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martes, 26 de marzo de 2013

Urederra


Urederra es río. El nombre es vasco. ‘Ur’ significa agua, y ‘Eder’ significa bello, hermoso, pero también abundante, enorme. En una traducción libre, se podría llamar río Aguabella o río Aguahermosa o río Aguabuena o río Aguascaudalosas, pero a mí me suena mucho más sonoro –y bello– río Urederra. Lo que se ve en la fotografía es el nacimiento, ubicado al pie de la sierra de Urbasa, en Navarra, en Euskal Herria. Esta imagen está tomada apenas 150 metros después del nacedero, y el caudal luce ya vigoroso, recio, ederra. Aquí las aguas enfilan rumbo a un pueblito llamado Bakedano, llegarán al río Ega poco más abajo, luego al río Ebro y 400 kilómetros más luego, al mar Mediterráneo, ya no tan bellas, maltratadas –como casi todo– por el paso del tiempo. 

Fotografía. Roberto Valencia

domingo, 17 de marzo de 2013

La bendita primavera


Dicen que no se echa en falta lo que no se tiene, y en El Salvador no tenemos el año partido en cuatro estaciones. No tenemos pues la bendita primavera. Y cuando llega marzo, no tenemos el privilegio de admirar cómo resucitan al unísono cientos de miles de árboles de infinidad especies. En esta imagen se aprecia un cerezo que florece sobre la calle Casado del Alisal, en la ciudad de Huesca, Aragón, España.

Fotografía: Roberto Valencia

jueves, 7 de julio de 2011

La isla que no es isla

La isla Montecristo, en el extremo occidental de la bahía de Jiquilisco, en realidad no es una isla. Se puede salir caminando hasta San Juan del Gozo, algo que toma unas cuatro horas, y desde allí hay una calle sin asfaltar que permite alcanzar la carretera El Litoral. Sobre un mapa, la mal llamada isla pertenece a Jiquilisco, pero ellos miran más hacia San Vicente. El caserío La Pita, de Tecoluca, lo tienen a apenas 15 minutos en lancha si atraviesan el Lempa, y hasta allí llegan buses.

La comunidad Montecristo, sin embargo, sí es una comunidad, si como comunidad se entiende a un conjunto de personas que vive en un mismo lugar y bajo unas mismas normas. Son 37 familias, unas 120 personas. En su día se taló mucho, y hay espacio. Las casas están separadas unas de otras, y si hubiera que llamar plaza a algo, sería a la explanada situada frente al embarcadero principal.

En esa plaza, lo que se ve cuando uno desembarca son gallinas que pasean libremente, troncos apilados en el suelo, unos pocos árboles -vivos- que dan una agradecida sombra, casas de bloque y casas de madera, niños, mujeres, perros, hombres, redes para la pesca, hamacas, un pozo, una letrina pública, una vaca tan delgada que se le pueden contar las costillas y un suelo reseco y polvoso en el que se quedan marcadas las huellas de las patas de las gallinas.

Completan el cuadro la Tintorera I, la Sulmita II, las Conchas II y Brasil. Son lanchas, las que no habían salido a faenar. Casi todos se dedican a la pesca artesanal, pero en los espacios usurpados al manglar se cultiva maíz, pipián, ayote y hay una incipiente apuesta por el marañón.


En Montecristo, digan lo que digan las compañías telefónicas en sus campañas publicitarias, no hay señal de celular.

Fotografía: Roberto Valencia
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(Este es un fragmento de un reportaje titulado "Mucho que decir sobre los punches", publicado el 24 de febrero de 2008 en Enfoques, la extinta revista dominical de La Prensa Gráfica)

martes, 23 de marzo de 2010

Amanecer frente a la Isla del Coco

El barco lleva 34 horas huyendo del continente. Zarpó hace 500 kilómetros, y desde que abandonó el muelle lo único que ha hecho es adentrarse en el océano. Poco antes de las 5 de la mañana, la travesía está a punto de finalizar. El sol no asoma todavía, lo hará en unos minutos, pero clarea lo suficiente. Se identifica a lo lejos el perfil de la isla. Tierra firme, al fin.

Se acerca un pájaro grande, marrón oscuro y de pecho blanco. Llegarán más, similares y diferentes. Algunos vuelan tan a ras que parece que la punta de sus alas golpeará la superficie del mar.

—¿Qué pájaro es?
—Sula leucogaster —responde Michel Montoya, consultor ambiental.

A Montoya le gusta llamar por su nombre científico a los animales. Si ha conseguido una cara de asombro, lo traduce: “Piquero pardo”. Calza cachucha, es bajito y tiene barba canosa a lo Sean Connery. Nació hace 68 años, y 25 los ha pasado de una u otra manera relacionados con la isla. En su currículum se amontonan una veintena de artículos con títulos como “Sobre la formación de una colonia de Sula dactylatra en la Isla del Coco”. Él es uno de los dos instructores contratados en calidad de experto por los organizadores del viaje que recién inicia.

Las aves son el verdadero comité de bienvenida, pero, cuando el barco entra en una bahía, una de nombre Wafer, también se acerca un poderoso motor fueraborda Honda. Dentro van un par de guardaparques del Ministerio de Medio Ambiente costarricense. Uno maneja, el otro se rasca el brazo derecho.

Para entonces el sol ha salido y buena parte del cielo está ya azul. Donde no hay azul, hay nubes. Blancas, menos blancas, grises y más grises. Debajo, la isla, una inmensa roca compacta y elevada, sin espacio para playas, y verde, insultantemente verde. El francés Jacques Cousteau (1910-1997), quizá el oceanógrafo más famoso de la historia, también llegó con su buque Calypso aquí. Y describió así lo vio: “Emerge como un verdadero paraíso en medio del océano... es la Isla del Coco la más bella del mundo de todas cuantas he visitado”.

Hoy es 28 de abril, aunque eso poco importará durante los próximos cuatro días.



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Esta es una escena de una larga crónica publicada en julio de 2008 en la revista Séptimo Sentido, del diario salvadoreño La Prensa Gráfica.
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