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martes, 5 de agosto de 2014

Animalistos


ACLARACIÓN NECESARIA: Esto que va a leer no nació con vocación de post para este blog. Los siguientes cinco párrafos y el .JPG del tuit original los pegué en un inicio en mi página de Facebook el 2 de agosto, como respuesta al linchamiento social del que fui objeto el día anterior de parte de un grupo de simpatizantes de la oenegé Asociación al Rescate de los Animales (ARANI), alentados por la o las personas que manejan las cuentas sociales de este grupo. No contentos con sus insultos y difamaciones originales, denunciaron ante Facebook esta respuesta que ustedes van a leer apenas termine este párrafo, y el o los lumbreras que gestionan Facebook decidieron eliminarla y sancionarme con 24 horas sin poder publicar nada. Creo que dejarlo así sería permitir que este grupúsculo de fanáticos descerebrados (me refiero a los que promovieron la censura, no a todos los simpatizantes de ARANI ni a sus dirigentes; quiero pensar que ellos ya están conscientes de que esto se les salió de las manos, y algo habrán aprendido de este incidente) se salga con la suya. Por eso publico ahora en este blog mi respuesta tal cual vio la luz el 2 de agosto, sin mover ni una coma. Soy juez y parte, y seguramente mi juicio esté nublado, por lo que les invito a que lean y juzguen ustedes si esto ameritaba ser censurado. Gracias.


***



En las últimas 24 horas en Twitter y Facebook me han llamado ‘mierda’, ‘pobre perro’, ‘patán’, ‘idiota’, ‘pobre de mente’, ‘pendejo’, ‘ignorante’, ‘estúpido periodista’, ‘maltratador de animales’, ‘mediocre’, ‘maje con caca en la cabeza’, ‘puto’, ‘atropellador de perros’, ‘HDP’… ¿Un grupo de fascistas enojados con algún reportaje? No. Quienes así me han insultado dicen ser personas que promueven el respeto hacia los perros y los animales en general… aunque me late que reprobaron la materia de respeto hacia los seres humanos.

El detonante de la avalancha es este tuit que escribí el 27 de julio. No es un tuit del que me siento orgulloso, pero con él pretendía nomás explicitar mi perplejidad por haberme topado el día anterior con un grupo de activistas del ‘animalismo’ que pedían dinero en el redondel Beethoven, en San Salvador. Era un grupo numeroso y organizado, con megáfono y fanfarria, compuesto mayoritariamente por jóvenes de clase media-alta, deduje por sus ropas, maquillajes y peinados. Obvio que 140 son muy pocos caracteres, pero lo que quise explicitar es mi convicción de que muchas de esas jovencitas (había pocos jovencitos) seguramente provienen de colonias clasemedieras (media y media-alta) en las que tienen a empleadas domésticas a las que pagan, con suerte, $200 al mes. Muchas de esas empleadas solo tienen un día libre cada quincena. Muchas tienen hijos que se están criando sin la presencia de su madre (y luego ponemos cara de perplejidad si se integran en una pandilla). Y algunas de esas empleadas, me consta, son tratadas peor que el perro de la familia. Esa incoherencia y doble moral a mí me molesta, y la quise explicitar en el tuit, consciente de que, dentro de los ‘animalistas’ habrá personas dignísimas (pobres y adinerados), que se desloman por una causa noble, y consciente también de que cuando yo generalicé en esos 140 caracteres estaba siendo injusto con ellos. Pido sinceras disculpas a esas personas, pero el torrente de insultos me reafirma en la generalización de que algo huele a podrido en el movimiento ‘animalista’ salvadoreño.

Porque la campaña no fue casualidad.

El tuit lo escribí el 27 de julio y pasó sin pena ni gloria hasta ayer, 1 de agosto. Es también motivo de preocupación que esta campaña de instigación de reminiscencias fascistas la organizó –cuatro días después, reitero– una asociación que se llama Arani El Salvador, que curiosamente también se jacta de querer construir una sociedad mejor promoviendo leyes de protección a los animales. Desde su cuentas en redes sociales alentaron en mi contra a su ‘barrabrava’ ("Amig@s Animalistas, ayúdennos por favor a explicarle al periodista Roberto Valencia #cguanacas la relación entre...”) hasta en seis ocasiones (tres en Twitter, tres en Facebook), sugiriendo de forma explícita que yo soy un maltratador de animales, cuando toda mi vida me he pronunciado contra el maltrato animal, y no solo practico el respeto, sino que trato de inculcárselo a mis hijas y a las personas que me rodean.

Disculpen el desahogo. Termino ya. Uno sabe que la salvadoreña es una sociedad ultraviolenta y por mi trabajo estoy expuesto a la crítica (y así debe ser), pero, por lo mismo que uno nunca se esperaría que un linchamiento social pueda provenir de gente que dice defender los valores de Gandhi, reconozco mi desconcierto porque sean ‘animalistas’ quienes, en nombre de una sociedad mejor, me insultan y me difaman como creo que nunca antes me había pasado.



lunes, 27 de mayo de 2013

Pottokak


Un sábado cualquiera uno baja el monte Gorbeia, y en las faldas se encuentra con una caballada de pottokak, la raza autóctona de caballos de Euskadi. No es el pie de Armstrong en la Luna, pero no se ve todos los días algo así. Son de corta estatura, oscuros, de largas crines y colas y musculosos. Hay unos 10, incluidos tres potros. Uno infiere que están habituados al ser humano porque, lejos de asustarse, se acercan con curiosidad, como si pidieran la fotografía. Se detienen para comer hierba, observan, escrutan y siguen su caminar hacia un sendero empinado. Nadie los guía. Parece que saben lo que hacen.

Fotografía. Roberto Valencia

jueves, 1 de noviembre de 2012

Las hormigas tienen buena prensa


La conciencia colectiva del mundo occidental aprecia a las hormigas. Las creemos laboriosas incansables solidarias tenaces hacendosas. El refranero las adora: “Llevando cada camino un grano, abastece la hormiga su granero para todo el año” o “Camina más una hormiga que un buey echado”. La Hormiga Atómica y Ferdy dejaron huella, al menos en mi generación, y el cine, ese moldeador universal de filias y fobias, las ha tratado bien: ante la rotundidad de Tiburón, Piraña o Anaconda, las simpáticas hormigas protagonizan Antz y Bichos; pocos podrían recordar el título de una película en la que son amenaza. Salvo los delfines, pocos animales gozan de tan buena reputación.

El culmen de la estima quizá lo represente la fábula La cigarra y la hormiga. Dice así: haragana y despreocupada por naturaleza, cantando la cigarra pasó el verano entero. Previsora y laboriosa, la hormiga acumuló provisiones. Al llegar el frío invierno –en el Trópico no siempre lo es–, la cigarra viose desposeída del precioso sustento y fue con mil expresiones de atención y respeto a pedir ayuda a la hormiga, que se la negó con profunda soberbia: ¿con que cantabas cuando yo andaba al remo? Pues ahora, que yo como, baila.

Moraleja: la vida loca tiene un precio.

De alguna manera, el Centro Juventud quiere convertir cigarras en hormigas.


Ilustración: Internet
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(Este es un fragmento de una larga crónica publicada en Sala Negra de El Faro el 15 de octubre de 2012, bajo el título "Hormigas en el Centro Juventud")

miércoles, 17 de octubre de 2012

La marabunta managua

Las calles polvosas del bajomundo managua están más vacías esta tarde. El Barça juega otra final, y aquí, en las casuchas oxidadas, esta noche quizá nadie tenga qué cenar, pero un partido así se goza como en las Ramblas. O más. A Joshua y Norlan, dos pandilleros de veintipocos, el fútbol español también les pone, pero han hecho el sacrificio para mostrarme el Walter Ferreti, el barrio en el que crecieron y viven.

Camino del zanjón que separa el Ferreti del 18 de Mayo, Norlan se detiene a mear junto a unos escombros que simulan verjas. La calle vacía como cementerio vacío. Joshua busca otro meadero en silencio, y yo hago lo mismo, no vayan a pensar que soy un desagradecido. Sobre la tierra reseca, justo a la par de donde orino, hay un tajo largo y negro, como un látigo extendido, formado por cientos de miles de hacendosas hormigas que cargan palitos insectos hojitas restos, o se cargan unas a otras. Son tan demasiadas. Hace años vi algo parecido, pero fue en la selva de Petén (Guatemala), no en un barrio de capital de república.

―¿Esto es normal? –pregunto en voz alta cuando termino. Los dos se acercan.
―¿El qué, las hormigas? –dice Norlan–. Sí, claro, están chambeando porque en la noche va a llover.
―Los zompopos saben cuándo –se suma Joshua–. Ahorita están metiendo comida porque va a venir un huracán de calle.

Son las 3:30, Managua es el horno insufrible de siempre, y el cielo está azul cielo. El pronóstico suena absurdo, pero disimulo.

―Hormigas, zompopos, ¿cuál es la diferencia? –pregunto.
―Es que su nombre es hormiga, pero su nombre científico se llama zompopo –zanja Norlan.

Seguimos caminando como si nada, y la plática retorna a lo que me trajo hasta el Ferreti: el asombroso Centro Juventud.

En tres horas Managua será un diluvio.


Fotografía: Kenneth G. Ross
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(Esta es la escena inicial de una larga crónica publicada en Sala Negra de El Faro el 15 de octubre de 2012, bajo el título "Hormigas en el Centro Juventud")

martes, 4 de septiembre de 2012

Amanecer entre cientos de palomas

El sol no asoma todavía, pero la noche se debilita sobre San Salvador. Los cables del tendido y los tejados aún están vacíos.

La primera paloma de Castilla llega silenciosa pero enérgica y decidida, como un estudiante aplicado que conoce cuál es su pupitre. Apenas un parpadeo, y se cuenta ya la docena de ejemplares; surgen de la nada, de un lado, de otro, y todas cumplen idéntico ritual de aterrizaje: a cincuenta metros de su destino, paralizan sus alas y planean hasta posarse.

Claridad y oscuridad no cesan en su pulso.

El goteo de aves se vuelve torrente. Comienzan a aparecer en bandadas. Los cables y las cornisas de los techos de lámina se cargan de palomas blancas-grises-negras-grises-marrones-grises. Veinte, cuarenta, ochenta… El cielo se anaranja, el sol aparece. En minutos las palomas singularizan este pedazo ordinario de la ciudad, la calle Nueva 2, a una cuadra de la entrada de la sede central del Tabernáculo Bíblico Bautista, en la colonia Escalón.

Cuando el sol se ha convertido en disco, no menos de 250 palomas aletean-bailan-discuten-esperan que su mecenas salga y esparza en el suelo el ansiado reconocimiento a tanta disciplina y puntualidad: sorgo, maíz, maicillo, arroz… quién sabe, pero en generosas cantidades. Cuando eso sucede, todas se lanzan como halcones sobre su presa, y cables y tejados se vacían en un chasquido.

Media hora después, con un sol que ya ciega, cada paloma con el buche lleno vuela hacia su propia suerte.

Y así todos los días, todos los amaneceres.

Fotografía: Roberto Valencia

martes, 14 de agosto de 2012

Sopa de mapache

Hay conversaciones que duelen.

Esta tuvo lugar el 13 de febrero de 2008, tras haber pasado el día entero escuchando quejas de los pescadores artesanales de la desembocadura del río Lempa, en confianza. Esta es una zona que en gran medida depende del punche, un cangrejo que supo hacer del manglar su hábitat, y que hoy día trata de sobrevivir a sus principales enemigos: el mapache y el ser humano. Hay poco que decir sobre a quién debe temer más.

—El mapache –habla José Mario Martínez– es listo. Cuando el punche está en la trampa, le hace así con una manita, mete la otra, y ya, saca el punche.
—Solo le hace falta fabricar las trampas, ¿no? –pregunto.
—Solo fabricarlas, sí… Pero son buenos los mapaches…
—…
—Yo, cuando los hallo, los mato y me los como asados, o en sopa.
—Y, aparte del mapache, ¿qué hay por aquí? ¿Venados?
—No, se los acabaron. Mire, cuando se dieron los Acuerdos de Paz aquí había una especie de venados... y se los acabaron los grandes, porque a veces nos piden a los pobres que respetemos el ambiente y los grandes no respetan.
—¿Los grandes?
—Los grandes, los cuelludos. Cuando acabó la guerra venían hasta siete y ocho tiradores en grandes carros...
—...A matar venados.
—Sí, a matarlos, y se llevaban cinco o seis. Este muchacho –señala a un hombre cuarentón que rápido asiente con una sonrisa– tiene una foto en la que hay tres venados colgados de un solo. A nosotros nos daban 50 pesos por arriarlos hacia donde ellos disparaban. Nos daban los 50 colones, y nos dejaban el animal después de quitarle las piernas, los brazuelos y el lomo. Y así mataron todo ese animalero que había.
—Cuche de monte, ¿queda?
—Nada.
—Lo más grande que queda, ¿qué es?
—Solo el mapache… y el gato de monte.

José Mario tiene mucho que decir sobre lo que ocurre en el Bajo Lempa. Tiene 50 años, es un punchero de la comunidad La Chacastera, en el municipio de Jiquilisco, y sus palabras, si bien se circunscriben a una zona concreta, ilustran por qué El Salvador está como está en términos medioambientales. Mal. Lo dice él, y lo dice también la Universidad de Yale (Estados Unidos), que en enero hizo pública su actualización del llamado Índice de Desempeño Ambiental. De entre los 149 países evaluados en todo el mundo, en el apartado de Hábitat y Biodiversidad El Salvador tiene a 140 encima y tan solo ocho debajo.

Fotografía: Roberto Valencia
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(Este relato es una versión mejorada de la entrada de un reportaje titulado Mucho que decir sobre los punchespublicado el 24 de febrero de 2008 en la revista Enfoques, del diario salvadoreño La Prensa Gráfica)

sábado, 18 de septiembre de 2010

El encantador de Manyula

Desde febrero de 2009 que no estaba en el Zoológico Nacional. Demasiado tiempo sin saludar a Manyula, la elefanta. Hoy es 12 de agosto y la necesidad de un lugar discreto para entrevistar a una joven se convirtió en la excusa ideal para el rencuentro. Ahora, de hecho, estoy junto a su recinto, ofensivamente verde por la estación lluviosa, tomándole unas fotos que quizá sean las últimas. El director del zoo, Raúl Miranda, me ha dicho hace apenas unos minutos que está enferma, pero no se veía muy preocupado y hasta me ha hablado de los preparativos de la fiesta que le están preparando para octubre. Manyula, en efecto, la veo algo más delgada que la última vez, con más piel cayéndole sobre las patas traseras, pero aún camina con soltura. Vestido con un uniforme de empleado, se acerca un señor delgado y envejecido que más tarde me dirá que se llama Francisco Morán.

—Está enferma, ¿verdad? –le pregunto.
—Pues así se ve. Hace unos días que se ve ya malita. ¡La edad ya!

Morán da un paso al frente y eleva su voz rasgada.

—¡Vení vos! ¡Venga, paracá! ¡Vení! ¡Venga! ¡Feya!

Manyula camina junto al foso a 20 metros de nosotros. Al escuchar a Morán, levanta el moco (trompa) y golpea el extremo contra el cemento. Lo hace una, dos, tres veces. El resultado es un sonido seco y fuerte.

—¿Ve? Me responde. ¡Venga paracá! ¡Vení! ¡Venga! –la misma voz rasgada.

Manyula repite una y otra vez los golpes sonoros.

—¿Y eso lo hace por usted? –lo cuestiono, incrédulo aún.
—Es su respuesta.
—¿De hace cuántos años trabaja usted aquí?
—A trabajar –gira la cabeza y me mira por un instante– yo vine en el 73. ¡Feya!

Manyula comienza a caminar hacia nosotros a pasos lentos pero firmes, y sin dejar de dar golpes sobre el cemento. Morán se acerca a la malla.

—Hola, niña, ¿cómo estás? Dame la pata, dame la pata.

Manyula no le da la pata ni hace ademán de dársela, pero responde con un barrito y con más golpes secos.

—Es la respuesta que da –me dice Morán, la satisfacción en su mirada–. Y según los biólogos y los zoólogos, con las orejas, dicen, también dan respuestas, cuando las mueven.
—Le juro que me ha sorprendido usted. A la Manyu la he visto muchas, pero muchas veces, pero eso de dar golpes al suelo nunca lo había visto.
—Ya vio que desde allá se vino, ¿va? A mí bien me conoce.
—¿Y usted por qué cree que está hora tan enfermita?
—Pues primero… primero… por los años. Igual que el ser humano, pues, en la medida que uno envejece, pues todo va menguando.

Los años, pues. 58 desde que nació en algún lugar de la India. Más de 55 los que lleva en este país. Es uno de los elefantes asiáticos más longevos de todo el continente. Parece que por poco tiempo más.



lunes, 30 de agosto de 2010

Las edades de Manyula

(Preámbulo necesario para los lectores no salvadoreños o los salvadoreños despistados. En San Salvador hay un zoológico y en ese zoológico hay una linda elefanta que se llama Manyula. Llegó al país en junio de 1955 e inexplicablemente sigue viva. En el año 2000 las autoridades decidieron conmemorar los 50 años de vida de este emblemático animal, y decenas de miles de personas respondieron a la iniciativa. Cinco años después, en 2005, al paquidermo le celebraron sus 55 años, y estos días se aprestan a celebrarle los 60. En un país pequeño, compacto y en el que escasean los referentes de este tipo, esta elefanta se ha convertido en parte fundamental del acervo cultural salvadoreño. Quizá algunos dirán que exagero, pero Manyula es un elemento importante de la salvadoreñidad. Y los salvadoreños la quieren mucho, pero aún no lo saben. Lo sabrán cuando esté muerta.)




De nuevo se equivocan. A Manyula le van a celebrar en unas semanas 60 años cuando en realidad tiene 58. Hace cinco años, cuando yo aún trabajaba en La Prensa Gráfica, publicamos una investigación basada en un documento oficial que señala la edad del animal que en mayo de 1955 se embarcó en el puerto alemán de Hamburgo. “1 Elefante, 3 años, fem.”, asegura el informe que me hizo llegar entonces Klaus Gille, el responsable del archivo del Hagenbeck Tiepark, el zoológico al que el Estado salvadoreño le compró la entonces pequeña elefanta. Viajó en el buque Rheinstein junto a otros 17 animales, entre los que había camellos, cebras, canguros y tigres de Bengala. Todos desembarcaron en el puerto de Cutuco, departamento de La Unión, un día indeterminado de junio, y el 28 de ese mismo mes fueron presentados públicamente en el Zoológico de San Salvador, como recoge la edición de La Prensa Gráfica del día siguiente.


Las matemáticas no dejan lugar a las interpretaciones, pero aquella investigación incluía además una reconstrucción de cómo las autoridades en el año 2000 –en el que se cometió el error primigenio– llegaron a la conclusión de que ese año cumpliría 50, un acontecimiento en efecto excepcional si se tiene en cuenta que, según un estudio al que tuvimos acceso, los elefantes asiáticos viven en cautividad un promedio de 48 años en los zoológicos europeos y de 45 en los estadounidenses. Y acá estamos en el Tercer Mundo. Pues bien, la edad con la que el paquidermo llegó al país se la sacaron de la manga, sin respaldo documental alguno, basados únicamente en lo que algunos trabajadores veteranos creían recordar.

Mi opinión es que en realidad no es tan importante si tiene 58, 60 ó 63. Manyula siempre será para mí una animal emblemático y excepcional al margen de esa cifra. En un país como El Salvador, en el que cada día asesinan a 12 personas y la mitad de la población vive en condición de pobreza, toda esta polémica no puede estar más que en un plano anecdótico. Eso sí, no deja de ser algo que ilustra con meridiana claridad uno de los problemas nacionales: el orgullo que impide a uno reconocer cuando está equivocado.


(Pulsar para ver el documento a mayor resolución)

sábado, 6 de marzo de 2010

Fumata blanca por el dengue

El dengue regresó a El Salvador. Aunque lo correcto sería decir que nunca se fue, porque la enfermedad es endémica en este país diminuto, tropical y superpoblado. Regresó hace unas semanas a las estadísticas oficiales, regresó hace unos días a los titulares de los medios de comunicación, y regresó hoy a esta comunidad ubicada en San Salvador llamada La Pedrera I en forma de una humareda espesa y blanca.

La Pedrera I es un parche de marginalidad en medio de la exclusiva colonia Escalón. Poco más de 150 casas a menos de un kilómetro de la Torre Futura, el edificio más moderno de la ciudad. Tienen luz y agua potable, y las casas son en su mayoría de bloque con techos de lámina. Pero en esencia es una comunidad como casi todas: laberíntica y con pasajes estrechos llenos de desechos.

Hoy es 2 de marzo, pero en La Pedrera I parece agosto. No lo digo por las lluvias –desde hace meses no cae una gota–, sino por las fumatas que salen de las casas y de los pasajes. Están fumigando en plena estación seca. Francisco Esquivel es el síndico de la asociación comunal, y se está encargando de guiar a los empleados de la alcaldía que llevan los termonebulizadores, las bombas que producen la fumata blanca en cada casa que permite el ingreso a los extraños, que no son todas. La humareda no es más que diésel mezclado con insectizada. El olor es fuerte, pero dicen que no representa peligro alguno para el ser humano.

―Yo tengo una perra y un perro, y la perrita tuvo hijos –me responde Alejandra sin haberle preguntado.

Alejandra tiene 7 años y pocos dientes, y es la menor de las tres amigas que desde el inicio de la fumigación siguen a la ruidosa comitiva por el laberinto. Al poco, las tres corren y desaparecen.


Fumigar es una medida que está en las antípodas de la prevención. Cuando se fumiga, si se hace bien, se logra matar a los zancudos. Las larvas no mueren, y en 15 días, si no se eliminan los criaderos –el agua estancada en las canaletas, las llantas o las macetas–, el área fumigada volverá a estar llena de zancudos. Esta es la primera crisis sanitaria que afronta el Gobierno de Mauricio Funes, y le ha apostado a la espectacularidad que garantizan las campañas de fumigación.

Los termonebulizadores continúan en La Pedrera I vomitando ruidosamente el veneno dentro de las casas, y la humareda escapa blanca y espesa por las ventanas y la puerta antes de desvanecerse para siempre en el aire. Tras más de una hora, llegan a la casa 44. Aquí vive Alejandra. Está arrodillada a unos metros de la fumata que sale de su vivienda y tiene delante una caja de plástico translúcido cubierta por un trapo verde. Adentro hay tres cachorros minúsculos, la descendencia de Mariposa y Roco. Nacieron cuatro hace diez días, pero uno murió.

―Están tiernitos –dice Alejandra.

Mariposa, una perra de pelaje ondulado y blanco con grandes manchas negras, me ladra y trata de morderme. Protege lo suyo. Alejandra ríe. Se levanta con la caja en brazos y se aleja.


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(Esta es una versión modificada de una crónica publicada en elmundo.es el 3 de marzo de 2010)
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