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martes, 5 de enero de 2016

El Salvador es un charco de sangre



Este 5 de enero se cumple un año desde que el Gobierno le apostó a la ‘guerra’ para afrontar el fenómeno de las maras. Acoto la palabra guerra con comillas simples por pudor, porque remite a un escenario de caos que quienes formamos parte de la mitad privilegiada de la sociedad todavía nos cuesta aceptar. Pudor, digo, porque según el diccionario de la Real Academia Española, guerra es la “lucha armada entre bandos de una misma nación”, acepción que incluso se queda corta para definir lo que se vive en las colonias y cantones sometidos por el terror de las pandillas, y por el terror de la represión desmedida desatada por el Estado.

Decía que este 5 de enero se cumple un año desde que el presidente de la República, Salvador Sánchez Cerén, pronunció estas palabras: “No podemos volver al esquema de entendernos y de negociar con las pandillas, porque eso está al margen de la ley. Ellos se han puesto al margen de la ley, ellos se han vuelto violadores de la ley, y por lo tanto nuestra obligación es perseguirlos, castigarlos y que la justicia determine las penas que les corresponden”.

Con la opinión pública mayoritariamente en contra de la Tregua y presionado por Estados Unidos según distintas fuentes conocedoras del proceso, Sánchez Cerén finiquitó con esas dos frases la controvertida negociación iniciada en marzo de 2012 por el expresidente Mauricio Funes, que nos deparó un oasis estadístico de quince meses con un promedio de seis homicidios al día, pero que desde la segunda mitad de 2013 había comenzado a dar señales de naufragio.

Los periodistas de la Sala Negra de El Faro juzgamos el mensaje de Sánchez Cerén como el punto final de la Tregua. Fue un discurso calculado, que simbólicamente eligió pronunciar en el Castillo, la sede central de la Policía Nacional Civil. Lo hizo en los minutos previos a una reunión con lo más granado del Gabinete de Seguridad, robustecido para la ocasión con los comisionados policiales más influyentes. No fue una respuesta improvisada a una pregunta inesperada. Incluso el comunicado que Casa Presidencial hizo público minutos después subrayó la renuncia explícita al diálogo con los pandilleros.

Pero Sánchez Cerén dijo más aquel día:

Dijo que la Policía Comunitaria (que entonces se vendía como la milagrosa solución) estaba permitiendo un mayor acercamiento a la población. Y ya ven cómo estamos hoy.

Dijo que el Gobierno quería “construir es un ideal de vida de la población, un ideal de vida del buen vivir, de encontrar la felicidad, de encontrar que la comunidad de las personas pueda vivir en tranquilidad”. Y ya ven cómo estamos hoy.

Dijo que se iban a respetar los derechos humanos. Y ya ven cómo estamos hoy.

Dijo que el entonces novel Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana y Convivencia marcaría el camino hacia una sociedad menos violenta, más integrada. Y ya ven cómo estamos hoy.

Dijo que la seguridad es la antesala de la felicidad. Así lo dijo: “No puede existir un país que tenga felicidad si es inseguro”. Y ya ven cómo estamos hoy.

Un año después de que este Gobierno del FMLN optara por la guerra contra las pandillas, El Salvador es el país más violento del hemisferio, con una tasa atroz e inapelable de 102.9 homicidios por cada 100,000 habitantes. Hemos pasado de 2,499 asesinatos en 2013 a 6,657 en 2015, una inverosímil alza del 166 % en apenas dos años que hace que medios de comunicación de los cinco continentes nos estén ahora mismo tratando de retratar como lo que somos: la sociedad más violenta del mundo.

Porque otro país ultraviolento como lo es Honduras reporta 5,047 homicidios en 2015, una barbaridad, pero para igualar nuestra tasa de muerte tendrían que haber asesinado a 9,150 hondureños.

Porque en Colombia la cifra oficial de homicidios es 12,540, pero para equipararse con nosotros deberían haber enterrado a casi 51,000 colombianos.

Porque en Costa Rica están escandalizados al cerrar con unos 560 homicidios, pero para igualar la nefasta tasa salvadoreña tendrían que asesinar a 5,140 ticos en un año.

Porque en España asesinan a unas 300 personas al año, y para vivir lo que se vive en el país más violento del mundo tendrían que asesinar a 47,769 personas.

Después de un año de apostarle a la guerra, un tiempo razonable para medir si la apuesta funcionó o no, El Salvador se ha convertido en un país más violento e inseguro, sobre todo para la mitad más desfavorecida, que debería ser la prioridad para un Ejecutivo que dice ser de izquierda. Si siguiéramos el ingenuo razonamiento de Sánchez Cerén, somos hoy un país menos feliz que hace un año.

Las maras no han perdido el control de sus territorios ni se han reportado deserciones masivas por la presión del Gobierno. En los tradicionales centros de mando de las pandillas, las cárceles, aún entra y sale de todo. Entre las denuncias de violaciones a los derechos humanos que los salvadoreños interpusieron en la PDDH, las que señalan a policías y soldados pasaron de representar el 40 % en 2014 al 74 % en 2015. La guerra se ha llevado a más de un centenar de policías, militares, custodios y familiares de. El Plan El Salvador Seguro ha resultado ser el enésimo compendio de intenciones tan bondadosas como inaplicables. La institucionalidad y la sanidad democrática del Estado se han debilitado por las docenas de ejecuciones extrajudiciales cometidas y la falta de voluntad para investigarlas. Incluso la reversión de la polarización que se vislumbró en el Pacto de Ataco resultó ser un espejismo.

En definitiva, un año después de que se renunció al diálogo como herramienta para resolver el principal problema de convivencia, el país está en un atolladero. Por más comerciales de bellísima factura artística, por más canciones con niños bien nutridos y sonrientes, por más mensajes de Año Nuevo de inspiración escandinava con los que el Gobierno nos ha bombardeado en las últimas semanas, este 5 de enero, cuando se cumplen 365 días desde que Sánchez Cerén le apostó a la guerra, no se ve luz al final del túnel. Por no ver, algunos ni siquiera ven –ni siquiera quieren ver– el charco de sangre sobre el que estamos parados.

domingo, 27 de julio de 2014

Déjà vu sobre la legítima defensa


Foto Roberto Valencia

‘Reformarán figura de la legítima defensa’, destacaba el titular, y el artículo decía así:
Reformas a la figura de la legítima defensa para que cuando una persona actúe contra un delincuente no sea llevada a la cárcel, aprobará la Comisión de Legislación de la Asamblea Legislativa. El presidente de la referida comisión, Walter Araujo, informó que se están estudiando modificaciones al Código Procesal Penal para proteger a los ciudadanos que, en defensa propia, de sus bienes o de su familia, se ven involucrados en actos considerados por la legislación como delitos culposos. (…) Sin embargo, debido al incremento de la delincuencia y casos de personas que son detenidas por defenderse contra los ladrones, el diputado Araujo indicó que no se puede esperar a que entre en vigencia la nueva legislación penal, por lo que es necesario reformar el código vigente. (…). Los abogados Alfredo Clará y Miriam Mixco presentaron al Congreso un proyecto de reformas al Código Procesal Penal para que el juez pueda sustituir la detención provisional por un arresto domiciliario en caso de legítima defensa. (…). Existen suficientes casos para demostrar que es imprescindible enviar un mensaje claro a los delincuentes y proteger a los ciudadanos honestos, para lo cual es indispensable regular la defensa propia.
Esta nota es de hace casi veinte años. Se publicó el jueves 25 de mayo de 1995 en El Diario de Hoy, pero bien podría haberse escrito el 23 de julio de 2014, un día antes de que 48 diputados de derecha aprobaran una reforma que –aunque no lo planteen así– busca que los hombres y las mujeres que tienen un arma se sientan en mayor libertad de utilizarla contra los “delincuentes” sin que siquiera sean llevados a una delegación policial por ello. Se apela a que solo beneficiará a los ciudadanos honestos y honrados, pero estamos en El Salvador y no en Suiza, y los jueces con demasiada frecuencia miden la ‘honradez’ y la ‘honestidad’ en función de las influencias ante el Poder Judicial del procesado o del dinero que tiene para pagar un buen abogado.

La reforma es un claro retroceso si este país tiene como objetivo convertirse algún día en un pleno Estado de derecho, pero el ambiente está caldeado y la han envuelto con nobles ropajes: ‘ciudadanos honrados versus delincuentes’, ‘legítima defensa’, ‘protegerse de los mareros’… Oponerse, con la que está cayendo, suena pecaminoso, y quizá hasta con eso están jugando algunos, pero yo espero que el presidente de la República ejerza su capacidad de veto.

Seguro que no ganaré el premio al bloguero más popular de El Salvador, pero no quiero que mis hijas crezcan en una sociedad en la que el Estado tolera que un hombre armado responda con tres balazos en la cabeza a una persona que navaja en mano roba celulares en un autobús, por censurable que sea el acto de robar (y conste que yo seguido viajo en bus). No quiero una sociedad en la que el hijo de papi –o el propio papi– se sienta con las manos libres para vaciar su cargador contra otro porque sabe que lo respalda un bufete jurídico al que poco le costará fabricar la “legítima defensa”.

Quien me late que sí está satisfecho con la reforma aprobada al Código Procesal Penal, y más que lo estará si Salvador Sánchez Cerén no impide que entre en vigor, será el editorialista de El Diario de Hoy. Lleva dos décadas esperándolo.
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