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lunes, 20 de noviembre de 2017

Violentados por tener pene

En El Salvador, de cada 1,000 personas que son asesinadas, 874 son hombres, 111 son mujeres y 15 presentan tal grado de descomposición que no puede determinarse su sexo. Si sos niño u hombre, las posibilidades de morir asesinado son nueve veces más altas que si sos niña o mujer.
En El Salvador, la violencia homicida se ceba con los jóvenes que tienen entre 15 y 24 años; en esa franja de edad, que abarca a adolescentes y a jóvenes, la probabilidad de ser asesinado juega once a uno contra los varones. Once a uno.
En El Salvador, la relación de personas muertas en las balaceras que la Policía Nacional Civil (PNC) cataloga como “enfrentamientos” contra fuerzas de seguridad es de 1 mujer por cada 99 hombres.
En El Salvador, por cada 10,000 mujeres arriba de los 14 años de edad, 11 son detenidas en un año por la Policía. Entre los hombres, el número sube hasta 136.
En un municipio como Panchimalco, de 48,000 habitantes, en todo 2016 la PNC detuvo a 8 mujeres y a 163 hombres.
En El Salvador, y en sintonía con el tema de las detenciones, el número de hombres encarcelados en alguno de los recintos del sistema penitenciario es nueve veces superior al número de mujeres.
En El Salvador, el 14 % de las mujeres condenadas están en Fase de Confianza o en Fase de Semilibertad, las más benévolas con los privados de libertad. Entre los hombres, el porcentaje de los que gozan de esos beneficios es inferior al 4 %.
Y así.
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Este aluvión de datos fríos proviene de informes del Instituto de Medicina Legal, de la Policía Nacional Civil y de la Dirección General de Centros Penales. Cifras todas oficiales y recientes, cifras todas referidas a los años 2016 y 2017.
Por si alguien tiene dudas a pesar de los seis ‘En El Salvador’, se refieren a una sociedad muy concreta: la salvadoreña, una de las más violentas del mundo. Y en lo personal, no creo que sean extrapolables a sociedades de otras latitudes.
Estos números ya parecen dibujar una realidad en la que la condición de ser hombre predispone a ser víctima de la violencia, al menos en cuanto a la violencia homicida y a la acción represiva del Estado salvadoreño. No obstante, estos números –oficiales, verificables– nada dicen sobre un ámbito que resulta más complicado de medir: cómo las maras y el control territorial que ejercen afectan sobremanera a los hombres, en especial a los adolescentes y a los jóvenes.
En El Salvador, hoy, tener 15, 17 o 22 años de edad y pene te convierten en alguien sospechoso en cualquier colonia de clase media para abajo que no sea la propia. Aunque un joven varón no tenga absolutamente nada que ver con las pandillas, se juega la vida –y no es licencia literaria– por algo tan simple como entrar en un barrio ajeno. El hecho de ser hombre es clave en los ‘juicios’ que todas las pandillas realizan a las personas extrañas que ingresan en sus territorios. No hay ni habrá cifras verificables, pero cualquiera que viva en un lugar con presencia de pandilleros sabe a qué me refiero.
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En El Salvador, la violencia homicida y la represión se ensañan contra el hombre, y un indeterminable pero significativo porcentaje de los asesinatos suceden por el hecho de ser hombres. Lo afirma alguien que, además de escrutar reportes oficiales, lleva casi una década estudiando y analizando el fenómeno de la violencia con la lupa puesta en las comunidades empobrecidas.
Y los datos ahí están. Rocosos, contundentes. Darían para montar una campaña de victimización de los hombres. Pero si algo así sucediera, si a alguien se le ocurriera que unas víctimas merecen mayor consideración por ser hombres, y de manera velada se la negara a las mujeres por no estar tan expuestas a la violencia homicida, yo mostraría mi rotunda disconformidad.
Me explico: creo de corazón que en una sociedad como la salvadoreña, con un problema de violencia tan enraizado y desbordado, establecer políticas públicas atinadas pasa por analizar, conocer y ponderar las distintas violencias desde todas las variables posibles: edad, ingresos económicos, ubicación geográfica, grado educativo y género, por supuesto. Pero no creo que las lecturas parciales, sesgadas o interesadas sean lo más conveniente, sobre todo cuando son enfoques que se utilizan para soslayar o minimizar determinadas realidades.
Ya se apuntó arriba: los varones de entre 14 y 25 años son los más afectados por la violencia homicida. Los datos son rotundos, casi inapelables, pero reducir todo a una lectura en clave de género, sin siquiera incluir las variables del clasismo y de la estratificación social tan determinantes en una sociedad como la salvadoreña, conduce a interpretaciones que lindan con la estupidez. A ese alguien que quisiera montar una campaña para sobrevictimizar a los hombres bastaría recordarle que ni la violencia homicida ni la represión estatal afectan parejo a los alumnos varones del Instituto Nacional de Soyapango, a los del Externado San José o a los de la Escuela Americana... aunque todos ellos tengan pene.

Foto archivo El Faro.

martes, 29 de agosto de 2017

Mijango tenía razón


En lo sustancial, tenía razón Mijango, el mediador in chief, en su análisis sobre lo que se le venía encima a El Salvador.

Tenía razón el denostado Raúl Mijango cuando, hace ya dos años y finiquitado el controversial proceso que convenimos en llamar la Tregua, nos concedió una larga entrevista –una más, esta vez on the record– con la vaga pretensión de que sus respuestas, las de un testigo privilegiado, sirvieran como colofón a una de las políticas públicas que más incidencia ha tenido en la evolución de las maras y de los mareros.

Tenía razón Mijango cuando dijo: “Las posibilidades de construir paz en el país se han agotado, y ahora toca esperar a que los sedientos de muerte y de sangre, tanto en las pandillas como en el gobierno, se sacien y vuelvan a considerar que es necesario trabajar por la paz”.


Foto Víctor Peña (El Faro).

Aquella entrevista tuvo lugar el 1º de octubre de 2015, meses después de que el gobierno de Salvador Sánchez Cerén abortara sus negociaciones con los pandilleros y le apostara todo a la versión más sangrienta y brutal del manodurismo de todas las ensayadas tras la firma de los Acuerdos de Paz. Para entonces, los “sedientos de muerte y de sangre” de uno y otro lado ya estaban desatados. De un lado, las pandillas asesinaron a más de 60 policías en ese año, muertes brutales y cobardes en su inmensa mayoría, y también se atrevieron a desafiar a la sociedad entera con un paro del transporte público; del otro lado, se había consumado ya la masacre de la finca San Blas e incontables samblases más que la Policía Nacional Civil, con la anuencia de la Fiscalía y de la sociedad en general, encubre y tolera bajo la etiqueta de “enfrentamientos”. Poco ha cambiado en dos años.


Tenía razón Mijango cuando dijo: “¿Cuánto tiempo va a durar [la guerra]? No sé pero, en la experiencia que conocí y viví en el conflicto armado de los ochenta, fueron diez años y más de 50,000 muertos. En 1982 se hizo la primera propuesta de búsqueda de soluciones negociadas, pero en aquel momento las dos partes creyeron en la victoria militar. Es igual que ahora, que el gobierno está tratando de buscar una victoria militar, mientras que una vía negociada permitiría ahorrar tiempo, ahorrar muertos y ahorrar sufrimientos, y resolver el problema de una forma eficaz”.

Han pasado dos años y 9,000 asesinatos desde aquellas palabras, y no se atisban todavía señales inequívocas de que las maras estén perdiendo el control en sus canchas, o de que el diálogo pueda emerger como solución a un problema tan desbordado que solo los más miopes entusiastas del manodurismo creen que se puede resolver por la vía represiva.

Tenía razón Mijango cuando dijo: “Cientos de grupos [clicas] antes respondían a las directrices de las ranflas nacionales, pero ahora han caído en la anarquía, operan de forma autónoma, unidas solo por la idea de practicar la violencia”.

El gobierno presenta como uno de los grandes logros de las Medidas Extraordinarias haber dificultado como nunca antes la comunicación entre las ranflas encarceladas y los pandilleros en la libre. Y seguramente sea cierto, seguramente hoy sea más difícil que nunca que escapen órdenes o consignas de las cárceles, pero ¿nos hemos preguntado si eso per se ayuda o entorpece para buscar una solución a este conflicto tan enraizado y complejo?

Por último, creo también que tenía razón Mijango cuando dijo: “Yo llegué al convencimiento de que ya no hay capacidad nacional, con actores nacionales, de encontrar una salida a este problema. Siento que nos hemos polarizado demasiado, y que de alguna manera nos hemos satanizado entre nosotros mismos, y que el mismo Consejo [el Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana y Convivencia] terminó siendo un fantoche que para lo único que ha servido es para justificar y legitimar la acción represiva del gobierno”.

La sociedad salvadoreña, a pesar de lo que asegura la propaganda gubernamental, está muy lejos –muy lejos– de dar con la fórmula para rehabilitar y reinsertar a más de 60,000 pandilleros activos y no menos de 400,000 personas entre familiares condescendientes, novias, simpatizantes, aspirantes, colaboradoras… Y, lo más preocupante, de dar con la fórmula para que cientos, quizá miles de niños y adolescentes salvadoreños no sigan queriendo –más que nada en este mundo– integrarse en la pandilla de su colonia o de su cantón, como lo quieren hoy.

Mijango fue el mediador por excelencia. Un tipo rupestre, malcae, franco, hábil, campechano, descuidado, el perro flaco al que se le pegan todas las pulgas. La persona que más se involucró en la Tregua, un proceso con luces y sombras que esta sociedad hizo descarrilar. Pero ese denostado Mijango es, sin duda, una de las personas en este mundo que más y mejor conoce el fenómeno de las maras y a sus líderes más influyentes. Alguien que podría asesorar, aconsejar, tender puentes, pero que esta sociedad prefiere verlo encarcelado, haya o no motivos.

Me temo que en lo esencial tenía razón Mijango: tal cual van las cosas, tendrán que pasar años de muerte y sangre, décadas quizá, hasta los que los sedientos se sacien, hasta que en la sociedad salvadoreña vuelvan a surgir voces valientes y de peso que juzguen necesario trabajar en serio por la paz.

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Si alguien quiere leer completa aquella entrevista, puede hacerlo en este enlace.

martes, 4 de julio de 2017

País subdesarrollado, periodismo subdesarrollado


Hace dosquetrés semanas, alguien se propuso escribir desde Barcelona un reportaje sobre la incestuosa relación entre el periodismo y la violencia; para ello, contactó a varios periodistas que vivimos en países muy violentos y nos envió un cuestionario base. Como ocurre siempre –la escritura, la edición y el sentido común obligan–, apenas se publicaron unos fragmentos seleccionados y mínimos de las respuestas.

Es infinita la relación existente entre periodismo y violencia. En lo particular, creo que en una sociedad como la salvadoreña deberíamos hablar mucho más sobre esa relación, sobre los errores que los periodistas salvadoreños hemos cometido y que seguimos cometiendo, pero siento que existe una especie de código gremial que imposibilita airear en público nuestras miserias; parecido a los médicos, que por lo general se acuerpan entre ellos cuando alguien los cuestiona desde afuera.

Por mi trabajo en la Sala Negra, el acercamiento genuino y constante a las distintas expresiones de violencia que nos carcomen me ha permitido moldear una opinión, que es muy crítica hacia el rol que hemos desempeñado el periodismo y los periodistas salvadoreños en el último cuarto de siglo. Algo escribí hace tres años en una bitácora que titulé ‘El periodismo, la gasolina perfecta para el fenómeno de las pandillas en El Salvador’. Sé que son temas ásperos, con los que resulta casi imposible despertar el interés de los ciudadanos, pero el cuestionario que envié a Barcelona desarrolla algunas ideas que quizá a alguien le resulten mínimamente interesantes. Por eso lo comparto íntegro acá.

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¿Cómo explicar la violencia sin caer en el morbo? ¿Es útil publicar sucesos violentos o con ellos estamos ayudando a normalizar la violencia, a inmunizarnos?
Primero habría que definir qué es el morbo, palabra que, me late, tiene tantos límites y connotaciones como personas hay en el mundo. Más que pontificar, prefiero esbozarte mi opinión sobre el tema, basada sobre todo en mi experiencia como fundador e integrante de la Sala Negra, la sección de El Faro que desde 2010 aborda, desde la trinchera del periodismo, el fenómeno de la violencia en la región más violenta del mundo. Yo sí creo que el periodismo sobre la violencia no solo es útil, sino que es necesario. En una sociedad como la salvadoreña, en la que la violencia moldea el diario vivir de cientos de miles de personas, sentiría un fracaso que el gremio dedicara el grueso de sus energías a hablar de fútbol, de cine o de las elecciones primarias en los partidos políticos. Ahora bien, informar sobre hechos violentos en sociedades violentas exige un plus de ética y responsabilidad, que es seguramente donde más estamos fallando.

¿Hay que poner un límite a la publicación de noticias violentas? ¿Cuál?
¿Limitar el ejercicio periodístico? Dudo que pueda responder de forma afirmativa en cualquier circunstancia, mucho menos cuando hablamos de la violencia. Me siento más cómodo apelando a la responsabilidad, a la ética, a la formación continua, a las fe de errata sinceras y proporcionadas, a la honestidad y, sobre todo, a la empatía y el respeto hacia las víctimas. Dicen que Kapuściński dijo que para ser buen periodista primero hay que ser buena persona. Suscribo esa máxima, sobre todo cuando se trabaja con víctimas.

¿Se deben mostrar fotos explícitas de violencia? ¿Ayudan a sensibilizar?
No creo que estas preguntas se puedan responder con síes o noes universales, válidos para todas las situaciones. En la Sala Negra hemos publicado fotografías con violencia explícita, pero siempre tras debates sobre su pertinencia. Y aplica también para los textos. En la crónica ‘Yo violada’, por ejemplo, yo elegí un lenguaje y una selección de escenas con violencia explícita, y fue una decisión consciente, meditada y avalada, de la que no me arrepiento. Fue voluntario retratar con crudeza la crudeza del fenómeno de las violaciones tumultuarias en el submundo de las maras.
Violencia - 580
Foto Edu Ponces (Ruido Foto/El Faro)

¿Cómo decide El Faro cuándo publica o no una información violenta? ¿Qué criterios cree que deberían adoptar otros medios?
La Sala Negra tiene, como grupo de periodistas con cierta autonomía operativa, debates internos sobre cada caso que creemos que amerita consideraciones especiales. Luego está el filtro de los editores de El Faro. Y si el tema lo amerita, como con ‘La PNC masacró en la finca San Blas’, buscamos asesoría externa con expertos en derechos humanos. Creo que también juega a nuestro favor que ya llevamos muchos años en esto, en una región muy violenta que nos pone a prueba cada día, y que hemos tenido oportunidad de equivocarnos lo suficiente como para haber aprendido algo. Como receta, creo que es difícilmente exportable a otras redacciones.

En el caso específico de El Salvador, ¿pueden los medios dar una cierta imagen de glamour de la violencia? ¿Tal vez la excesiva divulgación de los jóvenes tatuados ayude a mitificarlos?
La salvadoreña es una de las sociedades más violentas del mundo, si no la más, y, a mi modo de ver, solo un tonto negaría el rol nefasto ejercido por los medios de comunicación, por acción u omisión, en la conformación de la sociedad que tenemos hoy en día. En el caso concreto de las maras, es incuestionable que el periodismo ha contribuido al desarrollo y a la radicalización, sobre todo en los noventa y en la década pasada. Sin embargo, sobre el punto particular que me planteas de los tatuajes, creo que son los periodistas extranjeros (enviados, agencias, corresponsales…) los más fascinados con ese tipo de expresiones. Salvo excepciones, es lo primero que piden apenas ponen un pie en el aeropuerto.

¿Cree que los medios salvadoreños abordan en profundidad las causas de la violencia y explican dónde nacen los conflictos?
Somos un país subdesarrollado, con un periodismo subdesarrollado. Hay excepciones muy dignas, pero en términos generales el periodismo salvadoreño deja mucho que desear.
No, no creo que se aborden las causas ni los porqués; es más, siento que muchas veces se informa desde un desconocimiento insultante. El caso de las maras es el más evidente: el Barrio 18 se partió en dos pandillas en la segunda mitad de la década pasada, pero algo así, con tanta incidencia en el diario vivir de decenas de miles de salvadoreños, pasó completamente desapercibido durante años. Aún hoy, una década después de la ruptura, hay colegas que trabajan en la cobertura de la violencia que no sabrían decir ni una sola diferencia entre la 18-Sureños y la 18-Revolucionarios. Yo lo juzgo grave y sintomático.

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El reportaje que reprodujo fragmentos de estas respuestas se publicó el 22 de junio de 2017 en PlayGround, bajo el título ‘Menores, violencia sexual, terrorismo y mucha sangre... ¿Vale todo por los clics?’, y lo firma el periodista Germán Aranda.

martes, 11 de octubre de 2016

Ojalá fuera cierto que los homicidios han bajado un 70 % en San Salvador

Lo primero, los datos duros, que trataré de exponer de manera aséptica.
Uno. La Policía Nacional Civil (PNC) registró en el municipio de San Salvador 323 asesinatos desde el 1 de enero hasta el 31 de agosto de 2016. En idéntico período de 2015 se cometieron 339 homicidios. En 2014, 216. Y en 2013, el año más intenso de la Tregua, 125 en esos mismos ocho meses. En términos porcentuales, el municipio de San Salvador presenta este año un descenso del 5 % respecto a 2015, que resultó el más violento del siglo XXI. Pero comparado con 2014 y 2013, los asesinatos en la capital han aumentado un 50 % y un 158 % respectivamente.
Dos. Si el corte lo hacemos desde el 1º de abril, cuando el Gobierno de la República comenzó a implementar las medidas excepcionales y las tres pandillas anunciaron un cese unilateral de la violencia, San Salvador –la ciudad; no el departamento, no el área metropolitana– ha pasado de promediar 51 homicidios cada mes, a 34. El descenso es del 33 %, una cifra importante e incluso esperanzadora, pero que palidece si se tiene en cuenta que a escala nacional, en el mismo intervalo, la reducción ha sido del 46 %.
Tres. Si nos remitimos al indicador de referencia en todo el mundo, la tasa de homicidios por cada 100,000 habitantes, San Salvador está repitiendo como la cabecera departamental más violenta de El Salvador. Proyectados los datos hasta el 31 de agosto para todo 2016, la tasa es de 195 asesinatos por cada 100,000 capitalinos. Le siguen San Miguel, con 107; y Usulután, con 97. Entre las menos violentas, Chalatenango, con 24 homicidios por cada 100,000 habitantes; y Santa Tecla, con 40.
Cuatro. El ‘Listado de las 50 ciudades más violentas del mundo en 2015’ lo elabora una oenegé mexicana llamada Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal. Como ya detallé en esta entrada publicada a finales de enero, el estudio presenta serias carencias metodológicas, pero, para el caso que nos ocupa, dos son las características que conviene tener presentes: una, que el nuevo listado se dará a conocer en enero, por lo que nadie en octubre puede aseverar qué ciudades estarán entre las diez más violentas, las que entrarán o las que saldrán; y dos, que la oenegé mexicana no toma la ciudad de San Salvador como parámetro, sino que establece las 14 ciudades del Área Metropolitana de San Salvador como una entidad, por lo que el puesto que ocupe ‘San Salvador’ dependerá no solo de lo que ocurre en el Centro Histórico, sino del comportamiento de los homicidios en el resto de la capital, y en Santa Tecla, y en Soyapango, Ilopango, Nejapa, Mejicanos, Antiguo Cuscatlán…
Punto y aparte.
Aportados estos datos sobre las verdaderas cifras de asesinatos que se cometen en la capital y sobre cómo se elabora el ránking de las ciudades las violentas del mundo, agrego unas reflexiones personales sobre lo que se está publicando en torno a la inseguridad en San Salvador, y sobre el manejo malicioso y/o ignorante que se está haciendo de la información.
Uno. En los ocho primeros meses de 2016, los asesinatos en la ciudad de San Salvador han descendido, sí, pero en una proporción muy inferior al resto del país. Si me permiten la comparación, e imaginamos un aula en la que los alumnos avanzan y aprenden a ritmos diferentes, la ciudad que gobierna Nayib Bukele sería, en materia de seguridad pública, uno de los estudiantes con peores resultados.
Dos. Desde antes incluso de que se implementaran las medidas extraordinarias, el Distrito Centro Histórico está siendo objeto de una agresiva militarización vía PNC y Fuerza Armada. Este parece ser el detonante principal del descenso de los homicidios, más significativo en ese pequeño sector de la ciudad. Pero es un grave error extrapolar los datos parciales de la subdelegación Centro de la PNC a todo el municipio –hay subdelegaciones policiales en el barrio San Jacinto y en las colonias Miramonte y Escalón–, y mucho más grave aún realizar inferencias para todo el área metropolitana con datos extraídos del Distrito Centro Histórico.
Tres. No es lo deseable, pero uno puede llegar a entender que el poderoso entramado propagandístico y de culto en torno a la figura del alcalde (pagado en parte con nuestras tasas e impuestos) trate de magnificar supuestos logros propios o datos y hechos que de alguna manera favorecen o enaltecen la gestión. Lo que como periodista me cuesta digerir más es que haya reporteros, editores y medios –que se definen como tales– que no sean capaces de separar el trigo de la paja, de contrastar la información que airea una u otra fuente, o de hacer análisis básicos que evidencian que los titulares del tipo ‘San Salvador sale de la lista de las 10 ciudades más violentas del mundo’ son pura ciencia ficción, invenciones sin sustento alguno.
Y cuatro. Vivo en San Salvador. Mis hijas viven en San Salvador, estudian en San Salvador. Mi esposa ídem. Viajo en bus por San Salvador. Camino seguido por San Salvador, también por el Centro Histórico. Almuerzo con regularidad en el mercado Central, voy al Estadio Cuscatlán, visito la cripta de Romero… Ojalá fuera cierto lo que en la tarde del 10 de octubre tuiteó el alcalde Nayib Bukele: “¡Una baja del 70% en homicidios en toda la ciudad!”, atribuido sin matices “al reordenamiento, los planes de reconstrucción del tejido social, los planes de inclusión, la iluminación de todo San Salvador y el inicio de la revitalización del Centro Histórico”. Ojalá fuera cierto, lo digo de corazón, pero no lo es.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Los homicidios han bajado. ¿Nos alegramos?

Sí. Debería alegrarnos. Sin lugar a dudas. Sería mezquino no hacerlo. Para la sociedad salvadoreña, la más violenta del mundo, toda reducción en sus aterradoras cifras de asesinatos –pronunciada y sostenida en el tiempo– debería ser motivo de satisfacción. Y la reducción es inapelable: desde abril, el país ha entrado en una etapa de estabilidad en torno a 11-13 homicidios diarios; una ruptura clara con los 21 homicidios diarios que promediamos durante los once meses precedentes.
Sin este abrupto descenso, habrían sido asesinados casi 1,500 salvadoreños más que los que las autoridades reportan hasta finales de agosto. Repito: casi mil quinientos más. Unos 300 salvadoreños están ‘salvando su vida’ cada mes.
Ahora bien, reconocer, alegrarse y hasta celebrar el bajón no tiene por qué estar reñido con hacer análisis que dimensionen ese descenso, que lo expliquen; mucho menos con tragarse el discurso tan triunfalista como cortoplacista y malicioso de los altos funcionarios del Estado.
La Administración Sánchez Cerén arrancó el primero de junio de 2014. Gestionó el tramo final de la Tregua –el de reactivación de la violencia– y la ‘guerra’ contra las maras, el período de la historia reciente de El Salvador en el que los homicidios más han aumentado. Si se tiene en cuenta que el Gabinete de Seguridad navegó 22 meses entre las estadísticas más sangrientas de este siglo, resulta hasta comprensible que el descenso haya derivado en triunfalismo, y en un discurso –el oficial– que pregona que las maras están siendo derrotadas. Pero la realidad es mucho más compleja, en especial en las comunidades controladas por las maras. Amerita detenerse en algunos ítems relevantes para tratar de comprender el calado del descenso.
Uno. ¿Dejará El Salvador de ser el país más violento del mundo? Improbable. Salvo que ocurra algo fuera del guion, 2016 será un año con menos homicidios que 2015, pero concluirá arriba de los 5,100 asesinatos, la segunda cifra más elevada del siglo XXI. Honduras, nuestro principal contendiente en el último lustro, mantiene su tendencia a la baja, así que solo Venezuela amenazaría que El Salvador siga siendo el país con la tasa de homicidios más disparada del mundo, con la excepción de territorios en guerra abierta. Incluso si en el último tercio del año promediáramos 11 asesinatos al día, terminaríamos con una tasa en torno a 80 homicidios por cada 100,000 habitantes.
Dos. ¿Seguimos bajo ‘epidemia de violencia’? Sí. Indiscutiblemente. Según los parámetros que maneja Naciones Unidas, una sociedad sufre epidemia de violencia cuando se cometen arriba de 10 homicidios por cada 100,000 habitantes. Con el volumen de población de El Salvador, con 54 asesinatos al mes ya seríamos, ante los ojos del mundo, una sociedad enferma de violencia. El descenso que se ha dado es de promediar 650 asesinatos mensuales a promediar 350.
Tres. ¿Qué ha provocado el bajón? Es quizá la pregunta con la respuesta más propensa al debate. El gobierno, parte interesada, aporta una única respuesta: medidas extraordinarias. No es muy aventurado afirmar que, ante el martilleo constante de esta idea de parte de los principales funcionarios del Gabinete de Seguridad, y sin que nadie se oponga con argumentos serios, que los hay, entre la población parece estar calando esa percepción. Las medidas extraordinarias se pueden resumir en tres ejes: uno, cortar la comunicación entre los palabreros de las cárceles y los de la libre; dos, abrir líneas de investigación con la Fiscalía para golpear el entramado financiero y generar disputas internas; y tres, dar carta blanca a las fuerzas de seguridad para disparar primero y preguntar después. Comenzaron a implementarse en el último fin de semana de marzo, y es justo cuando inicia el descenso en los homicidios. No resulta difícil vender la relación causa-efecto, como hace con éxito el gobierno. Pero al pasar la lupa, los últimos días de marzo también los usaron las tres grandes pandillas (Mara Salvatrucha, 18-Revolucionarios y 18-Sureños) para anunciar, vía comunicado conjunto, un cese de sus “acciones ofensivas”, aún vigente. Los pandilleros no han dejado de asesinar ni de agredir a la sociedad, creerse esa parte sería iluso; sin embargo, sí parecen haber metido en el congelador las diferencias entre las tres estructuras, y haber puesto en marcha pactos de no agresión, que no se están cumpliendo al cien por ciento por la naturaleza propia de las maras, pero sí lo suficiente como para suponer que una buena porción del descenso en los homicidios son los muertos que se generaban entre sí las tres pandillas, que han disminuido tras haber identificado un enemigo común: el Estado salvadoreño.
Cuatro. ¿Por qué el discurso triunfalista del gobierno? Mi opinión: por pura estrategia de marketing político y comunicacional. Más claro aún: para obtener rédito electoral, votos. Después de casi dos años de ‘guerra’, de que las fuerzas de seguridad hayan matado a más de 700 supuestos pandilleros en lo que nos venden como enfrentamientos, el Estado ha logrado, en el mejor de los casos, retomar el control territorial en zonas controladas por las pandillas a fuerza de meter a policías y soldados ennavaronados y armados con fusiles M-16 y AR-15, pero el control social de los mareros en sus canchas sigue, con alguna excepción, intacto. Control territorial y control social no son lo mismo. El discurso triunfalista es, pues, un discurso para engatusar a las clases media y alta, las que nunca han sufrido ni sufren de manera directa el acoso de las maras. En el bajomundo, los residentes en las colonias y cantones que más sufren a los pandilleros saben que el control social lo siguen ejerciendo ellos, aunque les hayan borrado los placazos y su presencia ahora sea más difusa, menos explícita, por la mayor presencia de policías y soldados.
Y cinco. ¿Qué nos espera hasta que finalice 2016? El gobierno navega con viento a favor. Ni en la Asamblea ni en los set de televisión hay voces sonoras cuestionando la ‘guerra’ contra las pandillas. La horquilla de 11-13 homicidios diarios permitirá al Gabinete de Seguridad seguir alardeando de descenso, porque la segunda mitad de 2015 fue terrorífica y, al comparar los mismos meses, el saldo será siempre favorable. Los excesos policiales –el pan de cada día en el bajomundo– e incluso las ejecuciones extrajudiciales no restan votos en la sociedad más violenta del mundo; al contrario. ¿La comunidad internacional? Tampoco parece muy dispuesta a alzar su voz contra la sistemática violación de los derechos humanos con la que la Administración Sánchez Cerén enfrenta a los pandilleros. ¿Y las pandillas? Mucho tienen con contener la embestida estatal y garantizar que no afecte en demasía a sus principales fuentes de financiamiento: las extorsiones y la renta. En definitiva, si yo tuviera que apostar plata, lo haría por un tramo final del año muy parecido en términos numéricos a lo vivido desde abril. Apostaría también por la reincidencia gubernamental en el discurso triunfalista, triunfalista y hueco, porque aunque Cotto, Ramírez Landaverde o Sánchez Cerén lo repitan una y mil veces, el guerrerismo como política pública no está debilitando, al menos con la intensidad que nos quieren vender, las estructuras de terror con las que las pandillas controlan sus canchas más firmes.

En este enlace puede consultar un gráfico interactivo de la Sala Negra de El Faro que detalla la evolución de los homicidios entre enero de 2002 y agosto de 2016.

martes, 26 de enero de 2016

La ciudad más violenta del mundo



Ya hicieron público el Listado de las 50 ciudades más violentas del mundo en 2015”, y en esta ocasión el muerto le cayó a Caracas. Para el mundo entero, la capital venezolana es y será, al menos hasta enero del próximo año, la ciudad más violenta del mundo… aunque seguramente no lo sea.
El cacareado listado lo elabora una oenegé mexicana llamada Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal A.C., que desde hace años ha ganado notoriedad internacional (prestigio, incluso) precisamente por confeccionar este ranking.
Desde que hace un lustro nació la Sala Negra de El Faro, soy el periodista que trata de estar pendiente de los indicadores de violencia en El Salvador, y me gusta cotejarlos con lo que sucede en los países de la región. Pues bien, el listado de esta oenegé mexicana, que agencias internacionales de prensa y prestigiosos medios de referencia elevan a categoría de verdad absoluta, lo descartamos como fuente confiable hace dos o tres años, y lo hicimos por una sencilla razón: los errores y las ligerezas detectados son, en mi opinión, demasiado graves.
La gran virtud del listado es que detalla la metodología para sus cálculos. Por ejemplo, la tasa afinada hasta las centésimas de “119.87 homicidios dolosos por cada 100 mil habitantes” de Caracas no tiene fundamento alguno en cifras oficiales; es una construcción sobre cuestionables reportes periodísticos que citan cifras de la morgue que atiende Caracas y alrededores, luego guadañan un porcentaje como estimación de accidentes y homicidios no dolosos, y por último descartan municipios del Gran Caracas que también hacen uso de esa morgue. El resultado final es, en mi opinión, una cifra basada en demasiadas inferencias, estimaciones y reglas de tres como para ser confiable.
Otro ejemplo. El año pasado, la campeona resultó San Pedro Sula, en Honduras. Le atribuyeron 1,317 homicidios y una tasa de 171.20 homicidios por cada 100,000 habitantes. Así se publicó y se republicó. Este año la ubican en el segundo escalón del pódium, pero si se lee la ‘letra pequeña’ sobre la metodología, aparece esto: “En primer término, quepa señalar que nuestra estimación de 1,317 homicidios en 2014 fue 14.29 % por debajo de la que reporta Sistema Estadístico Policial, que fue de 1,152”. ¡Sobrestimaron 165 asesinatos!
Pero no me animé a escribir este desahogo por lo que sucede en Caracas o en San Pedro, sino por lo que conozco tantito mejor: San Salvador. Nuestra ciudad capital salta este año del decimotercer al tercer lugar, y le atribuyen una tasa de 108.54 homicidios por cada 100,000 habitantes.
Aunque más de uno se sorprenderá por esto que va a leer, El Salvador tiene uno de los sistemas de conteo de homicidios más confiables y transparentes de todo el hemisferio, además de difusión casi inmediata. Ante esta realidad, las diferencias numéricas no son tan relevantes, pero sí –en mi opinión, reitero– las ligerezas metodológicas distorsionadoras.
Uno. La oenegé atribuye 1,918 homicidios a “San Salvador”, cuando el dato oficial y público desde la primera semana de enero es 1,932. La diferencia, por lo explicado en el párrafo anterior, no es significativa, y la tasa apenas se elevaría a 109.3 homicidios por cada 100,000 habitantes.
Dos, y empezamos con las discrepancias de corte metodológico. La única ciudad que existe en El Salvador, según el criterio utilizado por la oenegé, es “San Salvador”. Ni Santa Ana ni San Miguel ni Soyapango son ciudades.
Tres. Lo que ellos llaman “San Salvador” es en realidad el Área Metropolitana de San Salvador, una entidad que aglutina a 14 municipios y que goza de respaldo jurídico, pero en mi opinión obsoleta si se tiene en cuenta el desarrollo urbano en las últimas dos décadas. Así, el cantón Tutultepeque de Nejapa es “San Salvador”, pero no lo es la residencial Vía del Mar, ubicada en el arranque de la carretera al puerto.
Cuatro. Dentro del Área Metropolitana de San Salvador oficial existen, en mi opinión, realidades lo suficientemente diferenciadas como para que no sean metidas en el mismo saco. La situación de seguridad en los dos municipios ‘metropolitanos’ del departamento de La Libertad (Santa Tecla y Antiguo Cuscatlán) muy poco tiene que ver con el gran manchón urbano de San Salvador-Ciudad Delgado-Mejicanos-Ayutuxtepeque-Cuscatancingo-Apopa-Soyapango-Ilopango, pero esas realidades dispares, incluso separadas físicamente, se meten en el mismo huacal, y se extrae un promedio.
Entre las ciudades más violentas del mundo, “a San Salvador le correspondió la tercera posición”, dice concluyente la oenegé mexicana en su informe. Pero los factores enumerados distorsionan en mi opinión los números de “San Salvador” y todas las consecuentes afirmaciones que se hacen sobre nuestra capital.
Nuestra realidad es más cruel: en el municipio de San Salvador, donde según la Digestyc en 2015 residían 257,754 personas, se cometieron 514 asesinatos. La tasa de la ciudad capital es de 199.3 homicidios por cada 100,000 habitantes.
Si se tienen en cuenta las implicaciones para el turismo y la inversión extranjera que podrían derivarse de ser presentados como la ciudad más violenta del mundo, no nos podemos quejar. Las –en mi opinión– ligerezas con las que la oenegé mexicana elabora el listado nos han ayudado. Nos salió barato. 
Lo repiten con sonoros titulares en la BBCEl Mundo o La Nación: Caracas es la ciudad más violenta del mundo, no San Salvador. Un respetado informe lo dice. ¿A quién le importa en Londres, Madrid o Buenos Aires lo que esté ocurriendo en el Centro Histórico de San Salvador?

martes, 5 de enero de 2016

El Salvador es un charco de sangre



Este 5 de enero se cumple un año desde que el Gobierno le apostó a la ‘guerra’ para afrontar el fenómeno de las maras. Acoto la palabra guerra con comillas simples por pudor, porque remite a un escenario de caos que quienes formamos parte de la mitad privilegiada de la sociedad todavía nos cuesta aceptar. Pudor, digo, porque según el diccionario de la Real Academia Española, guerra es la “lucha armada entre bandos de una misma nación”, acepción que incluso se queda corta para definir lo que se vive en las colonias y cantones sometidos por el terror de las pandillas, y por el terror de la represión desmedida desatada por el Estado.

Decía que este 5 de enero se cumple un año desde que el presidente de la República, Salvador Sánchez Cerén, pronunció estas palabras: “No podemos volver al esquema de entendernos y de negociar con las pandillas, porque eso está al margen de la ley. Ellos se han puesto al margen de la ley, ellos se han vuelto violadores de la ley, y por lo tanto nuestra obligación es perseguirlos, castigarlos y que la justicia determine las penas que les corresponden”.

Con la opinión pública mayoritariamente en contra de la Tregua y presionado por Estados Unidos según distintas fuentes conocedoras del proceso, Sánchez Cerén finiquitó con esas dos frases la controvertida negociación iniciada en marzo de 2012 por el expresidente Mauricio Funes, que nos deparó un oasis estadístico de quince meses con un promedio de seis homicidios al día, pero que desde la segunda mitad de 2013 había comenzado a dar señales de naufragio.

Los periodistas de la Sala Negra de El Faro juzgamos el mensaje de Sánchez Cerén como el punto final de la Tregua. Fue un discurso calculado, que simbólicamente eligió pronunciar en el Castillo, la sede central de la Policía Nacional Civil. Lo hizo en los minutos previos a una reunión con lo más granado del Gabinete de Seguridad, robustecido para la ocasión con los comisionados policiales más influyentes. No fue una respuesta improvisada a una pregunta inesperada. Incluso el comunicado que Casa Presidencial hizo público minutos después subrayó la renuncia explícita al diálogo con los pandilleros.

Pero Sánchez Cerén dijo más aquel día:

Dijo que la Policía Comunitaria (que entonces se vendía como la milagrosa solución) estaba permitiendo un mayor acercamiento a la población. Y ya ven cómo estamos hoy.

Dijo que el Gobierno quería “construir es un ideal de vida de la población, un ideal de vida del buen vivir, de encontrar la felicidad, de encontrar que la comunidad de las personas pueda vivir en tranquilidad”. Y ya ven cómo estamos hoy.

Dijo que se iban a respetar los derechos humanos. Y ya ven cómo estamos hoy.

Dijo que el entonces novel Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana y Convivencia marcaría el camino hacia una sociedad menos violenta, más integrada. Y ya ven cómo estamos hoy.

Dijo que la seguridad es la antesala de la felicidad. Así lo dijo: “No puede existir un país que tenga felicidad si es inseguro”. Y ya ven cómo estamos hoy.

Un año después de que este Gobierno del FMLN optara por la guerra contra las pandillas, El Salvador es el país más violento del hemisferio, con una tasa atroz e inapelable de 102.9 homicidios por cada 100,000 habitantes. Hemos pasado de 2,499 asesinatos en 2013 a 6,657 en 2015, una inverosímil alza del 166 % en apenas dos años que hace que medios de comunicación de los cinco continentes nos estén ahora mismo tratando de retratar como lo que somos: la sociedad más violenta del mundo.

Porque otro país ultraviolento como lo es Honduras reporta 5,047 homicidios en 2015, una barbaridad, pero para igualar nuestra tasa de muerte tendrían que haber asesinado a 9,150 hondureños.

Porque en Colombia la cifra oficial de homicidios es 12,540, pero para equipararse con nosotros deberían haber enterrado a casi 51,000 colombianos.

Porque en Costa Rica están escandalizados al cerrar con unos 560 homicidios, pero para igualar la nefasta tasa salvadoreña tendrían que asesinar a 5,140 ticos en un año.

Porque en España asesinan a unas 300 personas al año, y para vivir lo que se vive en el país más violento del mundo tendrían que asesinar a 47,769 personas.

Después de un año de apostarle a la guerra, un tiempo razonable para medir si la apuesta funcionó o no, El Salvador se ha convertido en un país más violento e inseguro, sobre todo para la mitad más desfavorecida, que debería ser la prioridad para un Ejecutivo que dice ser de izquierda. Si siguiéramos el ingenuo razonamiento de Sánchez Cerén, somos hoy un país menos feliz que hace un año.

Las maras no han perdido el control de sus territorios ni se han reportado deserciones masivas por la presión del Gobierno. En los tradicionales centros de mando de las pandillas, las cárceles, aún entra y sale de todo. Entre las denuncias de violaciones a los derechos humanos que los salvadoreños interpusieron en la PDDH, las que señalan a policías y soldados pasaron de representar el 40 % en 2014 al 74 % en 2015. La guerra se ha llevado a más de un centenar de policías, militares, custodios y familiares de. El Plan El Salvador Seguro ha resultado ser el enésimo compendio de intenciones tan bondadosas como inaplicables. La institucionalidad y la sanidad democrática del Estado se han debilitado por las docenas de ejecuciones extrajudiciales cometidas y la falta de voluntad para investigarlas. Incluso la reversión de la polarización que se vislumbró en el Pacto de Ataco resultó ser un espejismo.

En definitiva, un año después de que se renunció al diálogo como herramienta para resolver el principal problema de convivencia, el país está en un atolladero. Por más comerciales de bellísima factura artística, por más canciones con niños bien nutridos y sonrientes, por más mensajes de Año Nuevo de inspiración escandinava con los que el Gobierno nos ha bombardeado en las últimas semanas, este 5 de enero, cuando se cumplen 365 días desde que Sánchez Cerén le apostó a la guerra, no se ve luz al final del túnel. Por no ver, algunos ni siquiera ven –ni siquiera quieren ver– el charco de sangre sobre el que estamos parados.

sábado, 8 de noviembre de 2014

Prólogo del e-book 'Yo bajomundo'


Ocurre con demasiada frecuencia. A pesar de las cifras espeluznantes, de los cadáveres exhibidos con cinismo en los noticieros, a pesar de las residenciales amuralladas y de las casas fortificadas, de la cotidianidad moldeada por la violencia, de los espacios públicos perdidos, de las incontables renuncias, a pesar incluso de que desde hace años Naciones Unidas nos exhibe como la región más violenta del mundo, a pesar de todo esto... no falta quien desde el primermundismo salvadoreño minimiza o incluso niega que la nuestra sea una sociedad especialmente violenta.


Ocurre con demasiada frecuencia que cuando uno cuenta una historia tejida con el llanto de las víctimas, saltan voces que dicen que no, que muy sensacionalista usted, que violencia en todos los países hay, que por qué no dedicar el tiempo a relatos de superación y éxito. Una manada de avestruces que desde dentro de sus burbujas recriminan que dirigir el foco a lo que está sucediendo allá abajo –hacia eso que con cariño y respeto yo acostumbro a llamar el bajomundo– no hace sino dañar la imagen del país.


Dicen: la violencia no es algo exclusivo de El Salvador. Dicen: aun en los países desarrollados suceden cosas que da asco contarlas. Dicen: en todas partes suceden cosas parecidas.


Un dato asolador: para igualar la tasa de homicidios que El Salvador cosechó en 2013, en España tendrían que haber asesinado a más de 18,000 personas, y asesinaron a 302. Y eso que para nosotros 2013 fue el año menos violento de la última década, consecuencia directa de la polémica tregua –promovida por el gobierno del expresidente Mauricio Funes– entre las pandillas Mara Salvatrucha y Barrio 18.


Ocurre con demasiada frecuencia que los que más alejados estamos del fenómeno de las maras nos negamos a aceptar lo que hemos construido, nos negamos a vernos como corresponsables.


El libro digital que tiene entre sus manos no aspira a cambiar la naturalidad con la que se convive con la violencia en El Salvador; sería arrogante siquiera pretenderlo. Los que se niegan a mirar no verán. El país seguirá siendo lo que es, una sociedad marcada a fuego por la violencia. El anhelo de este esfuerzo periodístico bautizado Yo bajomundo no es pues corregir u orientar, aleccionar, sino que su vocación es de registro histórico, como el fotógrafo que llega al campo de batalla y fotografía lo que ya no tiene solución. Las cuatro crónicas que lo integran son apenas cuatro piezas de un rompecabezas infinito, cuatro estampas que tratan de explicar –desde una visión humanista de la investigación periodística– la que sin duda es la expresión más aguda del problema de violencia que nos define como sociedad: las maras.


Yo violada es la historia de una muchacha violada salvajemente por una clica del Barrio 18; una violación, como tantas otras, que ni siquiera entró a formar parte de los registros oficiales. De esta crónica el periodista estadounidense Jon Lee Anderson escribió esto: “Parece ser la metáfora más visceral de una sociedad sofocada, que no logra imponer la autoridad moral, porque no la ampara un Estado de derecho”.


Yo torturado de alguna manera retrata la Policía Nacional Civil que tenemos, un cuerpo saturado de elementos para los que el respeto a los derechos humanos es un imposible. Narra la tortura de la que fue objeto un joven por el simple hecho de vivir en un sector de mareros, sin que él tuviera nada que ver con ellos.


Yo pandillero es la historia de vida de un sádico integrante del Barrio 18. Encarcelado, casado y cerca de convertirse en treintañero, reflexiona sobre la indeseada posibilidad de que su hijastro siga sus pasos.


Por último, Yo madre nos acerca al drama infinito de la madre de un pandillero de la Mara Salvatrucha, una madre que odia a la pandilla tanto como quiere al fruto de su vientre, y que por ese amor está dispuesta a soportar todos los vejámenes con los que el Estado y la sociedad salvadoreñas castigan a personas como ella.


Esta tetralogía de crónicas no se concibió para integrar un libro, sino como historias independientes que fueron publicadas entre los años 2009 y 2013 en el periódico digital El Faro. Son historias reposadas, en las que invertí mucho tiempo para tratar de invisibilizarme como periodista ante las víctimas y/o victimarios. Reeditadas y empaquetadas ahora, quizá ayuden a comprender mejor las miserias y también las grandezas del bajomundo, que es donde a mi juicio anidan las esencias más puras de la salvadoreñidad.


Como el agua y el aceite en un vaso, el bajomundo y el primermundismo que complementan la sociedad están siempre en contacto, pero nunca se mezclan. Y si el bajomundo lo integra la mayoría de los salvadoreños, el primermundismo somos esa franja privilegiada de la población que tenemos los tres tiempos de comida garantizados y las necesidades básicas cubiertas, ese 20-30% de los salvadoreños que, con más o menos agobios, llegamos a fin de mes y que podemos pagar en lo privado por los servicios de salud, educación y esparcimiento que el Estado no alcanza a cubrir. Los que tenemos internet, vamos al cine o podemos dar un vaso de leche cada noche a nuestras hijas. Usted, si está leyendo esto en una tablet o una computadora, solo eso ya lo ubica en el aceite, entre los privilegiados.


Yo bajomundo es una pequeña ventana al bajomundo. Estas no son historias seleccionadas por su crueldad, no son ejemplos rebuscados de atrocidades extremas. Son cotidianidad. Le invito a mirar y a conocer cómo se vive allá abajo.



Roberto Valencia, periodista
San Salvador, El Salvador
Julio de 2014



Este e-book incluye cuatro crónicas (Yo violada, Yo torturado, Yo pandillero y Yo madre) y está a la venta en la tienda virtual del periódico digital El Faro. El precio es 5 dólares. Si le interesa, puede adquirirlo en este enlace > http://goo.gl/oTG4lO

viernes, 14 de marzo de 2014

Decimonoveno comunicado de las pandillas


Foto Fred Ramos (El Faro)

[Este comunicado lo suscriben las pandillas Mara Salvatrucha 13, Barrio 18, Mao-Mao, Mara Máquina y La Mirada Lokotes 13 y un colectivo de reos civiles que se han sumado al proceso. Se hizo público el día 12 de marzo, tres días después del segundo aniversario de la tregua que, auspiciada por el Gobierno de la República, las pandillas Mara Salvatrucha y Barrio 18 iniciaron el 9 de marzo de 2012. Ese día se celebró la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, ganadas por el candidato del FMLN, Salvador Sánchez Cerén.] 
 
*** 

Los voceros nacionales de las pandillas MS-13, Barrio 18, Mao-Mao, Máquina, Mirada Locos, privados y privadas de libertad de origen común, al pueblo salvadoreño y demás pueblos del mundo hacemos saber: 

El día domingo 9 de marzo de 2014, dos hechos de gran trascendencia nacional, por cosa del destino o por obra divina, se conjugaron; nos referimos al segundo aniversario del Proceso de Tregua y de Paz al cual dimos inicio las pandillas salvadoreñas el 9 de marzo de 2012, y la realización de la segunda ronda del proceso electoral para elegir presidente y vicepresidente de la República para el periodo 2014-2019. 

El Proceso de Tregua y de Paz, contrario a lo que vaticinaron sus detractores, quienes afirmaron que no era sostenible, que no se podía confiar en nosotros y que era un proceso falso e hipócrita, este se ha extendido ya por dos años, y lo que es más importante, ha producido resultados que lo convierten en el experimento más exitoso en cuanto acciones de prevención de violencia del que se tenga conocimiento en toda la América Latina; entre los resultados más importantes podemos citar:
  • A. Disminución en un 50 % en la tasa de homicidios con relación a los niveles de finales del año 2011.
  • B. La vida de 5,539 salvadoreños ha dejado de perderse durante estos dos años.
  • C. La tasa de extorsiones se redujo en un 18%.
  • D. 504 armas de guerra fueron entregadas de manera voluntaria.
  • E. Más de 1,200 ilícitos fueron entregados de manera voluntaria por los privados/as de libertad al interior de los centros penales.
  • F. Tranquilidad y estabilidad en centros penitenciarios, pese a contar con un 325% de hacinamiento, constante acoso de autoridades penitenciarias y de purgar las penas en condiciones de reclusión infrahumanas.
  • G. Cientos de jornadas de limpieza y borrado de grafitis en los barrios.
  • H. Apertura de procesos de reconstrucción del tejido social que, producto del conflicto, se ha roto en los municipios y comunidades.
  • I. Once municipios donde habitan más de un millón de salvadoreños se han incorporado al proceso de Municipios Libres de Violencia, donde las pandillas participamos como actores locales en la reducción de la violencia y la experiencia es altamente exitosa. Otros municipios están en espera de incorporarse a este proceso.
  • J. Junto a actores comunitarios y empresarios, hemos dado inicio a otra modalidad complementaria del proceso de paz, que consiste en declarar 'Zonas de paz' áreas del territorio salvadoreño; ya lo hicimos en un sector de la colonia Escalón y estamos trabajando otras dos nuevas zonas en la ciudad capital que en su oportunidad daremos a conocer.
Nos alegra de gran manera que, por encima de la vileza con la que han actuado aquellos que en lugar de apoyar este proceso se han dedicado a cuestionarlo y hasta quererlo destruir para beneficiar a los que se lucran y se enriquecen de la violencia, se estén sobreponiendo los más sensatos, los que en verdad quieren la paz para El Salvador. A todos, nuestro más ferviente saludo, en especial a los facilitadores del Proceso, a los obispos y pastores que conforman la 'Iniciativa Pastoral por la Vida y por la Paz' a los empresarios que han dado vida a la Fundación Humanitaria, y por supuesto, a las organizaciones internacionales de cooperación que han creído y han apoyado este esfuerzo que persigue aprovechar la oportunidad histórica que se le ha presentado al país para la recuperación de la Paz. 

A los ganadores del evento electoral de este 9 de marzo de 2014, el profesor Salvador Sánchez Cerén como presidente constitucional de la República, y el Lic. Óscar Ortiz como vicepresidente, les enviamos nuestras felicitaciones. Aprovechamos para expresarles que por nuestra parte seguimos empeñados en continuar con el proceso iniciado hace dos años, y si ustedes nos lo permiten, queremos seguir siendo parte de la solución del problema de violencia que afecta al país. 

A los que no resultaron ganadores el 9 de marzo (el partido ARENA) (lo decimos así porque tampoco han sido derrotados), les expresamos que no les guardamos ningún rencor ni resentimiento por lo que hayan dicho o hecho contra nosotros y contra el proceso de paz en la primera fase de la contienda; entendemos que esas acciones fueron parte de las estrategias electorales, esto lo comprendimos cuando cambiaron radicalmente el discurso en la segunda ronda de la campaña. 

Ante lo acontecido el 9 de marzo, les instamos que por nada del mundo le den cabida a ningún tipo de sentimiento de derrota. La vida del país no terminó el domingo recién pasado, mucho menos la de su partido, ustedes siguen siendo la principal fuerza de oposición, la que representa una de las dos mitades en la que ha quedado dividido el país. Esperamos que el discurso sobre la violencia que sostuvieron en la segunda ronda electoral haya sido sincero, ya que, de serlo, sabemos de antemano que podemos contar con el apoyo de ustedes para impulsar iniciativas que favorezcan la recuperación de la paz, la cual solo será posible si nos unimos todos los salvadoreños. 

Si el convencimiento expresado por ustedes en el tema de seguridad en la segunda ronda es puro, bien pueden dar una excelente lección de patriotismo, madurez política y de profundo amor por el país y a su gente, ofreciendo a los nuevos gobernantes su apoyo a la superación de la violencia y la recuperación de la paz, tomando como base, el apoyo a la continuidad del exitoso proceso que desde el 9 de marzo de 2012 está en desarrollo en El Salvador. Les prevenimos a no caer en las trampas de la tentación, más de algún asesor electoral les va recomendar continuar con la movilización social, ser beligerantes y elevar la confrontación para obtener resultados favorables en las próximas elecciones de marzo de 2015; si deciden optar por ese camino, por favor no vuelvan a cometer el mismo error de incluir como parte de la confrontación el tema de seguridad, por el bien de El Salvador, en ese punto, debemos de procurar que todo el país se encuentre unido y la mitad que ustedes representas es clave para ello. 

Finalmente, queremos agradecer a los facilitadores del Proceso de Tregua y de Paz, monseñor Fabio Colindres y Raúl Mijango, por su patriótica participación en este proceso; sabemos que los enemigos de la paz y los que trabajan a favor de los interés de los que se lucran de la violencia les han atacado fuertemente, han recurrido hasta la infamia para desacreditarles e incriminarles, pero nos alegra que no se hayan dejado doblegar, porque quienes les atacan no saben que ustedes poseen un bien muy escaso en nuestras sociedades que se llama valentía moral, esa que hace que pocos hombres estén dispuestos a desafiar la desaprobación de sus semejantes, la censura de sus colegas, la ira de la sociedad. Este bien es más escaso que el arrojo en la batalla o una gran inteligencia. Y sin embargo es la cualidad esencial, vital, para quienes se proponen cambiar el mundo que solo sede al cambio con dolorosos esfuerzos; como bien lo expresó uno de los mejores estadistas norteamericanos: Robert F. Kennedy.
El Salvador, 12 de marzo de 2014 

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