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sábado, 12 de enero de 2013

Estrategias de venta (barritas de chocolate)


La de hoy es la primera vez que viajo en bus con mi hija Alejandra, que aún no cumple los 3 años. Es martes y es diciembre. Son las cinco y diez de la tarde. Abordamos la unidad de la Ruta 30-B en la parada que está cerca del cruce del bulevar Universitario con la avenida Izalco. Por fortuna, hay dos asientos juntos libres en la parte delantera. Acomodándonos estamos cuando entra el vendedor: unos 160 centímetros de estatura, unas 220 libras de hueso y carne, una horrible camisa con aspiraciones tropicales. Soy yo el que está junto al pasillo y me pone en la mano lo que parece ser una barrita de chocolate. Mi hija corresponde el supuesto derroche de amabilidad con una amplia sonrisa. El vendedor llega hasta el fondo, regresa y se para junto a mí.

―Muy buenas tardes, amables pasajeros, que se dirigen en esta unidad de transporte. Perdónenme la bulla, la molestia, que les voy a ocasionar en esta hora. El motivo no es venir a ofender. Yo quería venir a ofrecer…

Alejandra, que ya tiene la barrita entre sus manos, calla y escucha. También su padre.

―…estas barritas de chocolate que ya se encuentran a la venta. En tiendas-supermercados su precio a cancelar es de 45 centavos de dólar. En esta hora se lo traigo como una oferta: 25 centavos me cancela por la barrita de chocolate Power. Para su mayor garantía, le contiene impresa la fecha de vencimiento en cada barrita. Vence en 30 de septiembre del 2013. Son barritas de chocolate…
―Déjeme esta y regáleme otra más –le digo.

Dos coras y la venta se cierra. Comienza a caminar. Se aleja.

―Son barritas de chocolate Power, a una cora. A corita. Chocolate, a una cora, la barrita le damos, por una cora el chocolate Power… –la voz termina diluyéndose.
Alejandra me mira sonriente a los ojos, luego mira la barrita entre mis manos, y más luego mira la suya.

―Son iguaaaaales.

A veces, la felicidad solo cuesta dos coras.

Fotografía: Roberto Valencia

martes, 20 de noviembre de 2012

Mayonesa aguada


Sobre la 8.ª avenida Norte de Metapán, cerca del cruce con la 15 de Septiembre, hay un puesto de tortas como otros tantos miles regados por el país: un gran carretón metálico regentado por una señora sesentona y a la par una pequeña mesa y tres banquitos en los que rotan los clientes. Por $1.60 a uno le dan una torta con todo (“¿Cebolla va a querer? ¿Y chile?”) y una pequeña Salvacola para pasarla.

Terminando estoy la mía cuando se acerca otra señora que evidentemente tiene un trato de amistad con la dueña. Se saludan, se bromean. Están justo detrás de mí y hacen el ademán de hablar en voz baja, pero es más una actuación que un interés real. Les oigo todo. La plática comienza en el precio del pan francés, cada vez más disparado, pero pronto se dirige hacia las calidades de las mayonesas de carretón.

―El otro día –dice la recién llegada– las tortas las compré ahí a la vuelta, pero se me quejaron en casa. Estaba feya la mayonesa… 

―¿Acá, sobre la 15? Sí, ahí le ponen mucha agua. Bueno, en casi todos los puestos de por acá le ponen mucha agua, para que rinda más. Lo que pasa es que si la venta en el día está mala, el agua rápido acideia la mayonesa, y por no botarla algunas así la dan al siguiente día. 
―¿Así cree? 
―Así hacen. Yo acá hago la mayonesa en la mañanita, todos días, aunque me salga un poco más caro.

Pues quizá sea ese el secreto o quizá el hambre por la manejada desde la capital, pero, como diría mi madre –castellana de Castilla ella, castiza–, esta torta con mayonesa del-día-poco-aguada me ha sabido a teta.


Fotografía: internet

miércoles, 18 de julio de 2012

Estrategias de venta (caramelos)

Mercadería en mano, el vendedor deja subir primero a los pasajeros, se asoma luego a la puerta del bus y, sin intercambiar palabra alguna con el motorista, a puras miradas y gestos con las cabezas, gestiona la visa que le permite entrar sin tener que pagar los $0.20 que cancelamos los demás. Recorre la unidad, entrega a quien se la acepta una bolsa transparente llena esta vez de caramelos, y deshace sus pasos para apostarse cerca de la entrada. Ahí empieza la actuación.

―Muy buenos días. Me van a disculpar la bulla y la molestia que les causamos día con día los vendedores…

Son las casi las 11 y media de la mañana de un miércoles de mayo. La ruta, la 52; un clásico Blue Bird de colores vivos y asientos desahuciados. La parada es la ubicada en la 63.ª avenida Norte y alameda Roosevelt, muy cerca del Divino Salvador del Mundo. El bus va cargado, pero los asientos aún alcanzan para todos.

―…Les traigo a la venta un delicioso caramelo. Su nombre es Mini-cuquis. Es un caramelo que le viene con sabor a leche, con tracitos de galleta y cubierto de crema de chocolate. Lo tiene a la venta, en toda buena tienda, a un precio de seis centavos de dólar por cada uno. Pero ahora en día, les he pasado entregando siete por una cora ($0.25 de dólar), para que vaya saboreando en el camino. Le lleve al niño, a la niña, le lleve siete Mini-cuquis por una cora. Con trocitos de galleta, cubierto de crema de chocolate…

Habla enérgico, con ritmo, sin atropellos. Se ve que es de los experimentados.

―…De nuevo, muchas gracias. Dios me los bendiga y me los lleve con bien hasta donde ustedes se dirijan.

Recorre de nuevo la unidad en marcha, repitiendo los concepto clave: “Siete por una cora”, “Gracias”, “Cubierto de crema de chocolate”, “Gracias”… Vende cuatro o cinco bolsas. Parece bajarse satisfecho frente al centro comercial Galerías.


Fotografía: Roberto Valencia

martes, 29 de mayo de 2012

Hot-dog sin dog

Don Jesús –nacido en la comunidad Quiñónez de San Salvador, 57 años, deteriorado prematuramente– llega todos los días a media mañana con su carrito a rastras al centro comercial España, un inmueble que suena más que lo que en realidad es. Es un edificio de dos alturas ubicado en el centro de San Salvador, sobre la 13.ª calle oriente, a dos cuadras de la sede central de El Diario de Hoy, y la etiqueta de centro comercial bien podría ser sustituida por la de centro de oficinas de poca monta. Buena parte de los locales están vacíos, pero aún hay el movimiento necesario para que don Jesús crea que es un buen lugar para vender.

—Yo antes vendía casetes, como 12 años estuve vendiendo casetes yo. A las fábricas iba, al Plan de la Laguna sobre todo, con mi ataché, mi maletín, y a 15 colones los daba… pero cuando empezó el cidí, el casete pronto lo botaron. Y en el 98 empecé con esto otro…
—¿Y no le entró a los cidís usted?
—No, empecé con esto otro…

Esto otro es el pequeño y destartalado carrito con el que en los últimos 14 años don Jesús se ha ganado la vida. Tiene un letrero harto explícito: Hot Chili Dogs. Cada día, me dice, vende unos setenta u ochenta de sus peculiares hot-dog, una parte aquí, en el dizque centro comercial, y la otra frente a una escuela, en la tarde.

—Rico, ¿va? –me pregunta cuando me entrega el segundo que le compro.
—Umm –asiento y sonrío, pura educación–. Y usted, cuando empezó con esto, también los vendía en colones, ¿no?
—Sí, a tres colones colones los vendía, pero fueron subiendo.

No tanto para haber 14 años y una dolarización de por medio. El principal –el único– atractivo de los hot-dog de don Jesús hoy es su precio: cincuenta centavos de dólar cada uno, cuatro colones y fichas. El pero es que no tienen salchicha. Son solo el pan francés largo y estrecho, relleno con abundante curtido y chile al gusto, y recubierto con salsas de colores varios. Suficiente para matar el hambre.

Fotografía: internet

sábado, 4 de febrero de 2012

Cacao para los niños de Sendero de Libertad

Hoy es el último martes de octubre, y esta tarde de cielos limpios es aún más calurosa dentro de la bodega enrejada de los víveres que el Estado salvadoreño compra para los muchachos del Centro de Inserción Social Sendero de Libertad. Sobre una larga mesa de madera en el cuarto de los refrigeradores –dos refrigeradores y dos congeladores llenos de carnes variadas, quesos, embutidos y cremas– hay un gran recipiente metálico, semiesférico y semilleno de semillas oscuras.

—Mire lo que tenemos aquí –dice Noé, la satisfacción impregnada en cada una de sus palabras–. ¿Sabe qué es? Es cacao, para hacerles chocolate. Les encanta, con leche y puro también.

La semilla de cacao sabe amarga.

Noé Alvarado tiene 24 años, es técnico en Gastronomía y se encarga no solo de que el menú sea idóneo en sabores, texturas y nutrientes, sino también de todo lo administrativo-financiero en la cocina. Ecónomo, le dicen a lo que él hace. No cualquiera puede serlo. Noé se graduó en diciembre de 2009 en la Escuela Especializada en Ingeniería ITCA-FEPADE, y antes trabajó como encargado de cocina en un concurrido restorán llamado La Bodeguita del Cerdito.

—Creo que comen mejor aquí que afuera. Dos veces al mes tengo que darles lonja, ¿y cuánto vale la libra de lonja? Ni en mi familia teníamos eso garantizado cuando yo estaba chiquito. Pero cuesta que comprendan… Quiero hacerles entender que coman vegetales, pero algunos no quieren, y más de uno hasta me ha ofendido alguna vez, aunque en general tengo buena comunicación. Son más los que lo aprecian a uno.
—Para esta noche, ¿qué están preparándoles?
—Vamos a ver…

Noé da un par de pasos y se asoma a la cocina, donde tres de sus subordinados preparan la cena. Unas hojas escritas a mano y pegadas en la pared explicitan el menú de toda la semana. Lee.

—Hoy cenarán plátano frito, casamiento, crema y pan francés. Y para desayuno les dejamos huevo duro con tomatada, frijolitos guisados, queso, dos franceses y la bebida: café con leche. Ah, y siempre se les da un pan dulce.
—¿Cuál es la comida que más les gusta?
—Para el almuerzo… carne a la plancha. Y en la cena, cuando hacemos hamburguesas, hot-dog o sándwich. Les encanta.

A Noé le encanta su trabajo. Me encanta mi trabajo, dice. Su padre no quería que estudiara cocina, lo veía poco apropiado, pero un hermano mayor lo apoyó. Noé es el séptimo de once, y el suyo fue un hogar en el que nunca sobró el dinero, pero en el que todos lograron el cartón de bachiller. La clave, dice convencido, es la familia. Si la familia funciona, la sociedad funciona.

—Casi todos los jóvenes vienen de familias desintegradas. Aquí hay de todo, pero muchos delinquen porque no tienen qué comer o para ayudar a la mamá. Por eso digo: si cometieron un error, tienen derecho a una segunda oportunidad. Si todos fuéramos juzgados por los errores que cometemos, todos estuviéramos presos.

Noé resultará el más optimista entre todas las personas con las que hable en Sendero de Libertad, quizá porque es de los que menos tiempo lleva.

Fotografía: Roberto Valencia
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(Este es un fragmento de una crónica titulada "La triste historia de un reclusorio para niños llamado Sendero de Libertad", publicada el 23 de enero de 2012 en Sala Negra de El Faro).

lunes, 21 de noviembre de 2011

Esmeralda y la cosecha 2011

Esmeralda García, a los asiduos quizá les suene el nombre, vive en el cantón El Espinal de San Rafael Cedros, en Cuscatlán. Es mujer de campo, la viva representación de la humildad en todas sus acepciones, una persona recta y honrada, cualidades que brillan más en una sociedad tan descompuesta como la salvadoreña. Pues bien, el sector donde Esmeralda y su familia habitan no fue, ni mucho menos, de los más afectados por las lluvias que hace unas semanas dejó la ya famosa depresión tropical E-12. Pero llovió con ganas, más que lo que los cultivos son capaces de soportar.

José, el esposo de Esmeralda, sembró en mayo la media manzana que con esfuerzo lograron alquilar. En ladera, lo que no deja de ser una ventaja cuando llueve mucho. 

Para cuando llegó la E-12, la milpa estaba doblada, y el frijolar, crecido, pero le faltaba. Sobra decir que en esta familia el grueso de la cosecha lo usan para consumo familiar, que dependen en gran medida de ese frijol y de ese maíz. Por eso hoy, la primera vez que me cruzo con Esmeralda desde las lluvias, es lo primero que le he preguntado.

—Maíz sí vamos a tener –responde–. Con el agua se cayó nomás, y se ha podrido de la punta, pero este año los elotes eran grandes, y no es mucho lo que se ha perdido. Ya lo recogió José, por costaladas.
—¿Y el frijol?
—No, el frijol se ha perdido todo…

A Esmeralda la conozco desde hace diez años, y ya en otras ocasiones me ha contado que, cuando cae mucha agua al final de la estación lluviosa, el frijol se nace, no se puede vender, pero al menos una parte de la cosecha se puede consumir si uno no es un tiquismiquis. Esta vez se ha perdido por completo.

—Se arruinó, no se podrá recuperar nada…
—¿Nada de nada?
—Bueno, saldrán, lo mucho, unos dos medios (un medio son 20 libras)… menos que lo que sembró, porque José sembró tres medios.

Dentro de lo malo, esta familia tiene cómo capear el temporal en los largos meses que se avecinan hasta que salga la próxima cosecha. Esmeralda tiene un ingreso fijo limpiando casas, José trabaja esporádicamente en una granja de gallinas y cerdos que abrieron en el cantón, y la hija mayor acaba de encontrar su primer empleo, malpagado pero es un dinero que se agradecerá. Asusta pensar lo que sucederá con las familias que no tienen estos colchones o que viven en áreas donde la lluvia fue aún más dañina.

Fotografía: Roberto Valencia

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Estrategias de venta (chocolatinas)

Tiene unos 25 años. De su rostro serio destacan el candado y el pelo largo y repeinado hacia atrás, como si hubiera utilizado aceite para domarlo. Viste unos jeans desgastados, un par de tenis plantosos y una camisa tipo polo roja que en el pecho tiene cosido el logo de una asociación de vendedores llamada AVTRASCOSS. Acaba de subir al bus de la Ruta 52 en la parada ubicada a una cuadra de la plaza Divino Salvador del Mundo, salta el torno no sin dificultad, y acomoda el producto antes de arrancarse.

—Buenos días, amables pasajeros. Vean lo que les traigo. Déjenme decirles que este producto no le contiene galleta, no le contiene maní. Le viene el cien por ciento de puro chocolate. Este producto el cual lo pueden encontrar en todo buen supermercado, y su precio a cancelar es de 30 centavos...

El joven levanta enérgico tres chocolatinas como si estuviera jugando naipes.

—…pero a mí no me va cancelar eso. Solo le pido una cora, y además por esa cora yo le voy a dar dos chocolates; dos chocolates se me está llevando por 25 centavos de dólar. Para que le pueda llevar al niño, a la niña, y vayan saboreando por el camino…

También tiene chicles Trident –dos por la cora– y una barrita de caramelos de mentol con eucalipto, pero los ofrece sin ganas, a la pasada, como si supiera que su producto estrella son las chocolatinas.

—Persona que desee llevar algo, que desee disfrutarlo, pasaré por cada uno de sus asientos. De antemano, muchas gracias y que dios los bendiga.

Fotografía: Internet

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