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martes, 11 de septiembre de 2012

Mientras el país siga carcomido por la violencia

Mañana calurosa y húmeda en Soyapango la del jueves 8 de marzo. El doctor Carlos Manzano –cirujano general,
PUESIESQUE hace calor en el despacho de este doctor que ahorita se arranca en caliche médico a contarme 
gabacha blanca desabotonada, lentes– trata de reconstruir en su propio lenguaje las consecuencias de la 
lo de Dani. A veces hablan como si no quisieran que los entendiéramos, como si fuera virtud usar esa 
brutal paliza que los policías dieron a Dani: ingreso inconsciente en Emergencias, puntaje abajo de 12 en la 
terminología aséptica que diluye la crudeza de la realidad. A Dani dos policías lo dejaron puro monstruo, 
 Escala de Glasgow, remisión inmediata a hospital de tercer nivel –al Rosales– por sospecha de trauma cráneo-encefálico,
pero a  saber cuántos jóvenes terminarán tirados en una quebrada, para que al día siguiente los periodistas 
tomografía axial computerizada para evaluar posibles daños en el cerebro, cirugías menores en cuero cabelludo,
 repliquemos la versión oficial: lo mató la mara rival. En El Salvador, cualquier día te agarran y te dan una 
 reconstrucción de la oreja derecha, penicilina sódica vía intravenosa, traumas contusos y abrasiones que derivaron 
 taleguiada hasta bajarte el puntaje de Glasgow ese y ya: un expediente clínico más, y la sensación –la certeza– 
en un proceso inflamatorio agudo en el rostro, diclofenaco sódico vía intramuscular…
  de que seguirá habiendo más danis, mientras el país siga carcomido por la violencia. Y SIACABUCHE.

Fotografía: internet
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(Este es un fragmento de una crónica titulada "Yo torturado", publicada el 9 de abril de 2012 en Sala Negra de El Faro). 

viernes, 29 de junio de 2012

Machismo institucionalizado


Ayer noche ingresaron a mi pequeña hija Alejandra en el Hospital Zacamil, el ubicado en la colonia homónima de Mejicanos. El diagnóstico: artritis séptica en su rodilla izquierda. Mi esposa pasó la primera noche a su lado, y a primera hora de esta mañana he llegado a relevarla. Para los lectores que nunca han puesto un pie en un hospital público salvadoreño, no está de más explicitar que, salvo en las cuatro horas asignadas para la visita, solo permiten que haya una sola persona junto al menor ingresado. La disposición tiene su lógica: esta habitación del área de Pediatría se construyó para albergar a cuatro pacientes, pero ahora mismo hay siete camas-cunas. En principio estaban las camas 21, 22, 23 y 24, pero se han convertido en 21, 21-B, 22, 22-B, 23, 23-B y 24. Al entrar he contado trece personas. Una niña de unos 9 años pasó la noche sola.

Decía que he llegado a relevar a mi esposa y la desvelada de esta noche me la echaré yo, obvio. Mañana, ella; pasado, yo… y así las cinco noches en las que Alejandra permanecerá ingresada. Durante el día, los papeles se intercambiarán. Padre y madre pues repartiéndose lo más equitativamente posible la responsabilidad del cuido de sus hijos. ¿Estoy contando una obviedad? No tanto en un país como El Salvador.

Aparte de mí, en los cinco días un único padre pasará una única noche con su hijo. Las madres y en menor medida las abuelas son las acompañantes por excelencia de los niños enfermos. Me moverá el piso sobremanera el caso de una joven madre que pasará cinco noches y cinco días prácticamente sin separarse de su hija enferma de dengue hemorrágico. Mañana le darán el alta, y en esta su última noche se dormirá algunas horas, sentada en una silla y con la cabeza sobre la cama de su hija.

—Es que en las otras cuatro noches apenas dormí nada y hoy sí estaba muerta. Hasta la mirada se me iba ya y hasta cosquillas en los dedos sentía… –me dirá mañana, cuando salga el sol.

Como ella, cientos de madres anónimas que merecen un aplauso infinito que nunca nadie les dará.

El Salvador es país machista hasta los tuétanos, y lo que sucede cada noche en las áreas de pediatría de cualquier hospital no es más que la enésima expresión. La hombría guanaca no se relaciona con pasar la noche en vela en un hospital. Para eso están las madres…

Pero en esta mi primera noche en el Zacamil ocurrirá algo más significativo si cabe. Cuando a eso de las 9 me presente para relevar a mi esposa, una joven enfermera estará en la habitación y, al verme, nos preguntará con gesto serio quién de los dos pasará la noche.

—Yo –responderé.
—No, pero eso no está permitido ya –dirá ella–. Hubo una reunión de los jefes hace unos días y se decidió que los hombres no podían quedarse en la noche.
—¿¡!? –mi esposa y yo al unísono.
—Hubo un problemilla y se decidió eso… Pero bueno, él tiene cara de persona tranquila… A ver qué pasa…

Como si el problema de machismo arraigado en la sociedad fuera chiquito, el propio hospital –y por extensión el propio Gobierno– promoviendo la desigualdad de género, pensaré, y así lo anotaré en mi libreta.

Fotografía BB: Roberto Valencia

domingo, 1 de mayo de 2011

Esmeralda y los mareros quemados

Hacía tiempo que no me sentaba a platicar con Esmeralda García. Por una u otra razón no había coincidido con ella, pero hoy, 11 de noviembre de 2010, nos hemos desquitado. La plática va de una esquina a otra, hasta que se detiene en la frágil salud del menor de sus seis hijos, un simpático niño sordomudo llamado Diego. Esmeralda lo llevó ayer a pasar consulta al Hospital Nacional de Cojutepeque por un pequeño bultito que le asoma en el pecho, y en sala de espera estaban cuando empezaron a llegar pick up cargados con pandilleros abrasados. Los traían de Ilobasco, de un penal.

—Da mucha pena ver eso, da lástima… –me dice Esmeralda con un gesto de dolor que obliga a creer en las sinceridad de sus palabras.
—Pues ahora se está diciendo –comento– que la llamada a los Bomberos desde el penal la hicieron como 45 minutos después.
—Sí, da lástima. Yo oía los comentarios de las mujeres en la entrada al hospital, que algunas sí decían: ay, pobrecitos. Pero otras señoras, bien fuerte, dijeron: allí estaban los que quemaron el microbús de Mejicanos; estos han sentido lo que sintieron los otros.
—No, Esmeralda, pero no había ninguno de los del microbús.
—Ah, pero así se escucha, que en ese penal estaban los de Mejicanos.
—Pero no, Esmeralda. En Ilobasco están los que cuando hacen la maldad son menores pero cumplen los 18 durante su condena. Es decir, es gente que llevaba condenada su tiempito ya.
—Sí, alguien dijo ahí que muchos ya habían purgado su pena…
—Quizá estaban por cosas peores, yo no sé, pero no eran los del microbús de Mejicanos.
—La gente… También dijeron que estaba ese que mató a un muchacho del Inframen.
—También eso es mentira.
—Pero uno dice… Es que la muerte que tuvieron… Si alguien tuvo que ver con eso… va a entregar cuentas… porque también nosotros no podemos tomarnos la justicia… Pobrecitos los muchachos… Ya estaban pagando su, su, su… su condena, pues. Estaban dormidos, tranquilos ahí… ¡Y la muerte que tuvieron! La palabra de Dios ya lo dice, en el Nuevo Testamento: deja, la venganza es mía. Nosotros no podemos tomar venganza de casos así.
—¿Y ni siquiera alegrase puede uno, Esmeralda?
—No, no podemos alegrarnos del mal ajeno… Solo Dios para juzgar… Nadie en este mundo es santo, todos cometemos errores. 

Cometemos errores todos, dice Esmeralda. Sobre todo en El Salvador. Pero aquí a Magdalena le habría caído una lluvia de pedradas.

Fotografía: elsalvador.com

miércoles, 2 de febrero de 2011

Las entrañas de la historia

—Lo impresionante –dice Roberto Cuéllar, director de Socorro Jurídico del Arzobispado en marzo de 1980 y una de las pocas personas que estuvo en la autopsia– fue ver cómo le partían el esternón, porque aquellos eran métodos rudimentarios, sin las motosierras ni el instrumental eléctrico que se utilizan ahora. Con Romero tuvieron que usar una especie de cincel. ¡Pa, pa, pa! –imita un martilleo como si fuera mimo–, para romper el hueso. Lo mataron con una bala del calibre .25, expansiva y explosiva, y el tórax o tenía lleno de esquirlas, y claro, había que sacarlas e ir colocándolas en un plato. Aquello me impresionó mucho.
—¿Lloró?
—No, ahí no. Lloré en otro momento, en el entierro, pero en la autopsia no.


Fotografía: Eulalio Pérez
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(Esta es una versión de un microrrelato/escena que se incluirá en un libro sobre Monseñor Romero que está previsto que sea publicado para marzo de 2011)
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