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sábado, 23 de agosto de 2014

Mágico, Maradona y el Barça


Foto: Internet

Se nos desparramó el Mundial encima, y a los salvadoreños nos toca elegir, por octava ocasión consecutiva, entre depositar nuestras ilusiones en banderas de colores ajenos o rescatar hazañas pretéritas. Desde España 1982, con aquella selección imposible abanderada por Jorge Mágico González y surgida en el fragor de la guerra civil –y esto no es licencia literaria–, el fútbol salvadoreño no sabe lo que es un Mundial, y mucho tendrán que cambiar las cosas para.

Resignado y contagiado por el espíritu mundialista que el sistema nos impone, antes que sudar calenturas ajenas prefiero alinearme con los que rescatan hazañas, y por eso quiero hablarles tantito sobre el más grande los futbolistas que ha parido el país, aquel genio bohemio que incluso en las Españas –me atrevo a suponer– pocos habrán olvidado entre los que superan las cuatro décadas; aquel genio bohemio que cuesta imaginárselo con otra camisola que no sea la amarilla del Cádiz, pero que llegó a vestir la de FC Barcelona, lo que ha alimentado interpretaciones de todo tipo, la mayoría sin sustento real alguno.

Por partes.

Naranjito se le atragantó a nuestra Selecta: tres derrotas en tres partidos, incluida la mayor goleada que jamás se ha encajado en un Mundial, un 10-1 ante Hungría que ha quedado marcado como cicatriz en la conciencia nacional. Pero Mágico brilló y, dos semanas después de que Dino Zoff levantara la copa para Italia, el salvadoreño aterrizaba en Jerez de la Frontera para incorporarse en su nuevo equipo: el modesto Cádiz CF.


La 1982-83 fue una temporada brillante para Mágico, pero deslucida por militar en Segunda División. La 1983-84, ya en la máxima categoría, fue la del destape, con el mérito infinito de quedar tercero en el Trofeo Pichichi en un equipo que volvió a descender. Para mayo de 1984, cuando Europa calentaba motores para la Eurocopa, se daba por hecho que Mágico dejaría Cádiz. La prensa publicó que el París Saint Germain, el Hellas Verona (campeón italiano en la 1984-85) y el Atalanta presentaron ofertas por el salvadoreño durante el parón estival, y se especuló –y hoy muchos lo dan por hecho– que el FC Barcelona también quiso ficharlo. Lo que no es especulación es que Mágico vistió la camisola del Barça en dos partidos amistosos disputados en Estados Unidos.


En los dos choques ligueros previos, vestido de amarillo, Mágico había jugado sendos partidazos ante el Barça, en los que firmó dos goles de ensueño (sobre todo el primero, en el que arranca desde su campo y ridiculiza a Alexanko, a Migueli y a Urruti). Ese desempeño, he leído en más de una ocasión, es el que llevó a César Luis Menotti a querer probar al salvadoreño, para ver cómo se acoplaba en “un grande”, y para conocer de primera mano la indisciplina y el pasotismo que ya habían dado tantos titulares en los diarios como sus goles y jugadas imposibles. Las imágenes de Mágico vestido de azulgrana a la par de Diego Armando Maradona parecen ser la prueba irrefutable del intento del Barça por fichar al Mago.

Pero no.


Yo no sé si Menotti alguna vez consideró en serio su fichaje, pero sí sé que la minigira que el salvadoreño hizo con el Barça no era para probarlo. El técnico argentino, de hecho, ni siquiera dirigió el equipo en aquellos dos partidos.

Entonces, ¿por qué el FC Barcelona se lo llevó de paseo? Ahora ya no se estila hacerlo, pero en la década de los ochenta, sí. Mágico fue invitado como refuerzo puntual, cuando empresarios estadounidenses contrataron al equipo catalán para disputar en Nueva York la Copa Transatlántica, junto a el Udinese italiano, el Fluminense brasileño y el local New York Cosmos. Aquel cuadro blaugrana era, por así decirlo, el Barça B (para finales de mayo seguía disputándose un torneo oficial, la extinta Copa de la Liga, de la que el Cádiz ya había sido eliminado) reforzado con figuras de otros clubes de la Liga española y dirigido por Rogelio Poncini, la mano derecha de Menotti. También fueron invitados a la gira Miguel Tendillo (Valencia CF) y los argentinos Juan Alberto Barbas (Real Zaragoza), y Mario Husillos (Real Murcia), pero solo llegaron a buen puerto las negociaciones con Husillos y Mágico, solicitado efusivamente por el contratistas gringos por el peso creciente de la comunidad salvadoreña en la Costa Este. La inclusión de Maradona en el “Barça B reforzado” que viajó a Nueva York –también la de otros titulares habituales como Migueli y Clos– se explica porque un mes antes el Pelusa había sido sancionado por cuatro meses, tras protagonizar una tangana en la final de la Copa del Rey disputada –y perdida– ante el Athletic de Bilbao. Aquella sanción impedía a Maradona disputar partidos oficiales, pero no torneos amistosos, como lo era la referida Copa Transatlántica.


Pero Mágico no fue a probarse con el FC Barcelona. Basta leer la crónica del enviado especial del diario catalán El Mundo Deportivo publicada el 27 de mayo:

Mágico González, el crack cadista, llevaba tres camisetas en el equipaje: una amarilla de recuerdo, otra azulgrana para el “bolo”, y la del París Saint-Germain, bien dobladita, para el regreso. " En cuanto vuelva me voy a París, a pasar el reconocimiento médico, y en seguida a firmar", dijo. Su “mágica” gira puede acabar en a torre Eiffel, por lo menos.
Para entonces se daba por hecho su fichaje por el PSG, muy a pesar de los deseos de Mágico, como se encargó de explicitar al aterrizar el Barcelona en la mañana del martes 5 de junio. Así lo consignó El Mundo Deportivo en su edición del día siguiente:
Todos los ojos pendientes de Maradona, y el primero en salir fue Mágico González. Como una centella se fue a enlazar con el avión que debía transportarle a Sevilla. El salvadoreño estaba entre feliz y triste, y explicaba el porqué de su doble estado anímico: “Estoy satisfecho porque para mí ha sido todo un honor ser invitado por un club como el Barcelona a esta gira, y sobre todo por haber podido jugar al lado de Maradona. No obstante, me siento algo decepcionado de tener que dejar España. Esta semana probablemente firmaré por el París Saint Germain y me enrolaré al fútbol francés. El dinero tiene la culpa de que no me haya quedado aquí”.
Sobre la Copa Transatlántica –un extraño torneo a dos partidos, con una semana de diferencia entre el primero y el segundo–, lo reseñable sucedió en el segundo encuentro, jugado el domingo 3 de junio ante el Fluminense. Maradona y Mágico salieron de partida. El segundo gol del Barça lo firmó el salvadoreño, asistido con maestría por el argentino. El partido terminó 2-2, hubo penaltis para definir al ganador, y los dos anotaron sus lanzamientos, con lo que contribuyeron a la victoria. Fue una oscura pero digna despedida para ambos. Ninguno de los dos vestiría nunca más la camisola blaugrana.

Maradona regresó a Barcelona para hacer maletas y volar a Nápoles, ciudad en la que construyó una leyenda.

Mágico regresó a Cádiz, logró abortar su fichaje por el PSG, y terminó de construir su propia leyenda en la Tacita de Plata.

Conozco Nápoles, viví un año en el sur de Italia, y sé del grado de idolatría que los napolitanos sienten por Maradona. Pero me atrevo a plantear que no supera el que los gaditanos sienten hoy por Mágico González. Lo que está claro es que grandes jugadores ha habido, hay y habrá, pero ganarse a perpetuidad el cariño de una afición está reservado para un puñado de elegidos. Por un cúmulo de casualidades, dos de esas excepciones coincidieron aquella tarde de junio de 1984 en el desaparecido Giants Stadium de Nueva York, los dos vestidos con la camisola del Barça.


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(Este texto se publicó primero el 14 de junio de 2014 en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, bajo el título 'Mágico, Maradona y el Barça')

lunes, 3 de marzo de 2014

Explicar un país en cinco minutos


Vaya por delante que me sé un orador mediocre, que hablar en público nunca ha sido plato de buen gusto, y que desde mi primer día en la facultad me supe rehén del periodismo escrito, con la firme determinación de mantenerme lejos en la medida de lo posible de cámaras, micrófonos y atriles. Pero al igual que no me gusta bailar y hay situaciones en las que es imposible negarse, uno es consciente de que en esta profesión a veces toca dialogar en vez de redactar, y sé valorar también la sensación de saberse pretendido para comentar algo, aunque nunca dejará de ser un trago con un regusto amargo.

Este preámbulo es porque en la primera semana de febrero, con la excusa de las elecciones presidenciales en El Salvador, me buscaron de la Cadena SER para hablar sobre el fenómeno de las maras. El colega Ramón Lobo, a quien tuve el gusto de conocer en San Salvador en mayo de 2013, sugirió mi nombre a la producción de A vivir que son dos días, para el programa del domingo 9 de febrero. Un par de días antes me llamó una amabilísima compañera que creo recordar que se llamaba Paqui y me explicó las reglas: conexión en directo, cinco minutos, ocho y media de la mañana, Javier del Pino y Ramón Lobo, las maras. Luego me planteó algunas preguntas guía“¿Hay un pacto entre estas bandas y el gobierno? ¿Se puede abandonar una mara? ¿Es posible que haya mujeres dentro de una de ellas?” y me sugirió prepararme algo las respuestas. 

Agradecido por la oportunidad pero inquieto por lo arriba explicado llegó el domingo. ¿Cinco minutos para explicar algo tan complejo y enrevesado como las maras? ¿Cinco minutos para un fenómeno social del que podría escribirse una enciclopedia entera y aún quedarían cabos sueltos? ¿Hacerlo además para un oyente –el español promedio– que desconoce conceptos básicos como Mara Salvatrucha (MS-13) y el Barrio 18? ¿Cinco minutos para explicar El Salvador?

Este fue el resultado:



Pasó lo que me temía. De los datos e ideas que anoté en un papel para diseminarlos durante la plática no alcancé a decir apenas nada, en parte porque los cinco minutos y dieciocho segundos entre el saludo y la despedida resultaron poco más que un chasquido. Eran datos e ideas que, creo yo, ayudaban a entender mejor cuán grave es el problema de violencia que afecta a El Salvador. Datos e ideas que, aunque siempre insuficientes, perfilaban el porqué del fenómeno de las maras. Datos e ideas que no supe meter en la conexión, pero que reciclo ahora sin mucho esfuerzo como entrada de este blog. 
  1. El Salvador es un país más pequeño que la provincia de Badajoz y con una población similar a la de la Comunidad de Madrid, poco más de 6 millones de personas. 
  2. En El Salvador asesinaron en 2011 a 4,374 personas; y en 2013, a 2,490. La significativa reducción está ligada a una tregua que pactaron las dos principales pandillas que operan en el país (Mara Salvatrucha y Barrio 18), una tregua auspiciada por el Gobierno de la República (aunque el presidente Mauricio Funes lo niega, supongo que cree que le restará votos) y respaldada por la Organización de Estados Americanos. 
  3. En 2013, según datos recientes del Ministerio de Interior, en España hubo 302 asesinatos. Para igualar la tasa de homicidios por cada 100,000 habitantes de El Salvador de 2013, en España tendría que haber habido 18,687 asesinatos. Y para igualar la tasa de antes de la tregua, tendrían que asesinar a 33,222 españoles en un año, 91 cada día.
  4. Las maras no son un problema de hoy o de hace cinco o diez años, que es cuando los muchachos tatuados empezaron a tener presencia mediática en España. En El Salvador los primeros integrantes de las dos letras o los dos números se comenzaron a ver antes de los Acuerdos de Paz que en 1992 pusieron fin a la guerra civil.
  5. Las pandillas proliferaron a inicios de los noventa porque existía el caldo de cultivo idóneo: pobreza extrema, desigualdad, falta de oportunidades, violencia social, desintegración familiar, promoción del consumismo como valor absoluto, un Estado raquítico, unas fuerzas de seguridad desmanteladas, una nueva arquitectura jurídica impuesta por la comunidad internacional sin medir las consecuencias...
  6. Sobre este cóctel explosivo el gobierno de Estados Unidos espolvoeó miles de pandilleros, salvadoreños emigrados durante el conflicto, crecidos en las calles de Los Ángeles, y luego deportados a El Salvador; con ellos viajó la cultura pandilleril.
  7. Pasó más de una década desde el bum inicial de las pandillas hasta su radicalización y su conversión en grupos del crimen organizado, sin matices. En ese tiempo el Estado salvadoreño fomentó esa mutación con políticas públicas como el manodurismo o la asignación de cárceles enteras para cada una de las pandillas.
  8. Hoy día en El Salvador, según cifras oficiales, hay más de 60,000 pandilleros activos, casi todos ellos integrantes de las dos pandillas mayoritarias. Incluido su entorno social, el gobierno habla de más de 400,000 personas vinculadas a estos grupos, dependientes en su mayoría de actividades delictivas. Eso supone el 6-7% de la población.
El fenómeno de las pandillas es doloroso y apasionante, y obvio que no aspiro a que ocho parrafitos llenos de números y deshumanizados vayan mucho más allá que cinco minutos de respuestas en una radio, si la aspiración es conocer un tema tan complejo. Pero quizá sirvan para que incentivar el interés. Por si alguien se ha quedado picado y quiere explorar ese lado humano del profundo y sangrante tajo que la humanidad tiene en El Salvador, me atrevo a sugerir tres crónicas de largo aliento escritas en los últimos años: Yo violada, Yo torturado y Yo madre

Fotografía Roberto Valencia
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(Este texto se publicó primero el 15 de febrero de 2014 en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, bajo el título 'Explicar un país en cinco minutos')

jueves, 6 de febrero de 2014

Periodismo escrito Marca España


Seré cobarde y para decir lo que voy a decir sobre el periodismo que se escribe en las españas –circunscribo y enfatizo: el que se escribe, el escrito–, me escudaré en una de sus vacas sagradas. 

Enric González dijo esto en una entrevista publicada el pasado mes de noviembre en el diario El Tiempo, de Colombia: “La crónica, que para mí es el género estrella porque tiene mayor presencia de la voz del autor, brilla en América Latina hace muchos años, pero creo que va cada vez a mejor. Lo que más me llama la atención es lo bien que se escribe, en comparación con España, donde el uso del lenguaje se ha empobrecido. En América Latina se está llegando finalmente a proporcionarle un auténtico placer estético al lector”.

El gran Enric González dice una obviedad que no parece serlo tanto en las españas: desde hace al menos una década el mejor periodismo en español se está escribiendo en Latinoamérica, con Argentina, Colombia, México y Perú a la vanguardia. Y me atrevo a interpretar que no es tan obvio en la “madre patria” porque en general la sociedad española –e incluyo acá a catalanes, gallegos, vascos y demás– aún no ha logrado desprenderse del aire de preeminencia que siente sobre lo latinoamericano. Esa altanería (por no adjetivarlo con mayor sonoridad) tan presente en las españas ha permeado en el periodismo y en los periodistas, como parte de la sociedad que son. ¿Qué tiene que aprender un periodista primermundista español de uno costarricense o boliviano? ¿Alguien que firma en trasatlánticos como El País o El Mundo puede aprender de algotro que publica en chalupas como Emeequis, Etiqueta Negra, Anfibia o El Faro? Pues eso.

Pero veamos.

Los últimos tres Premios Ortega y Gasset de Periodismo en la categoría 'Periodismo impreso' los han ganado el colombiano Alberto Salcedo Ramos, el mexicano Humberto Padgett y nicaragüense Octavio Enríquez. Con el otro gran referente en el que se miden trabajos de uno y otro lado del Atlántico, el Premio Rey de España de la agencia Efe, hay que rebuscarse para encontrar españoles entre los galardonados del último lustro, y prácticamente han desaparecido de los reconocimientos que más énfasis ponen en la calidad literaria de las piezas.

Pero si algo me impulsó a escribir este exabrupto –con el que es obvio que muchos amigos no voy a hacer– es lo sucedido en el Premio Gabriel García Márquez de Periodismo, que la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) entregó el pasado mes de noviembre. Ni un solo trabajo made in Spain entre los ganadores de las cuatro categorías, ni siquiera entre los doce que subieron al pódium. En la categoría 'Crónica y reportaje' se colaron propuestas de México, Argentina, Colombia, Chile, Perú, Brasil y El Salvador entre los diez finalistas, pero cero relatos de las españas.

Alguien estará pensando que en Madrid, Barcelona, Sevilla o Salamanca apenas nadie conoce la FNPI (hecho que, de ser cierto, ya tendría un significado demoledor), pero ni siquiera esa excusa es válida ya. Para las cuatro categorías del Premio Gabriel García Márquez de Periodismo se recibieron más de 1,300 trabajos de un total de 30 países. En el vendaval iban 111 propuestas desde las españas, el quinto país que más propuso, solo superado por Colombia, Brasil, Argentina y México. Otro dato poderoso y significativo: 7 de los 36 jurados que participaron en las distintas fases del complejo sistema de premiación tenían pasaporte español, lo que de alguna manera evidencia la conciencia sobre el influyente papel en tiempos pasados y mejores.

Lo bueno es que algunos pasitos se están dando para revertir el declive del periodismo de largo aliento español; mínimos pero válidos. Se ven brotes verdes, si me permiten la trillada metáfora. En los últimos años, entre tanta discusión estéril sobre el presente y el futuro de la profesión, han surgido iniciativas como Jot Down, Libros del KO, tintaLibre, FronteraD, eCícero, Líbero... con vocación de escaparate para la buena crónica periodística. Más importante si cabe, hay una camada de periodistas que se ha dejado latinoameriquizar, bien porque viajaron, permanecieron, se empaparon y se convencieron, bien porque vencieron sus prejuicios desde la distancia y experimentaron la fórmula latina con humildad.

José Luis Sanz es valenciano, coautor de 'El viaje de la Mara Salvatrucha' crónica publicada en el periódico digital El Faro– y único español que se coló entre los finalistas de la categoría 'Crónica y reportaje' del Premio Gabriel García Márquez. Pero él lleva quince años en El Salvador, y es su renuncia a la concepción hispana del periodismo la que lo ha llevado al lugar que hoy ocupa. Me late que sucede lo mismo con otros periodistas que migraron a tiempo y constataron la obviedad explicitada con maestría por el gran Enric González. Se me ocurren ahora el gasteiztarra Álex Ayala Ugarte, el cántabro Enrique Naveda, el astur Alberto Arce o la gallega Martina Bastos.

Más de uno se estará planteando una inquietud legítima: ¿quién es este donnadie que se atreve a etiquetar lo que es buen y mal periodismo? ¿Con qué criterios? Solo me queda invitar a leer lo que se está escribiendo a uno y otro lado (me refiero a la vanguardia, obvio, porque en Latinoamérica también hay juntaletras y diarios llenos de faltas de ortografía), apelar al sentido común y refugiarme en otra vaca sagrada. Gumersindo Lafuente: “Y es que, mientras en Europa, y muy especialmente en España, doblan las campanas por la degradación o muerte de muchos periódicos, allá, de México a Chile, florecen un buen puñado de nuevos medios que pelean, desde la calidad, el rigor y el compromiso con sus lectores, por hacerse un hueco en el mercado. Y muchas veces en situaciones complicadas, teniendo que enfrentarse a las amenazas del poder o de las mafias. Pero siempre recorriendo el presente y mirando al futuro con optimismo, ese bien tan escaso hoy en nuestro país”. 

Fotografía: internet
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(Este texto se publicó primero el 10 de enero de 2014 en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, bajo el título 'Periodismo escrito Marca España')

domingo, 10 de noviembre de 2013

Estrategias de venta (lástima)


El bus va medio vacío, lo habitual un lunes a las nueve y cuarto de la mañana. Yo lo he abordado hace un par de paradas, en la que está frente al mercado de las pulgas del bulevar de Los Héroes, y me he sentado en la parte trasera, cerca de la salida. Una manía que tiene razón de ser: cuando una de estas unidades va llena, se hacinan ochenta o noventa personas. Más de una vez tuve que resignarme y renunciar a bajar donde me correspondía porque una infranqueable muralla humana me separaba de la puerta de salida. Pero ahora, reitero, el bus va medio vacío, nadie parado en el pasillo. Al llegar a la parada de Metrocentro, la ubicada frente al Intercontinental, suben primero dosquetrés personas que pagan el pasaje y rápido ocupan un asiento; luego, el último, y después de rogarle al conductor, el Niño se arrastra pecho al suelo bajo el torno, con la maestría de quien lo ha hecho cientos de veces. 

En San Salvador, la capital de El Salvador, el transporte urbano lo gestionan empresarios o cooperativas. El Estado establece unas reglas mínimas –algunas se incumplen sistemáticamente–, concesiona las rutas, y luego, salvo escándalo mayúsculo, se limita a mirar el partido desde la grada. El resultado es un sistema de transportes caótico pero sorprendentemente efectivo. Caótico porque circulan verdaderas chatarras y porque el usuario es tratado como una mercancía. Y efectivo porque, mal que bien, cumple la función que le interesa al establishment: que cientos de miles de salvadoreños vayan cada día de la casa al trabajo y del trabajo a la casa por un precio módico: $0.20 o €0.15 por trayecto. El cómo apenas importa porque los buses son para el bajomundo, para ese 60-70% de la población que no puede elegir cómo movilizarse. Es una generalización y como tal encerrará sus excepciones, pero los buses urbanos los usan solo las personas cuyos hijos estudian en escuelas públicas y cuyos padres mueren en hospitales públicos. Porque en El Salvador parece que llevan años esforzándose –y lo han logrado– por dar a lo público una connotación de deficiente y caótico. Y el clasismo tan presente en la sociedad hace que en la conciencia colectiva ir al médico privado, tener a los hijos en colegios privados y tener un vehículo propio que permita alejarse de la chusma que va en los buses se interpreten como inequívocos síntomas de éxito social. 

Decía que el Niño acaba de subir en la parada de Metrocentro. En principio, esto no es nada extraño en Centroamérica. Cuando se pasa media hora dentro de un bus, lo raro es que no irrumpa un vendedor de caramelos-chocolatinas-agua-bolígrafos-y/o-llaveros, o un payaso triste, o un predicador-guitarrista-cantante pedigüeño, o un enfermo terminal, o un recién excarcelado o un ladrón con una .38 en la cintura. En este viejo Bluebird de la Ruta 44 ha subido el Niño. 

Tendrá unos 12 años. Su piel está requemada por el sol del Trópico. Viste sucio: una camisola verde militar y chores negros, y calza de esos zapatos playeros de plástico agujereados que tan de moda se han puesto en los últimos años. Pero lo que más singulariza al Niño es su mirada perdida, infiero que por el efecto de tanta pega olida. El Niño tiene la mirada de haber sido ya derrotado por la vida. Después de haberse arrastrado bajo el torno, ha recorrido el pasillo y ha querido entregar un papelito a cada pasajero. La mayoría ni siquiera se lo ha aceptado. Ni siquiera se ha atrevido a mirarlo. 

En el papelito, este texto: “POR ESTE MEDIO LES QUIERO SOLICITAR SU COLABORACIÓN PARA COMPRAR ALIMENTOS PARA MI FAMILIA. PUES SOMO DE ESCASOS RECURSOS. ¡!MUCHAS GRACIAS!!” 

Una joven esbelta y bella de unos 18 años, y que intuyo estudiante universitaria por los cuadernos que carga y porque este bus va rumbo a la Universidad Centroamericana, da cinco centavos al Niño. Otro pasajero sentado en la fila de atrás le entrega treinta centavos. Con esos $0.35 podría comprarse una pupusa. 

El Niño se baja antes de llegar al Monumento al Hermano Lejano, en una parada que hay poco después de la residencial Brisas de San Francisco. Yo aguanto un par de paradas más, hasta el Árbol de la Paz. Al bajar, pulso el botón REC de la grabadora digital que intento llevar siempre encima, y todo lo que acabo de ver termina convertido en un archivo de audio.
Pasará casi medio año hasta que lo escuche. Lo haré en la biblioteca pública del barrio de Zaramaga, en Vitoria-Gasteiz, en la opulenta Europa. Allá, en el primermundismo, parecen no percatarse entre tanto autofustigamiento impostado, pero los niños de 12 años todavía juegan. 

Fotografía Roberto Valencia
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(Este texto se publicó primero el 31 de octubre de 2013 en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, bajo el título "El Niño sucio, la sucia sociedad")

domingo, 27 de octubre de 2013

“Ojalá El Salvador no se convierta en otra España”


Leída en las Españas, la frase del titular puede resultar desconcertante, provocativa incluso. Espero que no se me ofenda nadie, pero el español promedio tiene cierto aire de superioridad moral sobre los pueblos latinoamericanos, como si en verdad fuera la madrepatria, y me late que puede chocar tantito que España sea un ejemplo a evitar para El Salvador, un país que ese español promedio difícilmente podría ubicar en un mapamundi, pero que, eso sí, le sonará a tercermundismo puro y duro. 

“Ojalá El Salvador no se convierta en otra España”. Esa frase se la escuché al cronista estadounidense Jon Lee Anderson a mediados de 2012, en una charla magistral que impartió en San Salvador, en la clausura del Foro Centroamericano de Periodismo organizado por El Faro, y en la que en principio iba a hablar sobre sus experiencias como reportero en los albores de la Guerra civil salvadoreña (1980-1992), y sobre el país que había rencontrado tres décadas después de su última visita. Pero habló y habló sobre España, casi más que sobre El Salvador. 

—La Guerra civil española –dijo Jon Lee Anderon– ocurrió 50 años antes que la Guerra civil salvadoreña. Durante tres años, del verano del 36 al 39, el pueblo español se desgarró. Murieron alrededor de 600,000 personas. Esa guerra civil, como sabemos, la ganó el hombre que la comenzó, el general Francisco Franco, que se había aliado con Hitler y Mussolini. Tuvo el respaldo de estos señores, de estos dictadores, para librar la guerra contra la República. 

Quizá convenga matizar que si me he acordado ahora de lo que Jon Lee Anderson dijo hace casi año y medio es por lo sucedido en las últimas semanas. A la jueza argentina María Servini se le ha ocurrido abrir causas penales por crímenes cometidos en los años finales del franquismo, crímenes de lesa humanidad convenientemente ocultados durante la Transición bajo esa alfombra de la vergüenza llamada ley de amnistía. Al calor del señalamiento, incluso Naciones Unidas se ha pronunciado contra la política española de silencio y encubrimiento, pero el tema ha sido tratado con un bajísimo perfil en los medios de comunicación más fieles al establishment, que son la inmensa mayoría. ¿Un paisucho como Argentina dando clases de democracia e institucionalidad a la magnánima España? Algo así se preguntaba, visiblemente molesta, una tertuliana hace algunos días en un debate televisivo. 

—Franco siguió gobernando España durante otros treinta años –dijo Jon Lee Anderson–, y en especial los primeros años de la dictadura fueron muy cruentos, tan cruentos que incluso los alemanes y los italianos lo amonestaron por ser demasiado draconiano con los republicanos, a los que metía en campos de concentración y los ejecutaba, a mansalva, durante años. Los últimos reductos de republicanos guerrilleros en España fueron vencidos allá por los años cincuenta, aunque de hecho actuaban ya más como bandidos que como soldados. Todos fueron aniquilados, y tuvimos Franco hasta los años setenta. 

Aquel discurso lo grabé, lo he vuelto a escuchar y lo he transcrito. Las palabras atribuidas al cronista de The New Yorker son, pues, literales. 

—Cuando murió Franco, se abrió una negociación entre sus sucesores y los que querían entrar en la política por primera vez. El temor todavía a una represalia por parte de los militares era muy fuerte. Y entonces, los nuevos demócratas pactaron con sus antiguos represores una transición democrática, y lo llamaron el Pact of Forgetting, un pacto de olvido... Ya saben por dónde voy, ¿no? Ese pacto de olvido en España fue clave, porque permitió que los socialistas y los demás partidos entraran al poder; es más, permitió que asumieran el poder y recibieran las prebendas del poder, de la democracia española... a cambio de nunca... nunca... pero jamás... mirar al pasado. Nunca... nunca... pensar en juzgar algún crimen cometido en esos tres años de gran terror, de mucha muerte, ni en los cuarenta años de dictadura posterior, en la cual también murió mucha gente. 

No creo que este post sea el lugar idóneo para extenderme, pero la razón de hablar tanto sobre España en San Salvador era precisamente el paralelismo que Jon Lee Anderson establece con el proceso de paz salvadoreño. El mismo guión: represión y guerra cruenta, reforma del Estado pactada entre las partes beligerantes, ley de amnistía. Y hoy, décadas después, las voces de los que beneficiaron del perdón y olvido –no de las víctimas, a ellas nunca nadie les consultó– diciendo una y otra vez que al país no le conviene reabrir heridas del pasado. 

—¿Cómo puede un país construir una democracia si la base es la injusticia? –se preguntó Jon Lee Anderson–. Yo creo que no es posible. Setenta años después del fin de la Guerra Civil en España, ese país y esa famosa democracia en la que todo el mundo va a la playa... En Granada, esa ciudad emblemática, la de la Reconquista, la de tantas cosas... y también del verano del 36, cuando se levantaron los militares y durante todo un verano, de forma sistemática, comenzaron a matar a gente; llevarlos al cementerio y matarlos, decenas, todos los días. Los mataron, los mataron, los mataron... fosas comunes por todos lados. Y entre ellos, el escritor más grande de España en esa época, el poeta Federico García Lorca. A ese hombre, a ese hijo de su ciudad, lo mataron delante... bueno no, a espaldas de todo el mundo, pero todos sabían que lo habían asesinado. Setenta años después no hay una sola placa en esa ciudad que explique lo que pasó. Los turistas van a la Alhambra, que es muy bonita, pero no hay ni un museo dedicado a lo que pasó en el verano del 36 y a lo que significó eso para España primero y para el mundo después, porque España fue la antesala de lo que luego hicieron Hitler y Mussolini en la II Guerra Mundial. La casa en la que estaba refugiado, escondido, aterrorizado porque lo iban a matar, García Lorca, la casa de unos amigos de la que lo sacaron para matarlo es hoy un restaurante que se llama El Rincón de Lorca, donde puedes pedir chuleta con patatas fritas ahí. A lo que voy es esto: un pueblo que no tiene historia no tiene moral, y una sociedad en la que los crímenes quedan impunes es sociópata después. Sociópata es una sociedad en la que tú puedes convertir un lugar que fue la casa de la que te sacaron al hijo más preciado para matarlo, y la conviertes luego en un restaurante. Entonces... ojalá El Salvador, que tiene todavía tiempo, no se convierta en otra España, vacía de su historia, que ha defenestrado al famoso juez Baltasar Garzón (…) ¿Y cuál fue su crimen? Tratar de abrir las fosas, tratar de encontrar la tumba de Lorca, pero le dijeron: eso no lo vas a hacer... ¡y no lo han hecho! Todavía no hay una tumba de Lorca, pero en España lo que sí hay una especie de panteón nacional que, ¿saben lo que es? Es una cruz erigida por Franco, una cosa gigante, increíble, que la construyeron los prisioneros de guerra, y en la base de la cruz está la tumba de él. Yo lo visité hace un par de años, ¿y saben lo que encontré? Hombres haciendo saludos fascistas. Aquello sigue siendo una especie de reducto, de último reducto en Europa de las ideas más tétricas y rancias del totalitarismo de derechas del siglo pasado. Ese es el panteón nacional español. Ese es el lugar supuestamente de la reconciliación de ese país. Setenta años después de la guerra, treinta y cinco años después del franquismo, no hay ni siquiera un movimiento para erigir un panteón en el que todos los españoles puedan tomarse de la mano y decir: ya pasamos eso y ya estamos unidos. No. No están unidos porque lo que tuvieron fue la paz de los vencedores, y ahora esperan hasta que se muera el último de esa última generación y llegar a la amnesia total... aunque nunca hay una amnesia total. Esa amnesia termina siendo una toxina que entra en el ADN y contamina la sociedad. 

Al conversatorio le siguió una ronda de preguntas que duró casi una hora entera. Hubo cuestionamientos de todo tipo y, casi al final, una joven española que se presentó como una politóloga, gallega, nieta de republicanos e hija de demócratas, que dijo llevar ya dos años en El Salvador, se atrevió a cuestionar la teoría de Jon Lee Anderson. 

—Yo creo que en El Salvador, para esta democracia, aún no es el momento para pedir cuentas... que eso tendrá que pasar dentro de dos o tres generaciones, cuando la democracia sea estable –dijo. 

Y Jon Lee Anderson se molestó. Mucho. 

Fotografía: internet
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(Este texto se publicó primero el 13 de octubre de 2013 en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, bajo el título “Ojalá El Salvador no se convierta en otra España”)

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Cinco años de 'Periodismo narrativo en Latinoamérica'


“El plan parecía una locura demasiado simple”. Así arranca Asalto al palacio, la crónica formidable del periodista Gabriel García Márquez en la que nos cuenta un cuento que es verdad: la mítica toma por parte de un comando guerrillero del Palacio Nacional de Managua, el 22 de agosto de 1978, cuando aún faltaba un año para el triunfo de la Revolución sandinista.

No lo recuerdo como una decisión sopesada-meditada, pero Asalto al palacio fue la primera entrada del blog Periodismo narrativo en Latinoamérica. La subí el 15 de septiembre de 2008, hace exactamente cinco años. Ese mismo día incluí una docena de relatos magistrales; además del de Gabo, piezas de Leila Guerriero, Daniel Titinger, Cicco, Carlos Martínez, Martín Caparrós, Juan Pablo Meneses, Josefina Licitra... Palabras mayores. Historias todas que cumplían con holgura la premisa recogida de forma explícita en la cabecera del blog: “Recopilación de crónicas periodísticas con chispa”.

Un lustro después de aquella travesura, Periodismo narrativo en Latinoamérica acumula más de 915,000 visitas, más de 450 crónicas, casi 200 autores, 800 comentarios de lectores... y todo eso sin renunciar a ser un espacio tan artesanal e ingenuo como el día en el que nació. En la actualidad promedia unas 25,000 visitas mensuales, unas 850 cada día, cifras nada despreciables para un sitio en el que se postea solo 1 o 2 veces por semana, y del que me gusta decir que es lenguaje menosdospuntocero: sábanas de texto, cero imágenes, cero enlaces, cero comentarios del autor, cero publicidad; crónica, solo crónica, solo buena crónica.

El plan parecía una locura demasiado simple.


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Con la excusa de la efeméride comparto algunos datos que quizá alguien juzgue interesantes.
 
¿Quiénes visitan? Desde hace más de año y medio Wordpress brinda un detallado reporte que incluye datos sobre los países desde los que visitan el sitio. Pues bien, en términos absolutos los colombianos son los más asiduos, hecho que está en plena sintonía con el aprecio que en ese tierra se tiene por la crónica. A los colombianos, los claros dominadores, les siguen mexicanos, argentinos, peruanos, ecuatorianos, españoles, estadounidenses, chilenos, venezolanos, salvadoreños, bolivianos, uruguayos... Pero si se toma en cuenta la población de cada uno de los países, me atrevería a interpretar que los dos grandes focos de interés sobre la crónica de largo aliento están, por un lado, en el tridente Colombia-Perú-Ecuador; y por otro, en el tándem Argentina-Chile.

¿Qué es lo más leído? De largo, la crónica más visitada en estos cinco años es Un fin de semana con Pablo Escobar, de Juan José Hoyos; casi 30,000 visitas. Superan las 10,000 otras dos crónicas geniales como lo son La leyenda de Facundo Cabral, de Leila Guerriero; y Cromwell, el cajero generoso, de Juan Manuel Robles. Completan el top-ten Caracas sin agua, de Gabriel García Márquez; Seis meses con el salario mínimo, de Andrés Felipe Solano; La chica mimada del cine porno argentino , de Gloria Ziegler; Messi, el goleador que nos despierta, se va a dormir , de Leonardo Faccio; Un extraterrestre en la cocina , de Julio Villanueva Chang; Frank Sinatra está resfriado, de Gay Talese; y Un hombre está peleando con mi mami, de Carlos Martínez. Los países sobre los que más se escribe son, en este orden, Argentina, México, Colombia, El Salvador y Perú. Los medios de los que más crónicas he recopilado son Gatopardo, Soho, El Faro, Etiqueta Negra y Séptimo Sentido. Y los autores que más relatos han publicado son Leila Guerriero, Alberto Salcedo Ramos, Roberto Valencia (algún privilegio debería de tener ser el responsable del tinglado), Óscar Martínez y Juan Pablo Meneses.

¿Desde qué sitios se accede? Las redes sociales son las cómplices naturales de Periodismo narrativo en Latinoamérica, sobre todo Facebook. Tiene su lógica. Twitter aporta, claro, y también sitios como Wikipedia, Clasesdeperiodismo.com, Taringa, Aves de prensa, Meneame.net, elPuercoespin, FronteraD, Águilas humanas, Crónicas guanacas, nuevoscronistasdeindias.fnpi.org... un heterogéneo conglomerado de instituciones y autores que recomiendan este blog. A todos mi sincero agradecimiento, pero los dos que me llenan de especial orgullo son, por un lado, la inclusión del blog en su listado de sitios “donde habita la crónica”, que hizo la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI); y por otro, que fuera recomendado como “un excelente portal de entrada para leer algunas de las mejores piezas firmadas por los cronistas más talentosos” en el ensayo Diccionario de la crónica hispanoamericana, que en mayo de 2012 Lino González Veiguela publicó en Frontera D.

¿Con qué criterios se nutre el blog? No es el único insumo, ni mucho menos, pero sí el principal: en la página principal, al costado izquierdo, hay una invitación a que sean los lectores los que envíen sugerencias, de autoría propia o ajena. Dice así: “Si conocés o has escrito una crónica que creés que merece estar en este blog, por favor, envíala a robertogasteiz@gmail.com (pero antes de hacerlo recordá que este espacio es para crónicas periodísticas de largo aliento; repito las palabras clave: CRÓNICAS, PERIODÍSTICAS y LARGO ALIENTO) Gracias”. Llegan muchas propuestas y muchas se desechan; más de una, seguramente, de forma injusta. El abanico abarca va desde cronistas consagradísimos que con humildad someten sus textos a consideración, hasta aprendices que quieren que se les publique lo primero que escriben. Y entre tanta propuesta hay, para mi gusto, demasiados relatos que pecan de egocentrismo, aquellos en los que el reporteo es mínimo (cuando lo hay) y la presencia del autor es tan agresiva que opaca los hechos noticiosos narrados.

¿Por qué nace este blog? Es quizá la primera pregunta que debería de haber respondido, pero voluntariamente la he dejado para el final. El problema es que el post ya se me ha alargado demasiado, y ahora creo que responder a por qué nació Periodismo narrativo en Latinoamérica da para más que un párrafo. Me comprometo a contarlo otro día, seguramente en este mismo espacio, pero adelantaré un par de detalles: uno, que lo que me llevó a concentrar crónicas de largo aliento en un mismo lugar fue mi interés genuino en el género, como aprendiz, sumado al hecho de que no existía nada así y yo, picado ya por el gusanillo de la crónica, lo sentía de gran utilidad; y dos, que este blog no existiría si en agosto-septiembre de 2007 yo no hubiera asistido a un taller de periodismo narrativo que en aquel entonces impartió en Ciudad de Panamá una ignota periodista argentina llamada Leila Guerriero.




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(Este texto se publicó primero el 15 de septiembre de 2013 en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, bajo el título 'Un lustro de crónicas')

miércoles, 21 de agosto de 2013

Un gin-tonic en Ibiza para digerir la crisis


He vivido más de 11 años en El Salvador, un pequeño país centroamericano que ocupa el puesto 107 en el Índice de Desarrollo Humano que cada año elabora el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD); hay pues 106 países con mayor “desarrollo humano” que El Salvador (entre ellos España, obvio, que ocupa el puesto 23), pero también hay 79 en los que ‒en un análisis estrictamente estadístico‒ el “desarrollo humano” es inferior al que disfrutan-sufren los salvadoreños. 

El Gobierno elabora cada año la llamada Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples. La más reciente se presentó en mayo, y comparto aquí algunos datos, para dimensionar qué supone eso de ser el 107 del listado del PNUD: 17% de casas sin energía eléctrica; 24% sin servicio de agua por cañería; 64% de la población menor de 30 años; 12% de analfabetismo entre los mayores de 10 años, con una proporción de dos mujeres analfabetas por cada hombre; 4 años de escolaridad promedio entre los hombres del área rural y 3 años entre las mujeres; 37% de la población económicamente activa desempleada o subempleada; 191,000 niños trabajan en un país de poco más de 6 millones de habitantes; un salario de $507 dólares (€384) al mes, el promedio nacional, porque para quienes se desviven en la agricultura y en la ganadería el salario mensual es de $137 (€104), en un país en el que comprar en el supermercado un litro de leche cuesta $1.40 (€1.06), y una lata de cerveza nacional, $0.70 (€0.53). 

El 34% de los salvadoreños vive en condición de pobreza, pero pobreza de verdad, no la que se deduce de los informes que los europeos crean para medir el mayor o menor poder adquisitivo de los europeos. 

Decía que he vivido más de 11 años en un país en crisis perpetua, pero en todo ese tiempo no escuché tantos lamentos como los escuchados en los seis meses que llevo en Vitoria-Gasteiz, en Europa. Claro, la mayoría son lamentos que se dicen entre pintxo y pintxo, entre un crianza y otro, en terracitas, lamentos que se redactan desde un Mac, se escriben en tabletas o se ven por pantallaplana. Son lamentos primermundistas por una crisis primermundista, como si afuera no hubiera nadie más, como si al sur del Mediterráneo solo existiera la nada, como si Finisterre en verdad fuera el fin de la tierra. 

El pasado 24 de julio, cuando acompañé a mi esposa a las oficinas centrales de Lanbide (el INEM vasco, una de las muchas tetas del Estado de bienestar) en Vitoria-Gasteiz, las ubicadas junto al Hospital de Txagorritxu, en la puerta de entrada se encontraron dos amigos, de unos 25 años ambos, de camisas veraniegas de tirantes y con tatuajes de motivos tribales en sus musculosos brazos. Se saludaron efusivamente, se dijeron que venían a renovar los salarios que el Estado les da por estar desempleados, y remataron con una corta conversación, más o menos esta: 

—Te ves bien moreno... ‒uno al otro.
—Y lo que me falta ‒le respondió, una risa velada sobre cada una de las sílabas‒. La semana que viene me voy a Ibiza con unos colegas. 

Dos jóvenes parados que con sus ayudas estatales por desempleo se escapan de vacaciones a Ibiza, la isla turística por excelencia de todo el mar Mediterráneo, donde cada gin-tonic cuesta ¿8 euros, 10? Seguramente más. 

Es evidente que hay crisis en las españas, una profunda crisis de valores. 

 
Fotografía: internet

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(Este texto se publicó primero el 9 de agosto de 2013 en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, también bajo el título "Un gin-tonic en Ibiza para digerir la crisis")

sábado, 29 de junio de 2013

Chinear a un hijo de 11 años hasta la puerta del hospital


A inicios de octubre de 2012, a Gabriel, un muchacho de once años recién cumplidos que vive en una comunidad de la populosa colonia Zacamil, le dio dengue. Que en un país tropical –El Salvador– alguien padezca una enfermedad tropical no parece ser un hecho lo suficientemente poderoso como para que termine siendo, nueve meses después, la materia prima de la entrada de un blog que se edita en un país primermundista, por más que ese blog se llame Bajomundo. Si el dengue de Gabriel se ha agenciado este primer párrafo es por su madre. Después entenderán.

A Gabriel le dieron fiebres altas, se le fue el apetito y tuvo molestos dolores en las articulaciones, lo habitual en un dengue de la variedad clásica, la menos grave. La madre, en sintonía con el hecho de vivir en extrema pobreza, confió en que su hijo se repondría con unos días en cama y con la toma constante de líquidos. Pero no fue así, y la aflicción llegó cuando el debilitamiento de Gabriel fue tal que ni siquiera podía ponerse de pie.

  —Estaba despierto, pero bien decaído, y se le dormía todo el cuerpo –me dijo.
 
Cuarentona, la madre de Gabriel es madre soltera, como miles de madres en El Salvador, y tiene dos hijos más: Karina, que entonces tenía 17 años; y Gustavo, un pandillero de 24 que está preso en la cárcel de Ciudad Barrios. Por las mañanas ella vende chucherías en un improvisado puesto en la puerta de un colegio privado ubicado en el barrio San Jacinto de San Salvador, y esa es la principal fuente de ingresos familiar. En un mes en el que van bien la cosas, entre la venta y lo que logra rascar aquí y allá en ese hogar entran unos 140-160 dólares, sin aguinaldos ni seguridad social ni plan de pensiones, y en un país en el que en el súper un litro de leche cuesta $1.25; un kilo de cebollas, $1.30; un kilo de arroz, $1.20; y un kilo de pollo, $2.20.
 
El día en el que se complicó el estado de salud de Gabriel, madre no tenía en la bolsa ni siquiera tres dólares para convencer a un taxista de que los acercara a la puerta del Hospital Nacional Zacamil, situado a unos 500 metros de donde viven.
 
—Y viera cómo estaba, como que era pollo le agarró.
 
Afligida, la madre tomó a Gabriel en brazos –reitero: once años, no es muy alto y está delgado, pero once años– y lo llevó chineado hasta el hospital.
 
—Puro bebé lo llevé. Y al regresar mi mamá me preguntó: ¿hasta dónde lo aguantaste chineado? Ay, no me preguntés hasta dónde, lo importante es que lo llevé, le dije yo.
—¿Y hasta dónde lo aguantó? –pregunté yo también, picado por la curiosidad.
—Hasta la subida del hospital (para más inri, el hospital está en alto). Ahí lo tuve que bajar, descansé y luego lo cargué otra vez. Gabriel es pechito, pero pesa…
 
Reconstruyo en mi mente la imagen de la madre con Gabriel en brazos subiendo la cuesta del Hospital Zacamil, y me cuesta imaginar otra escena tan dura pero que a la vez condense tan bien dos ideas: lo que significa y supone la extrema pobreza, y el amor de una madre hacia su hijo.
 
Esta madre es la protagonista de ‘Yo madre’, la más reciente crónica de largo aliento que he publicado en la Sala Negra de El Faro. Invertí trece meses de reporteo para intentar conocerla a ella y, a través de ella, para intentar conocer siquiera tantito el mundo de la pobreza y la exclusión –el caldo de cultivo idóneo para la proliferación de las maras– en el que viven cientos de miles de salvadoreños y miles de millones de seres humanos en todo el planeta, un bajomundo de carencias y sufrimientos infinitos, pero en el que uno encuentra también una dignidad, una decencia y un entusiasmo por la vida que cuesta identificar entre los privilegiados de la humanidad que, por más que nos guste victimizarnos y quejarnos en Facebook y Twitter, somos todos aquellos que tenemos agua potable, electricidad, techo, ropa, internet y tres tiempos de comida garantizados.
 
Gabriel se recuperó del dengue. Todo quedó en un susto.
 
En lo estrictamente periodístico, la poderosa escena de la madre con su hijo enfermo en brazos camino al hospital ni siquiera la incluí en la crónica, a pesar de que es un relato que supera las 7,000 palabras. Es otra de las ventajas de apasionarse con una historia y un personaje; por lo general, uno termina con cientos de poderosas escenas entre las que poder elegir las que integrarán la crónica.
 
Quizá alguien haya llegado hasta aquí y se anime a conocer a Madre y su mundo >>> Yo madre.

Fotografía: internet
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(Este texto se publicó primero el 18 de junio de 2013 en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, también bajo el título "Chinear a un hijo de 11 años hasta la puerta del hospital")

domingo, 26 de mayo de 2013

El espejo rompido


Un entrañable amigo tiene una modesta casa en un pueblito pesquero de Huelva llamado El Rompido. Cada vez que nos vemos y El Rompido aparece en la conversación, este amigo me cuenta –me recuerda– que el gran periodista Gabriel García Márquez estuvo allí alguna vez, y que dijo que El Rompido era el nombre de pueblo más bello y sonoro que jamás había escuchado. Desconozco si Gabo en verdad lo dijo o no, pero lo cierto es que El Rompido es un nombre sonoro y bello, mucho más que El Roto, participio irregular y abrupto, pero el único tolerado por la Real Academia Española.

Este miércoles 15 de abril se estrenó en el Teatro Nacional de San Salvador El espejo roto –que no rompido–, la obra más reciente de la documentalista salvadoreña Marcela Zamora, también entrañable amiga. El documental, desolador como recibir un navajazo leeeeento, cuenta la historia de un grupo de niños de una barriada sometida por la pandilla Barrio 18, que reciben un taller de teatro motivacional. El taller deviene en la excusa perfecta para adentrarnos en las vidas, en los hogares, en las familias de esos niños y niñas, todos de entre 7 y 10 años, todos marcados a fuego por un entorno de violencia extrema, inimaginable para quien lee esto en la España de los lamentos feisbuqueros, inimaginable también para quien lee esto desde los reductos primermundistas del tercermundismo.

La directora lo advirtió antes de que comenzara el documental. Dijo algo así como que no viéramos a los niños como casos aislados, que no son tragedias seleccionadas sino cotidianidad, que ojalá la obra sirviera para que la sociedad salvadoreña aprendiera a mirarse al espejo, al espejo roto-rompido. Que ojalá sirviera para aflojar siquiera un poquito la venda que tenemos en los ojos, dijo.

Me gustó el documental, y me gustó más esa vocación cuasi antropológica de mostrar el diario vivir de este país llamado El Salvador. Nada más y nada menos. Zamora nos describe con pulso la cotidianidad del bajomundo (palabra que yo uso para designar con cariño a los excluidos de los excluidos, y que da nombre a este blog, por cierto), consciente de que quienes veremos su documental, la mayoría, somos los que viajamos en carros aireacondicionados, podemos pagar una consulta en un médico privado, tenemos Facebook y correo electrónico, vamos a los festivales de cine y almorzamos seguido en el Pollo Campero. Los que vivimos en la parte menos rota de la sociedad rompida. Los que a la señora que llega a cuidarnos a los niños, a lavarnos los calzones, le pagamos 10 míseros dólares al día, y luego además nos extrañamos si sus hijos terminan en la mara-pandilla.

El espejo que Zamora nos pone enfrente refleja lo peor de nosotros mismos, pero siempre habrá quienes prefieran evadirse y convencerse, incluso desde la progresía, de que es el espejo y no nosotros, la sociedad salvadoreña, lo que está roto-rompido, a tenor de las risas que durante la proyección escuché a mi alrededor en momentos que no deberían tener ninguna gracia.

La sociedad está rota, como el espejo. O para quienes prefieren lo mismo pero más bello y sonoro, la sociedad está rompida, como el espejo. Pasemos al cóctel y brindemos los privilegiados. Lamentémonos siquiera por las desgracias ajenas, que son las nuestras, entre canapé y canapé.

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(Este texto se publicó primero en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, también bajo el título "El espejo rompido")

sábado, 20 de abril de 2013

Ecos de Huesca


La crisis económica y el bum digital parecen haberse aliado para desnudar las carencias del periodismo –de los periodistas y de los gestores–, para obligarlo a reinventarse y a demostrar su función social, algo que hasta hace una década se daba por hecho.

Entre los países de habla hispana, España seguramente sea el que mejor ilustra las consecuencias del abrupto cambio en las reglas de juego, por ser el más maltratado por la crisis y también el que tiene un mayor porcentaje de ciudadanos con acceso a internet.

La profunda crisis del periodismo español (yo sí creo que el periodismo español está en crisis, no solo sus empresas periodísticas) ha provocado en el último lustro una oleada de despidos y de precarización laboral de la que no se han librado las grandes cabeceras (El País, El Mundo…), ni siquiera las televisiones públicas. Pero como dicen que no hay mal que por bien no venga, la purga ha sido el detonante para la proliferación de un generoso abanico de proyectos periodísticos, algunos realmente interesantes.

A mediados de marzo se celebró en Huesca el XIV Congreso de Periodismo Digital, y uno de los atractivos este año fue congregar a los responsables de buena parte de los medios surgidos al rebufo de la crisis: eldiario.es, InfoLibre, Líbero, Mongolia, La Marea… Los organizadores tuvieron además la virtud de incluir en el programa una significativa dosis de ponentes latinoamericanos, y lograron evidenciar –seguramente sin pretenderlo– el evidente antagonismo entre los discursos que sobre el mismo problema se escuchan a uno y otro lado del Atlántico.

Tuve la suerte de estar en Huesca en los dos días que duró el evento, y en mi libreta quedaron anotadas algunas ideas que ahora desarrollo y comparto.

La primera. En España, la inmensa mayoría de los nuevos proyectos periodísticos los han puesto en marcha periodistas que han sido víctimas de los recortes o de los cierres de los medios tradicionales. Eso no es malo per se, incluso se puede interpretar como una loable muestra de emprendimiento y de vocación, pero me late que la desesperación no es el mejor de los combustibles. En Latinoamérica, me consta, los proyectos periodísticos digitales más interesantes usan otro carburante que se me antoja mucho más efectivo: el entusiasmo.

La segunda. Era un congreso de periodismo, y los ponentes españoles –periodistas casi todos ellos– de lo que más hablaron fue de modelos de gestión, de financiamientos, de salarios dignos, de visitas únicas, de marca personal, de… Hablaron poco, muy poco, de cómo narrar mejor un hecho noticioso para que alguien decida invertir tiempo en su lectura.

La tercera. En Huesca estuvo el colombiano Jaime Abello Banfi, director general de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), la fundación creada en 1994 por Gabriel García Márquez que se ha convertido en uno de los catalizadores de la renovación espiritual del periodismo en América Latina. Resulta significativo el desconocimiento que hay en España de la labor de esta fundación, al punto que la primera pregunta del periodista que moderó fue pedir a Abello que explicara qué es la FNPI, algo tan fuera de lugar como si en un congreso periodístico en Bogotá al director de El País se le pidiera que explicara qué es El País.

Y la cuarta. El talante. Parafraseando al gran cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos, presente también en Huesca, la clave del buen periodismo siempre será la actitud. Él dijo algo parecido a esto: vivo oyendo quejas sobre lo mal que está el periodismo por donde quiera que voy, y mucha gente me pide la fórmula para el éxito, pero lo primero que todo periodista que se precie debería hacer es elegir un buen tema, leer, hacer un trabajo intenso de reportería y poner el culo en la silla hasta escribir algo digno de ser leído. 

En lo personal, Huesca sirvió para reafirmarme en que el Periodismo y los Periodistas –así, con mayúscula– serán necesarios mientras haya gente que quiera que le cuenten buenas historias, que la hay. Partiendo de esa premisa, suena más sensato que los Periodistas de raza se preocupen más por recuperar la mística con la que se ejercía este oficio –con la que aún se ejerce, sobre todo en América Latina–, en vez de estar tan pendientes de la calculadora. 

Fotografía. Roberto Valencia
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(Este texto se publicó primero en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, también bajo el título "Ecos de Huesca")

jueves, 21 de marzo de 2013

Interpelado sobre periodismo y violencia


Me van a permitir el ejercicio de haraganería. Están siendo semanas densas estas, y en la entrada del blog de hoy me limitaré a reproducir –con la edición imprescindible– un cuestionario que acabo de responder a Ana Lidia, una estudiante universitaria salvadoreña que me contactó por correo electrónico en mi condición de reportero de la Sala Negra del periódico digital El Faro. Lo hizo porque necesitaba las opiniones de un periodista para un trabajo sobre violencia y derechos de la niñez, la adolescencia y la mujer. Comparto sus preguntas y mis respuestas. Quizá le digan algo a alguien.

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Estimada Ana. Disculpe la tardanza en responder, pero estaba fuera de la ciudad, con limitadísimo acceso a internet. Le respondo con gusto sus preguntas.

1. ¿Qué lo motiva a realizar su labor periodística en Sala Negra y la cobertura que realizan sobre la violencia en El Salvador?
La violencia es el problema de problemas de la sociedad salvadoreña; solo quienes hacen de su vida un continuo esfuerzo por abstraerse –y tienen recursos para ello– lo negarían. La violencia nos moldea y nos define. Dicho esto, la decisión de abordarla desde la trinchera del periodismo se me antoja inevitable cuando se tiene una concepción del oficio en la que importa abonar para que la ciudadanía tenga información honesta sobre los problemas del país. Creo que cubrir la violencia y sus consecuencias es la opción lógica en El Salvador; tienen más que explicar los colegas que optan por especializarse en cine, en fútbol o en noticias de chambres, dicho con todo el respeto para quienes optan por esas áreas.

2. ¿Cómo fue el proceso y la experiencia de la investigación sobre la historia de Magaly, que se narra en la crónica Yo violada?  
Desde que conocí a la protagonista hasta que salió publicada la crónica pasaron 13 meses. Desde un principio tuve claro que era una historia con mucho potencial y opté por tener un acercamiento paulatino, en el que la prioridad fuera que Magaly dejara de verme como un periodista tradicional, porque la historia no solo estaba en la inenarrable violación tumultuaria que sufrió (una experiencia que puede sonar sorprendente, pero es demasiado recurrente en los ambientes controlados por pandilleros), sino en su vida, en su pasado, en sus anhelos, en sus relaciones interpersonales.

3. La violencia en nuestro país se relaciona inmediatamente con pandillas y homicidios, y se atribuyen al mal trabajo de las autoridades, pero poco se analizan otros problemas y factores que generan violencia. ¿Cómo contribuyen los medios de comunicación al enfoque que se tiene de violencia?  
Yo sí creo que las pandillas, como fenómeno, son el principal generador de violencia en El Salvador. Cuando se va a las comunidades con honestidad y con tiempo, cuando no se llega en visitas relámpago guiadas por la Policía o el Ejército, en plan turista (como suele suceder con los “enviados especiales” desde el Primer Mundo para cubrir el fenómeno), resulta sencillo captar el nivel de incidencia que tienen las pandillas en el diario vivir de la mayor parte del territorio nacional, tanto en ambientes urbanos como rurales, y la diversidad de expresiones de violencia de las que son al mismo tiempo causa y efecto. Hay otros ingredientes que abonan (el narcotráfico, la violencia institucional…), pero yo sí estoy convencido de que las pandillas son el principal generador de violencia. Negar o minimizar esa realidad ha sido uno de los errores más graves cometidos por la red de oenegés e instituciones que cuestionaban las erradas políticas públicas gubernamentales que agravaron el problema en los últimos 15 años. En cuanto al papel de los medios, no tengo la más mínima duda de que –quiero pensar que por ignorancia– hemos contribuido a recrudecer un problema que, en sus inicios, era estrictamente de índole social.

4. ¿Cómo ve el panorama del maltrato hacia la niñez, la juventud y la mujer en el país?  
En un ambiente de violencia exacerbada como el que se vive en El Salvador, los colectivos más vulnerables terminan siendo los que más sufren las distintas expresiones de violencia. Los niños y las mujeres serían, por supuesto, los colectivos victimizados más visibles. Algo parecido podría decirse de la juventud, pero con un matiz importante en el caso de los varones: por la dinámica propia de las pandillas (estructuras muy machistas, al punto que a finales de la década pasada prohibieron el ingreso a las mujeres), los adolescentes –repito: LOS– son numéricamente las principales víctimas del fenómeno de las maras, pero al mismo tiempo son los principales victimarios. El Salvador, sin duda, está en deuda con su juventud, cuanto menos desde la firma de los Acuerdos de Paz.

5. ¿Qué le hace falta al periodismo y a los medios de comunicación para tratar el tema de la violencia y para generar conciencia?  
Creo que al periodismo le faltan honestidad y humildad a la hora acercarse a un fenómeno como el de las pandillas, del que todos hablamos y escribimos pero del que en realidad muy pocos periodistas conocen siquiera superficialmente. Un ejemplo: aún se sigue escribiendo o diciendo por televisión ‘Mara 18’, que sería como si en Colombia alguien llamara FERC a las FARC. Creo para aspirar a entender y dimensionar un fenómeno como el de las maras hay que hablar con comisionados y ministros y negociadores y estudiosos y políticos, sí, pero igual de importante –si no más– es hablar con pastores evangélicos de base y con las oenegés incrustadas en las comunidades y con maestros y, claro está, con los pandilleros y con las personas que más los sufren; hay que viajar en bus, comer en los mercados, oler las cárceles, meterse en las colonias más estigmatizadas… y hacerlo sin prejuicios. Quizá así logremos textos honestos, pero asentados sobre la reportería, sobre el conocimiento.

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Por cierto, la semana pasada logré acercarme a Huesca, al XIV Congreso de Periodismo Digital. Gran encuentro. Me estoy tomando con premeditación unos días para que los apuntes de mi libreta se reposen, porque de Huesca regresé con la sensación de que se habló mucho, bueno y variado, y que entre líneas se dijeron cuestiones trascendentes. Les adelanto una idea de lo que espero ver pronto convertido en una entrada de este blog: me late que hoy día España y América Latina estamos separados por algo más que un océano en cuanto a concepción del periodismo; mientras que en una orilla los proyectos periodísticos más audaces están surgiendo de la desesperación y el desempleo, en la otra, sus pares nacieron impulsados por el entusiasmo y la pasión.

Fotografía: internet
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(Este texto se publicó primero en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, también bajo el título "Interpelado sobre periodismo y violencia")
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