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jueves, 30 de noviembre de 2017

Gracias, Laura

Gracias, Laura. Te agradezco con honestidad absoluta que juzgaras necesario y urgente corregir el texto que publiqué el 20 de noviembre en mi blog. Te lo agradezco porque me permitirá explicar mejor cuestiones que, por lo visto, no supe explicar bien.
Tenés razón, Laura. Lo digo sin ironías. Tenés razón cuando decís que la violencia de género es un problema de toda la sociedad. Tenés razón cuando afirmás que denunciar las violencias no debería ser competencia de cifras. También tenés razón, Laura, cuando exigís visibilizar los distintos niveles de violencia del hombre contra la mujer. Y por supuesto que tenés razón cuando escribís que es necesario entender cada muerte desde su especificidad.
Lo que no termino de comprender, Laura, es cómo concluiste que yo opino lo contrario. Creo que el machismo está detrás de la mayoría de las violencias que se ejercen en El Salvador y en el mundo, contra las mujeres y contra los hombres. Y creo de corazón que el feminismo es una fuerza clave para construir sociedades más armoniosas. Lo creo y me esfuerzo por ser consecuente, tanto en mi vida personal como en la profesional.
Tus razones tendrás para tu reacción. Quizá creíste que mi reflexión había provocado un pequeño incendio y, como militante de la causa de la que sos una activista, te viste en la necesidad de salir a apagarlo. Eso está bien, Laura. El problema es que no había fuego alguno, no al menos donde vos creíste verlo. Reitero: creo en el feminismo como fuerza positiva de cambio.
La idea central que quise transmitir en mi columna era una: buena parte de las lecturas sobre el fenómeno de la violencia que en clave de género se están haciendo en El Salvador –repito: en El Salvador– presentan en mi opinión flaquezas; la más grave, sacar de la ecuación el clasismo y la estratificación social, tan definitorias en nuestra sociedad. Más conciso: el grueso de los análisis en clave feminista preponderan el género sobre la clase social. Cuando vos, Laura, en tu cuenta de Facebook recomendás con efusividad la lectura de ‘Una esclava de la MS-13 cuenta cómo escapó’, artículo del colega Óscar Martínez, lo hacés con este enunciado: “Enterémonos de lo que significa ser mujer en nuestro país”. Yo me atrevo a levantar la mano y decir que no es tan así, que dramas humanos infinitos como el que Óscar nos contó, o parecidos, es muy difícil que le sucedan a mujeres de clase media para arriba, y sin embargo es muy probable que le ocurran a hombres de clase media para abajo –y a mujeres, obvio, pero prefiero explicitarlo en esta ocasión.
Es un matiz que yo juzgo importante y sobre el que estoy convencido de que no se ha debatido lo suficiente.
Hay otras ideas secundarias en la columna que tanto te incomodó, Laura, ideas sobre las que en mi opinión no se habla lo suficiente, como que la represión del Estado salvadoreño es implacable contra los hombres, o como que el control territorial de las maras hoy por hoy es tal que el hecho de ser hombre es, per se, una razón para ser asesinado en este país. Sobre esta última idea elegí el titular, ‘Violentados por tener pene’, que admito que no es el titular más afortunado.
Todas esas ideas las planteé no como tótem inamovibles, pero sí posturas firmes y meditadas, basadas en años de investigación de la violencia, investigación sobre el terreno, interactuando con víctimas y victimarios –hombres y mujeres en ambos grupos– que viven en comunidades empobrecidas y estigmatizadas en las que la presencia de la academia, de las oenegés y del periodismo responsable es nula o testimonial.
Arranqué diciendo que agradecía tu columna, Laura. De hecho, un artículo tuyo fue el que, sumado a otras ideas que se maceraban en mi cabeza, me animó a escribir sobre este tema. Hace un par de meses firmaste una reflexión titulada ‘El alivio de tener un hijo’, en la que mencionabas las ventajas que, en tu opinión, tu pequeño hijo tiene sobre la mitad de la humanidad. Desde el primer párrafo condensabas tu planteamiento: “Mi hijo, por el simple hecho de nacer con un pene, nunca tendrá que librar las luchas que desde pequeñas enfrentamos las que nacimos con una vulva”.
Tu artículo en ningún momento planteaba que tu hijo –afortunadamente– está creciendo en un hogar de ingresos altos, muy altos. Si vivieras en El Salvador, podrías inscribirlo en la Escuela Americana o en el Liceo Francés. Nadie discute –yo no, al menos– que falta equidad y sobra violencia de género incluso en esa franja social privilegiada, pero sí me atrevo a cuestionar, en una sociedad estratificada como la nuestra, que los análisis con un estricto corte de género sean la mejor herramienta para comprender las violencias que nos afectan. Tu artículo sobre tu hijo tiene, en mi opinión, esa limitante.
Yo tengo dos hijas, Laura. Las conocés. No sobra el dinero en mi familia, pero en un país en el que el 82% de los salarios (que cotizan en el ISSS) están abajo de 914 dólares, me sé un privilegiado por tener capacidad para enviarlas a un colegio bilingüe modesto y de procurarles sanidad menos indigna si fuera necesario. Pues bien, Laura, contrario a lo que vos planteás, yo estoy convencido de que mis hijas tienen poderosas ventajas sobre los niños de las cientos de miles de familias salvadoreñas que viven con el salario mínimo o poco más... aunque mis hijas tengan vulva.
¿Resulta ofensivo plantear algo así? ¿Por qué? Te invito, Laura, a que conozcás qué tipo de violencias sufre un joven de 16 o 18 años que vive en comunidades afectadas por el fenómeno de las maras. Violencias ya estructurales.
Hay en mi columna un párrafo que, en la disección que hice a posteriori, creo que se presta a interpretaciones equivocadas. Escribí: “En una sociedad como la salvadoreña, con un problema de violencia tan enraizado y desbordado, establecer políticas públicas atinadas pasa por analizar, conocer y ponderar las distintas violencias desde todas las variables posibles: edad, ingresos económicos, ubicación geográfica, grado educativo y género, por supuesto”. Y de género, por supuesto. “Pero no creo que las lecturas parciales, sesgadas o interesadas sean lo más conveniente, sobre todo cuando son enfoques que se utilizan para soslayar o minimizar determinadas realidades”.
¿Hay lecturas parciales, sesgadas o interesadas en los análisis de género sobre la sociedad salvadoreña? ¿Soslayan determinadas realidades? Sí y sí, Laura. La columna sobre tu hijo es, en mi opinión, un claro ejemplo.
No es, ni mucho menos, el único elemento distorsionador. Oenegés, mujeres y hombres feministas presentan con frecuencia las cifras de mujeres asesinadas como si fueran feminicidios, cuando saben mejor que yo que son cuentas diferentes. También he detectado que desde el activismo se replican con ligereza informaciones falsas, como una campaña que se viralizó en redes sociales en la que se afirmaba que en El Salvador si un hombre violaba a una niña, la embarazaba y abortaba, ella se exponía a penas de cárcel de entre 30 y 50 años, cuando la Ley Penal Juvenil establece un techo de 15 años de internamiento para cualquier menor de edad. ¿Por qué mentir o distorsionar?
Por buena que sea la causa, y el feminismo lo es, son tergiversaciones que uno puede llegar a entender en un activista que prepondera su causa sobre la verdad, pero en el periodismo, al menos en el periodismo tal cual yo lo entiendo, no tiene cabida la mentira ni, en la medida que uno pueda detectarlas, las visiones sesgadas o parcializadas.
Nomás lo plantearé porque da para otro debate, pero juzgo preocupante que ciertos sectores radicalizados del feminismo estén ejerciendo y promoviendo actitudes que en otros ámbitos nadie dudaría en etiquetar como filofascistas. En El Salvador aún no hemos visto escenas como las ya vividas en México, en las que mujeres exaltadas agreden y expulsan a periodistas que cubren marchas feministas en la vía pública, por el simple hecho de ser hombres. ¿Imaginan que en una marcha para denunciar el racismo sacaran violentamente a los periodistas por ser blancos? Aún no se ha visto en El Salvador, Laura, pero ya hay autoproclamadas voceras del feminismo que pregonan a los cuatro vientos quiénes pueden y quiénes no escribir sobre violencia de género, y cómo debe hacerse: a su gusto, claro.
Voy terminando. Ojalá el clasismo se tuviera más en cuenta a la hora de hacer lecturas en clave feminista o en cualquier otra clave. Por el bien de toda la sociedad. Intuyo lo complicado que resultará. Tan claro como vos tenés que el patriarcado está presente en la estructura mental de la inmensa mayoría de los hombres y en algunas mujeres, igual de claro veo yo que el clasismo se cuela con frecuencia preocupante en los análisis en clave de género. Por una razón muy simple: muy pocas de las voces más activas del movimiento feminista salvadoreño provienen de esas familias en las que cuatro o cinco miembros pasan el mes con uno o dos salarios mínimos.
Conocí de primerísima mano el caso de una activista feminista –consultora, vecina de la colonia más exclusiva de la capital, española– que contrataba a otra mujer para que le limpiara la casa un día a la semana. Le pagaba 12 dólares por una jornada de trabajo, no le dejaba almuerzo y, lo más doloroso, le brindaba un trato personal infame. La mujer que le ayudaba era madre soltera de dos niñas y un varón, menores los tres.
Justo a eso me refiero, Laura, cuando me atrevo a plantear que las luchas contra el machismo y contra el clasismo deben, en esta sociedad en particular, ir cuanto menos de la mano. Y me refiero sobre todo a los hechos, no sólo a discursos y postureos. Es debatible, por supuesto, pero yo estoy convencido de que la sociedad salvadoreña en su conjunto –y el movimiento feminista como parte de esa sociedad– está en deuda en este punto.
Lamento no haber sabido expresarme con inequívoca claridad en un tema tan sensible en la columna ‘Violentados por tener pene’. Pido disculpas a las personas que interpretaron que yo estaba menospreciando la violencia de género, en especial si la leyeron completa y si lo hicieron sin animadversiones previas hacia mí o mi trabajo. Nada más lejos de mis intenciones.
Y a vos, Laura, lo dicho: gracias por darme pie para esta aclaración.

Foto archivo El Faro.

martes, 4 de julio de 2017

País subdesarrollado, periodismo subdesarrollado


Hace dosquetrés semanas, alguien se propuso escribir desde Barcelona un reportaje sobre la incestuosa relación entre el periodismo y la violencia; para ello, contactó a varios periodistas que vivimos en países muy violentos y nos envió un cuestionario base. Como ocurre siempre –la escritura, la edición y el sentido común obligan–, apenas se publicaron unos fragmentos seleccionados y mínimos de las respuestas.

Es infinita la relación existente entre periodismo y violencia. En lo particular, creo que en una sociedad como la salvadoreña deberíamos hablar mucho más sobre esa relación, sobre los errores que los periodistas salvadoreños hemos cometido y que seguimos cometiendo, pero siento que existe una especie de código gremial que imposibilita airear en público nuestras miserias; parecido a los médicos, que por lo general se acuerpan entre ellos cuando alguien los cuestiona desde afuera.

Por mi trabajo en la Sala Negra, el acercamiento genuino y constante a las distintas expresiones de violencia que nos carcomen me ha permitido moldear una opinión, que es muy crítica hacia el rol que hemos desempeñado el periodismo y los periodistas salvadoreños en el último cuarto de siglo. Algo escribí hace tres años en una bitácora que titulé ‘El periodismo, la gasolina perfecta para el fenómeno de las pandillas en El Salvador’. Sé que son temas ásperos, con los que resulta casi imposible despertar el interés de los ciudadanos, pero el cuestionario que envié a Barcelona desarrolla algunas ideas que quizá a alguien le resulten mínimamente interesantes. Por eso lo comparto íntegro acá.

***

¿Cómo explicar la violencia sin caer en el morbo? ¿Es útil publicar sucesos violentos o con ellos estamos ayudando a normalizar la violencia, a inmunizarnos?
Primero habría que definir qué es el morbo, palabra que, me late, tiene tantos límites y connotaciones como personas hay en el mundo. Más que pontificar, prefiero esbozarte mi opinión sobre el tema, basada sobre todo en mi experiencia como fundador e integrante de la Sala Negra, la sección de El Faro que desde 2010 aborda, desde la trinchera del periodismo, el fenómeno de la violencia en la región más violenta del mundo. Yo sí creo que el periodismo sobre la violencia no solo es útil, sino que es necesario. En una sociedad como la salvadoreña, en la que la violencia moldea el diario vivir de cientos de miles de personas, sentiría un fracaso que el gremio dedicara el grueso de sus energías a hablar de fútbol, de cine o de las elecciones primarias en los partidos políticos. Ahora bien, informar sobre hechos violentos en sociedades violentas exige un plus de ética y responsabilidad, que es seguramente donde más estamos fallando.

¿Hay que poner un límite a la publicación de noticias violentas? ¿Cuál?
¿Limitar el ejercicio periodístico? Dudo que pueda responder de forma afirmativa en cualquier circunstancia, mucho menos cuando hablamos de la violencia. Me siento más cómodo apelando a la responsabilidad, a la ética, a la formación continua, a las fe de errata sinceras y proporcionadas, a la honestidad y, sobre todo, a la empatía y el respeto hacia las víctimas. Dicen que Kapuściński dijo que para ser buen periodista primero hay que ser buena persona. Suscribo esa máxima, sobre todo cuando se trabaja con víctimas.

¿Se deben mostrar fotos explícitas de violencia? ¿Ayudan a sensibilizar?
No creo que estas preguntas se puedan responder con síes o noes universales, válidos para todas las situaciones. En la Sala Negra hemos publicado fotografías con violencia explícita, pero siempre tras debates sobre su pertinencia. Y aplica también para los textos. En la crónica ‘Yo violada’, por ejemplo, yo elegí un lenguaje y una selección de escenas con violencia explícita, y fue una decisión consciente, meditada y avalada, de la que no me arrepiento. Fue voluntario retratar con crudeza la crudeza del fenómeno de las violaciones tumultuarias en el submundo de las maras.
Violencia - 580
Foto Edu Ponces (Ruido Foto/El Faro)

¿Cómo decide El Faro cuándo publica o no una información violenta? ¿Qué criterios cree que deberían adoptar otros medios?
La Sala Negra tiene, como grupo de periodistas con cierta autonomía operativa, debates internos sobre cada caso que creemos que amerita consideraciones especiales. Luego está el filtro de los editores de El Faro. Y si el tema lo amerita, como con ‘La PNC masacró en la finca San Blas’, buscamos asesoría externa con expertos en derechos humanos. Creo que también juega a nuestro favor que ya llevamos muchos años en esto, en una región muy violenta que nos pone a prueba cada día, y que hemos tenido oportunidad de equivocarnos lo suficiente como para haber aprendido algo. Como receta, creo que es difícilmente exportable a otras redacciones.

En el caso específico de El Salvador, ¿pueden los medios dar una cierta imagen de glamour de la violencia? ¿Tal vez la excesiva divulgación de los jóvenes tatuados ayude a mitificarlos?
La salvadoreña es una de las sociedades más violentas del mundo, si no la más, y, a mi modo de ver, solo un tonto negaría el rol nefasto ejercido por los medios de comunicación, por acción u omisión, en la conformación de la sociedad que tenemos hoy en día. En el caso concreto de las maras, es incuestionable que el periodismo ha contribuido al desarrollo y a la radicalización, sobre todo en los noventa y en la década pasada. Sin embargo, sobre el punto particular que me planteas de los tatuajes, creo que son los periodistas extranjeros (enviados, agencias, corresponsales…) los más fascinados con ese tipo de expresiones. Salvo excepciones, es lo primero que piden apenas ponen un pie en el aeropuerto.

¿Cree que los medios salvadoreños abordan en profundidad las causas de la violencia y explican dónde nacen los conflictos?
Somos un país subdesarrollado, con un periodismo subdesarrollado. Hay excepciones muy dignas, pero en términos generales el periodismo salvadoreño deja mucho que desear.
No, no creo que se aborden las causas ni los porqués; es más, siento que muchas veces se informa desde un desconocimiento insultante. El caso de las maras es el más evidente: el Barrio 18 se partió en dos pandillas en la segunda mitad de la década pasada, pero algo así, con tanta incidencia en el diario vivir de decenas de miles de salvadoreños, pasó completamente desapercibido durante años. Aún hoy, una década después de la ruptura, hay colegas que trabajan en la cobertura de la violencia que no sabrían decir ni una sola diferencia entre la 18-Sureños y la 18-Revolucionarios. Yo lo juzgo grave y sintomático.

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El reportaje que reprodujo fragmentos de estas respuestas se publicó el 22 de junio de 2017 en PlayGround, bajo el título ‘Menores, violencia sexual, terrorismo y mucha sangre... ¿Vale todo por los clics?’, y lo firma el periodista Germán Aranda.

miércoles, 1 de octubre de 2014

'Yo violada' sigue rodando


Ayer (30 de septiembre de 2014) pegaron en la página de Facebook de la revista El Malpensante el link a la versión colombiana de la crónica 'Yo violada', que ellos publicaron en su edición de julio de 2013. Más de un año después, más de tres años desde su publicación original, sigo sorprendiéndome con la avalancha de laiks, de comentarios sentidos, de reacciones que aún genera este relato descarnado.

Si están sobrados de tiempo, en tren y lean los comentarios de la gente.





[Aviso técnico: si no viera nada en este post, sería responsabilidad exclusiva de Facebook y sus configuraciones.]

sábado, 29 de marzo de 2014

Hablan del Mágico


Los futboleros ya saben, pero no está demás comenzar aclarando que France Football es quizá la más prestigiosa revista dedicada al fútbol entre todas las que se publican en el mundo. Es la que se inventó el codiciado Balón de Oro, y lo entregó entre 1956 y 2009.

Pues bien, un día de estos, sin pretenderlo, uno encuentra en internet una edición de la France Football de finales de 1988 que incluye una extensa entrevista con Jorge Mágico González. Y de inmediato siente que la casualidad le ha arreglado el día. Y uno lee el artículo, escrito por el periodista Francis Huerta, y siente la imperiosa necesidad de compartir lo que se decía –se escribía– sobre el Mágico hace un cuarto de siglo en España, pero sobre todo en Cádiz, la ciudad que lo adoptó. Tanto elogio en un único reportaje no puede ser casualidad.

Dice Francis Huerta, el periodista: “Esta salvadoreño de unos 30 años es uno de los mejores futbolistas de ataque del mundo”.

Dice Thomas N'Kono, portero de Camerún y del Espanyol: “¿El Mágico? ¡Un día me marcó un gol que todavía no he entendido cómo!”.

Dice Diego Armando Maradona: “El más técnico”.

Dice Emilio Butragueño, jugador del Real Madrid: “El mejor extranjero que juega en España”.

Dice Michel Pineda, delantero del Espanyol: “¿No conoces al Mágico González? Te juro que es mejor que Maradona. Además es un 'fiestero' fantástico. ¡Un genio sobre el terreno de juego!”.

Dice Vincent Machenaud, periodista de L'Equipe: “Es increíble. Hace cuatro años, en el Trofeo Carranza, en Cádiz, el público sacó los pañuelos blancos, y eso que salió a falta de media hora para el final”.

Dice Enrique Ortego, periodista de Marca: “¿El Mágico? Un fenómeno”.

Dice Andoni Zubizarreta, portero del FC Barcelona: “Yo nunca he visto una persona tan hábil con el balón”.

Dice Paco Perea, periodista del Diario de Cádiz: “Como ser humano Jorge es maravilloso. No quiere la gloria, solo quiere vivir, igual que la gente de Cádiz; por eso es que en esta ciudad lo comprendemos”.

Y digo yo: Mágico, solo uno.

lunes, 3 de marzo de 2014

Explicar un país en cinco minutos


Vaya por delante que me sé un orador mediocre, que hablar en público nunca ha sido plato de buen gusto, y que desde mi primer día en la facultad me supe rehén del periodismo escrito, con la firme determinación de mantenerme lejos en la medida de lo posible de cámaras, micrófonos y atriles. Pero al igual que no me gusta bailar y hay situaciones en las que es imposible negarse, uno es consciente de que en esta profesión a veces toca dialogar en vez de redactar, y sé valorar también la sensación de saberse pretendido para comentar algo, aunque nunca dejará de ser un trago con un regusto amargo.

Este preámbulo es porque en la primera semana de febrero, con la excusa de las elecciones presidenciales en El Salvador, me buscaron de la Cadena SER para hablar sobre el fenómeno de las maras. El colega Ramón Lobo, a quien tuve el gusto de conocer en San Salvador en mayo de 2013, sugirió mi nombre a la producción de A vivir que son dos días, para el programa del domingo 9 de febrero. Un par de días antes me llamó una amabilísima compañera que creo recordar que se llamaba Paqui y me explicó las reglas: conexión en directo, cinco minutos, ocho y media de la mañana, Javier del Pino y Ramón Lobo, las maras. Luego me planteó algunas preguntas guía“¿Hay un pacto entre estas bandas y el gobierno? ¿Se puede abandonar una mara? ¿Es posible que haya mujeres dentro de una de ellas?” y me sugirió prepararme algo las respuestas. 

Agradecido por la oportunidad pero inquieto por lo arriba explicado llegó el domingo. ¿Cinco minutos para explicar algo tan complejo y enrevesado como las maras? ¿Cinco minutos para un fenómeno social del que podría escribirse una enciclopedia entera y aún quedarían cabos sueltos? ¿Hacerlo además para un oyente –el español promedio– que desconoce conceptos básicos como Mara Salvatrucha (MS-13) y el Barrio 18? ¿Cinco minutos para explicar El Salvador?

Este fue el resultado:



Pasó lo que me temía. De los datos e ideas que anoté en un papel para diseminarlos durante la plática no alcancé a decir apenas nada, en parte porque los cinco minutos y dieciocho segundos entre el saludo y la despedida resultaron poco más que un chasquido. Eran datos e ideas que, creo yo, ayudaban a entender mejor cuán grave es el problema de violencia que afecta a El Salvador. Datos e ideas que, aunque siempre insuficientes, perfilaban el porqué del fenómeno de las maras. Datos e ideas que no supe meter en la conexión, pero que reciclo ahora sin mucho esfuerzo como entrada de este blog. 
  1. El Salvador es un país más pequeño que la provincia de Badajoz y con una población similar a la de la Comunidad de Madrid, poco más de 6 millones de personas. 
  2. En El Salvador asesinaron en 2011 a 4,374 personas; y en 2013, a 2,490. La significativa reducción está ligada a una tregua que pactaron las dos principales pandillas que operan en el país (Mara Salvatrucha y Barrio 18), una tregua auspiciada por el Gobierno de la República (aunque el presidente Mauricio Funes lo niega, supongo que cree que le restará votos) y respaldada por la Organización de Estados Americanos. 
  3. En 2013, según datos recientes del Ministerio de Interior, en España hubo 302 asesinatos. Para igualar la tasa de homicidios por cada 100,000 habitantes de El Salvador de 2013, en España tendría que haber habido 18,687 asesinatos. Y para igualar la tasa de antes de la tregua, tendrían que asesinar a 33,222 españoles en un año, 91 cada día.
  4. Las maras no son un problema de hoy o de hace cinco o diez años, que es cuando los muchachos tatuados empezaron a tener presencia mediática en España. En El Salvador los primeros integrantes de las dos letras o los dos números se comenzaron a ver antes de los Acuerdos de Paz que en 1992 pusieron fin a la guerra civil.
  5. Las pandillas proliferaron a inicios de los noventa porque existía el caldo de cultivo idóneo: pobreza extrema, desigualdad, falta de oportunidades, violencia social, desintegración familiar, promoción del consumismo como valor absoluto, un Estado raquítico, unas fuerzas de seguridad desmanteladas, una nueva arquitectura jurídica impuesta por la comunidad internacional sin medir las consecuencias...
  6. Sobre este cóctel explosivo el gobierno de Estados Unidos espolvoeó miles de pandilleros, salvadoreños emigrados durante el conflicto, crecidos en las calles de Los Ángeles, y luego deportados a El Salvador; con ellos viajó la cultura pandilleril.
  7. Pasó más de una década desde el bum inicial de las pandillas hasta su radicalización y su conversión en grupos del crimen organizado, sin matices. En ese tiempo el Estado salvadoreño fomentó esa mutación con políticas públicas como el manodurismo o la asignación de cárceles enteras para cada una de las pandillas.
  8. Hoy día en El Salvador, según cifras oficiales, hay más de 60,000 pandilleros activos, casi todos ellos integrantes de las dos pandillas mayoritarias. Incluido su entorno social, el gobierno habla de más de 400,000 personas vinculadas a estos grupos, dependientes en su mayoría de actividades delictivas. Eso supone el 6-7% de la población.
El fenómeno de las pandillas es doloroso y apasionante, y obvio que no aspiro a que ocho parrafitos llenos de números y deshumanizados vayan mucho más allá que cinco minutos de respuestas en una radio, si la aspiración es conocer un tema tan complejo. Pero quizá sirvan para que incentivar el interés. Por si alguien se ha quedado picado y quiere explorar ese lado humano del profundo y sangrante tajo que la humanidad tiene en El Salvador, me atrevo a sugerir tres crónicas de largo aliento escritas en los últimos años: Yo violada, Yo torturado y Yo madre

Fotografía Roberto Valencia
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(Este texto se publicó primero el 15 de febrero de 2014 en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, bajo el título 'Explicar un país en cinco minutos')

jueves, 6 de febrero de 2014

Periodismo escrito Marca España


Seré cobarde y para decir lo que voy a decir sobre el periodismo que se escribe en las españas –circunscribo y enfatizo: el que se escribe, el escrito–, me escudaré en una de sus vacas sagradas. 

Enric González dijo esto en una entrevista publicada el pasado mes de noviembre en el diario El Tiempo, de Colombia: “La crónica, que para mí es el género estrella porque tiene mayor presencia de la voz del autor, brilla en América Latina hace muchos años, pero creo que va cada vez a mejor. Lo que más me llama la atención es lo bien que se escribe, en comparación con España, donde el uso del lenguaje se ha empobrecido. En América Latina se está llegando finalmente a proporcionarle un auténtico placer estético al lector”.

El gran Enric González dice una obviedad que no parece serlo tanto en las españas: desde hace al menos una década el mejor periodismo en español se está escribiendo en Latinoamérica, con Argentina, Colombia, México y Perú a la vanguardia. Y me atrevo a interpretar que no es tan obvio en la “madre patria” porque en general la sociedad española –e incluyo acá a catalanes, gallegos, vascos y demás– aún no ha logrado desprenderse del aire de preeminencia que siente sobre lo latinoamericano. Esa altanería (por no adjetivarlo con mayor sonoridad) tan presente en las españas ha permeado en el periodismo y en los periodistas, como parte de la sociedad que son. ¿Qué tiene que aprender un periodista primermundista español de uno costarricense o boliviano? ¿Alguien que firma en trasatlánticos como El País o El Mundo puede aprender de algotro que publica en chalupas como Emeequis, Etiqueta Negra, Anfibia o El Faro? Pues eso.

Pero veamos.

Los últimos tres Premios Ortega y Gasset de Periodismo en la categoría 'Periodismo impreso' los han ganado el colombiano Alberto Salcedo Ramos, el mexicano Humberto Padgett y nicaragüense Octavio Enríquez. Con el otro gran referente en el que se miden trabajos de uno y otro lado del Atlántico, el Premio Rey de España de la agencia Efe, hay que rebuscarse para encontrar españoles entre los galardonados del último lustro, y prácticamente han desaparecido de los reconocimientos que más énfasis ponen en la calidad literaria de las piezas.

Pero si algo me impulsó a escribir este exabrupto –con el que es obvio que muchos amigos no voy a hacer– es lo sucedido en el Premio Gabriel García Márquez de Periodismo, que la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) entregó el pasado mes de noviembre. Ni un solo trabajo made in Spain entre los ganadores de las cuatro categorías, ni siquiera entre los doce que subieron al pódium. En la categoría 'Crónica y reportaje' se colaron propuestas de México, Argentina, Colombia, Chile, Perú, Brasil y El Salvador entre los diez finalistas, pero cero relatos de las españas.

Alguien estará pensando que en Madrid, Barcelona, Sevilla o Salamanca apenas nadie conoce la FNPI (hecho que, de ser cierto, ya tendría un significado demoledor), pero ni siquiera esa excusa es válida ya. Para las cuatro categorías del Premio Gabriel García Márquez de Periodismo se recibieron más de 1,300 trabajos de un total de 30 países. En el vendaval iban 111 propuestas desde las españas, el quinto país que más propuso, solo superado por Colombia, Brasil, Argentina y México. Otro dato poderoso y significativo: 7 de los 36 jurados que participaron en las distintas fases del complejo sistema de premiación tenían pasaporte español, lo que de alguna manera evidencia la conciencia sobre el influyente papel en tiempos pasados y mejores.

Lo bueno es que algunos pasitos se están dando para revertir el declive del periodismo de largo aliento español; mínimos pero válidos. Se ven brotes verdes, si me permiten la trillada metáfora. En los últimos años, entre tanta discusión estéril sobre el presente y el futuro de la profesión, han surgido iniciativas como Jot Down, Libros del KO, tintaLibre, FronteraD, eCícero, Líbero... con vocación de escaparate para la buena crónica periodística. Más importante si cabe, hay una camada de periodistas que se ha dejado latinoameriquizar, bien porque viajaron, permanecieron, se empaparon y se convencieron, bien porque vencieron sus prejuicios desde la distancia y experimentaron la fórmula latina con humildad.

José Luis Sanz es valenciano, coautor de 'El viaje de la Mara Salvatrucha' crónica publicada en el periódico digital El Faro– y único español que se coló entre los finalistas de la categoría 'Crónica y reportaje' del Premio Gabriel García Márquez. Pero él lleva quince años en El Salvador, y es su renuncia a la concepción hispana del periodismo la que lo ha llevado al lugar que hoy ocupa. Me late que sucede lo mismo con otros periodistas que migraron a tiempo y constataron la obviedad explicitada con maestría por el gran Enric González. Se me ocurren ahora el gasteiztarra Álex Ayala Ugarte, el cántabro Enrique Naveda, el astur Alberto Arce o la gallega Martina Bastos.

Más de uno se estará planteando una inquietud legítima: ¿quién es este donnadie que se atreve a etiquetar lo que es buen y mal periodismo? ¿Con qué criterios? Solo me queda invitar a leer lo que se está escribiendo a uno y otro lado (me refiero a la vanguardia, obvio, porque en Latinoamérica también hay juntaletras y diarios llenos de faltas de ortografía), apelar al sentido común y refugiarme en otra vaca sagrada. Gumersindo Lafuente: “Y es que, mientras en Europa, y muy especialmente en España, doblan las campanas por la degradación o muerte de muchos periódicos, allá, de México a Chile, florecen un buen puñado de nuevos medios que pelean, desde la calidad, el rigor y el compromiso con sus lectores, por hacerse un hueco en el mercado. Y muchas veces en situaciones complicadas, teniendo que enfrentarse a las amenazas del poder o de las mafias. Pero siempre recorriendo el presente y mirando al futuro con optimismo, ese bien tan escaso hoy en nuestro país”. 

Fotografía: internet
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(Este texto se publicó primero el 10 de enero de 2014 en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, bajo el título 'Periodismo escrito Marca España')

jueves, 30 de enero de 2014

¿Para qué quieren drones si renunciaron al periodismo?


Hace unos días La Prensa Gráfica y El Diario de Hoy, los dos periódicos más influyentes de El Salvador, se enzarzaron en una discusión pública para demostrar cuál de los dos diarios había sido el primero en tomar fotografías con un 'drone' (un helicopterito teledirigido caro carísimo, en palabras llanas). 

“Uniéndose a medios como la británica BBC, las estadounidenses National Geographic, CNN o escuelas de periodismo en el primer mundo, LA PRENSA GRÁFICA cuenta ya con un drone –vehículo aéreo no tripulado– para cubrir con fotografía y video las diversas áreas de la realidad salvadoreña desde nuevas perspectivas” y “la adquisición de esta tecnología se une a otras herramientas de avanzada con las que ya se cuenta para mejorar cada día la recolección y elaboración de mejores contenidos informativos”, proclamó La Prensa Gráfica cuando anunció su proeza a mediados de enero en una nota titulada 'LPG tiene el primer drone periodístico en el país'. 

“El Diario de Hoy utilizó por primera vez el modelo 'DJI Phantom' en un recorrido por Apaneca, Ahuachapán, del cual se publicó la Portada 2, el 30 de noviembre de 2013”, replicó El Diario de Hoy un par de días después, bajo el título 'EDH fue el primer medio en usar un drone en El Salvador'

Pues bien, ayer, 29 de enero, pasó algo inédito en El Salvador. Histórico. Por primera vez desde la firma de los Acuerdos de Paz, la Fiscalía General congeló las cuentas y bienes de un expresidente de la República, por indicios y sospechas más que fundadas de corrupción en donaciones millonarias de Taiwán que recibió a título personal. Ese expresidente es Francisco Flores (1999-2004), de Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), el partido político más afín al gran empresariado del país. Sea uno de izquierda, derecha, centro o apolítico, una noticia así es, se mire por donde se mire, y si me permiten la reiteración, histórica. 

Pues bien, ahora vean las portadas de La Prensa Gráfica y El Diario de Hoy del día siguiente, 30 de enero, hoy. 

Portadas del 30 de enero de 2014

La desfachatez me ha hecho buscar el tuit que pegué en mi cuenta cuando se aireó la batallita de los drones: “Pena ajena por el "pleito" entre @elsalvador y @prensagrafica por el helicopterito... Ojalá competieran por ética y profesionalismo.” 

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P.D. Quizá otro día me anime con algo mucho más sutil y más grave, por las consecuencias que ha tenido. Si ven, para ocultar el 'affaire Flores', los dos periódicos eligieron el tema de las maras. No creo que sea una casualidad. Sin negar ni un ápice del daño que han causado, las pandillas son el más efectivo distractor que tiene el Sistema. Si querés que el salvadoreño promedio se olvide del desempleo, de la miseria, de la corrupción... poné el foco en los mareros. Nunca ha fallado desde hace quince años. Por eso estamos como estamos.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Encarcelados visita las cárceles salvadoreñas


Aparece un grupo de soldados encapuchados, una coaster azul estacionada y el muro exterior del penal de Mariona. Una sonora voz en off se impone sobre un fondo musical intrigante: “Vamos en busca de un español que se juega la vida todos los días. Vive amenazado desde hace 13 años. Le recogemos... en su refugio”.

Son las diez y media de la noche de un jueves de noviembre, horario de máxima audiencia, y en el televisor arranca un programa por el que desfilarán el Viejo Linx, docenas de pandilleros-lienzo rifando barrio y el omnipresente padre Toño. Un collage relativamente habitual en las pantallas desde que en marzo de 2012 inició la tregua entre las pandillas Barrio 18 y Mara Salvatrucha, pero con un matiz que en este caso lo relativiza todo. No estoy viendo esto en San Salvador sino en Vitoria-Gasteiz, la capital del País Vasco, y la cadena que lo emite no es Canal 12, TCS o Megavisión, sino laSexta, una de las más vistas de España.
Durante los próximos sesenta minutos, El Salvador más crudo se colará en los hogares de cientos de miles de españoles, quizá millones.

La sonora voz en off es la del periodista, un español bajito y barbado llamado Jalis de la Serna. Dice: “En El Salvador la vida vale muy poco. Se han llegado a producir hasta 4,500 homicidios anuales”.

—Tú imagínate una España de 40,000 asesinatos anuales. Sería una España... en guerra –dice el padre Toño, también español.

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Aclaración necesaria: laSexta comenzó a emitir en septiembre de 2013 Encarcelados, una serie de documentales que aspiraban a retratar las condiciones tercermundistas que sufren los ciudadanos españoles encerrados en cárceles latinoamericanas. Como me consta que no hay españoles en cárceles salvadoreñas, supuse que habían descartado nuestro país; de ahí la sorpresa este jueves al ver tanta cara conocida.

El Salvador es, lo dice la Organización de Estados Americanos (OEA), el país del continente con el sistema penitenciario más hacinado, y para que se escuchara el acento español en las cárceles, –y no traicionar por completo la aparente razón de ser del programa– se les ocurrió que los guías de los recintos visitados fueran españoles. El elegido para la visita al Centro Penitenciario de Cojutepeque fue el sacerdote pasionista Antonio Rodríguez, el padre Toño, quien trabaja desde hace más de una década entre pandilleros de la zona de la Montreal (Mejicanos), algo sabe del tema, y su gusto por las cámaras lo ha convertido en cicerone recurrente para los periodistas extranjeros que llegan al país unos días para grabar a pandilleros tatuados y luego pontificar sandeces sobre un problema tan complejo y enrevesado como lo es el de las maras.

Tras nueve emisiones, de Encarcelados se puede decir que es un show superficial y con un preocupante tufillo colonial. Entre sus principales virtudes, el hecho de haber metido las cámaras en lugares cuya crudeza solivianta al espectador primermundista –las cárceles latinoamericanas– y una craneada y reposada post-producción; las imágenes del programa que se está pasando este jueves 7 de noviembre se grabaron hace medio año.

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—Lo más importante es que veamos las condiciones de las cárceles, porque al final... las cárceles son la mejor radiografía que puede tener un país –dice el padre Toño.
Voz en off de De la Serna: “Nos disponemos a entrar en las prisiones de las maras, pandillas criminales custodiadas por el Ejército”.

Las cámaras entran en Cojutepeque; sin duda, el más duro de los penales que yo he conocido en Centroamérica. Una pocilga que ofrece nulas posibilidades de reinserción, hacinada hasta el surrealismo y en la que –si bien no se verán en este programa– hay verdaderas mazmorras, sin luz natural ni artificial. Para hacerse una idea de lo que estamos hablando, pueden ver esta galería gráfica que hace un año elaboró el fotoperiodista Pau Coll para la Sala Negra de El Faro.

Voz en off de De la Serna: “Nos reciben con su particular lenguaje de signos, que en un primer momento no sabemos descifrar”.

—Vamos a entrar en Cojutepeque, la cárcel de la Mara 18 –dice De la Serna ante una de las cámaras, repitiendo una vez más el error de llamar “Mara 18” a una agrupación delictiva cuyo nombre es Barrio 18, pandilla 18, Eighteen Street gang o simplemente la 18, pero nunca Mara 18–. Hace bastante calor y el olor es un poco... fuerte.
Voz en off de De la Serna: “Todos se deben a la Mara. Huyendo de la guerra, sus familias se instalaron en Los Ángeles. Y ellos, marginados y rechazados, encontraron allí otra guerra: la de la calle. Estados Unidos acabó deportándoles. Así... se extendió el terror... de las bandas callejeras”.
El listado de imprecisiones, falsedades y lugares comunes es interminable.
Voz en off de De la Serna: “Lo increíble es que es un español el que propicia desde la cárcel una tregua histórica. Aun a riesgo de su vida, este cura de Ciudad Real actúa de mediador entre las bandas callejeras más peligrosas del mundo”.

Dice: es un español el que propicia desde la cárcel una tregua histórica.

Se está refiriendo al padre Toño, quien durante el primer año fue uno de los más agresivos detractores de la tregua, iniciativa que calificó en repetidas ocasiones como “paz mafiosa”, pero que repentinamente giró 180 grados y en marzo de 2013 se convirtió en un defensor del proceso, tras el asesinato de Giovanni Morales (a) Destino, un activo de la Guanacos Locos de la Mara Salvatrucha que trabajaba para el Servicio Social Pasionista, la oenegé que el sacerdote español dirige.

Cuando hablan sobre la comida que les dan, un reo hace la gracia de decir que Aliprac, la empresa privada que suministra los alimentos a todos los privados de libertad en El Salvador, significa “Alimentos Pura Caca”, y De la Serna complementa en off que es propiedad “de la mujer del presidente de El Salvador, recibe 20 millones de dólares al año por alimentar a los presos”. Difama a Vanda Pignato, la esposa del presidente Mauricio Funes que nada tiene que ver con Aliprac, y tan ancho.

Voz en off de De la Serna: “Nos aventuramos a entrar hasta el fondo. El español (padre Toño) no duda. Quiere que lo grabemos todo. Que enseñemos al mundo lo que él considera una bomba de relojería”.

—No hay un solo espacio. No hay un solo hueco –dice ante cámaras De la Serna–. Esto está absolutamente atestado. Viven en unas condiciones absolutamente infrahumanas. Y es un olor muy fuerte. Es un olor como a azufre...
—(El Salvador) casi es un Estado mafioso –dice el padre Toño–. Cómo tratan a estas personas y cómo tratan a los privados de libertad. Esto es una de las violencias más grandes que hay...

Voz en off de De la Serna: “Resulta difícil creer que aquí un pandillero tiene alguna posibilidad de rehabilitarse”.

—Yo personalmente no tengo palabras –dice el padre Toño–. Estoy con ganas... hasta de llorar.

El programa da para mucho. Se muestran gravísimas violaciones de derechos humanos por parte del Estado salvadoreño, pero también carencias que están solo en el ojo de un europeo acomodado que evidentemente no se ha documentado sobre la realidad salvadoreña, como cuando ve unos guineos majonchos sancochados y, por no saber qué son, cree que son plátanos podridos.

—Vemos que esta persona que se está lavando los dientes no tiene un lavabo en el que lavarse –dice ante cámaras De la Serna en otro momento–, sino que coge agua de este pilón.
El programa apenas lleva veinte minutos. Falta ver una boda múltiple de pandilleros en el penal, una seudoentrevista con el Viejo Linx en la que el veterano pandillero termina mofándose del desconocimiento manifiesto de De la Serna, y sendas visitas complementarias al penal de San Vicente y al de mujeres de Ilopango. Pero el tono no variará.

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Un viajero incansable llamado Ryszard Kapuściński, periodista él, alguna vez dijo: “Intentar conocer otras civilizaciones y culturas con una visita de tres días o de una semana no sirve para nada”. La frase parece pensada para describir este producto televisivo llamado Encarcelados. Aunque quizá sea precisamente esto lo que los involucrados quieren. Para laSexta, los datos confirmarán mañana que de toda su parrilla este ha sido su segundo programa con mejor audiencia; más de un millón sescientos mil espectadores. El intrépido De la Serna será premiado en las redes sociales con piropos y aplausos a su valentía. El padre Toño obtiene valiosos minutos en primetime en su país natal, que le permitirán seguir siendo un referente a la hora de pedir fondos para su oenegé. Incluso los pandilleros logran ventilar a escala internacional sus demandas.

Pierde El Salvador, claro, que proyecta una imagen de tercermundismo y de republicabananera que costará neutralizar.

Y pierde el periodismo –el rigor, la ética–, pero... ¿a alguien le importa ya todo eso?

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Para sacar sus propias conclusiones, puede ver el programa sobre El Salvador de Encarcelados en este enlace.

(Vitoria-Gasteiz, Euskadi. Noviembre de 2013)




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(Este texto se publicó primero el 8 de noviembre de 2013, como bitácora de la Sala Negra de El Faro, también bajo el título 'Encarcelados visitas las cárceles salvadoreñas`)

jueves, 10 de octubre de 2013

Palabra de cronista: Los cínicos no sirven para este oficio


De Los cínicos no sirven para este oficio, del periodista polaco Ryszard Kapuściński

Más o menos a la mitad del bloque titulado Ismael sigue caminando:
Nuestra profesión necesita continuos reajustes, modificaciones, mejoras. Claro está, debemos atenernos a ciertas reglas generales. Ser éticamente correctos, por ejemplo, es una de las principales responsabilidades que tenemos. Pero, por lo demás, nuestro objeto está en continuo movimiento. Yo, por ejemplo, me he especializado en los países del Tercer Mundo ‒África, Asia y América Latina‒, a los cuales he dedicado casi toda mi vida profesional. Mi primer viaje largo fue a la India, Pakistán y Afganistán, en 1956. Por tanto, hace más de cuarenta años que viajo a los países del Tercer Mundo. He vivido en ellos permanentemente durante más de veinte años, porque intentar conocer otras civilizaciones y culturas con una visita de tres días o de una semana no sirve para nada.
Cuando empecé a escribir sobre estos países, donde la mayoría de la población vive en la pobreza, me di cuenta de que aquél era el tema al que quería dedicarme. Escribía, por otro lado, también por algunas razones éticas: sobre todo porque los pobres suelen ser silenciosos. La pobreza no llora, la pobreza no tiene voz. La pobreza sufre, pero sufre en silencio. La pobreza no se rebela. Encontraréis situaciones de rebeldía sólo cuando la gente pobre alberga alguna esperanza. Entonces se rebela, porque espera mejorar algo. En la mayor parte de los casos, se equivoca; pero el componente de la esperanza es fundamental para que la gente reaccione. En las situaciones de pobreza perenne, la característica principal es la falta de esperanza. Si eres un pobre agricultor en un pueblo perdido de la India, para ti no hay esperanza. La gente lo sabe perfectamente. Lo sabe desde tiempos inmemoriales.
Esta gente no se rebelará nunca. Así que necesita que alguien hable por ellos. Ésta es una de las obligaciones morales que tenemos cuando escribimos sobre esta parte infeliz de la familia humana. Porque todos ellos son nuestros hermanos y hermanas pobres. Que no tienen voz.
Mi intención, sin embargo, es más ambiciosa. No pretendo limitarme a escribir sobre pobres o ricos, porque esto es competencia principalmente de una serie de organizaciones, desde las iglesias a las Naciones Unidas. Mi intención es sobre todo la de mostrar a todos nosotros, los europeos ‒que tenemos una mentalidad muy eurocéntrica‒, que Europa, o, mejor dicho, una parte de la misma, no es lo único que existe en el mundo.
Que Europa está rodeada por un inmenso y creciente número de culturas, sociedades, religiones y civilizaciones diferentes. Vivir en un planeta que cada vez está más interconectado significa tener en cuenta esto, y adaptarnos a una situación global radicalmente nueva.
Antes era posible vivir separados, sin conocer nada los unos de los otros, ni de un país a otro. Pero en el siglo XXI ya no lo será. Por tamo, lentamente ‒o mejor, rápidamente‒ tenemos que adaptar nuestro imaginario, nuestro tradicional modo de pensar, a esta situación. Algo que, obviamente, es muy difícil. En muchos casos, es casi imposible a corto plazo.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Cinco años de 'Periodismo narrativo en Latinoamérica'


“El plan parecía una locura demasiado simple”. Así arranca Asalto al palacio, la crónica formidable del periodista Gabriel García Márquez en la que nos cuenta un cuento que es verdad: la mítica toma por parte de un comando guerrillero del Palacio Nacional de Managua, el 22 de agosto de 1978, cuando aún faltaba un año para el triunfo de la Revolución sandinista.

No lo recuerdo como una decisión sopesada-meditada, pero Asalto al palacio fue la primera entrada del blog Periodismo narrativo en Latinoamérica. La subí el 15 de septiembre de 2008, hace exactamente cinco años. Ese mismo día incluí una docena de relatos magistrales; además del de Gabo, piezas de Leila Guerriero, Daniel Titinger, Cicco, Carlos Martínez, Martín Caparrós, Juan Pablo Meneses, Josefina Licitra... Palabras mayores. Historias todas que cumplían con holgura la premisa recogida de forma explícita en la cabecera del blog: “Recopilación de crónicas periodísticas con chispa”.

Un lustro después de aquella travesura, Periodismo narrativo en Latinoamérica acumula más de 915,000 visitas, más de 450 crónicas, casi 200 autores, 800 comentarios de lectores... y todo eso sin renunciar a ser un espacio tan artesanal e ingenuo como el día en el que nació. En la actualidad promedia unas 25,000 visitas mensuales, unas 850 cada día, cifras nada despreciables para un sitio en el que se postea solo 1 o 2 veces por semana, y del que me gusta decir que es lenguaje menosdospuntocero: sábanas de texto, cero imágenes, cero enlaces, cero comentarios del autor, cero publicidad; crónica, solo crónica, solo buena crónica.

El plan parecía una locura demasiado simple.


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Con la excusa de la efeméride comparto algunos datos que quizá alguien juzgue interesantes.
 
¿Quiénes visitan? Desde hace más de año y medio Wordpress brinda un detallado reporte que incluye datos sobre los países desde los que visitan el sitio. Pues bien, en términos absolutos los colombianos son los más asiduos, hecho que está en plena sintonía con el aprecio que en ese tierra se tiene por la crónica. A los colombianos, los claros dominadores, les siguen mexicanos, argentinos, peruanos, ecuatorianos, españoles, estadounidenses, chilenos, venezolanos, salvadoreños, bolivianos, uruguayos... Pero si se toma en cuenta la población de cada uno de los países, me atrevería a interpretar que los dos grandes focos de interés sobre la crónica de largo aliento están, por un lado, en el tridente Colombia-Perú-Ecuador; y por otro, en el tándem Argentina-Chile.

¿Qué es lo más leído? De largo, la crónica más visitada en estos cinco años es Un fin de semana con Pablo Escobar, de Juan José Hoyos; casi 30,000 visitas. Superan las 10,000 otras dos crónicas geniales como lo son La leyenda de Facundo Cabral, de Leila Guerriero; y Cromwell, el cajero generoso, de Juan Manuel Robles. Completan el top-ten Caracas sin agua, de Gabriel García Márquez; Seis meses con el salario mínimo, de Andrés Felipe Solano; La chica mimada del cine porno argentino , de Gloria Ziegler; Messi, el goleador que nos despierta, se va a dormir , de Leonardo Faccio; Un extraterrestre en la cocina , de Julio Villanueva Chang; Frank Sinatra está resfriado, de Gay Talese; y Un hombre está peleando con mi mami, de Carlos Martínez. Los países sobre los que más se escribe son, en este orden, Argentina, México, Colombia, El Salvador y Perú. Los medios de los que más crónicas he recopilado son Gatopardo, Soho, El Faro, Etiqueta Negra y Séptimo Sentido. Y los autores que más relatos han publicado son Leila Guerriero, Alberto Salcedo Ramos, Roberto Valencia (algún privilegio debería de tener ser el responsable del tinglado), Óscar Martínez y Juan Pablo Meneses.

¿Desde qué sitios se accede? Las redes sociales son las cómplices naturales de Periodismo narrativo en Latinoamérica, sobre todo Facebook. Tiene su lógica. Twitter aporta, claro, y también sitios como Wikipedia, Clasesdeperiodismo.com, Taringa, Aves de prensa, Meneame.net, elPuercoespin, FronteraD, Águilas humanas, Crónicas guanacas, nuevoscronistasdeindias.fnpi.org... un heterogéneo conglomerado de instituciones y autores que recomiendan este blog. A todos mi sincero agradecimiento, pero los dos que me llenan de especial orgullo son, por un lado, la inclusión del blog en su listado de sitios “donde habita la crónica”, que hizo la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI); y por otro, que fuera recomendado como “un excelente portal de entrada para leer algunas de las mejores piezas firmadas por los cronistas más talentosos” en el ensayo Diccionario de la crónica hispanoamericana, que en mayo de 2012 Lino González Veiguela publicó en Frontera D.

¿Con qué criterios se nutre el blog? No es el único insumo, ni mucho menos, pero sí el principal: en la página principal, al costado izquierdo, hay una invitación a que sean los lectores los que envíen sugerencias, de autoría propia o ajena. Dice así: “Si conocés o has escrito una crónica que creés que merece estar en este blog, por favor, envíala a robertogasteiz@gmail.com (pero antes de hacerlo recordá que este espacio es para crónicas periodísticas de largo aliento; repito las palabras clave: CRÓNICAS, PERIODÍSTICAS y LARGO ALIENTO) Gracias”. Llegan muchas propuestas y muchas se desechan; más de una, seguramente, de forma injusta. El abanico abarca va desde cronistas consagradísimos que con humildad someten sus textos a consideración, hasta aprendices que quieren que se les publique lo primero que escriben. Y entre tanta propuesta hay, para mi gusto, demasiados relatos que pecan de egocentrismo, aquellos en los que el reporteo es mínimo (cuando lo hay) y la presencia del autor es tan agresiva que opaca los hechos noticiosos narrados.

¿Por qué nace este blog? Es quizá la primera pregunta que debería de haber respondido, pero voluntariamente la he dejado para el final. El problema es que el post ya se me ha alargado demasiado, y ahora creo que responder a por qué nació Periodismo narrativo en Latinoamérica da para más que un párrafo. Me comprometo a contarlo otro día, seguramente en este mismo espacio, pero adelantaré un par de detalles: uno, que lo que me llevó a concentrar crónicas de largo aliento en un mismo lugar fue mi interés genuino en el género, como aprendiz, sumado al hecho de que no existía nada así y yo, picado ya por el gusanillo de la crónica, lo sentía de gran utilidad; y dos, que este blog no existiría si en agosto-septiembre de 2007 yo no hubiera asistido a un taller de periodismo narrativo que en aquel entonces impartió en Ciudad de Panamá una ignota periodista argentina llamada Leila Guerriero.




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(Este texto se publicó primero el 15 de septiembre de 2013 en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, bajo el título 'Un lustro de crónicas')
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