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viernes, 21 de octubre de 2011

"La fecha que ningún salvadoreño olvidará" (15 de septiembre de 1879)

Este lunes se conmemoran 58 años desde que la Capitanía General de Guatemala (que incluía la Provincia de San Salvador y la Alcaldía Mayor de Sonsonate) firmó el Acta de Independencia que supuso la ruptura con la Monarquía española, para pocas semanas después incorporarse al Imperio Mexicano. Este lunes es 15 de septiembre de 1879.

El nacionalismo aún no se ha apoderado de las conciencias ni de los discursos, y el aniversario no altera ni mucho menos el diario vivir del país, pero este año hay una novedad en las tímidas actividades que desde el Gobierno se han organizado: la gubernamental Banda de la Libertad, impulsada por el presidente Rafael Zaldívar y dirigida por un italiano de 32 años llamado Giovanni Enrico Aberle (que pasará a la historia como Juan Aberle), interpreta hoy, por primera vez en público, una canción que arranca así: “Saludemos la patria orgullosos…”.

Apenas los que la cantan se la pueden esta mañana. El italiano ha compuesto la música.

Aberle morirá en la madrugada del 28 de febrero de 1930 en la ciudad de Santa Ana, y será enterrado bajo una modesta lápida en la sección Los Ilustres del Cementerio General de San Salvador. Un día después de su fallecimiento, el diario La Prensa, germen de lo que algún día se llamará La Prensa Gráfica, publicará un generoso obituario en el que se afirmará que hoy, 15 de septiembre de 1879, es una fecha "que ningún salvadoreño olvidará, pues, fue entonces que como un chorro maravilloso de diamantes armónicos efluvió sus bellezas el Himno Nacional salvadoreño que la mente de un ilustre napolitano regalaba como ofrenda a nuestra patria”.

La fecha que ningún salvadoreño olvidará, dirá.

Pero yo estoy seguro de que para el siglo XXI pocos serán los salvadoreños que sepan siquiera quién es y qué hizo Juan Aberle, el extranjero que compuso el himno nacional.


Fotografía: elsalvador.com

domingo, 20 de marzo de 2011

Y Monseñor Romero siguió adelante

Aquella mañana el arzobispo de San Salvador, Monseñor Romero, y sus dos acompañantes llegaron con tiempo a la plaza de San Pedro y se mezclaron entre la multitud. Era 25 de junio de 1978, su último domingo en Roma antes de que los tres emprendieran viaje de regreso a El Salvador. No se habría perdonado dejar de rezar el Ángelus junto al papa Pablo VI, que cuatro días antes lo había recibido en una cálida audiencia privada. Cuando aún faltaban unos minutos para mediodía, el Papa se asomó al balcón y sorprendió a todos con unas sentidas palabras sobre Mauro Carassale, un niño de 11 años secuestrado dos meses atrás.

—Querido Mauro –dijo Pablo VI en italiano–, tú eres el símbolo, pequeño cordero, de la bondad inocente, y tu gesto se eleva como ejemplo para todos, invitando al heroísmo del sacrificio de sí en favor del hermano que sufre.

El caso de Mauro, un niño de un pequeño pueblo llamado Olbia, en la isla italiana de Cerdeña, había conmocionado al país entero. Cuando a finales de abril los secuestradores llegaron a la casa, se quisieron llevar al hermano mayor, Enrico, pero Mauro les hizo saber que él estaba enfermo y se ofreció a cambio.

—Nosotros invocamos a la Virgen –agregó el Papa–, la compasiva por sublime excelencia, para que venga desde el cielo en tu socorro y en el nuestro.

Monseñor Romero escuchó las palabras de Pablo VI con atención, las rumió en silencio, y concluyó que el mensaje iba de alguna manera dirigido a él. Fiel a su parquedad, no comentó nada a sus acompañantes: Arturo Rivera Damas, el obispo de Santiago de María; y Ricardo Urioste, el vicario general de la arquidiócesis.

—Era muy perspicaz, se fijaba en todo –responde Urioste cuando le pregunto tres décadas después por esta anécdota.

Cuando estuvo a solas, Monseñor Romero se desahogó ante la grabadora en la que registraba su diario. Narró con detalle lo ocurrido aquella mañana, y finalizó con un paralelismo entre su admirado Pablo VI –quien fallecería seis semanas después– y su labor como arzobispo de San Salvador: “Me llenó de satisfacción esta denuncia del Papa, porquemi modo de predicar coincide con este gesto de comprensión con el sufrimiento humano. Le doy gracias a Dios de encontrar aquí una nueva motivación para seguir adelante en mi trabajo pastoral”.

Y Monseñor Romero siguió adelante.
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(Esta escena forma parte de "Hablan de Monseñor Romero", un libro editado en San Salvador que recopila testimonios de personas muy allegadas al obispo mártir, y que será presentado el próximo 21 de marzo de 2011 en la cripta de Catedral metropolitana.)
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