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martes, 13 de diciembre de 2011

Pláticas con pandilleros (I)


  • Temas generales de la conversación: organización interna y evolución de las pandillas
  •  Fecha de la plática: 27 de junio de 2009
  •  Estatus del pandillero: un calmado de la Mara Salvatrucha (MS-13) que al momento de la entrevista trabaja para una oenegé
  •  Otros datos relevantes: fue brincado en la MS-13 en 1997; antes caminaba con la Mao Mao, una de las maras más influyentes en la primera mitad de la década de los noventa


La conversación está ya madura, atrás quedan casi tres cuartos de hora. En los últimos minutos el entrevistado ha repasado los orígenes de la MS-13 en El Salvador y ha recorrido su evolución –a grandes brochazos, obvio–, centrada sobre todo en los noventa, la década clave en el desparrame del fenómeno de las maras. Lo último de los que hemos estado hablando es de la terminología que usan los pandilleros para referirse a las personas de su entorno… 

—Una sola clica –pregunto–, ¿cuánta gente puede llegar a tener?
—Un chingo, hasta 40.
—Ahí estás contando a hainas (novias civiles, tienen prohibido llegar a las casas), a mascotas (niños de entre 8 y 11 años que apoyan de una u otra forma) y a aspirantes (los que llevan un tiempo caminando con pandilleros, ya les hacen paros, pero aún no han sido brincados)…
—No, esos 40 son solo los que pueden votar en el mitin.
—Hay mitin de clica y mítines generales, ¿no? ¿A esos llegan todos los miembros de todas las clicas?
—Casi todos. Fácil pueden juntarse 200 gentes.
—¿Todos votan?
—Sí, pero primero se discute, como cuando se prohibió hueler pega.
—Eso se prohibió y ¿sigue prohibido?
—Sigue.
—¿Qué pasa con las otras drogas?
—La piedra está prohibida, porque la mara mucho se prende. Lo que pasa es que la Mara se deforma, y ya pasó que un vergo de homies de la MS terminaron tirados en la calle, de piperos.
—¿Cuándo ocurrió eso?
—Al principio, como en el 91 o en el 92, pero también después, como en el 98. Y por eso está prohibido.
—Marihuana sí se permite…
—Hay mara que fuma, pero no se permite que se prendan así nomás. Con todas esas reglas se busca que la logística sea como en Estados Unidos. Allá de siempre han estado más organizados, con más orden. Acá el plan Mano dura (se lanzó en septiembre de 2003 por el ex presidente Francisco Flores) también inclinó a buscar esa forma.
—¿Antes no era tan necesario estar tan organizados?
—No.
—¿Qué cambió en concreto el plan Mano dura?
—Puta, después de eso fue que se puso renta a medio mundo. Antes era a puro robo.
—¿Ahora se roba menos?
—Ahora casi todo es renta y se cobra parejo.


Fotografía. internet

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Carta de despedida de un marero


De un tiempo a esta parte Centroamérica en general, y El Salvador en particular, aparecen irremediablemente amarrados al fenómeno de las maras. Cuando uno viaja fuera de la región, raro es toparse con alguien que sepa qué son las pupusas o quién es Monseñor Romero, y más raro es hallar alguno que conozca la bahía de Jiquilisco o el volcán de Izalco. Pero las maras, un fenómeno importado desde Estados Unidos hace poco más de 20 años, se han convertido en la tarjeta de presentación.

Paradójicamente, sobre las maras, algo me atrevo a calificar como el principal problema de seguridad pública, se sabe muy poco en El Salvador. Se conocen, obvio, las consecuencias: los asesinatos, los descuartizamientos, las extorsiones las violaciones múltiples… Son un fenómeno mediático, pero ni las autoridades ni los académicos ni los investigadores ni mucho menos los periodistas conocen cómo son realmente las pandillas. En parte, por su constante evolución, pero también porque los acercamientos a los pandilleros son, cuando los hay, cargados de prejuicios a favor o en contra.

Esta carta de despedida escrita por un pandillero de la Mara Salvatrucha llegó a manos de las autoridades salvadoreñas hace algunos años ya. Es relativamente vieja, de julio de 2006, pero creo que ilustra el tipo de relaciones que hay al interior de esta agrupación. La transcribo literalmente.
Carta para los hommis caidos en la guerra de pandillas Tengo que partir por circunstancias de mi destino que escogí, por la verdadera inspiración, lealtad y voluntad de haber querido siempre formar parte de los ideales y la gran cultura de este Barrio Grande, el cual me enseño mucho y me dio lo que siempre quise desde niño.
El querer tener una forma controversial de vida y respeto el cual no me puedo dar Yo solo sino que hoy, lastimosamente he tenido que dejarlo Carnalitos de este mundo, llamado por siempre para mi, “La Mara Salvatrucha”, serán ustedes los que le darán el valor a mi memoria y a la de muchos que hemos tenido que viajar a la Eternidad.
Gracias por permitirme vivir y compartir dentro de este gran sistema que para mí siempre fue mi Vida…. Hoy que he tenido que tomar este viaje sin retorno les pido que: sigan con el trabajo que siempre hemos hecho de poner en alto esas dos grandes letras MS, y decirles que siempre tengan en su corazón y su mente que no importa el país de donde seamos sino lo que sentimos por este gran imperio que siempre será mas grande por que en nuestro Barrio no existen fronteras, sino igualdad en nuestra cultura y esperaremos siempre lo que el tiempo nos permita seguir haciendo sean ustedes los que hoy en día tengan que luchar por la subsistencia de esta gran Pandilla cumpliendo con su deber y obligación de todo HOMEBOY de la BIG MARA SALVATRUCHA… Por siempre…­……………
He tenido que dejarlos, por un corto tiempo, pero no quisiera ver trsitezas entre ustedes, ni que derramen lagrimas por mi, ni que abracen esta pena por muchos años; al contrario, empiecen sus vidas de nuevo, pero con valentía y con una sonrisa. Y por mi memoria y en mi nombre, vivan sus vidas y hagan todas las cosas como deben de ser. No quisieran que alimentaran esta soledad con días vacíos, sino que llenen cada hora que estén despiertos con actos útiles en bien de sus vidas. Den su mano para ayudar, consolar y animar; y yo en cambio les ayudare y estaré siempre muy cerca de ustedes. Y nunca, nunca tengan miedo de morir, pues yo estaré esperando por ustedes en el cielo.
La Mara Salvatrucha por siempre… El Salvador. (el HomeBoy de ACLS)Recuerdo de sus homeboys de la Mara Salvatrucha Ahuachapan El Salvador20 de julio de 2006.
Fanatismo, hermandad, lealtad ciega, solidaridad y apego mínimo a la vida. Un cóctel explosivo. El ejército perfecto. ¿Qué ocurriría si, como ya anuncian algunas voces, el narcotráfico absorbiera a las maras? ¿Es siquiera posible esa simbiosis?

Fotografía: Roberto Valencia

lunes, 1 de noviembre de 2010

Las (al menos) dos centroaméricas


Falta hora y media para que anochezca en esta minúscula isla llamada Isla Grande. Los periodistas salvadoreños Carlos Dada, Óscar Martínez y yo llegamos hasta acá casi a ciegas, tras dos horas de viaje en carro motivadas por el deseo de conocer algo más de Panamá que su capital y por un puñado de vagas sugerencias de que era este un lugar bonito. Desembarcamos hace pocos minutos, alquilamos una cabaña, y preguntamos por algún sitio que mereciera la pena.

—Pueden pasear por al pueblo o subir hasta el faro –responde Pastor, el administrador del hospedaje.

Lo del faro suena atractivo, está en el punto más elevado de la isla y las vistas son espectaculares, pero llegar cuesta unos 25 minutos, calcula Pastor, y el camino es una empinada y solitaria vereda abierta entre la abundante vegetación del trópico.

—Cuando bajemos quizá sea noche, ¿aquí es seguro? –repregunta Dada.

Isla Grande está a no más de cinco minutos en lancha de La Guaira, en el distrito de Portobelo, provincia de Colón, en la costa caribeña de Panamá. Es una isla exuberante, compacta y con marcada vocación turística, y en ella viven unos pocos cientos de personas, la inmensa mayoría afrodescendientes y jóvenes. El pueblo se estira a lo largo de la primera línea de playa, con casas pintadas de vivos colores, y a primera vista parece tranquilo, pero esto sigue siendo Centroamérica y preguntar por la seguridad nunca está de más, sobre todo cuando se viene con el disco duro salvadoreño, uno de los países más peligrosos del mundo.

La respuesta de Pastor nos sorprenderá, pero antes conviene hacer una breve explicación.

Nuestra presencia en Panamá se debe a que hemos sido invitados a un seminario internacional bajo un sugerente título: “¿Cómo pueden aportar los medios de comunicación a la seguridad en Centroamérica?” Hasta ayer estuvimos encerrados en uno de los mejores hoteles de Panamá con colegas que en su mayoría eran de esos que llevan años sin subirse a un autobús urbano público. Habían venido de todos los países centroamericanos, de República Dominicana y había también algún que otro español. Las ponencias las dieron supuestos expertos en seguridad, altos funcionarios públicos de la región y periodistas, pero todas –casi– partían de la misma premisa errónea planteada por los organizadores: considerar que los problemas de inseguridad en Centroamérica son homogéneos, que San Pedro Sula tiene las mismas inquietudes que Managua, que el narcotráfico ha infiltrado de igual manera el estado guatemalteco que el costarricense, que una receta para abordar violencia de género diseñada por algún gurú en Madrid puede aplicarse en San José o en Belmopán, que las maras afectan por igual a El Salvador que a Panamá.

En el tema de seguridad ciudadana hay cuanto menos dos centroaméricas separadas por la frontera entre Honduras y Nicaragua. Lo que ocurre arriba poco tiene que ver con lo que sucede abajo, y antes de responder cómo pueden aportar los medios de comunicación a la seguridad en Centroamérica cabría primero preguntarse si puede y si debe aplicársele el mismo diagnóstico a toda la región. Establecer como punto de partida una tasa centroamericana promedio de homicidios por cada 100,000 habitantes suena forzado cuando en Nicaragua y Costa Rica apenas superan los 10, mientras que en El Salvador y Honduras se sobrepasaron en 2009 los 70.

De regreso a Isla Grande, la respuesta que Pastor dio a la inquietud del periodista Carlos Dada.

—¿Aquí es seguro?
—Seguro no, puede que al bajar del faro les salga una serpiente, pero es lo único.

Inconcebible escuchar algo así en El Salvador, donde incluso las caminatas que organiza la Federación Salvadoreña de Montañismo se hacen con presencia policial.

Dos centroaméricas, cuanto menos.

Fotografía: Roberto Valencia
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(Este artículo se publicó también el 1 de noviembre de 2010 en Crónicas de Centroamérica, mi blog en la edición digital del diario español El Mundo)

sábado, 11 de septiembre de 2010

Carta de amor de un marero

Por cuestiones del azar –y del reporteo–, cayó en mis manos hace ya algunas semanas esta carta manuscrita, que reproduzco con la mayor literalidad que me permite el caso. La escribió un marero treintañero y con el rostro tatuado a quien tuve la suerte de conocer. Era un asesino despiadado y no trataba de disimularlo. Para él, quitar la vida a una persona era un acto reflejo, como aplastar con la mano un zancudo sobre el brazo. Pero el ser humano es más complejo que lo que muchos quieren ver, como creo que dejan entrever estas palabras dedicadas a su mujer.



Para mi amada esposa


Cielo sabes hoy fue un dia largo q talves el dia mas largo q he sentido pues no he escuche tu voz para nada y lo senti triste y largo pues me puse de mal Humor pues la mayor parte del Dia y de la noche solo puedo pensar en ti y en esos momentos q paso contigo los besos y las carisias q compartimos tus formas de aser el amor viven en mi pecho y en mi mente son cosas q no puedo apartar de mi pues pido a Dios q me ayude pues eres la esposa mas Bonita del mundo solo lo unico q puedas aser el vien para q todo marche de maravillas si asemos lo correcto sera mejor para nuestras vidas q el señor te vendiga a ti y a nuestro matrimonio la persona q ma te ama y te amara tu esposo Allan.

El pandillero que la escribió ya está muerto.



domingo, 11 de julio de 2010

Así murió Natalie

Matar no supone mayor problema para decenas de miles de centroamericanos, quizá cientos de miles, quizá millones. Y no me refiero ahora a problemas con la Justicia, sino a los de tipo moral. Honduras, El Salvador y Guatemala han degenerado en sociedades en las que la vida vale poco, en las que convivimos con la muerte con cristiana resignación. En ese generoso grupo al que matar no le supone o supondría ningún dilema hay personas de todos los estratos sociales, y por supuesto incluye a la mayoría de los pandilleros. Uno al que llamaremos el Crazy me contó cómo mataron a Natalie a mediados de la década pasada, una chica de la que seguramente nadie ya se acuerde.

—El día en el que me estaban tinteando estaba yo así, acostado, cuando llegó así una chava. Va, esa chava viene y desde que llegó se quedó viéndome. Me acuerdo del nombre de la bicha porque era mujer de un loco, ¿va? A ella le decían Natalie.

El Crazy hizo una pausa para dar una profunda calada al canuto que se había liado.

—Viene y salió así, y desde que salió empezó a regar la bola, que ahí hay uno de los que buscaba la jura. Y una homegirl lo vio, y me llegó a decir: mira homeboy, esto, esto y esto. ¡Démosle en la nuca de una vez!, le digo, porque laneta, que en boca cerrada no entran moscas. Y así, como estaba, que solo me habían hecho el delineado y lo que estaba dentro, me paré, medio me limpié la cara, y me salí. Y le dije a la homegirl: vos la trajiste, vos la vas a ir a sacar de su chanti con cualquier casaca. Y viene, y la bicha le fue a decir que le hiciera el paro de ir a comprar unos canutos, ¿va? Al mercado, con ella. Y yo la estaba esperando enfrente de una iglesia. Cuando me la quedo viendo: ¿vos me conocés a mí? No, me dice. Estás diciendo que soy uno de los que busca la jura. Nel, yo no dije nada. Y bin, bin, bin, bin, bin, bien. Ahí mismo la empezamos a morterear. Te estoy diciendo que como 30 bombazos le cayeron ese día, ¿va? Pero la bicha ya sabía en el punto en que estaba viviendo.

Este fue tan solo uno de los asesinatos que aquella tarde me contó el Crazy. Había estado ya con él otras veces y, apenas se creó un poco de confianza, sus correrías fluían sin que yo tuviera necesidad de preguntar. Las intercalaba en el relato de una vida marcada por la violencia prácticamente desde que nació, y lo hacía sin el más mínimo atisbo de alardeo, como quien cuenta su primera borrachera o la película que vio la noche anterior.

Ocho meses después, el Crazy también estaba muerto.


Fotografía: Roberto Valencia
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