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jueves, 7 de marzo de 2013

Cuando monseñor Romero se convirtió en Monseñor Romero


Como le ocurrió a la gran mayoría de los religiosos y religiosas de la arquidiócesis, el sacerdote Ricardo Urioste -quien terminaría convertido en el vicario general del nuevo arzobispo- no se alegró cuando la Santa Sede designó a Monseñor Romero para estar al frente de la arquidiócesis de San Salvador. Y el descontento generalizado no era porque en la capital se desconociera quién era este migueleño; al contrario. Entre 1970 y 1974 se había desempeñado como obispo auxiliar en San Salvador, en una atípica y mal avenida terna de mando integrada por monseñor Chávez y González como arzobispo, y por monseñor Rivera Damas también como auxiliar. Ambos simpatizaban con las ideas progresistas surgidas del Concilio Vaticano II y de la conferencia de obispos latinoamericanos de 1968 en Medellín, Colombia.

Recuerdo -me dice Urioste- algo que monseñor Rivera Damas me confió antes de morir: poco tiempo antes de que en Roma decidieran quién sería el arzobispo, a él le dijeron que necesitaban a alguien menos crítico con el Gobierno, y por eso escogieron a Romero. Yo siempre digo que cuando la Iglesia se deja llevar por motivaciones humanas, el Espíritu Santo hace otra cosa, ¿verdad?

Urioste lo admite: hay un antes y un después en su relación con Monseñor Romero. En los primeros días de febrero de 1977, cuando ya se rumoraba quién sería el sucesor de monseñor Chávez y González, no ocultaba su disconformidad. Pocas semanas después, a finales de marzo, fue el único que lo acompañó en el primer viaje a Roma. Algo ocurrió en ese intervalo de tiempo. Al teólogo jesuita Jon Sobrino le gusta usar la palabra conversión para definir la transformación, y señala como detonante el asesinato del padre Rutilio Grande. Urioste prefiere hablar de un proceso; para ilustrarlo, recurre al evangelio de San Marco.

—Monseñor fue alguien que siempre, desde joven, fue viendo qué es lo que Dios pedía de él, y poco a poco Dios lo fue llevando por los caminos que lo llevó. Yo siempre comparo esto con lo que ocurre con Jesús y el ciego de nacimiento al que cura en Betsaida. El Señor le toca los ojos -y Urioste gesticula como si fuera él quien está sanando-, y le pregunta que si ve, y el ciego le dice: veo a los hombres como árboles que caminan; o sea, que no estaba viendo bien. Entonces, el Señor le vuelve a tocar los ojos y le pregunta de nuevo que si ve. Y el ciego le dice: ahora veo perfectamente. Algo así ocurre en la vida de Monseñor. Él fue siempre muy cercano a los pobres y con una gran sensibilidad, pero los veía como personas a las que había que tratar paternalmente. Pero el Señor le va tocando los ojos para que vaya viendo por qué son pobres, por qué están en esa condición, cómo hay que escucharlos y verlos. 
¿Y cuándo le tocó los ojos al punto de cambiarle de forma tan radical? 
Yo creo que se los va tocando desde San Miguel, y sobre todo cuando es obispo de Santiago de María. Considero que esos años en Santiago de María le sirvieron muchísimo para ir viendo de otra manera a los pobres, a tal grado que cuando regresa a San Salvador nosotros ignorábamos la apertura que había tenido. 

Imagen: internet

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(Este relato es un fragmento del perfil sobre monseñor Ricardo Urioste incluido en mi libro Hablan de Monseñor Romero, publicado en marzo de 2011).

sábado, 9 de abril de 2011

Romero y romeristas

Era noche cerrada cuando la marea de candelas, pancartas y efigies llegó a las afueras de Catedral metropolitana. Como cada año, también en la procesión del trigésimo aniversario del asesinato hubo tiempo para la música y para los discursos. El alcalde de San Salvador, Norman Quijano, tenía esta vez su espacio reservado en la tarima principal, invitado por el Fundación Monseñor Romero. Cuando se hizo presente y subió las escaleras, no pocos lo abuchearon, lo silbaron, lo insultaron por ser militante del partido fundado por el mayor Roberto d’Aubuisson. La situación incomodó sobremanera al presidente de la fundación, Ricardo Urioste. Al ver que el aluvión de improperios no cesaba, se levantó, caminó hacia el micrófono y se armó de valor para decir algo parecido a esto: ¿saben qué les diría monseñor Romero? Que no han entendido el mensaje de Jesucristo, porque el evangelio nos enseña que debemos respetarnos unos a otros, también a los que no piensan igual.

Miguel Cavada escuchó la reprimenda desde su casa, por radio. Le pareció una actitud valiente la de Urioste, y a los pocos días, cuando se lo encontró, le felicitó.

—Tuvo usted valor de enfrentar a toda la gente –le dijo.
—Pues sí –respondió Urioste–, tanto que dicen que quieren a Monseñor Romero…

Cavada me cuenta esta anécdota en agosto de 2010, como colofón a una conversación sobre las discrepancias que monseñor Romero también tuvo con algunos sectores de izquierda.

—¿Y usted –le pregunto– cree que él habría actuado igual que Urioste?
—Sí, claro, ¿no te he dicho que la primera vez que yo lo vi puteó a los del Bloque?

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(Esta es la entrada del perfil sobre Miguel Cavada, titulado "Romero deja atrás a todos: la mezcla de lo antiguo con lo nuevo lo hace auténtico", publicado el 23 de marzo de 2011 en El Faro).

domingo, 20 de marzo de 2011

Y Monseñor Romero siguió adelante

Aquella mañana el arzobispo de San Salvador, Monseñor Romero, y sus dos acompañantes llegaron con tiempo a la plaza de San Pedro y se mezclaron entre la multitud. Era 25 de junio de 1978, su último domingo en Roma antes de que los tres emprendieran viaje de regreso a El Salvador. No se habría perdonado dejar de rezar el Ángelus junto al papa Pablo VI, que cuatro días antes lo había recibido en una cálida audiencia privada. Cuando aún faltaban unos minutos para mediodía, el Papa se asomó al balcón y sorprendió a todos con unas sentidas palabras sobre Mauro Carassale, un niño de 11 años secuestrado dos meses atrás.

—Querido Mauro –dijo Pablo VI en italiano–, tú eres el símbolo, pequeño cordero, de la bondad inocente, y tu gesto se eleva como ejemplo para todos, invitando al heroísmo del sacrificio de sí en favor del hermano que sufre.

El caso de Mauro, un niño de un pequeño pueblo llamado Olbia, en la isla italiana de Cerdeña, había conmocionado al país entero. Cuando a finales de abril los secuestradores llegaron a la casa, se quisieron llevar al hermano mayor, Enrico, pero Mauro les hizo saber que él estaba enfermo y se ofreció a cambio.

—Nosotros invocamos a la Virgen –agregó el Papa–, la compasiva por sublime excelencia, para que venga desde el cielo en tu socorro y en el nuestro.

Monseñor Romero escuchó las palabras de Pablo VI con atención, las rumió en silencio, y concluyó que el mensaje iba de alguna manera dirigido a él. Fiel a su parquedad, no comentó nada a sus acompañantes: Arturo Rivera Damas, el obispo de Santiago de María; y Ricardo Urioste, el vicario general de la arquidiócesis.

—Era muy perspicaz, se fijaba en todo –responde Urioste cuando le pregunto tres décadas después por esta anécdota.

Cuando estuvo a solas, Monseñor Romero se desahogó ante la grabadora en la que registraba su diario. Narró con detalle lo ocurrido aquella mañana, y finalizó con un paralelismo entre su admirado Pablo VI –quien fallecería seis semanas después– y su labor como arzobispo de San Salvador: “Me llenó de satisfacción esta denuncia del Papa, porquemi modo de predicar coincide con este gesto de comprensión con el sufrimiento humano. Le doy gracias a Dios de encontrar aquí una nueva motivación para seguir adelante en mi trabajo pastoral”.

Y Monseñor Romero siguió adelante.
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(Esta escena forma parte de "Hablan de Monseñor Romero", un libro editado en San Salvador que recopila testimonios de personas muy allegadas al obispo mártir, y que será presentado el próximo 21 de marzo de 2011 en la cripta de Catedral metropolitana.)

jueves, 19 de agosto de 2010

Monseñor Romero y los periodistas salvadoreños

Este elegantemente asilvestrado jardín es el de la casa del entrevistado, que está enfrente, al otro lado de una mesa blanca y maciza, se llama monseñor Urioste, y ahora se sirve con soltura el segundo café, uno detrás del otro. Ricardo Urioste, de 84 años de edad, fue el vicario general de Monseñor Romero y uno de sus colaboradores de confianza dentro la Iglesia católica salvadoreña en los tres años de arzobispado del salvadoreño más internacional.

—¿Tenía Monseñor Romero –le pregunto una duda que me ha rondado la cabeza desde hace años– mayores deferencias con los periodistas extranjeros que con los salvadoreños?
—Pues yo no diría que tenía preferencias por la prensa internacional…

En el diario que grabó Monseñor Romero, que tan solo abarca desde marzo de 1978 hasta cinco días antes de su asesinato, menciona de forma expresa y la mayoría de las veces con entusiasmo y palabras de elogio sus encuentros con periodistas suecos, mexicanos, italianos, estadounidenses, finlandeses, ingleses, españoles, franceses, alemanes, venezolanos, japoneses, colombianos, puertorriqueños, chilenos, brasileños, costarricenses, holandeses, hondureños, irlandeses, polacos, suizos y argentinos. Sin embargo, las escasas menciones a encuentros con periodistas salvadoreños tienen un tono gris. Un ejemplo es su regreso a El Salvador el 12 de mayo de 1979. Monseñor Romero retornaba tras su primer encuentro en el Vaticano con el papa Juan Pablo II, pero ni siquiera eso motivó a los colegas presentes a hacer su labor. “En el aeropuerto había varios periodistas tomando fotografías, pero ninguno me hizo ninguna pregunta”, se quejó Monseñor Romero, para acto seguido señalar que “periodistas extranjeros sí se han anunciado este día para entrevistarme mañana”.

Desde hace años me ha rondado la cabeza, y por eso aprovecho la entrevista con monseñor Urioste para conocer su opinión.

—Pues yo no diría que tenía preferencias por la prensa internacional –me responde–, pero juzgo que era donde él veía que podía expresar una palabra que iba a ser repetida en los medios. Si hablaba con los periodistas de acá, esos medios no iban a transcribirlas, ¿verdad? Estoy seguro de que con los medios internacionales se sentía como más abierto, como más seguro, más libre, pero es porque eran ellos quienes lo buscaban espontáneamente para conocer de Monseñor Romero y de su actitud.
—¿Él era de puertas abiertas con los periodistas?
—Totalmente.
—Con una agenda tan ocupada, ¿fue parte de una estrategia, en el buen sentido de la palabra, ser tan atento con la prensa?
—Él era un hombre sumamente trabajador, incansable, y tenía tiempo para todo, digamos. Era extraordinario en ese sentido. Así que supongo que por eso siempre se mostró con la prensa muy atento.
—¿Usted cree que la atención a los periodistas fue algo prioritario para Monseñor?
—Prioritario no, creo que no. Lo que creo es que daba su tiempo a cada cosa, y también a los periodistas. Pero no creo que fuera una búsqueda de los periodistas de parte de él.

Este gremio nuestro, que tantas veces ha solicitado meaculpas a otros actores sociales por sus acciones o sus silencios durante la guerra civil, quizá algún día debería plantearse pedir perdón por el pésimo servicio que dio –¿que da?– a El Salvador.


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