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sábado, 9 de agosto de 2014

Felicidad sin MasterCard


Pasajes en la Ruta 52 desde Galerías hasta el Parque Infantil: 2 x $0.20
Una rigua* recién hecha: $0.50
Sodas en bolsa: 2 x $0.25
Boletos para la Chicago* más alta del campo de la feria de la Don Rúa: 2 x $0.50
Boleto para rueda de caballos: $0.50
Bote de burbujas con silbato incluido: $1.00
Bolsa de agua: $0.15
Pasajes en la Ruta 101-D desde el Centro hasta la 79ª avenida Sur: 2 x $0.20

Resultado:

Hay ciertas cosas que el dinero no puede comprar. Para todo lo demás, tampoco se necesita la MasterCard.

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* Rigua. 1. f. El Salv. Tortilla de elote* tierno.
* Elote. (Del náhuatl élotl). 1. m. Mazorca tierna de maíz, que se consume, cocida o asada, como alimento en México y otros países de América Central.
* Chicago. Nombre con el que en El Salvador se reconoce a las norias.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Autorretrato de Alejandra


En los últimos meses, cuatro o cinco veces me ha tocado ya recluirme solo en Villahán, un pueblito diminuto e ignoto de las anchuras castellanas. Aquí nacieron mi madre, mi abuela, mi bisabuelo... Aquí me encuentro ahora. Si un día entresemana de diciembre o enero, invierno boreal, fuera casa por casa y contara cuánta gente hay, creo que no llegaría hasta sesenta. El pueblito agoniza, como tantos y tantos en los campos infinitos de Castilla, pero la tranquilidad de la agonía no tiene precio cuando lo que se busca es eso: un remanso en el que poder escribir sin tanta interferencia, sin internet. 

Mi hija Alejandra cumplirá cuatro en enero, y su hermana Amerika nació hace tres semanas, pero llevo tres días alejado de ellas y de su madre, recluido solo en Villahán. Hoy es 26 de noviembre, un martes de vientos malditos y de temperaturas en torno a cero, gelidez apenas amortiguada por un estufa de butano marca Agni, quizá más vieja que yo. La mesa de madera, recia, está llena de papeles-carpetas-apuntes-guiones-dibujossalvatruchos. Hay también una vieja laptop Toshiba que compré en El Salvador hace casi un lustro y que no funciona si no está conectada a una toma y a un teclado. Está el teleobjetivo de mi cámara de fotos. Un vaso vacío. La funda de los lentes. Y en una esquina de la mesa, algo que cada vez que lo veo me saca una sonrisa. Es el autorretrato que Alejandra me regaló el sábado, cuando nos despedíamos. Lo miro y siento que me mira, que esa mirada me sigue cuando me levanto. Tan ella, sonriente y vital. Ayuda tanto. 

Foto Roberto Valencia

viernes, 13 de septiembre de 2013

Asesinato de una madre


Rosa María Coreas era una joven de extracción humilde, madre de una niña de nueve años y de un niño de seis, residente en una modesta lotificación en las afueras de San Miguel, junto a la línea férrea. Bajomundo en estado puro, ciudadanía de segunda, una de esas vidas que la conciencia colectiva salvadoreña parece considerar prescindibles. La asesinaron de dos balazos en la cabeza el viernes en la tarde, la antesala de un fin de semana de pago, cuando en las redacciones de los periódicos la principal preocupación es elegir dónde y con quién tomar las polarizadas. Rosa María lo tenía todo para ser una cifra más, un número en el reporte mensual de homicidios de la PNC, si acaso tres o cuatro líneas en una nota que consolidara los seis, siete u ocho asesinatos del día.

Sin embargo.

El sábado se supo que Rosa María era la esposa de Gustavo Adolfo Parada Morales (a) El Directo, el pandillero que en 1999 paralizó la agenda informativa nacional, aquel joven de 16 años al que periodistas y autoridades llamaron enemigo público número uno. Por eso, cuando se conoció su identidad, La Prensa Gráfica se apresuró a publicar Asesinan a esposa de pandillero “El Directo”; y El Diario de Hoy, Asesinan en San Miguel a esposa de “el Directo”.

Parece que a la sociedad apenas le importa que asesinen a Rosa María, pero sí que maten a la esposa de El Directo.

Tuve la suerte de conocer a Rosa María. Hable mucho con ella, mucho. Y sí, era la esposa de El Directo, pero también era la madre de Mayra y de Andy, la hermana mayor de Omar, la prima de Jonathan, la nieta de Rosa... Rondaba los 30 años, migueleña, de piel morena y cabellera larga y lisa y negra, de sonrisa eterna y trato afable y, lo más importante, con una inequívoca determinación por criar a sus hijos lejos del submundo de las pandillas del que ella, sin haberlo pretendido nunca, formaba parte. “Yo quiero estar lo más lejos posible de ese mundo, de esa gente”, me dijo una de las últimas veces que platiqué con ella, en mayo. Antes que esposa, Rosa María era madre, una madre que trataba de hacerlo bien. Andy y Mayra lo saben, sobre todo Mayra. Ellos eran sus confidentes. 

Dentro de 10 años, quién sabe, Mayra y Andy quizá busquen en Google sobre su madre, y encontrarán las noticias que consignan su asesinato, esas en las que la definen como un apéndice de El Directo. Y quizá lean los vergonzosos comentarios que docenas-cientos de salvadoreños ejemplares hicieron en la redes sociales. Salvadoreños ejemplares que, desde la residencial con pluma en la que viven, alejados del bajomundo, hablan sobre las maras como si fuera un fenómeno ajeno a la sociedad de la que forman parte. Salvadoreños ejemplares como Sergio Andrés Villalonga, que leyó el titular de la noticia del asesinato y comentó en Facebook: “Q bueno”; o como Eliza Rodríguez, que escribió: “Esa si es NOTICIA una RATA menos que era complice de ese MARERO, Sigan eliminando a todos los parientes de los marosos para que se acaben de una buena véz...”; o como Ricardo Peñate, quien no tuvo reparo en escribir esto: “La hubieran quemado viva ala puta esa”; o como Josué Iraheta: “Un parasito menos!!! Bienvenida al infierno le ha de haber dicho don sata jajajajaja”; o como Roberto Salazar, quien se despachó así: “Marero y pariente que le tolera, ambos son estorbos en este mundo!”. Salvadoreños ejemplares que se creen por encima del bien y del mal, pero que con su odio y su ignorancia contribuyen a que esta sea una de las sociedades más violentas del mundo. Y lo más triste es que ni siquiera son conscientes de ello. 

Descanse en paz Rosa María, una madre.

Mayra y Andy, pobres, ahora la tendrán más difícil todavía. 

(San Miguel, El Salvador. Septiembre de 2013)

 
Fotografía: Roberto Valencia
 
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(Esta es una versión de un artículo publicar en la sección Bitácora de la Sala Negra de El Faro, también bajo el titular “La esposa de El Directo”)

domingo, 16 de septiembre de 2012

El influjo de Alejandra


Los cambios profundos son los más sencillos de explicar, por ser los que están ya bien instalados en la conciencia colectiva. Pero son las pequeñas modificaciones en el diario vivir las que mejor ilustran la aventura inigualable de la paternidad.

Me explico: uno aprende que el cuchillo o las tijeras no se pueden dejar ya en el borde de la mesa; a uno se le eternizan los viajes laborales al extranjero; uno pasa tiempo en los pasillos del supermercado que antes eran como si no existieran; uno se reencuentra con los clásicos de Disney y es capaz de ver cuatro episodios de Dora la Exploradora consecutivos; uno vuelve a agarrar el gustito a los días de piscina para satisfacerla; uno que tuvo la desgracia de nacer con dos pies izquierdos vuelve a echarle ganas al baile para seguirla; uno se pregunta una y mil veces por qué uno no se acuerda de nada de lo que vivió a los 2 años cuando ella recuerda a la perfección lo que hizo seis u ocho meses atrás; uno resucita al dibujante y al docente que lleva adentro; uno, en definitiva, se redescubre a sí mismo y comprueba que todo lo que años atrás parecía el único combustible de la vida –las fiestas, los amigotes, el Flor de Caña, las escapadas mochileras a Guatemala en Semana Santa o en las agostinas…– pasa a ser algo secundario, prescindible incluso. Y algo tan sencillo como mirar una nube junto a su hija tiene el potencial de convertirse en un momento inolvidable.



Gracias, Alejandra, porque hoy se cumplen dos años, ocho meses y cinco días desde que te chineé por primer vez. Una fecha que ameritaba ser recordada.

Fotografía: Roberto Valencia

viernes, 1 de junio de 2012

Regalo de cumpleaños


Hoy cumplo 36 años. 
Medio camino ya, espero. 
Pero esto de envejecer tiene sus ventajas. 
Una evidente es que uno aprende a apreciar cuestiones que años ha habrían resultado insignificantes, ripio. 
Ahora bastan una candela, unos fósforos y un poco de imaginación para vivir uno de esos momentos que se recuerdan para el resto de la vida.
Este es el regalo de cumpleaños que hoy me ha hecho mi hija Alejandra, a sus 2 años y 4 meses. 
Va a serle muy difícil superarlo...

miércoles, 30 de noviembre de 2011

El mejor momento del día


Alejandra Valencia cumplirá dos años el 11 de enero de 2012. Dos años.

Curioso esto del paso del tiempo. Por un lado, la sensación –la convicción– de que solo un chasquido de dedos separa este miércoles del día en el que salí –radiante, vivo– del Hospital Amatepec después de que me dejaran ver por no más de un minuto a la recién nacida, y me fui directo a la casa de mi amigo Carlos Martínez, para celebrarlo. Por otro lado, la paradoja de ver sus fotografías de hace apenas seis-nueve meses y pensar que fueron tomadas hace una vida, o los simples recuerdos de una Alejandra que solo se mueve a gatas, sepultados ya en la memoria, pero que apenas tienen menos de un año de antigüedad. Curioso.

Alejandra es ya una personita que discute ríe travesea salta coquetea maquina chantajea-a-su-papá-con-la-mirada-la-sonrisa tose llora grita corre-carreras imita dibuja y se puede ensimismar mirando un amplio abanico de cosas que van desde el camión de la basura hasta la luna. Es persona pues.

Quizá por ello, de un tiempo a esta parte, todas-todas las tardes, ocurre lo mismo: a eso de las cinco o cinco y media, cuando el sol quiere esconderse, me golpea un desasosiego para que llegue cuanto antes el rencuentro con Alejandra, casi siempre en la casa, cuando llego, saco las llaves y ella, aunque esté en la otra punta, solo con oír el ruidoso artilugio sonoro que se bambolea cuando la puerta lo golpea, dice: ¡Paaaapi! Y me sonrío solo, y Alejandra corre por el pasillo para darme un tímido abrazo y luego separarse pudorosa.

—¿Cómo lo pasaste en el kínder hoy?
—Ien –responde.

Sin duda, el mejor momento del día.

Quizá por ello también, cuando por algún motivo de peso como pueden serlo las reuniones semanales de evaluación en El Faro, sucede que uno llega tarde a casa, ocho y media, nueve incluso, y Alejandra ya está dormida, ese día termina siendo un día incompleto, como incompletos lo eran todos, sin saberlo, hasta antes de ser padre.


Fotografía: Roberto Valencia

viernes, 12 de agosto de 2011

Don Tacho

Don Tacho se muere. A todos nos pasará alguna vez, y en este El Salvador tan descompuesto, parece hasta un lujo morir como se está muriendo don Tacho: de viejo, consumido y derrotado por el paso de los años.

Don Tacho es Anastasio Palma y nació en 1925, apenas cuatro años después de que el país celebrara el primer centenario de su independencia. Es el hermano menor de Eugenio Palma, un personaje entrañable de quien ya les hablaré otro día, y del que ahora nomás les contaré que es el bisabuelo al que mi hija Alejandra, a sus 18 meses, reconoce con una amplia sonrisa y hasta lo extraña a su manera, cuando pregunta por el “Eelo”.

Algo de la sangre de don Tacho corre pues por las venas de mi hija pero, por esas circunstancias que no se buscan pero que suceden, nunca he tenido la oportunidad de conocerlo mucho. Esta es una de las paradojas cuando uno se dedica a escribir crónica: uno se esfuerza en conocer a sus personajes tanto como sea posible, mientras que muchos familiares le son a uno auténticos desconocidos. De don Tacho apenas sé su edad, que nació en un humilde cantón del municipio de San Agustín (Usulután) llamado Nombre de Dios, que siempre vivió del y en el campo, que la guerra lo expulsó de su hogar, y que desde hace años vive en Berlín, siempre en Usulután, en casa de su nieta, dos bisnietas y un bisnieto.

Hoy me ha tocado mañanear para llevar a Eugenio hasta Berlín, un municipio que, si el tráfico está tranquilo, queda a una hora y tres cuartos de la capital salvadoreño. Es semana de vacaciones, y Eugenio quiere pasar unos días con su hermano, consciente como todos en la familia de que a don Tacho no le queda mucho. De agosto no pasa, dicen.

Al llegar, estaba tumbado sobre la cama y medio cubierto con una manta, delgado, amarillento, encanecido de tal manera que costaba creer que ese cabello desordenado tuvo alguna vez otro color. Al ver a su hermano mayor, don Tacho lo ha reconocido y ha ensayado sin mucho éxito una sonrisa. Se han dado la mano en silencio por unos segundos eternos. Y toda la habitación se ha llenado de una indescriptible sensación de amargura que me ha obligado a salir con eso que llaman un nudo en la garganta.

La muerte, incluso cuando llega de esta manera, siempre me genera inquietud.


Fuente: despuesdelamuerte.com

lunes, 20 de junio de 2011

Una buena mañana

Es un orgullo extraño, difícil de explicar, quizá imposible; dudo al menos que lo logre en este post escrito con las urgencias propias de esta situación. Muy avanzada ya la mañana de este lunes, mi hija Alejandra está ahora sentada sobre su pequeña silla amarilla de plástico, extrañamente hipnotizada por las imágenes que salen de la computadora portátil. Alejandra aún no ha cumplido año y medio, pero hay una serie llamada JimJam y Sunny que la cautiva, y no es de hoy, es desde hace meses, desde que en enero conoció en Euskadi a esos muñecotes cabezones y amarillentos que con canciones enseñan los colores, las formas, las partes del cuerpo. “Pacum”, dice Alejandra cuando JimJam enseña sus zapatos. Un pacum es un zapato, obvio, aunque pacum en otro contexto también puede significar pato. Ella sabe. Sentada continúa Alejandra. Lleva dos episodios de más de 20 minutos cada uno, con mi mirada. Apenas se ha levantado para beber agua o para hacerme notar alguna ocurrencia de los cabezones. “Tin”, me ha repetido cuando Sunny agarró un calcetín. Tin, obvio, significa calcetín. Alejandra se levanta ahora para bailar, para balancearse sobre sus poderosas piernitas. Y es así, parada y en movimiento, cuando más se le ven las docenas de puntos rojos que se han apoderado de su cuello, una extraña reacción que ya está en tratamiento, con ungüentos y todo eso, y que es la que me está permitiendo disfrutar de mi hija esta mañana. Ahora me mira y me mata. Me mata. Se ha bajado de la sillita, tan liviana que ella la agarra y la mueve como si fuera una servilleta, y la quiere morder, y me mira primero con esos grandes ojos oscuros, como esperando que la reprenda. Es tan guapa… Se levanta, parece que el efecto de JimJam y Sunny comienza a disiparse. Probaré algo: me sentaré en el suelo, a un par de metros y le pediré que me dé un abracito. Luego les cuento.

[…]

Lo dicho: un orgullo extraño, difícil de explicar. Imposible.

Fotografía: Roberto Valencia

viernes, 24 de diciembre de 2010

Memorables

De la Nochebuena del año pasado sé que hubo un árbol encendido y enclenque reflejado en el gran espejo de la sala, hubo el calor propio del Trópico, hubo pólvora ruidosa iluminando el cielo, hubo humo blanco sobre la ciudad, mi esposa Iris embarazada de ocho meses y medio, y mi hija Alejandra a 18 días de su nacimiento, hubo también la cena austera por principios, hubo besos, hubo pláticas transatlánticas vía Skype, hubo mil detalles, mil palabras… Sé que hubo todo eso aunque es un día que se borró de mi memoria. Todo lo que sé que hubo son nomás reconstrucciones mentales basadas en la lógica y en la matemática. Bien dicen que la memoria es selectiva, y que parece que solo selecciona lo realmente importante.

—Iris, ¿y dónde pasamos la Nochebuena pasada? –le he preguntado hace unos minutos.
—Yo creo que en la casa, los dos solos, estoy más que segura –me ha respondido después de darle no pocas vueltas.

Parece que la cena del 24 de diciembre de 2009 no fue ni más ni menos memorable que las del 12 de marzo o la del 9 de septiembre. A ver hoy.


Fotografía: www.depsicologia.com

viernes, 17 de diciembre de 2010

La licenciada Girón Palma


La bachiller dejará de serlo en minutos, pasará de graduanda a graduada, de Bach. a Licda., una etiqueta que de por sí tiene una connotación especial en este país, pero que en este caso viene acentuada por la historia personal de la protagonista de este relato, porque más que licenciarse en Trabajo social, Iris Esmeralda Girón Palma recibirá hoy una licenciatura en Querer es poder.

Es viernes, 24 de septiembre de 2010, y falta poco para las 3 de la tarde. El auditorium Fepade acoge a unas pocas docenas de egresados de distintas facultades de la Universidad Doctor Andrés Bello. Casi todos han recibido ya su investidura académica, pero la bachiller Girón Palma es de la últimas y aún espera su turno al pie de las escaleras. Viste negro riguroso, como manda la tradición, con zapatos de medio tacón y vestido de dos piezas: manga corta arriba y falda hasta la rodilla. Aplaude cuando nombran por megafonía a la joven que la precede, consciente de que en poco más que un chasquido ella será la efímera protagonista del evento.

Conozco a la bachiller Girón Palma desde antes incluso de que fuera bachiller. Se cruzó en mi vida cuando tenía 18 años y repartía cervezas y sonrisas en un bar de San Salvador llamado Les 3 Diables, el mejor antro que he conocido jamás. La suya no ha sido una vida sencilla: su padre murió al poco de nacer, el pisto siempre escaseó y desde niña tuvo que compaginar trabajo y estudios. Allá por 2002 vivía en una comunidad de la colonia Zacamil de Mejicanos, un entorno que se tragó a muchos de sus compañeros en el Instituto Nacional Alberto Masferrer: maternidad precoz, maras, fracaso escolar… Pero ella siempre quiso algo más, por eso el simbolismo que siempre le dio a obtener su título, no porque lo necesite –desde hace años trabaja como trabajadora social, valga la redundancia, y lo hace muy bien–, sino por lo que representa lograr una meta trazada. Quizá alguien logre entender esto que me resulta tan difícil de expresar con palabras.

—¡Iris Esmeralda Girón Palma! –gritan por megafonía.

La bachiller sube los cinco escalones con sonrisa radiante y melena al viento, da un apretón fugaz, y desciende por el otro extremo con su gran cartón en las manos. La detienen para una fotografía y regresa a su asiento en la segunda fila, para la juramentación. Aún resuenan las palabras grandilocuentes que el rector, Tulio Magaña, ha dicho hace unos minutos: “Ustedes no van a buscar caminos, sino que van a hacer caminos” y “El país está necesitado de ustedes”, más propias para una graduación en Stanford que en la Andrés Bello. Consciente –quizá como pocos en esta sala– del país del que forma parte, a la bachiller Girón Palma no le va tanta palabrería gratuita; tampoco le entusiasmará el discurso ofensivamente religioso de la alumna con mejores calificaciones. Pero nada de eso enturbiará su satisfacción.

Ahora todos se ponen de pie.

—¿Juran blablabla…
—Sí, juramos –responden a coro.

Y hoy sí. Esa persona que sonríe igual que cuando la conocí es toda una licenciada, la licenciada Girón Palma.


Fotografía: Roberto Valencia

jueves, 25 de noviembre de 2010

Romero: “¿Se puede o no se puede?”

El 11 de febrero de 1980 fue un lunes complicado. Catedral metropolitana estaba tomada por enésima vez, y Monseñor Romero afrontaba sendas negociaciones para liberar al embajador de Sudáfrica, secuestrado semanas atrás por las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), y al embajador de España, rehén de las Ligas Populares 28 de Febrero desde la semana anterior. Así las cosas, Monseñor Romero se dirigió a primera hora a predicar en la iglesia del cantón Lourdes, municipio de Colón, que entonces era como ir al interior del país, y en la tarde recibió primero al embajador de Nicaragua, luego a un asesor venezolano del Partido Demócrata Cristiano, más luego a un ingeniero que buscaba mediación porque las Ligas también se habían tomado su fábrica, y por último, a un seminarista de La Unión cuya familia había sido víctima de la represión estatal.

Entrada ya la noche, Monseñor Romero subió a su Toyota Corona y manejó hasta la colonia Las Delicias, en Santa Tecla, a la vivienda de Alfonso y Carmen Chacón, un hogar y una familia que en los últimos años se había convertido en una especie de refugio espiritual. La visita la consignó en su diario: “Fui a visitar a la familia Chacón y convivir también estos sentimientos humanos de familia, que son tan necesarios en estas horas de tantas tensiones”.

—¿Se puede o no se puede? –preguntó Monseñor Romero desde el umbral de la puerta.

Ya se había vuelto costumbre, y raro es que se consumiera un mes entero sin repetirse la escena. Llegaba sin avisar y su carta de presentación era siempre la misma pregunta retórica: ¿se puede o no se puede? Siempre se podía. Un amigo es bien recibido sin que haya razón poderosa de por medio. En el hogar de los Chacón aquellas visitas hoy se recuerdan como cenas en familia, como pláticas sobre temas intrascendentes, como sentadas colectivas frente al televisor o como tardes de anécdotas y chistes.

—Él venía aquí –me cuenta Eleonor Chacón– con el afán de descansar, de olvidarse de sus cosas. Aquí él no hablaba de D’Aubuisson ni de los obispos ni nada de eso. Su idea era… ¿Cómo decirlo? Sentirse en familia.
—¿Y ustedes le preguntaban por sus problemas?
—No, tampoco.

Pues bien, aquel 11 de febrero se presentó solo, sin sotana, con una camisa azul de manga larga y un alzacuello que se soltó al poco haber entrado. Cenaron, hablaron, rieron. Casi al final, René Quijano, uno de los yernos de Alfonso y Carmen, sacó una cámara y pidió a sus cuñadas que se pusieran junto al invitado, quien no era un entusiasta de posar en fotografías. Tantos años de venir a esta casa, y nunca nos hemos tomado una, le argumentó René. Accedió, pero antes pidió unos segundos para colocarse bien el alzacuello.

René tomó dos fotografías: en una Monseñor Romero aparece junto a Elvira Chacón, una imagen que durante años estuvo celosamente guardada pero que hoy ocupa un lugar destacado en la casa; en la otra, aparecía junto a Eleonor Chacón, pero su esposo la quemó por temor cuando se corrió la voz de que los escuadrones de la muerte matarían a los que tuvieran imágenes del arzobispo.

Monseñor Romero aparece sentado y sonriente, las manos cruzadas sobre la mesa. Enfrente tiene un vaso metálico con cebada.

—¿Lo que consumía lo pagaba en el momento o le tenían cuenta abierta? –pregunto, más por método periodístico que por convicción.
—¿Pagar? –me mira extrañada Elvira Chacón–. No, él no pagaba nunca nada, él era un amigo de la casa.

Fotografía: Roberto Valencia
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(Este relato es un fragmento de un libro sobre Monseñor Romero que está previsto que sea publicado para marzo de 2011) 

miércoles, 6 de octubre de 2010

El poder de una sílaba

Dentro de nada sucederá algo que lo compense todo, pero hasta ahora, aquí parado sin saber qué hacer en este supermercado, este ha sido un día denso y complicado. A ver, dormí poco y mal, mañaneé para llevar al trabajo a mi esposa y al kínder a Alejandra, regresé a casa, levanté parte de una entrevista infinita, hice el guión de un relato que tengo entre manos, fui un ratito al gimnasio, afeitado, ducha, almorcé deprisa porque tenía que salir, antes escribí los correos más urgentes que obliga el freelanseo, fui al Hospital de la Divina Providencia, hablé largo con una encantadora hermana carmelita, de ahí a Catedral metropolitana para ver el mausoleo del santo, casi me peleo con un tipo que me chocó por detrás el carro en la Juan Pablo, aproveché la luz del atardecer para tomar una fotos en el Centro Histórico, manejé de nuevo hacia Mejicanos por mi esposa y de ahí a Ayutuxtepeque, para luego los tres ir al súper –la tercera es Alejandra, nueve meses, que aún no habla pero que cuando le da por cantar no hay quien la calle–, llenar el carrito para la quincena, hacer cola en la caja y sufrir esos segundos eternos mientras la cajera pasa la compra y a uno no le dejan embolsarla porque ya hay un muchacho para eso.

En esas miro al fondo, y a unos diez metros veo a mi esposa, que no quiso hacer la cola, sentada en la repisa del escaparate, con una inquieta Alejandra en sus brazos. Doy un par de pasos y la miro, me mira, me identifica, esboza una sonrisa cholca y se anima:

—Pa, pa, pa, pa, pa, pa…

Un escalofrío muy profundo me recorre el cuerpo y se me viene el impulso reprimido del llanto, como si un dedo me apretara los ojos desde adentro. Luego me dirá mi esposa que ya se lo había escuchado, pero yo nunca, yo solo le había oído el ma, ma, ma, ma, ma, ma cuando quiere sus brazos, que son los que más extraña porque son los que más la cuidan. Uno se siente tan bien, tan raro, que no halla las palabras justas. Y el día denso y complicado se convierte en algo digno de ser recordado, para siempre.



Fotografía: Roberto Valencia

sábado, 11 de septiembre de 2010

Carta de amor de un marero

Por cuestiones del azar –y del reporteo–, cayó en mis manos hace ya algunas semanas esta carta manuscrita, que reproduzco con la mayor literalidad que me permite el caso. La escribió un marero treintañero y con el rostro tatuado a quien tuve la suerte de conocer. Era un asesino despiadado y no trataba de disimularlo. Para él, quitar la vida a una persona era un acto reflejo, como aplastar con la mano un zancudo sobre el brazo. Pero el ser humano es más complejo que lo que muchos quieren ver, como creo que dejan entrever estas palabras dedicadas a su mujer.



Para mi amada esposa


Cielo sabes hoy fue un dia largo q talves el dia mas largo q he sentido pues no he escuche tu voz para nada y lo senti triste y largo pues me puse de mal Humor pues la mayor parte del Dia y de la noche solo puedo pensar en ti y en esos momentos q paso contigo los besos y las carisias q compartimos tus formas de aser el amor viven en mi pecho y en mi mente son cosas q no puedo apartar de mi pues pido a Dios q me ayude pues eres la esposa mas Bonita del mundo solo lo unico q puedas aser el vien para q todo marche de maravillas si asemos lo correcto sera mejor para nuestras vidas q el señor te vendiga a ti y a nuestro matrimonio la persona q ma te ama y te amara tu esposo Allan.

El pandillero que la escribió ya está muerto.



domingo, 22 de agosto de 2010

Parto en el área rural

Sentada sobre su propia sangre supo que algo andaba mal. Seis semanas faltaban para salir de cuentas pero el niño se retorcía por salir. Sintió una punzada lenta y larga, apretó los ojos y con su mano comprobó que los pies estaban fuera. Venía al revés.

—Me dio nerviosidad.

Estaba pariendo tirada en el corredor de una casona, en un cantón perdido de un ignoto pueblo llamado Monte San Juan. Las únicas ayudas disponibles eran la voluntad de Mauricio, su marido, y el recuerdo de un consejo que años atrás le había dado su padre: si te llega a ocurrir esto, cuando nazca le cortás el cordón tres dedos debajo de la tripita, buscás un cañamito, lo desinfectás con alcohol, te lavás bien las manos y le metés la Gillette.

El fruto de su vientre cayó al piso sin dificultad cuando él le apretó la barriga con fuerza.

—Así era el bichito –y con las manos Mauricio simula algo del tamaño de un plátano–, chiquito y clarito-clarito, y amarillo, y las manos bien largas.

Mauricio tomó la iniciativa. Salió a buscar a un cuñado y le pidió que fuera en bicicleta hasta Cojutepeque a comprar lo necesario. Cuando regresó, tenía el cañamito elegido y cumplió como un buen soldado las instrucciones: alcohol, manos limpias, tres dedos, Gillette. Después agarró el feto y lo miró asustado.

—Ahí deseé que se muriera… No se le veía forma de gente, clarito y amarillo, como que era muñequito de hule…

Era el octavo embarazo, pero el primero que nacía sietemesino, desproporcionado y amarillento. Convencidos de que nada se podía hacer, ni siquiera buscaron un doctor. La decisión fue esperar, dejarlo en las manos de Dios, como le gusta decir a Mauricio. Aquella noche del 19 de abril del año 2000, se acostaron resignados, una resignación que quizá solo quienes conocen el verdadero significado de la pobreza puedan comprender. Y juzgar.



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(Esta es la escena inicial de una crónica titulada Tres millones de mauricios, publicada el 7 de junio de 2010 en el periódico digital El Faro).

sábado, 26 de junio de 2010

Un buen día

Hoy debí haber pasado la mañana en los juzgados y la tarde escribiendo. Es lo que apalabré ayer con mi jefe, que está lejos, en Miami, y me dijo sí, intentá retratar al joven de 16 años que esta mañana llegó al Juzgado Tercero de Menores de San Salvador. Un angelito. Tiene 16 años, ¿ya lo dije? 16 añitos. Un niño. Yo tenía 16 en 1992. Recuerdo la Expo de Sevilla, las Olimpiadas de Barcelona con un cojito que lanzó una flecha al pebetero, una acampada con los amigos de Zaramaga en la que matamos sapos con un hacha junto a un río. Cosas de cipotes. Me recuerdo infantil, inmaduro, un crío. Y a este innombrable por ley, a este ambiguo Wilber G., a este joven de 16 años que hoy estuvo ante una jueza, lo acusan de participar en la quema de un microbús en Mejicanos, 16 muertes ya, más los heridos que están desfigurados y retorciéndose de dolor en el hospital, casi todos calcinados, consumidos por el fuego, derretidos como charamusca al sol, aunque unos pocos no, unos pocos lograron salir por la ventanas rotas para que los dispararan cuando caían. Y el angelito es del Barrio 18. De las maras. El jovencito que yo debía haber visto esta mañana es marero. Y en España se escandalizan cuando cada seis meses Los Ñetas y los Latin Kings se pelean con navajitas. Aquí a este lo acusan de homicidios agravados, daños agravados, agrupaciones ilícitas y homicidios agravados tentados en perjuicio de varias personas, de un microbús de la ruta 47 y de la paz pública. Y la jueza creyó que hay indicios, eso sí, sin fotos, porque es menor y tiene derechos, y lo mandó internar tres meses en un centro de readaptación de menores, en Ahuachapán, donde solo hay dieciocheros, como él, para que esté con los suyos, y quizá les cuente orgulloso la hazaña, a qué huele la carne quemada, la hombría de quemar vivas a 16 personas. En eso debí haber pasado la mañana yo, y la tarde, escribiéndolo.

Mas sin embargo.

Me quedé con mi hija, en casa, escribí a Miami y dije que no, que otro día, que hoy, con mi hija. Y Alejandra y yo reímos, cantamos, le di pacha, le cambié pámper, platicamos, sobre todo yo, tarareamos la cancioncita del anuncio que dice ♫Tú tienes un mensajiiito♫, vimos el partido de fútbol de Chile, reímos más. Porque uno de padre primerizo y solo en casa hace más tonteras. Porque los cinco meses de Alejandra dan para mucho.

Y resultó ser un buen día, como cantaban Los Planetas. Un día mejor.

Fotografía: Roberto Valencia

miércoles, 10 de febrero de 2010

Boda civil en un país ‘súrdico’

¡Shhh…! El alcalde de San Salvador está casando.

—Esos países, europeos sobre todo, de sociedades más avanzadas podríamos decir, no tienen muchos miramientos de tipo moral sobre este tipo de cosas. Imagínense que un bichito (niño) de cinco años que, a la salida de la escuela, se va a su casa a ver a su papá y su mamá, y está viendo un hombre y una mujer, ¡y lo ve normal! Pero si ese niño ha sido adoptado y llega a una casa en donde la mujer se operó y se convirtió en hombre y se casó con otra mujer, entonces ese niño ¿qué es lo que puede pensar? Pues ese niño indudablemente crecerá con problemas…

Hoy es día de bodas colectivas en la Alcaldía de San Salvador. Sucede una vez al mes y casi siempre aquí, en la modesta Sala de Sesiones del concejo municipal, donde ahora se amontonan 22 parejas de extracción humilde, 44 testigos y algunos invitados, pocos. También hay un trío de voces vestidas con tonos claros y que cantan canciones románticas por cortesía de la municipalidad. Y hay calor, mucho calor.

Norman Quijano es desde mayo del año pasado el alcalde de la capital del país. Tiene 63 años, pero la vida le ha tratado bien y luce más joven. Es un político campechano y accesible, de esos que intentan caer bien a todo el mundo y que no tienen reparos en chinear a un bebé ajeno si hay cámaras delante, como ocurrió hace unos minutos con el hijo de William y Marilyn, la primera pareja a su izquierda.

—Siempre se cree que labor social es hacer una cancha o construir un muro, pero esto también lo es: la integración de la familia, la unidad de la familia –me dirá Norman al final de la ceremonia, sentados en su despacho.

A Norman le gusta que le llamen Norman o doctor. Por ese don de gentes que parece tener y por cómo están las cosas en su partido político, no sería raro que terminara siendo candidato presidencial en 2014. Milita en Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), una agrupación de derecha en uno de los países más conservadores del continente. En El Salvador el aborto no se permite bajo ninguna circunstancia, y las uniones civiles entre personas del mismo sexo están prohibidas por ley. Pero eso parece no bastar, y las iglesias y los grupos de presión más conservadores –ARENA entre ellos– quieren que la prohibición se consigne también en la Constitución. La izquierda política salvadoreña, consciente de que opinar en esos temas es pisar campos minados, prefiere callar.

—En otros países –dice Norman–, sobre todo países nórdicos, se casan hombres operados como mujeres… se operan pues. Las mujeres se hacen hombres, y los hombres se convierten en mujeres. Lo permiten las leyes en Noruega, en Suecia… Aquí se ha hecho una lucha para que la Constitución prohíba reconocer esas uniones incluso cuando se casan en esos países, pero aún no se ha podido. Es cuestión de moral cristiana.

Esta boda, además de ser colectiva, es civil, obvio. Y es, obvio también, entre hombres y mujeres, como consigna en su artículo 11 el Código de Familia salvadoreño. Es ese artículo el que dio pie a Norman para hablar sobre las uniones civiles entre personas del mismo sexo, que él tanto aborrece.

—…La moral cristiana esas cosas realmente no las acepta, porque Dios no permitió eso ni dijo que eso es lo que se tenía que hacer. Así es que vamos a proceder a preguntarles uno por uno. Bien… Don William Edgardo Rodríguez Portillo, ¿queréis por esposa a Johanna Marilyn Rodríguez Maravilla?

Entre los novios presentes hay una embarazada, hay parejas de evangélicos, otras con hijos, las hay de jóvenes, de no tan jóvenes y de maduritos, hay hombres que parece que acaban de llegar del trabajo y hasta hay algunas mujeres maquilladas. Norman lee los nombres de todos y les pregunta si quieren a su pareja por esposo o esposa. Cuando ya tiene los 44 síes, procede.

—Bien… En nombre de la República quedan unidos solemnemente en matrimonio, y están obligados a guardarse fidelidad y a asistirse mutuamente en todas las circunstancias de la vida. Muchas felicidades, muchísimas bendiciones, y hoy ya se pueden abrazar y besar.

Se oye un aplauso y al aplauso le sucede un murmullo. Y Norman comienza a posar para una fotografía tipo Polaroid con las 22 parejas y sus testigos. Un detalle de la alcaldía para los contrayentes que se entrega en un sobrecito que reza así: “El matrimonio es el viaje de descubrimientos más importante que el hombre y la mujer pueden hacer”.

Y el próximo mes, más.


jueves, 4 de febrero de 2010

Neck ha muerto

Martes, 26 de enero de 2010, 9:34 p.m. Un correo electrónico cae en mi cuenta desde la cuenta de Mish, un pandillero calmado que el año pasado me puso en contacto con Neck, el dieciochero que protagonizó un relato que escribí sobre pandilleros y familia.

“(…) te contamos una mala noticia en estos dias neck tubo un posible accidente y ayer fallecio me da mucha pena escribirte para darte malas noticias pero creo que lo debes saber ojala te veamos pronto por aca mishell”.

Mishell es la pareja de Mish. La conocí también durante la investigación para escribir esta historia que transcurre en Guatemala. Leo sus palabras sobre el destino de Neck y me entristezco. Unas llamadas me servirán para saber más del “posible accidente”. Neck se cayó la semana anterior al interior de la Granja Modelo de Rehabilitación Pavón desde una altura de unos diez metros. Tuvo fracturas en el cráneo y en el rostro, y la pierna se machacó de tal manera que los médicos recomendaron su amputación por el muslo. Estuvo varios días moribundo en un hospital público, no resistió la segunda operación con anestesia general, y el lunes murió. Neck le alcanzó a susurrar a Brigitte, su esposa, que nadie lo empujó, pero en Pavón se oyen otras versiones.

A Neck lo entierran en la tarde del jueves 28 de enero en un nicho del Cementerio General de la Zona 3 de Ciudad de Guatemala. Sobran los dedos de las manos para contar los presentes, no hay hombres suficientes para cargar el ataúd, y a las mujeres les toca arrimar el hombro. También a Jonathan, su hijastro de 13 años al que Neck pedía que se mantuviera alejado de las pandillas. El nicho está alto y un desequilibrio en el improvisado y desbalanceado cortejo fúnebre hace que la caja se voltee, que se abra la tapa y que a través de un cristal aparezca por última vez el rostro tatuado y magullado de Neck. Brigitte llora y grita casi hasta el colapso. Jonathan llora más y grita más.

—Mi papiiiito, mi papiiiito…

Jonathan no tiene tatuajes. Aún.

Al poco llega una máquina para poder subir el ataúd. Brigitte llora. Jonathan llora más. Lloran en el entierro de Luis Efraín Sagastume López. Nadie desde su San Pedro Sula natal ha venido, quizá ni se hayan enterado. Tampoco ha venido nadie de la que Neck un día creyó que era su familia: el Barrio 18.

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Esta es la primera versión del epílogo añadido a una crónica titulada "Jonathan no tiene tatuajes" con motivo de su publicación en febrero de 2010 en el periódico digital Frontera D. El texto original se ha publicado en medios de Chile, El Salvador, Honduras, Uruguay, España y Bolivia, y ha sido antalogado en un libro de crónicas sobre violencia juvenil.

Fotografía: Miquel Dewever-Plana

jueves, 31 de diciembre de 2009

La casa de María Isabel

Desde que regresó del exilio en 1994, María Isabel Rodríguez reside en la ciudad que la vio nacer: San Salvador. Vive cerca de su universidad y más cerca aún, a apenas unos pasos, del cuartel San Carlos. Frente a su casa hay dos mensajes muy necesarios en El Salvador. Uno, pintado en letras grandes junto a una cancha de baloncesto, dice “Yo avanzo hacia lo limpio”; y el otro, escrito en una señal publicitaria, también apela al civismo: “Apague su celular al conducir”. Seguro que son más necesarios en cualquier otro lugar que ahí.

Para entrar en la vivienda -blanca con partes anaranjadas, sin portón, de dos niveles y con mucha vegetación- solo hay que mover hacia adentro una verja de hierro que llega por debajo de la cintura, hay que subir ocho escalones y hay que llamar a un timbre. Detrás de la puerta, ella abre el candado, gira el pomo hacia la derecha y tiende la mano: “Pase, pase”.

María Isabel mide 157 centímetros, pero parece más baja. Es delgada, extremadamente delgada, y se peina de tal manera que deja al descubierto una parte de su frente. En su rostro destacan sus marcados pómulos, y los grandes lentes que, aunque cueste imaginarlo, no necesitó durante la primera mitad de su vida. Los ojos que están detrás son marrones.

Su casa está a la par de la de Blanca de Suárez -casada con el doctor Suárez, cuatro hijos, ocho nietos-, su hermana del alma. Los dos hogares están comunicados. Se puede ir de uno al otro sin tener que salir a la calle. En realidad, Blanca es su prima, y ambas, como buenas hermanas, comparten la descendencia. Esa es la “chiquitinada” que llama Tía Lita a María Isabel.

En las paredes de su casa no está colgada la fotografía que congeló el último cigarro de Fidel Castro ni ninguna de las que tiene con las personalidades que ha conocido a lo largo de su vida. Tampoco hay enmarcado ninguno de sus títulos ni reconocimientos. Huyó también de ese tipo de adornos -fotos y diplomas para que otros los lean- para decorar el despacho que tenía en la universidad. Prefiere la pintura; prefiere un tipo concreto de pintura. De 11 cuadros en la sala, los 11 hacen referencia a la pobreza, al campesinado, a la ruralidad. Son imágenes de Venezuela, El Salvador, México, Haití, Nicaragua... “Estos están elegidos desde lo más profundo de mí”, se sincera. Y entre esos 11 cuadros está su favorito, el que hace más de medio siglo un buen amigo le regaló en México.


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Esta escena pertenece a un largo texto titulado "Estudió, educó, batalló, naufragó, rio", sobre la vida de la actual ministra de Salud, María Isabel Rodríguez. Fue publicado en octubre de 2007 en la revista Enfoques, del diario salvadoreño La Prensa Gráfica.

martes, 24 de noviembre de 2009

Almuerzo con un pandillero en Pavón

Está endiabladamente bien hecha y es como un imán. Se la mandó tatuar como mecanismo de defensa, para que no lo reconocieran cuando se fugó del penal de El Infiernito. Por más que uno lo intente, cuesta dejar de mirar esa mano huesuda con forma de 18 tatuada en la cara. La tiene en su lado derecho. Nace de la yugular y se extiende sobre su pómulo con textura, profundidad y detalle. El dedo índice llega hasta encima de la ceja; y el dedo gordo, hasta los labios. Alguien podría considerarla una obra de arte, pero para él es una condena a ser inconfundible, a ser dieciochero a perpetuidad. Neck es un hombre pegado a una mano huesuda.

Fotografía: Roberto Valencia
—¿Y tiene algún significado especial?
—Mala suerte, ¿mentendés? –responde, una manera de decirme que deje de preguntar, que no conviene hablar de los tatuajes.

Hace más de una hora que los custodios nos encerraron en el Módulo de Aislados de Pavón, el sector en el que están algunos de los prisioneros más peligrosos y/o inadaptados de todo el penal. Casi todos son del Barrio 18 o de su entorno. Mish se ha echado a dormir, y ahora estoy con Neck y su esposa Brigitte sentado alrededor de la mesa de plástico verde. Ella pregunta la hora –faltan minutos para mediodía–, y pide permiso para levantarse y comenzar a preparar la comida. Al poco regresa, y deja un repollo sobre la mesa, justo delante de Neck.

—No me lo vayas a deshojar todo –eleva la voz Brigitte, y sigue con lo suyo sobre una repisa que le sirve de mesa de cocina.

Neck me ofrece otro vaso de naranjada, y continúa con su vida. La conversación está resultando amena y fluida, como si agradeciera el simple hecho de que alguien se haya molestado en preguntar. Decide liarse un puro. Conseguirlos aquí adentro es tan sencillo como disponer de 2 quetzales ($0.25). Lo ofrece. Neck conserva ese rasgo de ruralidad que lo empuja a uno a compartir lo que tiene, por poco que sea.

—…entonces tiré el arma, ¿mentendés? –divaga Neck.
—Mirá, Gordo –interrumpe Brigitte, casi un grito–, necesito aquel traste verdecito, porfa. Ah, y me traés una cebolla también, porfa.
—Va.
—Una así –extiende sus dedos–, más o menos, porque va a servir para la ensalada y para el chirimol.

Lo llama Gordo nomás por molestar. Neck mide en torno al metro setenta y cinco, pero es delgado como cebollín. Si dejamos a un lado los tatuajes, es bien parecido, un cazador. Tiene una cara simétrica, imberbe, la sonrisa como gesto dominante y de cada una de sus orejas cuelga un arete. El pelo le gusta llevarlo corto, lo justo para tapar las marcas en su cabeza. Su cuello está también surcado por cicatrices y en el brazo derecho tiene un balazo calibre 22. Pese a sus 30 años de vida y 10 en prisión, conserva un aire adolescente en su mirada, en su vestir y en su caminar.

—…pues ese día –retoma la plática y el repollo cuando regresa con el traste– perdimos una nueve milímetros, una Baby Glock, ¿va? Porque uno cuando…
—¡Todo me lo deshojaste ya, vos! –grita Brigitte, el enojo en la mirada– ¡Medio repollo vamos a hacer!

Neck calla y me mira cómplice, como pidiéndome disculpas. No replica. Se levanta y sale a buscar la cebolla.
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Esta escena es un fragmento de una larga crónica titulada "Jonathan no tiene tatuajes" publicada en CIPER (Chile), en El Faro (El Salvador) y en El Patriota (Honduras).
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