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lunes, 24 de septiembre de 2012

Sexto comunicado de la MS-13 y el Barrio 18

[Comunicado suscrito por las pandillas Mara Salvatrucha (MS-13) y Barrio 18, hecho público en la tarde del 24 de septiembre de 2012 en el patio principal de Cárcel de Mujeres, en el municipio de Ilopango. Al evento llegaron importantes palabreros de las dos principales pandillas, quienes leyeron el comunicado en presencia de representantes de distintas denominaciones religiosas]

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Los voceros nacionales de las pandillas MS-X3 y Barrio 18, en ocasión de encontrarnos celebrando este 24 de septiembre el Día Mundial de la Persona Privada de Libertad y 200 días de haber acordado entre nosotros suscribir un pacto de no agresión, al pueblo salvadoreño y demás pueblos del mundo hacemos saber:
  1. En este día 24 de septiembre, que se conmemora el Día de la Persona Privada de Libertad y los que profesan la fe católica también celebran el Día de la Virgen de la Merced, patrona de los privados de libertad, saludamos de manera efusiva a los más de 27,000 reos que conformamos la comunidad de internos salvadoreños, que nos encontramos recluidos en los centros penitenciarios, centros intermedios, centros de menores y bartolinas de la Policía Nacional Civil. Vaya para todos ellos un abrazo fraterno y la invitación a que todos cerremos filas en torno al proceso inédito e histórico que desde el 9 de marzo está en desarrollo en nuestro país por iniciativa nuestra y con el apoyo de los facilitadores: Monseñor Fabio Colindres y el escritor Raúl Mijango.
  2. Coincidentemente, este 24 de septiembre arribamos a 200 días de haberse pactado el cese de hostilidades entre miembros de nuestras dos pandillas, con el cual dimos inicio a un proceso de recuperación de la Paz Social, proceso que esperamos que al contar con el apoyo de toda la sociedad en sus múltiples expresiones, del Estado salvadoreño y con el apoyo de la comunidad internacional, se consolide, se vuelva irreversible y nos enrumbe por el sendero de la paz. A 200 días, nos enorgullece haber contribuido como parte de la solución a la disminución de la violencia en el país, provocando el derrumbe de las estadísticas de homicidios, de un promedio de 14 fallecidos a causa de violencia al día, a 5.5, que es la tasa promedio que en estos 200 días se ha mantenido, situación que ha permitido que un promedio de 1,712 vidas de salvadoreños se hayan salvado, ya que de haberse mantenido el promedio de 14, hoy tendríamos que estar lamentando su pérdida.
  3. Saludamos las declaraciones del señor presidente de la República, Licdo. Mauricio Funes Cartagena, al reconocer las virtudes de este proceso y tildar de mercenarios a todos aquellos que de manera maliciosa se han dado a la tarea de quererlo destruir, quienes incluso han tenido el descaro de subvalorar el significado que tiene la reducción de pérdidas de vidas humanas. Asimismo, reconocemos el sabio y valiente apoyo que el ministro de Justicia y Seguridad, general de división David Munguía Payés, ha manifestado junto a todo su gabinete de Seguridad en apoyo a este proceso, sin el cual no hubiese sido posible aperturar este hecho inédito e histórico.
  4. Agradecemos a la Organización de Estados Americanos (OEA) y principalmente a su secretario general, el señor José Miguel Insulza, por su valiente y decidida actuación al aceptar nuestra solicitud de convertirse en observador y garante de este proceso.
  5. Saludamos también el surgimiento de la Fundación Humanitaria, que por invitación del señor nuncio apostólico, Luigi Pezzuto, está integrando a prominentes y respetados miembros del sector empresarial del país, que se ha trazado como propósito contribuir desde el sector civil y privado a mejorar las condiciones de vida de los privados de libertad y trabajar por aperturar oportunidades de inserción laboral y productiva a la juventud salvadoreña, sin discriminar en dichos programas la participación de miembros de pandillas.
  6. Agradecemos con especial humildad las manifestaciones de apoyo que organismos internacionales de cooperación están ofreciendo a El Salvador para consolidar este proceso de pacificación.
  7. Nos llena de regocijo el tener conocimiento que iglesias de diferentes denominaciones con presencia en El Salvador se estén reuniendo y unificando su acción pastoral en apoyo a este proceso.
  8. Valoramos de incalculable forma que el proceso se vaya institucionalizando con la creación del Comité Técnico de Seguimiento, que integran por la OEA, el embajador Adam Blackwell; por la Fundación Humanitaria, el ingeniero Toni Cabrales; así como los facilitadores monseñor Fabio Colindres y Raúl Mijango, y que además cuenta ya con un enlace oficial del Gobierno de la República, y que para ello se haya nombrado al ministro de Justicia y Seguridad, general David Munguía Payés.
  9. Reconocemos como valioso que privados de libertad de origen común estén siendo parte de este proceso, y de manera particular saludamos la manifestación de voluntad de otros grupos de querer sumarse al mismo; a ellos les manifestamos que si quieren suscribir con nosotros un acuerdo de cese de hostilidades por el bien de El Salvador, estamos listos para ello.
  10. A los detractores del proceso, les agradecemos el papel de abogados del diablo que han decidido asumir; sus críticas, mentiras y distracciones han contribuido a legitimar el proceso.
  11. A los miembros de la PNC no les pedimos que dejen de hacer su trabajo, pero sí les invitamos a hacerlo de forma más profesional, no afectando a personas inocentes en sus operativos policiales. De igual forma, a los miembros de las FAES les pedimos no golpear con garrotes a nuestros miembros cuando les detengan, ni mucho menos que los agarren a balazos por el simple hecho de correrse cuando se percatan de su presencia. Ya hay varios lesionados y fallecidos por ese procedimiento.
  12. A los medios de comunicación, en especial a los periodistas, fotógrafos, camarógrafos y reporteros les agradecemos por haber contribuido con su trabajo a colocar nuestra situación como tema de debate nacional.
  13. Queremos expresar que estamos conscientes de que aún se experimentan formas de delito que agobian a la sociedad salvadoreña, como es el caso de las extorsiones. Aprovechamos la ocasión para hacer del conocimiento público que nos sentimos comprometidos a realizar nuestro mejor esfuerzo para reducir y erradicar este flagelo, mismo que esperamos con la ayuda de todos, involucrándose y abriendo oportunidades para todos los jóvenes, podamos superar en beneficio de todos los salvadoreños víctimas de esta práctica delictiva.
  14. A toda la sociedad salvadoreña le reafirmamos que si nos dan la oportunidad que les hemos solicitado, no les fallaremos, porque la palabra que comprometemos la honramos con nuestras vidas.
El Salvador, 24 de septiembre de 2012.

Fotografía: Roberto Valencia
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martes, 6 de marzo de 2012

El Spirit of Saint Louis en Ilopango


Con demasiados colochos para mi gusto, pero el diario La Prensa mañana se encargará de registrar para la eternidad que lo que va a ocurrir en los próximos minutos es algo realmente relevante para un paisito como El Salvador. “El coronel Carlos Lindbergh –así arrancará una extensa y detallada crónica–, el más formidable de los dominadores del aire, está desde ayer en nuestro país, y el Spirit of Saint Louis, el avión más célebre que hay en todo el mundo, reposa, tranquilamente, en el campo de Ilopango, bajo el cielo purísimo de nuestra patria”.

Sí, el Spirit of Saint Louis, aterrizará en unos minutos justo aquí, en el aeródromo de Ilopango; por eso la inusitada expectación. Hoy es el primer día de 1928, y el celebérrimo Lindbergh ha tenido a bien elegir El Salvador como escala en su viaje por Centroamérica, Colombia, Venezuela y el Caribe. No es poca cosa. A bordo de su avioneta, hace apenas siete meses se convirtió en el primer piloto en atravesar el océano Atlántico en solitario –un vuelo sin escalas de 33 horas y media entre Nueva York y París–, uno de los hitos inamovibles de la historia de la aviación. Su presencia en el país, para que pueda ser entendida por un salvadoreño de inicios del siglo XXI, sería comparable a que el Barça de Messi eligiera el Cuscatlán para un partido de pretemporada.

La mañana ha sido limpia en Ilopango. El Spirit of Saint Louis viene desde la Honduras Británica, desde Ciudad de Belice, y la excepcionalidad del evento ha traído hasta el campo de Ilopango al mismísimo presidente de la República, Pío Romero Bosque, y a buena parte de su gabinete.

Hace unos minutos, cuando un telégrafo ha confirmado que la avioneta había ingresado ya en territorio salvadoreño por Metapán, Munés y Bondanza, dos destacados aviadores salvadoreños, han despegado desde Ilopango con la idea de escoltarlo en sus últimos kilómetros, pero la mala fortuna ha hecho que bordearan el volcán de San Salvador por el lado contrario a Lindbergh, y no se han cruzado. Por eso ahora, cuando apenas pasan unos minutos de las 9 de la mañana, aparece a lo lejos la mítica avioneta, solitaria y arrogante.

El Spirit of Saint Louis aterriza suave como pluma, y ciento, miles de salvadoreños, lo reciben con una ovación.

De este peculiar primero de enero en El Salvador, supongo, se seguirá escribiendo en el futuro.


Fotografía: Jorge de Sojo

domingo, 31 de julio de 2011

Violación tumultuaria

Entró el primero de sus violadores. Nunca supo si era el palabrero o el cumpleañero. Se quitó la calzoneta, le ordenó tumbarse boca arriba y abrirse de piernas, y comenzó a violarla, a pelo, y Magaly lloró, con la cabeza volteada hasta casi desencajarla del cuello para intentar evitar los besos y las lengüetadas, y quizá pensó en la hora eterna y maldita que tenía por delante, una hora de dolor rabia sangre impotencia saliva asco tortura vergas resignación, resignación infinita ante lo que se asume como inevitable, cuando se ha conocido tanta mierda que una violación tumultuaria forma parte del guion, algo que puede pasar, que de hecho estuvo a punto de pasarle cuando tenía 10 años, la edad de Vanessa, cuando vivían en un mesón en Mejicanos, y un hombre aprovechaba las ausencias de su madre para tocarla y obligarla a tocarle a él, hasta que un día le mordió la mano, se defendió, aunque hacer algo así en la violación no era siquiera opción, moriría ahí mismo, la destazarían, porque el Barrio 18 viola destaza asesina descuartiza mata, y por eso no gritó, aunque sabía que estaba en una casa en un pasaje en una colonia populosa, a primera hora de la tarde, mientras los vecinos veían telenovelas o National Geographic, y Magaly llorando, y solo cuando se le disparaban los decibeles de su llanto, el violador le decía que callara, puta, que callara… hasta que él se fue y se fue, pero al poco vino uno; no, dos, y la violaron a la vez, sin importarles la sangre, y le decían: ponete así, hacele así… y entró un tercero con un teléfono, lo puso cerca de la boca de Magaly, y le dijo: ahora chillá, gemí, perra, que te oiga, y quizá en una cárcel salvadoreña alguien tirado sobre un catre se masturbaba con ese dolor, ese dolor interminable, porque al terminar uno, empezaba otro, y luego el otro, y luego el otro…

—Mirá –se encaró con el que creyó que era el sexto–, el que habló por teléfono dijo que solo iban a ser cinco y una hora.
—Pero él no está aquí ahorita –le respondió–, así que no estés pidiendo gustos. Abrite, pues.

Más llanto, más semen juvenil, y el dolor cada vez más agudo, y uno y otro y otro más, y dos al mismo tiempo, y tres, y vuelta, y vuelta, y hasta un grupito que se sentó en el suelo de la habitación, mirando, riendo, grabando y tomando fotos con el celular, jugando, violadores mareros pandilleros de 12 años –doce–, de 14, de 18… hasta que apareció uno al que le dio asco el sudor ajeno, la sangre, y pidió a Magaly que se fuera a bañar rápido, que bebiera un poco de agua, que dejara de llorar, uno que le preguntó si le estaba gustando la fiesta, y luego a empezar de nuevo, y a llorar de nuevo, el undécimo, o el octavo, o el decimocuarto... ¿cómo saberlo? Más de uno repitió, porque tiempo hubo para humillar un cuerpo hasta la saciedad, sodomizarlo vejarlo ultrajarlo malograrlo envejecerlo, marcarlo de por vida, y el hilito de sangre que no cesaba, y las lágrimas y los ojos rojos siempre acuosos hinchados resignados… hasta que al fin terminó, cuando todos, donde todos incluye a pandilleros y a aspirantes, se cansaron de penetrarla, de darle nalgadas, de montarla, y su dios, el dios al que le reza cada noche con sus hermanos, a saber dónde putas estaba ese día.

—Puya, mirá esta maldita cómo está sangrando –le dijo un pandillero a otro, riendo, mientras Magaly intentaba recomponerse–. Dan ganas de picarla, vos.
—Callate, vos, que nos vamos a echar un huevo encima. Además, ¿que no mirás que estaba virga la bicha?

Como pudo, Magaly se vistió y salió de la habitación. Eran las 4:30 de la tarde. La despedida fue una frase: si abrís la boca, iremos a tirar una granada en tu casa. Cojeaba y los ojos siempre acuosos hinchados resignados. Así la vio su hermana cuando salió del pasaje. Pero Vanessa es niña todavía, 10 años, se ve niña. Le reclamó de forma airada la interminable espera, y Magaly prefirió no decirle nada. Ahorita no me hablés que me duele mucho la cabeza, respondió. También le dijo que se había torcido un tobillo. Caminaron hasta la casa. Guille abrió la puerta. También él preguntó, más consciente a sus 12 años de lo que podía haber pasado, pero respetó las ganas de silencio de Magaly. Fue al baño. Se duchó largo, se restregó bien por el asco. Tomó un par de diazepam y se encerró en su cuarto, que no era suyo sino de los tres hermanos.

—Díganle a mi mamá que estoy enferma, que no vaya a molestar –fue lo último que dijo el día de la violación.

Le costó, pero al rato cayó profundamente dormida.


Fotografía: internet
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(Este es un fragmento de una crónica titulada Yo violada, que fue publicada el 23 de julio de 2011 en la sección Sala Negra del periódico digital salvadoreño El Faro)

lunes, 25 de julio de 2011

Es que no es lo que vos querrás

La mañana del día de la violación Magaly salió para comprar algo en la tienda. Era miércoles. Un grupo de pandilleros se le acercó, la rodearon y le dijeron que se preparara, que en la tarde la llamarían. Ese coro de voces infanto-adolescentes, casi todas conocidas, algunas de compañeros de aula, representaba la máxima autoridad en la colonia, el Barrio 18, y ella mejor que nadie sabía que, escuchada la sentencia, poco o nada se podía hacer. En las horas siguientes actuó como un condenado a muerte que asume con resignación su condición.

Magaly es una joven bien parecida. Salvo por su estatura –apenas supera el metro y medio–, está en las antípodas del estereotipo de una mujer salvadoreña. Su piel es lechosa; su cara, de facciones angulosas, con una nariz respingona pero bien conjuntada con su rostro; el pelo lo tiene oscuro, largo y liso, y le cubre una cicatriz en el cuero cabelludo del tamaño de un centavo, que le dejó un ácido que la cayó de niña. Está muy delgada, apenas supera las 90 libras, y no es para nada voluptuosa. La primera vez que la vi fue a mediados de marzo de 2010, durante una actividad del Ministerio de Educación que me llevó a Ilopango. Tenía que amarrar un contacto en la zona para el seguimiento, y ella fue la elegida. Nunca sospeché que esa joven menuda y dicharachera tuviera 19 años, condicionado quizá por el hecho de que estábamos en una escuela en la que solo se estudia hasta noveno grado.

La tarde del día de la violación Magaly llegó a esa escuela, como todos los días. Lo hizo poco antes de la 1 acompañada por Vanessa, su hermana pequeña. Se despidieron y cada quien entró en su aula. Hablando estaba con una amiga cuando un compañero de clases –un pandillero– se le acercó para entregarle un celular. Te llaman, le dijo.

—Ajá, ¿con que vos sos la puta que nos puso el dedo? –preguntó una voz sonora y amenazante–. Mirá, pues ahorita los homeboys se quieren dar el taco.
—¿Conmigo? ¿Y por qué?
— No te hagás la maje, que bien sabés. Vos los pateaste cuando se llevaron a la morrita aquella. Ellos te van a decir...
—Pero no tengo nada que hablar con ellos.

No dudó de que se trataba de la persona que desde la cárcel lleva palabra sobre los pandilleros de su colonia, de su escuela, pero se atrevió a interrumpir la llamada. El teléfono volvió a sonar de nuevo.

—¡No me volvás a colgar, peeeerra! Vos sabés lo que te va a pasar si no...
—Fíjese, pero yo no tengo nada que ver con ustedes –consumió Magaly su último suspiro de valentía–, así que deje de molestarme.
—Es que aquí no es lo que vos decís, sino lo que los homeboys dicen. Ahora mismo vas a ir a donde te lleven y vas a pasar una hora con cinco de ellos.
—Pero yo no puedo hacer eso, ando con mi hermana pequeña.
—Es que no es lo que vos querrás, es que lo tenés que hacer. Si no vas, van a ir a sacarte de la escuela.

Y colgó.

Magaly y su hermana Vanessa tienen una relación especial. Se llevan diez años, pero es evidente la complicidad cuando están juntas. En una ocasión Magaly me contó un incidente que tuvo con su pelo. Se lo quería alisar y, como a falta de dinero lo que toca es improvisar, pidió a Vanessa que usara una plancha para ropa y una toalla, sentada ella de espaldas a una mesa y con la cabellera extendida. No midieron bien los tiempos, y el pelo resintió ligeramente el exceso de calor. Mientras me lo contaba no paraba de reír.

Pese a esta relación, la de Magaly no es el mejor ejemplo de familia integrada. Cuando la violaron vivía en una casa diminuta con Vanessa, con Guille –el hermano, de 12 años–, con su madre y con el novio de ella, que salen al amanecer y regresan al anochecer. Pero cuando le pregunté por cuántos hermanos tenía, respondió que eran nueve en total, menores la mayoría, de diferentes padres y repartidos ahora en distintas casas, incluido uno que, recién nacido, su madre se lo regaló a un hermano, para que lo asentara como propio, y que ahora vive en Estados Unidos. Es la suerte que hubiese querido tener yo, me dijo un día Magaly. En otra ocasión le pregunté por su padre biológico. Creo que vive en San Martín, pero no lo veo, me respondió.

Magaly es casi como una madre para sus dos hermanos menores, sobre todo para Vanessa, y no parece sentirse incómoda en ese rol. Quizá por eso, cuando el día de la violación la voz amenazante le ordenó salir de la escuela, lo primero que hizo fue pensar en ella. No la podía dejar sola.

Salieron las dos de la escuela, y afuera había un grupito de pandilleros que comenzaron a caminar delante. Al llegar al pasaje donde estaba la destroyer, la casa que usan como punto de reunión, le dijeron que Vanessa no podía llegar y, con toda la naturalidad del mundo, le pidieron que la cuidaría la hermana de uno de los pandilleros. Magaly le dejó su celular, y ahí se separaron. No tuvo que recorrer mucho más para llegar a la casa. Eran pocos los pandilleros cuando entró, cuatro o cinco, pero casi todos rostros conocidos, casi todos más jóvenes, compañeros de la escuela algunos. Le indicaron un cuarto: “Metete ahí y quitate la ropa, que ya vamos a llegar”.

En la habitación no había nadie, solo un colchón grande tirado en el suelo, sin sábanas. Ella misma se desvistió. Se quitó los tenis blancos con dibujitos de calaveras que calzaba, los calcetines, la blusa verde, la camiseta de algodón, los jeans y el calzón. Todo lo amontonó en una esquina. Se sentó en el colchón y se acurrucó. Magaly no es de las que se congrega con asiduidad pero sí es creyente, lee la Biblia con sus hermanos antes de dormir, y quizá en ese momento pensó en su dios. “Yo seguido hablo con él, porque sé que me oye y me entiende”, me dijo en otra ocasión. Al menos esta vez a su dios le valió madre su suerte. Al poco entró el primero de sus violadores.

Fotografía: internet
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(Este es un fragmento de una crónica titulada Yo violada, que fue publicada el 23 de julio de 2011 en la sección Sala Negra del periódico digital salvadoreño El Faro)

martes, 27 de abril de 2010

A los militares tampoco les gustan los aretes

El militar que con cortesía me ha indicado dónde y cómo parquear está ahora, cuando quiero bajar del carro, tan cerca de la puerta que lo golpearía si abriera con fuerza. Intimida. No es muy alto ni corpulento, pero carga un fusil de asalto M-16 y tiene la cabeza surcada por profundas cicatrices, como si el Zorro hubiera ensayado en su rostro. Supera con holgura los 40 años. Su piel está tan quemada que hace ver más blancos sus dientes. Su mirada, poderosa, la usa como su fuera un arma más. El resultado es una cara amenazante, de pocos amigos. Hoy es miércoles y es marzo, y esto es el Aeropuerto Militar de Ilopango. Es casi mediodía. Hace caliente.

—Se me quita los aretes, por favor…

¿Otra vez?, pienso. Hace medio año me sucedió lo mismo. Fue cuando quise ingresar en Zacatraz, el Centro Penitenciario de Seguridad Zacatecoluca. El mismo calor, el mismo M-16 al hombro y la misma cara de pocos amigos, pero aquella vez enfundada en un uniforme gris de la Dirección de Centros Penales. Entonces opté por quitarme los dos aretes que siempre cargo en mi oreja izquierda. La entrevista que llegaba a hacer en esa cárcel era demasiado importante como para arriesgarla por una tozudez. Pero hoy no es la misma situación. A Ilopango me ha traído la llegada de un avión de la Fuerza Aérea estadounidense, uno de esos que se meten en los huracanes para verificar qué tan fea está la situación, una cobertura lo suficientemente prescindible como para tantear hasta dónde es capaz de llegar el soldado.

—Se me quita los aretes, por favor, con aretes no se puede ingresar.
—¿Quién lo dice?
—Son disposiciones…

Disposiciones. Y ya. Nunca me dejará de sorprender la capacidad argumentativa que puede llegar a tener un militar. Se basa en el esto es así porque yo lo digo o porque un superior me ha dicho que lo diga.

—¿Disposiciones? –pregunto–. Pero en todo caso, supongo, serán de aplicación para ustedes, no para las visitas.
—Son disposiciones para todo el personal que ingresa.
—Pues a ver cómo lo arreglamos, porque no pienso quitármelos. Si quiere, llame a algún superior para ver qué decide él.

El soldado calla y, consciente de que el avión cazahuracanes hace ya un buen rato que aterrizó, acepta la derrota con dignidad, me deja entrar y hasta dulcifica tantito su tono de voz.

—Le voy a dejar pasar, pero las disposiciones están para cumplirse.


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