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sábado, 23 de agosto de 2014

Mágico, Maradona y el Barça


Foto: Internet

Se nos desparramó el Mundial encima, y a los salvadoreños nos toca elegir, por octava ocasión consecutiva, entre depositar nuestras ilusiones en banderas de colores ajenos o rescatar hazañas pretéritas. Desde España 1982, con aquella selección imposible abanderada por Jorge Mágico González y surgida en el fragor de la guerra civil –y esto no es licencia literaria–, el fútbol salvadoreño no sabe lo que es un Mundial, y mucho tendrán que cambiar las cosas para.

Resignado y contagiado por el espíritu mundialista que el sistema nos impone, antes que sudar calenturas ajenas prefiero alinearme con los que rescatan hazañas, y por eso quiero hablarles tantito sobre el más grande los futbolistas que ha parido el país, aquel genio bohemio que incluso en las Españas –me atrevo a suponer– pocos habrán olvidado entre los que superan las cuatro décadas; aquel genio bohemio que cuesta imaginárselo con otra camisola que no sea la amarilla del Cádiz, pero que llegó a vestir la de FC Barcelona, lo que ha alimentado interpretaciones de todo tipo, la mayoría sin sustento real alguno.

Por partes.

Naranjito se le atragantó a nuestra Selecta: tres derrotas en tres partidos, incluida la mayor goleada que jamás se ha encajado en un Mundial, un 10-1 ante Hungría que ha quedado marcado como cicatriz en la conciencia nacional. Pero Mágico brilló y, dos semanas después de que Dino Zoff levantara la copa para Italia, el salvadoreño aterrizaba en Jerez de la Frontera para incorporarse en su nuevo equipo: el modesto Cádiz CF.


La 1982-83 fue una temporada brillante para Mágico, pero deslucida por militar en Segunda División. La 1983-84, ya en la máxima categoría, fue la del destape, con el mérito infinito de quedar tercero en el Trofeo Pichichi en un equipo que volvió a descender. Para mayo de 1984, cuando Europa calentaba motores para la Eurocopa, se daba por hecho que Mágico dejaría Cádiz. La prensa publicó que el París Saint Germain, el Hellas Verona (campeón italiano en la 1984-85) y el Atalanta presentaron ofertas por el salvadoreño durante el parón estival, y se especuló –y hoy muchos lo dan por hecho– que el FC Barcelona también quiso ficharlo. Lo que no es especulación es que Mágico vistió la camisola del Barça en dos partidos amistosos disputados en Estados Unidos.


En los dos choques ligueros previos, vestido de amarillo, Mágico había jugado sendos partidazos ante el Barça, en los que firmó dos goles de ensueño (sobre todo el primero, en el que arranca desde su campo y ridiculiza a Alexanko, a Migueli y a Urruti). Ese desempeño, he leído en más de una ocasión, es el que llevó a César Luis Menotti a querer probar al salvadoreño, para ver cómo se acoplaba en “un grande”, y para conocer de primera mano la indisciplina y el pasotismo que ya habían dado tantos titulares en los diarios como sus goles y jugadas imposibles. Las imágenes de Mágico vestido de azulgrana a la par de Diego Armando Maradona parecen ser la prueba irrefutable del intento del Barça por fichar al Mago.

Pero no.


Yo no sé si Menotti alguna vez consideró en serio su fichaje, pero sí sé que la minigira que el salvadoreño hizo con el Barça no era para probarlo. El técnico argentino, de hecho, ni siquiera dirigió el equipo en aquellos dos partidos.

Entonces, ¿por qué el FC Barcelona se lo llevó de paseo? Ahora ya no se estila hacerlo, pero en la década de los ochenta, sí. Mágico fue invitado como refuerzo puntual, cuando empresarios estadounidenses contrataron al equipo catalán para disputar en Nueva York la Copa Transatlántica, junto a el Udinese italiano, el Fluminense brasileño y el local New York Cosmos. Aquel cuadro blaugrana era, por así decirlo, el Barça B (para finales de mayo seguía disputándose un torneo oficial, la extinta Copa de la Liga, de la que el Cádiz ya había sido eliminado) reforzado con figuras de otros clubes de la Liga española y dirigido por Rogelio Poncini, la mano derecha de Menotti. También fueron invitados a la gira Miguel Tendillo (Valencia CF) y los argentinos Juan Alberto Barbas (Real Zaragoza), y Mario Husillos (Real Murcia), pero solo llegaron a buen puerto las negociaciones con Husillos y Mágico, solicitado efusivamente por el contratistas gringos por el peso creciente de la comunidad salvadoreña en la Costa Este. La inclusión de Maradona en el “Barça B reforzado” que viajó a Nueva York –también la de otros titulares habituales como Migueli y Clos– se explica porque un mes antes el Pelusa había sido sancionado por cuatro meses, tras protagonizar una tangana en la final de la Copa del Rey disputada –y perdida– ante el Athletic de Bilbao. Aquella sanción impedía a Maradona disputar partidos oficiales, pero no torneos amistosos, como lo era la referida Copa Transatlántica.


Pero Mágico no fue a probarse con el FC Barcelona. Basta leer la crónica del enviado especial del diario catalán El Mundo Deportivo publicada el 27 de mayo:

Mágico González, el crack cadista, llevaba tres camisetas en el equipaje: una amarilla de recuerdo, otra azulgrana para el “bolo”, y la del París Saint-Germain, bien dobladita, para el regreso. " En cuanto vuelva me voy a París, a pasar el reconocimiento médico, y en seguida a firmar", dijo. Su “mágica” gira puede acabar en a torre Eiffel, por lo menos.
Para entonces se daba por hecho su fichaje por el PSG, muy a pesar de los deseos de Mágico, como se encargó de explicitar al aterrizar el Barcelona en la mañana del martes 5 de junio. Así lo consignó El Mundo Deportivo en su edición del día siguiente:
Todos los ojos pendientes de Maradona, y el primero en salir fue Mágico González. Como una centella se fue a enlazar con el avión que debía transportarle a Sevilla. El salvadoreño estaba entre feliz y triste, y explicaba el porqué de su doble estado anímico: “Estoy satisfecho porque para mí ha sido todo un honor ser invitado por un club como el Barcelona a esta gira, y sobre todo por haber podido jugar al lado de Maradona. No obstante, me siento algo decepcionado de tener que dejar España. Esta semana probablemente firmaré por el París Saint Germain y me enrolaré al fútbol francés. El dinero tiene la culpa de que no me haya quedado aquí”.
Sobre la Copa Transatlántica –un extraño torneo a dos partidos, con una semana de diferencia entre el primero y el segundo–, lo reseñable sucedió en el segundo encuentro, jugado el domingo 3 de junio ante el Fluminense. Maradona y Mágico salieron de partida. El segundo gol del Barça lo firmó el salvadoreño, asistido con maestría por el argentino. El partido terminó 2-2, hubo penaltis para definir al ganador, y los dos anotaron sus lanzamientos, con lo que contribuyeron a la victoria. Fue una oscura pero digna despedida para ambos. Ninguno de los dos vestiría nunca más la camisola blaugrana.

Maradona regresó a Barcelona para hacer maletas y volar a Nápoles, ciudad en la que construyó una leyenda.

Mágico regresó a Cádiz, logró abortar su fichaje por el PSG, y terminó de construir su propia leyenda en la Tacita de Plata.

Conozco Nápoles, viví un año en el sur de Italia, y sé del grado de idolatría que los napolitanos sienten por Maradona. Pero me atrevo a plantear que no supera el que los gaditanos sienten hoy por Mágico González. Lo que está claro es que grandes jugadores ha habido, hay y habrá, pero ganarse a perpetuidad el cariño de una afición está reservado para un puñado de elegidos. Por un cúmulo de casualidades, dos de esas excepciones coincidieron aquella tarde de junio de 1984 en el desaparecido Giants Stadium de Nueva York, los dos vestidos con la camisola del Barça.


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(Este texto se publicó primero el 14 de junio de 2014 en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, bajo el título 'Mágico, Maradona y el Barça')

sábado, 29 de marzo de 2014

Hablan del Mágico


Los futboleros ya saben, pero no está demás comenzar aclarando que France Football es quizá la más prestigiosa revista dedicada al fútbol entre todas las que se publican en el mundo. Es la que se inventó el codiciado Balón de Oro, y lo entregó entre 1956 y 2009.

Pues bien, un día de estos, sin pretenderlo, uno encuentra en internet una edición de la France Football de finales de 1988 que incluye una extensa entrevista con Jorge Mágico González. Y de inmediato siente que la casualidad le ha arreglado el día. Y uno lee el artículo, escrito por el periodista Francis Huerta, y siente la imperiosa necesidad de compartir lo que se decía –se escribía– sobre el Mágico hace un cuarto de siglo en España, pero sobre todo en Cádiz, la ciudad que lo adoptó. Tanto elogio en un único reportaje no puede ser casualidad.

Dice Francis Huerta, el periodista: “Esta salvadoreño de unos 30 años es uno de los mejores futbolistas de ataque del mundo”.

Dice Thomas N'Kono, portero de Camerún y del Espanyol: “¿El Mágico? ¡Un día me marcó un gol que todavía no he entendido cómo!”.

Dice Diego Armando Maradona: “El más técnico”.

Dice Emilio Butragueño, jugador del Real Madrid: “El mejor extranjero que juega en España”.

Dice Michel Pineda, delantero del Espanyol: “¿No conoces al Mágico González? Te juro que es mejor que Maradona. Además es un 'fiestero' fantástico. ¡Un genio sobre el terreno de juego!”.

Dice Vincent Machenaud, periodista de L'Equipe: “Es increíble. Hace cuatro años, en el Trofeo Carranza, en Cádiz, el público sacó los pañuelos blancos, y eso que salió a falta de media hora para el final”.

Dice Enrique Ortego, periodista de Marca: “¿El Mágico? Un fenómeno”.

Dice Andoni Zubizarreta, portero del FC Barcelona: “Yo nunca he visto una persona tan hábil con el balón”.

Dice Paco Perea, periodista del Diario de Cádiz: “Como ser humano Jorge es maravilloso. No quiere la gloria, solo quiere vivir, igual que la gente de Cádiz; por eso es que en esta ciudad lo comprendemos”.

Y digo yo: Mágico, solo uno.

lunes, 3 de marzo de 2014

Explicar un país en cinco minutos


Vaya por delante que me sé un orador mediocre, que hablar en público nunca ha sido plato de buen gusto, y que desde mi primer día en la facultad me supe rehén del periodismo escrito, con la firme determinación de mantenerme lejos en la medida de lo posible de cámaras, micrófonos y atriles. Pero al igual que no me gusta bailar y hay situaciones en las que es imposible negarse, uno es consciente de que en esta profesión a veces toca dialogar en vez de redactar, y sé valorar también la sensación de saberse pretendido para comentar algo, aunque nunca dejará de ser un trago con un regusto amargo.

Este preámbulo es porque en la primera semana de febrero, con la excusa de las elecciones presidenciales en El Salvador, me buscaron de la Cadena SER para hablar sobre el fenómeno de las maras. El colega Ramón Lobo, a quien tuve el gusto de conocer en San Salvador en mayo de 2013, sugirió mi nombre a la producción de A vivir que son dos días, para el programa del domingo 9 de febrero. Un par de días antes me llamó una amabilísima compañera que creo recordar que se llamaba Paqui y me explicó las reglas: conexión en directo, cinco minutos, ocho y media de la mañana, Javier del Pino y Ramón Lobo, las maras. Luego me planteó algunas preguntas guía“¿Hay un pacto entre estas bandas y el gobierno? ¿Se puede abandonar una mara? ¿Es posible que haya mujeres dentro de una de ellas?” y me sugirió prepararme algo las respuestas. 

Agradecido por la oportunidad pero inquieto por lo arriba explicado llegó el domingo. ¿Cinco minutos para explicar algo tan complejo y enrevesado como las maras? ¿Cinco minutos para un fenómeno social del que podría escribirse una enciclopedia entera y aún quedarían cabos sueltos? ¿Hacerlo además para un oyente –el español promedio– que desconoce conceptos básicos como Mara Salvatrucha (MS-13) y el Barrio 18? ¿Cinco minutos para explicar El Salvador?

Este fue el resultado:



Pasó lo que me temía. De los datos e ideas que anoté en un papel para diseminarlos durante la plática no alcancé a decir apenas nada, en parte porque los cinco minutos y dieciocho segundos entre el saludo y la despedida resultaron poco más que un chasquido. Eran datos e ideas que, creo yo, ayudaban a entender mejor cuán grave es el problema de violencia que afecta a El Salvador. Datos e ideas que, aunque siempre insuficientes, perfilaban el porqué del fenómeno de las maras. Datos e ideas que no supe meter en la conexión, pero que reciclo ahora sin mucho esfuerzo como entrada de este blog. 
  1. El Salvador es un país más pequeño que la provincia de Badajoz y con una población similar a la de la Comunidad de Madrid, poco más de 6 millones de personas. 
  2. En El Salvador asesinaron en 2011 a 4,374 personas; y en 2013, a 2,490. La significativa reducción está ligada a una tregua que pactaron las dos principales pandillas que operan en el país (Mara Salvatrucha y Barrio 18), una tregua auspiciada por el Gobierno de la República (aunque el presidente Mauricio Funes lo niega, supongo que cree que le restará votos) y respaldada por la Organización de Estados Americanos. 
  3. En 2013, según datos recientes del Ministerio de Interior, en España hubo 302 asesinatos. Para igualar la tasa de homicidios por cada 100,000 habitantes de El Salvador de 2013, en España tendría que haber habido 18,687 asesinatos. Y para igualar la tasa de antes de la tregua, tendrían que asesinar a 33,222 españoles en un año, 91 cada día.
  4. Las maras no son un problema de hoy o de hace cinco o diez años, que es cuando los muchachos tatuados empezaron a tener presencia mediática en España. En El Salvador los primeros integrantes de las dos letras o los dos números se comenzaron a ver antes de los Acuerdos de Paz que en 1992 pusieron fin a la guerra civil.
  5. Las pandillas proliferaron a inicios de los noventa porque existía el caldo de cultivo idóneo: pobreza extrema, desigualdad, falta de oportunidades, violencia social, desintegración familiar, promoción del consumismo como valor absoluto, un Estado raquítico, unas fuerzas de seguridad desmanteladas, una nueva arquitectura jurídica impuesta por la comunidad internacional sin medir las consecuencias...
  6. Sobre este cóctel explosivo el gobierno de Estados Unidos espolvoeó miles de pandilleros, salvadoreños emigrados durante el conflicto, crecidos en las calles de Los Ángeles, y luego deportados a El Salvador; con ellos viajó la cultura pandilleril.
  7. Pasó más de una década desde el bum inicial de las pandillas hasta su radicalización y su conversión en grupos del crimen organizado, sin matices. En ese tiempo el Estado salvadoreño fomentó esa mutación con políticas públicas como el manodurismo o la asignación de cárceles enteras para cada una de las pandillas.
  8. Hoy día en El Salvador, según cifras oficiales, hay más de 60,000 pandilleros activos, casi todos ellos integrantes de las dos pandillas mayoritarias. Incluido su entorno social, el gobierno habla de más de 400,000 personas vinculadas a estos grupos, dependientes en su mayoría de actividades delictivas. Eso supone el 6-7% de la población.
El fenómeno de las pandillas es doloroso y apasionante, y obvio que no aspiro a que ocho parrafitos llenos de números y deshumanizados vayan mucho más allá que cinco minutos de respuestas en una radio, si la aspiración es conocer un tema tan complejo. Pero quizá sirvan para que incentivar el interés. Por si alguien se ha quedado picado y quiere explorar ese lado humano del profundo y sangrante tajo que la humanidad tiene en El Salvador, me atrevo a sugerir tres crónicas de largo aliento escritas en los últimos años: Yo violada, Yo torturado y Yo madre

Fotografía Roberto Valencia
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(Este texto se publicó primero el 15 de febrero de 2014 en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, bajo el título 'Explicar un país en cinco minutos')

sábado, 22 de febrero de 2014

Palabra de cronista: Homenaje a Cataluña


De libro Homenaje a Cataluña, del cronista británico George Orwell (Eric Blair). Este es un ejemplo de periodista involucrado hasta las últimas consecuencias en su reporteo. Obvio que también por convicciones personales, pero Orwell pasó casi un año integrado en las milicias del Partido Obrero Unificado Marxista (POUM), durante la Guerra Civil española, para escribir luego esta visión única de uno de los conflictos bélicos más sangrientos y complejos de todo el siglo XX.

Este es un fragmento del capítulo 9. Orwell regresa a Barcelona con un permiso de quince días después de permanecer más de tres meses en el frente de Aragón. Es mayo de 1937. Justo estallan los violentos choques armados entre entre anarquistas y trotskistas por un lado, y las fuerzas leales al Estado republicano por otro, que dejaron unos 500 muertos y se conocen como los 'Sucesos de Mayo'.
Se oían tiros a lo lejos y las calles estaban desiertas. Todo el mundo decía que era imposible subir por las Ramblas. Los guardias de asalto habían tomado posiciones en varios edificios desde los que se dominaba la calle y disparaban a todo el que pasara. Aun así me habría arriesgado a volver al hotel, pero circulaba el rumor de que atacarían el comité local en cualquier momento y se decía que era mejor quedarse allí. En todo el edificio, en las escaleras y fuera, en la acera, había grupos de personas que hablaban nerviosos. Nadie parecía saber lo que pasaba. Lo único que pude deducir fue que los guardias de asalto habían atacado el edificio de la Telefónica y tomado posiciones en puntos estratégicos desde donde controlaban otros edificios propiedad de los trabajadores. Se tenía la impresión general de que los guardias de asalto iban a por los de la CNT y los obreros en general. En curioso que, en aquel momento, nadie pareciera culpar al gobierno. Las clases humildes de Barcelona veían a los guardias de asalto como una especie de Black and Tans [Los Black and Tans fueron una fuerza paramilitar reclutada en Gran Bretaña y enviada a Irlanda para reprimir las revueltas del Sinn Feinn de 1919 y 1920. (N. del T.], y todo el mundo parecía dar por supuesto que habían iniciado el ataque por iniciativa propia. En cuanto supe lo que ocurría me sentí aliviado. La cosa estaba clara. De un lado estaba la CNT, del otro la policía. No siento especial simpatía por el “obrero” idealizado por los comunistas burgueses, pero cuando veo a un obrero de carne y hueso enfrentado a su enemigo natural, el policía, no necesito preguntarme de qué lado estoy.

domingo, 18 de agosto de 2013

Billetes


Uno se para frente a la imagen y si la escruta es capaz de, en unos pocos segundos, imaginarse que viaja dando saltos en un mapamundi: Djibouti, Alemania, Mauritania, Yugoslavia, Polonia, Jamaica, Tanzania, Indonesia, Reino Unido, Eritrea, Suiza, Hungría, Iraq, Siria, Irlanda, Belice... Este inmenso cuadro formado con billetes era tan solo uno de los al menos cinco que colgaban de las paredes de un bar del centro de Ourense (Galicia, España). Invertí unos segundos, pero no vi colones.

Fotografía: Roberto Valencia

martes, 9 de julio de 2013

Duelo verde amarelo


Ancha es Castilla, dicen, y muchos siglos atrás tuvieron a bien comenzar a llenar tanta anchura con cereales, el cultivo que más y mejor se adapta a estas secas tierras castellanas, donde en todo un año llueve poco más que lo que en El Salvador cae en el mes de septiembre. Ancha es Castilla, dicen, y de sus entrañas surgen el trigo para el pan, y la cebada para la cerveza. Los dos cultivos más extendidos en la comarca del Cerrato (la fotografía está tomada en Villahán, en el Cerrato palentino) nacen y crecen de un verde muy vivo, pero se cosechan dorados, y junio es el mes por excelencia de la transfiguración, el mes en el que el verde y el amarillo se baten en duelo en las anchuras castellanas, un duelo del que inevitablemente sale siempre un mismo vencedor.

Fotografía: Roberto Valencia



sábado, 8 de junio de 2013

Amapolas


Cada vez que mi amigo Óscar Martínez dice la palabra 'amapola', sé que muy pronto dirá 'Los Zetas' o dirá 'crimen organizado' o dirá 'narco' o dirá 'cultivos ilegales' o improvisará una historia que contenga todas esas palabras y algotras más sonoras si cabe. Me cuesta digerirlo. La amapola para mí siempre ha tenido connotaciones positivas: son flores bellas, de un rojo pasión más vivo que la sangre, silvestres y solitarias; flores que de siempre he visto a millares en los anchos campos de Castilla en los que consumí los veranos de mi niñez y adolescencia; flores a las que el españolísimo Manolo Escobar dedicó el arranque una estrofa inmortal del Porompompero, aquella que dice que el trigo entre todas las flores ha elegido a la amapola. Incluso el intrañable bar junto a la puerta de la casa en la que viví mis primeros 20 años se llamaba –se sigue llamando– 'La Amapola'. Me resisto. Estas flores que ahora en junio se alzan altaneras entre los todavía verdes campos de trigo castellanos no merecen tan mala fama.

Fotografía: Roberto Valencia



sábado, 20 de abril de 2013

Ecos de Huesca


La crisis económica y el bum digital parecen haberse aliado para desnudar las carencias del periodismo –de los periodistas y de los gestores–, para obligarlo a reinventarse y a demostrar su función social, algo que hasta hace una década se daba por hecho.

Entre los países de habla hispana, España seguramente sea el que mejor ilustra las consecuencias del abrupto cambio en las reglas de juego, por ser el más maltratado por la crisis y también el que tiene un mayor porcentaje de ciudadanos con acceso a internet.

La profunda crisis del periodismo español (yo sí creo que el periodismo español está en crisis, no solo sus empresas periodísticas) ha provocado en el último lustro una oleada de despidos y de precarización laboral de la que no se han librado las grandes cabeceras (El País, El Mundo…), ni siquiera las televisiones públicas. Pero como dicen que no hay mal que por bien no venga, la purga ha sido el detonante para la proliferación de un generoso abanico de proyectos periodísticos, algunos realmente interesantes.

A mediados de marzo se celebró en Huesca el XIV Congreso de Periodismo Digital, y uno de los atractivos este año fue congregar a los responsables de buena parte de los medios surgidos al rebufo de la crisis: eldiario.es, InfoLibre, Líbero, Mongolia, La Marea… Los organizadores tuvieron además la virtud de incluir en el programa una significativa dosis de ponentes latinoamericanos, y lograron evidenciar –seguramente sin pretenderlo– el evidente antagonismo entre los discursos que sobre el mismo problema se escuchan a uno y otro lado del Atlántico.

Tuve la suerte de estar en Huesca en los dos días que duró el evento, y en mi libreta quedaron anotadas algunas ideas que ahora desarrollo y comparto.

La primera. En España, la inmensa mayoría de los nuevos proyectos periodísticos los han puesto en marcha periodistas que han sido víctimas de los recortes o de los cierres de los medios tradicionales. Eso no es malo per se, incluso se puede interpretar como una loable muestra de emprendimiento y de vocación, pero me late que la desesperación no es el mejor de los combustibles. En Latinoamérica, me consta, los proyectos periodísticos digitales más interesantes usan otro carburante que se me antoja mucho más efectivo: el entusiasmo.

La segunda. Era un congreso de periodismo, y los ponentes españoles –periodistas casi todos ellos– de lo que más hablaron fue de modelos de gestión, de financiamientos, de salarios dignos, de visitas únicas, de marca personal, de… Hablaron poco, muy poco, de cómo narrar mejor un hecho noticioso para que alguien decida invertir tiempo en su lectura.

La tercera. En Huesca estuvo el colombiano Jaime Abello Banfi, director general de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), la fundación creada en 1994 por Gabriel García Márquez que se ha convertido en uno de los catalizadores de la renovación espiritual del periodismo en América Latina. Resulta significativo el desconocimiento que hay en España de la labor de esta fundación, al punto que la primera pregunta del periodista que moderó fue pedir a Abello que explicara qué es la FNPI, algo tan fuera de lugar como si en un congreso periodístico en Bogotá al director de El País se le pidiera que explicara qué es El País.

Y la cuarta. El talante. Parafraseando al gran cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos, presente también en Huesca, la clave del buen periodismo siempre será la actitud. Él dijo algo parecido a esto: vivo oyendo quejas sobre lo mal que está el periodismo por donde quiera que voy, y mucha gente me pide la fórmula para el éxito, pero lo primero que todo periodista que se precie debería hacer es elegir un buen tema, leer, hacer un trabajo intenso de reportería y poner el culo en la silla hasta escribir algo digno de ser leído. 

En lo personal, Huesca sirvió para reafirmarme en que el Periodismo y los Periodistas –así, con mayúscula– serán necesarios mientras haya gente que quiera que le cuenten buenas historias, que la hay. Partiendo de esa premisa, suena más sensato que los Periodistas de raza se preocupen más por recuperar la mística con la que se ejercía este oficio –con la que aún se ejerce, sobre todo en América Latina–, en vez de estar tan pendientes de la calculadora. 

Fotografía. Roberto Valencia
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(Este texto se publicó primero en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, también bajo el título "Ecos de Huesca")

martes, 9 de abril de 2013

Bodegas de La Horca


 Canción popular villanusca: "¡Qué bonitas las bodegas de mi pueblo, las de La Horca y las de Valdemontán! Son recuerdos que nunca olvidaremos, las bodegas de Villahán y nada más".


Fotografía: Roberto Valencia

domingo, 17 de marzo de 2013

La bendita primavera


Dicen que no se echa en falta lo que no se tiene, y en El Salvador no tenemos el año partido en cuatro estaciones. No tenemos pues la bendita primavera. Y cuando llega marzo, no tenemos el privilegio de admirar cómo resucitan al unísono cientos de miles de árboles de infinidad especies. En esta imagen se aprecia un cerezo que florece sobre la calle Casado del Alisal, en la ciudad de Huesca, Aragón, España.

Fotografía: Roberto Valencia

martes, 14 de febrero de 2012

Desde un país que no cuenta, ¿o sí?

A inicios de 2008 nació un blog que bauticé con el nombre Desde un país que no cuenta... Al poco terminó convertido en un insípido recopilatorio personal de historias ya publicadas, un verdadero fósil viviente que nunca promociono, pero he de reconocer que el nombre del blog me sigue gustando mucho. El doble sentido era evidente y pertinente: El Salvador se consideraba –aún se considera– un país que no cuenta en la agenda mediática internacional, ignorado por CNN salvo terremoto, huracán o masacre carcelaria; y al mismo tiempo los periodistas salvadoreños huíamos por ignorancia o incapacidad de contar historias en todo su esplendor, huíamos de la crónica, de las historias reporteadas hasta la extenuación y narradas con las herramientas de la literatura, menospreciábamos casi siempre el cómo en favor del qué, preferíamos la cita a la mirada, la estadística a la metáfora. Parafraseando a Leila Guerriero, a inicios de 2008 en las páginas de los periódicos y revistas guanacas el lector hallaba infinitas manchas grises y muy pocos tajos inolvidables.

Han pasado cuatro años, y ya no estoy tan seguro de que el doble sentido siga vigente.

Me explico: la todopoderosa Editorial Alfaguara acaba de publicar en España Antología de crónica latinoamericana actual (Alfaguara, Madrid, 2012), editada por el escritor colombiano Darío Jaramillo Agudelo, y que en el prólogo se presenta como un libro que reúne “a los autores más notables y algunos de sus trabajos más atractivos, más asombrosos”. Pues bien, entre los 46 cronistas latinoamericanos seleccionados hay tres salvadoreños, los tres del periódico digital El Faro: mi amigo Carlos Martínez, su hermano –y también gran pana– Óscar Martínez, y este servidor, con relatos sobre el atormentado juez al que le tocó investigar el asesinato de Monseñor Romero, sobre 
un pueblo clave en el camino hacia Estados Unidos que emprenden los migrantes centroamericanos llamado Altar, y sobre la vida cotidiana en el reparto La Campanera de Soyapango, respectivamente.

El prólogo de la obra, que lo firma Jaramillo Agudelo, arranca así:

La crónica periodística es la prosa narrativa de más apasionante lectura y mejor escrita hoy en día en Latinoamérica. Sin negar que se escriben buenas novelas, sin hacer el réquiem de la ficción, un lector que busque materiales que lo entretengan, lo asombren, le hablen de mundos extraños que están enfrente de sus narices, un lector que busque textos escritos por gente que le da importancia a que ese lector no se aburra, ese lector va sobre seguro si lee la crónica latinoamericana actual.
Después se insertan intercalados entre joyas de Leila Guerriero, Martín Caparrós, Alberto Salcedo Ramos, Juan Pablo Meneses o Daniel Titinger los tres relatos made in El Salvador.

¿Puede afirmarse que El Salvador cuenta ya cuando se habla de crónica, de periodismo narrativo? Las tres historias seleccionadas son, a su vez, la única representación de la región centroamericana. Pero no solo eso. De entre todos los países de América Latina, solo Argentina, Colombia, México, Perú y Chile aportan a la antología de Alfaguara más cronistas que El Salvador. Pero no solo eso. Si se ponderan las cifras en función de la población, el Pulgarcito de América se erige como el territorio con la más alta tasa de cronistas por cada millón de habitantes, seguido por Uruguay, Chile y Argentina. 



Más allá del criterio del compilador Jaramillo Agudelo, la sensación que tengo de que el doble sentido de la frase Desde un país que no cuenta está perdiendo vigencia se debe a la convicción de que en la antología podrían haber entrado historias firmadas por otros colegas salvadoreños, como César Castro Fagoaga, Daniel Valencia Caravantes, Carlos Chávez, Carlos Dada, José Luis Sanz, Glenda Girón… No se trata pues de tres pinches golondrinas; estoy convencido de que desde hace unos años algo se está moviendo en este paisito, poco a poco, imponiéndose sobre la mediocridad generalizada.


Por eso hoy me van a permitir el ejercicio de vanidad –consciente de que falta tanto por aprender–, y terminaré este post con una afirmación que a más de uno le sonará temeraria o prepotente: hablando de crónica al menos, El Salvador sí empieza a contar, siquiera tantito, ¿o no?

Fotografía: alfaguara.com




jueves, 24 de febrero de 2011

Isabel la Católica y Cristóbal Colón viajaron juntos a San Salvador

Raúl Contreras es un periodista salvadoreño de 28 años que desde Madrid, España, envía esporádicamente notas a un diario de su país llamado La Prensa. Estamos a mediados de 1924, y Contreras ha sabido que un escultor español llamado Lorenzo Coullaut Valera tiene en su estudio dos magníficas estatuas que el Gobierno de El Salvador quiere que a partir del próximo 12 de octubre estén frente a la fachada principal del Palacio Nacional de San Salvador. Se trata de obras de más de dos metros de altura que representan a Cristóbal Colón, el europeo al que se le atribuye el descubrimiento de América, y a Isabel la Católica, la reina que sufragó los gastos del viaje de las tres carabelas.

El 6 de julio será la entrega oficial, un pomposo acto con champagne incluido al que acudirán, entre otras autoridades, el dictador Miguel Primo de Rivera, presidente del Directorio Militar que gobierna España; el encargado de Negocios de la Embajada de El Salvador en Madrid, Ismael Fuentes, y su esposa; y, en representación del rey Alfonso XIII, estará su secretario particular, el marqués de las Torres de Mendoza.

Pero Contreras, fiel a su intuición, ha acudido hoy al estudio de Coullaut Valera para conocer las esculturas, cuando aún faltan unos días para la entrega. Coullaut Valera lo recibe con amabilidad, al punto que Contreras saldrá de aquí convencido de que no ha estado solo ante un gran artista, sino que ha conocido a una gran persona, sencilla y modesta a pesar de ser uno de los autores con más renombre. El joven periodista salvadoreño se sabe profano en la materia, pero la belleza de las estatuas, aunado al hecho de saber que algún día estarán en San Salvador, lo ha impresionado. Además, Contreras infiere de la plática que el autor tiene un cariño especial a estas obras, ya que son las primeras de este tamaño en las que combina bronce y mármol como materiales. Isabel la Católica luce seria y joven, con una imponente corona en su cabeza, y carga en su mano izquierda un cofre abierto. Cristóbal Colón viste traje de época, tiene la mirada triste y perdida, y en su mano derecha sostiene un legajo de hojas.

—Ni el paso de los años hará que estas obras pierdan su color –le dice Coullaut Valera a su invitado.

No solo hablan de Cristóbal e Isabel. Coullaut Valera le cuenta a Contreras que, tras resultar ganador en un concurso nacional, está inmerso en la creación de una obra de esas que inmortalizan a su autor: se trata de un conjunto monumental que se levantará en la madrileña plaza de España, la más grande de todo el país, en homenaje a Miguel de Cervantes y a los personajes de sus principales obras. Entre las esculturas destacan, obvio, Don Quijote y Sancho Panza. Coullaut Valera le muestra satisfecho la maqueta en yeso de todo el proyecto. Obras suyas ocupan ya lugares destacados en distintas ciudades de España, como la escultura de Gustavo Adolfo Bécquer en el sevillano parque de María Luisa o el monumento a Ramón de Campoamor que hay en el madrileño Parque del Retiro.

Ahora también frente al Palacio Nacional de San Salvador tendremos dos obras suyas, piensa orgulloso Contreras. En la nota que enviará a La Prensa explicitará su satisfacción. Así arranca: “El Salvador poseerá, sin duda, las más bellas estatuas de Isabel la Católica y Cristóbal Colón que hasta ahora se hayan hecho por manos de artista alguno”.

Coullaut Valera morirá en 1932, y con el paso de los años terminará como uno de los infaltables cuando se habla de la escultura española del siglo XX. Raúl Contreras, después de unos años en Europa, regresará a El Salvador y tendrá una destacada carrera como funcionario público (llegará a presidir en 1950 la Junta Nacional de Turismo) y como poeta. Cristóbal Colón e Isabel la Católica seguirán, casi un siglo después, frente al Palacio Nacional de San Salvador, en el mismo lugar en el que los ubicaron el 12 de octubre de 1924, expuestos al vandalismo y a la incultura –ya han sido remendados en distintas ocasiones–, y sin que nadie entre las miles de personas que cada día pasan a sus pies sepan que un día, antes de emprender su viaje en barco hacia América, fueron la razón que juntó en Madrid a un escultor español llamado Lorenzo Coullaut Valera y a un joven periodista salvadoreño llamado Raúl Contreras.




Fotografía: Roberto Valencia

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(Este relato se publicó en el blog Crónicas de Centroamérica, de  www.elmundo.es, el 24 de febrero de 2011, bajo el título de Isabel la Católica y Cristóbal Colón viajaron juntos a San Salvador).

martes, 8 de febrero de 2011

Miguel Cavada (Q.E.P.D.)

Miguel Cavada Diez nació el 11 de septiembre de 1956 en Pontejos, un minúsculo pueblo de vocación agro-pesquera situado en la provincia de Cantabria, en la costa norte española. Hijo de Felipe y de Montserrat, fue el sexto de nueve hermanos –siete varones, dos mujeres–, una familia humilde y numerosísima que solventó sus problemas de espacio solo cuando a Felipe su patrón le ofreció una casa dentro del aserradero donde trabajaba en El Astillero, el pueblo de enfrente, separado de Pontejos nomás por una estrecha franja de mar. Nunca faltó un plato de comida sobre la mesa, pero fueron años marcados por las estrecheces, nada de lujos ni de caprichos.

—Con decirte que el viaje de novios de mis padres fue a Bilbao –dice Cavada. Trasladado a la realidad salvadoreña, sería como que alguien viajara desde el puerto de La Libertad a San Salvador.

La infancia transcurrió sin grandes sobresaltos, entre el mar, el aserrín y los hermanos como cómplices principales de travesuras y juegos. Sus padres, aunque no eran devotos en exceso, sí les inculcaron la fe cristiana y las costumbres religiosas: rezar antes de comer, misa los domingos, catequesis… En catequesis precisamente fue cuando entró en contacto con la comunidad pasionista y, a los 18 años, en un momento de crisis personal, lo invitaron a un noviciado en Zaragoza, España, y un año después lo enviaron a estudiar Teología a Valencia.

En Valencia estaba cuando ocurrió la tragedia.

La madrugada del 12 de enero de 1977, el Ángel, un buque mercante de 100 metros de eslora, se hundió en medio de un fuerte temporal en el mar Mediterráneo, frente a la isla italiana de Cerdeña. El barco naufragó como consecuencia de un corrimiento de la carga que transportaba, que provocó, primero, la inclinación de la nave, y luego, su vuelco. Murieron 11 tripulantes, entre ellos el segundo maquinista, un joven de 25 años que realizaba uno de sus primeros viajes. Se llamaba Fidel Cavada Diez.

—Yo estaba viendo el Telediario y ahí dijeron que el buque Ángel se había hundido. Llamé a mi casa y me confirmaron la noticia.

La muerte de Fidel fue un antes y un después para toda la familia, pero quien más la sufrió fue Montserrat. Por la presencia de tantos recuerdos en la casa, pidió que se fueran a vivir a otro lugar, y se instalaron en un apartamento más alejado de la línea de mar. A Cavada también lo marcó la pérdida de su hermano. Cuando al final de esta entrevista le pida que me señale los momentos más trascendentes de su vida, mencionará cinco, y el primero será el naufragio del Ángel.

Los otros cuatro sucedieron en El Salvador. Tras dos años en Valencia, Cavada llegó al país a mediados de 1978, cuando Monseñor Romero era ya arzobispo. Ser contemporáneo suyo y haberlo conocido es otro de los momentos importantes que señala, el segundo de su listado.

—Yo siempre he dicho que tuve la dicha de conocer a Romero. ¿Y por qué? Porque me parece una persona muy humana, y no me refiero solo como obispo o como religioso. Es una persona buena en el sentido más estricto de la palabra.

Monseñor Romero es la razón principal para haber pasado más de 30 años en El Salvador. Tras el asesinato, regresó a España unos meses a terminar sus estudios de Teología. Los finalizó y retornó a El Salvador en contra de la voluntad del provincial de los pasionistas, lo que desembocó en la ruptura con esa congregación. Monseñor Rivera Damas lo ordenó sacerdote en 1983, y casi toda la guerra la pasó asignado a la parroquia El Calvario, en Santa Tecla, donde le encargaron acompañar a las comunidades rurales repartidas en cantones y caseríos de la cordillera del Bálsamo. Iba de un lado a otro en el mismo Volkswagen Safari blanco en el que asesinaron al padre Rutilio Grande.

—Fue una época bonita, muy bonita –dice–, en verdad que fue una suerte haber trabajado tan cerca de los campesinos y campesinas.

Esa década tan tumultuosa para El Salvador a Cavada le brindó dos de los momentos de su particular listado, los dos en tono positivo: por un lado, en 1983 participó en la fundación del Equipo Maíz, una fructífera experiencia de educación popular vinculada a las comunidades de base, que aún subsiste; y por otro, el nacimiento en 1987 de su primera hija –luego tendría otro varón–, lo que lo llevó a dejar el sacerdocio y a casarse.

—Yo me dije: me salgo de cura, sí, pero no me salgo ni de la Iglesia ni de El Salvador ni de la lucha que tiene este pueblo.

Colgados los hábitos, se volcó aún más con el Equipo Maíz e intensificó su labor como docente y editor de textos en la UCA, sobre todo a partir de que el sacerdote jesuita Juan Ramón Moreno, uno de los mártires, le invitó a dar clases en el Profesorado de Teología. De esos últimos años Cavada menciona el quinto de los quiebres en su vida: la muerte en 2004 de Montserrat Diez Diez.

—Para molestarla de niños le decíamos Montserrat Veinte –dice Cavada, un brillo de nostalgia en su mirada–. Ella y mi padre siempre me apoyaron, aunque les costara, en mi decisión de venirme a El Salvador, cuando era sacerdote y cuando ya no lo era.


Fotografía: Roberto Valencia
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