorriqueños, chilenos, brasileños, costarricenses, holandeses, hondureños, irlandeses, polacos, suizos y argentinos. Sin embargo, las escasas menciones a encuentros con periodistas salvadoreños tienen un tono gris. Un ejemplo es su regreso a El Salvador el 12 de mayo de 1979. Monseñor Romero retornaba tras su primer encuentro en el Vaticano con el papa Juan Pablo II, pero ni siquiera eso motivó a los colegas presentes a hacer su labor. “En el aeropuerto había varios periodistas tomando fotografías, pero ninguno me hizo ninguna pregunta”, se quejó Monseñor Romero, para acto seguido señalar que “periodistas extranjeros sí se han anunciado este día para entrevistarme mañana”.

Desde hace años me ha rondado la cabeza, y por eso aprovecho la entrevista con monseñor Urioste para conocer su opinión.

—Pues yo no diría que tenía preferencias por la prensa internacional –me responde–, pero juzgo que era donde él veía que podía expresar una palabra que iba a ser repetida en los medios. Si hablaba con los periodistas de acá, esos medios no iban a transcribirlas, ¿verdad? Estoy seguro de que con los medios internacionales se sentía como más abierto, como más seguro, más libre, pero es porque eran ellos quienes lo buscaban espontáneamente para conocer de Monseñor Romero y de su actitud.
—¿Él era de puertas abiertas con los periodistas?
—Totalmente.
—Con una agenda tan ocupada, ¿fue parte de una estrategia, en el buen sentido de la palabra, ser tan atento con la prensa?
—Él era un hombre sumamente trabajador, incansable, y tenía tiempo para todo, digamos. Era extraordinario en ese sentido. Así que supongo que por eso siempre se mostró con la prensa muy atento.
—¿Usted cree que la atención a los periodistas fue algo prioritario para Monseñor?
—Prioritario no, creo que no. Lo que creo es que daba su tiempo a cada cosa, y también a los periodistas. Pero no creo que fuera una búsqueda de los periodistas de parte de él.

Este gremio nuestro, que tantas veces ha solicitado meaculpas a otros actores sociales por sus acciones o sus silencios durante la guerra civil, quizá algún día debería plantearse pedir perdón por el pésimo servicio que dio –¿que da?– a El Salvador.


martes, 10 de agosto de 2010

Hasecta a Gesú oy

El bus es un viejo Bluebird de la ruta 2-C. Supongo que años atrás circulaba por las carreteras estadounidenses, ya que todos los avisos que tiene están en inglés. En la parte delantera, sobre una de las ventanas, unas letras negras dicen EMERGENCY EXIT; y otras más chiquitas pero también negras agregan See instructions below. Pero debajo solo está la ventana. Lo más parecido a unas instrucciones está a la izquierda, en un colorido anuncio de una iglesia evangélica, que literalmente dice así:


Esta Comprobado
No se Puede Vivir sin Cristo
Acepta a Jesus hoy
Ven Congregate con nosotros en: Tabernaculo Biblico Bautista “Soyapango” 
50 mtrs atras de Pollo Campero Plaza Mundo


Y quizá alguien lo haya aceptado hoy mismo. Así, sin tildes ni reglas gramaticales. Dicen que la fe es ciega.



viernes, 18 de junio de 2010

¿Antonio, Juanjo, Roberto?

El nombre de un periodista no es algo importante para Jon Sobrino. En realidad, el periodismo en sí, tal y como está concebido en la actualidad, no es importante. “No me interesa todo eso, ese mundo de los millones, de los medios que son más o menos de derecha o un poquito de izquierda”, dijo la tercera vez que hablamos frente a frente. La segunda vez había sido el 30 de noviembre, poco después de oír cómo cantaba el “Cumpleaños feliz”. Me le acerqué una vez finalizada su misa, como habíamos acordado por teléfono.


—A ver, ¿tú eres Antonio Valencia? –preguntó.
—Roberto, padre, Roberto Valencia.
—Roberto... ah, entonces sí te conozco. Vamos a ver –enérgico–, ya te dije que ahora no te voy a recibir, pero ¿qué es lo que quieres tú?


Siete días después salió con eso de que no le interesa el mundo de los millones ni aparecer en los medios. Esa tercera plática fue más cordial. Fijamos una entrevista larga en su despacho para las 4 de la tarde del día siguiente y volvió a confundirme con Antonio. Se justificó diciendo que Antonio Valencia le sonaba a un portero que tuvo hace unos años el Athletic de Bilbao, el equipo de la Liga española de fútbol. Pero ese portero se llamaba Juanjo Valencia.


“Yo soy diabético, de dos inyecciones diarias, para que lo pongas.” Su mala memoria selectiva –solo para nombres y rostros– la atribuye a la diabetes. Y es selectiva porque Sobrino, el jesuita amonestado hace ya un par de años por el Vaticano, tiene 70 años, pero es uno de los intelectuales salvadoreños más leídos y traducidos en todo el mundo, continúa celebrando misa en la misma iglesia donde lo ha hecho por casi 20 años y se mantiene firme en lo que décadas atrás alguien bautizó como la opción preferencial por los pobres. Y sigue publicando cuanto puede. Y sigue con sus pensamientos enfocados en lo que él cree que es importante.


En la entrevista de las 4 en su despacho, tras casi dos horas de plática, le pedí que me firmara un ejemplar de uno de sus libros. Lo abrió y con letra clara y legible, de estudiante aplicado, escribió: “Para Antonio Valencia. Con agradecimiento y esperanza. Jon Sobrino”.

(Fotografía de Víctor Peña)

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(Esta es la escena inicial de una larga crónica titulada "Jon Sobrino, el obseso", publicada el 4 de enero de 2009 en la revista Séptimo Sentido, de La Prensa Gráfica).

lunes, 3 de mayo de 2010

El aliado de los malos gobernantes

Este champerío es la comunidad El Jabalí-La Meca, pero por acá todos la conocen solo como La Meca. Pertenece a Quezaltepeque y está junto a la autovía que viene desde Sitio del Niño, sobre la lava que el volcán de San Salvador vomitó en 1917. El asentamiento dista no más de cinco minutos en carro del casco urbano quezalteco y un cuarto de hora de la capital del país, pero recorrer esas distancias es como atravesar un agujero en el tiempo: La Meca no tiene servicio de agua potable ni de energía eléctrica ni de recogida de desechos ni letrinas ni está adoquinada ni…

La pipa que llegó esta mañana a La Meca es propiedad de la alcaldía. El agua que dan es poca, pero es buena y es gratis. Ha pasado más de una hora, y el camión debe estar ya terminando su gira. Rosa es pequeña, compacta y tostada. Cuesta creer que tenga solo 24 años. Ha sido una de las primeras en recibir su agua, y hace unos minutos puso unos frijoles al fuego. Su nombre completo, Rosa Amelia Canales, suena a telenovela. Los de sus hijas, Reina Elizabeth y Ruth Esmeralda, a realeza, como si con ellas hubiera pretendido burlar su destino. Le gusta hablar y hablar. Su cocina, por llamarlo de alguna manera, es un barril ubicado fuera de la champa, carcomido por el óxido y abierto por un lado hasta la mitad. Ahí arden unos leños; sobre los leños, una estructura metálica; y sobre la estructura, la cazuela.

Rosa pide a Reina Elizabeth que me ofrezca un mango maduro.

—Los vamos a traer bien lejísimos –dice–, para tenerle algo a las niñas aquí.

A Rosa le gusta hablar y hablar, de cualquier cosa, y menciona a Dios una y otra vez. Dice: “Con la ayuda de Dios salimos adelante”. Dice: “A mi esposo lo tuve bien grave, pero gracias a Dios ya está más o menos”. Dice: “Aquí muere la gente solo por voluntad de Dios”. En El Salvador Dios parece ser el mejor aliado de los malos gobernantes.


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(Este relato es una versión de la crónica titulada "El agua más cara es para el que menos tiene", publicada el 3 de mayo en el periódico digital El Faro)

viernes, 2 de abril de 2010

Un país con el alma oscurecida

El otro día el padre Urías vio algo que lo escandalizó. Se topó con un cartel promocional de un “Bikini open” atravesado en la calle. Lo anunciaban para el 1 de abril, Jueves Santo, el día en que los cristianos creen que Jesucristo cenó por última vez.

—¿Acaso no tiene días el año? A esas cosas solo van los muertos en vida, los que tienen el alma oscurecida.

Son poco más de las 8 y media de la mañana del lunes, Lunes Santo, y el padre Urías celebra misa en la iglesia de San Esteban de Texistepeque, un pequeño pueblo ubicado 80 kilómetros al poniente de la capital salvadoreña. Delante de él, en las primeras bancas y vestidos de rojo sangre, hay un grupo de talcigüines, niños, jóvenes y no tan jóvenes disfrazados para representar el mal. Hace calor.

Los Talcigüines de Texistepeque son la tradición más singular de la Semana Santa salvadoreña. Los estudiosos la presentan como una genuina muestra de sincretismo entre las costumbres de la población náhuat local y las que trajeron los conquistadores. La representación aspira a simbolizar el triunfo del bien –Jesucristo– sobre el mal –los talcigüines–. Se podría resumir así: tras la misa, una horda de talcigüines sale endiablada látigo en mano hacia la plaza del pueblo a fustigar a quien quiera redimir sus pecados y también a quien no. Durante tres horas hay carreras y latigazos, mientras Jesucristo intenta someter a algunos de ellos en las cuadras aledañas. Lo conseguirá, siempre lo consigue, pero al final, pasado el mediodía.

Ahora aún hay calma dentro de la iglesia. El padre Urías habla del “Bikini open” mientras sigue entrando gente en el templo. Cuando comenzó la misa, la mitad de las bancas estaban vacías. Al padre Urías tampoco le hace gracia que haya jaripeos en Semana Santa.

—Nosotros, los cristianos, no podemos divertirnos de esa manera.

Oriundo del vecino municipio de Metapán, es el párroco de la iglesia de San Esteban desde enero pasado. Esta es la primera parroquia a su cargo. El padre Urías tiene 30 años.

—Esto –dice, y sus palabras se apagan al interior de este templo largo, estrecho e incapaz de mantener el fresco– no se trata solo de divertirse, sino que debería de tratarse de sentir el dolor en el alma.

No se trata solo de divertirse, dice el padre Urías, pero en un par de horas la plaza de Texistepeque estará tan llena que costará caminar. Estará llena de gente que quiere una fotografía junto a un talcigüín, de muchachas ceñidas que ensayan su mejor sonrisa, de escotes provocadores, de cumbia y de reguetón, de carretones de sorbetes y de comida rápida, de basura, de ventas de todo tipo, llena de periodistas y de turistas llegados de lejos para filmar las carreras. Estará llena de jóvenes que cerveza en mano piden más latigazos o gritan en coro culeros a los talcigüines. Todo eso será cuando terminen esta homilía y esta misa en las que el padre Urías aún se pregunta cuántos vendrán hoy a Texistepeque solo por diversión, como si no estuviera claro. “Todos ellos han perdido lo más importante: a Dios”, se responde.

Por lo visto son pecadores. Pero Texistepeque es el lugar apropiado. Los latigazos que reparten a diestra y siniestra los talcigüines sirven, dice la tradición, para redimir pecados. Los látigos son de cuatro largas correas de cuero atadas a un mago de madera. Los latigazos deben darse formando la señal de la cruz, y cuando se dan con ganas, se convierten en LATIGAZOS; así, con mayúsculas, porque duelen y dejan profundas marcas. Casi al final, un talcigüín con la capucha mojada por el sudor se arremangará el brazo derecho y me mostrará el zarpazo sanguinolento que un compañero le hará de forma involuntaria.

La misa finaliza, y los talcigüines –los que comulgaron y a los que les valió– se juntan a un costado de la iglesia. Al poco aparece el padre Urías, se toman unas fotos grupales, luego los bendice y les pide que no golpeen demasiado fuerte. Se regresa a la sacristía y uno minutos después reaparece en el atrio vestido de civil. Me acerco.

—Padre, ¿usted cree que la tradición aún mantiene el espíritu religioso?
—Yo creo que en los últimos años se ha visto un deterioro de la religiosidad en nuestro pueblo.
—¿A qué se refiere?
—Se han ido secularizando las celebraciones, ¿verdad? Y ya la gente lo ve más como un aspecto de diversión. Se ha perdido un poco el sentido religioso; de hecho, muchas veces ni entran a la misa.

Y en efecto, es a partir de ahora, justo cuando la misa termina, que Texistepeque se llenará.



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Esta crónica es una versión modificada de otra publicada el 30 de marzo de 2010 en elmundo.es.
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