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martes, 24 de julio de 2012

De héroes a villanos en un chasquido

Los 11 años más interesantes de mi vida los he pasado en El Salvador. Mi esposa y mis hijas son salvadoreñas de nacimiento, y yo –creo que lo he dicho o sugerido en algún otro post– me considero hoy más salvadoreño que vasco (español nunca me consideré). Digo todo esto porque, después de tanto tiempo, uno cree estar ya consciente de ciertos vicios arraigados en nuestra sociedad, como lo son la deshumanización y la falta de civismo; sin embargo, ni siquiera ese pequeño grado de conciencia evita sobresaltos como el que tuve hace unas horas.

Me explico: en el último mes el país entero parecía –parecía– estar en vilo por la suerte de cinco estudiantes de una escuela pública de Santa Tecla, desaparecidos primero, y hallados asesinados y enterrados después en una finca de la cordillera del Bálsamo. Me atrevo a aseverar que, sin pleito en la Corte Suprema de Justicia de por medio, el caso hubiera encabezado los trending topics de todas las redes sociales y similares guanacas.

Pues bien, los colegas de La Prensa Gráfica publican hoy un relato en el que le apuestan a una versión en la que los cinco jóvenes lo que querían era convertirse en pandilleros de la Mara Salvatrucha-13, y que fueron gustosos a la finca porque creían que ese día, después de meses de coqueteo con al clica Teclas Locos Salvatruchos, los brincarían. Pero en lugar de brincarlos, los asesinaron. El hecho es el mismo –las vidas de cinco jóvenes segadas supuestamente por pandilleros–, pero entre los comentarios de los lectores leo esto:

  • Guanaquito: 5 PANDILLEROS MENOS, QUE BUENO.....Y ASI LOS LLORAN.... ERAN BASURA. GRACIAS A LOS PANDILLEROS YA HAY CINCO MENOS, QUE BUENO, JUVENTUD TIRADA A LA BASURA...Y SUS PADRES DONDE ESTABAN, PORQUE NO LO CORRIGIERON A TIEMPO HOY NO SE LAMENTEN NI LLOREN... ESTIERCOL ERAN, ESTAN MEJOR BAJO TIERRA, HACEN MENOS DAÑO. DEN POR CERRADO ESTE CASO, QUE BUENO, CINCO BASURAS MENOS 
  • Mollak: Yo lo que quiero saber que es lo que van ha hacer toda la gente de Santa Tecla incluyendo su alcalde Oscar Ortis con comunidades com las del paraiso o colonias marginales que por años han estado en el mismo espacio fisico han crecido se han desarrollado y toda la plaga que contagia a la ciudad vienen de esta mal creada colonia marginal. Cual es la politica que el gobierno municipal tienen para reubicar y remover a esta gente de la ciudad ....cual es el plan contingencial que este alcalde tiene y otros mas donde existen Marginales reconcentradero de delincuentes y pandilleros????? quitar comunidades como estas en el corazon de ciudades como Sata Tecla debe de estar en cualquier plataforma politica de alguien quien quiera asumir alcaldias diputaciones presidenciales etc. . Esta gente se ha acentado alli por la fuerza y nadie dice nada.Todo los carros que rroban los ladrones vienen en su mayoria de esta comunidad. La peste de los Pandilleros vienen de alli, alli esta la mata de tanto terrorista pandillero o sea basuras que no sirven para nada. 
  • Mariacolo: me habia sentido conmocionada en verdad, hasta llore pensando en 5 inocentes pero ahora veo que eran 5 basuras en potencia, que alegria que hay 5 menos de ellos habran salido cientos de asesinatos si antes de entrar a la mara cobraban renta despues que harian matar a gente inocente? Matense basuras que a la gente honrada y decente que somos mas ya ustedes pueden podrirse en el infierno con todo y sus familiares que los encubren... 
  • Maxi_Calona: Es que ya se demostro que esta gente no entiende con palabras, sino mira el caso en Honduras, ahi no andan con tanta paja como aca que se les esta protegiendo, vamos enfremos ya esa lacra y midamolos con la misma vara y demosle gas a tanto malacate que esta en la carcel y en las calles y solo quedemos los verdaderos trabajadores que sacamos adelante a este país 
  • Polla11: ///////////////////recuerden que vale mas un perro muerto que un marero respirando no se toquen el alma para matar a un mugroso de estos///////////////////////// :-) 
  • COCOUSA: QUE PENA, LA JUVENTUD DE EL SALVADOR, YA NO QUIERE ESTUDIAR NI HACER NADA, PREFIEREN IRSE A PANDILLAS, EMBORRACHARSE, DROGRARSE O PERDER EL TIEMPO, POR ESO NI LA PAES PASAN, QUE LASTIMA, POR ESO EL SALVADOR NUNCA SALE DE DONDE ESTA, EN FIN, TALVEZ ASI APRENDEN Y TOMAN EJEMPLO DE QUE EL QUE MAL ANDA, MAL TERMINA..... SOLO POR ALARDEAR Y LLEVARSELA DE CHIVITO........ 
  • Elmocncho2012: Que pena que los padres no se den cuenta de lo que hacen sus hijos. Tambien que se hagan los tontos cuando se dan cuenta que estan ligados a las pandillas. Vaya usted a saber cuantas personas se salvaron de morir en manos de estos asesinos. 
  • Herncarlos2: Bueno, angelitos de Dios como decian los medios al inicio no son asi que por mi parte me alegro que hay cinco mareros menos en el pais. 
  • Tusnalgas: Eso les pasa por estupidos. Y tambien a los padres por estupidos y alcahuetes, por no controlar y corregir a sus hijos desde pequeños. Por lo menos la sociedad se libro de 5 mareros mas que venian en camino. 

Es cierto que hay algunos otros comentarios que tratan de corregir tanto despropósito, pero son minoría. Abunda pues el perfil del salvadoreño que se recrea con estos jóvenes para desahogar sus propias frustraciones: un día los utilizan para simular humanismo y hacernos creer que les preocupan sus familias, y al siguiente los usan para evidenciar la violencia que los carcome por dentro.

“En la conciencia colectiva de #ElSalvador los roles de héroes y villanos se intercambian con demasiada facilidad”, he escrito –apenado– en mi cuenta de Twitter después de leer tanta ignorancia condensada…

Fotografía: internet

martes, 28 de febrero de 2012

Al interior de las torres de la iglesia El Carmen

Incluso antes de entrar la iglesia El Carmen llama la atención. Sus torres pueden verse de varias cuadras a la redonda. La dirección es avenida Manuel Gallardo y 1.ª calle poniente, arteria que la Alcaldía de Santa Tecla rebautizó como la calle Padres Jesuitas*. En salvadoreño, es la que está dos cuadras al norte del parque Daniel Hernández, frente a la parada de bus del Banco Agrícola.

Desde esa parada, a través de una puerta gris, se ve casi toda la fachada. La madera luce vieja y arrugada, como un papel que se ha secado después de estar mojado. Se echa en falta la imagen de la virgen, que la bajaron tras el terremoto del 13 de enero de 2001. Ahora está junto al hangar anexo, donde el padre Salvador Carranza -el padre Chambita
- y otros jesuitas celebran misa todos los días de la semana. Salvo esa puerta gris, toda la verja que rodea lo que podría considerarse el atrio está cubierta con oxidadas láminas de zinc, como si se quisiera ocultar la decadencia. Al otro lado, hay helechos queriéndose adueñar de las agrietadas paredes exteriores, hay troncos, hojas y ramas secas esparcidas por el suelo, y hay un par de matas de guineo que uno no sabe bien qué hacen ahí.

Las láminas de zinc están rematadas con alambre de espino o alambre razor. Pero no sirvió de mucho. Desde hace poco más de un año el templo cuenta con alarma. La instalaron después de que unos ladrones se llevaron un buen número de bancas, la Carmela y poco faltó para que también desapareciera la Chaleca. Ellas son dos de las tres campanas que estaban en las torres.

Una vez dentro de El Carmen, el panorama cambia. El padre Chambita lleva un casco plástico gris que de poco le serviría si el edificio se viene abajo, como teme, y narra con pasión cómo fue el día del terremoto. Por la pared que desapareció casi por completo, la oriental, salieron unos estudiantes que estaban de visita en el templo. El gigantesco hueco de doce metros de longitud sigue ahí, cubierto por una endeble estructura de láminas. Se colocó en 2001, y nadie ha hecho nada más desde entonces. Sin ellas, se verían las matas de guineo de fuera.

No están las bancas, y la nave parece por ello más larga y más desnuda. Se mire donde se mire, no hay más de tres metros de pared sin grietas o sin agujeros en toda la mitad inferior. La situación cambia en la mitad superior, la sostenida por las columnas, que no ha perdido su encanto. Si se mira a algunas partes del suelo, uno se encuentra con las evidencias de que algún animal ha estado arriba. Si se mira hacia arriba, se ven palomas de Castilla revoloteando. Ni el alambre de púas ni la alarma han frenado a estos animales, los que más ganaron con el tácito abandono de una iglesia que era la candidata número uno para convertirse en la catedral de Santa Tecla.

En toda la estructura hay luz natural más que suficiente, y tiene mobiliario eclesiástico de madera amontando en la parte delantera. La sensación ahí dentro es también de decadencia, pero es distinta a la que se tiene fuera. La nave y sus 32 columnas mantienen intacto su poder de seducción, ese que durante más de nueve décadas estuvo al alcance de cualquier feligrés o visitante. Ahora está bajo llave.

El recorrido termina en las entrañas del templo, que El Carmen las tiene en sus dos emblemáticas torres. Son, escribieron los entendidos, las que menos sufrieron aquel 13 de enero. Son de madera, y no de adobe o mampostería, como los muros colapsados. Pero que no les afectara tanto el terremoto no significa que gocen de buena salud. Un siglo es mucho tiempo para la madera.

Para subir, la entrada está en una puerta casi oculta y situada en la parte inferior de la torre derecha. Dentro, hay distintos bloques de escaleras y hay oscuridad. Sobra la oscuridad. Algunos peldaños se mueven, la madera está agujereada y cruje. Todo eso, unido al hecho de ser un edificio cerrado por peligro de colapso, hace que la incertidumbre sea difícil de vencer. Hay tramos, los más altos, en los que la oscuridad hace a uno ir a tientas. Y ni el sonido de las palomas ni su olor contribuyen a la tranquilidad.

Antes de llegar al primer nivel, si es que se puede llamar así, el padre Chambita explica la primera sorpresa: “La fachada que hoy vemos es una fachada añadida. La fachada principal es un triple arco, porque El Carmen iba a ser al principio mucho más baja, neocolonial, y la que se ve es la añadida“. En las entrañas se ve con claridad lo que quiere explicar: un muro macizo y oculto tras la estructura de madera.

El segundo nivel es el tejado de la nave, con láminas de zinc blancas marcadas por el óxido. Es el lugar donde estaban las campanas y la imagen de El Carmen. Desde ahí arriba, se ve el pecado que se cometió al construir las residenciales que trepan las cordillera del Bálsamo; se ve la renovada iglesia de la Inmaculada Concepción; se ve el bullicioso mercado; se ve el volcán de San Salvador; se ven decenas de tejados donde hay más láminas que tejas. En definitiva, se ve Santa Tecla, la ciudad creada vía decreto.

Aún se puede subir más, hasta las estilizadas cúpulas de las torres. Hay más escaleras, pero ya no merece la pena. Lo que se intuye arriba, entre la oscuridad, es solo una maraña de vigas y tablas. Ahí termina el recorrido, y empiezan las preguntas. ¿Se puede salvar El Carmen? ¿Por qué no se ha hecho nada en siete años? ¿Y si ocurriera otro terremoto mañana?
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* La calle Padres Jesuitas ha vuelto a ser rebautizada y ahora se conoce como Paseo El Carmen.

Fotografía: Roberto Valencia
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(Este relato forma parte de un reportaje sobre la iglesia de El Carmen publicado el 2 de marzo de 2008 en Revista Dominical, de La Prensa Gráfica, bajo el título de Abandonada a su propia suerte.)

jueves, 25 de noviembre de 2010

Romero: “¿Se puede o no se puede?”

El 11 de febrero de 1980 fue un lunes complicado. Catedral metropolitana estaba tomada por enésima vez, y Monseñor Romero afrontaba sendas negociaciones para liberar al embajador de Sudáfrica, secuestrado semanas atrás por las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), y al embajador de España, rehén de las Ligas Populares 28 de Febrero desde la semana anterior. Así las cosas, Monseñor Romero se dirigió a primera hora a predicar en la iglesia del cantón Lourdes, municipio de Colón, que entonces era como ir al interior del país, y en la tarde recibió primero al embajador de Nicaragua, luego a un asesor venezolano del Partido Demócrata Cristiano, más luego a un ingeniero que buscaba mediación porque las Ligas también se habían tomado su fábrica, y por último, a un seminarista de La Unión cuya familia había sido víctima de la represión estatal.

Entrada ya la noche, Monseñor Romero subió a su Toyota Corona y manejó hasta la colonia Las Delicias, en Santa Tecla, a la vivienda de Alfonso y Carmen Chacón, un hogar y una familia que en los últimos años se había convertido en una especie de refugio espiritual. La visita la consignó en su diario: “Fui a visitar a la familia Chacón y convivir también estos sentimientos humanos de familia, que son tan necesarios en estas horas de tantas tensiones”.

—¿Se puede o no se puede? –preguntó Monseñor Romero desde el umbral de la puerta.

Ya se había vuelto costumbre, y raro es que se consumiera un mes entero sin repetirse la escena. Llegaba sin avisar y su carta de presentación era siempre la misma pregunta retórica: ¿se puede o no se puede? Siempre se podía. Un amigo es bien recibido sin que haya razón poderosa de por medio. En el hogar de los Chacón aquellas visitas hoy se recuerdan como cenas en familia, como pláticas sobre temas intrascendentes, como sentadas colectivas frente al televisor o como tardes de anécdotas y chistes.

—Él venía aquí –me cuenta Eleonor Chacón– con el afán de descansar, de olvidarse de sus cosas. Aquí él no hablaba de D’Aubuisson ni de los obispos ni nada de eso. Su idea era… ¿Cómo decirlo? Sentirse en familia.
—¿Y ustedes le preguntaban por sus problemas?
—No, tampoco.

Pues bien, aquel 11 de febrero se presentó solo, sin sotana, con una camisa azul de manga larga y un alzacuello que se soltó al poco haber entrado. Cenaron, hablaron, rieron. Casi al final, René Quijano, uno de los yernos de Alfonso y Carmen, sacó una cámara y pidió a sus cuñadas que se pusieran junto al invitado, quien no era un entusiasta de posar en fotografías. Tantos años de venir a esta casa, y nunca nos hemos tomado una, le argumentó René. Accedió, pero antes pidió unos segundos para colocarse bien el alzacuello.

René tomó dos fotografías: en una Monseñor Romero aparece junto a Elvira Chacón, una imagen que durante años estuvo celosamente guardada pero que hoy ocupa un lugar destacado en la casa; en la otra, aparecía junto a Eleonor Chacón, pero su esposo la quemó por temor cuando se corrió la voz de que los escuadrones de la muerte matarían a los que tuvieran imágenes del arzobispo.

Monseñor Romero aparece sentado y sonriente, las manos cruzadas sobre la mesa. Enfrente tiene un vaso metálico con cebada.

—¿Lo que consumía lo pagaba en el momento o le tenían cuenta abierta? –pregunto, más por método periodístico que por convicción.
—¿Pagar? –me mira extrañada Elvira Chacón–. No, él no pagaba nunca nada, él era un amigo de la casa.

Fotografía: Roberto Valencia
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(Este relato es un fragmento de un libro sobre Monseñor Romero que está previsto que sea publicado para marzo de 2011) 

viernes, 18 de junio de 2010

¿Antonio, Juanjo, Roberto?

El nombre de un periodista no es algo importante para Jon Sobrino. En realidad, el periodismo en sí, tal y como está concebido en la actualidad, no es importante. “No me interesa todo eso, ese mundo de los millones, de los medios que son más o menos de derecha o un poquito de izquierda”, dijo la tercera vez que hablamos frente a frente. La segunda vez había sido el 30 de noviembre, poco después de oír cómo cantaba el “Cumpleaños feliz”. Me le acerqué una vez finalizada su misa, como habíamos acordado por teléfono.


—A ver, ¿tú eres Antonio Valencia? –preguntó.
—Roberto, padre, Roberto Valencia.
—Roberto... ah, entonces sí te conozco. Vamos a ver –enérgico–, ya te dije que ahora no te voy a recibir, pero ¿qué es lo que quieres tú?


Siete días después salió con eso de que no le interesa el mundo de los millones ni aparecer en los medios. Esa tercera plática fue más cordial. Fijamos una entrevista larga en su despacho para las 4 de la tarde del día siguiente y volvió a confundirme con Antonio. Se justificó diciendo que Antonio Valencia le sonaba a un portero que tuvo hace unos años el Athletic de Bilbao, el equipo de la Liga española de fútbol. Pero ese portero se llamaba Juanjo Valencia.


“Yo soy diabético, de dos inyecciones diarias, para que lo pongas.” Su mala memoria selectiva –solo para nombres y rostros– la atribuye a la diabetes. Y es selectiva porque Sobrino, el jesuita amonestado hace ya un par de años por el Vaticano, tiene 70 años, pero es uno de los intelectuales salvadoreños más leídos y traducidos en todo el mundo, continúa celebrando misa en la misma iglesia donde lo ha hecho por casi 20 años y se mantiene firme en lo que décadas atrás alguien bautizó como la opción preferencial por los pobres. Y sigue publicando cuanto puede. Y sigue con sus pensamientos enfocados en lo que él cree que es importante.


En la entrevista de las 4 en su despacho, tras casi dos horas de plática, le pedí que me firmara un ejemplar de uno de sus libros. Lo abrió y con letra clara y legible, de estudiante aplicado, escribió: “Para Antonio Valencia. Con agradecimiento y esperanza. Jon Sobrino”.

(Fotografía de Víctor Peña)

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(Esta es la escena inicial de una larga crónica titulada "Jon Sobrino, el obseso", publicada el 4 de enero de 2009 en la revista Séptimo Sentido, de La Prensa Gráfica).

jueves, 5 de noviembre de 2009

En misa con el padre Tojeira


Esta iglesia es diferente. Hasta el 13 de enero de 2001, el día del terremoto, las misas se oficiaban en el edificio de al lado, inaugurado hace un siglo, y cuyas dos torres serán hasta que otro terremoto las bote un emblema de la ciudad de Santa Tecla. Situada en el centro, la iglesia de El Carmen es como un garaje largo y estrecho, solo que en vez de carros está lleno de bancas de madera. Las paredes son de lámina y la decoración es escueta, nada que ver con las solemnidades a las que nos tiene acostumbrados la Iglesia católica. Hay un cartel pegado que dice “La pobreza toca el corazón de Dios”.

Son las 8 de la mañana del primer domingo de noviembre, y en el púlpito está el rector de la UCA, José María Tojeira, que cubre la ausencia por viaje del padre Jon Sobrino. Tojeira es largo como un palo de escoba, y sería difícil calcularle los 62 años que ha vivido si no fuera por sus abundantes canas. Ahora lleva una sotana verde que deja al descubierto los bajos de sus jeans. En la mesa hay un ramo de flores y tres velas encendidas. Justo antes de que comience con su homilía, el coro entona una canción sentida, con pasajes filosos, como aquel que dice que la Biblia es algo que sirve para “chapodar toditas las amarguras que hay en nuestra sociedad”. O el estribillo, que presenta las Sagradas Escrituras como “la palabra del pueblo que busca y construye su liberación”.

Tojeira se acerca al micrófono, lo eleva acorde a su altura y lee San Mateo 5, 1-12. Luego hace su interpretación, que no tarda en desembocar en la realidad nacional.

—En El Salvador -se envalentona Tojeira-, y a pesar de las medidas oficiales del Gobierno contra la pobreza, se nos dice, y yo creo que hay más pobreza que la que dicen las mediciones oficiales, que hemos pasado de un 30% de pobres a un 40%, de 2007 a 2009. Es decir, 600.000 personas más están hoy en un nivel de vida de pobreza.

Al fondo de la iglesia, pegado contra la pared, un anciano escucha postrado en su silla de ruedas y con la cachucha sobre sus piernas en señal de respeto.

—¿Y cómo se explica eso? –prosigue–. Hay una especie de guerra de los poderosos contra los débiles, ¿verdad? Porque los poderosos no han dejado de vivir bien. A veces a mí me dan risa, y me voy a meter en un tema en el que no me suelo meter en las homilías, estos pleitos en el partido ARENA sobre por qué perdieron las elecciones. Que si fue malo el candidato, que si no sé qué, que si no se cuánto… Pero si es relativamente normal, si hay 600.000 personas que en dos años han pasado a ser pobres, sea ARENA, FMLN o sea quien sea, lo normal es que pierda las elecciones, porque la gente se desespera. La gente siente cuando tiene el bolsillo o hasta el estómago vacíos.

El Salvador es un país en el que la televisión está llena de analistas –serios los menos, con su opinión hipotecada los más– que se pasean altaneros por los canales de televisión y las páginas de los periódicos. Sin embargo, es en esta humilde iglesia de Santa Tecla, desde un púlpito, donde me ha tocado escuchar uno de los análisis más concisos y diáfanos sobre la histórica derrota de la derecha en las elecciones del 15 de marzo.
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