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lunes, 25 de noviembre de 2013

Ellacurías


El jueves 16 de noviembre de 1989 el sacerdote jesuita José Ellacuría Beascoechea almorzó en el colegio que la Compañía de Jesús tiene en Indautxu, un barrio de Bilbao, en su País Vasco natal. Llevaba más de medio año instalado ahí, pero no porque él así lo hubiera buscado. Ocho meses antes, en marzo, el Gobierno de Taiwán lo había expulsado porque recelaba de su intensa labor pastoral en pro de la organización sindical de la clase obrera taiwanesa. José Ellacuría tenía 61 años, y más de la mitad, los más intensos y determinantes, los había vivido en aquella lejana isla que forjó su carácter. 

Después del almuerzo, pasadas las 2 de la tarde, José se retiró a su cuarto para preparar el pequeño maletín con el que viajaría a presidir unos ejercicios espirituales en el Pirineo, la cadena montañosa que separa la península ibérica del resto de Europa. A subirse iba en el carro cuando le dijeron que tenía una llamada urgente. Su primera reacción fue decir que no se la pasaran, pero le insistieron que era urgente. Tomó el teléfono, y al otro lado estaba su hermano Jesús Ellacuría, sacerdote también, quien sin mucho preámbulo le soltó que acababa de escuchar en la radio que en El Salvador habían asesinado al hermano de ambos, Ignacio Ellacuría, y a otros cinco jesuitas. 

José canceló su viaje. La primera preocupación de él y de Jesús fue ver cómo daban la noticia a su padre, Ildefonso Ellacuría, quien tenía 93 años y estaba encamado pero lúcido en Portugalete, a unos 15 kilómetros de Bilbao. Jesús vivía con él. “No le digas nada, que llego y se lo decimos juntos”. Jesús acató, pero como Ildefonso tenía un transistor junto a la cama, en un momento que se quedó solo lo encendió y por casualidad escuchó la noticia de la masacre ocurrida en el campus de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). José aún no había llegado a la casa familiar cuando Ildefonso llamó alarmado a Jesús y le contó lo que acababa de escuchar, creyendo que era él quien le estaba dando la noticia. 

Ildefonso falleció a los ocho días, el viernes 24 de noviembre de 1989; un día después la iglesia de Santa María, de Portugalete, acogió una multitudinaria misa-funeral. 
 
Fotografía cortesía José Ellacuría

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(Esta es una escena incluida en una larga entrevista a José Ellacuría, hermano de Ignacio Ellacuría, publicada el 15 de noviembre de 2013 en El Faro bajo el titular “Es necesario que hechos como la muerte de mi hermano no queden en la impunidad”)

miércoles, 8 de febrero de 2012

Maras 1995

“Maras alerta por La Sombra Negra”, grita el titular, como si lo hubieran escrito a propósito para resultar más atractivo en el futuro. El periódico que lo guarda es un ejemplar de La Prensa Gráfica del 26 de mayo de 1995, y esa noticia es la que abrió aquel día la sección El País, en la que se consignaban las notas del interior que no tenían cabida en las páginas de Nacionales.

Hoy todavía es primera semana de enero, y esto es la hemeroteca de la Universidad Centroamericana (UCA), adonde he llegado bien temprano porque necesito corroborar algunos hechos –y dimensionarlos– antes de cerrar el reporteo de la crónica “La triste historia de un reclusorio para niños llamado Sendero de Libertad”. Creí que las consultas me llevarían lo más un par de horas, pero faltan minutos para el mediodía y aún estoy aquí, fotografiando y tomando notas como loco. En un tema tan complejo y enrevesado como el de las maras, bucear en el pasado suele deparar sorpresas.

A mediados de los noventa, las maras ocupaban ya un lugar prominente en la prensa nacional. A los periodistas les gustaba llamar a sus integrantes antisociales. “Maras intentan violar a joven”, leí hace un rato en un viejo ejemplar sabatino de El Diario de Hoy, un intento de violación consignado a cinco columnas y en página 19.

A mediados de 1995, las pandillas como fenómeno muy poco tenían que ver con lo que tenemos en la actualidad. Pero no faltaron los salvapatrias de turno, y surgieron grupos de exterminio que pretendieron a su manera poner coto a esta forma de violencia juvenil. La Sombra Negra fue el más activo y el que sigue vivo en el imaginario colectivo, pero hubo varios: la Nueva Sombra Blanca, el Comando Ejecutivo Antidelincuencial Transitorio…

La referida “Maras alerta por La Sombra Negra” está ambientada en la ciudad de San Vicente, y trata sobre cómo fue recibida entre los “antisociales” una amenaza de muerte que el grupo de exterminio hizo llegar días atrás a una radio local: asesinarían a los líderes de las pandillas si no dejaban de abrir carros y asaltar a las personas que visitaban el turicentro Amapulapa. Los amenazados eran la Mara 80, la Mara Santuario y la Mara El Río, entre otras. El Barrio 18 y la Mara Salvatrucha ni se mencionan.

No se trata de un caso aislado. En esta mañana he leído al menos dos docenas de noticias relacionadas con las maras, todas publicadas entre mayo y junio de 1995, y apenas se mencionan los nombres de las pandillas que hoy suenan a únicas. La Máquina o la Gallo, maras que ahora algunos se esfuerzan por recordar con nostalgia, eran las que se robaban los titulares de los delitos más graves.

Pero la nota que más me ha sacado de onda es un amplio reportaje titulado “Las maras también son víctimas”, de El Diario de Hoy, sobre un programa organizado por el Instituto Salvadoreño de Protección al Menor, para la reinserción de pandilleros de San Marcos. En ese municipio, señala la nota, había 19 maras diferentes, pero “solo se ha trabajado con miembros de MS (Mara Salvatrucha) por ser menos violentos y más accesibles”.

Menos violentos y más accesibles, dice.

¿Qué nos ocurrió? ¿Cómo una sociedad esperanzada tras los Acuerdos de Paz derivó en lo que somos? ¿Cómo el Barrio 18 y la Mara Salvatrucha terminaron absorbiendo el crisol de pandillas que había? ¿En qué momento un problema de violencia juvenil se convirtió en el monstruo que nos está devorando? ¿Qué hicimos mal o qué no hicimos? ¿Cómo una sigla como la MS –dizque los menos violentos, los más accesibles– terminó convertida en una refinada máquina de asesinar? ¿Cuánto contribuyeron la Sombra Negra y sus imitadores a la radicalización del fenómeno?

Concluyo lo venía a hacer en la hemeroteca y me encamino hacia el bus con más preguntas que respuestas. Falta tanto por contar… En enero asesinarán a más de 400 salvadoreños. Repito: más de 400 salvadoreños asesinados. Dicen que la mayoría de esas muertes tiene relación con las maras.

(Antiguo Cuscatlán, El Salvador. Enero de 2012)

Fotografía: Roberto Valencia

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(Esta crónica fue publicada el 6 de febrero de 2012 en la sección Bitácora del proyecto de cobertura periodística de la violencia Sala Negra, de elfaro.net)

martes, 8 de febrero de 2011

Miguel Cavada (Q.E.P.D.)

Miguel Cavada Diez nació el 11 de septiembre de 1956 en Pontejos, un minúsculo pueblo de vocación agro-pesquera situado en la provincia de Cantabria, en la costa norte española. Hijo de Felipe y de Montserrat, fue el sexto de nueve hermanos –siete varones, dos mujeres–, una familia humilde y numerosísima que solventó sus problemas de espacio solo cuando a Felipe su patrón le ofreció una casa dentro del aserradero donde trabajaba en El Astillero, el pueblo de enfrente, separado de Pontejos nomás por una estrecha franja de mar. Nunca faltó un plato de comida sobre la mesa, pero fueron años marcados por las estrecheces, nada de lujos ni de caprichos.

—Con decirte que el viaje de novios de mis padres fue a Bilbao –dice Cavada. Trasladado a la realidad salvadoreña, sería como que alguien viajara desde el puerto de La Libertad a San Salvador.

La infancia transcurrió sin grandes sobresaltos, entre el mar, el aserrín y los hermanos como cómplices principales de travesuras y juegos. Sus padres, aunque no eran devotos en exceso, sí les inculcaron la fe cristiana y las costumbres religiosas: rezar antes de comer, misa los domingos, catequesis… En catequesis precisamente fue cuando entró en contacto con la comunidad pasionista y, a los 18 años, en un momento de crisis personal, lo invitaron a un noviciado en Zaragoza, España, y un año después lo enviaron a estudiar Teología a Valencia.

En Valencia estaba cuando ocurrió la tragedia.

La madrugada del 12 de enero de 1977, el Ángel, un buque mercante de 100 metros de eslora, se hundió en medio de un fuerte temporal en el mar Mediterráneo, frente a la isla italiana de Cerdeña. El barco naufragó como consecuencia de un corrimiento de la carga que transportaba, que provocó, primero, la inclinación de la nave, y luego, su vuelco. Murieron 11 tripulantes, entre ellos el segundo maquinista, un joven de 25 años que realizaba uno de sus primeros viajes. Se llamaba Fidel Cavada Diez.

—Yo estaba viendo el Telediario y ahí dijeron que el buque Ángel se había hundido. Llamé a mi casa y me confirmaron la noticia.

La muerte de Fidel fue un antes y un después para toda la familia, pero quien más la sufrió fue Montserrat. Por la presencia de tantos recuerdos en la casa, pidió que se fueran a vivir a otro lugar, y se instalaron en un apartamento más alejado de la línea de mar. A Cavada también lo marcó la pérdida de su hermano. Cuando al final de esta entrevista le pida que me señale los momentos más trascendentes de su vida, mencionará cinco, y el primero será el naufragio del Ángel.

Los otros cuatro sucedieron en El Salvador. Tras dos años en Valencia, Cavada llegó al país a mediados de 1978, cuando Monseñor Romero era ya arzobispo. Ser contemporáneo suyo y haberlo conocido es otro de los momentos importantes que señala, el segundo de su listado.

—Yo siempre he dicho que tuve la dicha de conocer a Romero. ¿Y por qué? Porque me parece una persona muy humana, y no me refiero solo como obispo o como religioso. Es una persona buena en el sentido más estricto de la palabra.

Monseñor Romero es la razón principal para haber pasado más de 30 años en El Salvador. Tras el asesinato, regresó a España unos meses a terminar sus estudios de Teología. Los finalizó y retornó a El Salvador en contra de la voluntad del provincial de los pasionistas, lo que desembocó en la ruptura con esa congregación. Monseñor Rivera Damas lo ordenó sacerdote en 1983, y casi toda la guerra la pasó asignado a la parroquia El Calvario, en Santa Tecla, donde le encargaron acompañar a las comunidades rurales repartidas en cantones y caseríos de la cordillera del Bálsamo. Iba de un lado a otro en el mismo Volkswagen Safari blanco en el que asesinaron al padre Rutilio Grande.

—Fue una época bonita, muy bonita –dice–, en verdad que fue una suerte haber trabajado tan cerca de los campesinos y campesinas.

Esa década tan tumultuosa para El Salvador a Cavada le brindó dos de los momentos de su particular listado, los dos en tono positivo: por un lado, en 1983 participó en la fundación del Equipo Maíz, una fructífera experiencia de educación popular vinculada a las comunidades de base, que aún subsiste; y por otro, el nacimiento en 1987 de su primera hija –luego tendría otro varón–, lo que lo llevó a dejar el sacerdocio y a casarse.

—Yo me dije: me salgo de cura, sí, pero no me salgo ni de la Iglesia ni de El Salvador ni de la lucha que tiene este pueblo.

Colgados los hábitos, se volcó aún más con el Equipo Maíz e intensificó su labor como docente y editor de textos en la UCA, sobre todo a partir de que el sacerdote jesuita Juan Ramón Moreno, uno de los mártires, le invitó a dar clases en el Profesorado de Teología. De esos últimos años Cavada menciona el quinto de los quiebres en su vida: la muerte en 2004 de Montserrat Diez Diez.

—Para molestarla de niños le decíamos Montserrat Veinte –dice Cavada, un brillo de nostalgia en su mirada–. Ella y mi padre siempre me apoyaron, aunque les costara, en mi decisión de venirme a El Salvador, cuando era sacerdote y cuando ya no lo era.


Fotografía: Roberto Valencia

sábado, 20 de febrero de 2010

Plática con Jon Sobrino

Brazos cruzados y gesto serio. Así ha transcurrido la primera parte de esta larga entrevista. Hoy es 8 de diciembre de 2008, día en el que el sacerdote jesuita vasco-salvadoreño Jon Sobrino al fin ha accedido a sentarse a platicar con un periodista de La Prensa Gráfica, uno de los periódicos más influyentes de El Salvador, pero también uno de los más afines al gran empresariado y a la derecha rancia, y uno de los que durante la guerra civil más contribuyeron a enconar el conflicto.

“Sin duda que hubo conflicto armado –me ha dicho Sobrino al inicio de esta conversación–, y guerra… pero antes de todo eso hubo represión pura y dura, ¿eh? Pura y dura. Yo no digo que la izquierda no ha pegado tiros, pero lo de la derecha era matar por matar. Yo, cuando hablo de aquello, siempre diferencio las cosas. Y entonces, El Diario de Hoy, La Prensa y los otros medios mentían, pero de una manera escalofriante, escalofriante. De Monseñor Romero decían que había vendido su alma al diablo. Del padre Ellacuría decían que era de ETA. Pero así, escalofriante, por eso la reacción todavía de mi generación, cuando se mencionan aquellas cosas, y no es por usted, ya te dije, y espero que te haya quedado claro que no es nada personal ni nada de eso, pero es que esto ha sido, como han dicho analistas del continente, la oligarquía salvadoreña ha sido quizás la más cruel del continente, que se dice pronto.”

La cita es en su despacho, en el Centro Monseñor Romero de la Universidad Centroamericana (UCA). Está a apenas unos pasos de donde el Ejército salvadoreño asesinó a Ignacio Ellacuría, a otros cinco jesuitas, a la empleada doméstica y a su hija. La habitación es pequeña, sencilla y está llena de libros. Sobrino suma casi ocho largas y agitadas décadas de vida, una vida sobre la que se ha escrito mucho, pero sobre la que también falta aún mucho por escribir, como su paso por la Cuba de Batista y de Fidel.

—A El Salvador usted viene en el 57, con 19 años, pero rápido se fue del país.
—Lo que ocurrió –responde– es que yo en 1958 salí a estudiar porque en este país no había la posibilidad de hacer los estudios típicos de los jesuitas, que son humanidades, filosofía, teología…
—¿A dónde fue a estudiar?
—En el 58 fui a Cuba. Y si quieres poner algo, pero no hace falta que lo saques en el título, yo estaba allí cuando Fidel Castro bajó de las montañas el 1 de enero de 1959…
—Que ahora se cumplen los 50 años.
—Sí, exactamente. En Cuba estuve dos años, aprendiendo latín, griego y literatura.
—O sea, vivió los primeros años de la Revolución.
—No, no los viví, pero estaba allí. En primer lugar porque la Revolución no se hizo nada más llegar; y en segundo lugar, nosotros éramos jóvenes, y en mi caso, y en el de casi todos, sin capacidad conceptual para entender qué es lo que estaba pasando. Yo lo que recuerdo es que la mayoría decía que qué bueno que Batista se había ido, porque ese era un dictador de los grandes de aquí, como Trujillo en Dominicana o Somoza en Nicaragua…


(Fotografía de Francisco Campos)

viernes, 25 de diciembre de 2009

Don Balón y la Ruta de los Mártires

Noviembre, mediados. La Sala de los Mártires de la Universidad Centroamericana (UCA) parece otra; en realidad, es otra. Acaba de ser remodelada y luce radiante, diminuta como siempre, pero radiante. El aire acondicionado impide el silencio aunque uno esté solo, como me ocurre ahora, y refresca al punto de sentir frío. Las baldosas del suelo, negras; el techo y las paredes, blancas; y cristales, amplios cristales entre el visitante y lo expuesto.

Aquí hay mucho que mirar, pero lo que me ha traído esta vez, por un reportaje que debo escribir para un diario vasco llamado Deia, son las pertenencias personales del padre Ignacio Ellacuría. Están al fondo, justo debajo de un plano de la universidad. Ahí se encuentran, entre otras cosas, su pasaporte sellado, sus grandes anteojos, una taza, un par de plumas y el calendario que usaba como agenda, en el que señaló su último viaje en avión: Miami-San Salvador, el 13 de noviembre de 1989, con salida a la 1 de la tarde.

A la par, en la misma vitrina, se amontonan las posesiones de su amigo Amando López, también jesuita y también asesinado por el Ejército. Dos objetos llaman mi atención; son dos almanaques futboleros editados por la revista española Don Balón en 1987 y 1988. Uno verde y el otro azul, resumen los traspasos y las alineaciones de los equipos de la Liga española. En las portadas, las estrellas de entonces: los barcelonistas Aitor “Txiki” Begiristain y Andoni Zubizarreta, el madridista Bernd Schuster o el mítico guardameta realista Luis Miguel Arkonada. En las páginas de adentro, un salvadoreño inolvidable que jugaba en Cádiz.

Esos almanaques son apenas un detalle dentro de una sala matirial que transpira paz y que merecería ser más visitada.

Desde que se creó, el Ministerio de Turismo salvadoreño nunca ha promocionado lo que podría convertirse en un poderoso reclamo turístico, si es que no lo es ya sin promoción alguna. En los Airbus de Taca a uno lo intentan convencer de que el país tiene volcanes fogosos como los de Guatemala, bosques nebulosos como los de Honduras y playas extensas como las de Belice. Pero no se dice ni mu de algo que solo El Salvador ofrece: Monseñor Romero y los mártires jesuitas. Tiene cierta lógica –macabra– que el Gobierno los silenciara mientras estuvo en manos del partido ARENA, cuyo fundador –Roberto d'Aubuisson– es el asesino intelectual del arzobispo, pero que el actual Gobierno que se dice de izquierda no haya hecho nada en siete meses suena raro. Quizá algún día, además de Ruta de la Paz, Ruta Arqueológica o Ruta de las Flores, haya también una Ruta de los Mártires. Quizá.


Fotografía: Roberto Valencia

martes, 17 de noviembre de 2009

Si Ellacuría levantara la cabeza...

Al igual que harán más tarde, Juan Antonio Ellacuría también conversó con José María Tojeira hoy hace 20 años exactos. Aquella vez fue por teléfono, para pedir una confirmación de lo que acababa de escuchar por la radio en su casa de Madrid: que su hermano Ignacio, cinco jesuitas más, la empleada y su hija habían sido asesinadas en El Salvador. Esta vez será distinto.

Son las 10 de la mañana, y en unos minutos un jefe de Estado salvadoreño reconocerá por primera vez en público los aportes de los seis jesuitas masacrados aquel 16 de noviembre de 1989, y lo hará con la máxima distinción que otorga el Estado: la Orden Nacional José Matías Delgado Gran Cruz Placa de Oro. La ceremonia es en el Salón de Honor de Casa Presidencial, que se ha quedado pequeño. Es este un local con pretensiones versallescas, de paredes pintadas de blanco y oro, con cortinas doradas, cuadros de próceres y dos grandes lámparas que cuelgan del techo. El traje formal era un requisito explícito en las tarjetas de invitación.

Vestido de impecable traje negro y con corbata de lunares, Juan Antonio –76 años, ojos pequeños, el cabello blanco como la nieve– está sentado en la tercera fila, el gesto serio. Llegó hace unos días a El Salvador, acompañado por su esposa y casi una veintena de familiares. Este es un día realmente especial.

Todavía está esperando a que los que ordenaron la masacre lo admitan –o los condene la Justicia– y pidan perdón, pero cree que la condecoración es un paso importante. “Queremos que muestren un mínimo acto de perdón o de arrepentimiento”, me dijo ayer, cuando lo vi en la misa que la Compañía de Jesús celebró frente a la cripta de Monseñor Romero.

Después de que Juan Antonio haya recibido la banda de seda azul y la cruz de oro, el presidente Mauricio Funes dará su discurso. Se presentará como un discípulo de los jesuitas masacrados, y explicitará un incuestionable cambio respecto a los gobiernos de ARENA: “Esta condecoración significa levantar la alfombra polvorosa de la hipocresía y empezar a limpiar la casa de nuestra historia reciente.” Pero no habrá una petición oficial de perdón como jefe de Estado, y dejará entrever que tampoco moverá un dedo por que en el país se derogue la Ley de Amnistía vigente desde 1993.

Eso será después. Ahora es cuando se acerca el momento de Juan Antonio.

—Por el reverendo padre Ignacio Ellacuría Beascoechea –anuncia la voz de la ceremonia– recibe el señor don Juan Antonio Ellacuría, hermano.

Se levanta, mira a su esposa, y los dos caminan –él primero, ella detrás– hacia donde los espera un sonriente Funes. El aplauso en el Salón es fuerte, sentido y se prolonga por 54 segundos, como si todos los aquí presentes quisieran con las palmas saldar una deuda personal. Juan Antonio cree que algún día la justicia llegará, más o menos tarde, pero llegará. Y esta satisfacción que está viviendo ahora es algo que se le parece bastante.

—Si no hubieran asesinado a su hermano –le preguntaré al final–, ¿cree que él pediría la derogación de la Ley de Amnistía?
—Sí, sí, sí, sí. Y que se aclarara todo. Mi hermano Ignacio habría querido que todo se aclarara porque mientras no se aclare todo, siempre habrá rincones oscuros y dudas.

Pero parece que aún falta. Hoy por hoy, ni siquiera está en agenda del jefe de Estado.



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(Esta es una versión revisada de una crónica publicada el 16 de noviembre en el diario español El Mundo)
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