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domingo, 21 de mayo de 2017

El obispo que prologó mi libro será cardenal


Sorpresivo es lo menos que puede decirse del anuncio del papa Francisco sobre Gregorio Rosa Chávez, un hombre que desde febrero de 1982 ha sido obispo auxiliar de la arquidiócesis de San Salvador. 35 años, se dice pronto. El próximo 28 de junio tendrá lugar en el Vaticano el encuentro para su nombramiento como cardenal –Rosa Chávez será el primer purpurado de nacionalidad salvadoreña– y, un día después, concelebrará junto al papa y otros cuatro nuevos cardenales una misa solemne en la basílica de San Pedro.


Sorprendido es lo menos que puedo decir sobre mis sensaciones cuando he sabido de la noticia. Gregorio Rosa Chávez, a quien el periodismo me permitió conocer, escribió el prólogo de ‘Hablan de Monseñor Romero’, libro de mi autoría que aborda el lado más íntimo y personal del más universal de los salvadoreños. Releí ese prólogo con renovado interés tras el nombramiento, y decidí compartirlo en este blog porque creo de corazón que ilustra con fidelidad la relación entre él y Monseñor Romero, relación que me atrevo a intuir que ha pesado en la sorpresiva decisión del papa Francisco. El prólogo tiene además la virtud de que son sus propias palabras, un texto de su puño y letra, reflexiones del primer cardenal salvadoreño en la historia de la Iglesia católica.
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Este no es un libro más sobre Monseñor Romero, sino una guía segura para acercarse al auténtico Monseñor Romero. Los testigos que han sido entrevistados nos entregan valiosas claves para conocer al ser humano, al discípulo de Jesús y al pastor que llega hasta la ofrenda de su vida. Por sus páginas desfilan gentes muy cercanas a Monseñor, como Salvador Barraza, las hermanas Chacón, el actual obispo de Santiago de María, y monseñor Urioste, quien estuvo siempre a su lado en San Salvador; hombres muy conocidos como Héctor Dada Hirezi y Roberto Cuéllar; dos religiosas –la hermana Lucita y la hermana Eva–, y un joven artista que nos pone en contacto con el lenguaje y la visión de la juventud de hoy. Cada uno y cada una van trazando pinceladas que nos permiten conocer y comprender mejor al salvadoreño más conocido y más amado en el mundo entero. Completa el cuadro un mosaico multicolor de voces del pueblo que, desde la cripta de Catedral, nos dicen por qué creen que Monseñor Romero es santo.
Roberto Valencia es un talentoso periodista vasco-salvadoreño que ha logrado penetrar con el corazón y la inteligencia en el misterio de Monseñor Romero y en la complejidad del contexto en el que le tocó ser pastor de un pueblo martirizado. Con perspicacia ha visto en el Diario de Monseñor Romero –que recoge las memorias de los dos últimos años de servicio como arzobispo de San Salvador– “una herramienta imprescindible para conocer al ser humano”. En sus páginas, “no solo incluyó grandes brochazos de su quehacer, sino que lo enriqueció con sensaciones y sentimientos, sobre todo en los últimos meses de vida”. El lector interesado en comprobar la veracidad de lo que aquí se cuenta encontrará en el Diario elementos seguros para no perderse.
¿Usted cree que Monseñor Romero es santo? La pregunta surge, a veces de forma brutal, en los labios del periodista que, con maestría y conocimiento del tema, la formula a cada entrevistado o entrevistada. Al juntar las diferentes respuestas queda en evidencia que aquí estamos ante una forma más bien inédita de santidad. Algunos llegan incluso a expresar su temor de que la figura que se nos proponga como modelo de santidad no sea el verdadero Monseñor Romero, y por eso no se muestran muy interesados en el proceso de canonización.
El libro que me honro en presentar pone en nuestras manos un material precioso para desmitificar la figura de Monseñor Romero. En una ocasión él dijo a un grupo de alumnas de un colegio católico que en San Salvador se tienen dos imágenes muy diferentes del arzobispo: “Para unos, es el causante de todos los males, como un monstruo de maldad; para otros, gracias a Dios, para el pueblo sencillo sobre todo, soy el pastor. ¡Y cómo quisiera que ustedes hubieran sido testigos de la acogida que dan a mi palabra, a mi presencia sobre todo en los pueblos humildes!” (Diario, 11.04.78).
Conocí al padre Romero cuando yo era seminarista menor y, después de mis estudios de Filosofía, colaboré con él un año entero como su asistente en seminario menor de San Miguel. En su Diario habla de mí “como amigo que lo ha sido desde tanto tiempo y muy de fondo” (Diario, 18.05/79). Por eso me siento muy contento de poder escribir algunas palabras introductorias a esta obra inspirada e inspiradora.
¿Por dónde comenzar? Quisiera detenerme en primer lugar en los testimonios de Salvador Barraza y de las hermanas Chacón, porque allí se retrata de manera fresca el talante del hombre Óscar Romero, remontándonos incluso hasta sus tiempos de sacerdote en la diócesis de San Miguel.
Barraza nos sorprende cuando afirma que él no era el motorista de Monseñor Romero –la película Romero nos había hecho creer lo contrario–; sino su amigo: “Para cosas de confianza me buscaba, y también yo me encargaba de que saliera a distraerse porque tenía mucha tensión”.
Por su parte, Elvira y Leonor Chacón describen con sencillez que su casa era para Monseñor una verdadera Betania: “Él venía aquí con el afán de descansar, de olvidarse de sus cosas. Aquí no se hablaba de D’Aubuisson ni de los obispos ni de nada de eso. Su idea era… ¿Cómo decirlo? Sentirse en familia”, recuerda Leonor. Me consta que Monseñor Romero llegaba con toda confianza, incluso a altas horas de la noche y con varios acompañantes, a este hogar en el que la mesa siempre estaba servida. El solía decir que allí se cumplía el dicho popular “cayendo el muerto soltando el llanto”. Con la misma confianza llegaba también a la casa de la familia Barraza.
Otro testigo excepcional de esa época anterior a los azarosos años en que le tocó pastorear la arquidiócesis de San Salvador es monseñor Rodrigo Orlando Cabrera, quien fue uno de sus más cercanos colaboradores en la diócesis de Santiago de María. Repite aquí lo que ha afirmado en otras ocasiones: que se ha exagerado al afirmar que Monseñor Romero abrió las puertas de la casa episcopal para albergar a los cortadores de café. Una perla de esta entrevista en la afirmación de lo que tantos hemos comprobado: “Es curioso. Monseñor Romero siempre se sentía mejor cuando estaba con los pobres. Se le notaba. Siendo obispo aquí, ocurría a veces que cuando iba de visita, algunos padres le preparaban almuerzo o la cena. Pero cuando lo mandaban a buscar, lo encontraban en el atrio, compartiendo tamales o un café con gente muy humilde”.
Un dato de inapreciable valor –confirmado por Barraza, las hermanas Chacón y monseñor Cabrera– es que Monseñor Romero, después de volver de su paseo al mar y antes de la misa del día en que fue asesinado, le pidió a Salvador que lo llevara a Santa Tecla a confesarse con el padre Azkue, su director espiritual. ¡Vaya manera de prepararse para ofrecer en el altar la máxima prueba de su amor a Jesucristo!
Los testimonios de Roberto Cuéllar y Héctor Dada Hirezi nos acercan al hombre que vivió con pasión la defensa de la dignidad de los pobres y perseguidos, y acompañó a gente clave que soñaba, como él lo hacía, con un país diferente.
El nombre de Roberto Cuéllar aparece con frecuencia en el Diario de Monseñor, siempre ligado al tema de los derechos humanos o a la preparación de la homilía dominical del pastor. Impresiona su descripción de la autopsia del cadáver del obispo asesinado y los datos acerca del origen y la evolución del Socorro Jurídico del Arzobispado. Pero destaco el pasaje cuando se refiere a Reynaldo Cruz Menjívar, el militante demócrata-cristiano que permaneció más de nueve meses en una cárcel clandestina de la Policía de Hacienda, sometido a las más brutales torturas; al leerlo, uno se siente horrorizado. Monseñor, en su Diario, menciona el caso en una forma sumamente discreta, pero el relato de Roberto Cuéllar arroja luz sobre el corazón del pastor: “Me impresionó, francamente se lo digo, que fuera el propio Monseñor Romero el que lo trató. Él no quería que nadie se enterara de que lo tenía escondido en el arzobispado, porque ahí pasó unos pocos días, y él mismo le daba las medicinas”.
Quienes conocemos a Héctor Dada Hirezi sabemos de su clara identidad cristiana y de su valiente compromiso iluminado por la doctrina social de la Iglesia. El Diario no deja a este respecto ninguna duda: ya se trate su calidad de dirigente democristiano, de canciller de la primera Junta surgida después de la insurrección militar del 15 de octubre de 1979, o de integrante de la segunda Junta, la confianza y la estima de Monseñor Romero hacia él son incuestionables. Es particularmente valiosa la insistencia de Héctor en recalcar que Monseñor Romero fue un hombre honesto: “Creo que ninguno habíamos valorado la absoluta honestidad humana y religiosa de Monseñor Romero, una conjunción de honestidades que lo llevaron a comprometerse en cosas que nadie esperábamos que se comprometiera”.
La visión de dos laicos metidos en el mundo se completa con la mirada de dos religiosas. La primera es madre Lucita, conocida en el mundo entero por su cercanía con Monseñor Romero, a quien le dio la sorpresa de entregarle una casita como regalo el día en que él cumplía 60 años; y la segunda es la hermana Eva, quien nos cuenta de primera mano cómo vivió Monseñor Romero la muerte de su amigo, el padre Rutilio Grande, al contemplar su cuerpo acribillado en el templo de Aguilares.
La madre Lucita –al igual que las Hermanas Chacón– puede afirmar que para Monseñor Romero, el hospitalito “era su Betania”. Ella supo –y no fue la única– de los arrebatos del carácter de Monseñor Romero, pero no duda de su santidad: “No tengo dudas… Porque lo conocí y sé que quiénes hablan mal de él no lo conocieron. Era un hombre de una fe y de una oración muy profundas, y todo lo que hacía lo consultaba con Dios antes, arrodillado, para que le diera sabiduría y le dijera qué tenía que hacer. Fue un santo muy humano”.
Hay que agradecer a la hermana Eva Menjívar –una religiosa Carmelita de San José que dejó su congregación, junto con varias compañeras para asumir un trabajo de acompañamiento bastante arriesgado–, su vivencia de esa noche tan densa de la velación del padre Grande y de sus dos compañeros. Ella tampoco duda de la santidad de Monseñor Romero: “La veo en sus grandes valores. El hombre era muy humilde y de mucha oración, muy profundo. Si uno se fija en sus homilías, en cómo las iba ordenando, dan pie a pensar que Monseñor no sólo iba a hablar, sino que hacía profundas reflexiones, y no solo hacia fuera. Fue una profunda reflexión decirse a sí mismo en un momento muy importante de su vida: ahora me toca cambiar a mí. Y así nos lo dijo algunas veces: esto nos lo han enseñado así, pero tenemos que hacer esto otro…”.
El nombre de monseñor Ricardo Urioste es el que con más frecuencia aparece en el Diario de Monseñor Romero. Pero, más allá de la estadística, tenemos que rendirnos ante la invaluable contribución del hombre que ha gozado de la confianza de los tres arzobispos más importantes de nuestra historia arquidiocesana: monseñor Luis Chávez y González, monseñor Arturo Rivera Damas y Monseñor Romero. Este lo menciona en las primeras páginas del Diario como uno de sus acompañantes –junto con Monseñor Rivera– en un importante viaje a Roma para hace contrapeso a otra delegación que había viajado al Vaticano para mal informar al Papa y pedir su destitución. Le vemos luego a su lado como vicario general, como vicario pastoral, como administrador y como la persona con la que siempre puede contar. Le encomienda misiones delicadas ante personajes del Gobierno, del mundo de la política o de la empresa privada; y pide su consejo constantemente para saber discernir la voluntad de Dios en la dramática historia de la Iglesia y de la patria.
Quienes conocen a monseñor Urioste no se sorprenderán al leer esta afirmación: “Monseñor Romero fue el hombre que más conoció el magisterio de la Iglesia en este país, y nadie después ha podido conocerlo tan bien”. O cuando se refiere a la acusación de que el arzobispo fue manipulado: “Si, ¡claro que Monseñor fue manipulado! Lo manipuló Dios, que hizo con él lo que le dio la gana. Yo de eso estoy convencido, pero convencidísimo, como dogma de fe”.
Concluyo este rápido recorrido con la palabra de un joven artista que nació seis años después de la muerte de Romero y que ganó el concurso de pintura organizado el año pasado por el Gobierno de El Salvador. Cuando se le pregunta a Víctor Hugo Rivas qué opina sobra la decisión del presidente de la República, Mauricio Funes, de declarar a Monseñor Romero como guía espiritual de la nación, responde con franqueza: “Guía espiritual no se es porque alguien te nombre, sino porque uno se lo ha ganado. Y la imagen de Monseñor Romero se respeta en la actualidad, pero no porque alguien lo haya nombrado guía, sino por lo que hizo y por lo que dijo. De él a mí me impacta el simple hecho de que, siendo la máxima autoridad de la arquidiócesis, llegara a los cantones más perdidos y hablara con las personas más humildes. Y cuando visitás donde él vivía, podés darte cuenta de que vivía en la austeridad. La gente aprecia esas cosas, y por eso Monseñor Romero sigue siendo recordado hoy. Él solo se ganó el respeto que tiene”.
Espiando entre las homilías dominicales de Monseñor Romero, un florilegio de pensamientos retrata su corazón de pastor. Entre ellos he escogido el siguiente para concluir esta presentación: “¡Qué distinto es predicar aquí, en este momento, que hablar como amigo con cualquiera de ustedes! En este instante, yo sé que estoy siendo instrumento del Espíritu de Dios en su Iglesia para orientar al pueblo. Y puedo decir, como Cristo: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, a evangelizar a los pobres me ha enviado’. El mismo Espíritu que animó a Cristo y le dio fuerza a aquel cuerpo nacido de la Virgen para que fuera víctima de salvación del mundo es el mismo Espíritu que a mi garganta, a mi lengua, a mis débiles miembros le da también fuerza e inspiración”. (Homilía, 16.07.78)
Monseñor Gregorio Rosa ChávezSan Salvador, marzo de 2011
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El libro ‘Hablan de Monseñor Romero’, editado por la Fundación Monseñor Romero, ya no está a la venta porque se agotaron todos los ejemplares que se imprimieron. Pero el PDF puede consultarlo y descargarlo gratis en este enlace.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Francisco desde los cielos habla sobre Monseñor Romero


Tarde del lunes 18 de agosto de 2014. El portavoz de la Santa Sede, el jesuita Federico Lombardi, cede la palabra a Philip Pullella, periodista de la agencia Reuters especializado en temas del Vaticano. Pullella felicita primero a Francisco por su inglés, aprovecha para solicitarle veladamente una entrevista, y por último interpela: “¿Cómo va el proceso de Monseñor Romero? ¿Cómo le gustaría que concluyese?”.

Se refiere a Óscar Arnulfo Romero y Galdámez (1917-1980), el arzobispo de San Salvador asesinado de un disparo en el pecho mientras oficiaba misa en la capilla de un hospital para enfermos terminales de cáncer, y cuyo proceso de beatificación está fondeado en Roma desde el año 1996.

La entusiasta respuesta del papa Francisco se desparrama en un minuto, pero no dice nada nuevo; recuerda que la causa está desbloqueada, reitera su creencia en que fue “un hombre de Dios”, y explica que el caso sigue anclado en la Congregación para la Causa de los Santos. Lo único novedoso de su alocución quizá sea el emplazamiento a los postuladores: “Depende de cómo se muevan. Es muy importante que lo hagan con rapidez”.

Poca sustancia, la verdad, pero son palabras papales.

Francisco habla desde el cielo sobre el mártir al que cientos de miles en El Salvador –y fuera de– llaman y veneran como ‘San Romero de América’. Y lo de hablar desde el cielo no es licencia literaria: la conferencia de prensa se celebra a bordo del Airbus A330 de Alitalia que lo lleva de regreso a Roma, tras cinco días en Corea del Sur.

Poca sustancia, pero son palabras papales. Y la referencia al salvadoreño más universal resulta más que suficiente para que el ‘Paisito’ regrese a la agenda mediática internacional, con la satisfacción de que el repentino interés en las redacciones de medio mundo no se deba a un terremoto, a un huracán, a las maras o a desgracias similares.


Foto: AP
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[Esta es la escena inicial que escribí para una nota sobre Monseñor Romero que me pidieron de la BBC británica, y que salió publicada el 25 de agosto de 2014… con una entrada menos ‘narrativa’]

martes, 1 de octubre de 2013

Socorro Jurídico del Arzobispado


Este es un fragmento del perfil sobre el exdirector de Socorro Jurídico del Arzobispado, Roberto Cuéllar Martínez (Beto Cuéllar), incluido en mi libro 'Hablan de Monseñor Romero' (Fundación Monseñor Romero, San Salvador, 2011). Lo comparto ahora por la pertinencia: ayer se supo que el actual arzobispo de San Salvador, José Luis Escobar Alas, decidió dar carpetazo a Tutela Legal del Arzobispado, una institución sin la que cuesta entender la historia reciente de El Salvador. Aquí el fragmento. 

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Socorro Jurídico Cristiano nació en agosto de 1975 como una iniciativa adscrita al Externado de San José y bajo la coordinación del sacerdote jesuita Segundo Montes. El planteamiento inicial era simple: prestar asistencia legal gratuita a personas que no tenían cómo pagar un abogado y lograr al mismo tiempo que los jóvenes estudiantes de clases acomodadas se empaparan de la realidad. Trabajaron bajo ese lineamiento durante un año y medio, pero el asesinato del padre Rutilio Grande lo alteró todo. Solo Socorro Jurídico se atrevió a representar a la Iglesia católica y, tras superar sus recelos iniciales ante la inexperiencia de la mayoría de sus integrantes, Monseñor Romero terminó no solo aceptando el ofrecimiento, sino que vio tanto potencial en la oficina que a los pocos meses Socorro Jurídico Cristiano se convirtió en Socorro Jurídico del Arzobispado. 
 
No fue un simple cambio nominal: el bufete para pobres mutó en un centro de promoción y defensa de los derechos humanos, tanto individuales como colectivos. Beto Cuéllar no tardó en asumir la dirección. Al año, entre las muchas y variadas labores de la oficina, estaba la elaboración semanal de un informe que recopilaba las violaciones e injusticias cometidas por el Estado y también por los grupos armados de todo signo político; ese informe era el insumo principal para el apartado de Hechos de la semana de sus homilías. Instituciones de reconocido prestigio internacional como la Federación Internacional de Derechos Humanos, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, el Consejo Mundial de Iglesias, la Comisión Internacional de Juristas o Amnistía Internacional certificaron la labor de Socorro Jurídico. 
 
Es simple –dice Beto Cuéllar–. Romero tuvo en el respeto a la persona humana y en la protección legal de su pueblo dos de sus principales líneas de trabajo y, se lo digo sin jactancia, nosotros le hicimos el trabajo difícil, para que nunca jamás le pudieran reclamar que sus denuncias eran inventos. Él siempre nos decía: identifiquen a los fallecidos con datos precisos, con que haya un solo muerto el caso es contundente. 
 
El asesinato de Monseñor Romero frenó el empuje, pero la semilla estaba sembrada. En 1982 surgió Tutela Legal del Arzobispado, y en 1985 se creó el Instituto de Derechos Humanos de la UCA. Beto Cuéllar está convencido de que en materia de derechos humanos Monseñor Romero fue un visionario, un pionero, un profeta. Lo reconoce como el primer procurador para la defensa de los Derechos Humanos que tuvo El Salvador… tres lustros antes de que naciera la institución. 
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Puede leer y/o descargarse el libro 'Hablan de Monseñor Romero' (que incluye el perfil completo sobre Roberto Cuéllar) pulsando aquí


domingo, 28 de abril de 2013

Monseñor Romero, el santo incómodo


Han pasado treinta y tres años desde que el pecho de Óscar Arnulfo Romero fue destrozado por una bala expansiva del calibre .25 mientras oficiaba misa en la capilla de un hospital para enfermos de cáncer, en San Salvador. Treinta tres años ya desde aquel 24 de marzo de 1980, pero en El Salvador un influyente sector de la sociedad –quienes financiaron o se alegraron por su asesinato, sus herederos ideológicos– sigue sin entender la relevancia del que sin duda es el salvadoreño más universal: Monseñor Romero.

Este lunes 22 de abril trascendió que el papa Francisco ha desbloqueado la causa de su beatificación, una noticia que se regó rápidamente por las redacciones de medio mundo, pero en El Salvador, su país de origen, un periódico llamado El Diario de Hoy –uno de los dos más influyentes, tradicional vocero de la ultraderecha– decidió no publicar ninguna noticia en su edición impresa del día siguiente. 

En Roma saben que Monseñor Romero no será un santo más. Es cierto que en los últimos años del pontificado de Juan Pablo II y en el de Benedicto XVI el discurso oficial del Vaticano hacia el arzobispo San Salvador se había suavizado, pero solo se puede “desbloquear” algo que está bloqueado.

Falta que se concrete la beatificación, y quizá pasen años aún, pero con el solo anuncio del desbloqueo, el papa está dando un paso firme y sonoro, un guiño a un amplio sector de la Iglesia latinoamericana que desde Roma siempre se miró con recelo.

Cualquiera que se tomara la molestia de leer sus homilías concluiría que Monseñor Romero de comunista no tenía un pelo. Muy conservador en temas como el aborto o el rol de la mujer, su elemento diferenciador fue optar por la defensa a ultranza de los derechos humanos en un país en el que el Estado los violaba de manera sistemática. Monseñor Romero renunció al confort que siempre supone ser el arzobispo de las élites y se identificó con los oprimidos, los sinvoz, como él los bautizó en alguna ocasión.

Roma acepta casos así en alguna que otra parroquia, a pequeña escala, pero les cuesta digerir cuando suceden en puestos de responsabilidad dentro de su jerarquía. Además, Monseñor Romero no se limitó a denunciar injusticias desde el púlpito, sino que, siendo todo un arzobispo, vivía en una humilde casucha junto a un hospital para enfermos terminales, nunca aceptó dádivas ni seguridad del Estado pese a las constantes amenazas de muerte, y tuvo gestos como donar íntegramente –para construir un hogar para niños– los $10,000 que la Universidad de Lovaina (Bélgica) le entregó junto al Doctorado Honoris Causa.

Lo peligroso de Monseñor Romero para las estructuras más conservadoras de la Iglesia católica no son sus palabras, sino su ejemplo; de ahí las reticencias de Juan Pablo II y Benedicto XVI a su beatificación.

La pasividad de la curia romana –cuando no el rechazo abierto– durante tantos años hizo que terminara convertido en un icono de la izquierda. Monseñor Romero censuró una y mil veces no solo el comunismo, sino también la lucha guerrillera tan en boga en aquellos años. Durante la investigación que realicé para escribir mi libro Hablan de Monseñor Romero, me sorprendió comprobar que a finales de 1979 varios de los líderes de los principales grupos armados y organizaciones de masas –obcecados por replicar en El Salvador la revolución sandinista de Nicaragua– hablaban pestes sobre él, de vendido y maldito para arriba.

Dicen que la historia termina ubicando a cada quien en su lugar. En los últimos años su figura ha emergido como la de un profeta de los derechos humanos de los pobres, de los desheredados de la humanidad. En noviembre de 2010 Naciones Unidas aprobó que cada 24 de marzo en todo el mundo se conmemore el Día Internacional del Derecho a la Verdad en relación con Violaciones Graves de los Derechos Humanos, y el modesto mausoleo que acoge sus restos en el sótano de la catedral de San Salvador se ha convertido en lugar de peregrinaje al que han llegado a presentar sus respetos figuras como la del presidente de Estados Unidos, Barack Obama. Monseñor Romero crece cada día y es probable que termine junto a Mandela, Gandhi y Luther King.

El papa Francisco, jesuita y latinoamericano él, alguien que en uno de sus primeros discursos dijo que querría “una Iglesia pobre para los pobres”, parece haber entendido que la institución no puede permitirse renunciar a uno de sus mártires que más admiración generan. Aunque eso le cueste distanciarse de esa derecha rancia y oxidada. 

Fotografía: Roberto Valencia
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(Este artículo fue publicado por primera vez el 26 de abril de 2013 en el diario Las Américas, que se edita en Miami (Florida, Estados Unidos), también bajo el titular "Monseñor Romero, el santo incómodo")

jueves, 25 de abril de 2013

Juan Pablo II menosprecia a Monseñor Romero


También un 22 de abril, pero del año 1979, el arzobispo Óscar Arnulfo Romero y Galdámez anunciaba al final de su homilía dominical que en unos días partiría hacia Roma, invitado por las Hermanas Dominicas de la Anunciata, para asistir a la beatificación del padre Francisco Coll Guitart, la primera del largo pontificado del nuevo papa Juan Pablo II.

—Naturalmente –dijo Monseñor Romero aquel día desde el púlpito–, todo el que va a Roma, sobre todo, si es pastor, su gran anhelo es mirar al Papa. Veré al Papa y platicaré con él. Yo nunca he estado opuesto a la línea del Papa. Seguiré todo lo que el Papa dice. Ya sé que allá, adelante, están muchas denuncias contra mí. Hay muchas informaciones que están diciendo de lo torcido de mi pastoral, y sé que el Papa me preguntará sobre ello.

Costó que Juan Pablo II recibiera a Monseñor Romero; pasó varios días de desesperación rogando de despacho en despacho por una audiencia que al final le fue concedida el 7 de mayo, nueve días después de haber aterrizado en Roma.

Fue además un encuentro tenso, la más tensa de sus cuatro audiencias papales. Wojtila lo recibió con la espada desenvainada: lo calló cuando el salvadoreño intentó exponer la crítica situación en materia de derechos humanos que atravesaba el país; le recomendó “prudencia” a la hora de hacer denuncias sobre la realidad nacional; y le ordenó que se acercara a los obispos afines al régimen.

“Yo salí preocupado por advertir que influía una información negativa acerca de mi pastoral”, consignó Monseñor Romero en su diario personal, “mi impresión no fue del todo satisfactoria”.

En encuentros como este hay que buscar las razones por las que la beatificación de Monseñor Romero –iniciada en 1996– fue bloqueada por Juan Pablo II primero, y después por su discípulo, Benedicto XVI; ambos acérrimos detractores de la Teología de la Liberación y de sus iconos.


Fotografía: internet
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(Este es la entrada de un reportaje publicado el 22 de abril de 2013 en el periódico digital El Faro, bajo el titular "Roma no se olvida de Romero")


domingo, 24 de marzo de 2013

Monseñor Romero y el Ejército Revolucionario del Pueblo


El manuscrito es una hoja de cuaderno de rayas escrita con esmero y lapicero azul, por las dos caras y con letra clara. Desde el mismo arranque resulta cautivadora: 
Digámosle la verdad al pueblo salvadoreño y al mundo entero sobre quiénes fueron los asesinos de Monseñor Romero.
Nunca supe quién escribió el manuscrito. Se lo entregó a Luisiana Beltrán –la secretaria de la Fundación Monseñor Romero– uno de los asistentes a la presentación de mi libro Hablan de Monseñor Romero. Ocurrió en la tarde del 21 de marzo de 2011, en la cripta de Catedral metropolitana, a apenas unos pasos del mausoleo que alberga los restos del obispo mártir.

La hoja doblada llegó a mis manos una semana después. Luisiana me la entregó acompañada de una ligera descripción del señor que se la dio –entrado en años, con aspecto de persona humilde–, de su solicitud expresa de permanecer en el anonimato, y de su escueta presentación como militante del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), una de las cinco facciones que conformaron el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, la que terminó liderada por Joaquín Villalobos (a) Atilio. 

Fotografía: Roberto Valencia
El novelesco manuscrito no tiene desperdicio.
El tiempo no puede esconder la verdad ni a quienes lo fusilaron solo por recuperar a la gente que lo seguía domingo a domingo y creía en su palabra. Miembros del ERP o Ejército Revolucionario del Pueblo, por medio de un comando procedente de Nicaragua, lo asesinaron única y exclusivamente para despertar a aquel pueblo, para que empuñara las armas, porque días antes de su muerte habían girado la orden de que pronto habría que empuñar las armas. Algunos preguntaban cómo íbamos a combatir sin armas, y la respuesta era que como fuera, con piedras o palos y algunas armas.
Yo fui uno de los pocos que presenció una reunión o filtración que salió de una persona clave, conocido con el nombre de Fran. Él era un especialista en combate urbano nacido en una ciudad de Nicaragua y traído para preparar y en algunos casos para enjuiciar. El día de la muerte de Monseñor Romero [24 de marzo de 1980], como a eso de las 2:00 p.m., tuvimos una reunión en la colonia Costa Rica [de San Salvador] . Llegó Fran y habló con un compañero íntimo de él, llamado Willian, originario de San Marcos, hermano de un comandante al que días atrás lo habían asesinado en el sector de la Zacamil [en Mejicanos].
Digo todo esto para refrescar la memoria y sepan que no estoy mintiendo. Los señores del ERP tenían el conocimiento sobre a quién tendría que llegarle la culpa, porque Willian le preguntó a Fran sobre a quién le caería la culpa, y él le contestó o le mencionó el nombre de Roberto [D’Aubuisson, señalado por la Comisión de la Verdad –Naciones Unidas– como el autor intelectual del magnicidio].
Hoy estos dos tipos ya no existen. Murieron en combates en Usulután. Por información supe que cayeron cuando lo del Puente Cuscatlán. Solo un primo de Fran sobrevive, el que tuvo al mando la zona de Perquín, conocido como El Chocho.
Hablo de esta manera para que se aclare hoy la verdad, y el señor Obama pueda ayudarnos a través de los secretos de la CIA o alguna información de su Gobierno, pues tendría que tener en los expedientes alguna información.
El día del entierro de Monseñor solo comandos armados del ERP dirigieron el entierro, y nunca encontraron el Ejército en las calles, como ellos lo creían. Al llegar a catedral no les quedó más que utilizar sus propias armas contra el mismo pueblo, para hacer creer que los disparos proveían de los edificios. Miremos el pasado y se darán cuenta de que nunca estuvo alguien en ellos. [El ERP] solo quiso hacer algo similar a Nicaragua, como la muerte del periodista Joaquín Chamorro, pero aquí fue diferente, y con asesinar a Monseñor Romero no repitieron lo de Nicaragua, ni tampoco formaron el frente que quisieron tener, porque las ideas siempre fueron y serán diferentes, y este pueblo no se puede engañar, ¿verdad, don Joaquín Villalobos y doña Guadalupe Martínez? Descubramos la verdad aunque mañana muera.
El hecho de que hayan pasado dos años desde que recibí el manuscrito hasta que hoy sale publicado en este humilde blog es significativo: no creo en la teoría que se plantea. Hay suficientes y variados testimonios de que la ultraderecha (personificada en la figura de Roberto D’Aubuisson) asesinó a Monseñor Romero, y no el ERP. 

Sin embargo, por la investigación que realicé antes de escribir el libro me consta que dentro de la izquierda radical la figura de Monseñor Romero –su humanismo a ultranza, que lo llevaba a cuestionar con dureza las acciones del ERP o las FPL– era muy incómoda. Me consta también que el ERP fue durante la guerra el grupo más audaz en el campo de batalla, y también en el plano político y en el manejo propagandístico del conflicto. 

El fondo de lo que se cuenta en el manuscrito tiene su lógica, es verosímil.

Estoy convencido de que la ultraderecha asesinó a Monseñor Romero, pero este manuscrito (escrito por un militante del ERP que supuestamente escuchó conversaciones de parte de la dirigencia en las que se barajó la posibilidad del asesinato) alimenta mis sospechas de que D’Aubuisson y sus secuaces quizá no fueron los únicos que en aquellas fechas estaban planificando la muerte de Monseñor Romero.

jueves, 7 de marzo de 2013

Cuando monseñor Romero se convirtió en Monseñor Romero


Como le ocurrió a la gran mayoría de los religiosos y religiosas de la arquidiócesis, el sacerdote Ricardo Urioste -quien terminaría convertido en el vicario general del nuevo arzobispo- no se alegró cuando la Santa Sede designó a Monseñor Romero para estar al frente de la arquidiócesis de San Salvador. Y el descontento generalizado no era porque en la capital se desconociera quién era este migueleño; al contrario. Entre 1970 y 1974 se había desempeñado como obispo auxiliar en San Salvador, en una atípica y mal avenida terna de mando integrada por monseñor Chávez y González como arzobispo, y por monseñor Rivera Damas también como auxiliar. Ambos simpatizaban con las ideas progresistas surgidas del Concilio Vaticano II y de la conferencia de obispos latinoamericanos de 1968 en Medellín, Colombia.

Recuerdo -me dice Urioste- algo que monseñor Rivera Damas me confió antes de morir: poco tiempo antes de que en Roma decidieran quién sería el arzobispo, a él le dijeron que necesitaban a alguien menos crítico con el Gobierno, y por eso escogieron a Romero. Yo siempre digo que cuando la Iglesia se deja llevar por motivaciones humanas, el Espíritu Santo hace otra cosa, ¿verdad?

Urioste lo admite: hay un antes y un después en su relación con Monseñor Romero. En los primeros días de febrero de 1977, cuando ya se rumoraba quién sería el sucesor de monseñor Chávez y González, no ocultaba su disconformidad. Pocas semanas después, a finales de marzo, fue el único que lo acompañó en el primer viaje a Roma. Algo ocurrió en ese intervalo de tiempo. Al teólogo jesuita Jon Sobrino le gusta usar la palabra conversión para definir la transformación, y señala como detonante el asesinato del padre Rutilio Grande. Urioste prefiere hablar de un proceso; para ilustrarlo, recurre al evangelio de San Marco.

—Monseñor fue alguien que siempre, desde joven, fue viendo qué es lo que Dios pedía de él, y poco a poco Dios lo fue llevando por los caminos que lo llevó. Yo siempre comparo esto con lo que ocurre con Jesús y el ciego de nacimiento al que cura en Betsaida. El Señor le toca los ojos -y Urioste gesticula como si fuera él quien está sanando-, y le pregunta que si ve, y el ciego le dice: veo a los hombres como árboles que caminan; o sea, que no estaba viendo bien. Entonces, el Señor le vuelve a tocar los ojos y le pregunta de nuevo que si ve. Y el ciego le dice: ahora veo perfectamente. Algo así ocurre en la vida de Monseñor. Él fue siempre muy cercano a los pobres y con una gran sensibilidad, pero los veía como personas a las que había que tratar paternalmente. Pero el Señor le va tocando los ojos para que vaya viendo por qué son pobres, por qué están en esa condición, cómo hay que escucharlos y verlos. 
¿Y cuándo le tocó los ojos al punto de cambiarle de forma tan radical? 
Yo creo que se los va tocando desde San Miguel, y sobre todo cuando es obispo de Santiago de María. Considero que esos años en Santiago de María le sirvieron muchísimo para ir viendo de otra manera a los pobres, a tal grado que cuando regresa a San Salvador nosotros ignorábamos la apertura que había tenido. 

Imagen: internet

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(Este relato es un fragmento del perfil sobre monseñor Ricardo Urioste incluido en mi libro Hablan de Monseñor Romero, publicado en marzo de 2011).

domingo, 30 de septiembre de 2012

El torturado por la Policía de Hacienda que pudo contarlo

Igual que le sucedió a miles de salvadoreños, Reynaldo Cruz Menjívar, un militante demócrata-cristiano, un día desapareció. Sin más. Pero al contrario que le sucedió a miles de esos salvadoreños, Reynaldo Cruz Menjívar un día reapareció. Estuvo más de nueve meses en una cárcel clandestina de la Policía de Hacienda, torturado hasta la saciedad, pero logró fugarse, dicen que porque un familiar sobornó a los custodios. 

Cuando escapó era un cadáver andante. El examen médico reveló emaciación extrema, facies cadavérica –ojos hundidos, nariz afilada–, serias laceraciones antiguas y recientes en la superficie corporal, abdomen escafoide, marcada palidez de mucosa y tegumentos, lengua saburral, gingivitis hemorrágica, hipersensibilidad en distintas partes del cuerpo, y psiquismo notoriamente alterado. En ese estado se presentó ante Monseñor Romero para suplicar ayuda.

—Me impresionó, francamente se lo digo, que fuera el propio Monseñor el que lo trató. No quería que nadie se enterara de que lo tenía escondido en el arzobispado, porque ahí pasó unos pocos días, y él mismo le daba las medicinas –dice Beto Cuéllar, una de las pocas personas a las que Monseñor Romero confió el secreto.

En la tarde-noche del 1 de octubre de 1978 Monseñor Romero les pidió a él y al padre Rafael Moreno que llegaran al arzobispado para que vieran a Cruz Menjívar, lo entrevistaran y plantearan alguna solución. A los días lo llevaron hasta la Embajada de Venezuela. Allí permaneció hasta que se tramitó su asilo político y en diciembre pudo volar a Caracas. El testimonio de las torturas sufridas por Cruz Menjívar en manos de la Policía de Hacienda terminó convertido en un desgarrador libro de denuncia.

Fotografía: internet
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(Este relato forma parte del perfil de Roberto Cuéllar incluido en mi libro Hablan de Monseñor Romero, publicado en marzo de 2011 por la Fundación Monseñor Romero)

lunes, 16 de julio de 2012

El disparo

En este momento sonó el disparo…

A madre Lucita le pareció como si hubiera estallado una bomba. Han pasado ya más de tres décadas, pero aún no le ha hallado explicación a por qué el disparo se oyó tan fuerte. Especula con que el sistema de sonido, las lámparas de vidrio o las ventanas amplificaron la detonación, pero es solo eso: especulación, como tanto de lo que se ha escrito sobre lo ocurrido el fatídico 24 de marzo de 1980 al filo de las 6 y media de la tarde.

Cuando sonó el disparo, madre Lucita estaba sentada en una de las bancas ubicadas entre el altar y la puerta lateral izquierda, a apenas 10 metros de donde cayó Monseñor Romero. No había mucha gente: la capilla del Hospitalito es pequeña y la inmensa mayoría de los asientos estaban desocupados. La misa era por el aniversario de la muerte de Sara Meardi, madre de Jorge Pinto, director del periódico El Independiente. Un evento familiar, pues. Los testigos directos del magnicidio fueron pocos.

Justo antes del estruendo, Monseñor Romero hablaba: “Unámonos pues, íntimamente en fe y esperanza a este momento de oración por Doña Sarita y por nosotros”. En este momento sonó el disparo… Su última palabra fue “nosotros”. Estaba parado detrás del altar, a punto de iniciar el ofertorio. Había comenzado a extender el corporal. Delante tenía la copa con las hostias aún sin bendecir. El balazo lo hizo caer fulminado. Apenas le dio tiempo para agarrarse con una mano al mantel. Lo arrastró en la caída. La copa se volcó. Las hostias se desperdigaron sobre el altar y el suelo. Cuando tiempo después pudo meditarlo, madre Lucita concluyó que Dios ese día no quería el pan consagrado, sino su vida. El cuerpo quedó tendido a los pies del Jesucristo crucificado. Casi nadie se acercó de inmediato. Los más optaron por esconderse entre las bancas o huir al sector derecho de la capilla. Algunas hermanas que estaban en el comedor situado frente a la entrada principal corrieron hacia el altar. Madre Lucita también se acercó. Lo vio boca arriba, inconsciente, la sangre saliendo a borbotones por boca y nariz.

—Yo no sentí miedo, sentí indignación –dice–. Y lo que hice en ese primer momento fue tratar de identificar al asesino entre los presentes.

Un grupito de hermanas y un par de hombres fueron los primeros en auxiliarlo. La hermana Francisca entró en trance y, arrodillada junto al cuerpo agonizante, comenzó a gritar: “La sangre de Cristo se ha derramado”. Madre Lucita se dirigió a las oficinas administrativas, situadas muy cerca de la puerta lateral izquierda, y llamó a un médico. Fue en vano. Cuando regresó a la capilla ya habían cargado el cuerpo en volandas hasta la cama de un pick up, para llevarlo a la Policlínica Salvadoreña.

Alguien, madre Lucita no recuerda quién, cayó en la cuenta de que había fotógrafo merodeando. Desconfió. Ordenó a dos empleados del Hospitalito que lo retuvieran y le quitaron la cámara hasta que se cercioraron de que no estaba involucrado. La anécdota ilustra el desconocimiento generalizado, incluso entre los presentes, de lo sucedido en la capilla. Hoy sigue habiendo dudas y versiones que no por mucho repetirse son lo que realmente sucedió. Madre Lucita, por ejemplo, está convencida de que el francotirador estaba dentro de la capilla, que escuchó toda o casi toda la misa. Otras versiones ubican a la persona que haló el gatillo en la puerta principal, y otras aseguran que disparó desde el interior del Volkswagen rojo que el comando usó para llegar y para huir. Roberto Cuéllar, quien se apersonó en el Hospitalito después de la autopsia, añade como posibilidad que el asesino se acercara al altar por el exterior del edificio, en su flanco derecho, y disparara a través de uno de los ventanales o desde la puerta lateral.

Quizá nunca se despejen esas dudas, como quizá nunca se sepa con certeza quién disparó el arma. Pero ese disparo y ese momento forman, indiscutiblemente, parte de la historia de El Salvador, de esa historia escrita con tinta indeleble. 

Fotografía: Eulalio Pérez
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(Este relato forma parte del perfil de la religiosa María de Luz Cueva Santana, incluido en mi libro Hablan de Monseñor Romero, publicado en marzo de 2011 por la Fundación Monseñor Romero)

domingo, 1 de julio de 2012

Monseñor Romero: "Un llamado al sector no organizado, para que actúe en favor de la justicia"

Mañana del 20 de enero de 1980, domingo. Faltan dos meses para que me asesinen. Me llamo Óscar Arnulfo Romero, soy el arzobispo de San Salvador. Cavilo en estos breves minutos, mientras toda esta gente congregrada para escucharme está cantando. Tengo algo importante que decir. Los hechos de la realidad nacional de mi homilía los finalizaré con una reflexión que sé que casi nadie comprenderá. Me temo que la guerra es inevitable. Pero quién sabe, dentro de 32 años se dará una situación similar, el poder establecido queriendo perpetuar sus privilegios, y espero que entonces mi querido pueblo salvadoreño sepa interpretar estas palabras que desde ya me atrevo a calificar como profeticas.

...Y en particular, hago un llamado al sector no organizado, que hasta ahora se ha mantenido al margen de los acontecimientos políticos pero que está padeciendo sus consecuencias, para que actúen en favor de la justicia con los medios de que disponen, y no sigan pasivos por temor a los sacrificios y a los riesgos personales que implica toda acción audaz y verdaderamente eficaz... De lo contrario, serán también responsables de la injusticia y sus funestas consecuencias...  Pero que quede bien claro, también, que al hacer este llamamiento a la organización del pueblo, no estoy diciendo que se metan en tal o cual organización, sino simplemente les quiero decir que usen el sentido crítico de cada uno y ponerlo al servicio del bien común, tal como hoy nos recomienda San Pablo al hablar de que el espíritu da los bienes no para utilidad personal sino para el bien de todos... 

Espero que para 2012 este pueblo haya madurado lo suficiente...

Fotografía: Roberto Valencia

{La homilía completa del 20 de enero de 1980 pueden leerla pulsando aquí}

sábado, 5 de mayo de 2012

Déjà vu

Cualquiera que siga siquiera esporádicamente este blog sabrá de la admiración que siento por la figura, el testimonio y el ejemplo de Monseñor Romero, de quien puedo decir que lo conozco relativamente bien por el vasto reporteo que tuve que realizar para escribir el libro de perfiles Hablan de Monseñor Romero. Supongo que ese bagaje es el que hizo que el miércoles 2 de mayo tuviera algo muy parecido a un déjà vu al escuchar a otro monseñor (este con minúscula) una frase que a mí me sonó profundamente romeriana.


“En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios, ¡cese la represión!” 

Monseñor Óscar Arnulfo Romero. 23 de marzo de 1980, durante la homilía celebrada en la basílica del Sagrado Corazón, en San Salvador, un día antes de su asesinato. 
*
“En nombre de Dios, suplico, ruego y pido una oportunidad para los grupos pandilleriles. No vamos a arrepentirnos si tendemos la mano esta vez para salir adelante. ¡Quiera Dios que así sea!” 
Monseñor Fabio Colindres. 2 de mayo de 2012, después de una conferencia de prensa organizada por pandilleros del Barrio 18 en el penal de Quezaltepeque (La Libertad). 

Comparar a Monseñor Romero con monseñor Colindres puede resultar hasta ofensivo para muchos, y me incluyo. Lo mismo podría decirse de la comparación de El Salvador de 1980 con El Salvador de hoy. Pero cerrarnos ante aquel llamado de Monseñor Romero a este país le costó demasiado caro. ¿Podemos los salvadoreños darnos el lujo de ignorar el llamado de hoy sin detenernos siquiera cinco minutos a meditar?



Fotografía: Roberto Valencia



viernes, 27 de abril de 2012

Héctor Dada Hirezi


Héctor Miguel Antonio Dada Hirezi nació el 12 de abril de 1938 al interior de la vivienda familiar, ubicada muy cerca del Campo de Marte, en el Centro Histórico de San Salvador. Sus apellidos son de origen árabe. Los dos abuelos nacieron en Palestina, y ambos llegaron a El Salvador después de pasar unos años en Nueva York, pero por caminos separados. Su padre, Cristo Miguel Dada, era un médico formado en Francia, cristiano ortodoxo, creyente en Dios pero poco amigo de los templos. Su madre, Graciela Hirezi, nació y se crió en Zacatecoluca, donde la familia era propietaria del principal almacén de la ciudad; era católica y religiosa en el sentido más tradicional de la palabra.

—Pero mi formación católica se la debo a los jesuitas –dice.

En una época en la que aprender a leer y a escribir estaba al alcance de pocos, Héctor estudió en la institución de educación secundaria más prestigiosa del país: el Externado de San José, administrado por la Compañía de Jesús. Los Dada Hirezi no eran oligarquía ni mucho menos, pero vivían con holgura.

—Puedo decir que tuve una infancia muy feliz, con mucho cariño en mi casa.

Los estudios superiores los realizó en la Universidad de El Salvador, Ingeniería civil, y fue en esos años, en la segunda mitad de la década de los 50, cuando comenzó a coquetear con la política. Se convirtió en dirigente estudiantil –llegó incluso a presidir la ACUS, Acción Católica Universitaria Salvadoreña–, y participó en la fundación del Partido Demócrata Cristiano (PDC). No aparece en el listado de fundadores tan solo porque estaba fuera del país el día de la inscripción en el tribunal electoral. En 1966, con apenas 28 años, ocupó una curul en la Asamblea Legislativa.

A finales de los 60 decidió estudiar Economía. Serias discrepancias con la dirigencia del partido por la guerra contra Honduras lo convencieron de hacerlo en el extranjero, y en 1970 se instaló en Bélgica. Para entonces estaba ya casado con Gloria Sánchez Chévez, la madre de sus cuatro hijos: Héctor, Rodrigo, Carlos y Gloria. De Europa se regresó definitivamente a inicios de 1977, conoció desde las entrañas –participó en la primera y en la segunda Junta Revolucionaria de Gobierno– la efervescencia política y sus consecuencias, y tres años después tuvo que irse de nuevo, esta vez a México y amenazado de muerte. Durante la guerra civil hizo consultorías y trabajó para institutos de investigación y para Naciones Unidas, y cumplió a rajatabla su decisión de no involucrarse con ninguna de las partes en conflicto.

—Me lo pidieron varios amigos –recuerda–, pero no me metí al FDR (Frente Democrático Revolucionario) porque nunca he creído en la lucha armada como medio de hacer política.

Tras la firma de los Acuerdos de Paz, los Dada-Sánchez regresaron a El Salvador. La política pronto llamó a la puerta de Héctor: concejal en San Salvador, regreso a la Asamblea como diputado, ministro… Su rostro es hoy por hoy uno de los más conocidos de la política salvadoreña, y quizá uno de los más respetados.

—Pero El Salvador aún está como está, don Héctor. ¿Cómo duerme después de haberle entregado tanto al país?

—El mundo no es perfecto, y este país es más imperfecto que lo que debería ser. Yo aprendí hace tiempo que uno tiene que hacer todo lo que pueda para cambiar las cosas en la dirección que uno cree que es la correcta, pero Roberto, también aprendí que uno no tiene toda la responsabilidad.


Fotografía: MINEC

(Este relato forma parte del perfil de Héctor Dada Hirezi incluido en el libro Hablan de Monseñor Romero, editado en San Salvador en marzo de 2011)


sábado, 24 de marzo de 2012

La última misa de Monseñor Romero

La última misa completa a la que asistió Monseñor Romero no fue, obvio, aquella en la capilla del Hospitalito que no finalizó porque un disparo le perforó el tórax. Tampoco fue la misa en la basílica del Sagrado Corazón del día anterior, esa en la que pronunció la histórica homilía en la que, en nombre de Dios y del sufrido pueblo salvadoreño, suplicó, rogó y ordenó el cese de la represión. No. Monseñor Romero celebró su última misa entre campesinos, en una humilde iglesia consagrada a la Virgen de Lourdes en el cantón Calle Real, ubicado en el área rural del municipio de Delgado, a mitad de camino entre San Salvador y Apopa.

Fue su amigo Salvador Barraza quien lo llevó hasta Calle Real, y en esa ocasión los acompañó Eugenia, la esposa. Ellos tres más los tres hijos de la pareja habían almorzado antes en la casa, habían visto juntos televisión y hasta había sobrado algo de tiempo para que el invitado durmiera un rato la siesta. Al cantón llegaron cuando faltaban unos minutos para las 4, justo para el inicio de la misa en la que confirmaron a un buen número de jóvenes. Al finalizar, hubo pláticas con los campesinos, entrega de víveres para el Hospitalito y se tomó alguna que otra fotografía con los recién confirmados.

Entre unas cosas y otras les atardeció en el cantón Calle Real. Se despidieron de los pobladores, se subieron al carro, Salvador lo puso en marcha y los tres regresaron a la casa familiar. Allí cenaron sin saber que sería la última cena.

Fotografía: Archivo Fundación Monseñor Romero 
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Este es un fragmento del perfil sobre Salvador Barraza incluido en el libro Hablan de Monseñor Romero (Valencia López, Roberto: Fundación Monseñor Romero, San Salvador, 2011).

martes, 28 de febrero de 2012

Monseñor Romero, Rutilio Grande y el 28 de febrero

Faltan 11 días para que asesinen al padre Rutilio Grande.

El padre Grande ha salido esta mañana temprano de Aguilares. Se dirige a Domus Mariae, unas instalaciones que el arzobispado tiene en Mejicanos, y se ha detenido en Guazapa para recoger a Evita y a otras hermanas. Como cada primer martes de mes, toca reunión del clero de la archidiócesis. Hoy es 1 de marzo de 1977, y entre los alicientes está que será el bautismo del nuevo arzobispo en este tipo de encuentros.

—Pónganse en oración, hermanas, que tenemos que hacer que nuestro obispo cambie –comenta el padre Grande en algún punto de la carretera que conduce hasta San Salvador.

La hermana Evita conoce bien a Monseñor Romero, desde Santiago de María, donde lo vio hacer cosas que en San Salvador ni siquiera se sospechan, como cuando se presentó solo en la delegación de la Guardia Nacional de Ciudad Barrios para pedir que liberaran a dos catequistas que estaban siendo torturados; sin embargo, el nombramiento también fue una decepción para ella.

Monseñor Romero tomó posesión una semana antes, el martes 22 de febrero, y acude a la reunión consciente de que hay un sentimiento generalizado de hostilidad hacia su persona. En el salón del Domus Mariae son mayoría los que en cierta manera lo siguen viendo como un usurpador del cargo que correspondía a monseñor Rivera Damas. Por si fuera poco, el ambiente político de estos días también contribuye a crispar los ánimos. El 20 de febrero hubo elecciones presidenciales y las ganó el candidato oficialista, el general Humberto Romero, pero las denuncias de fraude son sonoras y están organizadas. El domingo hubo una multitudinaria concentración en el parque Libertad de la capital. En la madrugada del lunes, cuando la cifra de manifestantes bajó a unos 6,000, la Fuerza Armada ordenó el desalojo. Ante la negativa, se abrió fuego a discreción. La iglesia del Rosario, a un costado del parque, se convirtió en el improvisado refugio. Al amanecer hubo más enfrentamientos en todo el centro de la ciudad. Todo eso ocurrió ayer, pero la información aún es escasa a esta hora de la mañana por la férrea censura implementada por el Gobierno. Con el tiempo se sabrá que el número de masacrados fue de entre 40 y 60; algunos reportes elevarán la cifra hasta los 300.

El ponente principal de la reunión del clero es el padre Grande, y la idea inicial es hablar sobre el trabajo pastoral que realizan en Aguilares. Pero la agenda se cambia por completo cuando el padre Alfonso Navarro, uno de los presentes ayer en el parque Libertad, toma la palabra y comienza dar algunos brochazos que permiten hacerse una idea de lo ocurrido. Monseñor Romero propone crear 14 grupos para debatir realidad nacional, cada uno integrado en función del departamento de nacimiento. El tono de las discusiones está marcado por la preocupación, y las conclusiones convergen en la idea de que la Iglesia no debería permanecer pasiva ante tanto atropello. Monseñor Romero habla poco, prefiere escuchar. Al final se muestra condescendiente pero cauteloso con las ideas planteadas.

—Por favor –les pide–, ayúdenme, porque yo solo no puedo.

De regreso a Aguilares el padre Grande maneja satisfecho. Él ha visto un cambio que invita al optimismo.

—Es una señal –le hace saber a Evita y a las demás.

Fotografía: internet

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(Este relato forma parte de la semblanza de Eva del Carmen Menjívar, incluida en el libro "Hablan sobre Monseñor Romero", publicado en marzo de 2011)

domingo, 8 de enero de 2012

¿Azulejos? En Santiago de María botaron la catedral entera

A la Iglesia católica se le ocurrió desfacelar Catedral metropolitana, y lo hizo sin consultar a nadie. ¿Para qué? Mejor pedir perdón que pedir permiso, debieron pensar, aunque en este caso quizá aplique mejor eso de La maté porque era mía. ¿Quién mejor que un arzobispo y sus secuaces para conocer los gustos que dios quiere para su casa más insigne?

Consumado el hecho, las redes sociales guanacas, ávidas siempre de alguna estrella fugaz sobre la que desahogarse, encontraron en el desfigurado rostro de catedral combustible para varios días. Se ha dicho, escrito, eructado, dibujado y fotografiado casi de todo sobre los azulejos. Tanta alharaca [no porque lo sucedido no amerite la protesta, sino porque estoy convencido de que para un buen porcentaje de los azulejo-indignados simplemente se trata de la ola de esta semana y les valen Llort, su obra, la catedral y el Centro Histórico en general] en lo personal me ha servido entre otras cosas para recordar la larguísima entrevista que el 12 de enero de 2011 tuve con monseñor Orlando Cabrera, obispo de Santiago de María (Usulután), como parte del reporteo para el libro 
Hablan de Monseñor Romero

En Santiago de María botaron la catedral entera. Y les salió bien, aunque eran otros tiempos, obvio.

El autor de la hazaña fue monseñor Rivera y Damas, uno de los personajes clave en la historia de la Iglesia católica salvadoreña en el siglo XX, sucesor de Monseñor Romero al frente de la arquidiócesis. A Rivera y Damas por lo visto no le entusiasmaba la modesta catedral de Santiago de María y un día indeterminado de su episcopado –que inició a mediados de 1977 y finalizó tras el asesinato de Romero–, decidió que había que tirarla abajo y levantar una nueva.

—¿Ha cambiado mucho la catedral de Santiago de María desde los tiempos en los que Monseñor Romero era obispo aquí (1974-1977)? –pregunté a monseñor Cabrera, ingenuo yo, durante la referida entrevista.
—No –me respondió–, es que la de ahora es nueva. La catedral antigua se botó.
—¿Por qué? ¿Se dañó en los terremotos de 2001?
—No, no fue por los terremotos. Fue antes. Esa catedral era de madera, resistente… La gente antigua no era tonta, construían así, como la basílica del Sagrado Corazón de San Salvador, porque este es un país sísmico.
—¿Por qué la destruyeron pues?
—Es fue el pecado de monseñor Rivera, porque dijo para aprovechar mejor todo el terreno había que botarla… Yo recuerdo que incluso vino un argentino a visitarme, porque yo era el párroco de esa catedral, y me dijo: la catedral no es fea, solo necesita una remodelación. Yo no la botaría, me dijo.

Pero monseñor Rivera y Damas la botó. Aunque aquellos años en los que ya se cocinaba la guerra civil eran años sin Facebook ni Twitter, años sin azulejo-indignados, años sin alharacas.



Fotomontaje: Roberto Valencia

viernes, 4 de noviembre de 2011

Magaly, María, Rafael y Óscar Arnulfo

Magaly López, María Espinoza y un tal Rafael Correa coincidieron ayer –30 de octubre de 2008– en la entrada oriental de Catedral metropolitana. Los juntaron el azar y Monseñor Romero. El fugaz encuentro ocurrió al filo de la 4 de la tarde, en un espacio poco más grande que el que hay dentro de un ascensor. Después, cada quien siguió con lo suyo.

Magaly López tiene 10 años. Nada sabe de cumbres iberoamericanas ni cosas de esas. Trabaja. Junto a su hermana Fátima llega a diario a catedral desde la residencial Altavista, en Ilopango. Venden –intentan vender– unas calcomanías con motivos religiosos, dos sobres por el dólar. Para aprovechar el tirón que tiene Monseñor Romero, su madre las deja en las entradas a la cripta. Magaly no pudo endosarle ninguna de sus calcomanías al señor de ojos zarcos e impecable saco que se le acercó, le acarició la cabeza y le sonrió.

—¿Y sabes quién es él? –le pregunté después.
—No.

María Espinoza llega a catedral cada día desde hace cinco años desde El Rosario, Laz Paz, cerca del aeropuerto. Se sienta en la entrada oriental de 2 de la tarde a 5 y media. Monseñor Romero, dice, genera bastante movimiento. Ayer estaba en su banquito de plástico con su huacalón lleno de elotes, tamales y atol cuando un tal Rafael Correa se bajó de un potente carro granate. Vio frente a sus narices cómo saludaba a una niña llamada Magaly.

—¿Y usted sabe quién vendrá hoy? –le había preguntado media hora antes.
—No.

Rafael Correa, presidente de la República del Ecuador, se ausentó de la XVIII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado, en la exclusiva colonia San Benito, para bajar hasta el centro de San Salvador, a Catedral metropolitana. Su deseo era conocer el mausoleo bajo el que se encuentran los restos de Monseñor Romero. Descendió de su potente Toyota Prado granate y, con la connivencia de su equipo de seguridad, saludó a una niña llamada Magaly frente a las narices de una vendedora de elotes llamada María.

Después entró en la cripta, raudo. Dejó a los periodistas que lo acechaban sin las ansiadas declaraciones. A la salida, y entre empujones, alcanzó a decir que Monseñor Romero es un ejemplo de vida para los latinoamericanos, que quisiera que la Iglesia siguiera más su ejemplo. Lo dijo con la voz casi apagada por gritos de ¡Viva Rafael!, de ¡Vivan los gobiernos de izquierda! de ¡Correa, Correa!

Todo ocurrió en apenas 12 minutos. Después, el tal Rafael Correa regresó a la Cumbre a proponer una nueva arquitectura financiera regional. Magaly se quedó junto a su hermana vendiendo calcomanías a dos por el dólar; y María, ofreciendo atolyelotes y tamales a $0.25, $0.30 y $0.35.

El encuentro seguramente no se repetirá nunca.


Fotografía: Salomón Vásquez
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(Esta es una versión de una crónica ligera publicada el 31 de octubre de 2008 en el diario salvadoreño La Prensa Gráfica, bajo el título de "Correa hizo una escapada por Romero")
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