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martes, 31 de enero de 2012

Pláticas con pandilleros (II)


  • Temas generales de la conversación: accionar de las pandillas 
  • Fecha de la plática : 22 de julio de 2009 
  • Estatus del pandillero: al momento de la entrevista Neck es un activo del Barrio 18 preso en la Granja Modelo de Rehabilitación Pavón, en Fraijanes (Guatemala) 
  • Otros datos relevantes: Neck fallece el 26 de enero de 2010 como consecuencia de una caída desde un muro del penal en el que estaba recluido.


Neck nació en septiembre de 1979 en San Pedro Sula (Honduras), en el seno de una familia disfuncional. Con 12 años comenzó a vivir en las calles, a los 14 años le dieron la zapateada que lo convirtió en un integrante del Barrio 18, y cumplidos los 20 ya estaba condenado a 21 años de prisión por homicidio en grado de tentativa, robo agravado y amenazas. Estaba preso cuando conoció a la mujer con la que se casó. Ella tenía dos hijos –un hijo, una hija– de relaciones anteriores que Neck comenzó a tratar como si fueran propios. Así los llamaba: hijos. En una de las muchas ocasiones que lo visité en la cárcel, le pregunté hablaba con Jonathan, si le aconsejaba. Él –su hijo-hijastro– tenía la complicada edad de 13 años.

—Yo le hago ver todas las consecuencias que trae ser pandillero. Le doy consejos, ¿va? Sucede que… si no les aconsejás de lo que has vivido… porque hay muchos evangélicos y otras personas que aconsejan, sí, pero ellos tienden a predicar vidas que no han vivido, ¿mentendés? Vienen a predicar santos y unas grandes pajas que ellos ni han vivido, pero no ondas de la vida…
—Pero ahora hay predicadores que antes fueron homies.
—Sí, ¿pero sabés qué es lo que sucede? Uno los conoce, se los conoce desde años ¿mentendés? Que no han hecho nada; sí, hasta cierto punto han libado o han golpeado a alguien, pero nada risk ¿mentendés? Porque te lo voy a poner así: risk es despedazar a una persona, y eso ya es otra onda ¿mentendés?
—¿Y son poquitos en el Barrio los que hacen lo risk?
—Antes sí… Ahora, en estos tiempos, la mayor parte...
—¿Los bichos vienen cada vez más pelados?
—¿Sabés qué es lo que sucede, mentendés? De que ahora las reglas en el Barrio, te lo voy a poner así, ahora son más risk ¿ mentendés? Ya no te aguantan de que solo vengás y digás voy a hacer esto pero no lo hagás ¿mentendés? Ahora todos parejo.
Ahora todos parejo, dijo.


Fotografía: EV
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La historia de Neck fue publicada en una crónica titulada Jonathan no tiene tatuajes, que fue antologada en el libro homónimo editado en 2010 por la Coalición Centroamericana para la Prevención de la Violencia Juvenil (CCPVJ).

sábado, 6 de noviembre de 2010

En Guatemala se corre el Sur

Ocurrió hace unos días en un chupadero de la Zona-1 de Ciudad de Guatemala. Un grupo de pandilleros de la Mara Salvatrucha (MS-13) llegados desde El Salvador se echaban unas cervezas cuando entró en el local otro grupo del Barrio 18, guatemaltecos estos últimos. La rivalidad entre las dos pandillas es a muerte, y un encuentro de este tipo debe terminar en conflicto abierto, muchas veces en muerte, pero esta vez nada de eso sucedió. Desde hace algunos días en Guatemala se corre el Sur, que es algo así como una tregua pactada por los máximos líderes (palabreros) de las dos maras, y asumida como una orden de obligado cumplimiento por todos los integrantes de cada pandilla.

Para entender todo esto un poco mejor, conviene algo de contextualización. Las dos pandillas dominantes en Centroamérica –el Barrio 18 y la MS-13– son originarias de Los Ángeles, California, y ambas se cobijan bajo la sombrilla de la Mexican Mafia, la eMe. Unos y otros se reconocen como sureños, con respeto obligado al número 13 que representa la eMe. Salvatruchos y dieciocheros se odian a muerte, sí, pero comparten códigos de comportamiento porque son pandillas hermanas, si bienconciben su hermandad como Caín y Abel. Eso sí, cuando las circunstancias lo ameritan, pactan treguas, es decir, se corre el Sur. Esta figura es relativamente habitual en Estados Unidos para hacer frente a pandillas de negros, blancos o asiáticos, sobre todo al interior de las prisiones, pero en Centroamérica el Sur no se corre con... (Este artículo puede leerlo completo pulsando aquí)


Fotografía: Roberto Valencia

martes, 19 de octubre de 2010

Tenis manchados de sangre

Chinautla (Guatemala), julio de 2009. El taxi ya salió de Ciudad de Guatemala y se acerca a la colonia Tierra Nueva, un populoso y estigmatizado asentamiento compuesto por cientos de casas unifamiliares de bloque, sin parques, casi sin árboles.

—Poné buena música, jefe, que vamos a Tierra Nueva –dice el pandillero que ocupa el asiento de copiloto, al que llamaremos Snayder–. Quizá sea nuestra última canción.

Son varios días juntos ya por un reportaje, y hay cierto grado de confianza. Lo de la última canción lo dice como si fuera chiste, pero él sabe mejor que nadie que Tierra Nueva es una zona con fuerte presencia de maras. Snayder tiene ahora casi 40 años y es lo que se llama un pandillero calmado. Se integró en el Barrio 18 a principios de la década de los 90, en los inicios, cuando la política de deportaciones masivas implementada por el Gobierno estadounidense sembró el fenómeno de las maras en Centroamérica. Le entregó mucho al Barrio, demasiado, por eso no hubo mayores inconvenientes cuando quiso salirse para formar una familia. En el cuello carga una cadena de oro con un fusil de asalto AR-15 a escala. Cualquier pandillero de cualquier país que viera ese colgante sabría qué significa: respeto hacia su portador.

Lo que se sembró hace dos décadas germinó, creció y hoy es un cáncer que carcome desde adentro las sociedades centroamericanas. Los mareros ahora asesinan, descuartizan, torturan, extorsionan y violan de forma sistemática. La violencia desde siempre fue un elemento sine qua non en las pandillas, pero hace cinco años la violencia era menos; y hace diez, menos aún que hace cinco. Al menos en Centroamérica se están perdiendo los códigos, el conjunto de reglas de comportamiento no escritas. Saber qué significa el AR-15 de Snayder es un código, como también lo es no fumar crack o saber que no hay que emborracharse sin permiso. En el submundo de las pandillas, la vestimenta también está regida por códigos: se evita el color rojo, se prefiere la ropa amplia, y siempre debe estar limpia y planchada. La cachucha es un elemento importantísimo, pero más aún lo son los tenis. Pero no cualquiera. Entre toda la oferta, el modelo más apreciado son las Nike Cortez.

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Penal de Izalco (El Salvador), abril de 2010. En el grupo de siete pandilleros que están sentados alrededor de esta mesa hay bajos y altos, flacos y menos flacos, tatuados y sin tatuajes visibles, rapados y engominados… Pero todos tienen tres cosas en común: son jóvenes, visten el uniforme amarillo chillón de reo y llevan tenis de marca tan nuevos que parece que hoy los estrenaron. Casi todos son Nike Cortez.

Los tenis son señal de estatus al interior de la pandilla, por eso la pandilla entrega buenos tenis a los pandilleros más entregados. No es la única función que cumplen. Cuando se arruinan, los tenis se tiran a los cables del tendido eléctrico que atraviesan las colonias, y así se marca el territorio, igual que un graffiti.

Lo de colgar el calzado viejo no lo inventaron las maras ni mucho menos, pero lo han hecho suyo. Se apoderaron de lo que en principio no era más que un mínimo acto de rebeldía juvenil igual que se adueñaron de la palabra mara, que en El Salvador de hace 15 años se usaba para referirse al grupo de amigos, y hoy es sinónimo de grupo de delincuentes.

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La escuela de la Tierra Nueva ni siquiera lleva el nombre de nadie, se llama simplemente Escuela Oficial Urbana Mixta Nº 931. Hacia allá voy ahora con Snayder por una calle polvorienta por el que también caminan niños uniformados –camisa blanca, pantalón o falda azul marino– cargados con libros y mochilas. Es cerca de la 1 de la tarde. Snayder mira inquieto a uno y otro lado. Le pregunto si pasa algo. Con la mirada me señala hacia arriba. De un cable eléctrico que atraviesa la calle cuelgan dos pares de tenis viejos y ennegrecidos.

*****

Después de pasar el día en el penal de Izalco le pregunto a uno del grupo de siete pandilleros la duda que me ha rondado la cabeza.

—Esos tenis tan nuevos, ¿quién te los trae?
—La familia, vos sabés –evade el tema. Las interioridades de la pandilla no se hablan con extraños, es otro código.

En una interpretación muy generosa no me ha mentido. Para un amplio pero indeterminado porcentaje de pandilleros la pandilla es la familia –Por mi madre nací, por el Barrio moriré, dicen los dieciocheros–, con lazos mucho más fuertes que los que jamás tuvieron con su familia biológica. Al pandillero preso la pandilla lo cuida. Es también cuestión de códigos, y este es de los que no se ha perdido. Por eso los centros penales están llenos de Nike Cortez, a 70 dólares el par, casi lo mismo que gana en El Salvador un cortador de café en un mes. Afuera, en las calles de Guatemala y San Salvador, miles de motoristas de autobús, repartidores, profesionales y pequeñas vendedoras que apenas sacan para llevar algo de comer a sus hijos son extorsionados por las maras bajo amenaza de muerte. Pagar la renta, lo llaman cínicamente. Adentro de los penales los pandilleros lucen orgullosos sus Nike Cortez de estreno. Tan limpios como manchados de sangre.


Fotografía: Roberto Valencia
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(Este relato se publicó en el blog Crónicas de Centroamérica, de 
 www.elmundo.es, el 19 de octubre de 2010, bajo el título de Tenis manchados de sangre)

sábado, 6 de marzo de 2010

La primera vez es la que más se recuerda

Fue el primer jefe de delegación que aterrizó en Ciudad de Guatemala, como un novio impaciente, como si quisiera evitar cualquier inconveniente de última hora. Hoy era el día de Porfirio Lobo Sosa, que este 5 de marzo dormirá un poco más presidente que lo que lo era ayer. Amaneció otoñal en el país de la eterna primavera. Cielo gris encapotado y una brisa que hacía ondear con fuerza la gigantesca bandera guatemalteca que singulariza la Plaza de la Constitución, una especie de Zócalo a escala reducida, lleno de palomas, de indigentes y de indígenas, y hoy también de soldados armados con fusiles M-16.

Justo enfrente del mástil, el Palacio Nacional de la Cultura; y en las puertas del palacio, un Lobo encorbatado y sonriente cuando bajó del Toyota Prado metalizado que lo trajo desde el aeropuerto. Las mismas escaleras las subió minutos después Hillary Clinton, la secretaria de Estado estadounidense. Y también cuatro jefes de Estado: los de Guatemala, El Salvador, Costa Rica y Belice. Un minicumbre, pero cumbre al fin y al cabo. El bautismo de Lobo es estas lides tras el portazo que hace dos semanas le dieron en la reunión del Grupo de Río celebrada en Cancún, México.

Porfirio Lobo Sosa es presidente desde el 27 de enero. Lo es tras unas elecciones que se desarrollaron cinco meses después de un golpe de Estado y sin el visto bueno de la comunidad internacional. Pero lo ocurrido hoy vino a alterar esta realidad, aunque sea de manera parcial. Quizá por eso Lobo ensayó su mejor sonrisa y la adornó con una fina corbata de rayas amarillas y azules.

Estaba dentro del guión que la diplomacia estadounidense le diera la bendición, como lo hizo Hillary Clinton, pero no tanto que, con la excepción de la Nicaragua bolivariana, lo hiciera en bloque una Centroamérica que hoy por hoy está virada políticamente hacia la izquierda. El caso más paradigmático es sin duda el de El Salvador. El presidente Mauricio Funes llegó al Gobierno en junio pasado de la mano de la ex guerrilla del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), partido que sigue a pies juntillas las directrices emanadas desde Caracas; entre ellas, el rechazo al sucesor de Micheletti. Funes ha pasado de ser una de las voces más críticas del golpe a convertirse en uno de los principales promotores de que la comunidad internacional comulgue con la Honduras de Lobo, para escándalo del partido que lo llevó al poder.

A la hora de la foto oficial, Lobo no dejó de sonreír y de hablar con sus colegas. En su bautismo le tocó posar entre los presidentes de República Dominicana y de Costa Rica. Se paró sobre la banderita hondureña que le indicaba dónde ubicarse en la tarima, y alzó su mano derecha lo más elegantemente que pudo.

De una cumbre de este tipo, donde generalmente hay más pompa que resultados, Lobo salió satisfecho. Logró su objetivo. Y dicen que la primera vez es la que más se recuerda. Pasadas las tres y media de la tarde, cuando abandonó el palacio y bajó de nuevo las escaleras para subirse en el Toyota Prado que lo llevó al aeropuerto, el ambiente otoñal mañanero había desaparecido. El cielo estaba azul, y el sol brillaba recio sobre el país de la eterna primavera. También sobre la cabeza de un Lobo sonriente.



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(Esta es una versión modificada de una crónica publicada en elmundo.es el 5 de marzo de 2010)

jueves, 4 de febrero de 2010

Neck ha muerto

Martes, 26 de enero de 2010, 9:34 p.m. Un correo electrónico cae en mi cuenta desde la cuenta de Mish, un pandillero calmado que el año pasado me puso en contacto con Neck, el dieciochero que protagonizó un relato que escribí sobre pandilleros y familia.

“(…) te contamos una mala noticia en estos dias neck tubo un posible accidente y ayer fallecio me da mucha pena escribirte para darte malas noticias pero creo que lo debes saber ojala te veamos pronto por aca mishell”.

Mishell es la pareja de Mish. La conocí también durante la investigación para escribir esta historia que transcurre en Guatemala. Leo sus palabras sobre el destino de Neck y me entristezco. Unas llamadas me servirán para saber más del “posible accidente”. Neck se cayó la semana anterior al interior de la Granja Modelo de Rehabilitación Pavón desde una altura de unos diez metros. Tuvo fracturas en el cráneo y en el rostro, y la pierna se machacó de tal manera que los médicos recomendaron su amputación por el muslo. Estuvo varios días moribundo en un hospital público, no resistió la segunda operación con anestesia general, y el lunes murió. Neck le alcanzó a susurrar a Brigitte, su esposa, que nadie lo empujó, pero en Pavón se oyen otras versiones.

A Neck lo entierran en la tarde del jueves 28 de enero en un nicho del Cementerio General de la Zona 3 de Ciudad de Guatemala. Sobran los dedos de las manos para contar los presentes, no hay hombres suficientes para cargar el ataúd, y a las mujeres les toca arrimar el hombro. También a Jonathan, su hijastro de 13 años al que Neck pedía que se mantuviera alejado de las pandillas. El nicho está alto y un desequilibrio en el improvisado y desbalanceado cortejo fúnebre hace que la caja se voltee, que se abra la tapa y que a través de un cristal aparezca por última vez el rostro tatuado y magullado de Neck. Brigitte llora y grita casi hasta el colapso. Jonathan llora más y grita más.

—Mi papiiiito, mi papiiiito…

Jonathan no tiene tatuajes. Aún.

Al poco llega una máquina para poder subir el ataúd. Brigitte llora. Jonathan llora más. Lloran en el entierro de Luis Efraín Sagastume López. Nadie desde su San Pedro Sula natal ha venido, quizá ni se hayan enterado. Tampoco ha venido nadie de la que Neck un día creyó que era su familia: el Barrio 18.

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Esta es la primera versión del epílogo añadido a una crónica titulada "Jonathan no tiene tatuajes" con motivo de su publicación en febrero de 2010 en el periódico digital Frontera D. El texto original se ha publicado en medios de Chile, El Salvador, Honduras, Uruguay, España y Bolivia, y ha sido antalogado en un libro de crónicas sobre violencia juvenil.

Fotografía: Miquel Dewever-Plana

martes, 24 de noviembre de 2009

Almuerzo con un pandillero en Pavón

Está endiabladamente bien hecha y es como un imán. Se la mandó tatuar como mecanismo de defensa, para que no lo reconocieran cuando se fugó del penal de El Infiernito. Por más que uno lo intente, cuesta dejar de mirar esa mano huesuda con forma de 18 tatuada en la cara. La tiene en su lado derecho. Nace de la yugular y se extiende sobre su pómulo con textura, profundidad y detalle. El dedo índice llega hasta encima de la ceja; y el dedo gordo, hasta los labios. Alguien podría considerarla una obra de arte, pero para él es una condena a ser inconfundible, a ser dieciochero a perpetuidad. Neck es un hombre pegado a una mano huesuda.

Fotografía: Roberto Valencia
—¿Y tiene algún significado especial?
—Mala suerte, ¿mentendés? –responde, una manera de decirme que deje de preguntar, que no conviene hablar de los tatuajes.

Hace más de una hora que los custodios nos encerraron en el Módulo de Aislados de Pavón, el sector en el que están algunos de los prisioneros más peligrosos y/o inadaptados de todo el penal. Casi todos son del Barrio 18 o de su entorno. Mish se ha echado a dormir, y ahora estoy con Neck y su esposa Brigitte sentado alrededor de la mesa de plástico verde. Ella pregunta la hora –faltan minutos para mediodía–, y pide permiso para levantarse y comenzar a preparar la comida. Al poco regresa, y deja un repollo sobre la mesa, justo delante de Neck.

—No me lo vayas a deshojar todo –eleva la voz Brigitte, y sigue con lo suyo sobre una repisa que le sirve de mesa de cocina.

Neck me ofrece otro vaso de naranjada, y continúa con su vida. La conversación está resultando amena y fluida, como si agradeciera el simple hecho de que alguien se haya molestado en preguntar. Decide liarse un puro. Conseguirlos aquí adentro es tan sencillo como disponer de 2 quetzales ($0.25). Lo ofrece. Neck conserva ese rasgo de ruralidad que lo empuja a uno a compartir lo que tiene, por poco que sea.

—…entonces tiré el arma, ¿mentendés? –divaga Neck.
—Mirá, Gordo –interrumpe Brigitte, casi un grito–, necesito aquel traste verdecito, porfa. Ah, y me traés una cebolla también, porfa.
—Va.
—Una así –extiende sus dedos–, más o menos, porque va a servir para la ensalada y para el chirimol.

Lo llama Gordo nomás por molestar. Neck mide en torno al metro setenta y cinco, pero es delgado como cebollín. Si dejamos a un lado los tatuajes, es bien parecido, un cazador. Tiene una cara simétrica, imberbe, la sonrisa como gesto dominante y de cada una de sus orejas cuelga un arete. El pelo le gusta llevarlo corto, lo justo para tapar las marcas en su cabeza. Su cuello está también surcado por cicatrices y en el brazo derecho tiene un balazo calibre 22. Pese a sus 30 años de vida y 10 en prisión, conserva un aire adolescente en su mirada, en su vestir y en su caminar.

—…pues ese día –retoma la plática y el repollo cuando regresa con el traste– perdimos una nueve milímetros, una Baby Glock, ¿va? Porque uno cuando…
—¡Todo me lo deshojaste ya, vos! –grita Brigitte, el enojo en la mirada– ¡Medio repollo vamos a hacer!

Neck calla y me mira cómplice, como pidiéndome disculpas. No replica. Se levanta y sale a buscar la cebolla.
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Esta escena es un fragmento de una larga crónica titulada "Jonathan no tiene tatuajes" publicada en CIPER (Chile), en El Faro (El Salvador) y en El Patriota (Honduras).
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