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sábado, 13 de julio de 2013

Yo madre (de un pandillero)


No deseo a nadie que tenga un hijo así, como el mío. No es fácil vivir con esto. A veces quisiera ser una hada y cambiarlo todo, a él, pero lastimosamente no se puede. A veces hubiera preferido que fuera ladrón o afeminado. En la cárcel lo tengo ahorita. Si está ahí es porque algo debe, usted sabe, y si va a salir a las mismas… Puede sonar injusto que una mamá hable así, porque casi todas las mamás quieren que sus hijos salgan, que salgan así deban cinco o diez muertos. Mi forma no es así. Eso de que uno va a estar haciendo daño a otras personas y riéndose de la vida… no. Pero a él no se lo digo como se lo estoy diciendo a usted. Eso me lo guardo. Al principio caía como en depresión. Bien feo me agarraba. Pero si me derribo, ¿quién va a criar a mis otros hijos? Pasé otro tiempo que sentía que me disparaban por la espalda. Otras veces pienso que me van a parar y me van a decir: esta es la mamá de fulano. Es como una sicosis, como que yo anduviera los tatuajes en la frente. Porque hay resentimientos, y si le quieren dar donde más duele… Yo así le digo: tus hermanitos van a pagar el pato… y yo, ¿creés que no? Y por ahí lo voy amortiguando, aconsejando. Le digo: mirá, Dios te tiene aquí con un propósito, que cambiés. Yo sé, mamá, me dice. ¿Qué más puedo hacer? Es mi hijo… Sí, hay madres que se alejan de sus hijos, pero eso no cabe en mi corazón.

 
Fotografía: Roberto Valencia
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(Este es la entrada de una larga crónica publicada el 17 de junio de 2013 en la Sala Negra de El Faro, bajo el título de 'Yo madre')

miércoles, 26 de junio de 2013

Un Estado que mete el dedo en el culo a sus madres


Madre sospecha que se convirtió en madre de un pandillero en la segunda mitad de 2006. Pudo haber sido distinto, pero no.

Abran… ¿De verdad es la Policía? Que aaaaaabran… Una madrugada la Policía se presentó en casa con orden judicial. Gustavo estaba ya encarcelado. Madre abrió la puerta antes de que se la botaran. Gritaron que buscaban armas y drogas. En la casa solo estaban Madre, su anciana madre y sus dos hijos. Se fueron sin nada, dejaron la angustia. Gabriel estuvo todo el cateo temblando y lloriqueando, agazapado ante la horda de uniformados malencarados y armados.

No solo eso. Como su secreto lo conocen contadas personas, a Madre le toca escuchar de todo en silencio. Que si los pandilleros –Gustavo– no tienen hígado, que si son desalmados, que si no tienen corazón, que ojalá un incendio los carbonice a todos. Un hermanastro que sí sabe le dice que lo deseche, que un hijo así no merece sacrificios.

No solo eso. Está la tortura hecha política de Estado en las cárceles.

―Ahora lo de los registros se ha calmado un poco, pero con los soldados era bien feo. Siempre nos desnudaban por completo. Dos veces me metieron el dedo, así como cuando te hacen la citología…

Uno imagina a su propia madre que, por algo tan razonable como visitar a un hijo, alguien le pide desnudarse, abrirse de piernas, le mete el dedo envuelto látex en su vagina o en su recto, y lo gira bruscamente para hallar chips, celulares, marihuana.

—Tuvieron un tiempo a una soldada que se la pasaba diciendo: “Todavía falta el montón de viejas putas”. Ella nos metía el dedo, y gracias a Dios que nunca me puso chulona a hacer flexiones. Una señora entró un día que ni caminar podía por las flexiones. Y otra vez, a una señora mayor le querían meter el dedo y dijo que padecía del colon. Pues no entre, le dijeron, y no pudo ver a su hijo.

El Salvador es un país que ha naturalizado las violaciones de los derechos humanos, que las ha institucionalizado. Un Estado que mete el dedo en el culo a sus madres. 


Fotografía: Roberto Valencia
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(Este es un fragmento de una larga crónica publicada el 17 de junio de 2013 en la Sala Negra de El Faro, bajo el título de 'Yo madre')


domingo, 24 de octubre de 2010

Gente que engrandece un país

A Niña Mari la conoceré en unos minutos, cuando la persona a la que he venido a entrevistar en esta humilde casa del barrio San Jacinto insista en presentarme a su suegra. Niña Mari es María Guadrón, una anciana delgada de ojos pequeños y tímidos, cabello sometido por las canas y piel requemada como la de un rozador de caña. En su pecho carga un rosario. Niña Mari tiene 80 años. Cuando la vea estará haciendo lo que ha hecho toda su vida: lavar. Me la encontraré inclinada sobre el lavadero-pila de concreto, junto a una pila de trastes sucios y con un huacal rojo entre las manos que dejará de inmediato, se secará sonriente en el delantal y me saludará con afecto. Niña Mari tiene ochenta años, ¿lo había dicho ya? Pero parece más joven. Me dirá que cuando está con cualquiera de sus hermanos y alguien les pregunta si ella es la más joven, responden que no, que es la mayor de todos.

—¿Usted cuántos años tiene? –le preguntaré yo.
—Yo ya tengo 80.
—Se ve mucho más joven…
—Ah –reirá con mirada tímida–, ¿de verdad?

Niña Mari lava ajeno. Va dos días por semana a lavar y a planchar ropa en una casa de Santa Tecla desde hace 30 años. Antes iba cinco, pero la vivienda envejeció y se fue vaciando de gente hasta que un día le dijeron que con dos visitas era suficiente. Niña Mari no tiene Seguro Social, nunca lo ha tenido. Niña Mari no tiene pensión de jubilación, nunca la ha tenido. Lleva toda la vida lavando calzones y blumer chucos ajenos y lo sigue haciendo con 80 años. Con lo poco que le pagan aporta a la casa. Me dirá que tiene esperanzas de encontrar otro trabajo, que quizá la contraten donde trabaja su hija Marta Alicia. Ella logró su cartón de bachiller en Salud, pero también limpia ajeno.

—Está en un banco por aquí, por el Mercado Central –me dirá–, porque a veces no pueden hallar de lo que han estudiado, pero como dicen, hay que trabajar de lo que caiga, ¿verdad? Así es. Pero mire, yo oigo en las noticias que van a poner más personal, ella me está diciendo también que tal vez me puedo colocar allí. Ojalá, ¿verdad? Primero Dios.

Tiene 80 años y busca trabajo. En un país en el que en los supermercados la mayoría se cruza de brazos y comienza a mirar impaciente a la nada hasta que alguien –un muchacho, la cajera– le mete su compra en bolsas.

—Madre, no la molesto más –le diré cuando me despida.
—No ha sido ninguna molestia, que le vaya bien.
—Gracias, ha sido un verdadero placer platicar con usted.
—Vaya, que Dios lo bendiga.

Pero todo eso será en cuestión de minutos. Ahora ni siquiera sé que conoceré a Niña Mari, ni que hablaré largo con ella, ni que incluso le terminaré tomando una fotografía porque su yerno así me lo pedirá, ni que al salir de esta humilde casa del barrio San Jacinto sentiré que acabo de estar con una de esas personas que en silencio engrandecen este país, que logran que uno siga enamorado de El Salvador, que permiten mantener la esperanza… A pesar de todo lo demás.


Fotografía: Roberto Valencia

lunes, 10 de mayo de 2010

Día de la Madre y de La Prensa Gráfica

Hoy es 10 de mayo, es lunes y es el Día de la Madre en Qatar, Pakistán, Malasia y Guatemala. También en El Salvador. Pero hoy es un lunes cualquiera para las progenitoras hondureñas, estadounidenses, chinas o brasileñas; los agasajos ellas los recibieron ayer, el segundo domingo del mes. En Nicaragua el Día de la Madre es el 30 de mayo; en España, el primer domingo del mismo mes; y quienes tienen que esperar hasta el último son las mamás dominicanas. Pero ahí no acaba todo. Fuera de mayo, las madres panameñas tienen su día el 8 de diciembre; las costarricenses, el 15 de agosto; y las rusas, el 8 de marzo.

¿Por qué tanto deschongue?

El pasado de 20 de febrero, sin buscarlo, me di de bruces con un porqué. Fue en el lugar menos esperado, en el Cementerio de los Ilustres de San Salvador, el rinconcito de la capital donde las familias poderosas enterraron y siguen enterrando a los suyos. Uno de los apellidos pesados del país es Dutriz. Son los propietarios, entre otras cosas, de La Prensa Gráfica, el diario más influyente en la agenda nacional, que hoy también celebra casualmente –¿casualmente?– el 95 aniversario de su fundación.

Entre tanto mausoleo, la tumba de los Dutriz se ve apocada. Es apenas una gran losa rectangular de mármol tirada en el suelo, sobre la que están tallados los nombres y las fechas de los fallecidos.

—Como ven, para tener una tumba elegante no necesariamente hay que hacer un gran edificio o un gran mural, sino que se puede tener un mausoleo bonito y sumamente sobrio –dijo megáfono en mano Benjamín Melara, el guía de la visita nocturna.

Aquel día, Melara explicó al grupo por qué en El Salvador el Día de la Madre se celebra el 10 de mayo.

—Uno de los detalles de la familia Dutriz es que la inauguración de La Prensa Gráfica y el cumpleaños de la jefa de la familia en ese entonces eran el 10 de mayo. Entonces, en El Salvador se hizo un concurso para ver qué día se nombraba el Día de la Madre, y la influencia que tuvo la familia Dutriz fue tal que, como por coincidencia, el 10 de mayo se nombró Día de la Madre para los salvadoreños, aunque en la mayoría de los países es el segundo domingo de mayo. ¡Para que vean el poder de los medios!

Todo eso lo dijo Melara aquel día de febrero.

Sea un porqué cierto o no, hoy es el día de las madres salvadoreñas. También lo dice Almacenes Simán. Felicidades a todas. Ídem para las mamás cataríes, las paquistaníes, las malasias y las guatemaltecas.


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