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jueves, 26 de enero de 2017

Una ciudad hostil con sus peatones

Los días que voy al trabajo en bus lo hago en la 101-D, la ruta que une el centro de San Salvador con el poniente de Santa Tecla. Las oficinas de El Faro están en Antiguo Cuscatlán, a una cuadra de la municipalidad. Me bajo en la parada del centro comercial Multiplaza y, sí o sí, toca caminar poco más de 800 metros. No hay problema en la caminata; al contrario, desde siempre me ha gustado recorrer las calles. Si les cuento esto es porque este paseo en particular, la frecuencia con la que lo doy, me reafirma en la idea de que quienes planifican, autorizan y construyen nuestras ciudades lo hacen sin pensar en los peatones.
Desde la parada de buses camino hasta el redondel Naciones Unidas. Ahí tomo la amplia calle que está entre Multiplaza y Las Cascadas, me echo a la carretera, camino el viaducto que permite sortear la Panamericana, y caigo sobre el bulevar Deininger, justo frente a la alcaldía. Un trayecto sin aceras, sin arcenes, junto a carros que te pasan a dos metros a 60 por hora.
Sería deshonesto y exagerado decir que siento peligrar mi vida, pero que cientos de salvadoreños –¿miles?– tengamos que hacer cada día ese mismo recorrido creo que sirve para ilustrar lo hostiles que son nuestras ciudades con sus ciudadanos.
La construcción de esos centros comerciales y de sus calles de acceso es reciente: la ‘pasarela para carros’ se inauguró en septiembre de 2005. Ni siquiera tienen la excusa de que se planificaron hace medio siglo, cuando las consideraciones para con el peatón eran menores. Subrayo también que se trata de ‘malls’, espacios concebidos para atraer a gente, con lo que haber craneado sistemas de acceso hostiles al viandante podría interpretarse, sin forzarlo demasiado, como que solo son bienvenidos aquellos que llegan motorizados.
En esa misma área se inauguró hace pocos meses el llamado Paso Multinivel del redondel Naciones Unidas, un millonario complemento para facilitar los accesos a Multiplaza, Las Cascadas y La Gran Vía. El referido redondel terminó convertido en un bonito parque, con bancas, jardines floridos y hasta una fuente de piedra. Pero ‘olvidaron’ un pequeño detalle: no se puede acceder a pie, salvo que uno se la juegue corriendo entre los carros.
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Escribí hace cinco post sobre las trabazones infernales en el área metropolitana, certificadas por la aplicación Waze, y advertí de que lo peor está por venir. El clasemediero que no concibe movilizarse por la ciudad sin carro propio se escuda en la delincuencia para no tomar un bus o para no caminar. Sin negar que el temor a ser asaltado es un desincentivo en algunas rutas y sectores del Gran San Salvador, yo creo que la hostilidad hacia el peatón con la que hemos permitido que se construyan nuestras ciudades es el principal lastre, y creo también que es algo que nos acompañará por décadas, porque los sectores más influyentes de la sociedad ni siquiera se han percatado de este problema. Por acción o por omisión, los políticos, los constructores, los líderes de opinión y en general los que tenemos el privilegio de disponer de un carro nos hemos comportado –nos seguimos comportando– como si por nuestras venas circulara gasolina en vez de sangre.

martes, 29 de mayo de 2012

Hot-dog sin dog

Don Jesús –nacido en la comunidad Quiñónez de San Salvador, 57 años, deteriorado prematuramente– llega todos los días a media mañana con su carrito a rastras al centro comercial España, un inmueble que suena más que lo que en realidad es. Es un edificio de dos alturas ubicado en el centro de San Salvador, sobre la 13.ª calle oriente, a dos cuadras de la sede central de El Diario de Hoy, y la etiqueta de centro comercial bien podría ser sustituida por la de centro de oficinas de poca monta. Buena parte de los locales están vacíos, pero aún hay el movimiento necesario para que don Jesús crea que es un buen lugar para vender.

—Yo antes vendía casetes, como 12 años estuve vendiendo casetes yo. A las fábricas iba, al Plan de la Laguna sobre todo, con mi ataché, mi maletín, y a 15 colones los daba… pero cuando empezó el cidí, el casete pronto lo botaron. Y en el 98 empecé con esto otro…
—¿Y no le entró a los cidís usted?
—No, empecé con esto otro…

Esto otro es el pequeño y destartalado carrito con el que en los últimos 14 años don Jesús se ha ganado la vida. Tiene un letrero harto explícito: Hot Chili Dogs. Cada día, me dice, vende unos setenta u ochenta de sus peculiares hot-dog, una parte aquí, en el dizque centro comercial, y la otra frente a una escuela, en la tarde.

—Rico, ¿va? –me pregunta cuando me entrega el segundo que le compro.
—Umm –asiento y sonrío, pura educación–. Y usted, cuando empezó con esto, también los vendía en colones, ¿no?
—Sí, a tres colones colones los vendía, pero fueron subiendo.

No tanto para haber 14 años y una dolarización de por medio. El principal –el único– atractivo de los hot-dog de don Jesús hoy es su precio: cincuenta centavos de dólar cada uno, cuatro colones y fichas. El pero es que no tienen salchicha. Son solo el pan francés largo y estrecho, relleno con abundante curtido y chile al gusto, y recubierto con salsas de colores varios. Suficiente para matar el hambre.

Fotografía: internet

jueves, 5 de abril de 2012

Yo pago, vos embolsás

Un payaso que grita ronco y demasiado ofrece pintar la cara del niño si la madre o el padre compran el dentífrico Aquafresh.

Hoy es 15 de octubre, aniversario de un día importante en la historia de este país, pero aquí eso a nadie le importa nada. Esto es un supermercado, la Despensa de Don Juan de Ayutuxtepeque, el ubicado donde comienza la colonia Scandia. Quizá sea por ser día de pago, quizá por la hora –doce y cinco del mediodía–, pero las cajas están abarrotadas. Tengo cinco o seis delante, y eso que en teoría esta es la caja rápida. Toca esperar y, lo peor, corroerme por dentro ante la contemplación obligada de uno de los comportamientos sociales que más me hierve la sangre.

Pasa primero un hombre con su pachita de guaro y su montón de monedas, y lo hace. Luego la señora con ropa deportiva y panza que abarca todo el pasillo, y lo hace. Pasa más luego el hombre setentón paraguas bajo el brazo, y lo hace. También el treintañero con su bolsón de Huggies, y lo hace también. Pasan madre e hija –o tía y sobrina, quién sabe– con tres pollos preparados y envasados, y lo hacen. Lo hacen, lo hacen, lo hacen.

El payaso ronco no pinta nada.

Lo hacen. Todos lo hacen. Cuando el cliente llega frente a la cajera, quizá saluda, y cuando ella pasa los productos por el lector y los deja caer a su izquierda, el cliente se queda quieto, brazos cruzados incluso, hasta que alguien se los embolsa. Otros días hay viejitos a los que se les dan unas monedas, pero ahora no, y ni por esas la gente pide una bolsa y embolsa él mismo su compra. Es como si el precio incluyera una dosis de humillación hacia las personas que se pasan ocho horas diarias amarradas a una caja registradora.

Esto no es hoy ni ahorita ni la Despensa de Don Juan ni las cajas rápidas ni los tuxteños. Esto es pan de cada día. Así somos. Raro es el que escapa a esta arraigada costumbre de sentirse 
patrón siquiera por unos instantes. Yo pago, vos embolsás. Y ya.

Fotografía. internet

martes, 7 de septiembre de 2010

Literatura (gay) de baños

“Si lees esto, eres cerote”. Es lo primero que leo, garabateado sobre la puerta blanca que tengo delante. Está a la altura de mis ojos, así como estoy yo, sentado en este trono sorprendentemente limpio de uno de los baños públicos del centro comercial Las Cascadas. Hoy es la mañana de un miércoles cualquiera de junio, y acá, encerrado y pensativo en este habitáculo mínimo, caigo en la cuenta de que no llega bullicio alguno de afuera, y que lo sonidos de adentro son esporádicos, como si existiera un pacto social que obliga a cagar en silencio.

Continúo leyendo, ya en calidad de cerote. “Dile a tu hermana que tengo una verga grande, la va a dejar satisfecha”, escribió alguien. “Dios te bendiga”, fue la respuesta que le dejaron en otro color. “Tengo una verga bien grande y cabezona, llámame”, dijo otro, e incluso dejó su número de teléfono. No es el único, ni mucho menos: “¿Quieres una verga grande y bonita? 736322-- Yo te hablo”. “Quiero mamar 773688--”. “Si quieres pisar culeros, písate a Tony Saca, el primer presidente gay de El Salvador”, le respondió otro literato. “Quiero mamar una buena verga 736322-- No te arrepentirás”. La oferta está a otro lado del cubículo, pero son el mismo número y letra. Por lo visto, es bien goloso este tipo.

Estas son apenas un puñado de las frases de las que se pueden leer, con sus correspondientes dibujos ilustrativos. Casi todas están en clave gay. Parece que estos baños son algo así como una Clasiguía para culeros (a costa de resultar políticamente incorrecto, creo que es la palabra que mejor define la situación). Quizá algo más. Al salir, veo junto a la puerta un cartel de la Administración de Las Cascadas que dice algo así como que a los jóvenes que atrapen en los baños haciendo actos indecorosos los remitirán a la Policía Nacional Civil. ¿Algo preventivo? No lo creo.




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