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sábado, 15 de febrero de 2014

"Gora El Salvador!"

Foto Roberto Valencia
Francisco Mena Sandoval, nervioso, trata de colocar la insignia del FMLN a Kitxu, emocionado casi hasta el llanto. La insignia cae al suelo. Mena Sandoval y Kitxu amagan una búsqueda, pero optan por fundirse en un abrazo. Las 200 personas presentes en auditorio aplauden la torpeza entrañable. “Las emociones siempre han unido al pueblo vasco y al pueblo salvadoreño”, ha dicho Mena Sandoval hace apenas unos minutos, como si presintiera lo que iba a ocurrir.

Francisco Mena Sandoval es el excapitán Mena Sandoval, el comandante Manolo, un histórico del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), el miembro de más alta graduación de la Fuerza Armada que, seducido por Joaquín Villalobos y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), desertó y se integró en la guerrilla para la Ofensiva Final, la de enero de 1981, que no finalizó nada pese a la sonoridad del nombre. Desde hace una década Mena Sandoval reside en Barcelona y, junto a Jorge Palencia, ha sido y es uno de los interlocutores del Frente en Europa. También es el cónsul del Gobierno de El Salvador en la capital catalana.

Kitxu es Iñaki Gonzalo Casal, hasta hace dos meses encarcelado por integrar la banda armada independentista Euskadi Ta Askatasuna (ETA). En octubre de 1994 fue detenido bajo acusación de ser el líder del Comando Lambroa, juzgado, y condenado a 67 años de prisión, de los que ha cumplido más de 19. Periodista en ejercicio hasta la detención, a Kitxu en la cárcel se le encendió una pasión por la lucha del pueblo salvadoreño contra la dictadura militar, canalizada a través del FMLN. Kitxu nunca ha estado en El Salvador, pero ha escrito un par de libros sobre el país, con la guerra con telón de fondo. “Te felicito de todo corazón; eres más salvadoreño que cualquiera de nosotros”, le ha dicho Mena Sandoval. 

El incidente de la insignia ha tenido su preámbulo, sus frases significativas.

—Ahora quisiera entregar algo que para cada de uno de nosotros es un símbolo de lucha, como son las letras, Farabundo Martí para la Liberación Nacional, y quisiera llamar a Kitxu –ha dicho Mena Sandoval.

El público -vascos en su inmensa mayoría y un puñado de salvadoreños- ha correspondido con un sonoro aplauso el improvisado gesto hacia el etakidea (miembro de ETA). Kitxu ha subido al escenario.

—Le quiero entregar estas letras, FMLN, que para El Salvador y para el País Vasco sé que son muy significativas, y quiero agradecer todas las palabras, y todos los deseos, y todos los espíritus de lucha que nos han unido en este acto. Muchas gracias nuevamente por invitarme, porque estoy contento de estar aquí con ustedes. Y ahora quiero colocar el pin del FMLN al compañero. 

Ahí es cuando se le ha caído una parte de la insignia a Mena Sandoval y, como en una primera y rápida mirada al suelo no ha aparecido, se han fundido en un abrazo.

El militante de ETA desciende ahora las escaleras. Mena Sandoval identifica sobre el tablado la piecita rebelde, la recoge con delicadeza, y cuando desciende se la entrega a Kitxu, ya en su butaca. 

Después de este homenaje, sin duda el momento estelar de lo que se promocionó como el “acto político” de una jornada solidaria, dos niños –niño y niña– bailan una danza vasca muy ceremoniosa llamada aurresku, depositan luego flores frente a las fotografías de tres vascos que murieron en El Salvador incorporados en la guerrilla, y más luego se canta la Internacional en euskera, con la letra en una pantalla gigante como si fuera karaoke.

Las últimas palabras que se escuchan por el micrófono, sobre el retumbo de aplausos, son: “Gora El Salvador!”, que significan ¡Viva El Salvador! 

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Hoy es domingo 26 de enero de 2014. Es mediodía y en la fachada principal del Centro Cultural Iortia hay una pancarta que dice: “El Salvador bihotzean. Aurrera El salvadoreko (sic) gendea (sic)” (El Salvador en el corazón, ¡Adelante pueblo salvadoreño!). A un costado de la pancarta, el dibujo de una sombra humana ondea una bandera roja con las letras FMLN en blanco. En la cabeza de la figura sombreada se reconoce una txapela, el gorro tradicional del País Vasco. 

El Centro Cultural Iortia está en el centro de Altsasu, un pueblo de unos 7,000 habitantes, a mitad de camino entre Vitoria-Gasteiz y Pamplona. Es un pueblo coqueto y ordenado, muy vasco, y en él se respira la tranquilidad propia del ruralismo primermundista. Aquí hoy hay un acto de solidaridad hacia El Salvador y el FMLN, organizado por distintos colectivos abertzales, la izquierda independentista vasca. Han levantado un castillo hinchable para niños, y manos salvadoreñas tortean pupusas que poco tienen que envidiar a las de Olocuilta.

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El “acto político” inició con un bertsolari , alguien que improvisa versos en euskera sobre cualquier tema, una de las señas de identidad de la cultura popular vasca: “Euskal Herria ta El Salvador / bi herri txiki, eder bezain jator / borroka egitera behartuak / eta elkartasunak elkartuak...” (Euskadi y El Salvador / dos pueblos pequeños, tan auténticos como lindos / obligados a pelear / pero unidos por la solidaridad...). 

Después han proyectado un emotivo video con imágenes de El Salvador, cerrado con un mensaje ad hoc de una diputada salvadoreña. Ella misma se ha presentado: “Compañeras y compañeros, soy Lourdes Palacios, diputada del FMLN por el departamento San Salvador e integrante de la jefatura de nuestro grupo parlamentario. Quiero agradecerles porque se han tomado ustedes la tarea de organizar esta actividad, 'Con El Salvador en el corazón, ¡Adelante pueblo salvadoreño!', y quiero agradecerles porque El Salvador y el País Vasco son pueblos hermanos, con procesos con sus similitudes, procesos que nos llevan a continuar con esta lucha por nuestros pueblos”. Acto seguido, ha enunciado una sucesión de clichés propios de un mitin de plaza de pueblo, tipo “vamos a ganar las elecciones presidenciales en primera vuelta” o “nuestro programa de gobierno ha sido elaborado desde el corazón del pueblo”. 

Los discursos presenciales los han inaugurado primero Vilma, una salvadoreña casada con Juan Ramón Karasatorre, histórico militante de ETA; y después Kitxu, de largo la intervención más genuina: “Muchas veces me han preguntado si es posible querer a un pueblo sin conocerlo, y yo creo que sí es posible, porque a mí me ha pasado”. También: “Cuando el FMLN ganó las elecciones, yo lloré como un niño”. Sin saber que volvería a subir poco más tarde, ha bajado del escenario con un Gora El Salvador!, el puño en alto. 

Después, el turno de las autoridades. Belén Arrondo Aldaroso, diputada de la izquierda independentista en el Parlamento vasco: “Sin duda, durante estos cinco años en El Salvador se ha avanzado en el camino de la equidad y de la justicia social”. Y Garazi Urrestarazu, la alcaldesa de Altsasu, de similares credenciales políticas: “Cuando llevas dentro la lucha por la liberación de los pueblos y la justicia social, se te hace muy fácil respetar y amar la lucha de tus iguales, haciéndola tuya”. 

Las siglas FMLN conservan el brillo de hace 30 años. No es solo por lo que se ha dicho hoy aquí, y tampoco se circunscribe al independentismo vasco, ni mucho menos. Dos décadas después de los Acuerdos de Paz, el FMLN goza en Euskadi y en España de un crédito notable entre aquellos que en los 80 siguieron con simpatía la lucha desatada contra el gobierno sostenido como marioneta por Estados Unidos. 

En el País Vasco y en España pocos saben –y si lo saben, no parece importar– que en cinco años de gobierno del FMLN ni siquiera se ha planteado el debate sobre el aborto, siendo uno de los países más restrictivos del mundo; que de los 13 ministerios, solo uno lo ocupa una mujer; que San Salvador no se ha atrevido a restablecer relaciones diplomáticas con Pekín; que la corrupción y el oscurantismo siguen guiando la política; que la Ley de Amnistía sigue vigente; que la mayoría de los dirigentes efemelenistas viajan perfumados en Toyota Prado y visten corbatas de seda; que este gobierno protegió al Estado Mayor que asesinó a Ignacio Ellacuría cuando la Interpol giró una orden de búsqueda; que el FMLN gobierna y pacta con sectores de la derecha de pasado y presente dudosos; que quisieron cercenar la independencia de la Sala de lo Constitucional... 

Pero nada de eso se ha dicho hoy aquí. En la secuencia de fotografías que se proyectó al inicio se han visto campesinos con la honestidad tatuada en el rostro, abnegadas madres de familia, niños descamisados sonrientes... pueblo salvadoreño del de verdad.

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La decoración del escenario del auditorio es parca pero efectiva. La iluminación es escasa, pero de tonos cálidos y bien dirigida a los espacios en los que se quiere que el público centre sus miradas: el atril, coronado con un pañuelo escarlata del FMLN; el espacio en el que se arrancará el bertsolari y cantará el cantautor, con sendos micros adornados también con vinchas efemelenistas; y al lado derecho, una estructura de la que cuelgan tres banderas y tres fotografías. Las banderas son la de Euskadi, la del FMLN y la de Navarra. Las fotos son de tres difuntos: Marta González, Begoña García y Pakito Arriaran. 

Marta González (a) Begoña murió el 24 de diciembre de 1990 en una emboscada que la Fuerza Armada tendió a un grupo de guerrilleros que había bajado a celebrar la Navidad en el cantón El Salitre, de Nejapa. Marta era vasca, tenía 29 años, era médico, y apoyaba al ERP en sus posiciones en torno al cerro Guazapa. En el mismo operativo murió el chileno Orlando Contreras (a) capitán Gabriel. 

Begoña García Arandigoyen (a) Alba, doctora y vasca también, fue asesinada el 10 de septiembre de 1990 por miembros de la Fuerza Armada. La versión del gobierno salvadoreño fue que murió en combate, pero la autopsia que realizaron tras la repatriación del cadáver confirmó la versión de la guerrilla. Fue capturada con vida y luego asesinada: uno de los seis disparos que presentaba el cuerpo era en la nuca y se hizo a dos centímetros de distancia. Su caso fue uno de los estudiados por la Comisión de la Verdad que creó la ONU, y que concluyó lo siguiente: “Existe plena evidencia de que Begoña García Arandigoyen fue ejecutada extrajudicialmente en contravención con el derecho internacional humanitario, ejecutada por miembros de la Segunda Brigada de Infantería, bajo el mando inmediato del teniente Salvador Hernández García, y el mando superior del teniente coronel del Ejército José Antonio Almendáriz Rivas”. Begoña tenía siete meses de embarazo. 

Pakito Arriaran (a) Juancito nació en Arrasate (Euskal Herria) y murió en Chalatenango, cuando tenía 27 años de edad. Desde muy joven se había integrado en ETA para luchar contra el franquismo, y a su llegada a El Salvador se incorporó en las Fuerzas Populares de Liberación (FPL). En la toma del municipio de La Laguna, en 1982, recibió un balazo en la pierna, se gangrenó y hubo que amputársela; sin embargo, pidió permanecer en primera línea de batalla. El 30 de septiembre de 1984, acorralado en un cerro en el municipio de Las Vueltas, prefirió detonar junto a su cuerpo una granada antes que ser capturado. 

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El discurso más largo han sido los 13 minutos de Mena Sandoval. 

Ha dicho: “Quiero presentar a todos ustedes un fraternal y revolucionario saludo en nombre del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional”. 

Ha dicho: “El pueblo vasco y el salvadoreño siempre han hecho una sinergia muy positiva, y es que ambos nos hemos visto identificados en la lucha del otro”. 

Ha dicho: “Nos queda mucho que hacer, pero estamos haciendo el camino con las nuevas generaciones, y lo seguiremos haciendo con ustedes porque el pueblo vasco y el salvadoreño siempre hemos estado juntos, hemos aprendido juntos. Gracias por seguir con nosotros, también nosotros estamos con ustedes”. 

Ha dicho: “La solidaridad es la ternura de los pueblos”. 

Y las últimas palabras, las pronunciadas justo antes de pedir a Kitxu que suba a recibir el pin del FMLN, han sido en euskera: “Besarkada haundi bat. Eskerrik asko” (Un gran abrazo y muchas gracias). La pronunciación ha sido tosca, pero se ha entendido, y el público ha correspondido el esfuerzo con una ovación. 

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Vasco de nacimiento y salvadoreño por elección, nada de lo visto o escuchado hoy en Altsasu me ha sonado fuera de lugar. Pero como periodista intuyo que tanto en España como en El Salvador el sentido homenaje de Mena Sandoval a Kitxu –del FMLN a un preso de ETA– puede levantar pasiones encontradas. Por eso, apenas cesan los aplausos tras el cántico de la Internacional, me acerco al veterano efemelenista y le pido unos minutos, que me concede con amabilidad. 

—Mucha gente en Madrid –comento– se escandalizaría con lo que ha hecho usted ahora, homenajear a un preso de ETA.
—Sí, sí.
—¿Cómo hace el FMLN para cuadrar todas esas sensibilidades? ¿Hay un discurso diferente cuando los invitan a actos en Madrid, Bilbao o Barcelona?
—Lo que pasa es que... la realidad es que aquí... nosotros hemos estado en un proceso muy complejo, en El Salvador, y creo yo que lo que siempre hemos recibido es la solidaridad de parte del pueblo vasco, y una solidaridad de mucha naturaleza. De aquí fue gente y cayó por nuestro país. Han dado su sangre, han dado su vida...
—¿Pero en Madrid entienden esa solidaridad?
—Es diferente, es diferente, naturalmente. Cataluña, el País Vasco... son partes diferentes.
—¿Y no les genera roces con las fuerzas sociales españolas, incluso las supuestamente progresistas, cuando el FMLN apoya a Sortu [partido político que aglutina a la llamada izquierda abertzale]?
—No... Hay elementos de la cooperación internacional, por ejemplo, que son con el Estado español, instituciones del Estado que ayudan a El Salvador. Y lo sé de primera mano porque yo antes trabajaba, y todavía, en la parte de la cooperación internacional, y sé que, en Madrid, El Salvador también está en los primeros lugares como destino de cooperación. En realidad, en todo el proceso nuestro el Estado español también ha sido muy solidario, aunque hay diferencias, naturalmente.
—Por ponerle nombre y apellidos, ¿no cree que el PSOE se escandalizaría con el homenaje de hace un rato?
—Sí, claro. 
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 (Esta crónica se publicó primero en la sección Nacional del periódico digital El Faro, el 29 de enero de 2014, bajo el título "Gora El Salvador!")

lunes, 25 de noviembre de 2013

Ellacurías


El jueves 16 de noviembre de 1989 el sacerdote jesuita José Ellacuría Beascoechea almorzó en el colegio que la Compañía de Jesús tiene en Indautxu, un barrio de Bilbao, en su País Vasco natal. Llevaba más de medio año instalado ahí, pero no porque él así lo hubiera buscado. Ocho meses antes, en marzo, el Gobierno de Taiwán lo había expulsado porque recelaba de su intensa labor pastoral en pro de la organización sindical de la clase obrera taiwanesa. José Ellacuría tenía 61 años, y más de la mitad, los más intensos y determinantes, los había vivido en aquella lejana isla que forjó su carácter. 

Después del almuerzo, pasadas las 2 de la tarde, José se retiró a su cuarto para preparar el pequeño maletín con el que viajaría a presidir unos ejercicios espirituales en el Pirineo, la cadena montañosa que separa la península ibérica del resto de Europa. A subirse iba en el carro cuando le dijeron que tenía una llamada urgente. Su primera reacción fue decir que no se la pasaran, pero le insistieron que era urgente. Tomó el teléfono, y al otro lado estaba su hermano Jesús Ellacuría, sacerdote también, quien sin mucho preámbulo le soltó que acababa de escuchar en la radio que en El Salvador habían asesinado al hermano de ambos, Ignacio Ellacuría, y a otros cinco jesuitas. 

José canceló su viaje. La primera preocupación de él y de Jesús fue ver cómo daban la noticia a su padre, Ildefonso Ellacuría, quien tenía 93 años y estaba encamado pero lúcido en Portugalete, a unos 15 kilómetros de Bilbao. Jesús vivía con él. “No le digas nada, que llego y se lo decimos juntos”. Jesús acató, pero como Ildefonso tenía un transistor junto a la cama, en un momento que se quedó solo lo encendió y por casualidad escuchó la noticia de la masacre ocurrida en el campus de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). José aún no había llegado a la casa familiar cuando Ildefonso llamó alarmado a Jesús y le contó lo que acababa de escuchar, creyendo que era él quien le estaba dando la noticia. 

Ildefonso falleció a los ocho días, el viernes 24 de noviembre de 1989; un día después la iglesia de Santa María, de Portugalete, acogió una multitudinaria misa-funeral. 
 
Fotografía cortesía José Ellacuría

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(Esta es una escena incluida en una larga entrevista a José Ellacuría, hermano de Ignacio Ellacuría, publicada el 15 de noviembre de 2013 en El Faro bajo el titular “Es necesario que hechos como la muerte de mi hermano no queden en la impunidad”)

sábado, 23 de noviembre de 2013

Encarcelados visita las cárceles salvadoreñas


Aparece un grupo de soldados encapuchados, una coaster azul estacionada y el muro exterior del penal de Mariona. Una sonora voz en off se impone sobre un fondo musical intrigante: “Vamos en busca de un español que se juega la vida todos los días. Vive amenazado desde hace 13 años. Le recogemos... en su refugio”.

Son las diez y media de la noche de un jueves de noviembre, horario de máxima audiencia, y en el televisor arranca un programa por el que desfilarán el Viejo Linx, docenas de pandilleros-lienzo rifando barrio y el omnipresente padre Toño. Un collage relativamente habitual en las pantallas desde que en marzo de 2012 inició la tregua entre las pandillas Barrio 18 y Mara Salvatrucha, pero con un matiz que en este caso lo relativiza todo. No estoy viendo esto en San Salvador sino en Vitoria-Gasteiz, la capital del País Vasco, y la cadena que lo emite no es Canal 12, TCS o Megavisión, sino laSexta, una de las más vistas de España.
Durante los próximos sesenta minutos, El Salvador más crudo se colará en los hogares de cientos de miles de españoles, quizá millones.

La sonora voz en off es la del periodista, un español bajito y barbado llamado Jalis de la Serna. Dice: “En El Salvador la vida vale muy poco. Se han llegado a producir hasta 4,500 homicidios anuales”.

—Tú imagínate una España de 40,000 asesinatos anuales. Sería una España... en guerra –dice el padre Toño, también español.

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Aclaración necesaria: laSexta comenzó a emitir en septiembre de 2013 Encarcelados, una serie de documentales que aspiraban a retratar las condiciones tercermundistas que sufren los ciudadanos españoles encerrados en cárceles latinoamericanas. Como me consta que no hay españoles en cárceles salvadoreñas, supuse que habían descartado nuestro país; de ahí la sorpresa este jueves al ver tanta cara conocida.

El Salvador es, lo dice la Organización de Estados Americanos (OEA), el país del continente con el sistema penitenciario más hacinado, y para que se escuchara el acento español en las cárceles, –y no traicionar por completo la aparente razón de ser del programa– se les ocurrió que los guías de los recintos visitados fueran españoles. El elegido para la visita al Centro Penitenciario de Cojutepeque fue el sacerdote pasionista Antonio Rodríguez, el padre Toño, quien trabaja desde hace más de una década entre pandilleros de la zona de la Montreal (Mejicanos), algo sabe del tema, y su gusto por las cámaras lo ha convertido en cicerone recurrente para los periodistas extranjeros que llegan al país unos días para grabar a pandilleros tatuados y luego pontificar sandeces sobre un problema tan complejo y enrevesado como lo es el de las maras.

Tras nueve emisiones, de Encarcelados se puede decir que es un show superficial y con un preocupante tufillo colonial. Entre sus principales virtudes, el hecho de haber metido las cámaras en lugares cuya crudeza solivianta al espectador primermundista –las cárceles latinoamericanas– y una craneada y reposada post-producción; las imágenes del programa que se está pasando este jueves 7 de noviembre se grabaron hace medio año.

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—Lo más importante es que veamos las condiciones de las cárceles, porque al final... las cárceles son la mejor radiografía que puede tener un país –dice el padre Toño.
Voz en off de De la Serna: “Nos disponemos a entrar en las prisiones de las maras, pandillas criminales custodiadas por el Ejército”.

Las cámaras entran en Cojutepeque; sin duda, el más duro de los penales que yo he conocido en Centroamérica. Una pocilga que ofrece nulas posibilidades de reinserción, hacinada hasta el surrealismo y en la que –si bien no se verán en este programa– hay verdaderas mazmorras, sin luz natural ni artificial. Para hacerse una idea de lo que estamos hablando, pueden ver esta galería gráfica que hace un año elaboró el fotoperiodista Pau Coll para la Sala Negra de El Faro.

Voz en off de De la Serna: “Nos reciben con su particular lenguaje de signos, que en un primer momento no sabemos descifrar”.

—Vamos a entrar en Cojutepeque, la cárcel de la Mara 18 –dice De la Serna ante una de las cámaras, repitiendo una vez más el error de llamar “Mara 18” a una agrupación delictiva cuyo nombre es Barrio 18, pandilla 18, Eighteen Street gang o simplemente la 18, pero nunca Mara 18–. Hace bastante calor y el olor es un poco... fuerte.
Voz en off de De la Serna: “Todos se deben a la Mara. Huyendo de la guerra, sus familias se instalaron en Los Ángeles. Y ellos, marginados y rechazados, encontraron allí otra guerra: la de la calle. Estados Unidos acabó deportándoles. Así... se extendió el terror... de las bandas callejeras”.
El listado de imprecisiones, falsedades y lugares comunes es interminable.
Voz en off de De la Serna: “Lo increíble es que es un español el que propicia desde la cárcel una tregua histórica. Aun a riesgo de su vida, este cura de Ciudad Real actúa de mediador entre las bandas callejeras más peligrosas del mundo”.

Dice: es un español el que propicia desde la cárcel una tregua histórica.

Se está refiriendo al padre Toño, quien durante el primer año fue uno de los más agresivos detractores de la tregua, iniciativa que calificó en repetidas ocasiones como “paz mafiosa”, pero que repentinamente giró 180 grados y en marzo de 2013 se convirtió en un defensor del proceso, tras el asesinato de Giovanni Morales (a) Destino, un activo de la Guanacos Locos de la Mara Salvatrucha que trabajaba para el Servicio Social Pasionista, la oenegé que el sacerdote español dirige.

Cuando hablan sobre la comida que les dan, un reo hace la gracia de decir que Aliprac, la empresa privada que suministra los alimentos a todos los privados de libertad en El Salvador, significa “Alimentos Pura Caca”, y De la Serna complementa en off que es propiedad “de la mujer del presidente de El Salvador, recibe 20 millones de dólares al año por alimentar a los presos”. Difama a Vanda Pignato, la esposa del presidente Mauricio Funes que nada tiene que ver con Aliprac, y tan ancho.

Voz en off de De la Serna: “Nos aventuramos a entrar hasta el fondo. El español (padre Toño) no duda. Quiere que lo grabemos todo. Que enseñemos al mundo lo que él considera una bomba de relojería”.

—No hay un solo espacio. No hay un solo hueco –dice ante cámaras De la Serna–. Esto está absolutamente atestado. Viven en unas condiciones absolutamente infrahumanas. Y es un olor muy fuerte. Es un olor como a azufre...
—(El Salvador) casi es un Estado mafioso –dice el padre Toño–. Cómo tratan a estas personas y cómo tratan a los privados de libertad. Esto es una de las violencias más grandes que hay...

Voz en off de De la Serna: “Resulta difícil creer que aquí un pandillero tiene alguna posibilidad de rehabilitarse”.

—Yo personalmente no tengo palabras –dice el padre Toño–. Estoy con ganas... hasta de llorar.

El programa da para mucho. Se muestran gravísimas violaciones de derechos humanos por parte del Estado salvadoreño, pero también carencias que están solo en el ojo de un europeo acomodado que evidentemente no se ha documentado sobre la realidad salvadoreña, como cuando ve unos guineos majonchos sancochados y, por no saber qué son, cree que son plátanos podridos.

—Vemos que esta persona que se está lavando los dientes no tiene un lavabo en el que lavarse –dice ante cámaras De la Serna en otro momento–, sino que coge agua de este pilón.
El programa apenas lleva veinte minutos. Falta ver una boda múltiple de pandilleros en el penal, una seudoentrevista con el Viejo Linx en la que el veterano pandillero termina mofándose del desconocimiento manifiesto de De la Serna, y sendas visitas complementarias al penal de San Vicente y al de mujeres de Ilopango. Pero el tono no variará.

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Un viajero incansable llamado Ryszard Kapuściński, periodista él, alguna vez dijo: “Intentar conocer otras civilizaciones y culturas con una visita de tres días o de una semana no sirve para nada”. La frase parece pensada para describir este producto televisivo llamado Encarcelados. Aunque quizá sea precisamente esto lo que los involucrados quieren. Para laSexta, los datos confirmarán mañana que de toda su parrilla este ha sido su segundo programa con mejor audiencia; más de un millón sescientos mil espectadores. El intrépido De la Serna será premiado en las redes sociales con piropos y aplausos a su valentía. El padre Toño obtiene valiosos minutos en primetime en su país natal, que le permitirán seguir siendo un referente a la hora de pedir fondos para su oenegé. Incluso los pandilleros logran ventilar a escala internacional sus demandas.

Pierde El Salvador, claro, que proyecta una imagen de tercermundismo y de republicabananera que costará neutralizar.

Y pierde el periodismo –el rigor, la ética–, pero... ¿a alguien le importa ya todo eso?

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Para sacar sus propias conclusiones, puede ver el programa sobre El Salvador de Encarcelados en este enlace.

(Vitoria-Gasteiz, Euskadi. Noviembre de 2013)




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(Este texto se publicó primero el 8 de noviembre de 2013, como bitácora de la Sala Negra de El Faro, también bajo el título 'Encarcelados visitas las cárceles salvadoreñas`)

miércoles, 21 de agosto de 2013

Un gin-tonic en Ibiza para digerir la crisis


He vivido más de 11 años en El Salvador, un pequeño país centroamericano que ocupa el puesto 107 en el Índice de Desarrollo Humano que cada año elabora el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD); hay pues 106 países con mayor “desarrollo humano” que El Salvador (entre ellos España, obvio, que ocupa el puesto 23), pero también hay 79 en los que ‒en un análisis estrictamente estadístico‒ el “desarrollo humano” es inferior al que disfrutan-sufren los salvadoreños. 

El Gobierno elabora cada año la llamada Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples. La más reciente se presentó en mayo, y comparto aquí algunos datos, para dimensionar qué supone eso de ser el 107 del listado del PNUD: 17% de casas sin energía eléctrica; 24% sin servicio de agua por cañería; 64% de la población menor de 30 años; 12% de analfabetismo entre los mayores de 10 años, con una proporción de dos mujeres analfabetas por cada hombre; 4 años de escolaridad promedio entre los hombres del área rural y 3 años entre las mujeres; 37% de la población económicamente activa desempleada o subempleada; 191,000 niños trabajan en un país de poco más de 6 millones de habitantes; un salario de $507 dólares (€384) al mes, el promedio nacional, porque para quienes se desviven en la agricultura y en la ganadería el salario mensual es de $137 (€104), en un país en el que comprar en el supermercado un litro de leche cuesta $1.40 (€1.06), y una lata de cerveza nacional, $0.70 (€0.53). 

El 34% de los salvadoreños vive en condición de pobreza, pero pobreza de verdad, no la que se deduce de los informes que los europeos crean para medir el mayor o menor poder adquisitivo de los europeos. 

Decía que he vivido más de 11 años en un país en crisis perpetua, pero en todo ese tiempo no escuché tantos lamentos como los escuchados en los seis meses que llevo en Vitoria-Gasteiz, en Europa. Claro, la mayoría son lamentos que se dicen entre pintxo y pintxo, entre un crianza y otro, en terracitas, lamentos que se redactan desde un Mac, se escriben en tabletas o se ven por pantallaplana. Son lamentos primermundistas por una crisis primermundista, como si afuera no hubiera nadie más, como si al sur del Mediterráneo solo existiera la nada, como si Finisterre en verdad fuera el fin de la tierra. 

El pasado 24 de julio, cuando acompañé a mi esposa a las oficinas centrales de Lanbide (el INEM vasco, una de las muchas tetas del Estado de bienestar) en Vitoria-Gasteiz, las ubicadas junto al Hospital de Txagorritxu, en la puerta de entrada se encontraron dos amigos, de unos 25 años ambos, de camisas veraniegas de tirantes y con tatuajes de motivos tribales en sus musculosos brazos. Se saludaron efusivamente, se dijeron que venían a renovar los salarios que el Estado les da por estar desempleados, y remataron con una corta conversación, más o menos esta: 

—Te ves bien moreno... ‒uno al otro.
—Y lo que me falta ‒le respondió, una risa velada sobre cada una de las sílabas‒. La semana que viene me voy a Ibiza con unos colegas. 

Dos jóvenes parados que con sus ayudas estatales por desempleo se escapan de vacaciones a Ibiza, la isla turística por excelencia de todo el mar Mediterráneo, donde cada gin-tonic cuesta ¿8 euros, 10? Seguramente más. 

Es evidente que hay crisis en las españas, una profunda crisis de valores. 

 
Fotografía: internet

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(Este texto se publicó primero el 9 de agosto de 2013 en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, también bajo el título "Un gin-tonic en Ibiza para digerir la crisis")

lunes, 27 de mayo de 2013

Pottokak


Un sábado cualquiera uno baja el monte Gorbeia, y en las faldas se encuentra con una caballada de pottokak, la raza autóctona de caballos de Euskadi. No es el pie de Armstrong en la Luna, pero no se ve todos los días algo así. Son de corta estatura, oscuros, de largas crines y colas y musculosos. Hay unos 10, incluidos tres potros. Uno infiere que están habituados al ser humano porque, lejos de asustarse, se acercan con curiosidad, como si pidieran la fotografía. Se detienen para comer hierba, observan, escrutan y siguen su caminar hacia un sendero empinado. Nadie los guía. Parece que saben lo que hacen.

Fotografía. Roberto Valencia

miércoles, 3 de abril de 2013

Pequeñeces que engrandecen el Pulgarcito


Llevo más de dos meses alejado de El Salvador, un tiempo razonable para que mi libreta se haya salpicado lo suficiente de ideas que simbolizan el contraste entre mi tierra de origen (Euskadi) y mi tierra de adopción. Les comparto un ramillete de pequeños shocks culturales.

1.- En Euskadi casi nadie da los buenos días-tardes-noches cuando entra a algún lugar público y cerrado: una panadería, un bar, una oficina gubernamental... Cuando lo hago, siento que me miran raro.

2.- En la ciudad en la que nací y ahora temporalmente resido (llamada Vitoria-Gasteiz, como el polideportivo de Nejapa) el invierno sí es invierno. Entre diciembre y marzo nieva mucho, y la temperatura se ubica con frecuencia por debajo de los 0ºC. Ver la ciudad con el manto blanco tiene su encanto, claro, pero el frío conlleva el inevitable inconveniente del exceso de ropa. Y resulta tedioso poner los guantes en las manitas de mi hija Alejandra, llevar sí o sí suéter o bata en casa, o los terroríficos segundos después de la ducha caliente.

3. Ver programas de televisión en español de España es, siendo benevolentes, curioso. Los ‘oye, tío’ y los ‘joder’ de los personajes de The Walking Dead devienen insufribles, y sienta peor que una bofetada que llamen Crustáceo Crujiente al Crustáceo Cascarudo. De un día para otro Homero pasó a ser Homer, Rico McPato es ahora Tío Gilito, Tribilín se ha convertido en Goofy, y a la Rana René la llaman Rana Gustavo.

4. No son pocos los que a este lado del Atlántico han oído hablar de las maras, pero en el fondo aquí nadie sabe nada sobre pandillas ni sobre pandilleros (en honor a la verdad, en El Salvador abundan también este tipo de ignorantes, con el agravante de la cercanía). Una amiga ha bautizado a su hija con ese nombre: Mara. ¿Alguien lo haría hoy en El Salvador?

5. Quizá dos meses no sean tiempo suficiente para dar validez a esta sensación-generalización, pero igualmente la comparto: siento que en El Salvador los niños (me refiero a los niños y niñas de entre 3 y 10 años) son más respetuosos, más vivos, que están más centraditos. Me atrevo a interpretar que el sobreproteccionismo parental y el excesivo laissez faire, unido a las comodidades que rodean a la niñez vasca y española, están moldeando una generación… digamos… extraña.

Y después de este mi desahogo, ¿algún otro salvadoreño exiliado se animaría a comentar sus experiencias fuera del Pulgarcito? 

 
Caricatura: Alecus

martes, 26 de marzo de 2013

Urederra


Urederra es río. El nombre es vasco. ‘Ur’ significa agua, y ‘Eder’ significa bello, hermoso, pero también abundante, enorme. En una traducción libre, se podría llamar río Aguabella o río Aguahermosa o río Aguabuena o río Aguascaudalosas, pero a mí me suena mucho más sonoro –y bello– río Urederra. Lo que se ve en la fotografía es el nacimiento, ubicado al pie de la sierra de Urbasa, en Navarra, en Euskal Herria. Esta imagen está tomada apenas 150 metros después del nacedero, y el caudal luce ya vigoroso, recio, ederra. Aquí las aguas enfilan rumbo a un pueblito llamado Bakedano, llegarán al río Ega poco más abajo, luego al río Ebro y 400 kilómetros más luego, al mar Mediterráneo, ya no tan bellas, maltratadas –como casi todo– por el paso del tiempo. 

Fotografía. Roberto Valencia

martes, 26 de febrero de 2013

El Salvador bajo nieve


Nieva sobre Vitoria-Gasteiz desde hace tres días. Justo ahora lo hace con inusitada fuerza. Basta girar la cabeza a la derecha, mirar por la ventana y ver los copos, ver el manto blanco que cubre carros, aceras, sombrillas, almas.

La cabeza –la mirada– regresa al frente, y veo junto a la pantalla mi banderita de El Salvador, veo mis apuntes, guacho mi Facebook que supura salvadoreñidad, igual me duele cuando pienso en la bazofia de candidatos presidenciales, chateo o skypeo y el acento salvadoreño sigue estando presente, oigo las mil y una entrevistas que para mi libro pacientemente levanto con pandilleros, comisionados, madres, jueces… guanacos todos pues.

—¿Te sientes en casa o lejos de tu hogar? –me preguntaba hace unos minutos una compañera de mis años universitarios, vasca ella (vasca por ser oriunda del País Vasco, no por lo otro).
—Como sigo trabajando sobre allá –he improvisado–, aún no he tenido tiempo de echar de menos aquello.

Son seis semanas ya lejos de El Salvador, pero aún no te echo en falta como creía, quizá porque nunca te has ido.

Giro de nuevo la cabeza y miro por la ventana. Sigue nevando afuera. 

Fotografía: Roberto Valencia

jueves, 21 de febrero de 2013

Usted, europeo, es un privilegiado (y yo también)


Creo que no haré muchos amigos con este artículo, pero quizá de eso se trata. 

Esta semana cayó sobre Vitoria-Gasteiz, la capital del País Vasco, una nevada como Dios manda, diría un creyente. Han pasado cinco días ya, y aún se ven montículos blancos desperdigados en las aceras, en los parques. Esta es la ciudad en la que nací, pero los últimos 11 años los he vivido en El Salvador, donde la nieve es quimera, y he de confesar que esta nevada me excitó. La disfruté tanto, entre otras cosas, porque veía cuajar la nieve desde la ventana de la vivienda de mi madre, una gran mujer que vive con una pensión de viudedad de 600 euros mensuales, unos 800 dólares. Me acordé de San Salvador, donde raro es que el termómetro baje de los 18ºC en cualquier época del año, y divagué sobre el desastre humanitario que supondría que nevara en Centroamérica, una de las regiones más pobres, desiguales y violentas del mundo. Un lugar en el que la miseria te entra por los ojos y por las narices.

Comparto estos pensamientos como preámbulo para hablar tantito sobre la pobreza, una palabra densa, pero que me late y que es de esas que, de tanto mangonearse, se ha devaluado, ha terminado por no decir nada, o muy poco. ¿Qué es ser pobre? De lo escrito en el párrafo anterior un lector madrileño habrá pensado que mi pobre madre las pasará canutas con la pensión mínima; y un lector salvadoreño promedio habrá creído que qué afortunada por el simple hecho de tener pensión y por ganar, sin mover un dedo, lo mismo que ganan cuatro obreras de una fábrica textil en El Salvador.

Por más que se hable de umbrales y de líneas de pobreza, la pobreza es ofensivamente relativa.

Desde la última vez que estuve a este lado del Atlántico, hace más de dos años, se ha generalizado el uso de palabras como desahucio, exclusión, desigualdad, recortes, pobreza. Nadie va a discutir que hay más personas en paro o que se ha reducido el poder adquisitivo, pero de ahí a querer venderse como un pueblo que está sufriendo un genocidio financiero –como claman algunos, sin percatarse de la estupidez– hay un trecho.

Son tiempos de crisis, sí, pero resulta incómodo escuchar algunos lamentos interminables de españoles-vascos-catalanes, no por faltos de razón, sino por desubicados y hasta ofensivos si se toma como marco la humanidad en su conjunto. No callar ante los recortes o ante los banqueros políticos oligarcas está bien, siempre lo estará, pero creo que la mayoría se queja desde la ignorancia. A veces suena como si los europeos –y los gringos, los primermundistas en general, también los primermundistas que viven en los países tercermundistas– fueran merecedores de una versión de la Declaración Universal de los Derechos Humanos con más derechos.

La doble vara de medir, que toleremos distintos grados de pobreza en función del pasaporte, está incluso institucionalizada. Para Europa hay pobres europeos y pobres de verdad. Con la que está cayendo más allá del Mediterráneo, con cientos de millones de personas que literalmente no tienen garantizados el agua potable o los tres tiempos de comida, Bruselas tiene su propia escala para medir la pobreza, en la que no tener carro o lavadora, o no poder pagarse al menos una semana de vacaciones al año son ítems que indican Privación Material Severa (PMV). Así, claro, surgen pobres hasta de debajo de las piedras.

Esto es una generalización –y una provocación–: en las Españas, por fortuna, no se conoce la pobreza, la Pobreza de verdad, la míseramiseria, por más que algunos se esfuercen por identificarla en cada esquina. Y doy un paso más: las personas y familias que sí conocen la Pobreza, que seguro que las hay, son aquellas cuyos lamentos menos se escuchan.

Quizá por eso, cuando uno ha visto y olido la míseramiseria, la de verdad, la de allá abajo, resulta incómodo escuchar que son inaceptables menos de €30.000 anuales si se tienen doscarrerastresmaster. Resulta incómodo oír día y noche pestes sobre unos sistemas públicos de salud y educación que son más dignos que el sistema privado salvadoreño. Resulta incómodo leer a una colega desahuciada que ejemplifica el súmmun de la pobreza con no tener para pagar el recibo del gas un mes. Resulta incómodo que las discusiones sobre lo mal que estamos se den mientras se brinda con cubatas a 7 euros. Y, quizá lo más desconcertante de todo, resulta incómodo saberse parte de toda esa vorágine, aquí y allá.

Porque el vivir desubicado no es un cuestión de pasaportes. Y va otra generalización: en El Salvador hay también un sector de la sociedad –los que convivimos con facebook, pizzahut, stabucks, ronzacapas, americanairlines– al que poco o nada nos importan los que sufren la míseramiseria, con el agravante de que vivimos rodeados por ella. La podemos oler.

En cierta medida creo que me resulta incómodo saberme parte de los privilegiados, y solo me consuela parcialmente la idea de que este oficio me ha permitido estar consciente. Porque cuando uno habla hoy día con españoles-vascos-catalanes sobre la crisis primermundista que atraviesa el país, rápido se da cuenta de que son pocos los que siquiera sospechan lo que pasa ahí abajo.

¿Y este estúpido qué dice? ¿Y este de qué va?, estará pensando ya más de uno. Lo que quiere es legitimar el desmantelamiento del Estado de bienestar… Este está dando la razón al bancomundial efeemeí políticosdemierda banquerosdemierda, a los que provocaron esta crisis…

Nada que ver, al contrario, pero si usted piensa eso, es absurdo que trate de convercerle. De hecho, no estoy tratando de convencer a nadie de nada. Estos párrafos tediosos son poco más que un desahogo, un intento por explicitar una obviedad: que usted y yo, por el simple hecho de estar interactuando a través de una computadora, estamos en el bando de los privilegiados de la humanidad. Y si usted cree que está mal, solo intente imaginar cómo estarán los que realmente lo están. 

Imagen: internet

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(Este texto se publicó primero en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, también bajo el título "Usted es un privilegiado")

miércoles, 13 de febrero de 2013

Alejandra, la edodita


En estos días de febrero estoy lejos de San Salvador. Trabajo desde Vitoria-Gasteiz, la capital de Euskadi, con dos quehaceres básicos: adecentar y pegar cables internacionales y levantar como loco docenas de largas y profundas entrevistas para el proyecto que absorberá buena parte de este 2013. Justo acabo de subir a El Faro una nota sobre Obama, cuando mi hija Alejandra entra en la sala con su paquetito de plumones y un cuaderno, y empieza a pintar con esmero uno de los dibujos de Miquimau.

Al poco, el ratón universal luce todo garabateado.

—Qué bonito te está quedando –le digo con satisfacción al comprobar que los colores apenas se han salido del dibujo. Alejandra tiene apenas tres años y un mes.
—Sí, papi, ya soy grande. Ya soy periodista (edodita), y yo también estoy trabajando, Mirá, papi –y me muestra orgullosa el colorido Miquimau.
—¿Qué has dicho, que querés ser periodista?
—Sí, papi, cuando sea grande, yo quiero ser edodita. Y trabajar.

Me he sentido tan bien que me he levantado para dar un abrazo a Iris –que había escuchado todo desde el pasillo y me esperaba con una sonrisa cómplice–, y he tenido la necesidad imperiosa de escribir estas frases para el blog.

Fotografía: Roberto Valencia

miércoles, 30 de enero de 2013

Una maleta con Alma


Más de dos años sin verte pero seguís igual, Euskadi, irrepetible. Hoy me has recibido gris y húmeda, como casi siempre desde que te abandoné allá por 2001. Me recibís triste y encantadora, como solo vos sabés serlo. Sos todo lo contrario a mi país –a mi otro país–, El Salvador, un terruño intenso y agridulce y desgarrador y sofocante. Ustedes dos son tan complementarios, tan diferentes… Hace 24 horas eran 32 ºC, y ahora, mediodía, sobre la autopista que une Bilbao y Vitoria-Gasteiz la pantallita digital del carro me susurra que afuera hay 7 ºC.

Justo en este momento, a 110 por hora sobre robledos y baserris, he caído en la cuenta de lo delicada de la situación: en las maletas que no han llegado a Bilbao viajaba un lote de libros queridos. Hace una media hora, cuando me dijeron que nuestro equipaje se había extraviado –nuestro: hija, esposa, yo–, no le di más importancia que la necesaria, pero ahora estoy pensando en el serio revés que sufriría mi pequeña biblioteca trasatlántica de crónica esecialmente latinoamericana.

Dentro de la gran maleta roja iban Alma Guillermoprieto (Desde el país de nunca jamás yLa Habana en un espejo), Óscar Martínez (Los migrantes que no importan), Álex Ayala Ugarte (Los mercaderes del Che), Truman Capote (A sangre fría), Cristian Alarcón (Cuando me muera quiero que me toquen rumba y Si me querés, quereme transa), Martín Caparrós (Entre dientes), Sergio Carreras (Los niños del hielo), Pedro Juan Gutiérrez (Nada que hacer), Gabo (Noticia de un secuestro, Relato de un náufrago y Doce cuentos peregrinos, que no es crónica pero como si lo fuera), José Alejandro Castaño (Zoológico Colombia), Ryszard Kapuściński (Los cínicos no sirven para este oficio) y un puñado de recopilaciones meritorias (Antología de crónica latinoamericana actual, Bestiario del poder, Crónicas SOHO y Jonathan no tiene tatuajes). Y por supuesto, iba también la gran Leila Guerriero ( Frutos extraños y Los suicidas del fin del mundo).

Los detalles los contaré otro día en otra entrada, dentro de no mucho, pero fue Leila quien me inculcó en agosto de 2007 la pasión por la crónica, pasión que me ha convertido en un devorador de este género. Lo que más leo, con diferencia, es crónica de largo aliento. Escribo crónica –o esa es la aspiración. Vivo crónica.

Por eso justo en este momento, al dimensionar la pérdida después del subidón por el rencuentro con mi madre y mi hermano mayor, es cuando he comenzado a preocuparme. Pasaré en esta ocasión una temporada larga en Euskadi y creí necesario que algunos libros viajaran. Son, como decía, libros queridos, de los que consulto y releo con frecuencia, y en su mayoría firmados y dedicados por sus autores. Iban también algunas obras de ficción, pero es la pérdida de los de crónica la que ahora me azora.

Por fortuna, todo terminará relativamente bien.

El viernes –hoy es miércoles– las tres maletas extraviadas llegarán a casa. La roja y grande, la que cargaba casi todos los libros, me la entregarán abierta, con una tarjeta dizque explicativa de la TSA gringa (la Administración para la Seguridad en el Transporte, una entidad que se arroga el derecho de abrirte el equipaje cuando y como les dé la gana) y golpeada como un pulpo antes de sancocharlo. Al meterla en la casa, se le desprenderá una rueda.

—Así me la dieron –me dirá el hombre con cara de circunstancias–, pero ahí le dejo unos teléfonos para reclamar. Llame, casi seguro que le darán otra maleta.

No lo haré. No merecerá la pena. Lo verdaderamente importante estará de regreso.

Fotografía: internet
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(Este texto se publicó primero en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, también bajo el título "Una maleta con Alma")

viernes, 9 de marzo de 2012

La Campanera en la Cadena SER

Hace algunas semanas escribí algo sobre la inclusión de tres crónicas salvadoreñas en el libro Antología de la crónica latinoamericana actual, publicado en Madrid por la Editorial Alfaguara. Uno de esos relatos es Vivir en La Campanera, una crónica reporteada y escrita hace casi dos años (antes de que naciera la Sala Negra de El Faro), que aspiraba a retratar cómo se vive en un lugar tan estigmatizado como el reparto La Campanera, en Soyapango, pero centrada en los habitantes de la colonia, tantas veces víctimas de las violencias ajenas -pandilleros, obvio, pero también policías, soldados...- y de las propias.

La semana pasada un colega llamado Iker Armentia me llamó desde la capital de Euskadi, desde una radio llamada Cadena SER, para entrevistarme. Esa plática fue la base para este reportaje sobre algo en apariencia excepcional: que un periodista vasco haya sido elegido dentro de una antología de latinoamericanos. Hablamos sobre el libro, sobre La Campanera, sobre la violencia que afecta a El Salvador y hasta sobre Marcelo Bielsa, el genial entrenador argentino que hoy está revolucionando el Athletic Bilbao. Si a alguien le interesa, acá se puede escuchar parte de la plática...



PD. No deja de ser una sensación extraña que a uno lo llamen desde Euskadi para preguntarle por una historia salvadoreñísima, como las pupusas, pero que al mismo tiempo ningún medio local haya mostrado interés alguno por la inclusión de este o los otros dos relatos -ambos Made in El Salvador- en una antología apadrinada por la Editorial Alfaguara. Si es cierto aquello de que nadie es profeta en su tierra, no hay duda de que mi tierra ya es El Salvador.

viernes, 7 de enero de 2011

La gasolinera

A simple vista, es una gasolinera más: seis bombas con sus mangueras y sus colores para diferenciar los combustibles. A un costado, la tienda mil-usos donde se puede comprar desde un café o una soda hasta preservativos. Es esta una fría mañana de diciembre, y en este momento nadie compra ni nadie reposta. Solo se ve, enfundado en un llamativo overall, a un empleado con poco pelo. Parqueo el carro pegado a una de las bombas, salgo, miro al interior de la tienda y, al ver que no hay nadie, subo la voz para que el empleado me oiga.

—¿Cómo funciona esto? ¿Dónde se paga?
—Sírvete y luego pagas adentro.

Fuleo el tanque y entro a pagar. Me he servido sin antes entregar documentos ni pagar ni un peso. El mismo empleado, que ahora compruebo que ronda los 30 pese a la calvicie, está ya adentro. Cancelo y me retiro.

Todo encaja, pienso: Petronor y no Texaco o Shell, me he servido litros en vez de galones, he pagado en euros, el frío que hace es inconcebible para el Trópico, como la alopecia casi juvenil del empleado, y, sobre todo, la confianza -repito: la confianza- como la piedra angular de las relaciones entre iguales. Definitivamente, no estoy en El Salvador.


Fotografía: internet

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