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sábado, 9 de agosto de 2014

Felicidad sin MasterCard


Pasajes en la Ruta 52 desde Galerías hasta el Parque Infantil: 2 x $0.20
Una rigua* recién hecha: $0.50
Sodas en bolsa: 2 x $0.25
Boletos para la Chicago* más alta del campo de la feria de la Don Rúa: 2 x $0.50
Boleto para rueda de caballos: $0.50
Bote de burbujas con silbato incluido: $1.00
Bolsa de agua: $0.15
Pasajes en la Ruta 101-D desde el Centro hasta la 79ª avenida Sur: 2 x $0.20

Resultado:

Hay ciertas cosas que el dinero no puede comprar. Para todo lo demás, tampoco se necesita la MasterCard.

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* Rigua. 1. f. El Salv. Tortilla de elote* tierno.
* Elote. (Del náhuatl élotl). 1. m. Mazorca tierna de maíz, que se consume, cocida o asada, como alimento en México y otros países de América Central.
* Chicago. Nombre con el que en El Salvador se reconoce a las norias.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Autorretrato de Alejandra


En los últimos meses, cuatro o cinco veces me ha tocado ya recluirme solo en Villahán, un pueblito diminuto e ignoto de las anchuras castellanas. Aquí nacieron mi madre, mi abuela, mi bisabuelo... Aquí me encuentro ahora. Si un día entresemana de diciembre o enero, invierno boreal, fuera casa por casa y contara cuánta gente hay, creo que no llegaría hasta sesenta. El pueblito agoniza, como tantos y tantos en los campos infinitos de Castilla, pero la tranquilidad de la agonía no tiene precio cuando lo que se busca es eso: un remanso en el que poder escribir sin tanta interferencia, sin internet. 

Mi hija Alejandra cumplirá cuatro en enero, y su hermana Amerika nació hace tres semanas, pero llevo tres días alejado de ellas y de su madre, recluido solo en Villahán. Hoy es 26 de noviembre, un martes de vientos malditos y de temperaturas en torno a cero, gelidez apenas amortiguada por un estufa de butano marca Agni, quizá más vieja que yo. La mesa de madera, recia, está llena de papeles-carpetas-apuntes-guiones-dibujossalvatruchos. Hay también una vieja laptop Toshiba que compré en El Salvador hace casi un lustro y que no funciona si no está conectada a una toma y a un teclado. Está el teleobjetivo de mi cámara de fotos. Un vaso vacío. La funda de los lentes. Y en una esquina de la mesa, algo que cada vez que lo veo me saca una sonrisa. Es el autorretrato que Alejandra me regaló el sábado, cuando nos despedíamos. Lo miro y siento que me mira, que esa mirada me sigue cuando me levanto. Tan ella, sonriente y vital. Ayuda tanto. 

Foto Roberto Valencia

miércoles, 13 de febrero de 2013

Alejandra, la edodita


En estos días de febrero estoy lejos de San Salvador. Trabajo desde Vitoria-Gasteiz, la capital de Euskadi, con dos quehaceres básicos: adecentar y pegar cables internacionales y levantar como loco docenas de largas y profundas entrevistas para el proyecto que absorberá buena parte de este 2013. Justo acabo de subir a El Faro una nota sobre Obama, cuando mi hija Alejandra entra en la sala con su paquetito de plumones y un cuaderno, y empieza a pintar con esmero uno de los dibujos de Miquimau.

Al poco, el ratón universal luce todo garabateado.

—Qué bonito te está quedando –le digo con satisfacción al comprobar que los colores apenas se han salido del dibujo. Alejandra tiene apenas tres años y un mes.
—Sí, papi, ya soy grande. Ya soy periodista (edodita), y yo también estoy trabajando, Mirá, papi –y me muestra orgullosa el colorido Miquimau.
—¿Qué has dicho, que querés ser periodista?
—Sí, papi, cuando sea grande, yo quiero ser edodita. Y trabajar.

Me he sentido tan bien que me he levantado para dar un abrazo a Iris –que había escuchado todo desde el pasillo y me esperaba con una sonrisa cómplice–, y he tenido la necesidad imperiosa de escribir estas frases para el blog.

Fotografía: Roberto Valencia

sábado, 12 de enero de 2013

Estrategias de venta (barritas de chocolate)


La de hoy es la primera vez que viajo en bus con mi hija Alejandra, que aún no cumple los 3 años. Es martes y es diciembre. Son las cinco y diez de la tarde. Abordamos la unidad de la Ruta 30-B en la parada que está cerca del cruce del bulevar Universitario con la avenida Izalco. Por fortuna, hay dos asientos juntos libres en la parte delantera. Acomodándonos estamos cuando entra el vendedor: unos 160 centímetros de estatura, unas 220 libras de hueso y carne, una horrible camisa con aspiraciones tropicales. Soy yo el que está junto al pasillo y me pone en la mano lo que parece ser una barrita de chocolate. Mi hija corresponde el supuesto derroche de amabilidad con una amplia sonrisa. El vendedor llega hasta el fondo, regresa y se para junto a mí.

―Muy buenas tardes, amables pasajeros, que se dirigen en esta unidad de transporte. Perdónenme la bulla, la molestia, que les voy a ocasionar en esta hora. El motivo no es venir a ofender. Yo quería venir a ofrecer…

Alejandra, que ya tiene la barrita entre sus manos, calla y escucha. También su padre.

―…estas barritas de chocolate que ya se encuentran a la venta. En tiendas-supermercados su precio a cancelar es de 45 centavos de dólar. En esta hora se lo traigo como una oferta: 25 centavos me cancela por la barrita de chocolate Power. Para su mayor garantía, le contiene impresa la fecha de vencimiento en cada barrita. Vence en 30 de septiembre del 2013. Son barritas de chocolate…
―Déjeme esta y regáleme otra más –le digo.

Dos coras y la venta se cierra. Comienza a caminar. Se aleja.

―Son barritas de chocolate Power, a una cora. A corita. Chocolate, a una cora, la barrita le damos, por una cora el chocolate Power… –la voz termina diluyéndose.
Alejandra me mira sonriente a los ojos, luego mira la barrita entre mis manos, y más luego mira la suya.

―Son iguaaaaales.

A veces, la felicidad solo cuesta dos coras.

Fotografía: Roberto Valencia

domingo, 16 de septiembre de 2012

El influjo de Alejandra


Los cambios profundos son los más sencillos de explicar, por ser los que están ya bien instalados en la conciencia colectiva. Pero son las pequeñas modificaciones en el diario vivir las que mejor ilustran la aventura inigualable de la paternidad.

Me explico: uno aprende que el cuchillo o las tijeras no se pueden dejar ya en el borde de la mesa; a uno se le eternizan los viajes laborales al extranjero; uno pasa tiempo en los pasillos del supermercado que antes eran como si no existieran; uno se reencuentra con los clásicos de Disney y es capaz de ver cuatro episodios de Dora la Exploradora consecutivos; uno vuelve a agarrar el gustito a los días de piscina para satisfacerla; uno que tuvo la desgracia de nacer con dos pies izquierdos vuelve a echarle ganas al baile para seguirla; uno se pregunta una y mil veces por qué uno no se acuerda de nada de lo que vivió a los 2 años cuando ella recuerda a la perfección lo que hizo seis u ocho meses atrás; uno resucita al dibujante y al docente que lleva adentro; uno, en definitiva, se redescubre a sí mismo y comprueba que todo lo que años atrás parecía el único combustible de la vida –las fiestas, los amigotes, el Flor de Caña, las escapadas mochileras a Guatemala en Semana Santa o en las agostinas…– pasa a ser algo secundario, prescindible incluso. Y algo tan sencillo como mirar una nube junto a su hija tiene el potencial de convertirse en un momento inolvidable.



Gracias, Alejandra, porque hoy se cumplen dos años, ocho meses y cinco días desde que te chineé por primer vez. Una fecha que ameritaba ser recordada.

Fotografía: Roberto Valencia

viernes, 29 de junio de 2012

Machismo institucionalizado


Ayer noche ingresaron a mi pequeña hija Alejandra en el Hospital Zacamil, el ubicado en la colonia homónima de Mejicanos. El diagnóstico: artritis séptica en su rodilla izquierda. Mi esposa pasó la primera noche a su lado, y a primera hora de esta mañana he llegado a relevarla. Para los lectores que nunca han puesto un pie en un hospital público salvadoreño, no está de más explicitar que, salvo en las cuatro horas asignadas para la visita, solo permiten que haya una sola persona junto al menor ingresado. La disposición tiene su lógica: esta habitación del área de Pediatría se construyó para albergar a cuatro pacientes, pero ahora mismo hay siete camas-cunas. En principio estaban las camas 21, 22, 23 y 24, pero se han convertido en 21, 21-B, 22, 22-B, 23, 23-B y 24. Al entrar he contado trece personas. Una niña de unos 9 años pasó la noche sola.

Decía que he llegado a relevar a mi esposa y la desvelada de esta noche me la echaré yo, obvio. Mañana, ella; pasado, yo… y así las cinco noches en las que Alejandra permanecerá ingresada. Durante el día, los papeles se intercambiarán. Padre y madre pues repartiéndose lo más equitativamente posible la responsabilidad del cuido de sus hijos. ¿Estoy contando una obviedad? No tanto en un país como El Salvador.

Aparte de mí, en los cinco días un único padre pasará una única noche con su hijo. Las madres y en menor medida las abuelas son las acompañantes por excelencia de los niños enfermos. Me moverá el piso sobremanera el caso de una joven madre que pasará cinco noches y cinco días prácticamente sin separarse de su hija enferma de dengue hemorrágico. Mañana le darán el alta, y en esta su última noche se dormirá algunas horas, sentada en una silla y con la cabeza sobre la cama de su hija.

—Es que en las otras cuatro noches apenas dormí nada y hoy sí estaba muerta. Hasta la mirada se me iba ya y hasta cosquillas en los dedos sentía… –me dirá mañana, cuando salga el sol.

Como ella, cientos de madres anónimas que merecen un aplauso infinito que nunca nadie les dará.

El Salvador es país machista hasta los tuétanos, y lo que sucede cada noche en las áreas de pediatría de cualquier hospital no es más que la enésima expresión. La hombría guanaca no se relaciona con pasar la noche en vela en un hospital. Para eso están las madres…

Pero en esta mi primera noche en el Zacamil ocurrirá algo más significativo si cabe. Cuando a eso de las 9 me presente para relevar a mi esposa, una joven enfermera estará en la habitación y, al verme, nos preguntará con gesto serio quién de los dos pasará la noche.

—Yo –responderé.
—No, pero eso no está permitido ya –dirá ella–. Hubo una reunión de los jefes hace unos días y se decidió que los hombres no podían quedarse en la noche.
—¿¡!? –mi esposa y yo al unísono.
—Hubo un problemilla y se decidió eso… Pero bueno, él tiene cara de persona tranquila… A ver qué pasa…

Como si el problema de machismo arraigado en la sociedad fuera chiquito, el propio hospital –y por extensión el propio Gobierno– promoviendo la desigualdad de género, pensaré, y así lo anotaré en mi libreta.

Fotografía BB: Roberto Valencia

viernes, 1 de junio de 2012

Regalo de cumpleaños


Hoy cumplo 36 años. 
Medio camino ya, espero. 
Pero esto de envejecer tiene sus ventajas. 
Una evidente es que uno aprende a apreciar cuestiones que años ha habrían resultado insignificantes, ripio. 
Ahora bastan una candela, unos fósforos y un poco de imaginación para vivir uno de esos momentos que se recuerdan para el resto de la vida.
Este es el regalo de cumpleaños que hoy me ha hecho mi hija Alejandra, a sus 2 años y 4 meses. 
Va a serle muy difícil superarlo...

miércoles, 30 de noviembre de 2011

El mejor momento del día


Alejandra Valencia cumplirá dos años el 11 de enero de 2012. Dos años.

Curioso esto del paso del tiempo. Por un lado, la sensación –la convicción– de que solo un chasquido de dedos separa este miércoles del día en el que salí –radiante, vivo– del Hospital Amatepec después de que me dejaran ver por no más de un minuto a la recién nacida, y me fui directo a la casa de mi amigo Carlos Martínez, para celebrarlo. Por otro lado, la paradoja de ver sus fotografías de hace apenas seis-nueve meses y pensar que fueron tomadas hace una vida, o los simples recuerdos de una Alejandra que solo se mueve a gatas, sepultados ya en la memoria, pero que apenas tienen menos de un año de antigüedad. Curioso.

Alejandra es ya una personita que discute ríe travesea salta coquetea maquina chantajea-a-su-papá-con-la-mirada-la-sonrisa tose llora grita corre-carreras imita dibuja y se puede ensimismar mirando un amplio abanico de cosas que van desde el camión de la basura hasta la luna. Es persona pues.

Quizá por ello, de un tiempo a esta parte, todas-todas las tardes, ocurre lo mismo: a eso de las cinco o cinco y media, cuando el sol quiere esconderse, me golpea un desasosiego para que llegue cuanto antes el rencuentro con Alejandra, casi siempre en la casa, cuando llego, saco las llaves y ella, aunque esté en la otra punta, solo con oír el ruidoso artilugio sonoro que se bambolea cuando la puerta lo golpea, dice: ¡Paaaapi! Y me sonrío solo, y Alejandra corre por el pasillo para darme un tímido abrazo y luego separarse pudorosa.

—¿Cómo lo pasaste en el kínder hoy?
—Ien –responde.

Sin duda, el mejor momento del día.

Quizá por ello también, cuando por algún motivo de peso como pueden serlo las reuniones semanales de evaluación en El Faro, sucede que uno llega tarde a casa, ocho y media, nueve incluso, y Alejandra ya está dormida, ese día termina siendo un día incompleto, como incompletos lo eran todos, sin saberlo, hasta antes de ser padre.


Fotografía: Roberto Valencia

lunes, 20 de junio de 2011

Una buena mañana

Es un orgullo extraño, difícil de explicar, quizá imposible; dudo al menos que lo logre en este post escrito con las urgencias propias de esta situación. Muy avanzada ya la mañana de este lunes, mi hija Alejandra está ahora sentada sobre su pequeña silla amarilla de plástico, extrañamente hipnotizada por las imágenes que salen de la computadora portátil. Alejandra aún no ha cumplido año y medio, pero hay una serie llamada JimJam y Sunny que la cautiva, y no es de hoy, es desde hace meses, desde que en enero conoció en Euskadi a esos muñecotes cabezones y amarillentos que con canciones enseñan los colores, las formas, las partes del cuerpo. “Pacum”, dice Alejandra cuando JimJam enseña sus zapatos. Un pacum es un zapato, obvio, aunque pacum en otro contexto también puede significar pato. Ella sabe. Sentada continúa Alejandra. Lleva dos episodios de más de 20 minutos cada uno, con mi mirada. Apenas se ha levantado para beber agua o para hacerme notar alguna ocurrencia de los cabezones. “Tin”, me ha repetido cuando Sunny agarró un calcetín. Tin, obvio, significa calcetín. Alejandra se levanta ahora para bailar, para balancearse sobre sus poderosas piernitas. Y es así, parada y en movimiento, cuando más se le ven las docenas de puntos rojos que se han apoderado de su cuello, una extraña reacción que ya está en tratamiento, con ungüentos y todo eso, y que es la que me está permitiendo disfrutar de mi hija esta mañana. Ahora me mira y me mata. Me mata. Se ha bajado de la sillita, tan liviana que ella la agarra y la mueve como si fuera una servilleta, y la quiere morder, y me mira primero con esos grandes ojos oscuros, como esperando que la reprenda. Es tan guapa… Se levanta, parece que el efecto de JimJam y Sunny comienza a disiparse. Probaré algo: me sentaré en el suelo, a un par de metros y le pediré que me dé un abracito. Luego les cuento.

[…]

Lo dicho: un orgullo extraño, difícil de explicar. Imposible.

Fotografía: Roberto Valencia

miércoles, 26 de enero de 2011

La pérdida de un amigo


Algo terrible ha ocurrido.

Hasta hace apenas unas semanas todo eran sonrisas y arrumacos entre los dos, pero ahora no. La relación de Alejandra con el indígena es de desconfianza, hasta de miedo me atrevería a decir. Él fue su primer amigo fuera de su círculo familiar. Los vi juntos docenas de veces, casi siempre en el pasillo de la casa. Él, hierático y meditabundo, de eterno gesto serio. Ella, todo lo contrario: sonriente y siempre dispuesta a acariciarle su prominente nariz.

—Mirá quién está ahí: tu amiguito –le decía yo a Alejandra cuando pasábamos junto a él, y ella estiraba risueña su brazo para poder sentirlo.

Pero ahora no. Desde hace unos días lo mira con recelo y ni siquiera quiere tocarlo. El brazo se le encoge cuando lo tiene cerca y rara es la vez que no le gira la cabeza. Pasó sin más, me consta, al menos sin que él hiciera nada que a mis ojos pudiera resultar ofensivo. Y temo que no haya marcha atrás. Alejandra aún no ha cumplido los 13 meses de vida, pero suena ya a cosa del pasado su amistad con el indígena con dos quetzales por penacho que cuelga de la pared.


Fotografía: Roberto Valencia

miércoles, 6 de octubre de 2010

El poder de una sílaba

Dentro de nada sucederá algo que lo compense todo, pero hasta ahora, aquí parado sin saber qué hacer en este supermercado, este ha sido un día denso y complicado. A ver, dormí poco y mal, mañaneé para llevar al trabajo a mi esposa y al kínder a Alejandra, regresé a casa, levanté parte de una entrevista infinita, hice el guión de un relato que tengo entre manos, fui un ratito al gimnasio, afeitado, ducha, almorcé deprisa porque tenía que salir, antes escribí los correos más urgentes que obliga el freelanseo, fui al Hospital de la Divina Providencia, hablé largo con una encantadora hermana carmelita, de ahí a Catedral metropolitana para ver el mausoleo del santo, casi me peleo con un tipo que me chocó por detrás el carro en la Juan Pablo, aproveché la luz del atardecer para tomar una fotos en el Centro Histórico, manejé de nuevo hacia Mejicanos por mi esposa y de ahí a Ayutuxtepeque, para luego los tres ir al súper –la tercera es Alejandra, nueve meses, que aún no habla pero que cuando le da por cantar no hay quien la calle–, llenar el carrito para la quincena, hacer cola en la caja y sufrir esos segundos eternos mientras la cajera pasa la compra y a uno no le dejan embolsarla porque ya hay un muchacho para eso.

En esas miro al fondo, y a unos diez metros veo a mi esposa, que no quiso hacer la cola, sentada en la repisa del escaparate, con una inquieta Alejandra en sus brazos. Doy un par de pasos y la miro, me mira, me identifica, esboza una sonrisa cholca y se anima:

—Pa, pa, pa, pa, pa, pa…

Un escalofrío muy profundo me recorre el cuerpo y se me viene el impulso reprimido del llanto, como si un dedo me apretara los ojos desde adentro. Luego me dirá mi esposa que ya se lo había escuchado, pero yo nunca, yo solo le había oído el ma, ma, ma, ma, ma, ma cuando quiere sus brazos, que son los que más extraña porque son los que más la cuidan. Uno se siente tan bien, tan raro, que no halla las palabras justas. Y el día denso y complicado se convierte en algo digno de ser recordado, para siempre.



Fotografía: Roberto Valencia

sábado, 26 de junio de 2010

Un buen día

Hoy debí haber pasado la mañana en los juzgados y la tarde escribiendo. Es lo que apalabré ayer con mi jefe, que está lejos, en Miami, y me dijo sí, intentá retratar al joven de 16 años que esta mañana llegó al Juzgado Tercero de Menores de San Salvador. Un angelito. Tiene 16 años, ¿ya lo dije? 16 añitos. Un niño. Yo tenía 16 en 1992. Recuerdo la Expo de Sevilla, las Olimpiadas de Barcelona con un cojito que lanzó una flecha al pebetero, una acampada con los amigos de Zaramaga en la que matamos sapos con un hacha junto a un río. Cosas de cipotes. Me recuerdo infantil, inmaduro, un crío. Y a este innombrable por ley, a este ambiguo Wilber G., a este joven de 16 años que hoy estuvo ante una jueza, lo acusan de participar en la quema de un microbús en Mejicanos, 16 muertes ya, más los heridos que están desfigurados y retorciéndose de dolor en el hospital, casi todos calcinados, consumidos por el fuego, derretidos como charamusca al sol, aunque unos pocos no, unos pocos lograron salir por la ventanas rotas para que los dispararan cuando caían. Y el angelito es del Barrio 18. De las maras. El jovencito que yo debía haber visto esta mañana es marero. Y en España se escandalizan cuando cada seis meses Los Ñetas y los Latin Kings se pelean con navajitas. Aquí a este lo acusan de homicidios agravados, daños agravados, agrupaciones ilícitas y homicidios agravados tentados en perjuicio de varias personas, de un microbús de la ruta 47 y de la paz pública. Y la jueza creyó que hay indicios, eso sí, sin fotos, porque es menor y tiene derechos, y lo mandó internar tres meses en un centro de readaptación de menores, en Ahuachapán, donde solo hay dieciocheros, como él, para que esté con los suyos, y quizá les cuente orgulloso la hazaña, a qué huele la carne quemada, la hombría de quemar vivas a 16 personas. En eso debí haber pasado la mañana yo, y la tarde, escribiéndolo.

Mas sin embargo.

Me quedé con mi hija, en casa, escribí a Miami y dije que no, que otro día, que hoy, con mi hija. Y Alejandra y yo reímos, cantamos, le di pacha, le cambié pámper, platicamos, sobre todo yo, tarareamos la cancioncita del anuncio que dice ♫Tú tienes un mensajiiito♫, vimos el partido de fútbol de Chile, reímos más. Porque uno de padre primerizo y solo en casa hace más tonteras. Porque los cinco meses de Alejandra dan para mucho.

Y resultó ser un buen día, como cantaban Los Planetas. Un día mejor.

Fotografía: Roberto Valencia
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