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lunes, 15 de noviembre de 2010

La agonía del nawat

El Salvador está a un paso de convertirse en el segundo país latinoamericano en el que desaparecen todas las lenguas indígenas. Las estimaciones más optimistas cifran en 300 los hablantes de nawat, casi todos analfabetas y con un promedio de edad en torno a los 60 años. ¿Se puede evitar lo que parece inevitable? Un pequeño grupo de entusiastas cree que sí, y acaban de poner en marcha un proyecto llamado Cuna náhuat, con el que esperan garantizar el relevo generacional.

Valentín Ramírez lo admite: le cuesta entender el nawat, su vocabulario es limitado y se expresa con torpeza, pero esta lengua atraviesa una situación tan precaria que Valentín es hoy por hoy uno de sus profesores más brillantes. El nawat agoniza. Todos los hablantes juntos ni siquiera podrían llenar un avión Boeing 747, y la imagen resultante sería algo así como una excursión de jubilados. Las personas menores de 50 años que lo hablan con fluidez se cuentan literalmente con los dedos de una mano; quizá por eso resulta esperanzador y romántico el esfuerzo de Valentín por inculcar interés en sus alumnos.

“La verdad es que, por decirlo así, yo doy la materia de nawat con la esperanza de que algo les quede, para que se mantenga viva. Tal vez no vayan a aprender el gran montón, ¿va? Pero algo sí”, dice Valentín –36 años, moreno, bajito– como quien pide disculpas.

Valentín nació, vive y trabaja en un pueblo llamado Santo Domingo de Guzmán, en el departamento de Sonsonate. Es maestro en la única escuela pública en la que se puede estudiar bachillerato, y también es parte del reducido grupo de personas que con más voluntad que recursos se ha propuesto evitar lo que parece inevitable: que el nawat no cambie su estatus de lengua en peligro severo de extinción –el que en la actualidad le otorga la Unesco– por el de lengua extinta. 

Nawat es el nombre que sus hablantes dan al idioma, pero también se conoce como pipil o náhuat. Es la única lengua indígena que subsiste en El Salvador. Pertenece a la familia lingüística uto-azteca, que engloba a unas 60 lenguas dispersas desde la frontera norte de Estados Unidos hasta Centroamérica. De todas ellas la más extendida en la actualidad es el náhuatl, que se habla en la zona central de México y era la más difundida en el Imperio azteca. Entre los siglos IX y XIII hubo distintas oleadas migratorias hacia América Central, y con ellos viajó su lengua que, aislada durante siglos, evolucionó hasta convertirse en el nawat. 

“Nuestra lengua no es un dialecto del náhuatl mexicano”, señala enérgico Jorge Lemus para zanjar el recurrente error de considerar que náhuatl y nawat son lo mismo. Lemus es un etnolingüista que dirige el Departamento de Investigación de la Universidad Don Bosco (UDB), una de las escasas instituciones académicas involucradas en el rescate, y cuyo trabajo a favor de esta lengua le ha servido para ser reconocido con el Premio Nacional de Cultura 2010. Si se extinguiera, enfatiza, sería una pérdida para los salvadoreños, pero también para toda la humanidad.

El interés de Lemus comenzó en su etapa de universitario. Ahora tiene 49 años y es uno de los pilares de ese reducido grupo de personas que trabajan por el rescate. Desde la UDB dirige el Proyecto de Revitalización de la Lengua Náhuat, el único esfuerzo serio vigente, que incluye el proyecto Cuna náhuat, diseñado para garantizar un relevo generacional, y del que se hablará más luego.

El número real de nahuahablantes es una incógnita. La cifra recogida en el último censo oficial de población (2007) fue de 97, la que maneja la UDB es de 200, y los conteos más optimistas elevan el número hasta 300. Pero todos coinciden en el hecho de que se trata de personas con una edad promedio en torno a los 60 años, y que en su gran mayoría son analfabetas y viven en condiciones de extrema pobreza. La lengua carece de protección jurídica efectiva, no hay literatura ni medios de comunicación y durante el último siglo la actitud del Estado salvadoreño hacia lo indígena ha pasado de la represión abierta en la primera mitad del siglo XX a la desidia de los últimos 30 años.

Uno de los pocos puntos a favor que presenta el nawat, y al que se aferran los optimistas de la revitalización, es que la inmensa mayoría de los hablantes viven en Santo Domingo de Guzmán.

Michael Enrique Pineda tiene 12 años y cursa sexto grado en el centro escolar que se llama igual que el pueblo. En la materia de nawat es uno de los alumnos más destacados de Valentín, el único profesor que se ha atrevido a impartir clases. Desde hace tres años Michael estudia dos horas por semana y, si le dan el tiempo necesario, es capaz de escribir frases como Naja nikpia makuil tiltik pelu (Yo tengo cinco perros negros). Pero el año que viene pasará a tercer ciclo, y Valentín dejará de ser su maestro. Ahí terminará toda su formación.

Fotografía: Roberto Valencia


Santo Domingo de Guzmán en nawat se llama Witzapan, que podría traducirse como río de cenizas. Pero casi nadie lo llama así. Jorge Lemus, el etnolingüista, estima que el 95% de las personas que dominan la lengua residen en este pueblo. La cifra suena alentadora, pero no suponen ni siquiera el 3% entre los más de 7.000 habitantes. Además, el municipio es eminentemente rural, y tres de cada cuatro pobladores residen en cantones o caseríos de difícil acceso.

El pueblo que se considera epicentro de la cultura nawat está a apenas 90 minutos en carro de San Salvador y a 20 minutos de Sonsonate, pero destila ruralidad. Tiene pocas y largas calles empedradas. La principal lleva el nombre del poeta nicaragüense Rubén Darío, y al caminarla uno se topa con gallinas, hombres que acarrean leña en la espalda o jóvenes en bicicleta; apenas pasan coches. En las tardes hay una banda sonora de cánticos que salen de las incontables iglesias evangélicas.

Niños descalzos que corren detrás de una pelota y calles mal adoquinadas y surcadas por regueros de aguas sucias dejan entrever lo que el gubernamental Mapa de Pobreza señaló en 2005: que es uno de los municipios más pobres del país. El 72% de los hogares está bajo la línea de pobreza, el 63% en condición de hacinamiento, el 39% sin energía eléctrica, el promedio de escolaridad es de 3 años…

La pobreza se siente en las calles de Santo Domingo de Guzmán, pero no el nawat, que ni siquiera tiene una presencia testimonial en forma de los recurrentes rótulos bilingües de otras latitudes. “Debido al extenso deterioro de la lengua y a la pérdida de identidad cultural, se deben hacer grandes esfuerzos para revivir esa identidad cultural perdida y despertar en los habitantes el deseo de hablar náhuat y así identificarse con su etnia”, se lee en uno de los informes elaborados por Lemus.

El nawat es hoy una lengua socialmente muerta, pero tuvo tiempos mejores. Reportes oficiales de inicios del siglo XX dibujan un pueblo en el que casi nadie sabía expresarse en español. Sin remontarse tanto, los hablantes que hoy tienen en torno a 65 años tuvieron infancias exclusivamente en nawat. Guillerma López, de 58 años, lo recuerda así: “Yo me acompañé a los 17 años y no podía hablar en español; mi marido me lo tuvo que enseñar”. Pero ella no creyó necesario transmitírselo a sus hijos.

La situación es más preocupante en el resto de municipios de la teórica órbita nawat, que incluye buena parte de los departamentos de Sonsonate y Ahuachapán. A unos 30 kilómetros de Santo Domingo se ubica Izalco, una ciudad de unos 70.000 habitantes que tiene el título no declarado de capital del indigenismo salvadoreño. Varias escuelas de este municipio se han sumado al proyecto de la UDB, y en ellas algunos profesores con conocimientos mínimos, menores que los de Valentín, son también los llamados a enseñar nawat una o dos horas por semana a estudiantes de entre 8 y 13 años de edad.

En el parque central de Izalco, sin embargo, sí se ven algunos guiños al nawat, como palabras pintadas en farolas y bordillos con dibujos que explicitan su significado: junto a la silueta de un niño se lee Piltzin. Además, los alumnos de una de las escuelas involucradas colgaron en el parque cartulinas plastificadas con textos en nawat y su traducción en español: “Tipalewiat ka ne kwajkwawit, Cuidemos a los árboles”. Así quedó anotado en la libreta y cuando un hablante fluido pudo leerlo se apresuró a corregirlo: “¿Dónde estaba escrito eso? Está mal escrito; debería decir Tikpalewiat ne kwajkwawit”.

Fotografía: Roberto Valencia

En 2004 arrancaron las clases impartidas por maestros cuyos conocimientos se limitan a 40 horas de capacitación. Sus promotores, la UDB, están conscientes de que por esa vía será muy complicado ampliar una base de hablantes. Los logros de la iniciativa, aseguran, están en el ámbito de la sensibilización, en haber conseguido que más personas estén conscientes de la precaria situación de la lengua. “Se ha creado conciencia de que el nawat es parte de su identidad como pueblo, un requisito imprescindible para que cualquier proyecto de revitalización tenga éxito”, comenta Lemus.

Las esperanzas están ahora puestas en el componente del proyecto llamado Cuna náhuat que, después de estar paralizado dos años por falta de financiamiento, arrancó a finales de agosto. Cuna náhuat se ejecuta en Santo Domingo de Guzmán y se basa en una idea simple: crear una guardería para 20 niños de entre 3 y 5 años que es atendida por cuatro señoras con alto dominio de la lengua. Así, cinco días a la semana, niños y niñas en una edad idónea para el aprendizaje pasan de 7 de la mañana a 12 del mediodía en un ambiente nawat. Un criterio para la elección ha sido que tengan abuelos hablantes dispuestos a complementar el aprendizaje en casa.

“Van a hacer lo mismo que se hace en cualquier guardería, pero en nawat”, resume el espíritu Carlos Cortez, el joven que se ha encargado de buscar y acondicionar el local, seleccionar a las nanas (las cuidadoras) y elegir a los 20 niños y niñas que asistirán.

Carlos Cortez es una rareza. Tiene 25 años y habla nawat con tanta fluidez que es coautor de buena parte de los escasos materiales didácticos que hay. Oriundo de Santo Domingo, aún puede considerarse el más joven de los nahuahablantes. Verle hablar nawat en el atrio de la iglesia junto a tres de las nanas –todas abuelas– resulta una escena en verdad esperanzadora.

La mayor de las nanas de Cuna náhuat tiene 68 años y se llama Fidelina. Sus palabras devuelven a uno a la realidad: “Este pueblo como que fue escogido, ¿verdad? Es el único en el que aún se habla nawat, aunque cada vez menos. Y hoy es peor, la juventud no lo quiere hablar ya”. Ha dedicado toda su vida a la alfarería, oficio que en Santo Domingo es sinónimo de pobreza extrema. Dice estar ilusionada por haber sido elegida, pero cuesta diferenciar si la alegría se debe a que en teoría beneficiará a la causa indígena o al salario que recibirán por cuidar a los niños.

Cuna náhuat sí puede suponer un punto de inflexión en el proceso de extinción del nawat, pero en El Salvador tampoco conviene entusiasmarse demasiado. De hecho, el proyecto a la fecha solo tiene garantizados 30,000 dólares que aportará el Ministerio de Educación, cifra que solo alcanza para los primeros meses.

No está de más recordar que desde que en 1992 finalizó la guerra civil un puñado de iniciativas apadrinadas por ONG o universidades extranjeras ya se arrogaron ser capaces de frenar la desaparición, pero los resultados han sido muy pobres. En El Salvador se habla hoy menos nawat que hace 10 años; y hace 10 años se hablaba menos que hace 20. 

Fotografía: Roberto Valencia

La desidia estatal tiene mucho que ver con esta situación. Si bien la Constitución señala en su artículo 62 que “las lenguas autóctonas que se hablan en el territorio nacional forman parte del patrimonio cultural y serán objeto de preservación, difusión y respeto”, la realidad es otra. Muchos confiaron en que la pasividad estatal de las últimas décadas cambiaría con la llegada del FMLN al Ejecutivo, pero desde junio 2009 los cambios en este tema han sido hasta la fecha más cosméticos y discursivos que de fondo. 


La defensa sigue siendo la misma: en un país con problemas que suenan más urgentes como la desnutrición, la violencia o la falta de acceso a agua potable o luz, a los tomadores de decisión les resulta fácil subordinar la cultura en general y lo indígena en particular.

Rita De Araujo trabaja desde 1995 en la gubernamental Jefatura de Asuntos Indígenas, rebautizada ahora como Programa de Pueblos Originarios e Interculturalidad. Es su máxima autoridad. No habla nawat. En su despacho de San Salvador la entrevista arranca con la entrega de un par de hojas que detallan todo lo que se ha hecho, en tono triunfalista, pero finaliza con frases más en sintonía con la realidad que se percibe en Santo Domingo de Guzmán: “Sí, ha habido poca sensibilidad de los gobiernos y de las autoridades, incluso ahorita la situación no es algo muy favorecedora, cuesta que aprueben fondos”.

El Estado apoya de forma tangencial el Proyecto de Revitalización de la Lengua Náhuat de la UDB, y De Araujo también ve en Cuna náhuat una pieza clave para intentar evitar lo que parece inevitable. La entrevista, sin embargo, concluye con una pregunta que responde con sorpresiva honestidad.

—¿Cree usted que en 50 años habrá más nahuahablantes?
—Ufff, voy a traer al pulpo Paul… Está difícil… Pero creo que no. Puede que haya una pequeña población porque incluso a nivel turístico se quiere impulsar, pero creo que no se hablará más.

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(Este reportaje apareció publicado primero en Zazpika, la revista dominical del diario vasco Gara, en su edición del 29 de agosto de 2010) 

martes, 7 de septiembre de 2010

Literatura (gay) de baños

“Si lees esto, eres cerote”. Es lo primero que leo, garabateado sobre la puerta blanca que tengo delante. Está a la altura de mis ojos, así como estoy yo, sentado en este trono sorprendentemente limpio de uno de los baños públicos del centro comercial Las Cascadas. Hoy es la mañana de un miércoles cualquiera de junio, y acá, encerrado y pensativo en este habitáculo mínimo, caigo en la cuenta de que no llega bullicio alguno de afuera, y que lo sonidos de adentro son esporádicos, como si existiera un pacto social que obliga a cagar en silencio.

Continúo leyendo, ya en calidad de cerote. “Dile a tu hermana que tengo una verga grande, la va a dejar satisfecha”, escribió alguien. “Dios te bendiga”, fue la respuesta que le dejaron en otro color. “Tengo una verga bien grande y cabezona, llámame”, dijo otro, e incluso dejó su número de teléfono. No es el único, ni mucho menos: “¿Quieres una verga grande y bonita? 736322-- Yo te hablo”. “Quiero mamar 773688--”. “Si quieres pisar culeros, písate a Tony Saca, el primer presidente gay de El Salvador”, le respondió otro literato. “Quiero mamar una buena verga 736322-- No te arrepentirás”. La oferta está a otro lado del cubículo, pero son el mismo número y letra. Por lo visto, es bien goloso este tipo.

Estas son apenas un puñado de las frases de las que se pueden leer, con sus correspondientes dibujos ilustrativos. Casi todas están en clave gay. Parece que estos baños son algo así como una Clasiguía para culeros (a costa de resultar políticamente incorrecto, creo que es la palabra que mejor define la situación). Quizá algo más. Al salir, veo junto a la puerta un cartel de la Administración de Las Cascadas que dice algo así como que a los jóvenes que atrapen en los baños haciendo actos indecorosos los remitirán a la Policía Nacional Civil. ¿Algo preventivo? No lo creo.




sábado, 14 de agosto de 2010

Clase de nawat

Dicen los entendidos que Santo Domingo de Guzmán, en Sonsonate, es el único municipio en el que subsiste el nawat, la lengua que hace cinco siglos era la única que se hablaba entre los ríos Lempa y Paz. Más que subsistir, agoniza. La lengua no se escucha en las tiendas ni en las calles ni en los buses ni en las iglesias. Solo la hablan un grupo de ancianos que apenas se relacionan entre sí, y también se puede oír en espacios forzados como este aula, la de sexto grado de la única escuela pública con bachillerato.

Hoy, la clase de nawat será primero un torrente de preguntas del profesor, y después un esfuerzo por demostrar el dominio de la lengua escribiendo frases sobre la pizarra. Hay periodistas y hay que impresionar. Aquí adentro hace calor y falta iluminación, al punto que a las 10 de la mañana es necesario que haya dos bombillas encendidas. El aula está pintada de azul y blanco, y tiene dibujos alusivos a todas las materias que se imparten; también al nawat, al que se dedican dos horas semanales. Cerca de la puerta hay un cartel amarillo con el himno nacional en lengua indígena, y en otra pared se ven tres cartulinas que recuerdan cómo se dicen los números del uno al 10, los seis colores básicos y la última con un dibujo de un par de casas junto a un volcán y con una inscripción: Ne techan


Valentín Ramírez es el profesor. Tiene 36 años y es de Santo Domingo. Su historia es la de todos los de su generación. Sus abuelos eran nahuahablantes, les costaba expresarse en español; sus padres ya no lo aprendieron o dejaron de usarlo hasta la pérdida total; y los nietos, él y sus amigos, tampoco le vieron mayor utilidad. 

—De más joven creía que no servía de mucho –dice Valentín. 

Ahora él es profesor de nawat. Le cuesta entenderlo y hablarlo, está consciente, pero cuando de la Universidad Don Bosco llegaron a pedir voluntarios para enseñar al menos los conceptos básicos del idioma, no se lo pensó dos veces. Que la humanidad en general y los salvadoreños en particular no pierdan otra lengua depende hoy de esfuerzos como el de Valentín y las dos docenas de maestros que, sin hablar el nawat y con apenas una capacitación de una semana, decidieron apoyar el limitado programa de revitalización.

El número real de nahuahablantes es una incógnita. La cifra recogida en el censo de población de 2007 fue 97, la que maneja la Don Bosco es 200, y los conteos más optimistas elevan el número hasta 300. Pero todos coinciden en el hecho de que se trata de personas con una edad promedio en torno a los 60 años, analfabetas en su inmensa mayoría y que viven en condiciones de extrema pobreza. La lengua carece de protección jurídica efectiva, no hay literatura ni medios de comunicación en nawat y durante el último siglo la actitud del Estado salvadoreño hacia lo indígena ha pasado de la represión pura y dura en la primera mitad del siglo XX a la desidia de los últimos 30 años. Muchos confiaron en que la pasividad estatal cambiaría con la llegada del FMLN al Ejecutivo, pero los cambios en este tema han sido hasta la fecha más cosméticos que de fondo. El nawat sigue a la deriva.

En este aula hacen lo que pueden, pero sigue siendo poco. 

Michael Enrique Pineda es uno de los estudiantes más destacados de Valentín y de toda la escuela, ya que solo Valentín está dentro del programa. Consciente de su potencial, Michael toma la palabra siempre que puede y pide salir a la pizarra. Ya es capaz de escribir en nawat frases como Él tiene cinco lapiceros azules, algo al alcance de muy pocos salvadoreños. Sentado enfrente de él, miro la cartulina que dicen Ne techan.

—Michael, ¿y qué significa Ne techan?
—No sé –y acompaña sus palabras con un expresivo encogimiento de brazos.

El año que viene está en séptimo grado, y Valentín ya no será su profesor.


Fotografía: Bernat Camps

miércoles, 4 de agosto de 2010

Horacio y los hijos de la gran puta

La sala del Centro Cultural de España es blanca con mínimas concesiones: las sillas, la mesa y poco más. Hay demasiada luz, lo que acentúa un ambiente de pulcritud que no termina de encajar con el invitado de hoy y con lo que representa. El local está inusualmente lleno –donde lleno es igual a 100 personas– para escuchar a Horacio Castellanos Moya, a quien podría considerarse el escritor salvadoreño más internacional. Horacio visita de nuevo la tierra de la que a finales de los 90 tuvo que huir amenazado de muerte, y lo hace, aseguran los carteles promocionales de esta actividad, para conversar sobre ficción, diáspora e identidad. En el público hay muchos aspirantes a la etiqueta de escritor y/o de intelectual, y otros tantos que creen habérsela ganado ya. Quizá haya también una pequeña cuota de mitómanos y otra más generosa de personas que ignoran que la producción de Horacio va más allá de El asco, que él define como uno de sus libros menos celebrados afuera.

—No es lo mismo –dice Horacio– hacerse escritor en un país donde la literatura se valora que en uno donde ser escritor es ser un cero a la izquierda.

Se refiere, claro, a El Salvador, el terruño que lo marcó y que sigue siendo la fuente de inspiración de casi toda su creación. Pero Horacio apenas ha vivido aquí poco más de un tercio de su vida. Nació en Honduras, y ha pasado temporadas más o menos largas en México, Costa Rica, España, Alemania, Canadá y Estados Unidos, donde reside en la actualidad. Su salvadoreñidad, pues, tiene poco que ver con estúpidos sentimientos nacionalistas, y está más relacionada con ser este el país del que abrevan, para bien o para mal, tanto él como la inmensa mayoría de sus personajes. Edgardo Vega de El asco es salvadoreño, como también lo son el comandante Gestas de Perfil de prófugo, Mario Antonio Ortiz "Juan Carlos" y Quique López "Kioci" de La diáspora, o Haydée de Aragón de Tirana memoria; por citar tan solo unos ejemplos. Al igual que hizo James Joyce con la Irlanda que dejó atrás, Horacio escribe sobre El Salvador y sobre los salvadoreños. Pero lo que retrata no siempre gusta a los guardianes. Ni a los de un lado ni a los del otro. En sus libros la Pílsener es una mugrosa cerveza diarreica, y La Prensa Gráfica y El Diario de Hoy son catálogos de ofertas hechos para ser hojeados y no leídos, la mejor muestra de la miseria intelectual de este pueblo. A los compas de la guerra civil, los que se quedaron y los que se exiliaron, no les va mucho mejor: la mayoría son vividores-resentidos-alcohólicos-psicópatas-desencantados-envidiosos-pisones-soplones.

—¡Claro que yo no soy Vega! –dice, pero suena como si nomás quisiera mantener el rebaño en calma–. Lo que ocurre con El asco es que golpea los valores, la identidad, y en esos temas el lector pierde la capacidad de raciocinio.

Horacio quizá sí es Vega, aunque no lo admita hoy aquí. Puede que en público no lo admita nunca en El Salvador, su tierra, el país que no abandonó aunque hace décadas que dejó de ser su hogar.

—A mí me gustan tus libros –dice que le dijo su editor de la poderosa Editorial Tusquets cuando hablaban sobre dónde poder vender sus libros–, lástima que no tengas país.

Lo tiene. Un país desagradecido pero suyo. Horacio es uno de esos seres humanos que tuvieron la suerte de poder elegir cuál sería la tierra que llamaría suya y quiénes sus paisanos, y eligió El Salvador y a los salvadoreños, los mismos que Roque Dalton llamó guanacos hijos de la gran puta. Horacio parece ser un ejemplo más de que criticar y querer un país pueden ir de la mano. Y de que hacerlo es señal de lucidez.



Fotografía: Iván Giménez

martes, 27 de julio de 2010

Por la boca muere el pez



La idea promete: demostrar que el uso correcto de la lengua española no tiene que estar relacionado siempre con lo aburrido. Para ello, en unos minutos cuatro reconocidos lingüistas se subirán a una tarima, sin que lo suyo sea subirse a tarimas de bares, e intentarán, armados con sus ocurrencias, algo tan difícil como lograr la aprobación del público. El grupo lo encabeza Alberto Gómez Font, un hombre a un bigote pegado que es el coordinador general de Fundación del Español Urgente. Lo secundan otros dos españoles –Xosé Castro y Antonio Martín– y el mexicano Jorge de Buen. Los cuatro visten igual: idéntico sobrero de paja, idéntico pantalón tirando a oscuro e idéntica guayabera radiante. Quizá alguien les engañó con que ese es el atuendo típico salvadoreño. Hoy es un viernes de julio, cae la noche y esto es La Luna, uno de los pocos lugares de la capital que intenta combinar, como si fuera un cóctel, cultura y diversión. El público somos pocos.


—Allá donde vamos –se arranca Jorge de Buen, que en la cortísima velada resultará el más dicharachero– se califica la lengua como algo complejo, algo enredado, algo que requiere mucho conocimiento. Pero nosotros pensamos que la lengua tiene que ser divertida porque nosotros, al menos, nos divertimos… Con el idioma… Aunque la lengua también nos divierte muchísimo, pero, eh…


Las intervenciones se suceden y sirven para que nos enteremos de que no es lo mismo un Martini dry que un dry martini; que margarita, negroni y burdeos se escriben con minúscula cuando se refiere a las bebidas, como cerveza; que el whisky o el ron no son licores sino aguardientes; o que vodka significa agüita en ruso.


—¿Y yo qué puedo decir? –toma la palabra Xosé Castro, copresentador del programa de Televisión Española Palabra por palabra, y quizá por eso el más suelto de todos– Que la gente no relaciona alcohol y cultura, cuando en realidad están estrechamente relacionados. Yo me hago más culto cuanto más bebo, e incluso puedo hablar varios idiomas. Y quizás las conversaciones más interesantes que he tenido con esta gente –y señala con la mirada a sus colegas– han sido bajo los efectos del alcohol.


Sin tiempo suficiente para que el trago que les ha preparado Gómez Font haga su efecto, Castro se mete solito en los pantanosos terrenos de la corrección política.


—Y hay otra cosa curiosa con el alcohol, y es que, por ejemplo, en el Magreb, en el norte de África, hay muy buenos alcoholes, muy buenos aguardientes, pero todos son judíos, dado que los musulmanes no son muy dados a beber alcohol. Si bebieran un poquito más, a lo mejor nos iba mejor en muchos aspectos, pero las grandes bebidas alcohólicas del norte de África son de destilerías judías.
—No entiendo esa parte –interviene De Buen– de que si bebieran alcohol, estaríamos un poco mejor.
—¿Tú no estás un poco mejor cuando bebes alcohol? –pregunta Castro, como quien pide la hora.


Nadie ríe. De Buen prefiere zanjar el tema con una mirada, consciente quizá de que esto no es una plática entre amigos, de que esto una actuación pública, en un bar público, con público.

miércoles, 14 de abril de 2010

Nawat-Euskera

Te tishpinawa ka tes tikmati ini? Ini ne taketza lis mutal!
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Ez zaitu lotsatzen testu hau ez ulertzeak? Zure herriaren hizkuntza baita!





viernes, 2 de abril de 2010

Un país con el alma oscurecida

El otro día el padre Urías vio algo que lo escandalizó. Se topó con un cartel promocional de un “Bikini open” atravesado en la calle. Lo anunciaban para el 1 de abril, Jueves Santo, el día en que los cristianos creen que Jesucristo cenó por última vez.

—¿Acaso no tiene días el año? A esas cosas solo van los muertos en vida, los que tienen el alma oscurecida.

Son poco más de las 8 y media de la mañana del lunes, Lunes Santo, y el padre Urías celebra misa en la iglesia de San Esteban de Texistepeque, un pequeño pueblo ubicado 80 kilómetros al poniente de la capital salvadoreña. Delante de él, en las primeras bancas y vestidos de rojo sangre, hay un grupo de talcigüines, niños, jóvenes y no tan jóvenes disfrazados para representar el mal. Hace calor.

Los Talcigüines de Texistepeque son la tradición más singular de la Semana Santa salvadoreña. Los estudiosos la presentan como una genuina muestra de sincretismo entre las costumbres de la población náhuat local y las que trajeron los conquistadores. La representación aspira a simbolizar el triunfo del bien –Jesucristo– sobre el mal –los talcigüines–. Se podría resumir así: tras la misa, una horda de talcigüines sale endiablada látigo en mano hacia la plaza del pueblo a fustigar a quien quiera redimir sus pecados y también a quien no. Durante tres horas hay carreras y latigazos, mientras Jesucristo intenta someter a algunos de ellos en las cuadras aledañas. Lo conseguirá, siempre lo consigue, pero al final, pasado el mediodía.

Ahora aún hay calma dentro de la iglesia. El padre Urías habla del “Bikini open” mientras sigue entrando gente en el templo. Cuando comenzó la misa, la mitad de las bancas estaban vacías. Al padre Urías tampoco le hace gracia que haya jaripeos en Semana Santa.

—Nosotros, los cristianos, no podemos divertirnos de esa manera.

Oriundo del vecino municipio de Metapán, es el párroco de la iglesia de San Esteban desde enero pasado. Esta es la primera parroquia a su cargo. El padre Urías tiene 30 años.

—Esto –dice, y sus palabras se apagan al interior de este templo largo, estrecho e incapaz de mantener el fresco– no se trata solo de divertirse, sino que debería de tratarse de sentir el dolor en el alma.

No se trata solo de divertirse, dice el padre Urías, pero en un par de horas la plaza de Texistepeque estará tan llena que costará caminar. Estará llena de gente que quiere una fotografía junto a un talcigüín, de muchachas ceñidas que ensayan su mejor sonrisa, de escotes provocadores, de cumbia y de reguetón, de carretones de sorbetes y de comida rápida, de basura, de ventas de todo tipo, llena de periodistas y de turistas llegados de lejos para filmar las carreras. Estará llena de jóvenes que cerveza en mano piden más latigazos o gritan en coro culeros a los talcigüines. Todo eso será cuando terminen esta homilía y esta misa en las que el padre Urías aún se pregunta cuántos vendrán hoy a Texistepeque solo por diversión, como si no estuviera claro. “Todos ellos han perdido lo más importante: a Dios”, se responde.

Por lo visto son pecadores. Pero Texistepeque es el lugar apropiado. Los latigazos que reparten a diestra y siniestra los talcigüines sirven, dice la tradición, para redimir pecados. Los látigos son de cuatro largas correas de cuero atadas a un mago de madera. Los latigazos deben darse formando la señal de la cruz, y cuando se dan con ganas, se convierten en LATIGAZOS; así, con mayúsculas, porque duelen y dejan profundas marcas. Casi al final, un talcigüín con la capucha mojada por el sudor se arremangará el brazo derecho y me mostrará el zarpazo sanguinolento que un compañero le hará de forma involuntaria.

La misa finaliza, y los talcigüines –los que comulgaron y a los que les valió– se juntan a un costado de la iglesia. Al poco aparece el padre Urías, se toman unas fotos grupales, luego los bendice y les pide que no golpeen demasiado fuerte. Se regresa a la sacristía y uno minutos después reaparece en el atrio vestido de civil. Me acerco.

—Padre, ¿usted cree que la tradición aún mantiene el espíritu religioso?
—Yo creo que en los últimos años se ha visto un deterioro de la religiosidad en nuestro pueblo.
—¿A qué se refiere?
—Se han ido secularizando las celebraciones, ¿verdad? Y ya la gente lo ve más como un aspecto de diversión. Se ha perdido un poco el sentido religioso; de hecho, muchas veces ni entran a la misa.

Y en efecto, es a partir de ahora, justo cuando la misa termina, que Texistepeque se llenará.



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Esta crónica es una versión modificada de otra publicada el 30 de marzo de 2010 en elmundo.es.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Necroturismo a la salvadoreña

Fotografía: Roberto Valencia
“El lugar a donde vamos es la última morada de grandes personajes y es también de los sitios más tranquilos e increíbles que hay en la ciudad”, dijo el guía Benjamín Melara hace tres horas, cuando el bus cargado de turistas avanzaba hacia el Cementerio General. Era ya noche cerrada.

Incluso si se toma Centroamérica para la comparación, El Salvador tiene serias limitantes en el plano turístico. Es el único país sin costa caribeña, no tiene ruinas mayas como las de Guatemala ni reservas naturales como las de Costa Rica ni ciudades coloniales como las de Nicaragua. Y hoy por hoy es el país más violento del continente. Agudizar el ingenio para seducir al turista es casi una obligación.

Desde hace poco más de un año se organizan visitas guiadas a Los Ilustres, el sector del cementerio en el que están enterrados los ancestros de la poderosa oligarquía salvadoreña. El necroturismo, que es como se llama esta práctica, no se inventó aquí, ni mucho menos. Pero la peculiaridad de San Salvador es que los recorridos son solo nocturnos. Melara lo advirtió antes de desabordar: “Aunque tenemos lámparas, hay secciones sumamente oscuras, así que fíjense por dónde caminan, porque a veces hay agujeritos o algo”.

Los Ilustres está en el centro de la capital, junto al gigantesco mercado Central, entre la suciedad y el caos que genera. Se inauguró a mediados del siglo XIX y alberga mausoleos que impresionan. Como le ocurre al resto de la ciudad, tiene problemas de iluminación, de hacinamiento y de pavimentación, pero quizá todo eso sea parte de su encanto. Está limpio, con las zonas verdes cuidadas y la seguridad garantizada por policías armados.

“Es importante que miren a su alrededor, porque en cualquier lugar van a encontrar algún detalle bonito”, dijo Melara al poco de haber iniciado la caminata. Los detalles son las cruces y las lápidas, obvio. Pero también los ángeles alados, los querubines, las vírgenes y los cristos crucificados, obras de arte a la intemperie, hechas algunas de mármol de Carrara.

José Salvador Escalante llegó en el bus con su esposa Evy. Es salvadoreño pero reside en Estados Unidos desde que se fue a los 17 años. Ahora tiene 65. Supo del necroturismo por un correo electrónico y no quiso desaprovechar. Su bisabuelo era el ex presidente de la República José María Peralta, y su abuelo fue cuñado del también ex presidente Manuel Enrique Araujo, dos de los ilustres.

Pero Escalante hoy ha sido uno más entre la treintena de turistas que pagaron 15 dólares por el transporte, la visita guiada y una bebida.

—¿Qué le está pareciendo?
—Excelente –respondió tajante cuando aún faltaba la mitad del recorrido.

Recomendable, dijo también Escalante. Y no se trata solo de la belleza escultórica. En Los Ilustres descansan figuras trascendentes como el hondureño Francisco Morazán, padre del integracionismo centroamericano; el paraguayo Agustín Barrios “Mangoré”, guitarrista excepcional; o Justo Armas, nombre que la leyenda dice que adoptó el emperador mexicano Maximiliano I tras su supuesta llegada a El Salvador.

Entre los salvadoreños, los líderes comunistas Farabundo Martí y Schafik Hándal, el dictador Maximiliano Hernández o el mayor Roberto d’Aubuisson, considerado el autor intelectual del asesinato de Monseñor Romero. Pero más allá de los nombres más sonados, el recorrido por el cementerio permite al salvadoreño promedio conocer muchos porqués: por qué el principal hospital público del país se llama Rosales, por qué el hospital de niños se llama Bloom o por qué el museo de antropología se llama David J. Guzmán, por citar tres ejemplos.

“Aquí está enterrado mi presidente favorito, Manuel Enrique Araujo, y arriba, sobre la gran roca, vamos a ver un Cristo con los brazos extendidos que se parece al Cristo de Corcovado de Brasil”, dijo Melara en el tramo final de la visita. Y en efecto, apareció una escultura que se parece al Cristo de Corcovado de Brasil.

El recorrido ha terminado. Hay satisfacción generalizada. “Y la visita sirve para culturizar a nuestra propia gente, para que vean las riquezas culturales que tenemos y para que conozcan nuestra historia”, me había dicho Melara.

Ya dentro del bus que aleja a los visitantes del cementerio, Melara toma el micrófono, lo enciende, se gira, y con los brazos apoyados sobre el respaldo del asiento dice entusiasmado: “Ahora vamos por la alameda Manuel Enrique Araujo, y ahí mismo está el Museo David J. Guzmán”. Y en el bus se impone un silencio cómplice. Son los nombres de toda la vida que ahora tienen más sentido que nunca.

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(Este es una versión ligeramente modificada del relato homónimo publicado en elmundo.es el 23 de febrero de 2010)
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