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jueves, 19 de enero de 2012

El disparo de Chico Campos

Ahora no lo parece, pero esta historia tiene final feliz.

Dentro de unas dos horas LA fotografía estará en Washington, desde allí se enviará a todo el mundo, el fotoperiodista se habrá calmado, y mañana será portada de The New York Times y The Washington Post. Pero ahora no. Ahora el fotoperiodista –un salvadoreño llamado Chico Campos– maldice, se tensa, por ratos quiere que se lo trague la tierra. Acaba de cometer un error del tamaño de una catedral: se ha distraído en el revelado, ha puesto los rollos en el químico equivocado y ha arruinado el trabajo de toda la mañana.

Hoy es 16 de enero de 1992 y faltan menos de dos horas para el mediodía, la hora a la que el material debería estar enviado. Chico Campos, el responsable gráfico en San Salvador de la agencia Associated France Presse (AFP), acaba de echar a perder todas las imágenes sobre las celebraciones por los Acuerdos de Paz.

Faltan menos de dos horas y aún no ha sido tomada LA fotografía.

Hay tiempo, piensa Chico Campos. Prepara de nuevo los químicos, sale disparado de la oficina –ubicada cerca del redondel Baden-Powell, en la colonia Miramonte–, se sube en su vespa y gira el acelerador rumbo a plaza Gerardo Barrios, a ver si puede al menos salvar el día.

***

Desde que la imagen y la palabra se aliaron para bien del periodismo, los grandes acontecimientos de la historia –las guerras en particular– tienden a cristalizarse en una fotografía que, para la conciencia colectiva de un país o de la humanidad entera, se convierte en LA fotografía. Sin concursos ni encuestas ni votaciones. Simplemente sucede. Una niña asiática que corre desnudada por el napalm remite a la Guerra de Vietnam. El pelotón de soldados que clava en Iwo Jima el mástil con la bandera estadounidense condensa cuatro años de encarnizados combates en las islas del Pacífico durante la II Guerra Mundial. El miliciano captado por Robert Capa cuando recibía un balazo simboliza toda la Guerra Civil Española.

—Chico, ¿vos cuál creés que es LA foto de la Guerra Civil de El Salvador?
—Por toda la repercusión que tuvo, creo que la foto de la Paz sí es esta –me dice Chico Campos 20 años después, sentados en un puesto de tortas a apenas tres cuadras del lugar donde tomó la fotografía–, pero LA foto de la guerra… No, no creo… Ni las que tomaron los fotoperiodistas extranjeros… No creo que haya una que todo el mundo la vea y diga: ah, la guerra de El Salvador, ¿va? Que yo recuerde, no hay.

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Este 16 de enero no es una sorpresa para nadie. Las negociaciones entre el Gobierno y la guerrilla del Frente Farabundo de Liberación Nacional (FMLN) cuajaron el 31 de diciembre pasado, y desde hace días se sabe que el presidente de la República y los comandantes guerrilleros firmarán hoy los Acuerdos en el castillo de Chapultepec, en México DF. En El Salvador los bandos en contienda han organizado actividades conmemorativas, sin corbatas, y la más significativa sin duda es la masiva concentración de simpatizantes efemelenistas en la plaza Gerardo Barrios, el corazón de la capital.

Chico Campos se reunió días atrás con dos de sus compañeros: Pedro Ugarte, enviado por la agencia desde Nicaragua para reforzar la cobertura; y Yuri Cortez, el stringer, al que se le paga por foto. A los dos les dijo que el jefe regional en Costa Rica había sido muy explícito: El Salvador sería este jueves plato fuerte de la agenda internacional, y las imágenes debían enviarse antes del mediodía, para que los diarios europeos las tuvieran antes de su cierre. Con esta orden como premisa inamovible, el plan de los fotoperiodistas se simplificó: Yuri al cerro Guazapa, a Las Moras, el campamento guerrillero más cercano, para poder regresar a tiempo; y los dos más experimentados, a la Gerardo Barrios.

Son las 9:15 de la mañana, y Chico Campos ha gastado dosquetrés rollos. Busca a Pedro, le pide su material y se retira tranquilo para revelarlo. Va sobrado de tiempo. Cuando pasa frente al parque Infantil, al ver que sobre la 7.ª calle poniente viene una manifestación de efemelenistas rumbo a la plaza, parquea la vespa en cualquier lado –sin cadena, sin candado, son otros tiempos– y dispara unos cuadros más.

Ya en la oficina, en la oscuridad del cuarto oscuro, Chico Campos mete los cuatro rollos en el químico fijador sin haberlas revelado aún. Sus fotos y las de Pedro se desintegran.

—Naaaada, de ahí no se rescataba naaaada –me dirá 20 años después–. ¿Y qué me quedaba? Pues comenzar de nuevo.

Faltan menos de dos horas para el mediodía.

***

Francisco Javier Campos Sosa nació el 2 de enero de 1954. Tiene 38 años, y cree que ya va siendo hora de asentar tantito su vida. Se ha casado hace pocos meses con Ana Delmy, y viven juntos en una modesta casita en la colonia Jardín de Mejicanos. En noviembre de este año nacerá Mónica, la que será su única hija.

El gusto por la fotografía le viene desde niño, pero fue a partir de 1979 cuando empezó a tomárselo en serio. Voluntario en Comandos de Salvamento, consiguió una camarita de 8mm y comenzó a fotografiar accidentes y rescates, para facilitar luego los negativos a los periódicos locales y promocionar así la labor de la oenegé. En esas conoció a un fotógrafo del diario El Mundo que logró abrirle puertas, y en 1981 publicaron su primera foto: un incendio.

Hace 10 años, cuando la guerra comenzaba, Chico Campos renunció a su bien remunerado trabajo de jefe de control de producción en IMSA, una empresa que fabricaba estructuras metálicas. Ganaba como 900 colones al mes y en El Mundo empezó con 200 colones.

Durante la primera mitad de la guerra tomó fotos y escribió notas para El Mundo; también hizo radio en una emisora llamada Radio Sonora, y comenzó a estudiar Periodismo en la Universidad de El Salvador. Uno de sus profesores fue Iván Montecinos, el corresponsal de la AFP, que lo llamó para trabajar como stringer apenas se desocupó esa plaza. Fue solo cuestión de tiempo que le ofrecieran un contrato para incorporarse de lleno en la agencia.

***

La vespa vuela hacia la plaza Gerardo Barrios. La parquea en cualquier lado –otros tiempos–, y Chico Campos sube directo a la generosa tarima que han instalado frente a la entrada principal del Palacio Nacional. En ese momento no hay ningún otro periodista. Contra el reloj, su idea es tomar una panorámica de la multitud, para que al menos se sienta la celebración, pero estando ahí parado ocurre algo que no está en ningún guión.

—Yo no estuve mucho tiempo en la tarima, 10 o 15 minutos –me dirá 20 años después–. La cosa es que unas mujeres empezaron a bailar algo folclórico, y me dije: tomo un par de cuadros más para terminar el rollo y me zafo. En el baile las mujeres caminaban para atrás y para adelante, y saludaban al público con las manos abiertas. Les sacaron unos canastos, no se veía qué tenían, pero por cómo iba la cosa entendí que iban a agarrar algo para ofrendarlo. Cuando vi que eran palomas, me preparé, busqué la composición y disparé cuatro o cinco veces. Solo en la que fue publicada están las palomas así.

No que tiene LA fotografía, obvio, pero Chico Campos cree tener una buena foto. Se lo dice el instinto. Busca de nuevo a Pedro, le pide su material y vuela de regreso a la oficina.

Revela, esta vez sin inconvenientes, y envía a Washington unas ocho o diez imágenes de los tres fotoperiodistas. La foto de las palomas la envía de un solo en color. Ha visto el negativo y le tiene confianza.

***

El éxito de LA fotografía quizá radica en su simpleza: en primer plano, las dos mujeres de blanco con los brazos extendidos porque acaban de soltar unas palomas de Castilla –grises, no blancas– que se desviven por alzar el vuelo; en un segundo plano, amontonados en la plaza, se ve a centenares de simpatizantes del FMLN con muchas banderas rojas y pocas azul y blanco, y adelante, media docena de fotógrafos en el lugar equivocado; de fondo, el alma de la imagen, el esqueleto de una Catedral metropolitana aún sin terminar, un feo armazón de concreto sin azulejos de Llort ni cúpulas en las torres, recubierta por incontables pancartas políticas, tosca, ruda, ofensiva, la metáfora de un país consumido por una guerra civil; detrás, el cielo luce limpio y caluroso.

—Hubiera sido aún mejor si toda la gente hubiera estado celebrando, con las banderas levantadas –me dirá 20 años después.

La imagen también traspira pureza: sin apenas edición, sin fotosops que realcen las palomas –a las que cuesta identificar en una primera mirada– o para avivar colores. Es una foto de lugar indicado en momento preciso, sin conservantes ni colorantes.


***

Mañana, cuando Chico Campos llegue a la oficina, comenzará a leer los faxes con las felicitaciones llegadas desde las principales oficinas de la AFP en todo el mundo. Desde París: “Felicitaciones por su cobertura de los Acuerdos de Paz en El Salvador, que fue muy rápida, abundante y muy variada”. Desde Washington: “Francisco, felicitations por tu excelente trabajo de ayer, comencé mi día por ver tu foto de las palomas en la primera página del New York Times y del Washington Post”. Desde Buenos Aires: “Muchas felicitaciones y deseos de que este buen comienzo de año perdure”. Desde San José: “Sobran las palabras cuando las imágenes son elocuentes de su excelente trabajo”.

Su fotografía, que con las prisas bautiza como Dos mujeres sueltan palomas, terminará convertida en LA fotografía, la imagen que los salvadoreños asociaremos con los Acuerdos de Paz, mucho más que cualquiera de las que se han tomado en Chapultepec. Imposible saber cuántos periódicos la publicarán en todo el mundo, pero con los días Chico Campos logrará tener una carpeta con recortes y fotocopias de diarios estadounidenses, españoles, franceses, japoneses, colombianos, argentinos… Nunca el trabajo de un salvadoreño ha sido tan difundido en tan poco tiempo.

—De los recortes que tengo solo el USA Today puso mi nombre –me dirá 20 años después, mientras estemos comiendo una torta mexicana de $1.50 en el centro de San Salvador–; en todos los demás el crédito que apareció fue solo AFP.

Es el precio que se paga por trabajar para una agencia internacional. Pero quién sabe, quizá dentro de 20 años alguien se tome la molestia de detallar cómo y quién tomó LA fotografía de los Acuerdos de Paz, esta imagen que hoy se está distribuyendo por las redacciones de medio mundo y que de alguna manera también contribuirá a que este 16 de enero de 1992 termine siendo en un día tan especial en la historia de El Salvador.


Fotografía: Francisco Campos

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(Esta crónica fue publicada el 16 de enero de 2012 en el periódico digital El Faro, de El Salvador)

jueves, 22 de septiembre de 2011

¡Esto es un Ataco!

¿Y aquí es tranquilo? La pregunta es la de rigor cuando se turistea en cualquier lugar del mundo, con más razón en un país tan descompuesto como El Salvador. Hoy el “aquí” es un pueblito de postal llamado Concepción de Ataco, en Ahuachapán, y la respuesta del encargado del hostalito fue que sí, que es tranquilo, en perfecta armonía con la buena vibra que me transmite el lugar. Pues bien, hace un rato mi esposa y yo vimos la ciclópea cruz blanca en medio del cerro y quisimos ver Ataco desde allá arriba. Y surgieron las dudas. No es paranoia gratuita, creo. No soy de esos salvadoreños que viven encapsulados, temerosos hasta de su propia sombra, de esos que solo conocen la pobreza por televisión. Soy asiduo de la 52 y de la 101-D, camino cuanto puedo y me gusta sobremanera almorzar o echarme unas Pílsener en algún chupadero del centro de San Salvador con mi amigo Francisco Campos. Pero diez años en El Salvador pasan factura. Y ahora, después de subir esta cuesta infinita entre brumas, arañas y cafetales, después de sentir la soledad, uno no termina de disfrutar este mirador privilegiado por la maldita sensación de que aquí y ahora algo malo podría pasar.

Fotografía: Iris Girón

miércoles, 18 de mayo de 2011

Don Chico y el Cártel de Texis

El fotoperiodista Francisco Campos, don Chico, es todo un referente en El Salvador cuando se habla de fotografía, pero también lo es en las calles del Centro Histórico de San Salvador. Cuando uno lo acompaña se da cuenta de que las vendedoras lo saludan con respeto, lo detienen, lo interrogan. En una ocasión me dijo que él puede dejar su carro en casi cualquier calle que, siempre que haya alguna venta cerca, está convencido de que no se lo abrirán. Me consta que no es alardeo.

Pero ahora, mediodía de este martes insípido, don Chico camina y lo hace solo. Carga su camarita, como siempre. Al pasar frente al Palacio Nacional, un señor lo ha mirado unos segundos, hasta que se ha atrevido a hablarle.

―Hey, señor, está vergón lo que publicaron…
―¿El qué? –pregunta don Chico, un tanto desubicado.
―Eso de los diputados narcos…
―¿Y eso?
―Mire, yo no he podido leer esa onda del Cártel de Texis, pero me lo han contado…

Justo en ese momento don Chico cae en la cuenta de que ese día casualmente lleva puesta la camisola que Carlos Dada le regaló el año pasado, con el logo pequeño pero visible del periódico digital El Faro en el pecho. La conversación prácticamente ahí queda, pero don Chico se va con una rara sensación y con un pensamiento fijo: este maistro no lo ha leído, pero está en la jugada, ¿cuántos así?

En la tarde, cuando se siente frente a su computadora, seguirá dándole vueltas, y todo se lo chateará a su amigo Roberto.


Fotografía: Gabriel Labrador


domingo, 14 de febrero de 2010

Fanfarria


—¡Fanfaaaaaaaarria!

Grita Guillermo Reales. Pero su voz, áspera y envejecida, apenas se alza sobre el murmullo que hay en este chupadero. Guillermo Reales es Fanfarria. Así lo llaman, dice con orgullo, porque es pura alegría, porque sabe reírse de sí mismo y de la vida miserable que le ha tocado vivir.

Fanfarria entró hace unos minutos y va de mesa en mesa a ver qué caza. Tiene la piel tostada, una nariz poderosa, los ojos pequeños y una verruga que separa sus dos cejas, pobladas y encanecidas como también lo están su cabello y su barba. Se trae un aire a Bin Laden, un Bin Laden que viste a lo John Travolta en Saturday night fever. Zapatos blancos y limpios, pantalón beige, camisa estampada imitación a seda, chaleco abotonado y una boina de cuadros en su cabeza. Carga un pequeño maletín de madera y una mochila negra. La combinación es calle pero elegante. Es un dandy del bajo mundo, un veterano dandy del bajo mundo. En julio se cumplirán 59 años desde que Fanfarria nació en la calle San Sebastián de Ciudad Delgado.

—¿Y aún vives en Ciudad Delgado?
—No, ahora mi techo es el cielo –dice, satisfecho de su ocurrencia.

Es media tarde, y esto es la Bazooka –o bazuca, o bazuka, quién sabe–, un chupadero del Centro Histórico de San Salvador. Mesas y bancas de madera, ventiladores, una rocola y meseras jóvenes que miran con desprecio a los clientes que las miran con deseo. Fanfarria vuelve a gritar.

—¡Fanfaaaaaaaarria!

Quiere llamar la atención. Es su estrategia. Cuando algún grupo le ríe la gracia, como nosotros ahora, se acerca. De la mochila negra saca un vaso de plástico y lo coloca sobre la mesa a la espera de que se lo llenen de cerveza. Platica y bebe, bebe y platica, y cuando el vaso se vacía, ensaya otras formas para mantener la atención y obtener su premio. A veces canta, a veces saca una caja de cerillos y se esfuerza por encender un cigarrillo haciendo una pirueta con su mano, que de repente aparece extendida y con el fósforo erguido y en llamas sobre su dedo índice.

Los fósforos los trae en su mochila negra, donde también le caben unos papeles, un plato, dos cucharas y un tenedor. Todo lo que ha podido juntar en una vida. Fanfarria vive en la calle y va a chupaderos como la Bazooka a llamar la atención para alimentar su alcoholismo. Parece un buen tipo, pero tener que rellenar su vaso cada vez que lo vacía termina hostigando. Para merecerlo, Fanfarria eleva la espectacularidad de sus números hasta la repulsión.

Agarra la cabuya del cigarrillo aún encendido y se la restriega en la lengua sin inmutarse. Y grita.

—¡Fanfaaaaaaaarria! ¡Viva yo y todos usteeeeeeeedes!



Fotografía: Francisco Campos

viernes, 20 de noviembre de 2009

No hay peor sordo que el que no quiere oír

El sombrío salón de actos del edificio de la Asociación de Periodista de El Salvador (APES) se ve más luminoso esta noche, como si lo hubieran pintado hace poco. Pero no, la pintura es la misma azul cielo que se puso hace años, y ha bastado con que se cambien algunos fluorescentes para darle otro aire. Falta un cuarto de hora para las 7 del viernes 20 de noviembre, y al otro lado de la mesa cubierta con un mantel blanco están sentados Francisco Campos, Luis “La muñeca” Romero y Edgar Romero, fotoperiodistas los tres. Serán los ponentes de la charla titulada “La ofensiva guerrillera de 1989. Reflexiones 20 años después.”, organizada por la APES para inaugurar la exposición de las fotografías que cuelgan del techo, tomadas todas por Campos. Los tres hablarán con la sabiduría que solo da la experiencia. Tienen 55, 54 y 41 años.

“La muñeca” le apostará al anecdotario personal. Edgar pondrá el toque más didáctico, con sus reflexiones sobre los exiguos archivos fotográficos de la guerra civil salvadoreña. Y Francisco Campos, el protagonista, dará un repaso visual al conflicto apoyado en sus imágenes, el trabajo de toda una vida.

Eso es lo que se oirá desde el otro lado de la mesa.

Pero a este lado hay apenas una veintena de oyentes, 30 sumados los que llegarán con el evento ya comenzado. A este lado de la mesa que separa a ponentes y público faltan, cuanto menos, estudiantes con ganas de aprender, faltan los profesores que animen a asistir a los estudiantes, faltan los fotoperiodistas que creen que están de vuelta de todo, faltan los redactores que prefieren una cerveza a una charla y faltan los editores que creen que hacen periodismo encerrados en un despacho o pegados a un teléfono.

Falta, en definitiva, un gremio que quiera escuchar y aprender de su pasado.



Fotografía. Roberto Valencia
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