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viernes, 29 de abril de 2016

Ponga un Humvee en su comunidad


Foto Víctor Peña (El Faro)
¿Alguien en el gabinete de seguridad cree en serio que el fenómeno de las maras se combate con Humvees y helicópteros artillados? Y si no lo creen, ¿para qué montan espectáculos como el del martes en el reparto La Campanera de Soyapango? El Gobierno despejó el punto de buses de la Ruta 49, al final de la estigmatizada colonia, y lo cubrió con camiones de transporte militar, helicópteros artillados, Humvees ídem, cientos de uniformados, ennavaronados o maquillados para la guerra, fusiles de asalto… ¿Por qué? ¿Para dar gusto a camarógrafos, a escribientes y a sus audiencias?

La Fuerza de Intervención y Recuperación Territorial (FIRT) quieren vendérnosla como una nueva y –esta vez sí– eficaz solución, pero conviene recordar que no es la primera vez que el FMLN militariza el reparto La Campanera ni la primera que nos aseguran que después habrá un desembarco de balsámicos servicios sociales. A inicios de 2010, cientos de militares tomaron la colonia como base durante meses, 24/7, para tratar de aplastar manu militari el maléfico control de la pandilla 18. Lo recuerdo con cristalinidad porque en aquella época estuve subiendo al reparto para reportear durante semanas, reporteo que cuajó en una crónica titulada Vivir en La Campanera.

Entre lo mucho y bueno que me dejó aquella cobertura está haber conocido a Alejandro Gutman, presidente de la entonces Fundación Fútbol Forever, rebautizada después como Forever, sin fútbol.

Justo ahora, un miércoles de un abril de seis años después, viajo en carro con Gutman por una calle inhóspita del área rural de Panchimalco. El show de los Humvees en La Campanera fue ayer y, como él conoce la colonia como la palma de su mano, aprovecho.

—La represión –responde Gutman– es la estrategia que han usado todos los gobiernos desde que empecé a trabajar en el país, hace 12 años. 
—Ayer llevaron Humvees y helicópteros artillados.
—¿Qué te voy a decir? Yo preferiría que en lugar de tanques de guerra, llevaran a médicos, profesores, psicólogos, estudiantes universitarios, artistas, profesionales…
—¿La Campanera está abandonada?
—Absolutamente aislada. El Estado y la mitad de la sociedad que vive más o menos bien han abandonado las comunidades empobrecidas, pero dentro de ese abandono hay comunidades y comunidades. La Campanera está en el ostracismo; su escuela, por ejemplo. Hay que entender esa comunidad, conocerla, para darse cuenta de sus necesidades, pero también de la riqueza de su gente. Porque se necesita entereza, dignidad y sabiduría para vivir en un entorno así y salir a trabajar con una sonrisa cada día, después de tanto olvido y tanta dejadez. Conocer a esa gente enriquece. Yo el otro día llevé al presidente del Banco Agrícola para que conociera, habló con unos y otros, y quedó enamorado, transformado. Otro día llevó al presidente de la CEL y quedó entusiasmadísimo.
—Pobreza, exclusión y olvido. De acuerdo, pero también está la pandilla, Alejandro, que lo agrava todo. Un padre de La Campanera no puede enviar a su hijo a estudiar en Las Margaritas, porque ahí controla la MS-13.
—Los territorios están bien marcados, sí.
—Suena legítimo que el Estado quiera retomar el control. Suena urgente.
—Si no hay paz, es muy difícil construir... eso así es. Pero incluso en épocas como esta también se puede construir, y las demostraciones son clarísimas. Universidades, escuelas y empresa privada trabajan con nosotros por una cultura de la integración desde hace años. A Forever los pandilleros nos dejan trabajar, quizá porque saben que lo nuestro es transparente. No se entrometen. ¿Y por qué? Porque un pandillero, por más comprometido con su causa que esté, tiene hermanos, hermanas, hijos… Nosotros acabamos de inaugurar una casa de la integración en la colonia Santa Eduviges, un espacio para la comunidad. ¿Quién va a estar en contra de eso?
—Pero el punto de partida es anómalo. Que un grupo de pandilleros tenga que avalar...
—Es anómalo, sí, pero esa es la situación del país hoy. No se puede entrar en las comunidades sin avisar. Eso así es. Pero siendo así, reitero, siempre se puede trabajar por las comunidades, y casi nadie quiere hacerlo. Ojalá no existiera ese control de las pandillas en La Campanera, pero lo que no se vale es que unos y otros se agarren a eso para no hacer nada. No se puede llegar un día con las cámaras de televisión a pintar la escuela o a reglar pelotas y luego desaparecer. Así no se puede.

Hace una hora Gutman hablaba ante unos 200 estudiantes del Complejo Educativo Cantón San Isidro, de octavo y noveno grado, y de primer y segundo año de bachillerato. La escuela está a 45 minutos en 4x4 de la capital, pero el entorno es la ruralidad en estado puro; aquí hay menos señal de telefonía que en un penal. Números gruesos, ese centro habrá graduado a unos 600 bachilleres en la última década, y bastarían los dedos de las manos para enumerar los que han terminado una carrera universitaria. Los otros 590 estarán trabajando a cambio de un salario de subsistencia, o cultivando para comer y poco más, o habrán migrado al Norte, o se habrán brincado en una pandilla, que en Panchimalco hay mucha oferta.

—La carta de presentación del actual gobierno es el manodurismo puro y duro –digo.
—De cuestiones de seguridad pública no opino porque no sé; yo no sé si llevar tanques a La Campanera será bueno o no. Pero desde hace una década convivo en diferentes ámbitos de la sociedad, me he sentado a platicar con pandilleros, con empresarios y con ministros, y creo que esa experiencia acumulada me da el suficiente conocimiento como para decir que lo prioritario en las comunidades es reforzar las escuelas, los espacios públicos, las unidades de salud… porque en verdad están muy debilitadas. Y se puede… ¡claro que se puede entrar y construir! Pero hay que meterse a trabajar y no ir una mañana nomás, con demagogia, o ir solo con los tanques.
—¿Qué podemos o debemos exigir al Estado?
—Ojalá su papel fuera más importante, porque la presencia del Estado en las comunidades donde vive el 50 % más empobrecido de la sociedad es mínima. Por eso tenemos la situación que tenemos, porque el Estado piensa solo para una mitad. Yo aspiraría a que los gobernantes hagan lo que tienen que hacer, pero no le tengo mucha fe. Los políticos, aquí y en toda Latinoamérica, viven peleándose por cuotas de poder, y lo que menos les interesa es cómo vive el pueblo.
—Alejandro, ¿por qué la pandilla aún es una opción de vida atractiva para cientos de cientos salvadoreños?
—En una pared de la Santa Eduviges tenemos escrita una frase que dice algo así: un hombre invisibilizado es muy probable que termine creyéndoselo. Es algo terrible. Porque el ser humano al que la sociedad, el Estado y hasta su familia lo han hecho sentirse invisible puede que se lo crea y empiece a actuar sin límites. Si vos sentís que no sos ni de aquí ni de allá, si no has sentido amor ni entrega ni tenés objetivos en la vida, si la familia ni la escuela te pueden contener... la pandilla te ofrece ciertas tentaciones, da reconocimiento, estatus, te da una familia.


Helicópteros artillados, Humvees ídem, cientos de uniformados ennavaronados o maquillados para la guerra, fusiles de asalto… En el noticiero y en la portada del periódico todo eso luce, pero no parecen ser los instrumentos adecuados para que el niño de 12 o 13 años de la comunidad empobrecida quiera convertirse en el próximo pandillero.

—La implosión que ocurre en las familias es la explosión que ocurre en la sociedad –sentencia Gutman.

domingo, 13 de diciembre de 2015

El día que Bielsa filosofó en La Campanera


El entrenador argentino Marcelo Bielsa estuvo el 13 de diciembre de 2009 en Soyapango; en el reparto La Campanera, para mayor precisión. Aquella fue una visita atípica, consecuencia del empecinamiento del presidente de la Fundación Forever por llevar a una figura deportiva de primer nivel (entonces se preparaba para llevar a los chilenos al Mundial de Fútbol de Sudáfrica ) a una de las colonias más estigmatizadas de El Salvador. Yo subí aquella mañana a ‘La Campa’ y, por algo que estoy escribiendo estos días, me tocó recién volver a escuchar los audios que grabé. Bielsa es un personaje singular en el mundo del fútbol, al que con frecuencia se le califica como filósofo. Yo creo que en verdad lo es. Aquel 13 de diciembre, después de dirigir un entrenamiento para un pequeño grupo de niños, se reunió con no más de media docena de vecinos que estaban en la cancha y les regaló un discurso que, al reescucharlo seis años después, sentí la necesidad de compartírselo íntegro.
A mí me gustaría poder hablar con ustedes. Quería decirles dos o tres cosas. Lo primero, destacar lo importante que es luchar. Nosotros muchas veces en el fútbol perdemos, pero si luchamos, cuando llegamos al vestuario… y yo quisiera ver si logro transmitirles bien esto… cuando perdemos y estamos tristes por haber perdido, la tranquilidad nos la da saber que hemos luchado, pero estamos avergonzados si no luchamos. Quiere decir que en el fútbol no se trata únicamente de ganar o perder, sino de haber luchado. Esa es una cosa que quería transmitirles, porque pareciera que solamente el que triunfa es el valioso, y el valioso no es el que triunfa, sino el que lucha. Todos somos perdedores; hay muy pocos ganadores. Pero hay perdedores dignos, porque lucharon; y perdedores que se pervirtieron. No pervertirse en una forma de triunfar. Y quería comentarles otra cosa que tiene el fútbol que para mí es muy aplicable a la situación que viven ustedes en una comunidad como esta. El fútbol es el deporte rey, el deporte más importante del mundo. ¿Ustedes se imaginan por qué le gusta tanto a la gente? Mi idea es que gusta tanto porque puede ganar el más débil. En el fútbol no siempre gana el más poderoso, ni siquiera el mejor. ¿Cómo hace el débil para ganar? Porque no ganan por poderío, o porque son más grandes, o porque son más fuertes, o porque tienen más recursos... Los débiles ganan porque usan la imaginación, usan la fantasía, usan la creatividad, y entonces eso también puede servir como un estímulo para ustedes, que tienen poco. ¿Vio que hay jugadores chiquitos que se sacan de encima a los grandotes? ¿Vio que a veces el gol que define un partido lo hace a veces uno bajito marcado por un grandote? ¿Vio que el más atento le gana al desatento, aunque el desatento tenga la camiseta de un poderoso y el atento la del club más pobre? Entonces… hay esperanza. El mensaje del fútbol es ese: que el más débil puede ganar. Y otra cosa que quería decirles es que también es muy importante valorar lo que uno tiene. Esta cancha de La Campanera, que parece tan precaria al lado del césped hermoso del Camp Nou, también puede ser linda con el esfuerzo de todos los días, ¿me entienden? A lo mejor nunca van a lograr que tenga un césped perfecto, pero sí pueden decorar el arco, ponerle una cinta blanca abajo… ese orgullo de sentir que es algo propio. Yo he visto muchas casas humildes que están más afectuosamente tratadas que mansiones de poderosos, casitas en las que se nota el cariño de defender lo poco que uno tiene. Y eso también es una cosa que quería decirles. Cuando a mí me tocó empezar a entrenar, no había conos, y agarrábamos unas varillas, las cortábamos, las pelábamos con un cuchillo y le tirábamos agua en la tierra para que entraran. Entonces, hay veces que uno se fija en lo que no tiene, y encuentra en lo que no tiene una justificación para no crecer, pero los pobres tienen la imaginación muy desarrollada, y es una gran aliada. Y otra cosa que tenía que decirles es que para comparar logros, no hay que ver solo quién llega más arriba, sino que el trayecto que superó uno y otro, porque el que parte de más abajo tiene más mérito que el que parte de más arriba, aunque el de abajo no logre ser el que al final llegue más alto. ¿Me entienden? No se trata únicamente de quién llega más alto, sino de quién hizo el recorrido más largo en función de su punto de partida y de los recursos de cada uno, porque es más fácil llegar arriba cuando vos tenés todos los recursos del mundo, o llegar pervirtiéndose. Entonces, el que no se pervierte, es decir, el que vive dignamente, aunque no llegue a lo más alto, tiene mérito, y eso es una cosa muy valiosa para todos ustedes. Y lo último que quería decirles es una cosa que no vi hoy en esta comunidad. Los chicos necesitan dónde mirar. Necesitan alguien a quien admirar en la familia o en el barrio o en la comunidad. Necesitan ver a quién copiar, ¿me entienden? Es muy importante que en cada comunidad haya líderes, conductores, ejemplos, y es muy importante que ese espejo salga de dentro de ustedes, no que sea un extraño el que marque el camino. Tengo una crítica a todo lo que vi acá, la única: que no están los viejos. Los viejos son los que cuentan la historia, los que se quedan… porque una cosa muy importante es el sentido de pertenencia. ¿Por qué yo les digo que pinten el arco o que quiten la maleza o los arbustos? Porque uno se tiene que sentir orgulloso del lugar en el que está, aunque sea limitado. Y los mayores, los viejos, son los que conocen la historia del lugar, y se la tienen que contar a los chicos. ¿Para qué? Para que los chicos se enamoren de su lugar y quieran mejorarlo. Están bien que uno quiera crecer, pero este es el origen, esta es la esencia, y nunca hay que olvidarlo. Así que les admiro, de todo corazón, y lamento tanto micrófono alrededor, que a lo mejor consiguen que ustedes piensen que estoy actuando o… no sé… pero todo lo que les dije lo siento verdaderamente y los felicito. Muchas gracias.
Después, escuchó unas palabras de agradecimiento de una de las líderes de la comunidad, hizo un comentario jocoso sobre lo polvosa que era la cancha de La Campa, y se fue seguramente para siempre. No respondió ni una sola de las preguntas que le lanzó el enjambre de periodistas que –en su inmensa mayoría– había bajado al bajomundo para escuchar a Bielsa hablar sobre fútbol, sobre las posibilidades de Chile, sobre el Mundial, sobre... Su discurso maravilloso sobre la pobreza y la desigualdad, sobre la vida misma, pasó sin pena ni gloria por la agenda mediática, más preocupada casi siempre por lo inmediato que por lo verdaderamente trascendente.

sábado, 22 de septiembre de 2012

La tregua en el bajomundo

La última vez que visité el reparto La Campanera, a mediados de agosto, los pandilleros habían borrado todos los placazos (los grafitos) referentes al Barrio 18. Admito que me sorprendió, en especial por tratarse de un lugar tan emblemático. A estas alturas pocos en El Salvador no habrán oído de La Campanera, pero nunca está de más recordar que, ubicada en la zona norte de Soyapango, seguramente sea la colonia más estigmatizada del país. Fue ahí donde Christian Poveda rodó durante siete meses el material que después condensó en el documental La vida loca. Más de cinco años después de aquel rodaje, el reparto sigue siendo feudo del Barrio 18; en concreto, de la facción de los Sureños.

Decía que la última vez que visité La Campanera los pandilleros habían borrado los placazos. Y no es poca cosa. En los últimos tres años he visitado esa colonia con relativa frecuencia (publiqué una crónica titulada Vivir en La Campanera), y ni siquiera durante la fase más agresiva de su militarización –en la primera mitad de 2010– las paredes estuvieron libres de las pintadas que explicitan la territorialidad. Ni el Ejército se atrevía a tocar esos grafitos. Los seguramente escasísimos lectores de El Faro que viven en lo que cariñosamente me gusta llamar el bajomundo bien sabrán lo que los placazos significan para una pandilla y lo que supone borrarlos.

Le tregua y el consecuente proceso de paz han permitido estos cambios en apariencia mínimos, pero, para valorarlos en su justa medida, hay que ponerse en el pellejo de quienes conviven día a día con los pandilleros allá abajo, en las comunidades empobrecidas.

Casi siempre quienes opinamos-valoramos-pontificamos sobre los beneficios o no del proceso somos personas alejadas del problema. Resulta fácil y superficial desahogarse frente una computadora en un despacho aireacondicionado o en un plató de televisión, citar a gurús extranjeros o hacer estériles paralelismos con las mafias rusa o siciliana, sin siquiera intentar acercarse con humildad al bajomundo y preguntar a quienes más y mejor conocen el problema. Esto aplica tanto para el docto columnista del poderoso diario de tirada nacional, como para el que anónimo comentarista en Facebook o Twitter desde su residencial amurallada.

No me malinterpreten. No doy a los placazos borrados de La Campanera más importancia de la que tienen. Es algo aislado que no sirve para sacar conclusiones sobre un fenómeno tan complejo como el de las pandillas. De hecho, en las colonias aledañas, controladas también por el Barrio 18, no se ha replicado la iniciativa. En el otro lado de la balanza, en las últimas semanas he visitado también un cantón ignoto situado en el departamento de Cuscatlán en el que la Mara Salvatrucha-13 ha aprovechado la tregua para instalar una clica, y con ella, la estructura de terror que implantan allá donde llegan. Sacar conclusiones sonoras de la primera anécdota sería tan torpe como extraerlas de la segunda.

¿La tregua ha beneficiado allá abajo, donde más se sufre a los pandilleros? En las últimas semanas he tratado de ensayar una respuesta, pero no de boca de comisionados, funcionarios o analistas del altomundo salvadoreño, sino de boca de líderes comunales o de simples residentes de comunidades afectadas en distintos puntos del país. Mi libreta ha quedado salpicada de apuntes y valoraciones que ahora trato de resumir:

1) Desde el 8 de marzo –día en el que el Gobierno de Mauricio Funes sacó del penal de máxima seguridad a los líderes de las dos pandillas, y con ello se activó la tregua– hay menos muertos y menos desaparecidos. Y sí, al atenuarse la guerra entre las pandillas, los propios pandilleros son los que menos bajas están teniendo, pero también han dejado de morir policías (y sus familiares), soldados (y sus familiares), cobradores y motoristas de buses y microbuses (y sus familiares), custodios (y sus familiares)…

2) Que mueran menos pandilleros ha supuesto que se hayan reducido las incorporaciones a la pandilla, y hay que tener en cuenta que en muchos casos el brinco no era algo voluntario, sino forzado. Con la tregua menos niños-jóvenes se están convirtiendo en pandilleros activos. Hay menos reclutamiento.

3) La estructura de terror de las pandillas se mantiene vigorosa en las comunidades que controlan. La renta se sigue cobrando a todos los niveles, y hasta se han refinado los métodos. Un líder comunal de Soyapango me lo ilustró diciéndome que, tras la tregua, las formas de pago “se han tecnificado”. Se refería, por ejemplo, a que ahora piden a los extorsionados que dejen el dinero en algún lugar, para evitar que el pandillero tenga que ir al negocio y exponerse.

4) La presión de la Policía y de la Fuerza Armada, en general, se ha atenuado, y los pandilleros se mueven con mayor libertad. Como consecuencia, hay menos roces, menos choques, menos cacheos, menos carreras, menos balazos… en definitiva, hay menos tensión en el ambiente, y esto beneficia a todos los residentes. Antes, cualquier joven de estas colonias estaba expuesto a golpizas de los policías y soldados, fuera o no pandillero, y esos abusos se han calmado.

¿Que si la tregua ha traído beneficios para los cientos de miles de salvadoreños que son bajomundo? Sigue habiendo muertos –aunque menos–, y sigue habiendo extorsiones y abusos, pero cambios positivos también ha habido. La misma botella unos la verán medio vacía, y otros, medio llena. Pero creo que a todos nos conviene salir de nuestras burbujas, analizar con honestidad la oportunidad que se ha abierto, cuestionar la inadmisible pasividad del Gobierno en temas clave como la prevención y la rehabilitación, y hacer un esfuerzo por conocer de primera mano cómo se vive en ese bajomundo, que es la verdadera esencia de El Salvador. 


(Soyapango, San Salvador, El Salvador. Septiembre de 2012)
 
Fotografía: Roberto Valencia
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(Este relato fue publicado el 19 de septiembre de 2012 en la sección Bitácora del proyecto de cobertura periodística de la violencia Sala Negra, de elfaro.net)
 

martes, 11 de septiembre de 2012

Mientras el país siga carcomido por la violencia

Mañana calurosa y húmeda en Soyapango la del jueves 8 de marzo. El doctor Carlos Manzano –cirujano general,
PUESIESQUE hace calor en el despacho de este doctor que ahorita se arranca en caliche médico a contarme 
gabacha blanca desabotonada, lentes– trata de reconstruir en su propio lenguaje las consecuencias de la 
lo de Dani. A veces hablan como si no quisieran que los entendiéramos, como si fuera virtud usar esa 
brutal paliza que los policías dieron a Dani: ingreso inconsciente en Emergencias, puntaje abajo de 12 en la 
terminología aséptica que diluye la crudeza de la realidad. A Dani dos policías lo dejaron puro monstruo, 
 Escala de Glasgow, remisión inmediata a hospital de tercer nivel –al Rosales– por sospecha de trauma cráneo-encefálico,
pero a  saber cuántos jóvenes terminarán tirados en una quebrada, para que al día siguiente los periodistas 
tomografía axial computerizada para evaluar posibles daños en el cerebro, cirugías menores en cuero cabelludo,
 repliquemos la versión oficial: lo mató la mara rival. En El Salvador, cualquier día te agarran y te dan una 
 reconstrucción de la oreja derecha, penicilina sódica vía intravenosa, traumas contusos y abrasiones que derivaron 
 taleguiada hasta bajarte el puntaje de Glasgow ese y ya: un expediente clínico más, y la sensación –la certeza– 
en un proceso inflamatorio agudo en el rostro, diclofenaco sódico vía intramuscular…
  de que seguirá habiendo más danis, mientras el país siga carcomido por la violencia. Y SIACABUCHE.

Fotografía: internet
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(Este es un fragmento de una crónica titulada "Yo torturado", publicada el 9 de abril de 2012 en Sala Negra de El Faro). 

sábado, 28 de julio de 2012

Yo violada (un año después)

Antes que nada, unas palabras de la cronista argentina Leila Guerriero, que creo pertinentes: “El periodismo narrativo tiene sentido porque no me creo un mundo donde las personas no son personas sino ‘fuentes’, donde las casas no son casas sino ‘el lugar de los hechos’, donde la gente no dice cosas sino que ‘ofrece testimonios’”.


***

24 de julio de 2012. Hoy se cumple un año exacto desde que la Sala Negra de El Faro publicó una crónica titulada Yo violada. La violencia del relato y su premeditada crudeza hicieron que se moviera bastante: más de 2,000 likes en Facebook, docenas de comentarios de los lectores, elegida por los colegas de El Faro como la mejor historia de 2011, republicada en medios como periodismohumano.com,… Incluso en un paisito como el nuestro, en el que el gremio periodístico gira relampagueando llamaradas de tuza, algunos aún hoy siguen recordando la historia, y sobre todo a su protagonista: Magaly Peña. Me consta; de vez en cuando alguien me pregunta por ella.

El texto arrancaba provocador. Así: “A Magaly Peña la violaron no menos de 15 pandilleros durante más de tres horas, pero eso quizá sea lo menos importante de esta historia”. La violación tumultuaria –apenas undivertimento para pandilleros, en este caso particular de la facción Sureños del Barrio 18– sirvió como hilo conductor, pero la voz de la víctima fue complementada con las de profesores, amigas, autoridades y expertos. El resultado final fue un relato que no solo contaba un caso particular, el de Magaly, sino que denunciaba una práctica tristemente habitual –las violaciones de jóvenes– en los barrios y comunidades fuertemente controladas por las maras.

Me atrevo a suponer que una de las razones por las que la crónica tuvo el impacto que tuvo, por las que conmovió e hizo sentir ira, es por haberme tomado más de un año para conocer a su protagonista y para intentar –intentar– entender su mundo, el sótano de El Salvador, un sótano cuasi desconocido pero en el que (mal)viven más de la mitad de los salvadoreños.

En el último bloque del relato aparece esta frase: “Sé más de ella que de mi propia hermana”. No se trataba, ni mucho menos, de un recurso narrativo gratuito.

***

Una estructura de terror como la que han creado las pandillas no se desmonta con un chasquido de dedos, y, en lo personal, estoy convencido de que las violaciones, los asesinatos y los enterramientos de cadáveres protagonizados por pandilleros se siguen dando desde el 8 de marzo, el día en el que se activó la tregua negociada entre la Mara Salvatrucha-13, el Barrio 18 y el Gobierno salvadoreño. Sin embargo, no deja de parecerme un irrespeto a las personas que más sufren la violencia, como Magaly, el hecho de minimizar-menospreciar-ridiculizar-boicotear la importancia de los compromisos de declarar las escuelas “zonas de paz” (comunicado del 2 de mayo), y de cesar la violencia en contra las mujeres (comunicado del 12 de julio), a pesar de los casos puntuales que contradigan la palabra empeñada por los pandilleros.

***

Desde abril me estoy reuniendo con relativa frecuencia con una madre. Es, ante todo, eso: una madre. Madre sufrida de un joven que en su vida ha sido víctima y victimario, como casi todos, aunque a algunos les guste apostar a los relatos de buenos-buenos y malos-malos, sin grises, sin matices. Cuando quedamos, esa madre y yo hablamos de las ventas, de la escuela en la que estudia su hijo pequeño, del futuro, de Dios, de fútbol… El perfil lo comenzaré a escribir cuando yo sienta que ella crea que no está hablando con un periodista, cuando se convenza de que ya no la veo como a una fuente.

***

20 de julio de 2012. El contacto no lo hemos perdido, pero a Magaly no la he visto en persona desde hace más de un año, desde la última ocasión en la que nos sentamos a platicar, aquella vez en una cafetería de Metrocentro. Ayer la telefoneé, y, ante mi insistencia, me dijo que podríamos vernos unos minutos en su lugar de trabajo, una pequeña oficina de una importante operadora de telefonía, ubicada en un reconocido centro comercial del área metropolitana de San Salvador.

Magaly trabaja desde hace casi un año para esa empresa de telefonía. El salario es de hambre, por supuesto, pero hay economías en las 200 dólares mensuales se consideran una bendición. Al poco de comenzar a trabajar conoció a un hombre 14 años mayor –ella hoy tiene 21–, que primero se convirtió en su novio, luego se fueron a vivir juntos, y desde hace tres meses es su marido. La boda fue sencilla: Magaly, el marido y los dos testigos. No celebraciones, no viajes. Este viernes no carga el anillo porque se le despegó la piedrita.

―Pero estás contenta, ¿veá? –pregunto al nomás vernos.
―Sí, sí, muy bien –sonríe.

Los dos viven de manera humilde pero digna en una casita que alquilan. Esa es la parte que más parece satisfacer a Magaly de su nueva vida: haber podido escapar de la casa en la que vivía. Ni su madre ni su padrastro saben aún que fue violada.

El marido es enfermizamente conservador-proteccionista. Le pidió la mano a la suegra antes que a Magaly. Todos los días la lleva y la trae al trabajo. No le deja ir sola a ningún lugar, ni siquiera a visitar a su familia –“a él no le gusta que yo vaya en bus”, me dice–. Prohibido recibir llamadas o mensajitos de hombres. De salir a divertirse con amigas, mejor ni sugerirlo. Lo de sacar el bachillerato los sábados, como era su deseo, eliminado de un plumazo. Que nuestra plática de hoy se limite a diez minutos con un mostrador de por medio es consecuencia directa del carácter de su marido.

―Pero en serio que todo bien, ¿veá? –repregunto poco antes de despedirnos.
―Sí –siempre la sonrisa, pero esta vez suena menos convincente.
―¿Segura?
―Es que… es medio raro un poco todo…
―¿No te acostumbras a la vida de casada?
―No… pero ya casi. Tiene un lado amable esto… aunque no me parezcan algunas cosas.
―¿Por el carácter de él?
―Es que es muy celoso… demasiado.

Desde hace algunas semanas están intentando tener su primer hijo.

En el sentido más literal que se pueda interpretar, Magaly es una salvadoreña más. Siempre lo ha sido.

***

Otra cita para finalizar, esta vez del genial y polémico periodista polaco Ryszard Kapuscinski: “Es un error escribir sobre alguien con quien no se ha compartido al menos un tramo de la vida”.

(San Salvador, El Salvador. Julio de 2012)



Fotografía: internet

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(Este relato fue publicado el 25 de julio de 2012 en la sección Bitácora del proyecto de cobertura periodística de la violencia Sala Negra, de elfaro.net)

viernes, 25 de noviembre de 2011

La jura y los chacuatetes


Mañana del 5 de junio de 2010, sábado.

—¡¡¡Huevonazos!!! –grita el cabo.

Hoy hay más movimiento del habitual en el reparto La Campanera, en Soyapango. Los soldados están en campaña de fumigación contra el zancudo transmisor del dengue, y las bombas termonebulizadoras zumban. Los policías no fumigan, pero un grupo de ellos lleva un buen rato calle arriba, calle abajo en el pick up Mazda de la corporación. Ahí suben otra vez y, al pasar sobre el primer túmulo, suenan la sirena una fracción de segundo, pero suficiente para irritar al cabo fornido que está parado sobre la acera.

—¡¡¡Huevonazos!!!

Es evidente que quería que yo lo escuchara. Ve que le sonrío la gracia y se anima.

—Ya quisiera ver a uno con nosotros… 
—¿Un pick up? –pregunto, un tanto desconcertado. 
—No, a una de esas niñas. ¡Pa’que sepan lo que es trabajar!

La Fuerza Armada y la Policía Nacional Civil conviven en La Campanera desde noviembre, pero rara vez patrullan juntos. Los que más se mueven son los soldados; chacuatetes, los llaman. Se les ve pasar a cada rato en grupos de tres o cuatro y armados con fusiles de asalto M-16 o Galil. En su afán por diferenciarse de las niñas, se aplican con mayor dureza. “Los soldados pegan más a lo loco”, me dirá otro día Whisper, un pandillero. Irónicamente, hombría y violencia también son valores asociados dentro de una mara. 

Fotografía: Roberto Valencia

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(Este es un fragmento de un larga crónica titulada Vivir en La Campanera, publicada el 21 de junio de 2010 en el periódico digital El Faro)

jueves, 30 de junio de 2011

Los muchachos

En unos segundos volverá a suceder.

Estoy en una comunidad de la zona norte de Soyapango, en El Salvador, un lugar en el que el Barrio 18 hace y deshace. Bajo mundo, como le gusta decir cariñosamente al gran fotoperiodista Francisco Campos. Me ha traído la necesidad de hacer una entrevista. Alrededor de una mesa de concreto construida para darle –sin éxito– más vistosidad a este pasaje, Carlos, Guadalupe y Alejandra, las voces con más autoridad en la directiva comunal, llevan no menos de 20 minutos enumerando problemas: servicio de agua potable irregular, una calle principal llena de baches, la escuela con infinitas necesidades…

—¿Y aquí es tranquilo? –pregunto, sabiendo que no lo es.
—Sí, más o menos –dice Carlos.
—¿Podría venirme solo en la noche y subir este pasaje sin que me ocurriera nada?
—¡No! –responden los tres al unísono.
—Vivís en El Salvador –matiza Carlos, agachando la cabeza y con un tono de voz que me obliga a acercarme–, y adonde vayás siempre habrá problemas.

Ha vuelto a suceder. Es matemático. Cuando las maras aparecen en una conversación con personas que sufren de manera directa su existencia, las cabezas giran espasmódicas para garantizar que no haya presencias incómodas, y el volumen de la plática baja al mínimo, algo más acentuado en esta ocasión, a media tarde y en medio como estamos de un pasaje peatonal. También es raro, muy raro, que los residentes en comunidades como esta mencionen las palabras pandillero o marero. Los jóvenes integrados en el Barrio 18 o en la Mara Salvatrucha son los muchachos, sin más.

Carlos se esfuerza por hacerme entender las visiones diferentes sobre el mismo problema que tienen los que viven fuera o dentro de las comunidades. En el primer grupo estarían... (para leer la crónica completa pulse aquí

Fotografía: Roberto Valencia
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(Esta crónica fue publicada el 29 de junio en la sub-sección Bitácora del proyecto de cobertura periodística de la violencia Sala Negra, de elfaro.net)

miércoles, 27 de abril de 2011

¿Por qué tantas iglesias en La Campanera?

Cae la noche, hora de cultos. También en el Tabernáculo Bíblico Bautista Amigos de Israel La Campanera. Óscar Mauricio Escobar, el pastor, camina sobre la tarima de relucientes baldosas, un oasis de pulcritud en un edificio que más parece diseñado para albergar un taller. Enfrente, cabizbajos, una veintena de mujeres y niños cantan –susurran– una canción que habla de manos limpias y corazones puros. Cuando termina, el fondo musical se mantiene, y el pastor Escobar se acerca el micrófono. Llueve recio, como si hubiera una carrera de caballos en el tejado, pero los parlantes son más poderosos.

—Queremos ocupar un momento, Señor, para orar por nuestro país. Queremos orar, Señor, también por el sector donde tú nos has permitido vivir...

El pastor Escobar es joven, 30 años, y lleva más de dos aquí, tiempo en el que ha podido comprobar que la mayoría de los pandilleros son, dice, jóvenes que han crecido en el evangelio, hijos de hermanos en Cristo.

—…queremos orar por la juventud, queremos orar, Señor, por la niñez. Queremos pedirte que seas tú, Señor, quien guarde a nuestros niños y a nuestros jóvenes, Señor, de la delincuencia, de las pandillas, Señor. Padre, ayúdanos. Nuestros hijos constantemente, Señor, están en riesgo, Señor, tienen dificultades. Bendice las escuelas, Señor, bendice a los maestros, bendice cada centro de estudios, Señor. Bendice a nuestros gobernantes. Y bendice nuestra iglesia, Señor. Ayúdanos a ser agentes de cambio propositivos, a dar algo mejor a este mundo, cuanto más sabiendo que tu venida está cerca, Señor.

Pero parece como si el Señor no escuchara el torrente de plegarias que salen de esta colonia: la violencia no cesa y las consecuencias del estigma no se atenúan. Hablé con dos pastores distintos, y ninguno sabía la cifra exacta, pero calcularon que hay alrededor de diez iglesias en La Campanera, sin contar la práctica habitual de los cultos en viviendas. En realidad, todo Soyapango es un hervidero de fe. Hay más iglesias que centros escolares o campos para jugar fútbol. Algunas se anuncian con pintadas en paredes y en pasos a desnivel, como si fueran un taller o un detergente.

—¿Por qué tantas iglesias? –le pregunto al pastor Escobar cuando termina el culto.
—Por la necesidad que hay las iglesias ven oportunidades, creo yo. No estamos hablando de oportunidades económicas, usted ve las condiciones aquí, pero sí quizá en el tema de ganar personas para Cristo. La gente, en general, vive bajo un cierto temor, vive bajo incertidumbre, y a eso súmele los problemas laborales, los problemas económicos.
—¿Cree que una iglesia es más necesaria aquí que en la Escalón?
—Sí, definitivamente.

La sede central del Tabernáculo está en la exclusiva colonia Escalón, en San Salvador. El pastor Escobar ha sentido el estigma de La Campanera allí también. Cuando llegan como comunidad y los anuncian por megafonía, siente el peso de las miradas, el escrutinio, el temor mal disimulado de los acomodadores y del resto de los hermanos. Y luego están las bromas de otros pastores.

—A mí me han dicho el de La vida loca, me han dicho Poveda junior. Cuando llevaba rapado el pelo me decían el Viejo Lin.

El estigma es como una mancha de óxido en una camisa blanca; una vez que se tiene resulta casi imposible que desaparezca. Hay ciudades y países que tienen fama de tacaños o de haraganes o de altaneros, pero los residentes en La Campanera se quedaron con el estigma de ser violentos. Por eso se ven obligados a escribir otra dirección en los currículum vitae. Y quizá por eso también son tan pocos los apoyos en materia de prevención.

—Una de las cosas que a mí me han llamado la atención –me dice el pastor Escobar– es que todo mundo habla de La Campanera, pero casi nadie hace nada por ayudar acá. Veamos la empresa privada o las fundaciones, todas dicen que ayudan, pero aquí, donde más se necesita, uno no ve nada.

Fotografía: Roberto Valencia
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(Esta es un fragmento de una crónica titulada Vivir en La Campanera, publicada el 21 de junio de 2010 en el periódico digital El Faro).

sábado, 31 de julio de 2010

El busero cabal

—¡Que aquí no!

El grito lo refuerza con un vigoroso movimiento de dedo para dejar claro que aquí no, que aquí no abrirá la puerta del autobús.

Lentes de sol, goma de mascar y el pelo como si lo llevara mojado y repeinado hacia atrás. Treintañero, barriga incipiente. Incluso si uno se lo encontrara viendo escaparates en Metrocentro adivinaría que es un busero. Viste jeans azules y un polo verde con rayas amarillas horizontales. Maneja un bus que tiembla como lavadora vieja, de la ruta 41-D, la que sube hasta el reparto La Campanera. En su parte delantera, justo encima del espejo al que el busero mira como si en ello le fuera la vida, tiene dos adhesivos largos como una baguette: uno dice Protégenos, Señor; el otro, Need for Speed. Viene del centro de San Salvador, y ahora entra en el centro de Soyapango. La trabazón que generan las ventas obliga a ir despacio, a pie se avanzaría más. Es en momento cuando, ante los golpes que con insistencia una señora da al cristal de la puerta, el busero agita su dedo y grita que aquí no.

—¡Que aquí no! ¡Que la parada está en la próxima cuadra! ¡Allá puedo parar, aquí no!

La puerta, cerrada.

Sorprendido, anoto en mi libreta: “Nunca pensé verlo aquí”. Y encierro las palabras en un recuadro junto a dos letras: CG.



Fotografía: Roberto Valencia

viernes, 16 de julio de 2010

El amigo

Christian Poveda llegó poco antes de las 9 de la mañana del 29 de agosto de 2006 a la colonia Bella Vista, en Soyapango, a unos 10 minutos en carro del reparto La Campanera. Entró en un mesón que no le era desconocido y cámara en mano se dirigió al cuarto en el que dormía Moreno. Ese martes cumplía 26 años y Christian tenía algo en mente.

—Puta, hijoeputa, mirá cómo te veo –le dijo, fiel a su convicción de que los insultos servían para disimular su acento francés.
—¡Puta! ¡Come mierda! Dejá dormir, andate a la mierda –respondió la voz desde la cama.
—Ah, qué culero. Vámonos, vámonos.

No insistió. Cerró la puerta. Moreno dio medio vuelta y al poco se durmió. Moreno es José Luis Rosales, pandillero del Barrio 18 desde los 12 años, amigo de Christian y uno de los personajes que más peso tienen en el documental La vida loca. Tiene la piel clara, un bigote tímido en su rostro y por el cuello y el brazo derecho le asoman los tatuajes.

Pasada una hora, Christian regresó y comenzó a golpear de nuevo la puerta. Lo hizo con tanta fuerza que la destrabó. Entró, y le tiró un vaso con agua.

—Levantate, que te vamos a celebrar el cumpleaños.
—Hijoeputa, vos solo casaca sos.

El ofrecimiento iba en serio. Christian había ido a comprar una bolsada de carne, seis libras de arroz, tomates, cebolla y cilantro. También trajo dos garrafones de vodka Troika y cervezas para una tribu entera.

—Y ahorita llamá a los homeboys.
—¿Y qué vas a hacer?
—Celebrar, y lo vamos a poner en la película.

Durante la filmación Christian le pagó a Moreno el cuarto en la Bella Vista para evitar el acoso policial en La Campanera, le compró un teléfono celular, lo llevaba a restaurantes de la exclusiva colonia Escalón de la capital. A Moreno lo encarcelaron en octubre de 2007 por homicidio agravado y extorsión, pero ni aun así dejaron de verse. Un día antes de su asesinato Christian había gestionado ante las autoridades de Centros Penales una visita en la cárcel de Quezaltepeque. Moreno la aceptó por escrito pocas horas antes de que asesinaran a su amigo:

“Quezaltepeque 2 de septiembre de 2009. por este medio ago constar que yo Jose Luis Rosales estoy de acuerdo para seguir con la segunda etapa de el documental de Crístian el periodista. yo estoy dispuesto a trabajar con el F. Jose luis Rosales.”


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Este es un fragmento de una crónica titulada ¿Quién mató a Christian Poveda?, publicada en la edición de diciembre de 2009 de la revista Gatopardo.

lunes, 21 de junio de 2010

Asesinada porque sí

Mañana del 23 de mayo, domingo.


Johana al fin apareció. Me cuentan que la enterraron hace dos días.

Supe de ella el miércoles, pero entonces ni sabía siquiera que se llamaba Johana. Entonces era solo una fotografía en la parte de atrás del autobús de la ruta 41-D que me subió hasta La Campanera. Una imagen en blanco y negro de una jovencita de pelo largo y liso, y con una mirada poderosa y alegre. Había desaparecido en la tarde del 7 de mayo al salir del Liceo Cristiano Reverendo Juan Bueno La Coruña, siempre en Soyapango. Me acaban de decir que su cuerpo apareció el jueves en un cafetal situado no muy lejos del colegio.
Otro día sabré que su nombre completo era Stefany Johana León Vides. Tenía 16 años y estudiaba primer año de bachillerato. Quería ser doctora. La familia era cristiana, se congregaban en la Iglesia de Cristo Elim. Desde hacía más de una década vivían en el pasaje J de La Campanera. No debían nada a nadie, la suya era una vida apegada a principios cristianos, alejada de cualquier vinculación siquiera afectiva con las pandillas. Creyeron que eso era suficiente para enviar a estudiar a su hija a un colegio del que tenían buenas referencias. Pero el reparto La Coruña es territorio de la Mara Salvatrucha. Se la llevaron y, antes de asesinarla, la interrogaron para que les dijera algo que no sabía: quién era en La Campanera el palabrero del Barrio 18. Dicen que le cosieron la boca y le desfiguraron el rostro.

A Johana la asesinaron solo por ser de La Campanera.
Como ocurre casi siempre en estos casos, la familia de Johana –padre, madre y dos hermanos pequeños– se fue la colonia.


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(Este es un fragmento de un larga crónica titulada Vivir en La Campanera, publicada el 21 de junio de 2010 en el periódico digital El Faro)

jueves, 20 de mayo de 2010

Estrategias de venta (separadores)

La unidad de la ruta 41-D se detiene. Son la 4:40 de la tarde y suena a volumen infernal Ella se fue, de Segundo Rosero. Esta es una de las paradas en la urbanización Prados de Venecia, en Soyapango. Un joven se asoma, pide permiso al conductor con un gesto y salta el torno tras la aprobación. El bus se pone en marcha. Viste jersey marrón con finas rayas blancas horizontales, jeans azules y sucios, y carga al hombro un pequeño morral cuadriculado. Lo abre, saca un manojo de cartulinitas blancas y brillantes que tienen amarrada una pita amarilla. Entrega una a los que se dejan. Regresa a la parte delantera y empieza a gritar.

—Bueno miren, señores, tengan todos y cada uno de ustedes amablemente muy buenas tardes, que el Señor Dios Todopoderoso me les bendiga. Espero primeramente no incomodar a nadie, ni con mis palabras ni mucho menos con mi presencia. Dice un dicho que todo trabajo, mientras sea honrado, es bueno delante de los ojos de Dios, siendo merecedor de su salario, por muy sencillo que sea el trabajo. En esta oportunidad, pues le doy gracias a Dios, por la oportunidad que me da de poder trabajar, ganarme la vida honradamente, y hoy, pues ando de esta manera, ofreciendo este bonito separador, un separador muy bonito que le trae un texto bíblico. ¿Sabe, mi estimado, cuánto le cuesta? ¿Cuál es el precio? ¿Le ha gustado el separador que le he entregad? ¿Usted se pregunta cuánto cuesta? El costo y el valor lo pone usted, usted considera el precio, da lo que sea su voluntad, lo que más desee su corazón regalar, no importa el valor de la moneda, todo y cuando lo haga de corazón. Óigame mi estimado, de esta manera me gano la vida honradamente, si usted puede colaborar y ayudar, yo le voy a agradecer, que Dios les bendiga, que les vaya muy bien, un feliz viaje les deseo, a todos ustedes.

Un minuto y 27 segundos. El joven recorre de nuevo la unidad y se sienta al fondo. No parece muy contento.




lunes, 14 de diciembre de 2009

Bielsa y Messi en La Campanera

—¿Dónde está Messi? –pregunta Bielsa antes de irse. Se le ve a gusto y quiere despedirse con una prueba genuina de afecto. No se volverán a ver en mucho tiempo, quizá nunca más en la vida.

Bielsa es Marcelo Bielsa, “el Loco”, el entrenador argentino que ha llevado al fútbol chileno al Mundial de Sudáfrica. Pero Messi no es Lionel Messi, “la Pulga”, sino un niño salvadoreño llamado Francis Retana al que Bielsa llama Messi por calzar una imitación barata de la camiseta del astro del Barcelona. El Bielsa auténtico y el Messi simulado están a punto de despedirse.

Se han conocido hace apenas tres cuartos de hora en la cancha del reparto La Campanera, en Soyapango. Esta es la colonia en la que el fotoperiodista francoespañol Christian Poveda rodó La vida loca, el documental sobre pandillas que le costó la vida. La cancha está al final de la ancha carretera que atraviesa la colonia, hundida en una zona boscosa, y para llegar hay que bajar unos empinados escalones artesanales. El terreno de juego es un simulacro de campo de fútbol: no es rectangular, más parece un cuadrado; el césped, si alguna vez hubo, desapareció casi por completo, y en su lugar hay una tierra tan reseca que uno se pregunta si alguna vez ha llovido aquí.

Bielsa se va a una esquina y desde ahí observa el minientreno que realizan siete niños y niñas, Messi entre ellos. Son ejercicios muy simples con conos y pelotas, y también hay charlas motivadoras. “¿Creen que el estudio nos puede sacar de donde estamos?”, pregunta Carlos, el joven que dirige la práctica. Donde estamos es La Campanera. Y por eso además de Bielsa, los niños, los periodistas y los pocos vecinos, cuatro agentes de la Policía Nacional Civil con fusiles de asalto M-16 cuidan el perímetro con gesto serio.

—¿Dónde está Messi? –pregunta Bielsa antes de irse.

Cuando Messi lo escucha, corre a integrarse en el grupo. Bielsa da las últimas palabras de ánimo y se despide agarrando a todos por el cuello y soltándoles un beso en la mejilla que es recibido con hostilidad por los varones. Messi le aparta su rostro con rudeza.

—¿Acá no se usa el beso? –concluye Bielsa–. En nuestro país es la prueba más genuina de afecto… Así que si los incomodé, me disculpan.

Lo dice como si en verdad fuera él quien tiene que dar explicaciones.

—Hasta luego, chicos.

Bielsa se va. Y Messi se queda en La Campanera.



Fotografía: Roberto Valencia
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(Esta escena es un fragmento modificado de la crónica publicada en el diario El Mundo el 14 de diciembre de 2009)
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