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martes, 8 de abril de 2014

Una cárcel nica


Ubicado en las afueras de la ciudad de Tipitapa, a veintidós kilómetros de Managua, el centro penal La Modelo alberga a 2,400 personas, un tercio de los privados de libertad que tiene Nicaragua. La calle de acceso es larga, recta y el asfalto es escaso, pero movimiento no le falta. Las visitas de familiares convierten el lugar en un vaivén de caponeras, nombre que aquí dan a unas bicicletas adaptadas para el transporte de personas, y uno intuye que se acerca a la entrada por el aumento desmesurado en el número de puestos de comida. Las primeras dos plumas que regulan el acceso están pintadas de negro y amarillo, y justo encima cuelga un rótulo grande y cuadrado que tiene dibujado el perfil de una botella y unas letras: Bienvenido al Sistema Penitenciario Nacional. Lo donó la Coca-cola. 

Entrar al recinto dentro del carro de Luis Amado Peña –el sacerdote encargado de la pastoral penitenciaria– resultó tan sencillo como ingresar a una residencial privada junto al presidente de la junta directiva. Pero ahora, al salir, el funcionario de turno –pantalón verde planchado y una camisa blanca impecable– abandona la sombra de la caseta y, después de saludar respetuoso y de intercambiar unas palabras, gira alrededor del pick-up mientras se encorva ligeramente para mirar en los bajos del vehículo. 

—Desde hace unas semanas están revisando más –dice el padre Peña–. Es por esa fuga que te conté el otro día. 

El pasado 18 de febrero un joven llamado Álvaro Valverde se fugó de Tipitapa. Se cree que lo hizo asido al chasis de un autobús. Cuando el bus se alejó lo suficiente, el joven se descolgó, paró un taxi que iba en sentido contrario y desapareció. Tres días permaneció prófugo, pero al cuarto Valverde regresó arrepentido a Tipitapa acompañado por su padre y su abogado. Desde entonces los controles son más estrictos. 

—Ay –se lamenta el padre–, pero los problemas son para resolverlos, no para cerrar las cosas. 

Fotografía La Prensa
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(Esta es la entrada de un reportaje publicado el 20 de mayo de 2011 en el periódico digital El Faro, bajo el título “¿Cuál es el secreto de las cárceles nicaragüenses?”)

miércoles, 17 de octubre de 2012

La marabunta managua

Las calles polvosas del bajomundo managua están más vacías esta tarde. El Barça juega otra final, y aquí, en las casuchas oxidadas, esta noche quizá nadie tenga qué cenar, pero un partido así se goza como en las Ramblas. O más. A Joshua y Norlan, dos pandilleros de veintipocos, el fútbol español también les pone, pero han hecho el sacrificio para mostrarme el Walter Ferreti, el barrio en el que crecieron y viven.

Camino del zanjón que separa el Ferreti del 18 de Mayo, Norlan se detiene a mear junto a unos escombros que simulan verjas. La calle vacía como cementerio vacío. Joshua busca otro meadero en silencio, y yo hago lo mismo, no vayan a pensar que soy un desagradecido. Sobre la tierra reseca, justo a la par de donde orino, hay un tajo largo y negro, como un látigo extendido, formado por cientos de miles de hacendosas hormigas que cargan palitos insectos hojitas restos, o se cargan unas a otras. Son tan demasiadas. Hace años vi algo parecido, pero fue en la selva de Petén (Guatemala), no en un barrio de capital de república.

―¿Esto es normal? –pregunto en voz alta cuando termino. Los dos se acercan.
―¿El qué, las hormigas? –dice Norlan–. Sí, claro, están chambeando porque en la noche va a llover.
―Los zompopos saben cuándo –se suma Joshua–. Ahorita están metiendo comida porque va a venir un huracán de calle.

Son las 3:30, Managua es el horno insufrible de siempre, y el cielo está azul cielo. El pronóstico suena absurdo, pero disimulo.

―Hormigas, zompopos, ¿cuál es la diferencia? –pregunto.
―Es que su nombre es hormiga, pero su nombre científico se llama zompopo –zanja Norlan.

Seguimos caminando como si nada, y la plática retorna a lo que me trajo hasta el Ferreti: el asombroso Centro Juventud.

En tres horas Managua será un diluvio.


Fotografía: Kenneth G. Ross
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(Esta es la escena inicial de una larga crónica publicada en Sala Negra de El Faro el 15 de octubre de 2012, bajo el título "Hormigas en el Centro Juventud")

jueves, 24 de mayo de 2012

Barrio Jorge Dimitrov

Sobre la Pista de La Resistencia, uno de los ejes viales más transitados de la capital nicaragüense, se alza imponente una estatua de seis metros de altura que se trae un aire al Cristo de Corcovado de Río de Janeiro. Ubicada en medio de una gran rotonda, levanta sus brazos como si se dispusiera a abrazar a alguien, pero un chascarrillo regado por Managua dice que no, que los tiene levantados porque lo están atracando. Ni Cristo se libra de los asaltos en las inmediaciones de esa rotonda, la rotonda de Santo Domingo, donde empieza y termina el barrio Jorge Dimitrov.

Cuando a un nicaragüense se le pregunta por las colonias más conflictivas de su capital, por esas que nunca visitaría de buena gana, se suceden nombres como Villa Reconciliación, el Georgino Andrade, Las Torres o el reparto Schick, pero es el barrio con nombre de vodka barato, el Dimitrov, el que siempre aparece en todas las respuestas. ¿Un estigma generalizado entre quienes nunca han puesto un pie aquí? Seguramente también haya algo de eso, pero los mismos vecinos se saben residentes de un lugar especial, pecaminoso, casi maldito, el barrio nicaragüense violento por antonomasia.

Quizá en verdad lo sea. 

***
 
Las instrucciones que ayer me dio por teléfono José Daniel Hernández sonaron tan sencillas como un mensaje cuneiforme sumerio: de la rotonda Santo Domingo una cuadra al lago, de ahí otras dos cuadras abajo y 75 varas al lago, y pregunte por la casa comunal. Vaya en un taxi de su confianza, apostilló. Pero los taxistas rehúyen el Dimitrov. Dicen que mucho asaltan, que no merece la pena arriesgarse por los 30 o 40 pesos (menos de dos dólares) de una carrera... Muchos prefieren perder al cliente. Tres he parado esta mañana antes de que uno haya aceptado a regañadientes llevarme, y la plática durante el trayecto ha sido sobre la leyenda negra que el barrio aún tiene entre el gremio. Algo parecido sucederá el resto de días.

Es julio y es martes, pasan las 2 de la tarde. Nubes grises cubren Managua pero esperarán a que anochezca.

José Daniel tiene 57 años, seis hijos y la piel tostada como un hombre de campo, aunque vive en el Dimitrov desde que se fundó. Combatió por la Revolución –estuvo en el Frente Sur a las órdenes de Edén Pastora, el Comandante Cero en la toma del Palacio Nacional–, pero ni la militancia guerrillera ni su lealtad al Frente Sandinista y a Daniel Ortega le han permitido prosperar lo suficiente como para irse del barrio. Yo aquí soy el responsable de infraestructura de la comunidad, me dice al nomás conocernos. Tener un rol en la comunidad, por pequeño que sea, parece ser motivo de orgullo en Nicaragua.

—Tengo que visitar a una señora a la que un árbol le cayó en la casa –me dice–, ¿me acompaña?

El Dimitrov es un barrio ofensivamente pobre, de esos en los que hay familias que ni pueden pagar la caja cuando alguien fallece. En casos así la comunidad provee. Dice José Daniel que con los años se ha perdido mucha de la genuina solidaridad entre vecinos, pero algo queda, y sin pretenderlo ahora se dispone a interpretarlo.

—¿Ve? –dice José Daniel al llegar a la casa de Angélica, en la que vive con su esposo y tres hijos pequeños–. El ventarral de ayer botó el palo de mamón sobre la casita y la desbarató –y en efecto, una casucha desbaratada–. Es una familia humilde, pero ya hemos pedido el material para hacer la casa a la señora.
—¿Y quién da esa ayuda?
—La alcaldía ha regalado las láminas. Llamamos al distrito, vinieron ayer mismo y nos dijeron: mañana traemos el material. Y ¡bang! Aquí está. Y ahora le ayudaremos a colocarlas. A mí me toca andar en estas vainas.

El improvisado paseo prosigue.

El Dimitrov es descomunal: 21 mil almas, según el letrero de la municipalidad ubicado en una de las entradas. Bajo una maraña de cables se amontonan las casas, una tras otra, sin que haya dos iguales. Las hay de dos plantas, bien repelladas, algunas hasta con su pedacito de acera. Las hay también que son un montón de láminas ensambladas de mala manera, o hechas con desechos. Pero todas –todas: las plantosas, las dignas, las míseras, las infrahumanas– tienen en común que cuentan con algún mecanismo de defensa: vidrios rotos que coronan muros, rejas con soldaduras toscas en puertas y ventanas, el recurrente alambre de púas retorcido y oxidado... Las calles anchas son las únicas que conocen el pavimento, pero apenas pasan carros y se echa en falta lo demás: buses, paradas, semáforos, bancas, aceras… Las calles más estrechas de este laberinto, la mayoría, son de tierra, lo que intensifica la sensación de abandono.

—De tres meses para acá está más calmado, casi ni se escuchan balazos. Siempre hay muchachos que siguen robando porque es el billete más fácil… Si viene usted solo por aquí, lo agarran, le ponen la pistola y le quitan las cuestiones. Pero hace un año era peor, ahora se ha calmado…
—¿Y a qué lo atribuye usted? –pregunto.
—Pues a que los pandilleros más dañinos están presos, se les han recuperado todas las armas, y bueno, porque la comunidad ya no aguantaba y comenzó a bombiar. Así se le dice aquí a señalar: fulano en tal parte esconde tal cosa, fulano en tal parte esto otro, fulano esto, fulano lo otro…

La comunidad ya no aguantaba, dice. La comunidad.

Fotografía: Roberto Valencia

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(Estas son las dos escenas iniciales de una  larga crónica titulada Barrio Jorge Dimitrov, que fue publicada el 9 de octubre de 2011 en la sección Sala Negra del periódico digital salvadoreño El Faro)


viernes, 27 de enero de 2012

Managua rejuvenece

Me gusta viajar en los buses urbanos por la misma razón –supongo– que a Martín Caparrós le gusta ir a los mercados populares de las ciudades que visita. Buses, mercados, hospitales… son buenos sitios para tomar el pulso a lo desconocido.

La capital nicaragüense ya no me es una desconocida, pero siempre que estoy aquí trato de moverme en bus, siquiera tantito. Siento que me ayuda a captar las esencias que quizá me sirvan para algún relato o para este blog.

Pues bien: Managua se ve hoy más linda. y es por los buses.

Hay transformaciones que solo se aprecian cuando las tenemos frente a las narices. Si hace una semana me hubieran preguntado qué importancia tiene el sistema de transporte público para la imagen de una ciudad, habría respondido que no mucha, que es apenas un factor entre un millón, que… Pero ahora estoy aquí, dentro de un bus, y siento que esta ciudad ha rejuvenecido diez años desde mi anterior visita, hace apenas seis meses. Managua entera se ve hoy más linda, más torneada, con los pechos más firmes.

Me explico: a finales del año pasado entraron en circulación unos 250 buses de fabricación mexicana donados por Rusia, que se sumaron a otra donación de 130 que se efectuó en 2008, también rusa. Dicen que vienen más en camino, adquiridos esta vez por el Ejecutivo vía préstamo. En total, más de medio millar de unidades que hoy dominan las calles de la capital. Se siguen viendo los viejos Blue Bird y otras marcas, pero son minoría ya. Los DINA mexicanos (algunos llevan estampada la bandera rusa en los costados, para explicitar el donativo) son silenciosos, cómodos y modernos, más compactos que los que suelen verse por estas tierras, blancos y cuadrados, aún sin los nombres grabados de la esposa, la hija o la amante del propietario, o el salmo estéril de turno. Tienen asientos individuales y ergonómicos, y un buen número incluye dos plasmas en la parte delantera, para que los usuarios vayan viendo videos o anuncios comerciales o propaganda politiquera. En fin, los DINA son unos buses más que dignos.

La última vez que visité Managua fue en julio de 2011, cuando las unidades viejas como latas oxidadas seguían siendo mayoría aplastante. De ese viaje nació una crónica titulada Barrio Jorge Dimitrov, en la que casualmente incluí un párrafo sobre una unidad del transporte público, párrafo que hoy me suena envejecido como los buses que ya no están.

Este autobús de la 102, una ruta que bordea buena parte del Dimitrov, es un destartalado Blue Bird bautizado con nombre de mujer, un clon del que podría verse en cualquier capital centroamericana. Sábado, mediodía, y la unidad es un horno insuficiente –una docena vamos parados–, pero nadie se atreve a pedir a la señora que quite la gran bolsa que ocupa un asiento, mucho menos que se calle.
Ahora, subido en una unidad de la 102 rumbo a Metrocentro, pienso en la transformación, que va más allá del transporte. Mi asiento es azul y cómodo, y en las ventanas hay cortinas  para que el sol de mediodía no maltrate a los usuarios. El precio del pasaje sigue siendo 2.50 córdobas, 11 centavos de dólar, la mitad de lo que se paga en San Salvador.

Fotografía: internet

miércoles, 12 de octubre de 2011

Un encuentro entre dos mundos

Miércoles, faltan 10 para las 3 de la tarde.

El taller Habilidades para la vida –para jóvenes en riesgo social– se realiza a diario en el aula más nueva de la Olla de la Soya, un especie de centro comunal ubicado en el mismísimo corazón del Jorge Dimitrov, el barrio más bravo de Managua. El aula es un lugar espacioso, en el que se agradecen los ventiladores taladrados al techo, lleno de fotos motivadoras. Asisten unos 30 jóvenes, y hoy lo conducen Sean y Megan, dos cooperantes estadounidenses.

La reunión se interrumpe cuando en la puerta asoman un grupo de turistas gringos y su traductor. Llegaron hace unos minutos en microbús, son una veintena, y dicen ser estudiantes de medicina y de liderazgo en el Augsburg College de Mineápolis. Llevan turisteando desde el domingo por Managua, en una modalidad que bien podría etiquetarse como Conoce-el-infierno-para-luego-no-quejarte-tanto. Han visitado el centro histórico, el mercado Huembes, un hospital público, una oenegé feminista… y ahora están cámara en mano en el Dimitrov, el barrio bravo de Nicaragua por antonomasia.

Tras unas palabras explicativas de Sean en inglés, se abre un turno de preguntas, pero los gringos no se animan. Tic-tac… segundos… tic-tac… incómodos… tic-tac… hasta que una pregunta rompe el silencio.

—¿Qué están aprendiendo hoy? –presta su voz el traductor a una de las turistas.
—Sobre la autoestima –responde un joven.

El traductor traduce. Murmullos…

—Más o menos ¿qué edades tienen en el grupo?
—De 15 a 29… –consensuan los jóvenes.

Más murmullos en ambos mundos…

—Any more questions? –se dirige el traductor a los suyos.
—…
—Are you good dancers? –eleva la voz una gringa, pura sonrisa.
—Ahhhh, ella quiere saber si hay buenos bailarines en esta sala…

Murmullos y risas. Luego, la despedida. Los turistas suben al microbús y abandonan, seguramente para siempre, el Dimitrov.

Fotografía: Roberto Valencia

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(Esta es la versión de una escena incluida en un crónica titulada Barrio Jorge Dimitrov, que fue publicada el 9 de octubre de 2011 en la sección Sala Negra del periódico digital salvadoreño El Faro)

jueves, 29 de septiembre de 2011

¿Estás vacunado?

En el tiempo que como periodista he estado pendiente de los sistemas penitenciarios de Centroamérica me ha tocado hablar con funcionarios de distintos países y he visitado numerosas cárceles de Guatemala y El Salvador, pero no recuerdo haber escuchado tantas frases juntas que, a pesar de ser fruto del sentido común, suenan casi escandalosas fuera de Nicaragua. “Nadie está vacunado para no terminar algún día allí adentro”, me dijo la procuradora de cárceles, Auxiliadora Urbina. El padre Luis Amado Peña zanjó una de nuestras pláticas con una idea también simple, pero que suena a gran revelación: “Esa gente que está hoy adentro algún día va a salir; y si sale con más odios, ¡pobre sociedad!”

Fotografía: Mauro Arias Panamá/elfaro.net
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(Este es el párrafo final de un reportaje titulado ¿Cuál es el secreto de las cárceles nicaragüenses?, publicado el 3 de abril de 2011 en la sección Sala Negra del periódico digital El Faro).


martes, 23 de agosto de 2011

Yo reo

Las personas encarceladas algún día dejarán de estarlo. ¿Nos conviene como sociedad que salgan sin haberse rehabilitado, con mayores resentimientos? Esta reflexión que parece tan sencilla de responder me la planteó un sacerdote acá, en Nicaragua, hace cuatro meses, en el primero de los viajes que he realizado para intentar conocer un poco mejor los entresijos del sistema penitenciario local. Ahora, sentado en una sala de la sede central de Confraternidad Carcelaria, platicando con su director, la pregunta vuelve de alguna manera a apoderarse del ambiente.

Nicaragua no tiene ni de lejos el problema de violencia e inseguridad ciudadana de El Salvador, el país en el que vivo, y quizá eso sea lo que justifique las evidentes distintas percepciones hacia los privados de libertad y hacia las cárceles en general. Cuando meses atrás visité el penal de Tipitapa, el más grande de Nicaragua, me sorprendió ver que el letrero que da la bienvenida lo patrocinara orgullosamente Coca-Cola. Dudo que muchas empresas en El Salvador quieran ver su logo relacionado con algo que genera tantos anticuerpos entre los salvadoreños como los centros penales y sus inquilinos.

Javier Quinto Re es el director ejecutivo de Confraternidad Carcelaria filial Nicaragua, una ONG de inspiración católica –presente en casi todo el mundo– que trabaja por y para los reos. Javier me está contando con evidente satisfacción el proyecto que acaban de poner en marcha: se trata de una pequeña oficina jurídica desde la que se brinda asesoría legal gratuita a los reos que no pueden pagarse un abogado. Como decía Monseñor Romero, "la ley es como la culebra, solo muerde a los que andan descalzos", y no tener a alguien afuera que vele por sus derechos hace que cientos de privados no puedan acceder a los beneficios penitenciarios que las leyes estipulan. Dicho en otras palabras, la nueva oficina se dedica a poner en la calle a los encarcelados.

Con una población total muy parecida, en torno a los 6 millones de habitantes en ambos casos, Nicaragua tiene 7 mil 200 privados de libertad y El Salvador casi 25 mil, en 8 y 19 cárceles, respectivamente. Hay 13 nicaragüenses encarcelados por cada 10,000 habitantes, mientras que en El Salvador esa cifra se dispara hasta los 40. Pero, más allá del baile de números, entre los dos países hay una notable diferencia en cuanto a la tolerancia que cada sociedad tiene hacia los reos que engendra. ¿Nos conviene como sociedad que salgan sin haberse rehabilitado, con mayores resentimientos? La misma pregunta genera debates distintos en uno y otro país.

—Entre su círculo de amigos, sus vecinos, ¿nota cierto rechazo por ayudar a los privados de libertad? –pregunto, traicionado por lo que intuyo que sucedería en El Salvador.
—No, al contrario –responde Javier–. El sábado pasado estuve hablando con algunos de mis amigos, y un par de ellos que tienen pequeñas empresas hasta me dijeron: mirá, me interesa, yo te podría ayudar, y no solo como voluntario, sino desde mi empresa.
—¿Síííííí?
—Tengo ya dos ofrecimientos de amigos: uno importa materiales educativos y el otro importa consumibles infantiles, tipo galletas, chicles y cosas por el estilo. Y los dos me han dicho lo mismo: cuando necesités donaciones para lo que sea, avisanos.

Son pequeñas pláticas en aparente intrascendentes como esta, y docenas en la misma línea que se van acumulando aquí y allá, las que me han llevado a concluir lo violento e intolerantes que somos los salvadoreños que estamos fuera de las cárceles con los salvadoreños que están adentro, sean estos mareros, violadores, homicidas en defensa propia o ladrones de gallinas. Quizá lo lamentemos el día que dejen de estar encarcelados.

(Managua, Nicaragua. Julio de 2011)

Fotografía: Agencia Efe
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(Esta crónica fue publicada el 22 de agosto de 2011 en la sección Bitácora del proyecto de cobertura periodística de la violencia Sala Negra, de elfaro.net)

martes, 19 de julio de 2011

Tortura y asesinato de una fuente

El hombre sentado a mi izquierda se llama Rodney y en mes y medio estará muerto, pero ahora es tan solo una fuente, una más. Será dentro de dos meses, cuando vuelva a escuchar esta plática que ahora recién empieza, que sus palabras se redimensionarán. A Rodney lo asesinarán en la madrugada del 26 de junio y el diario nicaragüense La Prensa lo reportará así al día siguiente: “Fue encontrado con su rostro desfigurado producto de golpes con un objeto contundente en la frente y rostro, además, fue degollado, tenía lesiones en ambos brazos y en la tetilla izquierda”.


Fotografía: El Nuevo Diario
Llegué hace tres días a esta ciudad del Caribe nicaragüense llamada Bluefields, con la intención de conocer qué trato da el Estado a los privados de libertad. Todo lo reporteado acá cristalizará en una crónica llamada La muerte de Pen-Pen, y esta entrevista es parte del reporteo. La cita en principio era con Dolene Miller, por ser ella la cara más visible de una ONG llamada Creole Communal Government, pero al entrar en este modesto despacho también estaban Rodney y una elegante mujer llamada Nora Newball.

Rodney Aswol Downs Francisco es un negro cincuentón, fornido, con una mirada intimidante y una voz ronca que da un aire de solemnidad a sus argumentaciones. En Bluefields, una ciudad pequeña, se le conoce como uno de los activistas más radicales en defensa de la comunidad negra. Sin ir más lejos, hace un par de semanas denunció ante la Corte Suprema de Justicia a tres jueces de Bluefields (Ronald Antonio Wilford Vargas, Edgar Martín Henríquez Sotelo y Ellen Lewin Downs) por presuntos actos arbitrarios que llevaron a que Rodney fuera encarcelado durante ocho meses entre 2006 y 2007.

—La Policía lo sigue, él es uno al que seguro que lo quieren matar –dice Nora Newball, con unas palabras que ahora suenan huecas pero que sonarán premonitorias en unas semanas.

Me han dicho que Rodney pidió estar presente en la entrevista apenas supo que había un periodista extranjero preguntando por Pen-Pen, el delincuente muerto a balazos por la Policía Nacional que terminará siendo el protagonista de la crónica. Ambos se conocieron en 2006 en las celdas preventivas policiales, y Rodney me describe el paso de su amigo por la cárcel como un infierno, objeto de todo tipo de torturas y vejámenes. “El resentimiento que Pen-Pen tenía hacia la Policía es el mismo resentimiento que tengo yo”, me dice.

No es lo que en principio me ha traído aquí, pero Rodney termina contándome que desde hace varios meses está investigando el actuar de la Policía Nacional en Bluefields. “Yo soy un perseguido políticamente por la Policía, porque conozco todas sus historias, todos los delitos que han cometido”, me dice. También me cuenta su pleito legal con jueces y fiscales, e incluso me da una copia de la carta presentada hace unos días ante la Corte.

—Bien, todo lo que me ha contado sobre Pen-Pen –le digo–, ¿lo puedo poner en su boca, puedo atribuírselo a usted?
—No, no, no se puede –responde Rodney–. Necesito protección, porque aquí yo soy un perseguido de la Policía. A mí me han violado todos mis derechos…
—Pero la Policía ya sabe lo que usted hace.
—Sí, ellos ya saben. Todo Bluefields lo sabe.
—¿Y por qué ve tan problemático que lo identifique?

Afortunadamente para mi salud mental, en lo que resta de plática no lograré hacerle cambiar de opinión, y en la crónica, su testimonio –que narra las torturas policiales– aparecerá atribuido así: “Me lo contó alguien que en 2006 coincidió con Pen-Pen en las celdas de la Policía Nacional”.

A Rodney lo torturarán y asesinarán una semana después de la publicación de La muerte de Pen-Pen en Sala Negra de El Faro y reproducida en el periódico digital nicaragüense Confidencial. La noticia de su muerte me impactará y me hará leer y releer el relato una y otra vez. Siempre concluiré que habré respetado con creces lo acordado, que incluso habré ido más allá de lo que Rodney me acaba de pedir –presentarlo como un amigo de Pen-Pen que estuvo en la cárcel con él–. Además, las notas periodísticas que informarán sobre su muerte la relacionarán de forma preliminar con disputas por posesión de tierras y con unas amenazas recibidas días atrás. Pero siempre quedará ese atisbo de duda sobre si su asesinato guarda relación con el hecho de que haya platicado conmigo ahora.

(Bluefields, Región Autónoma del Atlántico Sur, Nicaragua. Mayo de 2011)

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(Esta crónica fue publicada el 17 de julio de 2011 en la sección Bitácora del proyecto de cobertura periodística de la violencia Sala Negra, de elfaro.net)

miércoles, 22 de junio de 2011

"Hay muchas cosas que nos gustaría que se supieran"

La capacidad es para 60, me dijo ayer el comisionado Zambrana, 80 máximo, pero en las celdas de la Policía Nacional en Bluefields se amontonan esta semana más de 130 seres humanos. La matemática suena asfixiante y urgente, pero el hacinamiento es un problema menor en el listado interminable de violaciones a los derechos de los privados de libertad.

—¿Cuál es el motivo de la visita, por favor? –se alza sobre el murmullo una voz áspera.

La Preventiva. Así se conoce el sector donde encierran a los más conflictivos. Decir que aquí hace calor es decir poco, y está tan oscuro que a las 11 de la mañana los bombillos los tienen encendidos. Hoy hay unos 70 internos repartidos en seis celdas, me dice Wismar Lewis, el risueño agente que me acompaña. Los otros 60 están en el Bodegón, el otro sector al que iré después.

—Quiero escribir sobre las condiciones en las que están –respondo.
—Está bien, man, dale… Hay muchas cosas que nos gustaría que se supieran afuera.

La celda #3, la primera a mano derecha según se entra por el pasillo, es amplia, alta y caliente como sauna; encierra a diez jóvenes, un televisor, un calendario, ropa, un montón de recipientes plásticos, dos literas de madera y hamacas, varias hamacas suspendidas de la reja que tienen por techo, bajo unas láminas que la lluvia sabe burlar, y en Bluefields llueve con ganas; todos, casi todos, se amontonan en los barrotes de la entrada por la insólita visita, y hablan atropellado: dicen que se mojan cuando llueve, dicen que antes les daban jabón y papel higiénico, dicen que su comida está de tirarla y pegarla en la pared, dicen que en lugares así debería de haber psicólogos y gente comprensiva, y el calor ahoga, y las secuelas del burumbumbún, y uno llamado Carlos Coronado me dice que le gustaría que los jueces de vigilancia vigilaran, y otro grita desde su hamaca suspendida que necesitan una fumigación, por las chinches y los zancudos, y otros dicen que aquí hay reos con condena firme que deberían estar en una cárcel del Sistema Penitenciario Nacional y no en celdas de la Policía, y eso es lo mismo que me dijo el comisionado Zambrana.

—Oye, un favor: ¿tenés dos pesos para comprar hielo?

Hace calor y está oscuro… ¿Cuántos aquí? Se acercan a los barrotes, descamisados como si fuera sauna, y sí, casi todos son jóvenes, casi todos quieren contar su caso, como si nadie nunca les hubiera preguntado, y acá casi todos están por error, dicen, y luego piden que tome una foto a la comida que les dan, la chupeta que llaman, una combinación de mucho arroz y poco frijol que en verdad está de tirarla y pegarla en la pared, hervida nomás, sin sal, sin ajo, porque la Policía no tiene presupuesto para exquisiteces, todos los días de la semana lo mismo, y luego me piden otra foto, y se animan, y posan como si fueran equipo de fútbol, rifando barrio, y se ponen unos a otros las manos cachudas en la cabeza, como niños traviesos.

—Por lo menos están sonriendo, ¿no? –me dice el risueño agente Lewis.
—¡¡¡Periodista!!! –grita alguien–. Pero esto debería de contarlo en Managua, para que vean cómo la pasamos aquí.

El que peor lo tiene es el del patio de la entrada, metido bajo el sol caribeño dentro de una caja metálica granate que usan como celda de castigo, parecida a un ascensor, solo que larga y estrecha, muy estrecha, y de la que ahora apenas salen los dedos de dos manos y una mirada de rencor; pero hasta él podría estar peor, porque enfrente de la caja metálica hay un tubo de hierro de dos pulgadas al que los privados llaman el Poste y que aún se usa para amarrar –las manos esposadas en la espalda, el tubo en medio– a los peor portados. Aquí es, pienso, donde Pen-Pen pasó amarrado como un perro, torturado.

—Mirá, español –dice la voz que hay dentro de la caja metálica, quién sabe si bromeando–, ahorita no te vamos a hacer nada, pero algún día…
—Yo te voy a robar –interrumpe otro.
—No, yo no –retoma la palabra–; yo no soy ladrón. Yo lo único que soy… yo soy asesino ya.

Las celdas más pequeñas son la #6-01, la #6-02 y la #6-03, porque las tres eran una sola, solo que la pedacearon para que acoger por separado a mujeres y a menores de 18 años, y pienso en lo irónico que resulta que, entre tanta vulneración de derechos, se haya invertido en este logro mínimo, y hay otro al que llaman Perro me pide un euro, que me lo va guardar, dice, y otro despotrica contra la Policía, que son más ladrones que ellos, que algunos son calmados, como el risueño agente Lewis, pero otros los golpean, los maltratan, y eso lo oigo también en este otro sector, en el Bodegón, donde están los más disciplinados en otras tres celdas amplias y un poco menos oscuras y menos calientes con 23, 21 y 15 personas hoy, entre las que hay un viejito de 81 años llamado Juan Cruz Pérez, que también quiere contar lo suyo, pero ahora con quien me interesa hablar es con el hermano de Pen-Pen, negro también, creole, como la mayoría en estas celdas, que lleva encerrado aquí tres meses y medio, y de quien el comisionado Zambrana me dijo que tiene el mismo historial que su hermano. 

—Mataron a Pen-Pen, y ni la jueza ni la Policía me dieron permiso para llevarme al velorio o al funeral –se queja. 
—¿Y aquí qué se maneja que pasó?
—No me ha venido a contar nadie nada, pero lo que yo oí por la radio fue que la Policía lo remató en el suelo.
—Un crimen, eso es un crimen –dice otra voz, colérica.
—¿Y tú veías seguido a tu hermano?
—No, él vivía en Willing Cay. Él vino hace poco. Pero la Policía no debía de matarlo como animal, porque él no mató a nadie.

Todavía no, quizá, pero Pen-Pen sí matará.

Fotografía: Roberto Valencia

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(Este es un fragmento de una crónica titulada La Muerte de Pen-Pen, que fue publicada el 19 de junio de 2011 en la sección Sala Negra del periódico digital salvadoreño El Faro)

jueves, 16 de junio de 2011

Morir en Bluefields

El cuerpo de Pen-Pen todavía está dócil; hace apenas seis horas aún respiraba. Lo tienen sobre una camilla metálica, envuelto como Jesucristo en una sábana blanca, aunque la sangre que sale por los orificios de las balas comienza a teñirla de rojo. La madre, María, está sentada cerca del cadáver, quizá demasiado para una madre. Los grandes rulos en su cabello blanco dejan entrever lo inesperado y lo intempestivo de esa muerte.

La casa es humilde, de madera como se estila en el Caribe. Además de la madre, la habitación está llena de familiares, de amigos, de curiosos. Todos son negros. Casi todos son jóvenes. El silencio se vuelve más silencio cuando en la puerta aparece uniformado el comisionado mayor Manuel Zambrana, la máxima autoridad de la Policía Nacional en Bluefields. También para él ha sido una larga noche. Entrar en la casa no ha resultado sencillo, le ha tocado escuchar de todo.

—Dos o tres chavalos gritaban molestos cuando llegamos –me dirá Zambrana dos días después–, pero si usted averigua quiénes son, verá que son delincuentes con un rosario de antecedentes, con el mismo perfil de Pen-Pen.

Zambrana viene del hospital, de unas horas más tensas si cabe, pero quiere presentar sus condolencias a María, cumplir así el compromiso de visitarla, adquirido ante una de las hermanas del finado.

—Sentimos mucho lo que pasó –le dice Zambrana a María–. Aquí estamos, para ayudar en lo que podamos.

Esa ayuda se limitará a café y azúcar para la vela. Aprovecha el encuentro para explicarle la versión oficial de lo ocurrido. Le cuenta que, al verse emboscado, su hijo metió un balazo en la cabeza a un agente de la Policía Nacional, y que el compañero respondió al fuego con los cinco o seis disparos que acabaron con Pen-Pen. Serena, María responde que cree que su hijo presentía que iba a morir. La conversación es corta, y, apenas termina, Zambrana se despide con un abrazo y se retira de la casa.

En los próximos días la muerte de Pen-Pen estará en boca de todos.

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(Esta es la primera versión de la entrada de una crónica titulada La muerte de Pen-Pen, que se publicará en Sala Negra de El Faro la próxima semana)

Fotografía: Roberto Valencia


viernes, 20 de mayo de 2011

El Caribe feo

Bluefields es la segunda ciudad más populosa del Caribe nicaragüense.El Caribe es casi un sinónimo de paraíso en otras latitudes; en España por ejemplo. Caribe suena a interminables playas de arena fina y blanca, suena a hamacas colgadas de palmeras inclinadas por algún huracán travieso, suena a ron añejo del bueno, suena a cruceros en barcos que parecen rascacielos, suena a todas las piñas coladas del mundo a cambio de mostrar una pulsera. Pero el Caribe es mucho más. El Caribe es pobreza.

Las mismas escenas se repiten en Cartagena de Indias, en Portobelo, en Livingston o en Roatán. A pocos cientos de metros de exclusivísimos complejos turísticos se levantan comunidades o barriadas en las que la miseria campa a sus anchas, casi siempre pobladas por afrodescendientes, siempre excluidas de las fotografías que aparecen en los afiches y revistas que promocionan la sucursal del paraíso. Aquí, en Bluefields, la pobreza tampoco hay que salir a buscarla;a cualquiera que tenga un mínimo de sensibilidad social la miseria lo busca y lo abofetea.

En Puntafría, un barrio de negros –como lo llama acá la mayoría mestiza en tono abiertamente despectivo–, hay un sencillo restorán llamado Bella Vista en el que por menos de diez dólares uno puede comer langosta.Esas son cantidades prohibitivas para muchos.

—Mira esos dos chavalos –me dice Carolina, una joven afrodescendiente que trabaja como mesera–; casi todos los días vienen a ver si les puedo dar algo de comida.

Los dos chavalos son dos hermanos, afrodescendientes también, y el mayor de ellos no tiene más de nueve años. Están metidos unos 20 metros en la achocolatada bahía de Bluefields y juegan, como niños que son, con un pedazo de plástico y un tronco que han rescatado entre la abundante basura que se acumula en la orilla.

—Cuando puedo, si no hay clientes y sin que se entere mi jefa, yo les doy algo de comer.

Viven con su madre unas cuadras arriba, por la cancha, me dice Carolina, pero las drogas hace tiempo que desintegraron ese hogar, y los dos chavalos salen a buscar en las calles lo que no les dan en casa: un plato de comida. Cuando están dentro el agua, como ahora, intentan llamar la atención de los pocos clientes del restorán. Si lo consiguen, ponen su mejor sonrisa, y cualquiera de ellos, o los dos al mismo tiempo, levanta una mano con los cinco dedos extendidos y rápidamente gesticula como si estuviera comiendo sopa. Así piden lo que para ellos ese día puede suponer la diferencia entre llevarse o no algo al estómago: cinco córdobas, 23 centavos de dólar.

Cambian actores e interpretaciones, pero en Bluefields la escena poco difiere de las que se ven cuando se baja al muelle, cuando se entra en el mercado municipal o cuando se camina por una comunidad paupérrima como Beholden.

Es casi la 1 de la tarde, y los chavalos aún no han comido, me dice Carolina. Pero juegan en el agua, juegan y sonríen. Cuando se ha visto tanta miseria en tantos lugares distintos de esta entrañable tierra llamada Centroamérica, está consciente de que es poco o nada lo que puede hacer. En mi mochila llevo un paquete de galletas y se lo tiro. Sin salir del agua lo abren, comparten el contenido y comen con avidez. El envoltorio lo dejan en el agua y pronto se juntará con el resto de la basura que hay en la orilla. Pero uno, con un plato de arroz con camarones y una cerveza sobre su mesa, no deja de sentirse como una mierda, la misma sensación que tengo mientras escribo estos párrafos.

Fotografía: Roberto Valencia

lunes, 4 de abril de 2011

Comparaciones odiosas

Ubicado en las afueras de la ciudad de Tipitapa, a 22 kilómetros de Managua, el centro penal La Modelo alberga a 2 mil 400 personas, un tercio de los privados de libertad que tiene Nicaragua. La calle de acceso es larga, recta y el asfalto es escaso, pero movimiento no le falta. Las visitas de familiares convierten el lugar en un vaivén decaponeras, nombre que aquí dan a unas bicicletas adaptadas para el transporte de personas, y uno intuye que se acerca a la entrada por el aumento desmesurado en el número de puestos de comida. Las primeras dos plumas que regulan el acceso están pintadas de negro y amarillo, y justo encima cuelga un rótulo grande y cuadrado que tiene dibujado el perfil de una botella y unas letras: Bienvenido al Sistema Penitenciario Nacional. Lo donó Coca-cola.

Entrar al recinto dentro del carro de Luis Amado Peña -el sacerdote encargado de la pastoral penitenciaria- resultó tan sencillo como ingresar a una residencial privada junto al presidente de la junta directiva. Pero ahora, al salir, el funcionario de turno –pantalón verde planchado y una camisa blanca impecable– abandona la sombra de la caseta y, después de saludar respetuoso y de intercambiar unas palabras, gira alrededor del pick up mientras se encorva ligeramente para mirar en los bajos del vehículo.

—Desde hace unas semanas están revisando más –dice el padre Peña–. Es por esa fuga que te conté el otro día.

El pasado 18 de febrero un joven llamado Álvaro Valverde se fugó de Tipitapa. Se cree que lo hizo asido al chasis de un autobús. Cuando el bus se alejó lo suficiente, el joven se descolgó, paró un taxi que iba en sentido contrario y desapareció. Tres días permaneció prófugo, pero al cuarto Valverde regresó arrepentido a Tipitapa acompañado por su padre y su abogado. Desde entonces los controles son más estrictos.

—Ay –se queja el padre Peña–, pero los problemas son para resolverlos, no para cerrar las cosas.


Fotografía: internet


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(Esta es la entrada de un reportaje titulado ¿Cuál es el secreto de las cárceles nicaragüenses?, publicado el 4 de abril de 2011 en la sección Sala negra del periódico digital El Faro).

domingo, 13 de marzo de 2011

Managua, ¡qué distinta sos!

Cuando la noche se apodera de Managua, el bochorno se retira por unas horas de la ciudad, y cede su espacio a la calor, mucho más llevadera; entonces, algunos vecinos de otras y de esta colonia, la residencial Bolonia, abren las puertas de sus casas de par en par, sacan sillas a la calle y se sientan a platicar, a hacer nada, a vivir.
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