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jueves, 11 de septiembre de 2014

Francisco desde los cielos habla sobre Monseñor Romero


Tarde del lunes 18 de agosto de 2014. El portavoz de la Santa Sede, el jesuita Federico Lombardi, cede la palabra a Philip Pullella, periodista de la agencia Reuters especializado en temas del Vaticano. Pullella felicita primero a Francisco por su inglés, aprovecha para solicitarle veladamente una entrevista, y por último interpela: “¿Cómo va el proceso de Monseñor Romero? ¿Cómo le gustaría que concluyese?”.

Se refiere a Óscar Arnulfo Romero y Galdámez (1917-1980), el arzobispo de San Salvador asesinado de un disparo en el pecho mientras oficiaba misa en la capilla de un hospital para enfermos terminales de cáncer, y cuyo proceso de beatificación está fondeado en Roma desde el año 1996.

La entusiasta respuesta del papa Francisco se desparrama en un minuto, pero no dice nada nuevo; recuerda que la causa está desbloqueada, reitera su creencia en que fue “un hombre de Dios”, y explica que el caso sigue anclado en la Congregación para la Causa de los Santos. Lo único novedoso de su alocución quizá sea el emplazamiento a los postuladores: “Depende de cómo se muevan. Es muy importante que lo hagan con rapidez”.

Poca sustancia, la verdad, pero son palabras papales.

Francisco habla desde el cielo sobre el mártir al que cientos de miles en El Salvador –y fuera de– llaman y veneran como ‘San Romero de América’. Y lo de hablar desde el cielo no es licencia literaria: la conferencia de prensa se celebra a bordo del Airbus A330 de Alitalia que lo lleva de regreso a Roma, tras cinco días en Corea del Sur.

Poca sustancia, pero son palabras papales. Y la referencia al salvadoreño más universal resulta más que suficiente para que el ‘Paisito’ regrese a la agenda mediática internacional, con la satisfacción de que el repentino interés en las redacciones de medio mundo no se deba a un terremoto, a un huracán, a las maras o a desgracias similares.


Foto: AP
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[Esta es la escena inicial que escribí para una nota sobre Monseñor Romero que me pidieron de la BBC británica, y que salió publicada el 25 de agosto de 2014… con una entrada menos ‘narrativa’]

domingo, 28 de abril de 2013

Monseñor Romero, el santo incómodo


Han pasado treinta y tres años desde que el pecho de Óscar Arnulfo Romero fue destrozado por una bala expansiva del calibre .25 mientras oficiaba misa en la capilla de un hospital para enfermos de cáncer, en San Salvador. Treinta tres años ya desde aquel 24 de marzo de 1980, pero en El Salvador un influyente sector de la sociedad –quienes financiaron o se alegraron por su asesinato, sus herederos ideológicos– sigue sin entender la relevancia del que sin duda es el salvadoreño más universal: Monseñor Romero.

Este lunes 22 de abril trascendió que el papa Francisco ha desbloqueado la causa de su beatificación, una noticia que se regó rápidamente por las redacciones de medio mundo, pero en El Salvador, su país de origen, un periódico llamado El Diario de Hoy –uno de los dos más influyentes, tradicional vocero de la ultraderecha– decidió no publicar ninguna noticia en su edición impresa del día siguiente. 

En Roma saben que Monseñor Romero no será un santo más. Es cierto que en los últimos años del pontificado de Juan Pablo II y en el de Benedicto XVI el discurso oficial del Vaticano hacia el arzobispo San Salvador se había suavizado, pero solo se puede “desbloquear” algo que está bloqueado.

Falta que se concrete la beatificación, y quizá pasen años aún, pero con el solo anuncio del desbloqueo, el papa está dando un paso firme y sonoro, un guiño a un amplio sector de la Iglesia latinoamericana que desde Roma siempre se miró con recelo.

Cualquiera que se tomara la molestia de leer sus homilías concluiría que Monseñor Romero de comunista no tenía un pelo. Muy conservador en temas como el aborto o el rol de la mujer, su elemento diferenciador fue optar por la defensa a ultranza de los derechos humanos en un país en el que el Estado los violaba de manera sistemática. Monseñor Romero renunció al confort que siempre supone ser el arzobispo de las élites y se identificó con los oprimidos, los sinvoz, como él los bautizó en alguna ocasión.

Roma acepta casos así en alguna que otra parroquia, a pequeña escala, pero les cuesta digerir cuando suceden en puestos de responsabilidad dentro de su jerarquía. Además, Monseñor Romero no se limitó a denunciar injusticias desde el púlpito, sino que, siendo todo un arzobispo, vivía en una humilde casucha junto a un hospital para enfermos terminales, nunca aceptó dádivas ni seguridad del Estado pese a las constantes amenazas de muerte, y tuvo gestos como donar íntegramente –para construir un hogar para niños– los $10,000 que la Universidad de Lovaina (Bélgica) le entregó junto al Doctorado Honoris Causa.

Lo peligroso de Monseñor Romero para las estructuras más conservadoras de la Iglesia católica no son sus palabras, sino su ejemplo; de ahí las reticencias de Juan Pablo II y Benedicto XVI a su beatificación.

La pasividad de la curia romana –cuando no el rechazo abierto– durante tantos años hizo que terminara convertido en un icono de la izquierda. Monseñor Romero censuró una y mil veces no solo el comunismo, sino también la lucha guerrillera tan en boga en aquellos años. Durante la investigación que realicé para escribir mi libro Hablan de Monseñor Romero, me sorprendió comprobar que a finales de 1979 varios de los líderes de los principales grupos armados y organizaciones de masas –obcecados por replicar en El Salvador la revolución sandinista de Nicaragua– hablaban pestes sobre él, de vendido y maldito para arriba.

Dicen que la historia termina ubicando a cada quien en su lugar. En los últimos años su figura ha emergido como la de un profeta de los derechos humanos de los pobres, de los desheredados de la humanidad. En noviembre de 2010 Naciones Unidas aprobó que cada 24 de marzo en todo el mundo se conmemore el Día Internacional del Derecho a la Verdad en relación con Violaciones Graves de los Derechos Humanos, y el modesto mausoleo que acoge sus restos en el sótano de la catedral de San Salvador se ha convertido en lugar de peregrinaje al que han llegado a presentar sus respetos figuras como la del presidente de Estados Unidos, Barack Obama. Monseñor Romero crece cada día y es probable que termine junto a Mandela, Gandhi y Luther King.

El papa Francisco, jesuita y latinoamericano él, alguien que en uno de sus primeros discursos dijo que querría “una Iglesia pobre para los pobres”, parece haber entendido que la institución no puede permitirse renunciar a uno de sus mártires que más admiración generan. Aunque eso le cueste distanciarse de esa derecha rancia y oxidada. 

Fotografía: Roberto Valencia
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(Este artículo fue publicado por primera vez el 26 de abril de 2013 en el diario Las Américas, que se edita en Miami (Florida, Estados Unidos), también bajo el titular "Monseñor Romero, el santo incómodo")

jueves, 25 de abril de 2013

Juan Pablo II menosprecia a Monseñor Romero


También un 22 de abril, pero del año 1979, el arzobispo Óscar Arnulfo Romero y Galdámez anunciaba al final de su homilía dominical que en unos días partiría hacia Roma, invitado por las Hermanas Dominicas de la Anunciata, para asistir a la beatificación del padre Francisco Coll Guitart, la primera del largo pontificado del nuevo papa Juan Pablo II.

—Naturalmente –dijo Monseñor Romero aquel día desde el púlpito–, todo el que va a Roma, sobre todo, si es pastor, su gran anhelo es mirar al Papa. Veré al Papa y platicaré con él. Yo nunca he estado opuesto a la línea del Papa. Seguiré todo lo que el Papa dice. Ya sé que allá, adelante, están muchas denuncias contra mí. Hay muchas informaciones que están diciendo de lo torcido de mi pastoral, y sé que el Papa me preguntará sobre ello.

Costó que Juan Pablo II recibiera a Monseñor Romero; pasó varios días de desesperación rogando de despacho en despacho por una audiencia que al final le fue concedida el 7 de mayo, nueve días después de haber aterrizado en Roma.

Fue además un encuentro tenso, la más tensa de sus cuatro audiencias papales. Wojtila lo recibió con la espada desenvainada: lo calló cuando el salvadoreño intentó exponer la crítica situación en materia de derechos humanos que atravesaba el país; le recomendó “prudencia” a la hora de hacer denuncias sobre la realidad nacional; y le ordenó que se acercara a los obispos afines al régimen.

“Yo salí preocupado por advertir que influía una información negativa acerca de mi pastoral”, consignó Monseñor Romero en su diario personal, “mi impresión no fue del todo satisfactoria”.

En encuentros como este hay que buscar las razones por las que la beatificación de Monseñor Romero –iniciada en 1996– fue bloqueada por Juan Pablo II primero, y después por su discípulo, Benedicto XVI; ambos acérrimos detractores de la Teología de la Liberación y de sus iconos.


Fotografía: internet
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(Este es la entrada de un reportaje publicado el 22 de abril de 2013 en el periódico digital El Faro, bajo el titular "Roma no se olvida de Romero")


jueves, 7 de marzo de 2013

Cuando monseñor Romero se convirtió en Monseñor Romero


Como le ocurrió a la gran mayoría de los religiosos y religiosas de la arquidiócesis, el sacerdote Ricardo Urioste -quien terminaría convertido en el vicario general del nuevo arzobispo- no se alegró cuando la Santa Sede designó a Monseñor Romero para estar al frente de la arquidiócesis de San Salvador. Y el descontento generalizado no era porque en la capital se desconociera quién era este migueleño; al contrario. Entre 1970 y 1974 se había desempeñado como obispo auxiliar en San Salvador, en una atípica y mal avenida terna de mando integrada por monseñor Chávez y González como arzobispo, y por monseñor Rivera Damas también como auxiliar. Ambos simpatizaban con las ideas progresistas surgidas del Concilio Vaticano II y de la conferencia de obispos latinoamericanos de 1968 en Medellín, Colombia.

Recuerdo -me dice Urioste- algo que monseñor Rivera Damas me confió antes de morir: poco tiempo antes de que en Roma decidieran quién sería el arzobispo, a él le dijeron que necesitaban a alguien menos crítico con el Gobierno, y por eso escogieron a Romero. Yo siempre digo que cuando la Iglesia se deja llevar por motivaciones humanas, el Espíritu Santo hace otra cosa, ¿verdad?

Urioste lo admite: hay un antes y un después en su relación con Monseñor Romero. En los primeros días de febrero de 1977, cuando ya se rumoraba quién sería el sucesor de monseñor Chávez y González, no ocultaba su disconformidad. Pocas semanas después, a finales de marzo, fue el único que lo acompañó en el primer viaje a Roma. Algo ocurrió en ese intervalo de tiempo. Al teólogo jesuita Jon Sobrino le gusta usar la palabra conversión para definir la transformación, y señala como detonante el asesinato del padre Rutilio Grande. Urioste prefiere hablar de un proceso; para ilustrarlo, recurre al evangelio de San Marco.

—Monseñor fue alguien que siempre, desde joven, fue viendo qué es lo que Dios pedía de él, y poco a poco Dios lo fue llevando por los caminos que lo llevó. Yo siempre comparo esto con lo que ocurre con Jesús y el ciego de nacimiento al que cura en Betsaida. El Señor le toca los ojos -y Urioste gesticula como si fuera él quien está sanando-, y le pregunta que si ve, y el ciego le dice: veo a los hombres como árboles que caminan; o sea, que no estaba viendo bien. Entonces, el Señor le vuelve a tocar los ojos y le pregunta de nuevo que si ve. Y el ciego le dice: ahora veo perfectamente. Algo así ocurre en la vida de Monseñor. Él fue siempre muy cercano a los pobres y con una gran sensibilidad, pero los veía como personas a las que había que tratar paternalmente. Pero el Señor le va tocando los ojos para que vaya viendo por qué son pobres, por qué están en esa condición, cómo hay que escucharlos y verlos. 
¿Y cuándo le tocó los ojos al punto de cambiarle de forma tan radical? 
Yo creo que se los va tocando desde San Miguel, y sobre todo cuando es obispo de Santiago de María. Considero que esos años en Santiago de María le sirvieron muchísimo para ir viendo de otra manera a los pobres, a tal grado que cuando regresa a San Salvador nosotros ignorábamos la apertura que había tenido. 

Imagen: internet

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(Este relato es un fragmento del perfil sobre monseñor Ricardo Urioste incluido en mi libro Hablan de Monseñor Romero, publicado en marzo de 2011).

viernes, 23 de noviembre de 2012

Pronunciamiento a la nación de Raúl Mijango y Fabio Colindres


[Comunicado escrito por Raúl Mijango y monseñor Fabio Colindres, las personas elegidas por el Gobierno para negociar con las pandillas Mara Salvatrucha-13 y Barrio 18, que se concretó en la tregua puesta en marcha el 8 de marzo de 2012, hecho por el que han mostrado interés otros grupos delincuenciales con algún tipo de organización, como las pandillas La Mirada Lokotes 13, Mara La Máquina y Mao Mao, el colectivo de expandilleros, y los grupos Los Trasladados y La Raza. Este comunicado se hizo público en la mañana del 22 de noviembre de 2012 en las instalaciones del Ministerio de Justicia y Seguridad Pública, en el marco de una conferencia de prensa convocada para conmemorar el primer año de gestión del ministro David Munguía Payés.]

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Los Facilitadores de la tregua entre pandillas y el proceso de pacificación de la sociedad salvadoreña, monseñor Fabio Colindres y el ciudadano Raúl Mijango, al pueblo salvadoreño y demás pueblos del mundo exponemos y proponemos:
  1. Que estamos convencidos de que los resultados del proceso histórico e inédito iniciado el 9 de marzo recién pasado ha provocado una sensible disminución en la tasa de homicidios y una baja menos sensible en el cometimiento de otros hechos delictivos, situación que ha configurado un escenario de esperanza para la sufrida sociedad salvadoreña, pues por fin se ha encontrado una forma eficaz para reducir la violencia, convertida desde hace años en el principal problema del país.
  2. Conscientes de que, si bien los resultados obtenidos en los ocho meses y medio que lleva este proceso son altamente positivos, estos aún resultan insuficientes para una sociedad que sigue sumida en la angustia y desesperación por el precio en vidas que se sigue pagando, además del constante acoso de grupos o personas que extorsionan a diario y del clima de inseguridad que aún se respira tanto en hogares como en las vías públicas.
  3. Con el objetivo de atender el clamor ciudadano y de buscar soluciones concretas a los problemas que nos agobian, los Facilitadores hemos diseñado un mecanismo de territorialización, con el propósito de lograr su consolidación. El mecanismo propuesto consiste en ir declarando sucesiva y progresivamente a los municipios del país como Zonas Especiales de Paz, mediante la aplicación del concepto de MUNICIPIOS SANTUARIO. Este concepto ya tuvo una aplicación exitosa en varias ciudades de los Estados Unidos de América en lo relacionado al tema de los inmigrantes; en el caso salvadoreño pretendemos aplicarlo como antídoto contra la violencia.
  4. Los Facilitadores somos partidarios del principio de que el éxito que todos esperamos solo surgirá del involucramiento de todos los actores, sumándose como parte de la solución, razón por la cual hacemos un vehemente llamado a apoyar la aplicación y concreción de este concepto y, muy en particular, hacemos el llamado a asumir como propia esta propuesta a la Comisión Técnica de Seguimiento del proceso, al Gobierno de la República, Asamblea Legislativa, Ministerio Público, a la cartera encargada de Justicia y Seguridad Pública, partidos políticos, gobiernos locales, empresarios, iglesias y líderes religiosos, líderes sociales, integrantes de las diferentes pandillas, ONG, cooperación externa y demás personas e instituciones interesadas en contribuir a la solución del más grave problema que agobia al país.
  5. Los componentes que incluyen la aplicación salvadoreña del concepto MUNICIPIO SANTUARIO que proponemos son los siguientes:
              A. Zona Especial de Paz, que integra:
    1. Acuerdo total de no agresión entre miembros de pandillas residentes en el municipio.
    2. Compromiso pandilleril de reducción y erradicación de prácticas delictivas como homicidios, extorsiones, hurtos, robos y secuestros.
    3. Municipio donde transitan libremente todos los ciudadanos, incluyendo miembros de pandillas.
    4. Municipio donde las pandillas entregan voluntariamente las armas que poseen.
    5. Municipio donde los miembros que representan a las pandillas se integran a los colectivos comunitarios que trabajan en pro del desarrollo local.
    6. Municipio donde la delegación de la PNC está integrada en su mayor parte pro miembros de la Policía Comunitaria.
    7. Municipio donde se persigue el delito y no a las personas, y que por lo tanto no se realizan operativos masivos ni con modalidad nocturna.
    8. Municipio donde las autoridades municipales desarrollan obras de desarrollo local en las zonas donde radican miembros de pandillas.
    9. Municipio donde las autoridades locales, empresa privada y cooperación externa impulsan iniciativas emprendedoras para habilitar oportunidades de inserción laboral a jóvenes del lugar, incluyendo miembros de pandillas que han dejado las prácticas delictivas.
    10. Municipio donde el Ministerio de Salud prioriza la implementación de campañas de salud mental.
    11. Municipio donde el Ministerio de educación impulsa programas de nivelación cultural en primaria y bachillerato de forma acelerada.
    12. Municipio donde se instala un observatorio criminológico integrado por ciudadanos residentes en el lugar.
              B. Municipio donde se suscribe un Pacto por la Vida y la Paz en el que participan autoridades locales, líderes sociales, empresarios, iglesias, PNC y miembros de pandillas
  1. Finalmente, los Facilitadores, con mucha fe y esperanza, quedamos a la espera y ansiosos de las respuestas positivas y públicas al llamado que en esta ocasión hacemos a la nación.
El Salvador, 22 de noviembre de 2012.

Fotografía. Roberto Valencia
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lunes, 16 de julio de 2012

El disparo

En este momento sonó el disparo…

A madre Lucita le pareció como si hubiera estallado una bomba. Han pasado ya más de tres décadas, pero aún no le ha hallado explicación a por qué el disparo se oyó tan fuerte. Especula con que el sistema de sonido, las lámparas de vidrio o las ventanas amplificaron la detonación, pero es solo eso: especulación, como tanto de lo que se ha escrito sobre lo ocurrido el fatídico 24 de marzo de 1980 al filo de las 6 y media de la tarde.

Cuando sonó el disparo, madre Lucita estaba sentada en una de las bancas ubicadas entre el altar y la puerta lateral izquierda, a apenas 10 metros de donde cayó Monseñor Romero. No había mucha gente: la capilla del Hospitalito es pequeña y la inmensa mayoría de los asientos estaban desocupados. La misa era por el aniversario de la muerte de Sara Meardi, madre de Jorge Pinto, director del periódico El Independiente. Un evento familiar, pues. Los testigos directos del magnicidio fueron pocos.

Justo antes del estruendo, Monseñor Romero hablaba: “Unámonos pues, íntimamente en fe y esperanza a este momento de oración por Doña Sarita y por nosotros”. En este momento sonó el disparo… Su última palabra fue “nosotros”. Estaba parado detrás del altar, a punto de iniciar el ofertorio. Había comenzado a extender el corporal. Delante tenía la copa con las hostias aún sin bendecir. El balazo lo hizo caer fulminado. Apenas le dio tiempo para agarrarse con una mano al mantel. Lo arrastró en la caída. La copa se volcó. Las hostias se desperdigaron sobre el altar y el suelo. Cuando tiempo después pudo meditarlo, madre Lucita concluyó que Dios ese día no quería el pan consagrado, sino su vida. El cuerpo quedó tendido a los pies del Jesucristo crucificado. Casi nadie se acercó de inmediato. Los más optaron por esconderse entre las bancas o huir al sector derecho de la capilla. Algunas hermanas que estaban en el comedor situado frente a la entrada principal corrieron hacia el altar. Madre Lucita también se acercó. Lo vio boca arriba, inconsciente, la sangre saliendo a borbotones por boca y nariz.

—Yo no sentí miedo, sentí indignación –dice–. Y lo que hice en ese primer momento fue tratar de identificar al asesino entre los presentes.

Un grupito de hermanas y un par de hombres fueron los primeros en auxiliarlo. La hermana Francisca entró en trance y, arrodillada junto al cuerpo agonizante, comenzó a gritar: “La sangre de Cristo se ha derramado”. Madre Lucita se dirigió a las oficinas administrativas, situadas muy cerca de la puerta lateral izquierda, y llamó a un médico. Fue en vano. Cuando regresó a la capilla ya habían cargado el cuerpo en volandas hasta la cama de un pick up, para llevarlo a la Policlínica Salvadoreña.

Alguien, madre Lucita no recuerda quién, cayó en la cuenta de que había fotógrafo merodeando. Desconfió. Ordenó a dos empleados del Hospitalito que lo retuvieran y le quitaron la cámara hasta que se cercioraron de que no estaba involucrado. La anécdota ilustra el desconocimiento generalizado, incluso entre los presentes, de lo sucedido en la capilla. Hoy sigue habiendo dudas y versiones que no por mucho repetirse son lo que realmente sucedió. Madre Lucita, por ejemplo, está convencida de que el francotirador estaba dentro de la capilla, que escuchó toda o casi toda la misa. Otras versiones ubican a la persona que haló el gatillo en la puerta principal, y otras aseguran que disparó desde el interior del Volkswagen rojo que el comando usó para llegar y para huir. Roberto Cuéllar, quien se apersonó en el Hospitalito después de la autopsia, añade como posibilidad que el asesino se acercara al altar por el exterior del edificio, en su flanco derecho, y disparara a través de uno de los ventanales o desde la puerta lateral.

Quizá nunca se despejen esas dudas, como quizá nunca se sepa con certeza quién disparó el arma. Pero ese disparo y ese momento forman, indiscutiblemente, parte de la historia de El Salvador, de esa historia escrita con tinta indeleble. 

Fotografía: Eulalio Pérez
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(Este relato forma parte del perfil de la religiosa María de Luz Cueva Santana, incluido en mi libro Hablan de Monseñor Romero, publicado en marzo de 2011 por la Fundación Monseñor Romero)

sábado, 24 de marzo de 2012

La última misa de Monseñor Romero

La última misa completa a la que asistió Monseñor Romero no fue, obvio, aquella en la capilla del Hospitalito que no finalizó porque un disparo le perforó el tórax. Tampoco fue la misa en la basílica del Sagrado Corazón del día anterior, esa en la que pronunció la histórica homilía en la que, en nombre de Dios y del sufrido pueblo salvadoreño, suplicó, rogó y ordenó el cese de la represión. No. Monseñor Romero celebró su última misa entre campesinos, en una humilde iglesia consagrada a la Virgen de Lourdes en el cantón Calle Real, ubicado en el área rural del municipio de Delgado, a mitad de camino entre San Salvador y Apopa.

Fue su amigo Salvador Barraza quien lo llevó hasta Calle Real, y en esa ocasión los acompañó Eugenia, la esposa. Ellos tres más los tres hijos de la pareja habían almorzado antes en la casa, habían visto juntos televisión y hasta había sobrado algo de tiempo para que el invitado durmiera un rato la siesta. Al cantón llegaron cuando faltaban unos minutos para las 4, justo para el inicio de la misa en la que confirmaron a un buen número de jóvenes. Al finalizar, hubo pláticas con los campesinos, entrega de víveres para el Hospitalito y se tomó alguna que otra fotografía con los recién confirmados.

Entre unas cosas y otras les atardeció en el cantón Calle Real. Se despidieron de los pobladores, se subieron al carro, Salvador lo puso en marcha y los tres regresaron a la casa familiar. Allí cenaron sin saber que sería la última cena.

Fotografía: Archivo Fundación Monseñor Romero 
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Este es un fragmento del perfil sobre Salvador Barraza incluido en el libro Hablan de Monseñor Romero (Valencia López, Roberto: Fundación Monseñor Romero, San Salvador, 2011).

martes, 28 de febrero de 2012

Al interior de las torres de la iglesia El Carmen

Incluso antes de entrar la iglesia El Carmen llama la atención. Sus torres pueden verse de varias cuadras a la redonda. La dirección es avenida Manuel Gallardo y 1.ª calle poniente, arteria que la Alcaldía de Santa Tecla rebautizó como la calle Padres Jesuitas*. En salvadoreño, es la que está dos cuadras al norte del parque Daniel Hernández, frente a la parada de bus del Banco Agrícola.

Desde esa parada, a través de una puerta gris, se ve casi toda la fachada. La madera luce vieja y arrugada, como un papel que se ha secado después de estar mojado. Se echa en falta la imagen de la virgen, que la bajaron tras el terremoto del 13 de enero de 2001. Ahora está junto al hangar anexo, donde el padre Salvador Carranza -el padre Chambita
- y otros jesuitas celebran misa todos los días de la semana. Salvo esa puerta gris, toda la verja que rodea lo que podría considerarse el atrio está cubierta con oxidadas láminas de zinc, como si se quisiera ocultar la decadencia. Al otro lado, hay helechos queriéndose adueñar de las agrietadas paredes exteriores, hay troncos, hojas y ramas secas esparcidas por el suelo, y hay un par de matas de guineo que uno no sabe bien qué hacen ahí.

Las láminas de zinc están rematadas con alambre de espino o alambre razor. Pero no sirvió de mucho. Desde hace poco más de un año el templo cuenta con alarma. La instalaron después de que unos ladrones se llevaron un buen número de bancas, la Carmela y poco faltó para que también desapareciera la Chaleca. Ellas son dos de las tres campanas que estaban en las torres.

Una vez dentro de El Carmen, el panorama cambia. El padre Chambita lleva un casco plástico gris que de poco le serviría si el edificio se viene abajo, como teme, y narra con pasión cómo fue el día del terremoto. Por la pared que desapareció casi por completo, la oriental, salieron unos estudiantes que estaban de visita en el templo. El gigantesco hueco de doce metros de longitud sigue ahí, cubierto por una endeble estructura de láminas. Se colocó en 2001, y nadie ha hecho nada más desde entonces. Sin ellas, se verían las matas de guineo de fuera.

No están las bancas, y la nave parece por ello más larga y más desnuda. Se mire donde se mire, no hay más de tres metros de pared sin grietas o sin agujeros en toda la mitad inferior. La situación cambia en la mitad superior, la sostenida por las columnas, que no ha perdido su encanto. Si se mira a algunas partes del suelo, uno se encuentra con las evidencias de que algún animal ha estado arriba. Si se mira hacia arriba, se ven palomas de Castilla revoloteando. Ni el alambre de púas ni la alarma han frenado a estos animales, los que más ganaron con el tácito abandono de una iglesia que era la candidata número uno para convertirse en la catedral de Santa Tecla.

En toda la estructura hay luz natural más que suficiente, y tiene mobiliario eclesiástico de madera amontando en la parte delantera. La sensación ahí dentro es también de decadencia, pero es distinta a la que se tiene fuera. La nave y sus 32 columnas mantienen intacto su poder de seducción, ese que durante más de nueve décadas estuvo al alcance de cualquier feligrés o visitante. Ahora está bajo llave.

El recorrido termina en las entrañas del templo, que El Carmen las tiene en sus dos emblemáticas torres. Son, escribieron los entendidos, las que menos sufrieron aquel 13 de enero. Son de madera, y no de adobe o mampostería, como los muros colapsados. Pero que no les afectara tanto el terremoto no significa que gocen de buena salud. Un siglo es mucho tiempo para la madera.

Para subir, la entrada está en una puerta casi oculta y situada en la parte inferior de la torre derecha. Dentro, hay distintos bloques de escaleras y hay oscuridad. Sobra la oscuridad. Algunos peldaños se mueven, la madera está agujereada y cruje. Todo eso, unido al hecho de ser un edificio cerrado por peligro de colapso, hace que la incertidumbre sea difícil de vencer. Hay tramos, los más altos, en los que la oscuridad hace a uno ir a tientas. Y ni el sonido de las palomas ni su olor contribuyen a la tranquilidad.

Antes de llegar al primer nivel, si es que se puede llamar así, el padre Chambita explica la primera sorpresa: “La fachada que hoy vemos es una fachada añadida. La fachada principal es un triple arco, porque El Carmen iba a ser al principio mucho más baja, neocolonial, y la que se ve es la añadida“. En las entrañas se ve con claridad lo que quiere explicar: un muro macizo y oculto tras la estructura de madera.

El segundo nivel es el tejado de la nave, con láminas de zinc blancas marcadas por el óxido. Es el lugar donde estaban las campanas y la imagen de El Carmen. Desde ahí arriba, se ve el pecado que se cometió al construir las residenciales que trepan las cordillera del Bálsamo; se ve la renovada iglesia de la Inmaculada Concepción; se ve el bullicioso mercado; se ve el volcán de San Salvador; se ven decenas de tejados donde hay más láminas que tejas. En definitiva, se ve Santa Tecla, la ciudad creada vía decreto.

Aún se puede subir más, hasta las estilizadas cúpulas de las torres. Hay más escaleras, pero ya no merece la pena. Lo que se intuye arriba, entre la oscuridad, es solo una maraña de vigas y tablas. Ahí termina el recorrido, y empiezan las preguntas. ¿Se puede salvar El Carmen? ¿Por qué no se ha hecho nada en siete años? ¿Y si ocurriera otro terremoto mañana?
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* La calle Padres Jesuitas ha vuelto a ser rebautizada y ahora se conoce como Paseo El Carmen.

Fotografía: Roberto Valencia
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(Este relato forma parte de un reportaje sobre la iglesia de El Carmen publicado el 2 de marzo de 2008 en Revista Dominical, de La Prensa Gráfica, bajo el título de Abandonada a su propia suerte.)
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