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viernes, 21 de marzo de 2014

Un pueblón llamado San Miguel


Comencé a frecuentar San Miguel a finales de 2001, al poco de haber migrado a El Salvador. Me he dejado perder incontables veces por la cuadrícula de su parte vieja, he comido pupusas en el mercado a cielo abierto que es su centro, me he bañado en esa prolongación de la ciudad que es la playa El Cuco, he disfrutado en sus calles del popular Carnaval, y hasta he tenido el honor de ser jurado en la elección de la reina. San Miguel nunca aparecerá en esos pomposos listados de rincones del mundo que uno tiene que conocer antes de morir, pero tiene algo, personalidad propia, es un lugar que se deja querer, adictivo. Creo que parte de su encanto radica en su condición de ciudad pueblón, dicho en el sentido más puro e inocente de la palabra: pueblón como pueblo grande, sin carga peyorativa alguna. Es cierto que el título oficial de ciudad lo tiene desde el siglo XVI, que es cabecera departamental y que en toda la zona oriental del país no hay otro poblado más poblado, pero exhala esa entrañable sensación de que todos conocen a casi todos. 

Fotografía Roberto Valencia

sábado, 25 de enero de 2014

Las rutinas del agente Lemus


Foto: Roberto Valencia
Dos pandilleros detenidos con diez libras de marihuana era buen saldo para una jornada de trabajo, pero el joven agente Lemus estaba colérico y quería más, quería el nombre del dealer; al menos eso es lo que dijo a los compañeros de la otra unidad para justificar que no llevaría a los detenidos de un solo a la delegación. El visible enojo del agente Lemus tenía una razón de ser: durante la persecución, el carro que manejaba había estado a punto de empotrarse contra un poste de la luz. La vio realmente cerca.

Subieron a los pandilleros esposados en el vehículo y los llevaron al pasaje de siempre, cerca de la terminal de buses. El interrogatorio fue más violento que de costumbre: puñetazos, pechadas, halones de cabello, codazos, patadas patadas patadas. De los dos policías, el agente Lemus era el que llevaba la batuta. La experiencia acumulada en situaciones similares pronto le hizo ver que no le dirían el nombre que buscaba, pero eso no hizo sino agigantar su furia. La excusa para continuar la tortura fue que quería que los pandilleros renegaran de la Mara Salvatrucha, que dijeran que su pandilla era basura. No lo consiguió. Se dio por vencido cuando a uno de ellos –esposado, magullado, arrodillado, indefenso– le dio tal patada en la boca que les sacó tres dientes en una bocanada de sangre. El joven quedó inerte en el suelo.

El agente Lemus sintió como estrenadas las botas nuevas que la Policía Nacional Civil le había entregado aquella misma semana.

Ocurrió en la ciudad de San Miguel algún día de 1998. Lemus, un agente asignado al Servicio de Emergencias 121, no se esforzó por memorizarlo. Nadie memoriza las fechas de la rutina.

(San Miguel, El Salvador. 1998)

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(Este relato se incluyó con idéntico título en una serie de microrrelatos titulados 'Cuentos para leer en Navidad', que se publicaron el 15 de diciembre de 2013 como bitácora de la Sala Negra de El Faro)

viernes, 13 de septiembre de 2013

Asesinato de una madre


Rosa María Coreas era una joven de extracción humilde, madre de una niña de nueve años y de un niño de seis, residente en una modesta lotificación en las afueras de San Miguel, junto a la línea férrea. Bajomundo en estado puro, ciudadanía de segunda, una de esas vidas que la conciencia colectiva salvadoreña parece considerar prescindibles. La asesinaron de dos balazos en la cabeza el viernes en la tarde, la antesala de un fin de semana de pago, cuando en las redacciones de los periódicos la principal preocupación es elegir dónde y con quién tomar las polarizadas. Rosa María lo tenía todo para ser una cifra más, un número en el reporte mensual de homicidios de la PNC, si acaso tres o cuatro líneas en una nota que consolidara los seis, siete u ocho asesinatos del día.

Sin embargo.

El sábado se supo que Rosa María era la esposa de Gustavo Adolfo Parada Morales (a) El Directo, el pandillero que en 1999 paralizó la agenda informativa nacional, aquel joven de 16 años al que periodistas y autoridades llamaron enemigo público número uno. Por eso, cuando se conoció su identidad, La Prensa Gráfica se apresuró a publicar Asesinan a esposa de pandillero “El Directo”; y El Diario de Hoy, Asesinan en San Miguel a esposa de “el Directo”.

Parece que a la sociedad apenas le importa que asesinen a Rosa María, pero sí que maten a la esposa de El Directo.

Tuve la suerte de conocer a Rosa María. Hable mucho con ella, mucho. Y sí, era la esposa de El Directo, pero también era la madre de Mayra y de Andy, la hermana mayor de Omar, la prima de Jonathan, la nieta de Rosa... Rondaba los 30 años, migueleña, de piel morena y cabellera larga y lisa y negra, de sonrisa eterna y trato afable y, lo más importante, con una inequívoca determinación por criar a sus hijos lejos del submundo de las pandillas del que ella, sin haberlo pretendido nunca, formaba parte. “Yo quiero estar lo más lejos posible de ese mundo, de esa gente”, me dijo una de las últimas veces que platiqué con ella, en mayo. Antes que esposa, Rosa María era madre, una madre que trataba de hacerlo bien. Andy y Mayra lo saben, sobre todo Mayra. Ellos eran sus confidentes. 

Dentro de 10 años, quién sabe, Mayra y Andy quizá busquen en Google sobre su madre, y encontrarán las noticias que consignan su asesinato, esas en las que la definen como un apéndice de El Directo. Y quizá lean los vergonzosos comentarios que docenas-cientos de salvadoreños ejemplares hicieron en la redes sociales. Salvadoreños ejemplares que, desde la residencial con pluma en la que viven, alejados del bajomundo, hablan sobre las maras como si fuera un fenómeno ajeno a la sociedad de la que forman parte. Salvadoreños ejemplares como Sergio Andrés Villalonga, que leyó el titular de la noticia del asesinato y comentó en Facebook: “Q bueno”; o como Eliza Rodríguez, que escribió: “Esa si es NOTICIA una RATA menos que era complice de ese MARERO, Sigan eliminando a todos los parientes de los marosos para que se acaben de una buena véz...”; o como Ricardo Peñate, quien no tuvo reparo en escribir esto: “La hubieran quemado viva ala puta esa”; o como Josué Iraheta: “Un parasito menos!!! Bienvenida al infierno le ha de haber dicho don sata jajajajaja”; o como Roberto Salazar, quien se despachó así: “Marero y pariente que le tolera, ambos son estorbos en este mundo!”. Salvadoreños ejemplares que se creen por encima del bien y del mal, pero que con su odio y su ignorancia contribuyen a que esta sea una de las sociedades más violentas del mundo. Y lo más triste es que ni siquiera son conscientes de ello. 

Descanse en paz Rosa María, una madre.

Mayra y Andy, pobres, ahora la tendrán más difícil todavía. 

(San Miguel, El Salvador. Septiembre de 2013)

 
Fotografía: Roberto Valencia
 
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(Esta es una versión de un artículo publicar en la sección Bitácora de la Sala Negra de El Faro, también bajo el titular “La esposa de El Directo”)

jueves, 20 de junio de 2013

¡¡¡La renta!!! Por favor...


Edwin Ernesto Velásquez, un activo de la clica Pinos Locos Salvatruchos de la MS-13 llegó el 28 de diciembre de 2005 a la casa de la Niña Magda, en una colonia de la zona sur de San Miguel, y dejó una hoja manuscrita que ella encontró en el garaje a eso de las siete y cuarto de la noche, junto a la llanta trasera de un taxi que había allí parqueado. Como Niña Magda no sabía leer ni escribir, se guardó la nota en una bolsa y, apenas vio a su sobrina, se la dio para que se la leyera. 

La nota decía así: “La Mara Salvatrucha X3. Bueno el motivo de este papel es para decirle lo siguiente: Niña Magda, de esta carta es que los miembros de la Mara queremos que nos de una renta de 300 dólares o sino le quiere entregar los entenderemos con usted o sino con sus trabajadores queremos esa renta el treinta por favor y sino y sino va ver la foto, este papel viene de la Milagro de la Paz, esta renta es por los taxi que tiene, no queremos que vaya a poner el dedo con la Policía por que sino nosotros actuaremos, mándela con unos de sus taxi por favor firma la Mara Salvatrucha, esperamos que nos cumpla. Soy El Firma Jefe de la Mara Salvatrucha, mándenos el billete con este taxi, por favor A-60***. Le agradeceremos”.

Tres ‘porfavores’ y un ‘leagradecermos’ . La educación que nunca falte. 

Fotografía: A. H.

viernes, 12 de abril de 2013

Percepción versus realidad


Al subinspector Nerio Castro lo conocí por casualidad. Ocurrió a mediados de diciembre de 2012, cuando pasé unos días en la siempre tórrida San Miguel y solicité una entrevista con alguien de la Policía Nacional Civil que me pudiera diseccionar las peculiaridades del fenómeno de las maras en la principal ciudad de la zona oriental de El Salvador. En principio me asignaron al inspector Martínez, la persona al frente del Departamento de Investigaciones (DIN), pero el día de la entrevista le surgió algún inconveniente y delegó en su brazo derecho: el subinspector Nerio Castro. 

Mando medio y en una delegación del interior, rápido intuí que el subinspector Nerio Castro me sería de gran ayuda. Las conversaciones con policías de ese perfil suelen resultar reveladoras, mucho más que con comisionados o subcomisionados, usualmente timoratos por la responsabilidad o acartonados por el mayor roce con los periodistas, cuando no víctimas del hecho de llevar años en despachos aireacondicionados, alejados de lo que se cuece en las calles. 

El subinspector Nerio Castro es todo lo contrario. Relativamente joven –ronda los 35 años–, fue enviado a San Miguel a mediados de 2010, por lo que vivió de cerca el repunte criminal de finales de 2011 y principios de 2012 , y también está viviendo la famosa tregua y sus consecuencias. Como integrante de la DIN, su trabajo se centra en desarticular clicas, sobre todo de la Mara Salvatrucha-13 (MS-13), la pandilla con mayor implantación en San Miguel.

—Definitivamente –dijo el subinspector Nerio Castro–, aquí la más fuerte es la MS, el 80% de los casos que investigamos tiene que ver con ellos.

La evolución de la MS-13 en San Miguel es un caso aparte, daría para un libro. Desde finales de la década de los 90 las dos letras fueron el tatuaje más habitual en el torso de los jóvenes migueleños, ante una presencia residual del Barrio 18 (que en la actualidad solo tiene una única cancha, la colonia San Carlos), tan residual que si hubiera que señalar la segunda pandilla en San Miguel, no sería la 18, sino La Mirada Lokotes-13, también sureña, y con presencia en La Presita y otras colonias cercanas al río Grande.

Ni la 18 ni La Mirada son ni han sido rivales de peso ante el desarrollo desproporcionado de la MS-13, al punto que en San Miguel hubo por años una guerra abierta entre clicas de la Salvatrucha: la Criminal Gangsters, la Fulton, la Sitios Locotes, la Big Curuñas, la Dalmacias, la Normandie, la Guanacos, la Pinos, la San José, la Pana Di, la Sailor… De esta guerra fratricida la que mejor librada salió, sin duda, fue la Sailor, la Sailor Locos Salvatruchos Westside (SLSW), los Marineros, que a finales de 1998 apenas era un grupúsculo de pandilleros a la sombra de la Pana Di –la clica hegemónica de entonces–, y hoy es una de las pocas fundadas en El Salvador que ha dado el salto y ha logrado asentarse en territorio estadounidense. 

—La Sailor es la que más integrantes tiene, sin duda –me dijo el subinspector Nerio Castro.
—¿De cuántos estamos hablando?
—De 160 a 180 pandilleros, sin contar a los chequeo.
—¿170 activos solo en esa clica?
—Sí, más o menos, pero algunos están ya presos, aunque no dejan de pertenecer.


La entrevista no la solicité para hablar sobre las consecuencias de la negociación del Gobierno con los líderes de las pandillas –esa que al principio era un milagro, luego una tregua, y de un tiempo a esta parte el ministro ya la llama proceso de pacificación–, pero no podía dejar pasar una oportunidad así.

El subinspector Nerio Castro me dijo que sí, que ellos han notado un notable cambio a mejor con la tregua, y me citó ejemplos: los homicidios se han desplomado, los ataques armados contra viviendas para atemorizar a sus habitantes –un mecanismo de presión habitual en San Miguel– casi han desaparecido, y las denuncias por extorsión también han ido a la baja.

—La actividad criminal de las pandillas en San Miguel ha bajado, eso está clarísimo, y yo sí pienso que está beneficiando a toda la sociedad –dijo el subinspector Nerio Castro.

Otra cosa, matizó, es la percepción.

El subinspector Nerio Castro concluyó, seguramente sin pretenderlo, con una crítica dura, directa y sincera al gremio periodístico, a nuestro papel como formadores de percepción.

—Le voy a contar un caso que nos pasó hace poco con dos menores. Estos dos menores, de unos 14 años pero pandilleros activos ya, se dedicaban a recoger dinero de la renta. Pues hubo algún problema con el dinero, y la pandilla los asesinó. Al final, las notas periodísticas de La Prensa y El Diario dijeron: Asesinan a dos estudiantes, y aquella nota bañó de luto la mitad del país. Yo sé que si hubieran dicho ‘Mueren dos delincuentes’, todo habría sido distinto, pero pusieron, a saber por qué, que eran dos estudiantes, y empezaron además a escribir notas paralelas sobre el acoso a los centros escolares, y todo porque eran dos personas que sí, aún estaban estudiando, pero eran pandilleros. 

Fotografía. Roberto Valencia
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(Este relato fue publicado el 8 de abril de 2013 en la sección Bitácora del proyecto de cobertura periodística de la violencia Sala Negra, de elfaro.net)
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