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sábado, 29 de junio de 2013

Chinear a un hijo de 11 años hasta la puerta del hospital


A inicios de octubre de 2012, a Gabriel, un muchacho de once años recién cumplidos que vive en una comunidad de la populosa colonia Zacamil, le dio dengue. Que en un país tropical –El Salvador– alguien padezca una enfermedad tropical no parece ser un hecho lo suficientemente poderoso como para que termine siendo, nueve meses después, la materia prima de la entrada de un blog que se edita en un país primermundista, por más que ese blog se llame Bajomundo. Si el dengue de Gabriel se ha agenciado este primer párrafo es por su madre. Después entenderán.

A Gabriel le dieron fiebres altas, se le fue el apetito y tuvo molestos dolores en las articulaciones, lo habitual en un dengue de la variedad clásica, la menos grave. La madre, en sintonía con el hecho de vivir en extrema pobreza, confió en que su hijo se repondría con unos días en cama y con la toma constante de líquidos. Pero no fue así, y la aflicción llegó cuando el debilitamiento de Gabriel fue tal que ni siquiera podía ponerse de pie.

  —Estaba despierto, pero bien decaído, y se le dormía todo el cuerpo –me dijo.
 
Cuarentona, la madre de Gabriel es madre soltera, como miles de madres en El Salvador, y tiene dos hijos más: Karina, que entonces tenía 17 años; y Gustavo, un pandillero de 24 que está preso en la cárcel de Ciudad Barrios. Por las mañanas ella vende chucherías en un improvisado puesto en la puerta de un colegio privado ubicado en el barrio San Jacinto de San Salvador, y esa es la principal fuente de ingresos familiar. En un mes en el que van bien la cosas, entre la venta y lo que logra rascar aquí y allá en ese hogar entran unos 140-160 dólares, sin aguinaldos ni seguridad social ni plan de pensiones, y en un país en el que en el súper un litro de leche cuesta $1.25; un kilo de cebollas, $1.30; un kilo de arroz, $1.20; y un kilo de pollo, $2.20.
 
El día en el que se complicó el estado de salud de Gabriel, madre no tenía en la bolsa ni siquiera tres dólares para convencer a un taxista de que los acercara a la puerta del Hospital Nacional Zacamil, situado a unos 500 metros de donde viven.
 
—Y viera cómo estaba, como que era pollo le agarró.
 
Afligida, la madre tomó a Gabriel en brazos –reitero: once años, no es muy alto y está delgado, pero once años– y lo llevó chineado hasta el hospital.
 
—Puro bebé lo llevé. Y al regresar mi mamá me preguntó: ¿hasta dónde lo aguantaste chineado? Ay, no me preguntés hasta dónde, lo importante es que lo llevé, le dije yo.
—¿Y hasta dónde lo aguantó? –pregunté yo también, picado por la curiosidad.
—Hasta la subida del hospital (para más inri, el hospital está en alto). Ahí lo tuve que bajar, descansé y luego lo cargué otra vez. Gabriel es pechito, pero pesa…
 
Reconstruyo en mi mente la imagen de la madre con Gabriel en brazos subiendo la cuesta del Hospital Zacamil, y me cuesta imaginar otra escena tan dura pero que a la vez condense tan bien dos ideas: lo que significa y supone la extrema pobreza, y el amor de una madre hacia su hijo.
 
Esta madre es la protagonista de ‘Yo madre’, la más reciente crónica de largo aliento que he publicado en la Sala Negra de El Faro. Invertí trece meses de reporteo para intentar conocerla a ella y, a través de ella, para intentar conocer siquiera tantito el mundo de la pobreza y la exclusión –el caldo de cultivo idóneo para la proliferación de las maras– en el que viven cientos de miles de salvadoreños y miles de millones de seres humanos en todo el planeta, un bajomundo de carencias y sufrimientos infinitos, pero en el que uno encuentra también una dignidad, una decencia y un entusiasmo por la vida que cuesta identificar entre los privilegiados de la humanidad que, por más que nos guste victimizarnos y quejarnos en Facebook y Twitter, somos todos aquellos que tenemos agua potable, electricidad, techo, ropa, internet y tres tiempos de comida garantizados.
 
Gabriel se recuperó del dengue. Todo quedó en un susto.
 
En lo estrictamente periodístico, la poderosa escena de la madre con su hijo enfermo en brazos camino al hospital ni siquiera la incluí en la crónica, a pesar de que es un relato que supera las 7,000 palabras. Es otra de las ventajas de apasionarse con una historia y un personaje; por lo general, uno termina con cientos de poderosas escenas entre las que poder elegir las que integrarán la crónica.
 
Quizá alguien haya llegado hasta aquí y se anime a conocer a Madre y su mundo >>> Yo madre.

Fotografía: internet
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(Este texto se publicó primero el 18 de junio de 2013 en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, también bajo el título "Chinear a un hijo de 11 años hasta la puerta del hospital")

miércoles, 26 de junio de 2013

Un Estado que mete el dedo en el culo a sus madres


Madre sospecha que se convirtió en madre de un pandillero en la segunda mitad de 2006. Pudo haber sido distinto, pero no.

Abran… ¿De verdad es la Policía? Que aaaaaabran… Una madrugada la Policía se presentó en casa con orden judicial. Gustavo estaba ya encarcelado. Madre abrió la puerta antes de que se la botaran. Gritaron que buscaban armas y drogas. En la casa solo estaban Madre, su anciana madre y sus dos hijos. Se fueron sin nada, dejaron la angustia. Gabriel estuvo todo el cateo temblando y lloriqueando, agazapado ante la horda de uniformados malencarados y armados.

No solo eso. Como su secreto lo conocen contadas personas, a Madre le toca escuchar de todo en silencio. Que si los pandilleros –Gustavo– no tienen hígado, que si son desalmados, que si no tienen corazón, que ojalá un incendio los carbonice a todos. Un hermanastro que sí sabe le dice que lo deseche, que un hijo así no merece sacrificios.

No solo eso. Está la tortura hecha política de Estado en las cárceles.

―Ahora lo de los registros se ha calmado un poco, pero con los soldados era bien feo. Siempre nos desnudaban por completo. Dos veces me metieron el dedo, así como cuando te hacen la citología…

Uno imagina a su propia madre que, por algo tan razonable como visitar a un hijo, alguien le pide desnudarse, abrirse de piernas, le mete el dedo envuelto látex en su vagina o en su recto, y lo gira bruscamente para hallar chips, celulares, marihuana.

—Tuvieron un tiempo a una soldada que se la pasaba diciendo: “Todavía falta el montón de viejas putas”. Ella nos metía el dedo, y gracias a Dios que nunca me puso chulona a hacer flexiones. Una señora entró un día que ni caminar podía por las flexiones. Y otra vez, a una señora mayor le querían meter el dedo y dijo que padecía del colon. Pues no entre, le dijeron, y no pudo ver a su hijo.

El Salvador es un país que ha naturalizado las violaciones de los derechos humanos, que las ha institucionalizado. Un Estado que mete el dedo en el culo a sus madres. 


Fotografía: Roberto Valencia
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(Este es un fragmento de una larga crónica publicada el 17 de junio de 2013 en la Sala Negra de El Faro, bajo el título de 'Yo madre')


sábado, 5 de enero de 2013

La maté porque era mía


Karla era joven y bella, la más guapa y exuberante del pasaje. “Bien bonita era”, me repitió varias veces la mujer que me contó cómo la asesinaron, una vecina 20 años mayor con la que entabló cierto grado de amistad. Las dos vivían a pocos metros de distancia, en una comunidad empobrecida del municipio de Mejicanos cuyo nombre conviene olvidar, un sitio marcado por la agresiva presencia de pandilleros. Karla, como tantas otras en lugares así, no tuvo adolescencia. Saltó de niña a mujer, con todas sus consecuencias. Codiciada, ella se dejó querer y terminó siendo la haina de uno de los pandilleros pesados de la clica, él una década más viejo que ella. No tardó en embarazarse. Con 16 años ya chineaba a una niña.

Hollywood lleva décadas vendiéndonos que a las adolescentes les gustan los chicos malos. Quizá sea algo universal, y hasta puede que tenga su explicación psicológica, pero en las comunidades controladas por pandillas esa atracción es un hecho: un significativo porcentaje de las jovencitas ve al pandillero como un buen partido. En los años que he pasado intentando comprender el fenómeno de las maras, varios pandilleros de edades diversas me dijeron que ese éxito con el sexo opuesto fue uno de los alicientes para, con 10, 12 o 14 años, arrimarse al mundo de las pandillas.

Poco importa que ser pandillero aquí sea mucho más complicado que ser un chico malo hollywoodiense. Un pandillero salvadoreño tiene que asesinar violar robar traficar verguear extorsionar mutilar, aunque supongo que habrá alguna excepción. Y los medios de comunicación no hacen sino amplificar esas acciones. A quien vive en la franja acomodada de la sociedad (la de Facebook, sirvienta en casa, Pizza Hut y tragos en el Paseo El Carmen) quizá le cueste entender y asimilar esa atracción hacia el marero, pero en el bajomundo son los machos Alfa de sus comunidades.

No es extraño que la guapa y exuberante Karla terminara –por decisión propia– con uno de los palabreros, al que llamaremos Snyper.

En marzo de 2009 Snyper cayó preso. Al principio, Karla comenzó a actuar como se supone que debe hacer una buena haina: cuidaba a la beba, lo visitaba en la cárcel, le llevaba el dinero, el Rinso, los Nike Cortez y todo lo que la clica le hacía llegar a su homeboy… Pero Karla no tardó en cansarse de esa vida y quiso probar otra. Aún no tenía los 18 y, como el embarazo no le pasó factura a su belleza, encontró trabajo fácil en una barra-show.

En los códigos de una pandilla esta decisión puede ser tolerada, pero no el hecho de que por iniciativa propia dejara de visitar a Snyper después de la enésima discusión. “Decía que ya no lo visitaba porque creía que la iban a picar en el mismo penal”, me dijo la mujer. La clica le dio el sobre con dinero una vez, y no llevó la parte del Snyper al penal; se lo dejaron una segunda vez, y ella hizo lo mismo. Ya no llegaron más.

A Karla la balearon en la cabeza a plena luz del día, enfrente de su pequeña hija. Malherida, la cargaron en un pick up de la Policía Nacional Civil (PNC), pero murió sobre la cama, antes de llegar al Hospital Zacamil. En las comunidades controladas por las pandillas se ve, se oye y casi siempre se calla. Casi todos supieron que el Snyper había ordenado la muerte.

“Su caso ni siquiera salió en las noticias”, recuerda la mujer. Sucedió a finales de 2009, un año que promedió 12 asesinatos diarios, y Karla era una joven pobre de una comunidad empobrecida.

El machismo es un valor muy arraigado en la sociedad salvadoreña, acentuado más si cabe en la subcultura pandilleril. Historias como la de Karla no son algo excepcional. No es muy aventurado afirmar que docenas –¿Cientos?– de pandilleros han ordenado la muerte de las madres de sus hijos. Hoy día, incluso en una ruptura amistosa y en el caso de un marero tolerante, una ex que sigue viviendo en la comunidad no puede bajo ningún concepto meterse con otro pandillero ni con un policía ni con un soldado ni con un custodio ni con un civil de la misma colonia. Ya sabe lo que le espera. De alguna manera, la vieja máxima del La maté porque era mía está grabada a fuego en la mentalidad del pandillero.

De ahí la importancia –y hasta la razón de ser– del cuarto punto del comunicado del 12 de julio de 2012, suscrito por las dos principales pandillas (Mara Salvatrucha-13 y Barrio 18) en el contexto de la negociación que mantienen con el Gobierno: “En atención al llamado del señor presidente de la República de cesar todo tipo de violencia contra las mujeres, queremos informar que ya hemos girado instrucciones precisas para contribuir positivamente a ese llamado”.

Hasta el 29 de noviembre, la PNC tenía registradas a 301 mujeres asesinadas, un 48% menos que las 578 del mismo período de 2011. Las jóvenes ahora están muriendo menos –aunque paradójicamente menos muerte ocupa más espacio en diarios y noticieros–, pero cuesta especular cuál habría sido la suerte de Karla si lo que hizo lo hubiera hecho en estos días extraños.

(San Salvador, El Salvador. Enero de 2013)

Fotografía: internet
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(Este relato fue publicado el 2 de enero de 2013 en la sección Bitácora del proyecto de cobertura periodística de la violencia Sala Negra, de elfaro.net)


viernes, 29 de junio de 2012

Machismo institucionalizado


Ayer noche ingresaron a mi pequeña hija Alejandra en el Hospital Zacamil, el ubicado en la colonia homónima de Mejicanos. El diagnóstico: artritis séptica en su rodilla izquierda. Mi esposa pasó la primera noche a su lado, y a primera hora de esta mañana he llegado a relevarla. Para los lectores que nunca han puesto un pie en un hospital público salvadoreño, no está de más explicitar que, salvo en las cuatro horas asignadas para la visita, solo permiten que haya una sola persona junto al menor ingresado. La disposición tiene su lógica: esta habitación del área de Pediatría se construyó para albergar a cuatro pacientes, pero ahora mismo hay siete camas-cunas. En principio estaban las camas 21, 22, 23 y 24, pero se han convertido en 21, 21-B, 22, 22-B, 23, 23-B y 24. Al entrar he contado trece personas. Una niña de unos 9 años pasó la noche sola.

Decía que he llegado a relevar a mi esposa y la desvelada de esta noche me la echaré yo, obvio. Mañana, ella; pasado, yo… y así las cinco noches en las que Alejandra permanecerá ingresada. Durante el día, los papeles se intercambiarán. Padre y madre pues repartiéndose lo más equitativamente posible la responsabilidad del cuido de sus hijos. ¿Estoy contando una obviedad? No tanto en un país como El Salvador.

Aparte de mí, en los cinco días un único padre pasará una única noche con su hijo. Las madres y en menor medida las abuelas son las acompañantes por excelencia de los niños enfermos. Me moverá el piso sobremanera el caso de una joven madre que pasará cinco noches y cinco días prácticamente sin separarse de su hija enferma de dengue hemorrágico. Mañana le darán el alta, y en esta su última noche se dormirá algunas horas, sentada en una silla y con la cabeza sobre la cama de su hija.

—Es que en las otras cuatro noches apenas dormí nada y hoy sí estaba muerta. Hasta la mirada se me iba ya y hasta cosquillas en los dedos sentía… –me dirá mañana, cuando salga el sol.

Como ella, cientos de madres anónimas que merecen un aplauso infinito que nunca nadie les dará.

El Salvador es país machista hasta los tuétanos, y lo que sucede cada noche en las áreas de pediatría de cualquier hospital no es más que la enésima expresión. La hombría guanaca no se relaciona con pasar la noche en vela en un hospital. Para eso están las madres…

Pero en esta mi primera noche en el Zacamil ocurrirá algo más significativo si cabe. Cuando a eso de las 9 me presente para relevar a mi esposa, una joven enfermera estará en la habitación y, al verme, nos preguntará con gesto serio quién de los dos pasará la noche.

—Yo –responderé.
—No, pero eso no está permitido ya –dirá ella–. Hubo una reunión de los jefes hace unos días y se decidió que los hombres no podían quedarse en la noche.
—¿¡!? –mi esposa y yo al unísono.
—Hubo un problemilla y se decidió eso… Pero bueno, él tiene cara de persona tranquila… A ver qué pasa…

Como si el problema de machismo arraigado en la sociedad fuera chiquito, el propio hospital –y por extensión el propio Gobierno– promoviendo la desigualdad de género, pensaré, y así lo anotaré en mi libreta.

Fotografía BB: Roberto Valencia

jueves, 7 de junio de 2012

Un puente y 34 escalones

En mi post anterior comenté, al calor de mi cumpleaños, una de las ventajas que tiene el envejecimiento. Hoy agrego otra, esta vez en un plano estrictamente profesional: cuanto más se ha caminado en esto que Gabo calificó como el oficio más bello del mundo, mayor es el equipaje, y yo soy de esas personas a las que les gusta archivar-clasificar-guardar consciente de que, muchos años después, tiene su encanto mirar atrás y releerse.

Un día de estos, buscando cualquier otra cosa, di con el PDF de un pequeño reportaje publicado el 12 de agosto de 2003, hace casi nueve años. Lo firmamos Mayrene Zamora –compañera entonces en la sección Gran San Salvador, del diario salvadoreño La Prensa Gráfica– y yo, y lleva por título “Un puente y 34 escalones”. Con excepción de los reportajes que hice en 2002 sobre Gustavo Adolfo Parada, (a) El Directo, casi estoy convencido de que se trata del primer material medianamente elaborado que escribí sobre el fenómeno de las maras. Para esa época, aunque ya llevaba año y ficha en este que hoy es mi país, casi todo ese tiempo lo había pasado como editor de los suplementos regionales para las zonas oriental y occidental, primero en El Diario de Hoy y luego en La Prensa Gráfica.

El reportaje, publicado apenas tres semanas después de que el expresidente Francisco Flores se parara frente a un mural de la colonia IVU de San Salvador para lanzar el Plan Mano Dura, es superficial y hasta inocente, pero leerlo casi una década después me deja algunas sensaciones-reflexiones que comentaré más luego, cuando lo hayan leído, a ver si concuerdan conmigo.
Un puente y 34 escalones
Ésa es la distancia que separa dos ciudades, dos colonias... y dos pandillas.

La Divina Providencia de Cuscatancingo y San José de Mejicanos no están unidas sólo por un estrecho puente y por sus nombres de reminiscencias bíblicas. A estas dos colonias también les une el hecho de albergar grupos de mareros que se han “adueñado” del territorio, y que compiten con la pandilla rival por defenderlo. La MS controla en “Cusca”, mientras que la San José está dominada por la M 18.

No son las únicas ni las más peligrosas. Son sólo un ejemplo de lo que a diario se vive en decenas de colonias de Soyapango, San Martín, San Salvador... y representan lo que el Gobierno pretende frenar con el plan Mano Dura puesto en marcha hace ya 20 días.

Los múltiples testimonios recogidos para este reportaje se pueden resumir en tres pinceladas: existe un generalizado apoyo entre los vecinos al plan del presidente; los pandilleros lo rechazan y denuncian persecución policial y los residentes no se sienten amenazados por los mareros de su comunidad.

“Cárcel o cementerio”
Maura Ramírez reside desde hace 25 años en la Divina Providencia y sintetiza el sentir de muchos de sus vecinos: “He visto cómo han ido creciendo estos cipotes; a saber qué se les pasa por la cabeza para que se tatúen... porque saben que lo que les espera es la cárcel o el cementerio, y no piensan en el dolor que causan a sus familias”.

No se trata de una simple opinión. Son incontables los hechos violentos que se han dado en la zona. El último ocurrió el pasado miércoles, cuando los “salvatruchos” bajaron los 34 escalones y el puente para lanzar, a plena luz del día, tres granadas hechizas que hirieron a un anciano, a un menor y a un motorista que pasaba por la zona.

Julio Ramos, de 75 años de edad, recrimina la actitud de la mara Salvatrucha, “a los que les vale que haya niños y ancianos, y tiran grandes piedras y artefactos explosivos”. De sus vecinos no tiene tan mal concepto: “Son mara de pantalla; tengo años de vivir aquí y nunca he oído que hayan matado o robado en las casas”.

Arriba, en la Divina Providencia, los términos se invierten. Alejandro Ruiz, quien defiende la implantación del plan Mano Dura, señala: “Los ves pasar y que andan tatuados, pero, a pesar de que algunos dan miedo por su aspecto, nunca nos han hecho nada”.

¿Y qué dicen los pandilleros? Los dos consultados por LA PRENSA GRÁFICA, cada uno de una mara, aseguran “no meterse con nadie” y culpabilizan a “los otros” de la violencia. En lo que sí están de acuerdo es en denunciar brutalidad policial, “porque si no andas un documento te llevan y te dan duro”.

Distintas versiones para el mismo problema. Domingo Panameño, el septuagenario lesionado en el último hecho violento, concluye con pesimismo: “El plan ha sanado un poquito la situación, pero, si dejan de hacerlo, va a ser peor”.

Muy al estilo de lo que me tocaba escribir en esa época, el relato tenía su nota secundaria, su recuadro de datos y su par de citas, pero no he querido aburrirles tanto. En cuanto a las sensaciones-reflexiones…
  1. Lo primero, consignar lo verde que estaba en estas lides. Cientos de colegas lo siguen haciendo hoy día, pero llamar Mara 18 al Barrio 18 es un pecado capital. En el lugar equivocado y frente a la gente equivocada, un error así puede costarle la vida a uno.  
  2. En esa época, ejercer el periodismo en territorios controlados por las pandillas era mucho más sencillo; recuerdo que, para este reportaje, agarré un par de mañanas mi Daewoo Matiz y me fui solo a la zona, subí y bajé en repetidas ocasiones los 34 escalones, y hablé con quien quise y como quise, incluidos por supuesto los pandilleros. La evolución del fenómeno ha hecho que se pierda esa espontaneidad. Yo sigo llegando a zonas conflictivas (ayer mismo pasé la tarde en la quinta etapa de La Margaritas, en Soyapango), pero ahora uno siente que se la está jugando. Es distinto.  
  3. Las violaciones de los derechos humanos protagonizadas por los agentes de la Policía Nacional Civil parecen ser una actitud enquistada en la corporación desde su mismo nacimiento. Y sigue vigente…   
  4. En las declaraciones de los residentes no hay temor hacia la pandilla; hay perplejidad.  
  5. Hay una frase en apariencia intrascendente que, vista hoy, martillea: “Los residentes no se sienten amenazados por los mareros de su comunidad”. ¿Para qué entonces el manodurismo? El año 2002 cerró con un promedio de 5.9 homicidios diarios. Para 2011 estábamos ya en 12 asesinatos cada día. Creo que textos como este, a pesar de su ingenuidad, sirven para ilustrar lo equivocado que estuvo aplicar el manodurismo cuando se estaba a tiempo de recetar prevención y reinserción.  
  6. Una sociedad tan socialmente anestesiada como la salvadoreña se dejó imponer una receta que resultó peor que la misma enfermedad. Los periodistas nos dejamos engañar y, unos de forma activa y otros por mirar hacia otro lado, nos convertimos en cómplices de quienes llevaron este país al cadalso. Por eso hoy estamos como estamos…. 
 

lunes, 30 de abril de 2012

La carta de Sarai

La carta dice así:
“Seño Iris aquí le mando este papel porque usted me dijo que cuando algo me pasara le dijera.
Hahora en la mañana mi mami me pego con un palo me dejo rojo el brazo y inchado me pego porque me dijo que le sacara una sombrilla en la noche y seme olvido en la mañana me dijo buscamela y la empese a buscar pero no la encontre se enojo y me pego con un palo y me dijo que si en la tarde no la encontraba me iva volver a pegar y no quiero tengo miedo decirle porque otra vez que me pego y yo le grite que le iva a decir a usted me dijo que me iva reventar la boca
Gracia por oirme
Sarai”
Sarai es una niña de 11 años, de extracción muy humilde. Vive con sus hermanitos y su madre en un cuarto de un mesón ubicado en Mejicanos. Cursa sexto grado. Cuando termina las clases, le gusta ir a hacer sus tareas en las instalaciones de una modesta oenegé que destina buena parte de sus esfuerzos a mejorar las condiciones de la niñez.

La “Seño Iris” es una trabajadora social. Es de esas personas que se apasiona con lo que hace, demasiado quizá. No tolera el dolor ajeno, y a pesar de ello trabaja, por decisión propia, en uno de los incontables epicemtros del sufrimiento de la sociedad salvadoreña.

La carta, de alguna manera, representa el día a día para un amplio segmento de la niñez en El Salvador, un país violento como pocos.

Apenas unos días antes de que Sarai escribiera la carta-desahogo para Iris, el representante de Unicef en El Salvador, había dicho esto en una entrevista: “La sociedad salvadoreña debería tener en mayor consideración el impacto que la violencia tiene sobre los niños, porque es muy baja la priorización social que en la actualidad se le da a la niñez en El Salvador”.

Mañana será otro día. Y seguirá habiendo más cartas, aunque nadie las escriba.

(Mejicanos, El Salvador. Abril de 2012)


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(Este relato fue publicado el 27 de abril de 2012 en la sección Bitácora del proyecto de cobertura periodística de la violencia Sala Negra, de elfaro.net)

domingo, 26 de septiembre de 2010

Estrategias de venta (ilusión)

—Buenas, con el debido respeto que se merecen -la voz enérgica-, les deseo que tengan lo que es un buen día. También agradecer al señor motorista la oportunidad que me da de subirme a esta unidad del transporte. Déjenme decirles que yo les traigo lo que es un truco de magia…

El último pasajero en abordar este autobús de la ruta 2-C tiene la cara pintada con colores vivos, las líneas muy bien trazadas. Es un payaso, y se ve que cuanto menos domina el arte del maquillaje. Sabe que su disfraz dejaría de serlo sin esa capa multicolor en su rostro. Viste una camisa con dibujos de dragones en la que predomina un azul muy vivo. Los jeans, azules, sin mayor secreto. Y calza zapatones blancos, pero no lo habituales del gremio, sino unos que son grandes nomás por haber pertenecido quizá a algún jugador de baloncesto. El bus aún no arranca, pero por la hora aún va tranquilo, todos sentados, y el payasito se detiene cerca de la entrada, justo a mi lado.

—Déjeme decirle que yo del bolso de mi pantalón voy a sacar lo que es esta pañoleta roja, la cual yo la voy a extender por completo –y la extiende por completo–. Como ustedes pueden ver, nada de este lado, tampoco de este. Ahora vamos a agarrar lo que son las cuatro puntas de este bolado, las unimos, vamos a cerrarlo con esta punta, de esta otra, esta otra por aquí, esta por aquí, esta por aquí –el payasito hace lo que dice, y el resultado en un gurruño rojo–. Abrimos de aquí, sacudo, soplo, sacudo, soplo, sacudo, soplo, sacudo, soplo, ahí caballero, si es tan amable –se dirige a un hombre que ni siquiera le devuelve la mirada–, vamos a meter la mano en este bolado, para ver qué es lo que sacamos. Señora, por favor, ¿sería usted tan amable de levantar la pañoleta?

La señora sí le sigue el juego, y levanta la pañoleta de una de las esquinas: en la mano del payasito aparece un huevo.

—¡Sacamos un huevo, mire! Todos se preguntan, todos se dicen: ese huevo es de mentira, es de plástico, es de goma. Déjeme decirle, familia, que el huevo no es de mentira ni es de plástico ni es de goma, y se lo voy a demostrar. Caballero, por favor –se dirige a otro, evidentemente más complaciente que el primero–, con el debido respeto que se merece, ¿me puede tocar el huevo?

Todos sonreímos, mientras él aprovecha para envolver el huevo con la pañoleta roja.

—No, no piense mal. Además, también lo podemos desaparecer. Vamos a colocar el huevo dentro de la pañoleta. Caballero –ahora se dirige a mí–, ¿esto ya lo hizo alguna vez?
—No –respondo, en un tono tan tímido que debo reforzarlo con un movimiento de cabeza.
—Primera vez que lo hace. Es muy simple. Lo único que va a hacer es tener el huevo y a la cuenta de tres va a soltarlo, ¿okey?

El payasito me sujeta con una mano mi muñeca derecha, que me la levanta, y con la otra mete en mi puño la pañoleta. Por encima del puño queda el huevo cubierto, al menos eso es lo que yo siento por el peso. Si ahora deshiciera mi puño, que es lo que me pide, 
caerían sobre mis rodillas la pañoleta y el huevo.

—Levanta más la mano, vamos. Uno, dos, tres, ¡suéltelo, caballero!

Puede más la confianza en este desconocido, y abro mi puño. Pero solo cae la pañoleta roja.

—Todos se preguntan, todos se dicen, ¿qué se hizo del huevo? Algunos estarán diciendo: ese huevo ya lo desapareció el payaso. No, familia, el huevo no desapareció, el huevo ahorita lo lleva el caballero debajo del asiento. Así que, caballero, levántese y dame el huevo.

Me levanto del asiento para comprobar si, cual gallino, estoy empollándolo.

—Son bromas, caballero –y al payasito se le sale una tenue risa que solo yo alcanzo a escuchar–, no lo busque, de veras –vuelvo a sentarme con cara de circunstancias–. Para mí es un honor, y es un orgullo que a un bus se suba una artista, un payaso, un cómico a hacerle un truco de magia o algo por el estilo. Es así, ¿verdad? Por eso voy a pasar por una colaboración, lo que le salga de su corazón. Así yo me despido con este lindo poema que dice así: Del cielo cayó una rosa/ de ella salió un botón/ pero de veras yo a ustedes/ los llevo en mi corazón. Que tengan un feliz viaje y que el Señor me los bendiga a cada uno de ustedes y derrame bendiciones. Así que muchas gracias.

El payasito da el primer paso, pero su actuación aún no ha terminado. Falta la guinda.

—Ah, familia, quedamos en un deacuerdo, oiga: si no lleva, pues no se aflija, oiga, porque yo acepto cadenas, pulseras, anillos, aritos, las llaves de la casa, las llaves del carro… De todo menos niños, porque mucho comen.

El show le ha llevado 2 minutos y 49 segundos. La cosecha de monedas es modesta, demasiado para un vendedor de ilusiones, pero el payasito ha logrado arrancar un buen puñado de sonrisas y hasta de risotadas abiertas que quizá –no creo– le compensen.



lunes, 16 de agosto de 2010

Estrategias de venta (toallitas)

El vendedor sube al bus de la ruta 2-C y salta el torno con delicadeza, como si llevara una bandeja con bebidas, aunque lo que carga en la palma de su mano izquierda es una torre de toallitas perfectamente dobladas. Las hay rosadas y azules, todas con los tonos apastelados de la ropa de los bebés. El vendedor, el último en subir, camina apenas dos pasos por el pasillo antes de iniciar el ritual. Viste bien: jeans, zapatos lustrados, camisa de cuadros y el celular colgado al cincho. Tendrá unos 30 años y parece que se gasta sus centavitos en la peluquería. Tiene presencia y no intimida, pero algo en su tono de voz no termina de encajar, suena como si fuera cantilena.

—Tengan todos muy buenos días. Discúlpenme la bulla y la molestia que les vengo a ocasionar. Seré breve. Les traigo lo que son estas bonitas toallitas. Son suaves, son dobles. Para que le lleven a su niño o a su niña, que va con esto a la escuela, al kínder. O para su uso personal. El precio: dos toallitas faciales por una cora, dos por 25 centavos de dólar.

Cumplió: fue breve. No dio las gracias de rigor que sirven de punto y final en estas situaciones. Apenas fueron 23 segundos desde que comenzó a hablar hasta que avanzó por el pasillo mientras ofrecía lo suyo al susurro de toallitas, toallitas. No vendió una.



martes, 10 de agosto de 2010

Hasecta a Gesú oy

El bus es un viejo Bluebird de la ruta 2-C. Supongo que años atrás circulaba por las carreteras estadounidenses, ya que todos los avisos que tiene están en inglés. En la parte delantera, sobre una de las ventanas, unas letras negras dicen EMERGENCY EXIT; y otras más chiquitas pero también negras agregan See instructions below. Pero debajo solo está la ventana. Lo más parecido a unas instrucciones está a la izquierda, en un colorido anuncio de una iglesia evangélica, que literalmente dice así:


Esta Comprobado
No se Puede Vivir sin Cristo
Acepta a Jesus hoy
Ven Congregate con nosotros en: Tabernaculo Biblico Bautista “Soyapango” 
50 mtrs atras de Pollo Campero Plaza Mundo


Y quizá alguien lo haya aceptado hoy mismo. Así, sin tildes ni reglas gramaticales. Dicen que la fe es ciega.



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