Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas

sábado, 8 de noviembre de 2014

Prólogo del e-book 'Yo bajomundo'


Ocurre con demasiada frecuencia. A pesar de las cifras espeluznantes, de los cadáveres exhibidos con cinismo en los noticieros, a pesar de las residenciales amuralladas y de las casas fortificadas, de la cotidianidad moldeada por la violencia, de los espacios públicos perdidos, de las incontables renuncias, a pesar incluso de que desde hace años Naciones Unidas nos exhibe como la región más violenta del mundo, a pesar de todo esto... no falta quien desde el primermundismo salvadoreño minimiza o incluso niega que la nuestra sea una sociedad especialmente violenta.


Ocurre con demasiada frecuencia que cuando uno cuenta una historia tejida con el llanto de las víctimas, saltan voces que dicen que no, que muy sensacionalista usted, que violencia en todos los países hay, que por qué no dedicar el tiempo a relatos de superación y éxito. Una manada de avestruces que desde dentro de sus burbujas recriminan que dirigir el foco a lo que está sucediendo allá abajo –hacia eso que con cariño y respeto yo acostumbro a llamar el bajomundo– no hace sino dañar la imagen del país.


Dicen: la violencia no es algo exclusivo de El Salvador. Dicen: aun en los países desarrollados suceden cosas que da asco contarlas. Dicen: en todas partes suceden cosas parecidas.


Un dato asolador: para igualar la tasa de homicidios que El Salvador cosechó en 2013, en España tendrían que haber asesinado a más de 18,000 personas, y asesinaron a 302. Y eso que para nosotros 2013 fue el año menos violento de la última década, consecuencia directa de la polémica tregua –promovida por el gobierno del expresidente Mauricio Funes– entre las pandillas Mara Salvatrucha y Barrio 18.


Ocurre con demasiada frecuencia que los que más alejados estamos del fenómeno de las maras nos negamos a aceptar lo que hemos construido, nos negamos a vernos como corresponsables.


El libro digital que tiene entre sus manos no aspira a cambiar la naturalidad con la que se convive con la violencia en El Salvador; sería arrogante siquiera pretenderlo. Los que se niegan a mirar no verán. El país seguirá siendo lo que es, una sociedad marcada a fuego por la violencia. El anhelo de este esfuerzo periodístico bautizado Yo bajomundo no es pues corregir u orientar, aleccionar, sino que su vocación es de registro histórico, como el fotógrafo que llega al campo de batalla y fotografía lo que ya no tiene solución. Las cuatro crónicas que lo integran son apenas cuatro piezas de un rompecabezas infinito, cuatro estampas que tratan de explicar –desde una visión humanista de la investigación periodística– la que sin duda es la expresión más aguda del problema de violencia que nos define como sociedad: las maras.


Yo violada es la historia de una muchacha violada salvajemente por una clica del Barrio 18; una violación, como tantas otras, que ni siquiera entró a formar parte de los registros oficiales. De esta crónica el periodista estadounidense Jon Lee Anderson escribió esto: “Parece ser la metáfora más visceral de una sociedad sofocada, que no logra imponer la autoridad moral, porque no la ampara un Estado de derecho”.


Yo torturado de alguna manera retrata la Policía Nacional Civil que tenemos, un cuerpo saturado de elementos para los que el respeto a los derechos humanos es un imposible. Narra la tortura de la que fue objeto un joven por el simple hecho de vivir en un sector de mareros, sin que él tuviera nada que ver con ellos.


Yo pandillero es la historia de vida de un sádico integrante del Barrio 18. Encarcelado, casado y cerca de convertirse en treintañero, reflexiona sobre la indeseada posibilidad de que su hijastro siga sus pasos.


Por último, Yo madre nos acerca al drama infinito de la madre de un pandillero de la Mara Salvatrucha, una madre que odia a la pandilla tanto como quiere al fruto de su vientre, y que por ese amor está dispuesta a soportar todos los vejámenes con los que el Estado y la sociedad salvadoreñas castigan a personas como ella.


Esta tetralogía de crónicas no se concibió para integrar un libro, sino como historias independientes que fueron publicadas entre los años 2009 y 2013 en el periódico digital El Faro. Son historias reposadas, en las que invertí mucho tiempo para tratar de invisibilizarme como periodista ante las víctimas y/o victimarios. Reeditadas y empaquetadas ahora, quizá ayuden a comprender mejor las miserias y también las grandezas del bajomundo, que es donde a mi juicio anidan las esencias más puras de la salvadoreñidad.


Como el agua y el aceite en un vaso, el bajomundo y el primermundismo que complementan la sociedad están siempre en contacto, pero nunca se mezclan. Y si el bajomundo lo integra la mayoría de los salvadoreños, el primermundismo somos esa franja privilegiada de la población que tenemos los tres tiempos de comida garantizados y las necesidades básicas cubiertas, ese 20-30% de los salvadoreños que, con más o menos agobios, llegamos a fin de mes y que podemos pagar en lo privado por los servicios de salud, educación y esparcimiento que el Estado no alcanza a cubrir. Los que tenemos internet, vamos al cine o podemos dar un vaso de leche cada noche a nuestras hijas. Usted, si está leyendo esto en una tablet o una computadora, solo eso ya lo ubica en el aceite, entre los privilegiados.


Yo bajomundo es una pequeña ventana al bajomundo. Estas no son historias seleccionadas por su crueldad, no son ejemplos rebuscados de atrocidades extremas. Son cotidianidad. Le invito a mirar y a conocer cómo se vive allá abajo.



Roberto Valencia, periodista
San Salvador, El Salvador
Julio de 2014



Este e-book incluye cuatro crónicas (Yo violada, Yo torturado, Yo pandillero y Yo madre) y está a la venta en la tienda virtual del periódico digital El Faro. El precio es 5 dólares. Si le interesa, puede adquirirlo en este enlace > http://goo.gl/oTG4lO

viernes, 21 de marzo de 2014

Un pueblón llamado San Miguel


Comencé a frecuentar San Miguel a finales de 2001, al poco de haber migrado a El Salvador. Me he dejado perder incontables veces por la cuadrícula de su parte vieja, he comido pupusas en el mercado a cielo abierto que es su centro, me he bañado en esa prolongación de la ciudad que es la playa El Cuco, he disfrutado en sus calles del popular Carnaval, y hasta he tenido el honor de ser jurado en la elección de la reina. San Miguel nunca aparecerá en esos pomposos listados de rincones del mundo que uno tiene que conocer antes de morir, pero tiene algo, personalidad propia, es un lugar que se deja querer, adictivo. Creo que parte de su encanto radica en su condición de ciudad pueblón, dicho en el sentido más puro e inocente de la palabra: pueblón como pueblo grande, sin carga peyorativa alguna. Es cierto que el título oficial de ciudad lo tiene desde el siglo XVI, que es cabecera departamental y que en toda la zona oriental del país no hay otro poblado más poblado, pero exhala esa entrañable sensación de que todos conocen a casi todos. 

Fotografía Roberto Valencia

martes, 1 de octubre de 2013

Socorro Jurídico del Arzobispado


Este es un fragmento del perfil sobre el exdirector de Socorro Jurídico del Arzobispado, Roberto Cuéllar Martínez (Beto Cuéllar), incluido en mi libro 'Hablan de Monseñor Romero' (Fundación Monseñor Romero, San Salvador, 2011). Lo comparto ahora por la pertinencia: ayer se supo que el actual arzobispo de San Salvador, José Luis Escobar Alas, decidió dar carpetazo a Tutela Legal del Arzobispado, una institución sin la que cuesta entender la historia reciente de El Salvador. Aquí el fragmento. 

-------------------------------- 
Socorro Jurídico Cristiano nació en agosto de 1975 como una iniciativa adscrita al Externado de San José y bajo la coordinación del sacerdote jesuita Segundo Montes. El planteamiento inicial era simple: prestar asistencia legal gratuita a personas que no tenían cómo pagar un abogado y lograr al mismo tiempo que los jóvenes estudiantes de clases acomodadas se empaparan de la realidad. Trabajaron bajo ese lineamiento durante un año y medio, pero el asesinato del padre Rutilio Grande lo alteró todo. Solo Socorro Jurídico se atrevió a representar a la Iglesia católica y, tras superar sus recelos iniciales ante la inexperiencia de la mayoría de sus integrantes, Monseñor Romero terminó no solo aceptando el ofrecimiento, sino que vio tanto potencial en la oficina que a los pocos meses Socorro Jurídico Cristiano se convirtió en Socorro Jurídico del Arzobispado. 
 
No fue un simple cambio nominal: el bufete para pobres mutó en un centro de promoción y defensa de los derechos humanos, tanto individuales como colectivos. Beto Cuéllar no tardó en asumir la dirección. Al año, entre las muchas y variadas labores de la oficina, estaba la elaboración semanal de un informe que recopilaba las violaciones e injusticias cometidas por el Estado y también por los grupos armados de todo signo político; ese informe era el insumo principal para el apartado de Hechos de la semana de sus homilías. Instituciones de reconocido prestigio internacional como la Federación Internacional de Derechos Humanos, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, el Consejo Mundial de Iglesias, la Comisión Internacional de Juristas o Amnistía Internacional certificaron la labor de Socorro Jurídico. 
 
Es simple –dice Beto Cuéllar–. Romero tuvo en el respeto a la persona humana y en la protección legal de su pueblo dos de sus principales líneas de trabajo y, se lo digo sin jactancia, nosotros le hicimos el trabajo difícil, para que nunca jamás le pudieran reclamar que sus denuncias eran inventos. Él siempre nos decía: identifiquen a los fallecidos con datos precisos, con que haya un solo muerto el caso es contundente. 
 
El asesinato de Monseñor Romero frenó el empuje, pero la semilla estaba sembrada. En 1982 surgió Tutela Legal del Arzobispado, y en 1985 se creó el Instituto de Derechos Humanos de la UCA. Beto Cuéllar está convencido de que en materia de derechos humanos Monseñor Romero fue un visionario, un pionero, un profeta. Lo reconoce como el primer procurador para la defensa de los Derechos Humanos que tuvo El Salvador… tres lustros antes de que naciera la institución. 
-------------------------------- 

Puede leer y/o descargarse el libro 'Hablan de Monseñor Romero' (que incluye el perfil completo sobre Roberto Cuéllar) pulsando aquí


martes, 4 de junio de 2013

Jon Lee Anderson piropea ‘Yo violada’


Me van a permitir una vez más el autobombo, aunque creo que pocas veces estará tan justificado. Esta entrada se limitará nomás a este mínimo párrafo introductorio y a la trascripción de las palabras del maestro Jon Lee Anderson sobre una mis crónicas, sobre ‘Yo violada’, incluida en Crónicas negras. Desde una región que no cuenta, el primer libro de la Sala Negra de El Faro, que acaba de salir a la venta editado por Aguilar. Jon Lee tuvo la gentileza de hacernos el prólogo y de ‘Yo violada’ dice esto: 

“Está también el que probablemente es el relato más conmovedor y memorable de esta colección: ‘Yo violada’, la historia de la joven Magaly, escrita por Roberto Valencia. Se trata de la vida de una chica que sufrió una violación masiva por parte de los pandilleros de su barrio, algo que, descubre Valencia, es un hábito ritual. Lo de Magaly es una experiencia más entre muchas. La mayoría no reportadas ni contadas. Se quedan ahí, ocultas en esos barrios olvidados a su suerte. El director de un colegio de la zona reconoce que sabe de lo sucedido, que conoce a algunos de los que lo hacen, que saben que pertenecen al poderoso Barrio 18 y que no tiene ni el poder, ni el coraje, ni la temeridad necesaria como para denunciarlo. ‘Yo violada’ parece ser la metáfora más visceral de una sociedad sofocada, que no logra imponer la autoridad moral, porque no la ampara un estado de derecho. El impacto de esta crónica es muy fuerte, casi desolador”.

Amén. 

lunes, 16 de julio de 2012

El disparo

En este momento sonó el disparo…

A madre Lucita le pareció como si hubiera estallado una bomba. Han pasado ya más de tres décadas, pero aún no le ha hallado explicación a por qué el disparo se oyó tan fuerte. Especula con que el sistema de sonido, las lámparas de vidrio o las ventanas amplificaron la detonación, pero es solo eso: especulación, como tanto de lo que se ha escrito sobre lo ocurrido el fatídico 24 de marzo de 1980 al filo de las 6 y media de la tarde.

Cuando sonó el disparo, madre Lucita estaba sentada en una de las bancas ubicadas entre el altar y la puerta lateral izquierda, a apenas 10 metros de donde cayó Monseñor Romero. No había mucha gente: la capilla del Hospitalito es pequeña y la inmensa mayoría de los asientos estaban desocupados. La misa era por el aniversario de la muerte de Sara Meardi, madre de Jorge Pinto, director del periódico El Independiente. Un evento familiar, pues. Los testigos directos del magnicidio fueron pocos.

Justo antes del estruendo, Monseñor Romero hablaba: “Unámonos pues, íntimamente en fe y esperanza a este momento de oración por Doña Sarita y por nosotros”. En este momento sonó el disparo… Su última palabra fue “nosotros”. Estaba parado detrás del altar, a punto de iniciar el ofertorio. Había comenzado a extender el corporal. Delante tenía la copa con las hostias aún sin bendecir. El balazo lo hizo caer fulminado. Apenas le dio tiempo para agarrarse con una mano al mantel. Lo arrastró en la caída. La copa se volcó. Las hostias se desperdigaron sobre el altar y el suelo. Cuando tiempo después pudo meditarlo, madre Lucita concluyó que Dios ese día no quería el pan consagrado, sino su vida. El cuerpo quedó tendido a los pies del Jesucristo crucificado. Casi nadie se acercó de inmediato. Los más optaron por esconderse entre las bancas o huir al sector derecho de la capilla. Algunas hermanas que estaban en el comedor situado frente a la entrada principal corrieron hacia el altar. Madre Lucita también se acercó. Lo vio boca arriba, inconsciente, la sangre saliendo a borbotones por boca y nariz.

—Yo no sentí miedo, sentí indignación –dice–. Y lo que hice en ese primer momento fue tratar de identificar al asesino entre los presentes.

Un grupito de hermanas y un par de hombres fueron los primeros en auxiliarlo. La hermana Francisca entró en trance y, arrodillada junto al cuerpo agonizante, comenzó a gritar: “La sangre de Cristo se ha derramado”. Madre Lucita se dirigió a las oficinas administrativas, situadas muy cerca de la puerta lateral izquierda, y llamó a un médico. Fue en vano. Cuando regresó a la capilla ya habían cargado el cuerpo en volandas hasta la cama de un pick up, para llevarlo a la Policlínica Salvadoreña.

Alguien, madre Lucita no recuerda quién, cayó en la cuenta de que había fotógrafo merodeando. Desconfió. Ordenó a dos empleados del Hospitalito que lo retuvieran y le quitaron la cámara hasta que se cercioraron de que no estaba involucrado. La anécdota ilustra el desconocimiento generalizado, incluso entre los presentes, de lo sucedido en la capilla. Hoy sigue habiendo dudas y versiones que no por mucho repetirse son lo que realmente sucedió. Madre Lucita, por ejemplo, está convencida de que el francotirador estaba dentro de la capilla, que escuchó toda o casi toda la misa. Otras versiones ubican a la persona que haló el gatillo en la puerta principal, y otras aseguran que disparó desde el interior del Volkswagen rojo que el comando usó para llegar y para huir. Roberto Cuéllar, quien se apersonó en el Hospitalito después de la autopsia, añade como posibilidad que el asesino se acercara al altar por el exterior del edificio, en su flanco derecho, y disparara a través de uno de los ventanales o desde la puerta lateral.

Quizá nunca se despejen esas dudas, como quizá nunca se sepa con certeza quién disparó el arma. Pero ese disparo y ese momento forman, indiscutiblemente, parte de la historia de El Salvador, de esa historia escrita con tinta indeleble. 

Fotografía: Eulalio Pérez
-----------------------------------------------------------
(Este relato forma parte del perfil de la religiosa María de Luz Cueva Santana, incluido en mi libro Hablan de Monseñor Romero, publicado en marzo de 2011 por la Fundación Monseñor Romero)

martes, 21 de febrero de 2012

Rafael Menjívar Ochoa, un bloguero excepcional


“La camisa ya es vieja; si no me equivoco, la compré en México en 1997 o 1998. El cabello y la barba también están destiñéndose. La computadora que aparece en la foto ya estaba fallando en ese momento…  Así arranca la primera entrada de Tribulaciones y Asteriscos, el blog que Rafael Menjívar Ochoa mantuvo vivo y actualizado con sorprendente regularidad durante casi seis años y medio. No suena aventurado especular con que aquel 4 de noviembre de 2004 fue un día especial para Rafa. Cualquiera que haya abierto un blog sabe que ese primer post no es igual al número diecisiete o al treinta y nueve. Más allá de la historia que se decida contar, de las palabras que se elijan, esa primera confesión se escribe por lo general acolchada por buenas intenciones, con la íntima convicción de que será la primera de un listado infinito. Pero esos deseos casi siempre son llamarada de tuza, y en cuestión de días o semanas, meses lo más, infinidad de blogs que nacen impetuosos como caballos desbocados terminan muertos de inanición. Afortunadamente, Rafa resultó ser un bloguero excepcional. 

Rafa destacó en muchas y variadas facetas. La de escritor es con justicia la más celebrada, pero también tuvo un papel destacado como docente, como periodista, como historiador, me atrevo a suponer que como padre y compañero de vida, y, por supuesto, como bloguero. Este es el aspecto que en lo particular me gustaría subrayar, y no solo porque es el que me facilitó acercarme a él, el que me permitió conocerlo y dimensionarlo, sino porque estoy convencido de que lo que publicaba era de gran calidad, de que con una buena selección de las mejores entradas costaría poco dar forma a un libro póstumo excepcional.

Tribulaciones y Asteriscos llevaba como subtítulo un significativo Cosa personal de Rafael Menjívar Ochoa, y era un espacio en el que cabían recuerdos, ideas dispersas, críticas literarias y periodísticas, pequeñas crónicas vivenciales, reflexiones políticas, anécdotas, desahogos, halones de oreja públicos a quien se los mereciera, combates dialécticos, intimidades confesables y un largo etcétera. En seis años y cuatro meses publicó 966 entradas, a un promedio de tres por semana; se dice pronto, pero son cifras que intuyo inalcanzables para ningún otro blog de autor –repito: de autor– de los que se escriben en El Salvador. Los suyos, además, tenían la virtud de ser post sustanciosos, que invitaban al debate y a la discusión; prueba de ello es el torrente de comentarios que generaban, y que Rafa tenía la sana costumbre de responder o matizar, algunos de forma tan extensa que empequeñecían el post original.


En lo particular, y gracias a esa herramienta maravillosa llamada Google Reader –que avisa de inmediato de las actualizaciones–, me acostumbré en los últimos años a leer sus entradas apenas Rafa las subía a la red, y no pocas veces me animé a comentárselas. Recuerdo una, en febrero de 2009, en la que nos contó las vueltas que dio para comprar un carro, un minúsculo Chery QQ de fabricación china, blanco y reluciente como una refrigeradora nueva, con "tacómetro", con "vidrios mecánicos" y con un motor de apenas 800 centímetros cúbicos. Además de por el entusiasmo que logró transmitir, supongo que esa entrada me gustó sobremanera porque ese carrito era –en tamaño, forma y prestaciones– muy parecido al Daewoo Matiz de segunda mano que, a costa de endeudarme con el periódico para el que trabajaba, yo compré a los siete meses de haber llegado a El Salvador. 



Otro post entrañable es uno que tituló Por qué no me muero, que empezaba así: “Algunos de mis estúpidos favoritos (machos y hembras) me preguntan de tarde en tarde que por qué no me muero, que si ya me morí y cosas por el estilo”.

A Rafa para entonces ya lo habían operado de emergencia, operaciones que por cierto le impidieron actualizar el blog por una temporada. Los estúpidos a los que se refería eran un pequeño coro de internautas dogmáticos que lo acompañaron casi desde el nacimiento del blog, de esos que tienen a bien expresar su complejo de inferioridad mediante comentarios ofensivos y anónimos, y que Rafa ni siquiera se tomaba la molestia en censurar. “No me muero porque no me ronca la gana, así de simple. Cuando cambie de opinión lo leerán en los periódicos”, les respondió ese día.

Otro día le dio por compartirnos sus recuerdos sobre una procesión a la que involuntariamente asistió en Puebla, México, en la que una multitud paseaba las reliquias de Santa Columba. Que en los días previos hubiera ocurrido algo muy parecido en El Salvador con los restos de San Juan Bosco motivó un intercambio de pareceres.

Y así, casi mil.

Un matiz que creo necesario: mi limitada pero peculiar relación con Rafa no se limitó a Tribulaciones y Asteriscos. Supe de él y de su obra antes, prácticamente desde que llegué a El Salvador en septiembre de 2001. Lo recuerdo como una de las firmas poderosas de Vértice, el suplemento dominical de El Diario de Hoy, que por aquel entonces editaba José Luis Sanz. Bastantes años después, a inicios de 2008, con el blog ya en plena ebullición, fue precisamente Sanz quien me sugirió a Rafa como la persona ideal para escribir una página de opinión en Séptimo Sentido, la revista de La Prensa Gráfica que por aquel entonces estábamos armando. Me pareció una gran idea. Se lo propuse a Rafa y aceptó gustoso, entusiasmado diría, pero a última hora alguien en las alturas del periódico se opuso sin dar explicaciones, y los lectores de Séptimo Sentido se perdieron la oportunidad de disfrutar de un buen puñado de artículos de un gran escritor salvadoreño, uno de los mejores, ácido y propositivo como pocos. Cuando con mucha pena lo telefoneé para explicarle la absurda decisión, me dijo que no me preocupara, que se sabía alguien que creaba anticuerpos en distintas esferas. El no alineamiento político tiene un costo en El Salvador.

La última vez que platiqué con Rafa creo que fue en octubre de 2010, medio año antes de su muerte. Lo busqué porque acababa de leer su libro Tiempos de locura (Índole Editores, San Salvador, 2008) y me pareció una fuente idónea para un pequeño reportaje que debía escribir sobre el 30º aniversario de la creación del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN). Me atendió amable, como siempre, como en cada una de nuestras pláticas por teléfono o de nuestros encuentros virtuales en Tribulaciones y Asteriscos.

Pero a pesar de todos estos intercambios, no recuerdo haber estrechado nunca la mano de Rafa, ni habernos sentado a tomar un café. He de confesar que me extrañó cuando Krisma Mancía, su pareja al momento de su fallecimiento, me pidió que escribiera sobre él, habiendo tantas otras personas que mantuvieron una relación mucho más íntima y estrecha. Ella sabrá. Lo más que me animé es a juntar este puñado de párrafos sobre lo que más me unía a él: su blog.

Su lucidez se echa en falta en Internet.

La última entrada que escribió se la dedicó a sus hijos, y está fechada el 25 de febrero de 2011. Desde entonces, silencio. Quizá esa era la idea original de Rafa. De alguna manera algo dejó entrever en aquel primer post escrito el 4 de noviembre de 2004, el que comenzaba describiendo su camisa, sus canas y su vieja computadora, y que terminaba con unas palabras que hoy suenan premonitorias: “Y, en fin, la vida continúa, como ha venido continuando desde hace 45 años y como continuará durante un tiempo indeterminado, pero cierto”.

Adiós, Rafa, gracias por todo.

---------------------------------------------

(Este artículo se publicó originalmente bajo el título Un bloguero excepcional en la edición #23 de Istmo, la revista virtual de estudios literarios y culturales centroamericanos. Forma parte de un compendio de artículos  de distintos autores sobre el genial escritor salvadoreño)

martes, 14 de febrero de 2012

Desde un país que no cuenta, ¿o sí?

A inicios de 2008 nació un blog que bauticé con el nombre Desde un país que no cuenta... Al poco terminó convertido en un insípido recopilatorio personal de historias ya publicadas, un verdadero fósil viviente que nunca promociono, pero he de reconocer que el nombre del blog me sigue gustando mucho. El doble sentido era evidente y pertinente: El Salvador se consideraba –aún se considera– un país que no cuenta en la agenda mediática internacional, ignorado por CNN salvo terremoto, huracán o masacre carcelaria; y al mismo tiempo los periodistas salvadoreños huíamos por ignorancia o incapacidad de contar historias en todo su esplendor, huíamos de la crónica, de las historias reporteadas hasta la extenuación y narradas con las herramientas de la literatura, menospreciábamos casi siempre el cómo en favor del qué, preferíamos la cita a la mirada, la estadística a la metáfora. Parafraseando a Leila Guerriero, a inicios de 2008 en las páginas de los periódicos y revistas guanacas el lector hallaba infinitas manchas grises y muy pocos tajos inolvidables.

Han pasado cuatro años, y ya no estoy tan seguro de que el doble sentido siga vigente.

Me explico: la todopoderosa Editorial Alfaguara acaba de publicar en España Antología de crónica latinoamericana actual (Alfaguara, Madrid, 2012), editada por el escritor colombiano Darío Jaramillo Agudelo, y que en el prólogo se presenta como un libro que reúne “a los autores más notables y algunos de sus trabajos más atractivos, más asombrosos”. Pues bien, entre los 46 cronistas latinoamericanos seleccionados hay tres salvadoreños, los tres del periódico digital El Faro: mi amigo Carlos Martínez, su hermano –y también gran pana– Óscar Martínez, y este servidor, con relatos sobre el atormentado juez al que le tocó investigar el asesinato de Monseñor Romero, sobre 
un pueblo clave en el camino hacia Estados Unidos que emprenden los migrantes centroamericanos llamado Altar, y sobre la vida cotidiana en el reparto La Campanera de Soyapango, respectivamente.

El prólogo de la obra, que lo firma Jaramillo Agudelo, arranca así:

La crónica periodística es la prosa narrativa de más apasionante lectura y mejor escrita hoy en día en Latinoamérica. Sin negar que se escriben buenas novelas, sin hacer el réquiem de la ficción, un lector que busque materiales que lo entretengan, lo asombren, le hablen de mundos extraños que están enfrente de sus narices, un lector que busque textos escritos por gente que le da importancia a que ese lector no se aburra, ese lector va sobre seguro si lee la crónica latinoamericana actual.
Después se insertan intercalados entre joyas de Leila Guerriero, Martín Caparrós, Alberto Salcedo Ramos, Juan Pablo Meneses o Daniel Titinger los tres relatos made in El Salvador.

¿Puede afirmarse que El Salvador cuenta ya cuando se habla de crónica, de periodismo narrativo? Las tres historias seleccionadas son, a su vez, la única representación de la región centroamericana. Pero no solo eso. De entre todos los países de América Latina, solo Argentina, Colombia, México, Perú y Chile aportan a la antología de Alfaguara más cronistas que El Salvador. Pero no solo eso. Si se ponderan las cifras en función de la población, el Pulgarcito de América se erige como el territorio con la más alta tasa de cronistas por cada millón de habitantes, seguido por Uruguay, Chile y Argentina. 



Más allá del criterio del compilador Jaramillo Agudelo, la sensación que tengo de que el doble sentido de la frase Desde un país que no cuenta está perdiendo vigencia se debe a la convicción de que en la antología podrían haber entrado historias firmadas por otros colegas salvadoreños, como César Castro Fagoaga, Daniel Valencia Caravantes, Carlos Chávez, Carlos Dada, José Luis Sanz, Glenda Girón… No se trata pues de tres pinches golondrinas; estoy convencido de que desde hace unos años algo se está moviendo en este paisito, poco a poco, imponiéndose sobre la mediocridad generalizada.


Por eso hoy me van a permitir el ejercicio de vanidad –consciente de que falta tanto por aprender–, y terminaré este post con una afirmación que a más de uno le sonará temeraria o prepotente: hablando de crónica al menos, El Salvador sí empieza a contar, siquiera tantito, ¿o no?

Fotografía: alfaguara.com




martes, 20 de diciembre de 2011

Veintisiete cuentos peregrinos

Esta mañana he dado por terminada mi lectura de Doce cuentos peregrinos, una de las obras más redondas de Gabriel García Márquez, que no es decir poco. La ruptura tenía que ser así: una decisión firme, tajante, porque he de admitir que no veía otra forma de escaparme del libro.

Me explico: Doce cuentos peregrinos lo compré a finales de 2008 en una espaciosa y muy recomendable librería del centro de San José. Creo recordar que para mi regreso a San Salvador ya le había entrado a La luz es como el agua, una historia tan increíble que cuesta no creerla. Los tres años entre este libro y yo, hasta esta ventosa mañana de diciembre, han sido como la relación de dos amantes de ciudades lejanas: se han alternado días de tórrida pasión con temporadas de silencios imperdonables. Yo tengo un defecto-virtud con la literatura. Salvo las excepciones que a uno lo marcan de por vida, las escenas y los personajes de cuanto leo se borran con rapidez de mi memoria. Me sucede lo mismo con el cine. La consecuencia de esta realidad es que puedo releer un libro –o ver una película– a los pocos meses de haberlo disfrutado, y casi con total seguridad volverá a cautivarme y a sorprenderme. Por eso los 12 cuentos de Gabo se han convertido en 23, en 27, en 31, ¿quién sabe ya? Podría, de hecho, seguir releyéndolos, porque el maestro tiene la virtud de la metáfora idónea, del adjetivo perfecto, y eso nunca cansa, pero esta mañana he decidido dar por terminado este romance tras la segunda o tercera relectura de Buen viaje, señor presidente.

Un cuento como La santa debería ser materia obligada en todo taller o curso de periodismo narrativo. ¿Un cuento de ficción para mejorar el periodismo? Pues sí.

El breve prólogo de la obra, escrito por el propio Gabo y fechado en abril de 1992 en Cartagena, es una pieza digna de ser leída y releída hasta el cansancio. Me quedo y les comparto ahora con una reflexión recogida en el último párrafo:
Siempre he creído que toda versión de un cuento es mejor que la anterior. ¿Cómo saber entonces cuál deber ser la última? Es un secreto del oficio que no obedece a las leyes de la inteligencia sino a la magia de los instintos, como sabe la cocinera cuándo está la sopa.
Con la crónica periodística de largo aliento –me atrevo a apostillar al gran maestro– sucede algo parecido. Lástima que en estos tiempos lo que más abunda en los diarios y en las revistas sean las Maruchán.
---
P.D. Creo que ya va siendo hora de releer Cien años de soledad. Ya ha llovido demasiado desde mi primer año en la universidad. Macondo se llamaba el pueblo, ¿no?


Fotografía. Roberto Valencia

jueves, 23 de junio de 2011

Salvador Barraza (Q.E.P.D.)

Salvador Barraza Ascencio nació el 31 de diciembre de 1936 en un mesón del barrio Candelaria, en el centro de San Salvador. La infancia ocupa hoy muy pocos de sus recuerdos. Ni siquiera se acuerda si eran siete u ocho los hermanos que resultaron del matrimonio entre Manuel y Virginia, sus padres. Fueron, eso sí lo tiene presente, años de dificultades que lo obligaron desde muy joven a trabajar para complementar los ingresos familiares. Empezó como ayudante en una gasolinera.

La primera vez que dice haber visto a Monseñor Romero fue en una misa vespertina en la catedral de San Miguel, ciudad a la que viajaba con frecuencia a petición de los padres redentoristas, para los que trabajaba. En una ocasión, recién llegado desde San Salvador, Monseñor Romero le ordenó que se durmiera un rato porque en unas horas saldría de regreso a la capital.

A inicios de los setenta, y animado por su esposa, Salvador pasó a ser su propio patrón. Nació Zapatitos Nenes, un negocio de venta de zapatos para niños que no tardó en convertirse en una saludable fuente de ingresos. Fueron los tiempos de la prosperidad, los tiempos que le permitieron, por ejemplo, viajar a Europa por puro placer.

—El negocio iba bien, tenía clientela hasta en Guatemala y Honduras –dice ahora con nostalgia–, pero luego se puso duro. Con el terremoto del 86 y con la guerra muchos negocios desaparecieron, y eso también le pasó al mío.

Ese trabajo le dejaba mucho tiempo libre, circunstancia que contribuyó a solidificar su amistad con Monseñor Romero: casi siempre estaba disponible para él. Se los veía juntos desde antes incluso de la consagración como obispo, y cuando salían en carro rara era la vez que no manejaba Salvador.

—Pero yo no era su motorista –aclara, consciente de que muchas veces lo han presentado equivocadamente así–. Como arzobispo él tenía su motorista asignado, pero para las cosas de confianza me buscaba a mí, y también yo me encargaba de que saliera a distraerse, porque tenía mucha tensión. Íbamos seguido al mar, siempre andábamos hamacas en el baúl.

Se hicieron compadres, literalmente. Monseñor Romero es el padrino de María Virginia, la mayor de los cinco hijos que Salvador procreó con sus dos esposas: Eugenia, la ex, con la que tuvo tres; y Marta, la actual, con la que tiene dos.

Tras la quiebra de Zapatitos Nenes le tocó hacer casi de todo, pero siempre en el área de las ventas. Vendió camisas, vendió pastas Robertoni, vendió su carro... Pero nada volvió a ser igual. De los tiempos de la prosperidad queda tan solo la amistad con Monseñor Romero que, a su manera, aún cultiva desde el anonimato. Cada domingo, a pie o en un bus de la ruta 22, se desplaza hasta Catedral Metropolitana para escuchar la misa de las 9 junto al mausoleo donde yacen los restos de su amigo.

—Y usted –pregunto a Salvador–, ¿cree que Monseñor Romero es santo?
—Claro. Y no es solo que lo crea, sino que lo viví a la par de él. Tan solo ver esa convicción con la que entraba en las iglesias... Con Monseñor llegué a tener una confianza de hermanos, de buenos hermanos.
—¿Notó diferencia en él antes y después de ser arzobispo?
—Lo mismo. Yo igual lo llevaba a mi casa, igual jugaba con mis hijos, igual se acostaba en la haragana...
—Algunos hablan como si se tratara de dos personas distintas.
—No, nada que ver. Lo que sí es que tenía un carácter fuerte, pero eso antes y después. Como migueleño, pues. Carácter fuerte, pero también la otra cosa: la dulzura, la forma respetuosa de tratar, era bien mielita.

Fotografía: Roberto Valencia
------------------------------------------------------------
(Este un fragmento del perfil sobre don Salvador Barraza que aparece en el libro Hablan de Monseñor Romero. Puede leer la crónica entera pulsando aquí).

sábado, 11 de junio de 2011

Hablan de Monseñor Romero (prólogo del autor)

Monseñor Romero se ha convertido en algo tan grande que aspirar a condensarlo en un puñado de páginas resultaría un acto de vanidad. Este libro, pues, no tiene vocación biográfica, ni pretende ser un manual de historia, ni revelar verdades nunca antes contadas sobre su teología o sobre las sombras que aún envuelven su asesinato. 

Hace más de tres décadas que dejó de estar entre nosotros, pero su figura no hace sino crecer: siguen apareciendo documentales, libros, conversatorios, estatuas y homenajes en el ámbito académico-cultural, pero sus palabras y su rostro proliferan también en murales y camisolas tanto en cantones ignotos del territorio salvadoreño como en cosmopolitas ciudades de Europa y Norteamérica. No es ninguna exageración afirmar que Monseñor Romero se ha convertido en un referente mundial. 

A inicios de noviembre de 2010 trascendió una noticia que apenas tuvo eco en la prensa salvadoreña. La Asamblea General de Naciones Unidas (ONU) proclamó el 24 de marzo, fecha de su asesinato, como el Día Internacional del Derecho a la Verdad en relación con Violaciones Graves de los Derechos Humanos y de la Dignidad de las Víctimas, para su conmemoración en todo el mundo. Conviene tomarse unos segundos para leer cómo la ONU justificó esta decisión: “Reconociendo también los valores de Monseñor Romero y su dedicación al servicio de la humanidad, en el contexto de conflictos armados, como humanista consagrado a la defensa de los derechos humanos, la protección de vidas humanas y la promoción de la dignidad del ser humano, sus llamamientos constantes al diálogo y su oposición a toda forma de violencia para evitar el enfrentamiento armado, que en definitiva le costaron la vida el 24 de marzo de 1980”. Eso se dijo en Naciones Unidas sobre un salvadoreño. 

Conviene explicitar, sin embargo, que su grandeza no comenzó a edificarse sobre su memoria. A pesar de ser arzobispo de un minúsculo país tercermundista, Óscar Arnulfo Romero Galdámez fue reconocido en vida por universidades de Estados Unidos y Bélgica con dos doctorados Honoris Causa, y el Parlamento británico lo propuso a finales de 1978 como candidato al Premio Nobel de la Paz. Algún día el Vaticano quizá lo beatifique, para dicha de la feligresía católica, pero, ocurra o no, su figura brilla tanto ya que estoy convencido de que las numerosas biografías, recopilaciones, películas y noticias periodísticas que han visto la luz siguen siendo pocas. 

El librito que tiene entre sus manos surge con la única aspiración de aportar, con mucha humildad, un granito que contribuya a recopilar, ordenar y –si cabe– difundir aún más su vida. La Fundación Monseñor Romero y quien suscribe estas líneas coincidimos en que, dentro de lo mucho y variado que se ha escrito, su lado humano es quizá el menos explorado. De Romero, por ejemplo, se sabe que defendió a los pobres y que pronunció valientes homilías, pero no se conoce tanto si era tímido o extrovertido, callado o dicharachero, o si le gustaban el fútbol, el teatro o los frijoles. 

Para intentar conocerlo mejor, hablamos con un racimo de personajes que lo conocieron bien. El guión es muy sencillo: realizar semblanzas de cada de estas personas para con todos esos perfiles configurar, como si fuera un rompecabezas, una semblanza de Monseñor Romero. Todo, eso sí, concebido, reporteado y redactado desde la trinchera del periodismo, con la entrevista de profundidad como principal herramienta de trabajo, aunado a una intensa labor de documentación. Dicho esto, resulta obvio que la materia prima de esta obra son los testimonios que amablemente brindaron los entrevistados, casi siempre en largas sesiones que en algunos casos se prolongaron por varios días. Desde aquí, un sincero agradecimiento a Héctor Dada Hirezi, Ricardo Urioste, Salvador Barraza, Eva Menjívar, María de la Luz Cueva, Víctor Hugo Rivas, Orlando Cabrera, la familia Chacón y Roberto Cuéllar Martínez. Sin su paciencia este esfuerzo nunca podría haber llegado a puerto alguno. 

El tiempo pasa, y ese pasar de los años termina siendo uno de los principales problemas a la hora de reconstruir escenas, al menos cuando se escribe con la ética como Norte. La memoria humana tiene limitaciones, y tampoco hay que descartar los lógicos riesgos de idealización cuando se habla de alguien como Monseñor Romero. Ya he señalado que este libro se ha escrito desde la trinchera del periodismo, lo que anula por completo la consciente invención o manipulación de datos o testimonios, pero creo que no está de más señalar que en el reporteo quedaron sin respuesta muchas preguntas, que se revelaron respuestas que tenían mal planteada su pregunta, y que hasta se hallaron respuestas falsas que, a fuerza de repetirse, muchos las consideran verdades. 

Así, los testimonios recogidos ponen en duda axiomas como que el calibre de la bala utilizada para asesinarlo era .22, o como el lugar desde el que se disparó el fusil en la capilla, o como la influencia que tuvieron en la metamorfosis de Monseñor Romero los dos años que pasó como obispo de Santiago de María. Esos mismos testimonios también revelan como falsas algunas aseveraciones en torno a su figura, como la del reverendo William Wipfler, quien erróneamente se atribuye ser la última persona en recibir la comunión de manos del arzobispo; o como esa otra versión, tan extendida como errada, que asegura que el proyectil impactó en su pecho durante la consagración. 

En fin, se trata de aportes mínimos pero novedosos a su vida y a su muerte, que surgieron mientras intentábamos satisfacer la principal misión que nos habíamos propuesto: realizar un honesto retrato de Monseñor Romero como ser humano, no solo como el mito casi inalcanzable en que se ha convertido. En estas páginas el obispo mártir reirá, sufrirá, se enojará, tendrá miedo, comprenderá y pedirá comprensión, contará chistes, regañará a sus amigos, se equivocará… como nos ocurre a todos. 

En lo personal, agregar como conclusión que, cuando lo asesinaron, yo apenas tenía 3 años de edad, por lo que celebro sobremanera la oportunidad que la Fundación Monseñor Romero me concedió de conocerlo ahora. De todo corazón agradezco a quienes me abrieron las puertas de sus vidas para intentar comprender la vida de Monseñor Romero. Y a usted, amigo lector, espero que leer este libro le deje la misma sensación de estar ante un personaje inigualable que me dejó a mí escribirlo. 


Roberto Valencia, periodista 
robertogasteiz@yahoo.com 
Marzo de 2011



El libro Hablan de Monseñor Romero se encuentra a la venta en la librería de la UCA y en la sede de la Fundación Monseñor Romero (2226-0934).

martes, 7 de septiembre de 2010

Literatura (gay) de baños

“Si lees esto, eres cerote”. Es lo primero que leo, garabateado sobre la puerta blanca que tengo delante. Está a la altura de mis ojos, así como estoy yo, sentado en este trono sorprendentemente limpio de uno de los baños públicos del centro comercial Las Cascadas. Hoy es la mañana de un miércoles cualquiera de junio, y acá, encerrado y pensativo en este habitáculo mínimo, caigo en la cuenta de que no llega bullicio alguno de afuera, y que lo sonidos de adentro son esporádicos, como si existiera un pacto social que obliga a cagar en silencio.

Continúo leyendo, ya en calidad de cerote. “Dile a tu hermana que tengo una verga grande, la va a dejar satisfecha”, escribió alguien. “Dios te bendiga”, fue la respuesta que le dejaron en otro color. “Tengo una verga bien grande y cabezona, llámame”, dijo otro, e incluso dejó su número de teléfono. No es el único, ni mucho menos: “¿Quieres una verga grande y bonita? 736322-- Yo te hablo”. “Quiero mamar 773688--”. “Si quieres pisar culeros, písate a Tony Saca, el primer presidente gay de El Salvador”, le respondió otro literato. “Quiero mamar una buena verga 736322-- No te arrepentirás”. La oferta está a otro lado del cubículo, pero son el mismo número y letra. Por lo visto, es bien goloso este tipo.

Estas son apenas un puñado de las frases de las que se pueden leer, con sus correspondientes dibujos ilustrativos. Casi todas están en clave gay. Parece que estos baños son algo así como una Clasiguía para culeros (a costa de resultar políticamente incorrecto, creo que es la palabra que mejor define la situación). Quizá algo más. Al salir, veo junto a la puerta un cartel de la Administración de Las Cascadas que dice algo así como que a los jóvenes que atrapen en los baños haciendo actos indecorosos los remitirán a la Policía Nacional Civil. ¿Algo preventivo? No lo creo.




miércoles, 4 de agosto de 2010

Horacio y los hijos de la gran puta

La sala del Centro Cultural de España es blanca con mínimas concesiones: las sillas, la mesa y poco más. Hay demasiada luz, lo que acentúa un ambiente de pulcritud que no termina de encajar con el invitado de hoy y con lo que representa. El local está inusualmente lleno –donde lleno es igual a 100 personas– para escuchar a Horacio Castellanos Moya, a quien podría considerarse el escritor salvadoreño más internacional. Horacio visita de nuevo la tierra de la que a finales de los 90 tuvo que huir amenazado de muerte, y lo hace, aseguran los carteles promocionales de esta actividad, para conversar sobre ficción, diáspora e identidad. En el público hay muchos aspirantes a la etiqueta de escritor y/o de intelectual, y otros tantos que creen habérsela ganado ya. Quizá haya también una pequeña cuota de mitómanos y otra más generosa de personas que ignoran que la producción de Horacio va más allá de El asco, que él define como uno de sus libros menos celebrados afuera.

—No es lo mismo –dice Horacio– hacerse escritor en un país donde la literatura se valora que en uno donde ser escritor es ser un cero a la izquierda.

Se refiere, claro, a El Salvador, el terruño que lo marcó y que sigue siendo la fuente de inspiración de casi toda su creación. Pero Horacio apenas ha vivido aquí poco más de un tercio de su vida. Nació en Honduras, y ha pasado temporadas más o menos largas en México, Costa Rica, España, Alemania, Canadá y Estados Unidos, donde reside en la actualidad. Su salvadoreñidad, pues, tiene poco que ver con estúpidos sentimientos nacionalistas, y está más relacionada con ser este el país del que abrevan, para bien o para mal, tanto él como la inmensa mayoría de sus personajes. Edgardo Vega de El asco es salvadoreño, como también lo son el comandante Gestas de Perfil de prófugo, Mario Antonio Ortiz "Juan Carlos" y Quique López "Kioci" de La diáspora, o Haydée de Aragón de Tirana memoria; por citar tan solo unos ejemplos. Al igual que hizo James Joyce con la Irlanda que dejó atrás, Horacio escribe sobre El Salvador y sobre los salvadoreños. Pero lo que retrata no siempre gusta a los guardianes. Ni a los de un lado ni a los del otro. En sus libros la Pílsener es una mugrosa cerveza diarreica, y La Prensa Gráfica y El Diario de Hoy son catálogos de ofertas hechos para ser hojeados y no leídos, la mejor muestra de la miseria intelectual de este pueblo. A los compas de la guerra civil, los que se quedaron y los que se exiliaron, no les va mucho mejor: la mayoría son vividores-resentidos-alcohólicos-psicópatas-desencantados-envidiosos-pisones-soplones.

—¡Claro que yo no soy Vega! –dice, pero suena como si nomás quisiera mantener el rebaño en calma–. Lo que ocurre con El asco es que golpea los valores, la identidad, y en esos temas el lector pierde la capacidad de raciocinio.

Horacio quizá sí es Vega, aunque no lo admita hoy aquí. Puede que en público no lo admita nunca en El Salvador, su tierra, el país que no abandonó aunque hace décadas que dejó de ser su hogar.

—A mí me gustan tus libros –dice que le dijo su editor de la poderosa Editorial Tusquets cuando hablaban sobre dónde poder vender sus libros–, lástima que no tengas país.

Lo tiene. Un país desagradecido pero suyo. Horacio es uno de esos seres humanos que tuvieron la suerte de poder elegir cuál sería la tierra que llamaría suya y quiénes sus paisanos, y eligió El Salvador y a los salvadoreños, los mismos que Roque Dalton llamó guanacos hijos de la gran puta. Horacio parece ser un ejemplo más de que criticar y querer un país pueden ir de la mano. Y de que hacerlo es señal de lucidez.



Fotografía: Iván Giménez

Related Posts with Thumbnails