Comencé a frecuentar San Miguel a finales de 2001, al poco de haber migrado a El Salvador. Me he dejado perder incontables veces por la cuadrícula de su parte vieja, he comido pupusas en el mercado a cielo abierto que es su centro, me he bañado en esa prolongación de la ciudad que es la playa El Cuco, he disfrutado en sus calles del popular Carnaval, y hasta he tenido el honor de ser jurado en la elección de la reina. San Miguel nunca aparecerá en esos pomposos listados de rincones del mundo que uno tiene que conocer antes de morir, pero tiene algo, personalidad propia, es un lugar que se deja querer, adictivo. Creo que parte de su encanto radica en su condición de ciudad pueblón, dicho en el sentido más puro e inocente de la palabra: pueblón como pueblo grande, sin carga peyorativa alguna. Es cierto que el título oficial de ciudad lo tiene desde el siglo XVI, que es cabecera departamental y que en toda la zona oriental del país no hay otro poblado más poblado, pero exhala esa entrañable sensación de que todos conocen a casi todos.
| Fotografía Roberto Valencia |

