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sábado, 12 de enero de 2013

Estrategias de venta (barritas de chocolate)


La de hoy es la primera vez que viajo en bus con mi hija Alejandra, que aún no cumple los 3 años. Es martes y es diciembre. Son las cinco y diez de la tarde. Abordamos la unidad de la Ruta 30-B en la parada que está cerca del cruce del bulevar Universitario con la avenida Izalco. Por fortuna, hay dos asientos juntos libres en la parte delantera. Acomodándonos estamos cuando entra el vendedor: unos 160 centímetros de estatura, unas 220 libras de hueso y carne, una horrible camisa con aspiraciones tropicales. Soy yo el que está junto al pasillo y me pone en la mano lo que parece ser una barrita de chocolate. Mi hija corresponde el supuesto derroche de amabilidad con una amplia sonrisa. El vendedor llega hasta el fondo, regresa y se para junto a mí.

―Muy buenas tardes, amables pasajeros, que se dirigen en esta unidad de transporte. Perdónenme la bulla, la molestia, que les voy a ocasionar en esta hora. El motivo no es venir a ofender. Yo quería venir a ofrecer…

Alejandra, que ya tiene la barrita entre sus manos, calla y escucha. También su padre.

―…estas barritas de chocolate que ya se encuentran a la venta. En tiendas-supermercados su precio a cancelar es de 45 centavos de dólar. En esta hora se lo traigo como una oferta: 25 centavos me cancela por la barrita de chocolate Power. Para su mayor garantía, le contiene impresa la fecha de vencimiento en cada barrita. Vence en 30 de septiembre del 2013. Son barritas de chocolate…
―Déjeme esta y regáleme otra más –le digo.

Dos coras y la venta se cierra. Comienza a caminar. Se aleja.

―Son barritas de chocolate Power, a una cora. A corita. Chocolate, a una cora, la barrita le damos, por una cora el chocolate Power… –la voz termina diluyéndose.
Alejandra me mira sonriente a los ojos, luego mira la barrita entre mis manos, y más luego mira la suya.

―Son iguaaaaales.

A veces, la felicidad solo cuesta dos coras.

Fotografía: Roberto Valencia

martes, 20 de noviembre de 2012

Mayonesa aguada


Sobre la 8.ª avenida Norte de Metapán, cerca del cruce con la 15 de Septiembre, hay un puesto de tortas como otros tantos miles regados por el país: un gran carretón metálico regentado por una señora sesentona y a la par una pequeña mesa y tres banquitos en los que rotan los clientes. Por $1.60 a uno le dan una torta con todo (“¿Cebolla va a querer? ¿Y chile?”) y una pequeña Salvacola para pasarla.

Terminando estoy la mía cuando se acerca otra señora que evidentemente tiene un trato de amistad con la dueña. Se saludan, se bromean. Están justo detrás de mí y hacen el ademán de hablar en voz baja, pero es más una actuación que un interés real. Les oigo todo. La plática comienza en el precio del pan francés, cada vez más disparado, pero pronto se dirige hacia las calidades de las mayonesas de carretón.

―El otro día –dice la recién llegada– las tortas las compré ahí a la vuelta, pero se me quejaron en casa. Estaba feya la mayonesa… 

―¿Acá, sobre la 15? Sí, ahí le ponen mucha agua. Bueno, en casi todos los puestos de por acá le ponen mucha agua, para que rinda más. Lo que pasa es que si la venta en el día está mala, el agua rápido acideia la mayonesa, y por no botarla algunas así la dan al siguiente día. 
―¿Así cree? 
―Así hacen. Yo acá hago la mayonesa en la mañanita, todos días, aunque me salga un poco más caro.

Pues quizá sea ese el secreto o quizá el hambre por la manejada desde la capital, pero, como diría mi madre –castellana de Castilla ella, castiza–, esta torta con mayonesa del-día-poco-aguada me ha sabido a teta.


Fotografía: internet

domingo, 19 de agosto de 2012

Esmeralda y el mercado de Cojutepeque

Creo tener claro –e intento plasmarlo en mis textos– que es un error suponer que pobreza y bondad van siempre de la mano, como también lo es lo contrario: suponer que pobreza y maldad son indisolubles. Entre los pobres pues abunda la maldad. Suena simple la idea, pero no debe serlo tanto, ya que son puñados los periodistas que se acercan a las personas de escasos recursos con la convicción de que llevan la honradez y la solidaridad en su ADN. Ocurre algo parecido con algunas feministas, que se escandalizan –con razón– ante el marido golpeador, pero que toleran o justifican la violencia de la madre hacia sus hijos. En conclusión, la maldad no es patrimonio de una u otra clase social.

Esmeralda García es pobre, pero su calidad humana está fuera de discusión. Lo escribo con tanta rotundidad porque la conozco desde hace ocho años. Ahora estamos hablando sobre la última vez que ella fue al mercado de Cojutepeque, sobre las picardías de las vendedoras. Esmeralda está convencida de que casi todas tratan de engañar al cliente. Pobres que engañan a pobres.

―En la leche se nota. Está bien rala cuando le han puesto agua. La gente por hacer más le pone agua. Al cocerlo se nota, y a veces gruñen las tripas, gruñen las tripas.
―¿A simple vista no se ve, en el propio puesto?
―No, porque como ya la dan embolsada. Es que las mujeres son bien pícaras. Todas las que venden las cosas embolsadas… juuuuum. Yo no compro lo que está embolsado. Si son tomates, mejor le digo: deme de esos otros, porque yo veo los que me va a poner. En cambio, en las bolsas, ponen los tomates volteados para que no se les vea el lunar, el parche. Ya me ha sucedido.

Habíamos empezado a hablar de la leche porque alguna vez que he visitado la casa de Esmeralda, ubicada en un cantón de San Rafael Cedros (Cuscatlán), me ha invitado a la cuajada más sabrosa que he probado nunca, la que ella misma hace.

―Yo ahora siempre le compro a la misma, porque me da la medida exacta…
―Hay gente honrada también pues…
―Sí, claro, también hay gente honrada. Uno las termina conociendo. Y yo a la que ya me friega una vez no le compro más. Hay una señora, y yo ya le he dicho a mi nuera, que hace los volcancitos de los tomates en la mesita, y pone: diez por el dólar, y cuando llegué a la casa me aparecieron solamente nueve. Y no sé ni cómo lo hizo: porque y los conté en el volcancito y eran diez. A saber cómo quitó uno al meterlos en la bolsa.

Luego me cuenta el caso de un vecino del cantón que fue a Ilobasco a comprar frijol para semilla, frijol nuevo. Se vino contento con el producto y con el precio, pero fue sembrarlo y a los pocos días darse cuenta de que se lo habían bajado, que lo que había comprado era en realidad frijol viejo, puesto a remojar la noche anterior para que hinchara tantito. No le nació.

Este tipo de relatos no tienen fin en boca de Esmeralda. Y si así tratan a los oriundos en el mercado, ya pueden imaginar a qué niveles se disparará la picaresca con el foráneo. 

Fotografía: internet

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¿Quiere leer más sobre Esmeralda?

miércoles, 18 de julio de 2012

Estrategias de venta (caramelos)

Mercadería en mano, el vendedor deja subir primero a los pasajeros, se asoma luego a la puerta del bus y, sin intercambiar palabra alguna con el motorista, a puras miradas y gestos con las cabezas, gestiona la visa que le permite entrar sin tener que pagar los $0.20 que cancelamos los demás. Recorre la unidad, entrega a quien se la acepta una bolsa transparente llena esta vez de caramelos, y deshace sus pasos para apostarse cerca de la entrada. Ahí empieza la actuación.

―Muy buenos días. Me van a disculpar la bulla y la molestia que les causamos día con día los vendedores…

Son las casi las 11 y media de la mañana de un miércoles de mayo. La ruta, la 52; un clásico Blue Bird de colores vivos y asientos desahuciados. La parada es la ubicada en la 63.ª avenida Norte y alameda Roosevelt, muy cerca del Divino Salvador del Mundo. El bus va cargado, pero los asientos aún alcanzan para todos.

―…Les traigo a la venta un delicioso caramelo. Su nombre es Mini-cuquis. Es un caramelo que le viene con sabor a leche, con tracitos de galleta y cubierto de crema de chocolate. Lo tiene a la venta, en toda buena tienda, a un precio de seis centavos de dólar por cada uno. Pero ahora en día, les he pasado entregando siete por una cora ($0.25 de dólar), para que vaya saboreando en el camino. Le lleve al niño, a la niña, le lleve siete Mini-cuquis por una cora. Con trocitos de galleta, cubierto de crema de chocolate…

Habla enérgico, con ritmo, sin atropellos. Se ve que es de los experimentados.

―…De nuevo, muchas gracias. Dios me los bendiga y me los lleve con bien hasta donde ustedes se dirijan.

Recorre de nuevo la unidad en marcha, repitiendo los concepto clave: “Siete por una cora”, “Gracias”, “Cubierto de crema de chocolate”, “Gracias”… Vende cuatro o cinco bolsas. Parece bajarse satisfecho frente al centro comercial Galerías.


Fotografía: Roberto Valencia

martes, 29 de mayo de 2012

Hot-dog sin dog

Don Jesús –nacido en la comunidad Quiñónez de San Salvador, 57 años, deteriorado prematuramente– llega todos los días a media mañana con su carrito a rastras al centro comercial España, un inmueble que suena más que lo que en realidad es. Es un edificio de dos alturas ubicado en el centro de San Salvador, sobre la 13.ª calle oriente, a dos cuadras de la sede central de El Diario de Hoy, y la etiqueta de centro comercial bien podría ser sustituida por la de centro de oficinas de poca monta. Buena parte de los locales están vacíos, pero aún hay el movimiento necesario para que don Jesús crea que es un buen lugar para vender.

—Yo antes vendía casetes, como 12 años estuve vendiendo casetes yo. A las fábricas iba, al Plan de la Laguna sobre todo, con mi ataché, mi maletín, y a 15 colones los daba… pero cuando empezó el cidí, el casete pronto lo botaron. Y en el 98 empecé con esto otro…
—¿Y no le entró a los cidís usted?
—No, empecé con esto otro…

Esto otro es el pequeño y destartalado carrito con el que en los últimos 14 años don Jesús se ha ganado la vida. Tiene un letrero harto explícito: Hot Chili Dogs. Cada día, me dice, vende unos setenta u ochenta de sus peculiares hot-dog, una parte aquí, en el dizque centro comercial, y la otra frente a una escuela, en la tarde.

—Rico, ¿va? –me pregunta cuando me entrega el segundo que le compro.
—Umm –asiento y sonrío, pura educación–. Y usted, cuando empezó con esto, también los vendía en colones, ¿no?
—Sí, a tres colones colones los vendía, pero fueron subiendo.

No tanto para haber 14 años y una dolarización de por medio. El principal –el único– atractivo de los hot-dog de don Jesús hoy es su precio: cincuenta centavos de dólar cada uno, cuatro colones y fichas. El pero es que no tienen salchicha. Son solo el pan francés largo y estrecho, relleno con abundante curtido y chile al gusto, y recubierto con salsas de colores varios. Suficiente para matar el hambre.

Fotografía: internet

viernes, 4 de noviembre de 2011

Magaly, María, Rafael y Óscar Arnulfo

Magaly López, María Espinoza y un tal Rafael Correa coincidieron ayer –30 de octubre de 2008– en la entrada oriental de Catedral metropolitana. Los juntaron el azar y Monseñor Romero. El fugaz encuentro ocurrió al filo de la 4 de la tarde, en un espacio poco más grande que el que hay dentro de un ascensor. Después, cada quien siguió con lo suyo.

Magaly López tiene 10 años. Nada sabe de cumbres iberoamericanas ni cosas de esas. Trabaja. Junto a su hermana Fátima llega a diario a catedral desde la residencial Altavista, en Ilopango. Venden –intentan vender– unas calcomanías con motivos religiosos, dos sobres por el dólar. Para aprovechar el tirón que tiene Monseñor Romero, su madre las deja en las entradas a la cripta. Magaly no pudo endosarle ninguna de sus calcomanías al señor de ojos zarcos e impecable saco que se le acercó, le acarició la cabeza y le sonrió.

—¿Y sabes quién es él? –le pregunté después.
—No.

María Espinoza llega a catedral cada día desde hace cinco años desde El Rosario, Laz Paz, cerca del aeropuerto. Se sienta en la entrada oriental de 2 de la tarde a 5 y media. Monseñor Romero, dice, genera bastante movimiento. Ayer estaba en su banquito de plástico con su huacalón lleno de elotes, tamales y atol cuando un tal Rafael Correa se bajó de un potente carro granate. Vio frente a sus narices cómo saludaba a una niña llamada Magaly.

—¿Y usted sabe quién vendrá hoy? –le había preguntado media hora antes.
—No.

Rafael Correa, presidente de la República del Ecuador, se ausentó de la XVIII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado, en la exclusiva colonia San Benito, para bajar hasta el centro de San Salvador, a Catedral metropolitana. Su deseo era conocer el mausoleo bajo el que se encuentran los restos de Monseñor Romero. Descendió de su potente Toyota Prado granate y, con la connivencia de su equipo de seguridad, saludó a una niña llamada Magaly frente a las narices de una vendedora de elotes llamada María.

Después entró en la cripta, raudo. Dejó a los periodistas que lo acechaban sin las ansiadas declaraciones. A la salida, y entre empujones, alcanzó a decir que Monseñor Romero es un ejemplo de vida para los latinoamericanos, que quisiera que la Iglesia siguiera más su ejemplo. Lo dijo con la voz casi apagada por gritos de ¡Viva Rafael!, de ¡Vivan los gobiernos de izquierda! de ¡Correa, Correa!

Todo ocurrió en apenas 12 minutos. Después, el tal Rafael Correa regresó a la Cumbre a proponer una nueva arquitectura financiera regional. Magaly se quedó junto a su hermana vendiendo calcomanías a dos por el dólar; y María, ofreciendo atolyelotes y tamales a $0.25, $0.30 y $0.35.

El encuentro seguramente no se repetirá nunca.


Fotografía: Salomón Vásquez
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(Esta es una versión de una crónica ligera publicada el 31 de octubre de 2008 en el diario salvadoreño La Prensa Gráfica, bajo el título de "Correa hizo una escapada por Romero")

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Estrategias de venta (chocolatinas)

Tiene unos 25 años. De su rostro serio destacan el candado y el pelo largo y repeinado hacia atrás, como si hubiera utilizado aceite para domarlo. Viste unos jeans desgastados, un par de tenis plantosos y una camisa tipo polo roja que en el pecho tiene cosido el logo de una asociación de vendedores llamada AVTRASCOSS. Acaba de subir al bus de la Ruta 52 en la parada ubicada a una cuadra de la plaza Divino Salvador del Mundo, salta el torno no sin dificultad, y acomoda el producto antes de arrancarse.

—Buenos días, amables pasajeros. Vean lo que les traigo. Déjenme decirles que este producto no le contiene galleta, no le contiene maní. Le viene el cien por ciento de puro chocolate. Este producto el cual lo pueden encontrar en todo buen supermercado, y su precio a cancelar es de 30 centavos...

El joven levanta enérgico tres chocolatinas como si estuviera jugando naipes.

—…pero a mí no me va cancelar eso. Solo le pido una cora, y además por esa cora yo le voy a dar dos chocolates; dos chocolates se me está llevando por 25 centavos de dólar. Para que le pueda llevar al niño, a la niña, y vayan saboreando por el camino…

También tiene chicles Trident –dos por la cora– y una barrita de caramelos de mentol con eucalipto, pero los ofrece sin ganas, a la pasada, como si supiera que su producto estrella son las chocolatinas.

—Persona que desee llevar algo, que desee disfrutarlo, pasaré por cada uno de sus asientos. De antemano, muchas gracias y que dios los bendiga.

Fotografía: Internet

martes, 1 de marzo de 2011

Estrategias de venta (rotuladores)

Sube al bus seria, intercambia dos fugaces gestos con el motorista y, no sin pocas dificultades –es bajita y con evidente sobrepeso–, supera el torno. Cruzada en el pecho carga una pequeña mochila donde lleva lo que tratará de vender a los pocos usuarios que a esta hora, media mañana, viajan en esta unidad de la ruta 52.

Cuesta relacionar la palabra deporte con un cuerpo así, pero el look que trae es deportivo: pelo recogido, tenis, unos pantalones de pana negros y oscuros, y encima de todo un suéter naranja que apenas disimula la grasa acumulada y que se me antoja demasiado grueso para el calor que hace. Colgado en el pecho tiene un carné que la identifica como vendedora en esta ruta. Antes de pronunciar palabra alguna, saca de su mochila tres rotuladores y los coloca en su mano izquierda, aprisionados entre las bases de sus dedos. Es evidente que lleva algún tiempo en la venta de este producto.

—Vengo a decirles –se arranca– que quiero que conozcan un producto, el cual a usted le ayudará. Se trata de lo que es un Pilot, el cual sirve para rotular y marcar; remarca lo que es madera, láminas, plástico, vidrios o cidis, y le marca también lo que es el hierro. Lo tengo en lo que son dos anchuras diferentes: delgado y grueso, para hacer pequeñas rayas finas o hacerlas más grandes gruesas. Su precio nacional en toda librería es de 70 centavos de dólar, pero hoy en día se lo traigo a la palma de su mano a la mínima cantidad de un dólar.

La señora escruta con su mirada a los pasajeros que tiene más cerca, quizá con la esperanza de que alguno haya reparado en que el precio que está ofreciendo es más elevado. Sigue sin sonreír.

—No, señor y señora, por ese dólar yo no le voy a pasar a entregar lo que es solo un Pilot, sino que se le trae con una oferta en el cual yo voy a entregarles tres Pilot de lo que son los tres colores: azul, negro y rojo. Pero también le voy a pasar a entregar lo que es un marcador, un marcador el cual es muy útil para marcar cosas importantes: marcar párrafos, marcar temas o marcar textos bíblicos u otra actividad. Su precio a cancelar en toda librería es de un dólar. Pero también le voy a pasar a entregar lo que es una cuchilla, el cual es muy útil para cortar cartón, cartulina, durapax o abrir una caja.

La señora, con sus dos manos al aire y cargadas ya con tres Pilot, un marcador rosa fosforescente y un cutter ancho y amarillo, toma aire para la que parece que será su última embestida. Sigue sin sonreír.

—Por un dólar se lleva lo que son los cinco productos: los tres Pilot, el marcador y la cuchilla. Ahora pasaré por cada uno de sus asientos. Por su atención prestada, gracias. Que Dios les bendiga a todos y que tengan un buen día. Muchas gracias.

Y la señora comienza a mover su cuerpo orondo por el pasillo del autobús; mientras camina despacio, va repitiendo la misma cantinela, casi cantada: “Por un dólar se lleva la oferta de cinco productos, por un dólar se lleva la oferta de cinco productos, por un dólar…” Cuando llega al final, el bus está detenido y la puerta abierta; se baja sin siquiera voltearse, triste quizá porque su ensayado discurso le fallara una vez más.


Fotografía: Roberto Valencia

martes, 18 de enero de 2011

En El Salvador manejamos mal

En El Salvador manejamos mal. Más de 1.100 fallecidos en accidentes de tránsito durante 2010 –tres cada día– no dejan mucho margen para la objeción, y menos aún cuando esas cifras se relativizan: la tasa de muertos por cada 100.000 habitantes es cinco veces –cinco veces– superior a la de España, y eso que tenemos un parque vehicular proporcionalmente menor y mayores restricciones en cuanto a la velocidad máxima permitida. Pero incluso dejando los números a un lado, hasta un ciego ve que los carros se parquean sobre las aceras con total impunidad, que los intermitentes parecen elementos decorativos, que el respeto al peatón está bajo mínimos, que manejar borracho no está socialmente mal visto, etc., etc. Se mire por donde se mire, y pese a quien pese, en El Salvador manejamos mal.

A esto le voy dando vueltas mientras manejo por la carretera Panamericana rumbo a una pequeña ciudad del oriente del país llamada Santiago de María. Manejemos mal, no hay duda, pero veo –y así lo registro en mi grabadora– que no es solo cuestión de habilidades al volante, que la siniestralidad es, creo yo, el resultado de un cúmulo de circunstancias que podrían agruparse en cuatro: una pésima educación vial, una débil institucionalidad que genera impunidad, unos índices de pobreza que convierten las carreteras en codiciados puntos de venta y una tolerancia social hacia todo lo anterior.

Acabo de dejar atrás San Martín, la última ciudad del Área Metropolitana de San Salvador. Estoy en el campo, aunque esto es un decir en el país más densamente poblado del continente y sobre el... (Este relato puede leerlo completo pulsando aquí).

Fotografía: Roberto Valencia

domingo, 21 de noviembre de 2010

Estrategias de venta (silencio)

No son pocos ya los post de este blog que narran las distintas estrategias de venta que utilizan los vendedores que a diario suben a los buses para, con literalidad hiriente, ganarse la vida. Hoy es un martes cualquiera de octubre, y abordo la ruta 52 en la parada frente a Puertobús, sobre la alameda Juan Pablo II de San Salvador. Lo hago con la grabadora en la bolsa, preparado para encenderla apenas entre el primero. Hasta ahora, en estos meses en los que he prestado más atención al tema, me ha tocado escuchar discursos alegres y entristecidos, discursos que venden el producto y otros que venden al vendedor, discursos que apelan a la solidaridad y algotros también intimidatorios. En fin, una variada gama de discursos, pero todos, absolutamente todos, dependientes de la oratoria del vendedor. Por eso me sorprendo cuando ella sube y, sin decir palabra, entrega a los pasajeros bolsitas con caramelos. Lo hace a toda velocidad, como si sintiera vergüenza. Una de esas bolsitas transparentes llega también a mis manos. Adentro hay dos minipaquetes de chicles Clorets, y unos 10 caramelos de distintas marcas, pero todos emparejados de dos en dos. También hay un papelito con un texto.

HOLA SOY SORDA. VENDO ESTOS DULCES. VALOR $0.25.

Ella es joven y regordeta, bien podría confundirse con cualquier estudiante universitaria. Lleva una mochila negra cruzada en el pecho, para poder sacar con mayor facilidad las bolsitas. Viste jeans azules y una camisa polo de color rojo que lleva bordado en el pecho y en una manga el nombre de una asociación de vendedores. El pelo lo tiene recogido en una cola, que le sale por el hueco de la parte de atrás de su cachucha blanca.

Sea o no sea sorda, porque en esto nunca se sabe, tiene una estrategia más que interesante, y efectiva, vista la cantidad de personas que le dan la cora en vez de devolverle la bolsita. Es además una estrategia rápida. Menos de dos paradas. Se ha subido en la del colegio Joya de Cerén, frente a la Torre Telefónica, y se apresta a bajarse en la puerta principal del Centro Comercial Galerías. El bus se detiene, y ella desciende las escaleras, cruza la calle y se sienta en una verja que hay junto a la parada, a esperar en silencio al siguiente bus. 


Fotografía: Internet

domingo, 26 de septiembre de 2010

Estrategias de venta (ilusión)

—Buenas, con el debido respeto que se merecen -la voz enérgica-, les deseo que tengan lo que es un buen día. También agradecer al señor motorista la oportunidad que me da de subirme a esta unidad del transporte. Déjenme decirles que yo les traigo lo que es un truco de magia…

El último pasajero en abordar este autobús de la ruta 2-C tiene la cara pintada con colores vivos, las líneas muy bien trazadas. Es un payaso, y se ve que cuanto menos domina el arte del maquillaje. Sabe que su disfraz dejaría de serlo sin esa capa multicolor en su rostro. Viste una camisa con dibujos de dragones en la que predomina un azul muy vivo. Los jeans, azules, sin mayor secreto. Y calza zapatones blancos, pero no lo habituales del gremio, sino unos que son grandes nomás por haber pertenecido quizá a algún jugador de baloncesto. El bus aún no arranca, pero por la hora aún va tranquilo, todos sentados, y el payasito se detiene cerca de la entrada, justo a mi lado.

—Déjeme decirle que yo del bolso de mi pantalón voy a sacar lo que es esta pañoleta roja, la cual yo la voy a extender por completo –y la extiende por completo–. Como ustedes pueden ver, nada de este lado, tampoco de este. Ahora vamos a agarrar lo que son las cuatro puntas de este bolado, las unimos, vamos a cerrarlo con esta punta, de esta otra, esta otra por aquí, esta por aquí, esta por aquí –el payasito hace lo que dice, y el resultado en un gurruño rojo–. Abrimos de aquí, sacudo, soplo, sacudo, soplo, sacudo, soplo, sacudo, soplo, ahí caballero, si es tan amable –se dirige a un hombre que ni siquiera le devuelve la mirada–, vamos a meter la mano en este bolado, para ver qué es lo que sacamos. Señora, por favor, ¿sería usted tan amable de levantar la pañoleta?

La señora sí le sigue el juego, y levanta la pañoleta de una de las esquinas: en la mano del payasito aparece un huevo.

—¡Sacamos un huevo, mire! Todos se preguntan, todos se dicen: ese huevo es de mentira, es de plástico, es de goma. Déjeme decirle, familia, que el huevo no es de mentira ni es de plástico ni es de goma, y se lo voy a demostrar. Caballero, por favor –se dirige a otro, evidentemente más complaciente que el primero–, con el debido respeto que se merece, ¿me puede tocar el huevo?

Todos sonreímos, mientras él aprovecha para envolver el huevo con la pañoleta roja.

—No, no piense mal. Además, también lo podemos desaparecer. Vamos a colocar el huevo dentro de la pañoleta. Caballero –ahora se dirige a mí–, ¿esto ya lo hizo alguna vez?
—No –respondo, en un tono tan tímido que debo reforzarlo con un movimiento de cabeza.
—Primera vez que lo hace. Es muy simple. Lo único que va a hacer es tener el huevo y a la cuenta de tres va a soltarlo, ¿okey?

El payasito me sujeta con una mano mi muñeca derecha, que me la levanta, y con la otra mete en mi puño la pañoleta. Por encima del puño queda el huevo cubierto, al menos eso es lo que yo siento por el peso. Si ahora deshiciera mi puño, que es lo que me pide, 
caerían sobre mis rodillas la pañoleta y el huevo.

—Levanta más la mano, vamos. Uno, dos, tres, ¡suéltelo, caballero!

Puede más la confianza en este desconocido, y abro mi puño. Pero solo cae la pañoleta roja.

—Todos se preguntan, todos se dicen, ¿qué se hizo del huevo? Algunos estarán diciendo: ese huevo ya lo desapareció el payaso. No, familia, el huevo no desapareció, el huevo ahorita lo lleva el caballero debajo del asiento. Así que, caballero, levántese y dame el huevo.

Me levanto del asiento para comprobar si, cual gallino, estoy empollándolo.

—Son bromas, caballero –y al payasito se le sale una tenue risa que solo yo alcanzo a escuchar–, no lo busque, de veras –vuelvo a sentarme con cara de circunstancias–. Para mí es un honor, y es un orgullo que a un bus se suba una artista, un payaso, un cómico a hacerle un truco de magia o algo por el estilo. Es así, ¿verdad? Por eso voy a pasar por una colaboración, lo que le salga de su corazón. Así yo me despido con este lindo poema que dice así: Del cielo cayó una rosa/ de ella salió un botón/ pero de veras yo a ustedes/ los llevo en mi corazón. Que tengan un feliz viaje y que el Señor me los bendiga a cada uno de ustedes y derrame bendiciones. Así que muchas gracias.

El payasito da el primer paso, pero su actuación aún no ha terminado. Falta la guinda.

—Ah, familia, quedamos en un deacuerdo, oiga: si no lleva, pues no se aflija, oiga, porque yo acepto cadenas, pulseras, anillos, aritos, las llaves de la casa, las llaves del carro… De todo menos niños, porque mucho comen.

El show le ha llevado 2 minutos y 49 segundos. La cosecha de monedas es modesta, demasiado para un vendedor de ilusiones, pero el payasito ha logrado arrancar un buen puñado de sonrisas y hasta de risotadas abiertas que quizá –no creo– le compensen.



lunes, 16 de agosto de 2010

Estrategias de venta (toallitas)

El vendedor sube al bus de la ruta 2-C y salta el torno con delicadeza, como si llevara una bandeja con bebidas, aunque lo que carga en la palma de su mano izquierda es una torre de toallitas perfectamente dobladas. Las hay rosadas y azules, todas con los tonos apastelados de la ropa de los bebés. El vendedor, el último en subir, camina apenas dos pasos por el pasillo antes de iniciar el ritual. Viste bien: jeans, zapatos lustrados, camisa de cuadros y el celular colgado al cincho. Tendrá unos 30 años y parece que se gasta sus centavitos en la peluquería. Tiene presencia y no intimida, pero algo en su tono de voz no termina de encajar, suena como si fuera cantilena.

—Tengan todos muy buenos días. Discúlpenme la bulla y la molestia que les vengo a ocasionar. Seré breve. Les traigo lo que son estas bonitas toallitas. Son suaves, son dobles. Para que le lleven a su niño o a su niña, que va con esto a la escuela, al kínder. O para su uso personal. El precio: dos toallitas faciales por una cora, dos por 25 centavos de dólar.

Cumplió: fue breve. No dio las gracias de rigor que sirven de punto y final en estas situaciones. Apenas fueron 23 segundos desde que comenzó a hablar hasta que avanzó por el pasillo mientras ofrecía lo suyo al susurro de toallitas, toallitas. No vendió una.



sábado, 31 de julio de 2010

El busero cabal

—¡Que aquí no!

El grito lo refuerza con un vigoroso movimiento de dedo para dejar claro que aquí no, que aquí no abrirá la puerta del autobús.

Lentes de sol, goma de mascar y el pelo como si lo llevara mojado y repeinado hacia atrás. Treintañero, barriga incipiente. Incluso si uno se lo encontrara viendo escaparates en Metrocentro adivinaría que es un busero. Viste jeans azules y un polo verde con rayas amarillas horizontales. Maneja un bus que tiembla como lavadora vieja, de la ruta 41-D, la que sube hasta el reparto La Campanera. En su parte delantera, justo encima del espejo al que el busero mira como si en ello le fuera la vida, tiene dos adhesivos largos como una baguette: uno dice Protégenos, Señor; el otro, Need for Speed. Viene del centro de San Salvador, y ahora entra en el centro de Soyapango. La trabazón que generan las ventas obliga a ir despacio, a pie se avanzaría más. Es en momento cuando, ante los golpes que con insistencia una señora da al cristal de la puerta, el busero agita su dedo y grita que aquí no.

—¡Que aquí no! ¡Que la parada está en la próxima cuadra! ¡Allá puedo parar, aquí no!

La puerta, cerrada.

Sorprendido, anoto en mi libreta: “Nunca pensé verlo aquí”. Y encierro las palabras en un recuadro junto a dos letras: CG.



Fotografía: Roberto Valencia

miércoles, 21 de julio de 2010

Estrategias de venta (periódicos)

No es un ladrón ni un aspirante a pastor evangélico ni tampoco el enésimo vendedor de galletas. Vende sí, o lo intenta al menos, pero lo hace con swing. Tiene don. Se acaba de subir al bus de la ruta 52 en la parada que está junto al centro de Gobierno, sobre la alameda Juan Pablo II. Viste bien y limpio. Jeans, camiseta, cachucha, como cualquier joven que apenas sobrepasa los veinte. Pasaría desapercibido si no fuera por esa especie de manta que le cuelga del hombro, de un anaranjado chillón, que le sirve para llevar dos docenas de periódicos semienrollados. Pasaría desapercibido, pero ahora es lo que menos quiere. Él quiere vender en dos minutos El Mundo, un diario salvadoreño de los intrascendentes, de los que cuesta vender. Se ha subido el último y, apenas el bus arranca, entrega cinco o seis ejemplares a pasajeros al azar.


—Muy buenas tardes, amables pasajeros. Acá les traigo diario El Mundo. Vean, vean qué completito viene hoy. Acá pueden leer el conflicto del gas, que unos dicen que sí al subsidio y otros que no, pero lo que sí está claro es que no son 11 dólares como usted se informó, ¡son casi 15 dólares lo que le va a costar a usted el tambito de gas ahora! Aquí viene más claro. Y más, noticia de última hora: ¡han capturado al venezolano Peña Esclusa! ¡Alejandro Peña Esclusa ha sido capturado! ¡Miren! –y enseña, orgulloso, el diario abierto de para en par– Por lo visto, acá, en El Salvador, esto era una red completita, no era solo Chávez Abarca, no era solitario. Era un comando radicado aquí, en El Salvador. Aquí viene más claro, miren. Y esta otra historia, miren, la historia de este pobre hombre, salvadoreño, de Soyapango, que cuenta cuál fue la razón que lo llevó a cometer ese error, ¿verdad? A dar a sus hijos tortillas hechas con semilla envenenada. Y lo más grave, dice, es que cualquier papá hubiera hecho lo mismo. Vean la situación extrema que se vive en nuestro país. Pues bien, si usted se quiere llevar el diario, se lo puede llevar. Son 25 centavos, y ahí le trae más noticias. Le va a interesar, de verdad. Y solo por una cora. Gracias.


Un minuto y 51 segundos. Nadie le compra nada. Sin embargo, conoce lo que vende, y me deja la sensación de que hay quien hace más por la supervivencia del papel impreso que las propias empresas periodísticas. Y que los propios periodistas.

jueves, 20 de mayo de 2010

Estrategias de venta (separadores)

La unidad de la ruta 41-D se detiene. Son la 4:40 de la tarde y suena a volumen infernal Ella se fue, de Segundo Rosero. Esta es una de las paradas en la urbanización Prados de Venecia, en Soyapango. Un joven se asoma, pide permiso al conductor con un gesto y salta el torno tras la aprobación. El bus se pone en marcha. Viste jersey marrón con finas rayas blancas horizontales, jeans azules y sucios, y carga al hombro un pequeño morral cuadriculado. Lo abre, saca un manojo de cartulinitas blancas y brillantes que tienen amarrada una pita amarilla. Entrega una a los que se dejan. Regresa a la parte delantera y empieza a gritar.

—Bueno miren, señores, tengan todos y cada uno de ustedes amablemente muy buenas tardes, que el Señor Dios Todopoderoso me les bendiga. Espero primeramente no incomodar a nadie, ni con mis palabras ni mucho menos con mi presencia. Dice un dicho que todo trabajo, mientras sea honrado, es bueno delante de los ojos de Dios, siendo merecedor de su salario, por muy sencillo que sea el trabajo. En esta oportunidad, pues le doy gracias a Dios, por la oportunidad que me da de poder trabajar, ganarme la vida honradamente, y hoy, pues ando de esta manera, ofreciendo este bonito separador, un separador muy bonito que le trae un texto bíblico. ¿Sabe, mi estimado, cuánto le cuesta? ¿Cuál es el precio? ¿Le ha gustado el separador que le he entregad? ¿Usted se pregunta cuánto cuesta? El costo y el valor lo pone usted, usted considera el precio, da lo que sea su voluntad, lo que más desee su corazón regalar, no importa el valor de la moneda, todo y cuando lo haga de corazón. Óigame mi estimado, de esta manera me gano la vida honradamente, si usted puede colaborar y ayudar, yo le voy a agradecer, que Dios les bendiga, que les vaya muy bien, un feliz viaje les deseo, a todos ustedes.

Un minuto y 27 segundos. El joven recorre de nuevo la unidad y se sienta al fondo. No parece muy contento.




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