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jueves, 26 de enero de 2017

Una ciudad hostil con sus peatones

Los días que voy al trabajo en bus lo hago en la 101-D, la ruta que une el centro de San Salvador con el poniente de Santa Tecla. Las oficinas de El Faro están en Antiguo Cuscatlán, a una cuadra de la municipalidad. Me bajo en la parada del centro comercial Multiplaza y, sí o sí, toca caminar poco más de 800 metros. No hay problema en la caminata; al contrario, desde siempre me ha gustado recorrer las calles. Si les cuento esto es porque este paseo en particular, la frecuencia con la que lo doy, me reafirma en la idea de que quienes planifican, autorizan y construyen nuestras ciudades lo hacen sin pensar en los peatones.
Desde la parada de buses camino hasta el redondel Naciones Unidas. Ahí tomo la amplia calle que está entre Multiplaza y Las Cascadas, me echo a la carretera, camino el viaducto que permite sortear la Panamericana, y caigo sobre el bulevar Deininger, justo frente a la alcaldía. Un trayecto sin aceras, sin arcenes, junto a carros que te pasan a dos metros a 60 por hora.
Sería deshonesto y exagerado decir que siento peligrar mi vida, pero que cientos de salvadoreños –¿miles?– tengamos que hacer cada día ese mismo recorrido creo que sirve para ilustrar lo hostiles que son nuestras ciudades con sus ciudadanos.
La construcción de esos centros comerciales y de sus calles de acceso es reciente: la ‘pasarela para carros’ se inauguró en septiembre de 2005. Ni siquiera tienen la excusa de que se planificaron hace medio siglo, cuando las consideraciones para con el peatón eran menores. Subrayo también que se trata de ‘malls’, espacios concebidos para atraer a gente, con lo que haber craneado sistemas de acceso hostiles al viandante podría interpretarse, sin forzarlo demasiado, como que solo son bienvenidos aquellos que llegan motorizados.
En esa misma área se inauguró hace pocos meses el llamado Paso Multinivel del redondel Naciones Unidas, un millonario complemento para facilitar los accesos a Multiplaza, Las Cascadas y La Gran Vía. El referido redondel terminó convertido en un bonito parque, con bancas, jardines floridos y hasta una fuente de piedra. Pero ‘olvidaron’ un pequeño detalle: no se puede acceder a pie, salvo que uno se la juegue corriendo entre los carros.
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Escribí hace cinco post sobre las trabazones infernales en el área metropolitana, certificadas por la aplicación Waze, y advertí de que lo peor está por venir. El clasemediero que no concibe movilizarse por la ciudad sin carro propio se escuda en la delincuencia para no tomar un bus o para no caminar. Sin negar que el temor a ser asaltado es un desincentivo en algunas rutas y sectores del Gran San Salvador, yo creo que la hostilidad hacia el peatón con la que hemos permitido que se construyan nuestras ciudades es el principal lastre, y creo también que es algo que nos acompañará por décadas, porque los sectores más influyentes de la sociedad ni siquiera se han percatado de este problema. Por acción o por omisión, los políticos, los constructores, los líderes de opinión y en general los que tenemos el privilegio de disponer de un carro nos hemos comportado –nos seguimos comportando– como si por nuestras venas circulara gasolina en vez de sangre.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Fue en vano, Christian

Las cenizas de Christian Poveda están dentro de esa modesta caja rectangular de madera, sobre el pequeño pedestal –también de madera– que han colocado en el centro del triángulo que forman las esquinas de las dos primeras bancas y el altar. Son las 3 de la tarde del 9 de septiembre de 2009, y en la iglesia católica integrada en el Complejo Funerario Montelena se celebra la misa por la memoria del documentalista y fotoperiodista francoespañol, asesinado por pandilleros del Barrio 18 hoy hace exactamente una semana.

Hay media entrada en este templo sibarita, con aire acondicionado y un cuadro enorme de San Escrivá de Balaguer. A Christian, ateo declarado, quizá no le habría hecho tanta gracia este lugar para el penúltimo adiós, pero pudieron más los deseos de la familia de celebrar esta misa como muestra de gratitud por el apoyo recibido en los días pasados.

A la hora de los discursos la primera en subir es María José Poveda, la hermana. Tras agradecer las muestras de cariño y presentar a Christian como alguien que amaba profundamente a El Salvador, María José hace públicos sus deseos de que este asesinato –uno más entre los 4 mil 367 que habrá este 2009– sea un verdadero parteaguas en la vorágine de violencia extrema que carcome al país, que en verdad nos haga recapacitar, que suponga un antes y un después. “Que su muerte sirva para cambiar el país y para cambiar el mundo”, dice María José, con un marcado acento francés.

Inmediatamente después sube Blandine Kreiss, la embajadora de Francia, quien en primer lugar destaca la indignación de la comunidad francesa por el asesinato. “Christian no se contentaba con ser testigo desde adentro, sino que participaba en la búsqueda de las soluciones a los problemas más graves de su época”, dice Kreiss. “Su única ambición era provocar un debate a nivel nacional sobre el tema de la violencia juvenil en El Salvador, un flagelo que azota a la sociedad, y reflexionar sobre los métodos de enfrentarla”, dice. “Si su documental nos molesta tanto es porque presenta una visión humana de los problemas”, dice. “Ojalá su muerte no sea en vano”, dice.

El siguiente en subir al atril con micrófono es José Javier Gómez-Llera, el embajador de España. “Quiero decirles que mi país está firmemente comprometido con la construcción de una cultura de paz en El Salvador, y con el fortalecimiento de las instituciones que velan por la seguridad de los ciudadanos”, se atreve a decir el embajador. “Tengan la certeza de que contarán siempre con nuestro apoyo para construir un país pacífico, seguro”, agrega.

Por último, toma la palabra Aída Santos de Escobar, la recién nombrada presidenta del Consejo Nacional de Seguridad Pública. “Yo quiero, en nombre del gobierno salvadoreño, decir a la familia que los ideales de Christian quedan con todos nosotros”, inicia su intervención Aída, quien participó en La vida loca. “No vamos a poder lograr la paz mientras exista odio, mientras exista resentimiento, mientras existan egoísmos… Tenemos que luchar por una sociedad justa, y ese es el mensaje que nos dejan Christian y su obra”, dice.

Palabras y buenos deseos en apariencia honestos que quedan registrados en la libreta y en la grabadora, muy en sintonía con el campo pagado publicado hoy en un diario nacional por la familia, que dice así: “Hacemos votos porque El Salvador encuentre en sus hijos una razón para construir un remanso de paz, amor y justicia en este mundo. Que la sangre derramada por Christian abone fecundamente los caminos de reconciliación y amor entre hermanos. Nunca lo olvidaremos porque su obra, fuente de paz y armonía, habrá de tocar esos corazones endurecidos y les cambiará el destino hacia una VIDA FECUNDA”.

Dentro de dos años, en septiembre de 2011, desempolvaré todos estos apuntes y audios. El país seguirá en las antípodas de ser un remanso de paz, amor y justicia, no habrá habido reconciliación entre los salvadoreños, los corazones endurecidos seguirán duros como piedras, continuarán los odios, los resentimientos y los egoísmos, la cultura de paz aún sonará a frase hueca, el debate nacional sobre cómo afrontar el problema de las maras continuará pendiente y, en definitiva, en lo básico, El Salvador no habrá cambiado en nada, al menos para bien.

Dentro de dos años se habrán sumado más de 8 mil salvadoreños –digo: ocho mil salvadoreños– en el listado infinito de personas asesinadas, y el problema de violencia estará aún más enquistado en la sociedad, en todos sus estratos. Quizá entonces escriba un artículo que deje entrever que, a pesar de las palabras y los buenos deseos que acabo de escuchar, tu muerte lamentablemente fue en vano, Christian.

(Antiguo Cuscatlán, El Salvador. Septiembre de 2009)

Fotografía: internet

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(Esta crónica fue publicada el 2 de septiembre de 2011 en la sección Bitácora del proyecto de cobertura periodística de la violencia Sala Negra, de elfaro.net)

viernes, 17 de diciembre de 2010

La licenciada Girón Palma


La bachiller dejará de serlo en minutos, pasará de graduanda a graduada, de Bach. a Licda., una etiqueta que de por sí tiene una connotación especial en este país, pero que en este caso viene acentuada por la historia personal de la protagonista de este relato, porque más que licenciarse en Trabajo social, Iris Esmeralda Girón Palma recibirá hoy una licenciatura en Querer es poder.

Es viernes, 24 de septiembre de 2010, y falta poco para las 3 de la tarde. El auditorium Fepade acoge a unas pocas docenas de egresados de distintas facultades de la Universidad Doctor Andrés Bello. Casi todos han recibido ya su investidura académica, pero la bachiller Girón Palma es de la últimas y aún espera su turno al pie de las escaleras. Viste negro riguroso, como manda la tradición, con zapatos de medio tacón y vestido de dos piezas: manga corta arriba y falda hasta la rodilla. Aplaude cuando nombran por megafonía a la joven que la precede, consciente de que en poco más que un chasquido ella será la efímera protagonista del evento.

Conozco a la bachiller Girón Palma desde antes incluso de que fuera bachiller. Se cruzó en mi vida cuando tenía 18 años y repartía cervezas y sonrisas en un bar de San Salvador llamado Les 3 Diables, el mejor antro que he conocido jamás. La suya no ha sido una vida sencilla: su padre murió al poco de nacer, el pisto siempre escaseó y desde niña tuvo que compaginar trabajo y estudios. Allá por 2002 vivía en una comunidad de la colonia Zacamil de Mejicanos, un entorno que se tragó a muchos de sus compañeros en el Instituto Nacional Alberto Masferrer: maternidad precoz, maras, fracaso escolar… Pero ella siempre quiso algo más, por eso el simbolismo que siempre le dio a obtener su título, no porque lo necesite –desde hace años trabaja como trabajadora social, valga la redundancia, y lo hace muy bien–, sino por lo que representa lograr una meta trazada. Quizá alguien logre entender esto que me resulta tan difícil de expresar con palabras.

—¡Iris Esmeralda Girón Palma! –gritan por megafonía.

La bachiller sube los cinco escalones con sonrisa radiante y melena al viento, da un apretón fugaz, y desciende por el otro extremo con su gran cartón en las manos. La detienen para una fotografía y regresa a su asiento en la segunda fila, para la juramentación. Aún resuenan las palabras grandilocuentes que el rector, Tulio Magaña, ha dicho hace unos minutos: “Ustedes no van a buscar caminos, sino que van a hacer caminos” y “El país está necesitado de ustedes”, más propias para una graduación en Stanford que en la Andrés Bello. Consciente –quizá como pocos en esta sala– del país del que forma parte, a la bachiller Girón Palma no le va tanta palabrería gratuita; tampoco le entusiasmará el discurso ofensivamente religioso de la alumna con mejores calificaciones. Pero nada de eso enturbiará su satisfacción.

Ahora todos se ponen de pie.

—¿Juran blablabla…
—Sí, juramos –responden a coro.

Y hoy sí. Esa persona que sonríe igual que cuando la conocí es toda una licenciada, la licenciada Girón Palma.


Fotografía: Roberto Valencia

viernes, 3 de diciembre de 2010

Testigo del rencuentro entre Boff y Sobrino

Jon Sobrino está vivo por saber hablar la lengua del imperio.

La primera ocasión que hablamos fue el 24 de marzo de 2008. Sobrino entonces ni siquiera sabía que alguien llevaba tiempo siguiéndolo para este perfil. Aquella resultó una conversación imprevista, fugaz, recelosa y a tres bandas. El tercer interlocutor era Leonardo Boff, teólogo brasileño que se encontraba de visita en el país y me había aceptado una entrevista. Él es otro referente mundial de la Teología de la Liberación, la doctrina que la jerarquía católica en general, y Ratzinger en particular, se empeñó en liquidar. Boff, franciscano hasta entonces, terminó colgando los hábitos.

Aquella mañana de marzo, aniversario del asesinato de Monseñor Romero, entrevistado y entrevistador estábamos sentados en unos sofás que hay en el hall del Hotel Beverly Hills, en Antiguo Cuscatlán. Boff me contaba el mal que el neoliberalismo hace al mundo.

—¿No bastaría con hacer reformas al sistema? –pregunté. —Si limamos los dientes del lobo, ¿desaparecerá su voracidad? No, porque el lobo es voraz por sí mismo. Lo mismo ocurre con el sistema neoliberal, que es malo para la humanidad, porque excluye a casi dos tercios del mundo...

Un taxi se paró en ese momento frente a la entrada del hotel. De él bajó Sobrino. El rencuentro lo habían fijado para después de la entrevista, pero Sobrino, fiel a sí mismo, se adelantó. Cruzó la puerta de vidrio con un portafolios de cuero marrón bajo el brazo, se acercó despacio, casi arrastrando los pies. Vestía sencillo: pantalón, una chaqueta sobre la camisa y zapatos negros. Apenas lo reconoció, Boff se levantó y salió a su encuentro.

—¡Caro Leonardo! ¡Caro Leonardo!

Los dos tienen la misma edad, estudiaron en Alemania e intimaron cuando en los ochenta participaron en un proyecto que pretendía sistematizar en 50 tomos toda la Teología de la Liberación. La iniciativa no se pudo finalizar por las trabas que puso el Vaticano. Pero además les une un vínculo especial. Cuando en la madrugada del 16 de noviembre de 1989 ocurrió la masacre de seis jesuitas en la Universidad Centroamericana (UCA) a manos del Ejército salvadoreño, Sobrino estaba fuera del país. Eso le salvó. La orden que tenían los militares era no dejar testigos. Uno de los cadáveres, el del padre Juan Ramón Moreno, apareció en la habitación de Sobrino. Pero él estaba en Tailandia. Lo habían invitado para impartir un curso sobre Cristología en inglés, la lengua de lo que él llama el imperio. Ese curso lo iba a dar Boff, pero tuvo que rechazarlo. “En la invitación pedían inglés, yo no lo podía bien, y les dije a los organizadores que invitaran a Jon Sobrino, que acababa de escribir un libro muy bueno”.

El rencuentro entre los dos teólogos fue cordial. Sonrisas y abrazo. Intercambiaron unas pocas palabras inaudibles.

—Te veo, te veo, te veo –elevó el tono Sobrino, mirando con descaro la panza de Boff– Los ojos, eso no has cambiado. La vivacidad... y estás aquí.
—Termino aquí –dijo, señalándome–, porque quiero hablar mucho contigo, Jon... Ah, Jon, este periodista me ha dicho que va a tu misa.
—¿Perdón?
—Que él va a tu misa.
—Yo llego a la iglesia de El Carmen, padre –no era el plan original, pero tuve que intervenir.
—Ah, no me digas.
—Ayer llegué.
—¿Ayer a las 11?

Su misa había sido a las 8 de la mañana, y supuse que me estaba probando. Meses después quise saber si la suposición era acertada, pero me dijo que no recordaba haberme visto nunca. Su memoria en verdad es mala para rostros y nombres. Hablamos un poco más, apenas un par de minutos. Sobrino se retiró para poder concluir la entrevista: “Sigan, sigan...”

—¿Mucho tiempo sin verse? –pregunté a Boff.
—Sí, muchos años, más de 10.


Fotografía: Víctor Peña
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(Este relato forma parte del perfil sobre Jon Sobrino publicado en Séptimo Sentido, la revista dominical del diario salvadoreño La Prensa Gráfica, y en Revista C, la revista del diario argentino Crítica)

martes, 7 de septiembre de 2010

Literatura (gay) de baños

“Si lees esto, eres cerote”. Es lo primero que leo, garabateado sobre la puerta blanca que tengo delante. Está a la altura de mis ojos, así como estoy yo, sentado en este trono sorprendentemente limpio de uno de los baños públicos del centro comercial Las Cascadas. Hoy es la mañana de un miércoles cualquiera de junio, y acá, encerrado y pensativo en este habitáculo mínimo, caigo en la cuenta de que no llega bullicio alguno de afuera, y que lo sonidos de adentro son esporádicos, como si existiera un pacto social que obliga a cagar en silencio.

Continúo leyendo, ya en calidad de cerote. “Dile a tu hermana que tengo una verga grande, la va a dejar satisfecha”, escribió alguien. “Dios te bendiga”, fue la respuesta que le dejaron en otro color. “Tengo una verga bien grande y cabezona, llámame”, dijo otro, e incluso dejó su número de teléfono. No es el único, ni mucho menos: “¿Quieres una verga grande y bonita? 736322-- Yo te hablo”. “Quiero mamar 773688--”. “Si quieres pisar culeros, písate a Tony Saca, el primer presidente gay de El Salvador”, le respondió otro literato. “Quiero mamar una buena verga 736322-- No te arrepentirás”. La oferta está a otro lado del cubículo, pero son el mismo número y letra. Por lo visto, es bien goloso este tipo.

Estas son apenas un puñado de las frases de las que se pueden leer, con sus correspondientes dibujos ilustrativos. Casi todas están en clave gay. Parece que estos baños son algo así como una Clasiguía para culeros (a costa de resultar políticamente incorrecto, creo que es la palabra que mejor define la situación). Quizá algo más. Al salir, veo junto a la puerta un cartel de la Administración de Las Cascadas que dice algo así como que a los jóvenes que atrapen en los baños haciendo actos indecorosos los remitirán a la Policía Nacional Civil. ¿Algo preventivo? No lo creo.




lunes, 14 de junio de 2010

Cuesta ser salvadoreño

Las letras son grandes y doradas, como si anunciaran algo importante. Sucursal de Migración y Extranjería, dicen. Debajo, las cristaleras dejan ver un interior pulcro y ordenado, y un hombre armado decide quién entra y quién no. Esta es la oficina que está en el centro comercial Las Cascadas; por mi experiencia de nueve años ya en El Salvador, la menos concurrida del área metropolitana. De hecho, ahora no se ve mucha gente adentro, y menos aún en el cubículo donde atienden a los extranjeros, al fondo a la derecha. Ahí me dirijo por algo que suena a absurdo: renovar mi estatus de residente definitivo. Parece que los burócratas que idearon esto no vieron problemas en combinar la palabra definitivo con tener que renovar el carné cada cierto tiempo. Y pagar en cada renovación, claro; esta vez me pedirán 98.58 dólares.

La nacionalización es una opción que desde hace años ronda mi cabeza. No es que dé mucha importancia yo al papeleo, pero uno ya se siente más de acá que de allá con casi una década viviendo y pensando en salvadoreño, casado con una salvadoreña, con descendencia salvadoreña, amigos entrañables. Y ahora, mientras espero a que la mujer de anillos y pelo teñido detrás de la mesa termine con un chino, me pregunto cuáles serán los requisitos para obtener el pasaporte salvadoreño. Se me ocurre que me encerrarán en un despacho para preguntarme qué sigue después de “Gran lección de espartana altivez” en el himno nacional, o si sé en qué departamento queda Santa Rosa Guachipilín, o si quiero que México pierda en el Mundial, o me harán escribir para ver si tengo suficientes faltas de ortografía, o tener siempre una cálida sonrisa para el extraño, o puede que tenga que demostrar que sé tirar basura desde mi carro o manejar por el carril de la izquierda en autovía, o si juego capirucho o elevo piscucha, o si conozco a Manyula, o quizá me pregunten si me puedo la alineación del Barça… En fin, se me agolpan en la cabeza algunas de esas cosas que, creo yo, definen la salvadoreñidad.

Pero nada de eso.

Cuando termina el chino y me siento frente a la mujer de anillos y pelo teñido, le pregunto, y ella imprime y me entrega una hoja de requisitos que habla de solvencias, de fotografías, de fotocopias compulsadas, de constancias.

—¿Y con esto ya estuvo? ¿No hay exámenes ni nada de eso?
—Usted trae todo eso, lo presenta, y se tardan como un año en responderle. Pero tiene que traer los recibos cancelados, que son como 700 dólares.

En efecto, cuesta ser salvadoreño. Más de lo que creía.


jueves, 11 de marzo de 2010

El canciller y los retrasados

La conferencia de prensa estaba pautada para las 9:30 de la mañana, pero el canciller aparece ahora, cuando pasan unos minutos de las 10. Llega trajeado pero informal, con saco pero sin corbata, con camisa de cuello pero desabotonada. Al final dirá que ha dormido poco y pedirá disculpas por los lapsus. “Escucharemos al señor ministro de Relaciones Exteriores, ingeniero Hugo Martínez”, dice la voz metálica que hace las veces de maestro de ceremonias ante el reducido número de periodistas que ha llegado a cubrir el evento. ¡Pssst! Comienza la conferencia…

—Muy buenos días, es un gusto saludarles. Disculpen esta convocatoria en día domingo, pero…

La sala de prensa de Cancillería es pequeña, y todos nos oiríamos sin necesidad de micrófonos y altavoces, pero los hay. El canciller Hugo Martínez le habla al único micro que tiene sobre la mesa que preside. Entre sus manos, un legajo de hojas en donde tiene detallada la agenda del viaje oficial que el presidente Mauricio Funes iniciará mañana a Estados Unidos. Y a su derecha, la funda de los lentes.

—La comitiva oficial, obviamente, es encabezada por el presidente Funes; acompaña la primera Vanda… perdón, la Primera Dama, Vanda Pignato… –dice casi al inicio.

—Como saben, en el caso de México siempre ha sido y será Hugo Barrera nuestro embajador. Perdón… Hugo, Hugo, Hugo Carrillo, perdón, será nuestro embajador… –dice casi al final.

Para el segundo de los errores del canciller Hugo Martínez el murmullo es más sonoro. También porque durante la media hora que ha transcurrido desde que arrancó esto no han dejado de ingresar en la sala periodistas, fotógrafos y camarógrafos retrasados. Termina la conferencia. La voz metálica retoma la palabra: “Para los medios que recién nos acompañan, si hay alguna pregunta puntual sobre la gira del señor presidente de la República…”

—Señor canciller –alza la voz uno de los retrasados–, como usted ha podido comprobar, hubo varios periodistas que no logramos llegar a tiempo, y quisiéramos saber cuáles son los preparativos…

A pesar de la desvelada, el canciller Hugo Martínez permanece sentado sobre su silla, comprensivo, como si repetir dos veces la misma conferencia fuera lo más normal del mundo.

—Vaya, me avisan cuando estén listos los de la segunda ronda.
—Ya estamos –se oye a coro.
—Okey, vamos a la segunda ronda. Bueno, como les anunciaba, partimos el día de hoy con la comitiva oficial para la reunión con el presidente Obama. La comitiva está integrada por…


sábado, 20 de febrero de 2010

Plática con Jon Sobrino

Brazos cruzados y gesto serio. Así ha transcurrido la primera parte de esta larga entrevista. Hoy es 8 de diciembre de 2008, día en el que el sacerdote jesuita vasco-salvadoreño Jon Sobrino al fin ha accedido a sentarse a platicar con un periodista de La Prensa Gráfica, uno de los periódicos más influyentes de El Salvador, pero también uno de los más afines al gran empresariado y a la derecha rancia, y uno de los que durante la guerra civil más contribuyeron a enconar el conflicto.

“Sin duda que hubo conflicto armado –me ha dicho Sobrino al inicio de esta conversación–, y guerra… pero antes de todo eso hubo represión pura y dura, ¿eh? Pura y dura. Yo no digo que la izquierda no ha pegado tiros, pero lo de la derecha era matar por matar. Yo, cuando hablo de aquello, siempre diferencio las cosas. Y entonces, El Diario de Hoy, La Prensa y los otros medios mentían, pero de una manera escalofriante, escalofriante. De Monseñor Romero decían que había vendido su alma al diablo. Del padre Ellacuría decían que era de ETA. Pero así, escalofriante, por eso la reacción todavía de mi generación, cuando se mencionan aquellas cosas, y no es por usted, ya te dije, y espero que te haya quedado claro que no es nada personal ni nada de eso, pero es que esto ha sido, como han dicho analistas del continente, la oligarquía salvadoreña ha sido quizás la más cruel del continente, que se dice pronto.”

La cita es en su despacho, en el Centro Monseñor Romero de la Universidad Centroamericana (UCA). Está a apenas unos pasos de donde el Ejército salvadoreño asesinó a Ignacio Ellacuría, a otros cinco jesuitas, a la empleada doméstica y a su hija. La habitación es pequeña, sencilla y está llena de libros. Sobrino suma casi ocho largas y agitadas décadas de vida, una vida sobre la que se ha escrito mucho, pero sobre la que también falta aún mucho por escribir, como su paso por la Cuba de Batista y de Fidel.

—A El Salvador usted viene en el 57, con 19 años, pero rápido se fue del país.
—Lo que ocurrió –responde– es que yo en 1958 salí a estudiar porque en este país no había la posibilidad de hacer los estudios típicos de los jesuitas, que son humanidades, filosofía, teología…
—¿A dónde fue a estudiar?
—En el 58 fui a Cuba. Y si quieres poner algo, pero no hace falta que lo saques en el título, yo estaba allí cuando Fidel Castro bajó de las montañas el 1 de enero de 1959…
—Que ahora se cumplen los 50 años.
—Sí, exactamente. En Cuba estuve dos años, aprendiendo latín, griego y literatura.
—O sea, vivió los primeros años de la Revolución.
—No, no los viví, pero estaba allí. En primer lugar porque la Revolución no se hizo nada más llegar; y en segundo lugar, nosotros éramos jóvenes, y en mi caso, y en el de casi todos, sin capacidad conceptual para entender qué es lo que estaba pasando. Yo lo que recuerdo es que la mayoría decía que qué bueno que Batista se había ido, porque ese era un dictador de los grandes de aquí, como Trujillo en Dominicana o Somoza en Nicaragua…


(Fotografía de Francisco Campos)

lunes, 18 de enero de 2010

Restaurante Funes


—¿Y ahí donde usted trabaja hay parqueo para visitas?
—Sí, ya voy a dar aviso que vas a llegar.

Responde Catalino Miranda, un personaje que también es dueño de casi 200 unidades de microbuses de la ruta 42. Empresario del transporte público, se dice él; busero, le dicen los demás.

Es la tarde del 6 de enero, y necesito hablar con Catalino sobre el problema de inseguridad que afecta al transporte público. Me cita en su oficina de la avenida Independencia, en pleno centro de San Salvador. Al llegar, un hombre me pide que baje la ventanilla, le enseño mi credencial y le digo que vengo a una entrevista.

—Ah, sí. Allí detrás hay un hueco.

El hombre tiene en sus manos un Ak-47, un modelo sin madera, casi un esqueleto, pero con el inconfundible cargador curvo del mítico fusil de asalto soviético.

Este es el punto de la ruta 42. Parece eso, un punto de buses, con grasa negra y pedazos de unidades aquí y allá. Pero en la segunda planta hay un espacio amplio, con aire acondicionado, baldosas, sofás y cuadros: el despacho. Catalino se considera un tipo honesto, de esos que van con la verdad por delante sin importar si con ella hacen o no amigos. Admira los Estados Unidos, donde estudió cuando era más joven, y políticamente se ubica a la derecha. Sobre la violencia que afecta al país, tiene sus propias teorías para solucionar el problema de las extorsiones al gremio del que él es uno de los líderes más visibles; de eso hablamos largo, hasta que la conversación deriva en el papel de la Policía.

—¿Qué tipo de coordinación tienen? Distintos comisionados dicen y repiten que hay mesas de negociación con ustedes.
—Me hace recordar, cuando tú mencionas las mesas, que cuando Tony Saca entró a la Presidencia, el dirigente principal del partido que hoy gobierna, el FMLN, preguntó si Saca un restaurante iba a poner, de tantas mesas en el país. Don Schafik Hándal preguntó si iba a haber muchos restaurantes en el país.

Catalino se ríe de su ocurrencia.

Sábado, 16 de enero. Un día especial para Funes y parece que para el país también. 18 años después de la firma de los Acuerdos de Paz, un presidente va a pedir perdón por los crímenes cometidos por la Fuerza Armada y los cuerpos de seguridad pública durante la Guerra Civil. También anuncia la intención –intención– de tomar algunas medidas de compensación. Y para los lisiados, a los que el Estado debe una millonada…

—…instalaré, a partir de la próxima semana, una mesa de diálogo y negociación con representantes de las organizaciones de lisiados y discapacitados y delegados del Gobierno para establecer monto de la deuda, forma y tiempo de pago.

Otra mesa más. Esto se parece cada día más al restaurante del que don Schafik habló, solo que este tiene  manteles rojos.

viernes, 25 de diciembre de 2009

Don Balón y la Ruta de los Mártires

Noviembre, mediados. La Sala de los Mártires de la Universidad Centroamericana (UCA) parece otra; en realidad, es otra. Acaba de ser remodelada y luce radiante, diminuta como siempre, pero radiante. El aire acondicionado impide el silencio aunque uno esté solo, como me ocurre ahora, y refresca al punto de sentir frío. Las baldosas del suelo, negras; el techo y las paredes, blancas; y cristales, amplios cristales entre el visitante y lo expuesto.

Aquí hay mucho que mirar, pero lo que me ha traído esta vez, por un reportaje que debo escribir para un diario vasco llamado Deia, son las pertenencias personales del padre Ignacio Ellacuría. Están al fondo, justo debajo de un plano de la universidad. Ahí se encuentran, entre otras cosas, su pasaporte sellado, sus grandes anteojos, una taza, un par de plumas y el calendario que usaba como agenda, en el que señaló su último viaje en avión: Miami-San Salvador, el 13 de noviembre de 1989, con salida a la 1 de la tarde.

A la par, en la misma vitrina, se amontonan las posesiones de su amigo Amando López, también jesuita y también asesinado por el Ejército. Dos objetos llaman mi atención; son dos almanaques futboleros editados por la revista española Don Balón en 1987 y 1988. Uno verde y el otro azul, resumen los traspasos y las alineaciones de los equipos de la Liga española. En las portadas, las estrellas de entonces: los barcelonistas Aitor “Txiki” Begiristain y Andoni Zubizarreta, el madridista Bernd Schuster o el mítico guardameta realista Luis Miguel Arkonada. En las páginas de adentro, un salvadoreño inolvidable que jugaba en Cádiz.

Esos almanaques son apenas un detalle dentro de una sala matirial que transpira paz y que merecería ser más visitada.

Desde que se creó, el Ministerio de Turismo salvadoreño nunca ha promocionado lo que podría convertirse en un poderoso reclamo turístico, si es que no lo es ya sin promoción alguna. En los Airbus de Taca a uno lo intentan convencer de que el país tiene volcanes fogosos como los de Guatemala, bosques nebulosos como los de Honduras y playas extensas como las de Belice. Pero no se dice ni mu de algo que solo El Salvador ofrece: Monseñor Romero y los mártires jesuitas. Tiene cierta lógica –macabra– que el Gobierno los silenciara mientras estuvo en manos del partido ARENA, cuyo fundador –Roberto d'Aubuisson– es el asesino intelectual del arzobispo, pero que el actual Gobierno que se dice de izquierda no haya hecho nada en siete meses suena raro. Quizá algún día, además de Ruta de la Paz, Ruta Arqueológica o Ruta de las Flores, haya también una Ruta de los Mártires. Quizá.


Fotografía: Roberto Valencia
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