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jueves, 26 de enero de 2017

Una ciudad hostil con sus peatones

Los días que voy al trabajo en bus lo hago en la 101-D, la ruta que une el centro de San Salvador con el poniente de Santa Tecla. Las oficinas de El Faro están en Antiguo Cuscatlán, a una cuadra de la municipalidad. Me bajo en la parada del centro comercial Multiplaza y, sí o sí, toca caminar poco más de 800 metros. No hay problema en la caminata; al contrario, desde siempre me ha gustado recorrer las calles. Si les cuento esto es porque este paseo en particular, la frecuencia con la que lo doy, me reafirma en la idea de que quienes planifican, autorizan y construyen nuestras ciudades lo hacen sin pensar en los peatones.
Desde la parada de buses camino hasta el redondel Naciones Unidas. Ahí tomo la amplia calle que está entre Multiplaza y Las Cascadas, me echo a la carretera, camino el viaducto que permite sortear la Panamericana, y caigo sobre el bulevar Deininger, justo frente a la alcaldía. Un trayecto sin aceras, sin arcenes, junto a carros que te pasan a dos metros a 60 por hora.
Sería deshonesto y exagerado decir que siento peligrar mi vida, pero que cientos de salvadoreños –¿miles?– tengamos que hacer cada día ese mismo recorrido creo que sirve para ilustrar lo hostiles que son nuestras ciudades con sus ciudadanos.
La construcción de esos centros comerciales y de sus calles de acceso es reciente: la ‘pasarela para carros’ se inauguró en septiembre de 2005. Ni siquiera tienen la excusa de que se planificaron hace medio siglo, cuando las consideraciones para con el peatón eran menores. Subrayo también que se trata de ‘malls’, espacios concebidos para atraer a gente, con lo que haber craneado sistemas de acceso hostiles al viandante podría interpretarse, sin forzarlo demasiado, como que solo son bienvenidos aquellos que llegan motorizados.
En esa misma área se inauguró hace pocos meses el llamado Paso Multinivel del redondel Naciones Unidas, un millonario complemento para facilitar los accesos a Multiplaza, Las Cascadas y La Gran Vía. El referido redondel terminó convertido en un bonito parque, con bancas, jardines floridos y hasta una fuente de piedra. Pero ‘olvidaron’ un pequeño detalle: no se puede acceder a pie, salvo que uno se la juegue corriendo entre los carros.
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Escribí hace cinco post sobre las trabazones infernales en el área metropolitana, certificadas por la aplicación Waze, y advertí de que lo peor está por venir. El clasemediero que no concibe movilizarse por la ciudad sin carro propio se escuda en la delincuencia para no tomar un bus o para no caminar. Sin negar que el temor a ser asaltado es un desincentivo en algunas rutas y sectores del Gran San Salvador, yo creo que la hostilidad hacia el peatón con la que hemos permitido que se construyan nuestras ciudades es el principal lastre, y creo también que es algo que nos acompañará por décadas, porque los sectores más influyentes de la sociedad ni siquiera se han percatado de este problema. Por acción o por omisión, los políticos, los constructores, los líderes de opinión y en general los que tenemos el privilegio de disponer de un carro nos hemos comportado –nos seguimos comportando– como si por nuestras venas circulara gasolina en vez de sangre.

sábado, 18 de enero de 2014

Día de pago


El microbús lo abordaron en Apopa, a la salida del Pericentro. El viaje por la Troncal de Norte, otras veces interminable y tedioso, en esta ocasión duró poco más que un chasquido. Aunque la misión era de las rutinarias, recoger la renta en el punto de buses de la Ruta 4, seis largos años en las calles habían enseñado a Poison a no confiarse nunca. Lo acompañaba el Colocho, un niño de 12 o 13 años que apenas comenzaba a caminar con la pandilla. Poison tenía 15 años recién cumplidos, y era de largo el veterano.

En el trayecto fueron sentados a la par, pero apenas intercambiaron palabra. Al llegar al retorno del kilómetro 5½, bajaron del micro y cruzaron la calle tan rápido como el tráfico se lo permitió; la parada estaba en la entrada a la colonia Montecarlo, cancha del Barrio 18, y no cargaban arma alguna; así lo había decidido Charlie, el palabrero.

Poison –metro y medio escaso de altura, ojos grandes y sonrisa generosa, cara de niño bien portado– era el segundo de seis hermanos. Nacido en un hogar deshecho, él se había tirado a la calle a los 9, y estuvo años vagando antes de que la Mara Salvatrucha-13 y sus encantos se cruzaran en su camino. Tras un chequeo corto –menos de seis meses– en los que demostró disciplina, iniciativa y sangre fría para matar, lo brincaron en la primera semana de abril. De hecho, cuando la noche anterior el palabrero le pidió ir a cobrar la renta, le vino el impulso de decir que mejor fuera otro, que él estaba para pegadas mayores, pero prefirió mostrarse respetuoso y sumiso.

La avenida Paleca estaba vacía cuando la embocaron. Tal y como les habían advertido, justo después de Clásico Neon Signs vieron el montón de unidades de la Ruta 4, algunas parqueadas. Poison repitió al Colocho en voz baja las instrucciones: preguntar por Alfredo, recibir el pisto, contarlo y desandar el camino. También le pidió que caminara delante. 

Un joven descamisado enjabonaba las llantas del primer bus que se toparon nomás ingresar al punto. “El señor Alfredo, ¿dónde está?”, preguntó el Colocho. El joven respondió con una mirada hostil y un movimiento de cabeza, una invitación a que miraran al fondo del predio. Un hombre con un brazo en alto les hacía señas. El Colocho se encaminó hacia él. Poison iba unos cinco pasos detrás. 

―¿Los manda Charlie? ¿Vienen por esto? –el hombre elevó la voz cuando estaban a medio camino, mientras con una mano agitaba un sobre doblado. 

A unos diez metros, Poison vio la cara del tal Alfredo, su juventud y sobre todo sus maneras, y sintió que era una encerrona. Es la jura, pensó. Dejó que el Colocho fuera hacia el sobre, pero Poison giró y comenzó a caminar deprisa para alejarse. Fue en vano. Dos policías vestidos de civil salieron de entre dos unidades sobre su improvisada ruta de huída. Ni siquiera hizo el amago de correr. 

Dos meses y medio después, en julio de 2009, el Juzgado Primero de Menores de San Salvador impuso a Poison una medida de cinco años de internamiento, que había comenzado a cumplir en el Centro de Inserción Social Tonacatepeque, donde le esperaban más de 300 homies de la Mara Salvatrucha-13, la que él ya consideraba su única familia. De alguna manera terminar allí para él era un orgullo. 

(Delgado, San Salvador, El Salvador. Abril de 2009.)

Foto: Google maps
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(Este relato se incluyó con idéntico título en una serie de microrrelatos titulados 'Cuentos para leer en Navidad', que se publicaron el 15 de diciembre de 2013 como bitácora de la Sala Negra de El Faro)

domingo, 10 de noviembre de 2013

Estrategias de venta (lástima)


El bus va medio vacío, lo habitual un lunes a las nueve y cuarto de la mañana. Yo lo he abordado hace un par de paradas, en la que está frente al mercado de las pulgas del bulevar de Los Héroes, y me he sentado en la parte trasera, cerca de la salida. Una manía que tiene razón de ser: cuando una de estas unidades va llena, se hacinan ochenta o noventa personas. Más de una vez tuve que resignarme y renunciar a bajar donde me correspondía porque una infranqueable muralla humana me separaba de la puerta de salida. Pero ahora, reitero, el bus va medio vacío, nadie parado en el pasillo. Al llegar a la parada de Metrocentro, la ubicada frente al Intercontinental, suben primero dosquetrés personas que pagan el pasaje y rápido ocupan un asiento; luego, el último, y después de rogarle al conductor, el Niño se arrastra pecho al suelo bajo el torno, con la maestría de quien lo ha hecho cientos de veces. 

En San Salvador, la capital de El Salvador, el transporte urbano lo gestionan empresarios o cooperativas. El Estado establece unas reglas mínimas –algunas se incumplen sistemáticamente–, concesiona las rutas, y luego, salvo escándalo mayúsculo, se limita a mirar el partido desde la grada. El resultado es un sistema de transportes caótico pero sorprendentemente efectivo. Caótico porque circulan verdaderas chatarras y porque el usuario es tratado como una mercancía. Y efectivo porque, mal que bien, cumple la función que le interesa al establishment: que cientos de miles de salvadoreños vayan cada día de la casa al trabajo y del trabajo a la casa por un precio módico: $0.20 o €0.15 por trayecto. El cómo apenas importa porque los buses son para el bajomundo, para ese 60-70% de la población que no puede elegir cómo movilizarse. Es una generalización y como tal encerrará sus excepciones, pero los buses urbanos los usan solo las personas cuyos hijos estudian en escuelas públicas y cuyos padres mueren en hospitales públicos. Porque en El Salvador parece que llevan años esforzándose –y lo han logrado– por dar a lo público una connotación de deficiente y caótico. Y el clasismo tan presente en la sociedad hace que en la conciencia colectiva ir al médico privado, tener a los hijos en colegios privados y tener un vehículo propio que permita alejarse de la chusma que va en los buses se interpreten como inequívocos síntomas de éxito social. 

Decía que el Niño acaba de subir en la parada de Metrocentro. En principio, esto no es nada extraño en Centroamérica. Cuando se pasa media hora dentro de un bus, lo raro es que no irrumpa un vendedor de caramelos-chocolatinas-agua-bolígrafos-y/o-llaveros, o un payaso triste, o un predicador-guitarrista-cantante pedigüeño, o un enfermo terminal, o un recién excarcelado o un ladrón con una .38 en la cintura. En este viejo Bluebird de la Ruta 44 ha subido el Niño. 

Tendrá unos 12 años. Su piel está requemada por el sol del Trópico. Viste sucio: una camisola verde militar y chores negros, y calza de esos zapatos playeros de plástico agujereados que tan de moda se han puesto en los últimos años. Pero lo que más singulariza al Niño es su mirada perdida, infiero que por el efecto de tanta pega olida. El Niño tiene la mirada de haber sido ya derrotado por la vida. Después de haberse arrastrado bajo el torno, ha recorrido el pasillo y ha querido entregar un papelito a cada pasajero. La mayoría ni siquiera se lo ha aceptado. Ni siquiera se ha atrevido a mirarlo. 

En el papelito, este texto: “POR ESTE MEDIO LES QUIERO SOLICITAR SU COLABORACIÓN PARA COMPRAR ALIMENTOS PARA MI FAMILIA. PUES SOMO DE ESCASOS RECURSOS. ¡!MUCHAS GRACIAS!!” 

Una joven esbelta y bella de unos 18 años, y que intuyo estudiante universitaria por los cuadernos que carga y porque este bus va rumbo a la Universidad Centroamericana, da cinco centavos al Niño. Otro pasajero sentado en la fila de atrás le entrega treinta centavos. Con esos $0.35 podría comprarse una pupusa. 

El Niño se baja antes de llegar al Monumento al Hermano Lejano, en una parada que hay poco después de la residencial Brisas de San Francisco. Yo aguanto un par de paradas más, hasta el Árbol de la Paz. Al bajar, pulso el botón REC de la grabadora digital que intento llevar siempre encima, y todo lo que acabo de ver termina convertido en un archivo de audio.
Pasará casi medio año hasta que lo escuche. Lo haré en la biblioteca pública del barrio de Zaramaga, en Vitoria-Gasteiz, en la opulenta Europa. Allá, en el primermundismo, parecen no percatarse entre tanto autofustigamiento impostado, pero los niños de 12 años todavía juegan. 

Fotografía Roberto Valencia
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(Este texto se publicó primero el 31 de octubre de 2013 en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, bajo el título "El Niño sucio, la sucia sociedad")

sábado, 12 de enero de 2013

Estrategias de venta (barritas de chocolate)


La de hoy es la primera vez que viajo en bus con mi hija Alejandra, que aún no cumple los 3 años. Es martes y es diciembre. Son las cinco y diez de la tarde. Abordamos la unidad de la Ruta 30-B en la parada que está cerca del cruce del bulevar Universitario con la avenida Izalco. Por fortuna, hay dos asientos juntos libres en la parte delantera. Acomodándonos estamos cuando entra el vendedor: unos 160 centímetros de estatura, unas 220 libras de hueso y carne, una horrible camisa con aspiraciones tropicales. Soy yo el que está junto al pasillo y me pone en la mano lo que parece ser una barrita de chocolate. Mi hija corresponde el supuesto derroche de amabilidad con una amplia sonrisa. El vendedor llega hasta el fondo, regresa y se para junto a mí.

―Muy buenas tardes, amables pasajeros, que se dirigen en esta unidad de transporte. Perdónenme la bulla, la molestia, que les voy a ocasionar en esta hora. El motivo no es venir a ofender. Yo quería venir a ofrecer…

Alejandra, que ya tiene la barrita entre sus manos, calla y escucha. También su padre.

―…estas barritas de chocolate que ya se encuentran a la venta. En tiendas-supermercados su precio a cancelar es de 45 centavos de dólar. En esta hora se lo traigo como una oferta: 25 centavos me cancela por la barrita de chocolate Power. Para su mayor garantía, le contiene impresa la fecha de vencimiento en cada barrita. Vence en 30 de septiembre del 2013. Son barritas de chocolate…
―Déjeme esta y regáleme otra más –le digo.

Dos coras y la venta se cierra. Comienza a caminar. Se aleja.

―Son barritas de chocolate Power, a una cora. A corita. Chocolate, a una cora, la barrita le damos, por una cora el chocolate Power… –la voz termina diluyéndose.
Alejandra me mira sonriente a los ojos, luego mira la barrita entre mis manos, y más luego mira la suya.

―Son iguaaaaales.

A veces, la felicidad solo cuesta dos coras.

Fotografía: Roberto Valencia

miércoles, 18 de julio de 2012

Estrategias de venta (caramelos)

Mercadería en mano, el vendedor deja subir primero a los pasajeros, se asoma luego a la puerta del bus y, sin intercambiar palabra alguna con el motorista, a puras miradas y gestos con las cabezas, gestiona la visa que le permite entrar sin tener que pagar los $0.20 que cancelamos los demás. Recorre la unidad, entrega a quien se la acepta una bolsa transparente llena esta vez de caramelos, y deshace sus pasos para apostarse cerca de la entrada. Ahí empieza la actuación.

―Muy buenos días. Me van a disculpar la bulla y la molestia que les causamos día con día los vendedores…

Son las casi las 11 y media de la mañana de un miércoles de mayo. La ruta, la 52; un clásico Blue Bird de colores vivos y asientos desahuciados. La parada es la ubicada en la 63.ª avenida Norte y alameda Roosevelt, muy cerca del Divino Salvador del Mundo. El bus va cargado, pero los asientos aún alcanzan para todos.

―…Les traigo a la venta un delicioso caramelo. Su nombre es Mini-cuquis. Es un caramelo que le viene con sabor a leche, con tracitos de galleta y cubierto de crema de chocolate. Lo tiene a la venta, en toda buena tienda, a un precio de seis centavos de dólar por cada uno. Pero ahora en día, les he pasado entregando siete por una cora ($0.25 de dólar), para que vaya saboreando en el camino. Le lleve al niño, a la niña, le lleve siete Mini-cuquis por una cora. Con trocitos de galleta, cubierto de crema de chocolate…

Habla enérgico, con ritmo, sin atropellos. Se ve que es de los experimentados.

―…De nuevo, muchas gracias. Dios me los bendiga y me los lleve con bien hasta donde ustedes se dirijan.

Recorre de nuevo la unidad en marcha, repitiendo los concepto clave: “Siete por una cora”, “Gracias”, “Cubierto de crema de chocolate”, “Gracias”… Vende cuatro o cinco bolsas. Parece bajarse satisfecho frente al centro comercial Galerías.


Fotografía: Roberto Valencia

viernes, 27 de enero de 2012

Managua rejuvenece

Me gusta viajar en los buses urbanos por la misma razón –supongo– que a Martín Caparrós le gusta ir a los mercados populares de las ciudades que visita. Buses, mercados, hospitales… son buenos sitios para tomar el pulso a lo desconocido.

La capital nicaragüense ya no me es una desconocida, pero siempre que estoy aquí trato de moverme en bus, siquiera tantito. Siento que me ayuda a captar las esencias que quizá me sirvan para algún relato o para este blog.

Pues bien: Managua se ve hoy más linda. y es por los buses.

Hay transformaciones que solo se aprecian cuando las tenemos frente a las narices. Si hace una semana me hubieran preguntado qué importancia tiene el sistema de transporte público para la imagen de una ciudad, habría respondido que no mucha, que es apenas un factor entre un millón, que… Pero ahora estoy aquí, dentro de un bus, y siento que esta ciudad ha rejuvenecido diez años desde mi anterior visita, hace apenas seis meses. Managua entera se ve hoy más linda, más torneada, con los pechos más firmes.

Me explico: a finales del año pasado entraron en circulación unos 250 buses de fabricación mexicana donados por Rusia, que se sumaron a otra donación de 130 que se efectuó en 2008, también rusa. Dicen que vienen más en camino, adquiridos esta vez por el Ejecutivo vía préstamo. En total, más de medio millar de unidades que hoy dominan las calles de la capital. Se siguen viendo los viejos Blue Bird y otras marcas, pero son minoría ya. Los DINA mexicanos (algunos llevan estampada la bandera rusa en los costados, para explicitar el donativo) son silenciosos, cómodos y modernos, más compactos que los que suelen verse por estas tierras, blancos y cuadrados, aún sin los nombres grabados de la esposa, la hija o la amante del propietario, o el salmo estéril de turno. Tienen asientos individuales y ergonómicos, y un buen número incluye dos plasmas en la parte delantera, para que los usuarios vayan viendo videos o anuncios comerciales o propaganda politiquera. En fin, los DINA son unos buses más que dignos.

La última vez que visité Managua fue en julio de 2011, cuando las unidades viejas como latas oxidadas seguían siendo mayoría aplastante. De ese viaje nació una crónica titulada Barrio Jorge Dimitrov, en la que casualmente incluí un párrafo sobre una unidad del transporte público, párrafo que hoy me suena envejecido como los buses que ya no están.

Este autobús de la 102, una ruta que bordea buena parte del Dimitrov, es un destartalado Blue Bird bautizado con nombre de mujer, un clon del que podría verse en cualquier capital centroamericana. Sábado, mediodía, y la unidad es un horno insuficiente –una docena vamos parados–, pero nadie se atreve a pedir a la señora que quite la gran bolsa que ocupa un asiento, mucho menos que se calle.
Ahora, subido en una unidad de la 102 rumbo a Metrocentro, pienso en la transformación, que va más allá del transporte. Mi asiento es azul y cómodo, y en las ventanas hay cortinas  para que el sol de mediodía no maltrate a los usuarios. El precio del pasaje sigue siendo 2.50 córdobas, 11 centavos de dólar, la mitad de lo que se paga en San Salvador.

Fotografía: internet

martes, 25 de octubre de 2011

Solidario como un salvadoreño

Hoy es viernes, 21 de octubre, 4 y media de la tarde más o menos. El microbús de la 52 que baja del cantón El Carmen hasta el centro de San Salvador va lleno como casi siempre a esta hora, la gente de pie. En una de las paradas de la calle El Mirador –la que sube desde la 75.ª norte y pasa junto a Torre Futura–, un viejita se sube con esfuerzo, septuagenaria o maltratadísima por la vida si aún no lo es…

Brilla el sol, aunque El Salvador sigue en emergencia nacional por unas lluvias que se han cobrado 34 vidas y han obligado a albergarse a más de 50,000. En estos días la tele y los diarios están llenos de mensajes que dicen que somos un pueblo que nos levantamos después de cada tragedia, que tenemos solidaridad para exportar, que miles-decenasdemiles-cientosdemiles han llevado enigmáticas bolsas negras a los centros de acopio de TCS, de Canal 21, de Súper Selectos, del Tabernáculo de Avivamiento, mensajes optimistas que disfrazan un con-la-que-está-cayendo-voy-a-trabajar-porque-si-no-el-patrón-me-despide por un voy-a-trabajar-porque-soy-salvadoreño, mensajes que invitan a olvidamos de los 12-13 muertos diarios, de los desfacelados, de las niñas violadas, de los salarios de hambre, de la opulencia de esa Torre Futura que se erige insultante sobre la miseria, mensajes que dicen que sí, que somos solidarios, mihermano, que uno de los pueblos en los que más desigualmente está repartida la riqueza es a la vez solidario, SO-LI-DA-RIO, y lo dicen con musiquita de fondo y niños caretos sonriendo y presentadoras acicaladas y es-la-voluntad-de-dios… Y como a los salvadoreños debe gustarnos que nos den paja, o dárnosla nosotros mismos de un solo, pues muchos hasta nos creemos eso de que somos solidarios, de que violencia hay en otras partes también, eso del país de la sonrisa.

La viejita sube con un gran bolsón y un paraguas negro y cerrado entre sus brazos. Es tan chiquita que no alcanza a agarrarse a la barra de arriba y se acomoda como puede a la par de un asiento. Nadie se levanta. En este microbús, topado mayormente por jóvenes y jóvenas, por salvadoreños y salvadoreñas, por presuntos solidarios y solidarias presuntas… nadie se levanta para ceder su asiento a una septuagenaria. Nadie.

Fotografía: internet

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Estrategias de venta (chocolatinas)

Tiene unos 25 años. De su rostro serio destacan el candado y el pelo largo y repeinado hacia atrás, como si hubiera utilizado aceite para domarlo. Viste unos jeans desgastados, un par de tenis plantosos y una camisa tipo polo roja que en el pecho tiene cosido el logo de una asociación de vendedores llamada AVTRASCOSS. Acaba de subir al bus de la Ruta 52 en la parada ubicada a una cuadra de la plaza Divino Salvador del Mundo, salta el torno no sin dificultad, y acomoda el producto antes de arrancarse.

—Buenos días, amables pasajeros. Vean lo que les traigo. Déjenme decirles que este producto no le contiene galleta, no le contiene maní. Le viene el cien por ciento de puro chocolate. Este producto el cual lo pueden encontrar en todo buen supermercado, y su precio a cancelar es de 30 centavos...

El joven levanta enérgico tres chocolatinas como si estuviera jugando naipes.

—…pero a mí no me va cancelar eso. Solo le pido una cora, y además por esa cora yo le voy a dar dos chocolates; dos chocolates se me está llevando por 25 centavos de dólar. Para que le pueda llevar al niño, a la niña, y vayan saboreando por el camino…

También tiene chicles Trident –dos por la cora– y una barrita de caramelos de mentol con eucalipto, pero los ofrece sin ganas, a la pasada, como si supiera que su producto estrella son las chocolatinas.

—Persona que desee llevar algo, que desee disfrutarlo, pasaré por cada uno de sus asientos. De antemano, muchas gracias y que dios los bendiga.

Fotografía: Internet

martes, 1 de marzo de 2011

Estrategias de venta (rotuladores)

Sube al bus seria, intercambia dos fugaces gestos con el motorista y, no sin pocas dificultades –es bajita y con evidente sobrepeso–, supera el torno. Cruzada en el pecho carga una pequeña mochila donde lleva lo que tratará de vender a los pocos usuarios que a esta hora, media mañana, viajan en esta unidad de la ruta 52.

Cuesta relacionar la palabra deporte con un cuerpo así, pero el look que trae es deportivo: pelo recogido, tenis, unos pantalones de pana negros y oscuros, y encima de todo un suéter naranja que apenas disimula la grasa acumulada y que se me antoja demasiado grueso para el calor que hace. Colgado en el pecho tiene un carné que la identifica como vendedora en esta ruta. Antes de pronunciar palabra alguna, saca de su mochila tres rotuladores y los coloca en su mano izquierda, aprisionados entre las bases de sus dedos. Es evidente que lleva algún tiempo en la venta de este producto.

—Vengo a decirles –se arranca– que quiero que conozcan un producto, el cual a usted le ayudará. Se trata de lo que es un Pilot, el cual sirve para rotular y marcar; remarca lo que es madera, láminas, plástico, vidrios o cidis, y le marca también lo que es el hierro. Lo tengo en lo que son dos anchuras diferentes: delgado y grueso, para hacer pequeñas rayas finas o hacerlas más grandes gruesas. Su precio nacional en toda librería es de 70 centavos de dólar, pero hoy en día se lo traigo a la palma de su mano a la mínima cantidad de un dólar.

La señora escruta con su mirada a los pasajeros que tiene más cerca, quizá con la esperanza de que alguno haya reparado en que el precio que está ofreciendo es más elevado. Sigue sin sonreír.

—No, señor y señora, por ese dólar yo no le voy a pasar a entregar lo que es solo un Pilot, sino que se le trae con una oferta en el cual yo voy a entregarles tres Pilot de lo que son los tres colores: azul, negro y rojo. Pero también le voy a pasar a entregar lo que es un marcador, un marcador el cual es muy útil para marcar cosas importantes: marcar párrafos, marcar temas o marcar textos bíblicos u otra actividad. Su precio a cancelar en toda librería es de un dólar. Pero también le voy a pasar a entregar lo que es una cuchilla, el cual es muy útil para cortar cartón, cartulina, durapax o abrir una caja.

La señora, con sus dos manos al aire y cargadas ya con tres Pilot, un marcador rosa fosforescente y un cutter ancho y amarillo, toma aire para la que parece que será su última embestida. Sigue sin sonreír.

—Por un dólar se lleva lo que son los cinco productos: los tres Pilot, el marcador y la cuchilla. Ahora pasaré por cada uno de sus asientos. Por su atención prestada, gracias. Que Dios les bendiga a todos y que tengan un buen día. Muchas gracias.

Y la señora comienza a mover su cuerpo orondo por el pasillo del autobús; mientras camina despacio, va repitiendo la misma cantinela, casi cantada: “Por un dólar se lleva la oferta de cinco productos, por un dólar se lleva la oferta de cinco productos, por un dólar…” Cuando llega al final, el bus está detenido y la puerta abierta; se baja sin siquiera voltearse, triste quizá porque su ensayado discurso le fallara una vez más.


Fotografía: Roberto Valencia

domingo, 21 de noviembre de 2010

Estrategias de venta (silencio)

No son pocos ya los post de este blog que narran las distintas estrategias de venta que utilizan los vendedores que a diario suben a los buses para, con literalidad hiriente, ganarse la vida. Hoy es un martes cualquiera de octubre, y abordo la ruta 52 en la parada frente a Puertobús, sobre la alameda Juan Pablo II de San Salvador. Lo hago con la grabadora en la bolsa, preparado para encenderla apenas entre el primero. Hasta ahora, en estos meses en los que he prestado más atención al tema, me ha tocado escuchar discursos alegres y entristecidos, discursos que venden el producto y otros que venden al vendedor, discursos que apelan a la solidaridad y algotros también intimidatorios. En fin, una variada gama de discursos, pero todos, absolutamente todos, dependientes de la oratoria del vendedor. Por eso me sorprendo cuando ella sube y, sin decir palabra, entrega a los pasajeros bolsitas con caramelos. Lo hace a toda velocidad, como si sintiera vergüenza. Una de esas bolsitas transparentes llega también a mis manos. Adentro hay dos minipaquetes de chicles Clorets, y unos 10 caramelos de distintas marcas, pero todos emparejados de dos en dos. También hay un papelito con un texto.

HOLA SOY SORDA. VENDO ESTOS DULCES. VALOR $0.25.

Ella es joven y regordeta, bien podría confundirse con cualquier estudiante universitaria. Lleva una mochila negra cruzada en el pecho, para poder sacar con mayor facilidad las bolsitas. Viste jeans azules y una camisa polo de color rojo que lleva bordado en el pecho y en una manga el nombre de una asociación de vendedores. El pelo lo tiene recogido en una cola, que le sale por el hueco de la parte de atrás de su cachucha blanca.

Sea o no sea sorda, porque en esto nunca se sabe, tiene una estrategia más que interesante, y efectiva, vista la cantidad de personas que le dan la cora en vez de devolverle la bolsita. Es además una estrategia rápida. Menos de dos paradas. Se ha subido en la del colegio Joya de Cerén, frente a la Torre Telefónica, y se apresta a bajarse en la puerta principal del Centro Comercial Galerías. El bus se detiene, y ella desciende las escaleras, cruza la calle y se sienta en una verja que hay junto a la parada, a esperar en silencio al siguiente bus. 


Fotografía: Internet

domingo, 26 de septiembre de 2010

Estrategias de venta (ilusión)

—Buenas, con el debido respeto que se merecen -la voz enérgica-, les deseo que tengan lo que es un buen día. También agradecer al señor motorista la oportunidad que me da de subirme a esta unidad del transporte. Déjenme decirles que yo les traigo lo que es un truco de magia…

El último pasajero en abordar este autobús de la ruta 2-C tiene la cara pintada con colores vivos, las líneas muy bien trazadas. Es un payaso, y se ve que cuanto menos domina el arte del maquillaje. Sabe que su disfraz dejaría de serlo sin esa capa multicolor en su rostro. Viste una camisa con dibujos de dragones en la que predomina un azul muy vivo. Los jeans, azules, sin mayor secreto. Y calza zapatones blancos, pero no lo habituales del gremio, sino unos que son grandes nomás por haber pertenecido quizá a algún jugador de baloncesto. El bus aún no arranca, pero por la hora aún va tranquilo, todos sentados, y el payasito se detiene cerca de la entrada, justo a mi lado.

—Déjeme decirle que yo del bolso de mi pantalón voy a sacar lo que es esta pañoleta roja, la cual yo la voy a extender por completo –y la extiende por completo–. Como ustedes pueden ver, nada de este lado, tampoco de este. Ahora vamos a agarrar lo que son las cuatro puntas de este bolado, las unimos, vamos a cerrarlo con esta punta, de esta otra, esta otra por aquí, esta por aquí, esta por aquí –el payasito hace lo que dice, y el resultado en un gurruño rojo–. Abrimos de aquí, sacudo, soplo, sacudo, soplo, sacudo, soplo, sacudo, soplo, ahí caballero, si es tan amable –se dirige a un hombre que ni siquiera le devuelve la mirada–, vamos a meter la mano en este bolado, para ver qué es lo que sacamos. Señora, por favor, ¿sería usted tan amable de levantar la pañoleta?

La señora sí le sigue el juego, y levanta la pañoleta de una de las esquinas: en la mano del payasito aparece un huevo.

—¡Sacamos un huevo, mire! Todos se preguntan, todos se dicen: ese huevo es de mentira, es de plástico, es de goma. Déjeme decirle, familia, que el huevo no es de mentira ni es de plástico ni es de goma, y se lo voy a demostrar. Caballero, por favor –se dirige a otro, evidentemente más complaciente que el primero–, con el debido respeto que se merece, ¿me puede tocar el huevo?

Todos sonreímos, mientras él aprovecha para envolver el huevo con la pañoleta roja.

—No, no piense mal. Además, también lo podemos desaparecer. Vamos a colocar el huevo dentro de la pañoleta. Caballero –ahora se dirige a mí–, ¿esto ya lo hizo alguna vez?
—No –respondo, en un tono tan tímido que debo reforzarlo con un movimiento de cabeza.
—Primera vez que lo hace. Es muy simple. Lo único que va a hacer es tener el huevo y a la cuenta de tres va a soltarlo, ¿okey?

El payasito me sujeta con una mano mi muñeca derecha, que me la levanta, y con la otra mete en mi puño la pañoleta. Por encima del puño queda el huevo cubierto, al menos eso es lo que yo siento por el peso. Si ahora deshiciera mi puño, que es lo que me pide, 
caerían sobre mis rodillas la pañoleta y el huevo.

—Levanta más la mano, vamos. Uno, dos, tres, ¡suéltelo, caballero!

Puede más la confianza en este desconocido, y abro mi puño. Pero solo cae la pañoleta roja.

—Todos se preguntan, todos se dicen, ¿qué se hizo del huevo? Algunos estarán diciendo: ese huevo ya lo desapareció el payaso. No, familia, el huevo no desapareció, el huevo ahorita lo lleva el caballero debajo del asiento. Así que, caballero, levántese y dame el huevo.

Me levanto del asiento para comprobar si, cual gallino, estoy empollándolo.

—Son bromas, caballero –y al payasito se le sale una tenue risa que solo yo alcanzo a escuchar–, no lo busque, de veras –vuelvo a sentarme con cara de circunstancias–. Para mí es un honor, y es un orgullo que a un bus se suba una artista, un payaso, un cómico a hacerle un truco de magia o algo por el estilo. Es así, ¿verdad? Por eso voy a pasar por una colaboración, lo que le salga de su corazón. Así yo me despido con este lindo poema que dice así: Del cielo cayó una rosa/ de ella salió un botón/ pero de veras yo a ustedes/ los llevo en mi corazón. Que tengan un feliz viaje y que el Señor me los bendiga a cada uno de ustedes y derrame bendiciones. Así que muchas gracias.

El payasito da el primer paso, pero su actuación aún no ha terminado. Falta la guinda.

—Ah, familia, quedamos en un deacuerdo, oiga: si no lleva, pues no se aflija, oiga, porque yo acepto cadenas, pulseras, anillos, aritos, las llaves de la casa, las llaves del carro… De todo menos niños, porque mucho comen.

El show le ha llevado 2 minutos y 49 segundos. La cosecha de monedas es modesta, demasiado para un vendedor de ilusiones, pero el payasito ha logrado arrancar un buen puñado de sonrisas y hasta de risotadas abiertas que quizá –no creo– le compensen.



lunes, 16 de agosto de 2010

Estrategias de venta (toallitas)

El vendedor sube al bus de la ruta 2-C y salta el torno con delicadeza, como si llevara una bandeja con bebidas, aunque lo que carga en la palma de su mano izquierda es una torre de toallitas perfectamente dobladas. Las hay rosadas y azules, todas con los tonos apastelados de la ropa de los bebés. El vendedor, el último en subir, camina apenas dos pasos por el pasillo antes de iniciar el ritual. Viste bien: jeans, zapatos lustrados, camisa de cuadros y el celular colgado al cincho. Tendrá unos 30 años y parece que se gasta sus centavitos en la peluquería. Tiene presencia y no intimida, pero algo en su tono de voz no termina de encajar, suena como si fuera cantilena.

—Tengan todos muy buenos días. Discúlpenme la bulla y la molestia que les vengo a ocasionar. Seré breve. Les traigo lo que son estas bonitas toallitas. Son suaves, son dobles. Para que le lleven a su niño o a su niña, que va con esto a la escuela, al kínder. O para su uso personal. El precio: dos toallitas faciales por una cora, dos por 25 centavos de dólar.

Cumplió: fue breve. No dio las gracias de rigor que sirven de punto y final en estas situaciones. Apenas fueron 23 segundos desde que comenzó a hablar hasta que avanzó por el pasillo mientras ofrecía lo suyo al susurro de toallitas, toallitas. No vendió una.



martes, 10 de agosto de 2010

Hasecta a Gesú oy

El bus es un viejo Bluebird de la ruta 2-C. Supongo que años atrás circulaba por las carreteras estadounidenses, ya que todos los avisos que tiene están en inglés. En la parte delantera, sobre una de las ventanas, unas letras negras dicen EMERGENCY EXIT; y otras más chiquitas pero también negras agregan See instructions below. Pero debajo solo está la ventana. Lo más parecido a unas instrucciones está a la izquierda, en un colorido anuncio de una iglesia evangélica, que literalmente dice así:


Esta Comprobado
No se Puede Vivir sin Cristo
Acepta a Jesus hoy
Ven Congregate con nosotros en: Tabernaculo Biblico Bautista “Soyapango” 
50 mtrs atras de Pollo Campero Plaza Mundo


Y quizá alguien lo haya aceptado hoy mismo. Así, sin tildes ni reglas gramaticales. Dicen que la fe es ciega.



sábado, 31 de julio de 2010

El busero cabal

—¡Que aquí no!

El grito lo refuerza con un vigoroso movimiento de dedo para dejar claro que aquí no, que aquí no abrirá la puerta del autobús.

Lentes de sol, goma de mascar y el pelo como si lo llevara mojado y repeinado hacia atrás. Treintañero, barriga incipiente. Incluso si uno se lo encontrara viendo escaparates en Metrocentro adivinaría que es un busero. Viste jeans azules y un polo verde con rayas amarillas horizontales. Maneja un bus que tiembla como lavadora vieja, de la ruta 41-D, la que sube hasta el reparto La Campanera. En su parte delantera, justo encima del espejo al que el busero mira como si en ello le fuera la vida, tiene dos adhesivos largos como una baguette: uno dice Protégenos, Señor; el otro, Need for Speed. Viene del centro de San Salvador, y ahora entra en el centro de Soyapango. La trabazón que generan las ventas obliga a ir despacio, a pie se avanzaría más. Es en momento cuando, ante los golpes que con insistencia una señora da al cristal de la puerta, el busero agita su dedo y grita que aquí no.

—¡Que aquí no! ¡Que la parada está en la próxima cuadra! ¡Allá puedo parar, aquí no!

La puerta, cerrada.

Sorprendido, anoto en mi libreta: “Nunca pensé verlo aquí”. Y encierro las palabras en un recuadro junto a dos letras: CG.



Fotografía: Roberto Valencia

miércoles, 21 de julio de 2010

Estrategias de venta (periódicos)

No es un ladrón ni un aspirante a pastor evangélico ni tampoco el enésimo vendedor de galletas. Vende sí, o lo intenta al menos, pero lo hace con swing. Tiene don. Se acaba de subir al bus de la ruta 52 en la parada que está junto al centro de Gobierno, sobre la alameda Juan Pablo II. Viste bien y limpio. Jeans, camiseta, cachucha, como cualquier joven que apenas sobrepasa los veinte. Pasaría desapercibido si no fuera por esa especie de manta que le cuelga del hombro, de un anaranjado chillón, que le sirve para llevar dos docenas de periódicos semienrollados. Pasaría desapercibido, pero ahora es lo que menos quiere. Él quiere vender en dos minutos El Mundo, un diario salvadoreño de los intrascendentes, de los que cuesta vender. Se ha subido el último y, apenas el bus arranca, entrega cinco o seis ejemplares a pasajeros al azar.


—Muy buenas tardes, amables pasajeros. Acá les traigo diario El Mundo. Vean, vean qué completito viene hoy. Acá pueden leer el conflicto del gas, que unos dicen que sí al subsidio y otros que no, pero lo que sí está claro es que no son 11 dólares como usted se informó, ¡son casi 15 dólares lo que le va a costar a usted el tambito de gas ahora! Aquí viene más claro. Y más, noticia de última hora: ¡han capturado al venezolano Peña Esclusa! ¡Alejandro Peña Esclusa ha sido capturado! ¡Miren! –y enseña, orgulloso, el diario abierto de para en par– Por lo visto, acá, en El Salvador, esto era una red completita, no era solo Chávez Abarca, no era solitario. Era un comando radicado aquí, en El Salvador. Aquí viene más claro, miren. Y esta otra historia, miren, la historia de este pobre hombre, salvadoreño, de Soyapango, que cuenta cuál fue la razón que lo llevó a cometer ese error, ¿verdad? A dar a sus hijos tortillas hechas con semilla envenenada. Y lo más grave, dice, es que cualquier papá hubiera hecho lo mismo. Vean la situación extrema que se vive en nuestro país. Pues bien, si usted se quiere llevar el diario, se lo puede llevar. Son 25 centavos, y ahí le trae más noticias. Le va a interesar, de verdad. Y solo por una cora. Gracias.


Un minuto y 51 segundos. Nadie le compra nada. Sin embargo, conoce lo que vende, y me deja la sensación de que hay quien hace más por la supervivencia del papel impreso que las propias empresas periodísticas. Y que los propios periodistas.

jueves, 20 de mayo de 2010

Estrategias de venta (separadores)

La unidad de la ruta 41-D se detiene. Son la 4:40 de la tarde y suena a volumen infernal Ella se fue, de Segundo Rosero. Esta es una de las paradas en la urbanización Prados de Venecia, en Soyapango. Un joven se asoma, pide permiso al conductor con un gesto y salta el torno tras la aprobación. El bus se pone en marcha. Viste jersey marrón con finas rayas blancas horizontales, jeans azules y sucios, y carga al hombro un pequeño morral cuadriculado. Lo abre, saca un manojo de cartulinitas blancas y brillantes que tienen amarrada una pita amarilla. Entrega una a los que se dejan. Regresa a la parte delantera y empieza a gritar.

—Bueno miren, señores, tengan todos y cada uno de ustedes amablemente muy buenas tardes, que el Señor Dios Todopoderoso me les bendiga. Espero primeramente no incomodar a nadie, ni con mis palabras ni mucho menos con mi presencia. Dice un dicho que todo trabajo, mientras sea honrado, es bueno delante de los ojos de Dios, siendo merecedor de su salario, por muy sencillo que sea el trabajo. En esta oportunidad, pues le doy gracias a Dios, por la oportunidad que me da de poder trabajar, ganarme la vida honradamente, y hoy, pues ando de esta manera, ofreciendo este bonito separador, un separador muy bonito que le trae un texto bíblico. ¿Sabe, mi estimado, cuánto le cuesta? ¿Cuál es el precio? ¿Le ha gustado el separador que le he entregad? ¿Usted se pregunta cuánto cuesta? El costo y el valor lo pone usted, usted considera el precio, da lo que sea su voluntad, lo que más desee su corazón regalar, no importa el valor de la moneda, todo y cuando lo haga de corazón. Óigame mi estimado, de esta manera me gano la vida honradamente, si usted puede colaborar y ayudar, yo le voy a agradecer, que Dios les bendiga, que les vaya muy bien, un feliz viaje les deseo, a todos ustedes.

Un minuto y 27 segundos. El joven recorre de nuevo la unidad y se sienta al fondo. No parece muy contento.




sábado, 9 de enero de 2010

Muerte de un motorista

12:40 p.m. Hace unas horas esta era una carretera cualquiera. A la derecha, una zanja y vegetación –árboles, arbustos, maleza–, sin casas. A la izquierda, unos metros de tierra, los cables del tendido eléctrico y el muro gris de una fábrica de colchones. El asfalto podría estar peor y las líneas blancas ya no lo son. En fin, una carretera cualquiera. Pero ahora en el suelo está tirado el cadáver del motorista de un bus.

Se llamaba Samuel Antonio Alvarenga, Samuel para los conocidos. Tenía 37 años, una esposa, una madre y una hija de poco más de un año. Hace dos semanas estaba desempleado, pero le salió trabajo en la ruta que hace el recorrido entre Santa Ana y el paso fronterizo de San Cristóbal.

A las 10 y cuarto de la mañana, manejaba rumbo a la frontera cuando, en el cantón El Portezuelo, en las afueras de la ciudad, dos jóvenes que iban entre el pasaje se levantaron, uno de ellos sacó su arma, se la puso a Samuel debajo de la oreja derecha y sin mediar palabra le atravesó la cabeza de un disparo. Sin gobierno, el bus se fue hacia la derecha y se detuvo contra la zanja. Este tramo es cuesta arriba, y el golpe fue suave. Solo un hombre, asustado al ver las armas, saltó de la unidad antes de que se detuviera, pero lo hizo por el lado equivocado, el bus se le vino encima y hubo que hospitalizarlo. Los asesinos huyeron para siempre.

Samuel murió de inmediato, sobre el asiento, pero su cuerpo inerte lo han sacado ya del bus. Ahí tirado lo tienen ahora, rodeado por unas diez personas, entre policías, investigadores y empleados de Instituto de Medicina Legal. Toman notas, hablan, van y vienen, ríen. Ríen. Para ellos Samuel es un muerto más, uno entre la docena que asesinan a diario en este país. También para los principales diarios del país, que mañana apenas le concederán unas líneas.

1:05 p.m. Va a iniciar el ritual de la bolsa, ese que el fotógrafo Christian Poveda registró en “La vida loca”, su documental sobre las pandillas. Un trabajador de Medicina Legal se pone unos guantes de látex y mete a Samuel, no sin pocas dificultades, dentro de una bolsa negra, como las que se usan para la basura, pero grande. Samuel ahora es un bulto, lo cargan en la parte trasera de un pick up y se lo llevan. La viuda y la madre de Samuel no han visto la escena porque están en la puerta de la fábrica de colchones, al otro lado del bus. Ellas se abrazan.

También ha venido un grupo de seis empleados de la misma ruta. Saben que el tema de las pandillas es delicado y prefieren no hablar mucho. Responden con evasivas. Samuel no es el primer motorista asesinado en esta ruta. El mes pasado mataron a otro y al cobrador que lo acompañaba. “¿Y se sabe ya quién lo hizo?”, pregunto. Un cobrador al que le calculo no más de 24 años rompe la dinámica y eleva un tanto la voz para responder: “No, aquí nunca se sabe nada, aquí matar un motorista es como matar a un chucho”.

1:25 p.m. Ya se han llevado el cuerpo embolsado de Samuel, se han ido el fiscal, los de Medicina Legal, los policías, los pocos curiosos, la madre y la viuda. Una grúa remolca el bus, y los sigue una camioneta cargada con los compañeros. El tráfico se reanudará en unos minutos, y el primer vehículo en aparecer será otro bus, uno de la ruta 210, la que termina en Ahuachapán.

Y la calle volverá a parecer una carretera cualquiera, como si aquí nada hubiera ocurrido.



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(Esta crónica es una versión de la publicada en el diario español El Mundo el 8 de enero de 2010)

jueves, 10 de diciembre de 2009

El payaso sin gracia

Desde que el país entró en recesión cada vez hay más payasos. No resulta difícil verlos caminar por la calle en parejas o en solitario, con sus trajes anchos y coloridos, con sus rostros ocultos por la pintura, con su sonrisa dibujada. No resulta difícil verlos por la calle, pero donde proliferan es en los autobuses.

Hace cuatro días, cuando regresaba de San Rafael Cedros, una pareja se subió en la unidad que hace el recorrido desde San Vicente hasta la Terminal de Oriente, en San Salvador. Eran realmente buenos, con gracia. Con más o menos disimulo, todo el pasaje sonreía ante sus ocurrencias. Una que me gustó fue que al llegar al túnel del aeropuerto de Ilopango, uno de ellos, el que llevaba la palabra bajó el volumen de sus gritos hasta ahogarlos en silencio, como ocurre con la radio del carro. Tuvieron buena cosecha de monedas.

Hoy es distinto. Acaba de subir un payaso en este bus de la ruta 101-D, dos paradas después de la de Metrocentro. Lleva una camisola fluorescente –la del segundo equipamiento del Barcelona–, unos pantalones anchos de color rojo y naranja, unos tenis blancos y viejos y una mochila al hombro.

Arranca el bus y un pasajero se va hacia la parte de atrás.
—Caballero –grita el payaso–, no se baje, macizo. Mire, que son pérdidas monetarias…

Una joven se levanta también.
—Señorita, no siga los malos ejemplos, ¡no se baje!

La cara la tiene bien maquillada, predominan el blanco y el rojo, con dos cruces negras delineadas sobre sus mejillas.

—Caballero, ¿usted me ha visto en la radio? Sí, es cierto, sí me puede ver en la radio, en la radiopatrulla, cuando me llevaban preso.

Ni una risa.

—¿Verdad que aburren los payasos? Si hasta caen mal, yo ni puedo ver a un payaso. ¿Por qué creen que no compro espejos grandes?

Es evidente que el payaso no tiene gracia alguna.

—Tengo un consejo para las señoritas. Mire, si una muchacha a lo mejor siente, piensa o sospecha de que su novio le es infiel, ¡solución! Desquítelas conmigo.

Cuenta otro par de chistes igual de malos. Nadie le ríe nada. Casi nadie le da nada. Desde que el país entró en recesión, pienso, el hambre está creando más payasos sin gracia.


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