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jueves, 15 de junio de 2017

“No permitan que nadie les diga que ustedes no son inteligentes”

Alejandra SanIsidro - 580

—En mi familia nunca nadie había ido a la universidad –dice Alejandra.

Ir a la universidad en El Salvador es privilegio, uno de esos zanjones que dividen la sociedad entre los que pueden –aunque opten por no hacerlo– y los que no; sí, es cierto que la Constitución dice que el derecho a la educación es inherente a la persona humana, pero también es cierto que del dicho al hecho hay un trecho, y la sociedad que los salvadoreños hemos moldeado tras casi dos siglos de independencia es excluyente y desigual y clasista, una sociedad en la que la universidad es opción real solo para los hijos de determinados estratos sociales, y no lo es para los hijos de los estratos desfavorecidos; claro que hay excepciones y algunas becas para los bachilleres pobres sobresalientes, pero solo un estúpido defendería que tienen las mismas posibilidades de ir a la universidad un niño criado en la residencial Vía del Mar o en la colonia Escalón que una niña criada en el cantón Azacualpa, como es el caso de María Alejandra Martínez, la Alejandra que dice que es la primera de su árbol genealógico, nacida en 1998, en octubre, y que ahora cursa tercer ciclo de la Licenciatura en Gerencia Informática de la Universidad Pedagógica, siendo ella de Panchimalco, del área rural de Panchimalco, de un lugar que está a apenas 17 kilómetros en línea recta de Catedral metropolitana, pero tan olvidado y aislado y abandonado que Alejandra necesita tres horas y tres buses para salir, y otros tres y tres para regresar.

—A veces no me dan ganas de levantarme, pero mi abue me dice: “Hija, tenés que ir a estudiar”. Otras veces son mis hermanos los que me animan: “Tenés que hacer la tareas”. Y todo eso como que me da más fuerzas, más ganas –dice Alejandra.

El año pasado era peor la madrugadera, pero en este ciclo las clases comienzan a las 8, y a Alejandra le basta con poner el despertador a las 4 para llegar a tiempo; cuando se es pobre, juntar dinero y tiempo y ganas para superarse es complicado si se vive en el bajomundo de Mejicanos o de San Miguel o de Lourdes, pero todo se complica cuando se vive en lugares como el cantón Azacualpa, porque Alejandra tiene que salir de la casa a las 4:40 a.m. para agarrar el bus que a cambio de $0.60 y una hora por una calle infernal la deja en el casco urbano de Panchimalco, luego tiene que tomar una Coaster de la Ruta 17 que por $0.35 la lleva en media hora hasta el Centro Histórico de San Salvador, y más luego toma, por otros $0.20, cualquier bus de las rutas 11 o 9 o 3, que la acercan hasta la Universidad Pedagógica, por la colonia Médica de San Salvador; un viaje que con los tiempos perdidos entre bus y bus le supone casi las tres horas y $1.15, y otro tanto para regresar al cantón, y así cada día.

—Cuando me desanimo, pienso en mi abue, en mis hermanos, en mi mamá… en todo el esfuerzo que ellos están haciendo, y eso como que me da fuerzas para seguir –dice Alejandra.

Alejandra estudió en Azacualpa hasta que el cantón se le quedó pequeño, en noveno grado, y luego se fue al cantón San Isidro, el único centro de la zona donde se estudia bachillerato; ahí tuvo la tercera mejor nota de su grado, pero el Complejo Educativo Cantón San Isidro es público y es rural, y año tras año la Prueba de Aprendizaje y Aptitudes para Egresados de Educación Media (PAES) evidencia la desigualdad del sistema educativo salvadoreño, y los centros públicos y rurales promedian notas notablemente inferiores a las de los privados y urbanos; Alejandra no llegó al seis en la PAES cuando era una joven de ochos y nueves, y eso la desanimó a presentarse a las pruebas de ingreso en la Universidad de El Salvador, la pública, pero no a seguir estudiando, gracias primero al decidido apoyo de su abue y de sus hermanos y de su madre –apoyo familiar entusiasta muy poco habitual–, y gracias también a una beca gestionada por la Fundación Forever, una oenegé que canaliza sinergias y aportes económicos de distintos sectores para que jóvenes como Alejandra, nacida y criada en un contexto asfixiante, tenga una oportunidad real –real– de superarse, para beneficio de ella y para beneficio de la sociedad de la que forma parte.

—No permitan que nadie, absolutamente nadie, les diga que ustedes no son inteligentes –dice Alejandra a los jóvenes que este año se graduarán de bachiller en San Isidro.
En ese centro ignoto del área rural salvadoreña se han multiplicado –y no es licencia literaria– los que quieren seguir los pasos de Alejandra.

martes, 1 de noviembre de 2016

Quijote en El Salvador


Este texto es un fragmento de un perfil de más de 7,000 palabras de Alejandro Gutman, presidente de la Fundación Forever, oenegé que desde el año 2004 trabaja en comunidades empobrecidas de El Salvador. La semblanza, que lleva por título ‘Quijote Gutman’ forma parte del libro digital ‘ Pequeñas batallas, grandes historias’, publicado en abril de 2016.
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Alejandro Gutman eligió El Salvador.

No fue así nomás. Cuando en el año 2003 se animó a crear Fútbol Forever –oenegé que con los años fue rebautizada como Forever–, su reputación y sus contactos le valieron el patrocinio de la FIFA, y el programa se implementó primero en Zambia y en Sudáfrica. Fueron los años de la ambición, cuando Gutman quizá creyó que podía cambiar el mundo entero. El aterrizaje de la fundación en El Salvador también fue a lo grande, con proyectos en municipios repartidos por todo el territorio, con pláticas muy maduras para exportarlo a Honduras. Pero aquello duró pocos años. 

Gutman_09 - 580

Cuando el chorro de la FIFA se cortó, Fútbol Forever se centró en El Salvador; y cuando sucedió lo mismo con el apoyo inicial del Gobierno salvadoreño, la fundación adelgazó hasta el raquitismo, con una plantilla decreciente hasta que bastó una mano para enumerar a los empleados, el voluntariado como sostén principal, y con un sector del municipio de Soyapango –en el área metropolitana de la capital– como único ámbito geográfico de acción.

Pero fue en esas circunstancias cuando Gutman más se aferró a la idea de transformar una sociedad. Y no cualquier sociedad.

Con una tasa de 49 homicidios por cada 100.000 habitantes –la ONU establece que a partir de 10 un territorio sufre una “epidemia de violencia”–, El Salvador ya era en 2004 un país pobre, desigual y violento. La violencia impregna de forma transversal toda la sociedad, pero su expresión más visible y cruel son las pandillas o maras, un fenómeno que afecta sobremanera a la mitad más empobrecida, y que por su repercusión internacional se ha convertido casi en una seña de identidad nacional.

Por las zonas en las que comenzó a trabajar, y por su manifiesto deseo de conocer en primera persona la problemática que trata de corregir, a Gutman le tocó conocer el nacimiento de las políticas gubernamentales represivas –el manodurismo– y la consecuente radicalización del fenómeno de las maras.

“Hoy está de moda la violencia de las pandillas, como si fuera la única violencia que existe en el país; pero ayer fue la guerra; y mañana, ¿quién sabe? La violencia en El Salvador no es casualidad. Y si hoy acabaran con las maras, surgiría otra forma de violencia”, dice Gutman en un discurso que no le ayuda a hacer amigos en El Salvador.

El Salvador, según los datos oficiales presentados en 2015, es esto: analfabetismo del 11 %; escolaridad promedio inferior a los siete años; salario promedio de 298 dólares; 16 % de viviendas sin energía eléctrica; 23 % sin agua potable por cañería; la recogida de la basura es un privilegio reservado para el 51 % de la población; 32 % de hogares en pobreza; 8 % en pobreza extrema; 26 % de jóvenes entre 15 y 24 años que ni estudia ni trabaja.

Pero ninguna cifra tan perturbadora como la de la violencia. En 2015, un promedio de 18 personas asesinadas cada día en un país de 6.4 millones. La tasa de homicidios se disparó a 103 por cada 100.000 habitantes. Una comparación fulminante: para que España, por ejemplo, tuviera la misma tasa que El Salvador, tendrían que cometerse más de 47.000 asesinatos, cuando raro es que en un año se alcancen los 350.
Gutman eligió para su quijotada al país más violento del mundo.

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Conchagua es un pueblo de 45.000 habitantes, y en 2014 se cometieron más asesinatos que en Noruega. Aun así, no es uno de los lugares más afectados por la violencia en El Salvador.

En Conchagua solo existen dos centros públicos en los que se imparte educación secundaria. El Complejo Educativo Mario Gómez es el céntrico; un recinto digno, con un poderoso portón metálico por entrada, un muro de tres metros pintado de azul y blanco y coronado con vidrios rotos, y un patio amplio cubierto por una gran estructura de láminas para resguardarse del sol y de las tormentas del Trópico. A un costado se erige una tarima, cubierta también, en la que Gutman está tratando, desde hace una media hora, de sintetizar qué es y cómo funciona la Fundación Forever.  Salpica sus palabras con chistes, analogías y arranques de espontaneidad, ante cientos de alumnos uniformados, un par de docenas de profesores y algún que otro burócrata regional del ministerio.

Gutman aparece con cierta asiduidad en la televisión, y una visita a Conchagua de alguien así resulta todo un acontecimiento. Muy a su pesar, el evento ha devenido protocolario y lleno de discursos y gestos tan bienintencionados como estériles. Incluso imprimieron un gran cartel con el detalle de sus muñecas recubiertas con pulseras: ‘Bienvenido a Conchagua, don Alejandro Gutman’.

“Nosotros –dice, micrófono en mano– no somos la típica fundación que reparte tres becas a los tres que se sacan diez, porque ¿saben qué sucede? Si se gradúan 150 y damos tres becas, ¿qué hacemos con los otros 147?”

La receta Gutman para transformar la sociedad pasa por el ingreso de miles de estudiantes de comunidades empobrecidas en las universidades. Miles. Cada año.

“Transitar por las universidades –dice a los jóvenes de Conchagua– abre muchas puertas, y abre una que es la más importante: la puerta de la cabeza, la de los sentimientos, que ustedes conozcan y reconozcan todos esos ámbitos, y que esos ámbitos y esas empresas los reconozcan a ustedes. Es un ida y vuelta”.

La salvadoreña es una sociedad no solo desigual y empobrecida, también clasista. Si la propuesta de Gutman sería revolucionaria, utópica, quijotesca en cualquier latitud, lo es más en un país como El Salvador.

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El libro ‘Pequeñas batallas, grandes historias’, del que forma parte el perfil de Alejandro Gutman puede adquirirse en este enlace de la plataforma Amazon. De momento, solo está disponible en formato digital.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Estrategias de venta (lástima)


El bus va medio vacío, lo habitual un lunes a las nueve y cuarto de la mañana. Yo lo he abordado hace un par de paradas, en la que está frente al mercado de las pulgas del bulevar de Los Héroes, y me he sentado en la parte trasera, cerca de la salida. Una manía que tiene razón de ser: cuando una de estas unidades va llena, se hacinan ochenta o noventa personas. Más de una vez tuve que resignarme y renunciar a bajar donde me correspondía porque una infranqueable muralla humana me separaba de la puerta de salida. Pero ahora, reitero, el bus va medio vacío, nadie parado en el pasillo. Al llegar a la parada de Metrocentro, la ubicada frente al Intercontinental, suben primero dosquetrés personas que pagan el pasaje y rápido ocupan un asiento; luego, el último, y después de rogarle al conductor, el Niño se arrastra pecho al suelo bajo el torno, con la maestría de quien lo ha hecho cientos de veces. 

En San Salvador, la capital de El Salvador, el transporte urbano lo gestionan empresarios o cooperativas. El Estado establece unas reglas mínimas –algunas se incumplen sistemáticamente–, concesiona las rutas, y luego, salvo escándalo mayúsculo, se limita a mirar el partido desde la grada. El resultado es un sistema de transportes caótico pero sorprendentemente efectivo. Caótico porque circulan verdaderas chatarras y porque el usuario es tratado como una mercancía. Y efectivo porque, mal que bien, cumple la función que le interesa al establishment: que cientos de miles de salvadoreños vayan cada día de la casa al trabajo y del trabajo a la casa por un precio módico: $0.20 o €0.15 por trayecto. El cómo apenas importa porque los buses son para el bajomundo, para ese 60-70% de la población que no puede elegir cómo movilizarse. Es una generalización y como tal encerrará sus excepciones, pero los buses urbanos los usan solo las personas cuyos hijos estudian en escuelas públicas y cuyos padres mueren en hospitales públicos. Porque en El Salvador parece que llevan años esforzándose –y lo han logrado– por dar a lo público una connotación de deficiente y caótico. Y el clasismo tan presente en la sociedad hace que en la conciencia colectiva ir al médico privado, tener a los hijos en colegios privados y tener un vehículo propio que permita alejarse de la chusma que va en los buses se interpreten como inequívocos síntomas de éxito social. 

Decía que el Niño acaba de subir en la parada de Metrocentro. En principio, esto no es nada extraño en Centroamérica. Cuando se pasa media hora dentro de un bus, lo raro es que no irrumpa un vendedor de caramelos-chocolatinas-agua-bolígrafos-y/o-llaveros, o un payaso triste, o un predicador-guitarrista-cantante pedigüeño, o un enfermo terminal, o un recién excarcelado o un ladrón con una .38 en la cintura. En este viejo Bluebird de la Ruta 44 ha subido el Niño. 

Tendrá unos 12 años. Su piel está requemada por el sol del Trópico. Viste sucio: una camisola verde militar y chores negros, y calza de esos zapatos playeros de plástico agujereados que tan de moda se han puesto en los últimos años. Pero lo que más singulariza al Niño es su mirada perdida, infiero que por el efecto de tanta pega olida. El Niño tiene la mirada de haber sido ya derrotado por la vida. Después de haberse arrastrado bajo el torno, ha recorrido el pasillo y ha querido entregar un papelito a cada pasajero. La mayoría ni siquiera se lo ha aceptado. Ni siquiera se ha atrevido a mirarlo. 

En el papelito, este texto: “POR ESTE MEDIO LES QUIERO SOLICITAR SU COLABORACIÓN PARA COMPRAR ALIMENTOS PARA MI FAMILIA. PUES SOMO DE ESCASOS RECURSOS. ¡!MUCHAS GRACIAS!!” 

Una joven esbelta y bella de unos 18 años, y que intuyo estudiante universitaria por los cuadernos que carga y porque este bus va rumbo a la Universidad Centroamericana, da cinco centavos al Niño. Otro pasajero sentado en la fila de atrás le entrega treinta centavos. Con esos $0.35 podría comprarse una pupusa. 

El Niño se baja antes de llegar al Monumento al Hermano Lejano, en una parada que hay poco después de la residencial Brisas de San Francisco. Yo aguanto un par de paradas más, hasta el Árbol de la Paz. Al bajar, pulso el botón REC de la grabadora digital que intento llevar siempre encima, y todo lo que acabo de ver termina convertido en un archivo de audio.
Pasará casi medio año hasta que lo escuche. Lo haré en la biblioteca pública del barrio de Zaramaga, en Vitoria-Gasteiz, en la opulenta Europa. Allá, en el primermundismo, parecen no percatarse entre tanto autofustigamiento impostado, pero los niños de 12 años todavía juegan. 

Fotografía Roberto Valencia
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(Este texto se publicó primero el 31 de octubre de 2013 en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, bajo el título "El Niño sucio, la sucia sociedad")

miércoles, 21 de agosto de 2013

Un gin-tonic en Ibiza para digerir la crisis


He vivido más de 11 años en El Salvador, un pequeño país centroamericano que ocupa el puesto 107 en el Índice de Desarrollo Humano que cada año elabora el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD); hay pues 106 países con mayor “desarrollo humano” que El Salvador (entre ellos España, obvio, que ocupa el puesto 23), pero también hay 79 en los que ‒en un análisis estrictamente estadístico‒ el “desarrollo humano” es inferior al que disfrutan-sufren los salvadoreños. 

El Gobierno elabora cada año la llamada Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples. La más reciente se presentó en mayo, y comparto aquí algunos datos, para dimensionar qué supone eso de ser el 107 del listado del PNUD: 17% de casas sin energía eléctrica; 24% sin servicio de agua por cañería; 64% de la población menor de 30 años; 12% de analfabetismo entre los mayores de 10 años, con una proporción de dos mujeres analfabetas por cada hombre; 4 años de escolaridad promedio entre los hombres del área rural y 3 años entre las mujeres; 37% de la población económicamente activa desempleada o subempleada; 191,000 niños trabajan en un país de poco más de 6 millones de habitantes; un salario de $507 dólares (€384) al mes, el promedio nacional, porque para quienes se desviven en la agricultura y en la ganadería el salario mensual es de $137 (€104), en un país en el que comprar en el supermercado un litro de leche cuesta $1.40 (€1.06), y una lata de cerveza nacional, $0.70 (€0.53). 

El 34% de los salvadoreños vive en condición de pobreza, pero pobreza de verdad, no la que se deduce de los informes que los europeos crean para medir el mayor o menor poder adquisitivo de los europeos. 

Decía que he vivido más de 11 años en un país en crisis perpetua, pero en todo ese tiempo no escuché tantos lamentos como los escuchados en los seis meses que llevo en Vitoria-Gasteiz, en Europa. Claro, la mayoría son lamentos que se dicen entre pintxo y pintxo, entre un crianza y otro, en terracitas, lamentos que se redactan desde un Mac, se escriben en tabletas o se ven por pantallaplana. Son lamentos primermundistas por una crisis primermundista, como si afuera no hubiera nadie más, como si al sur del Mediterráneo solo existiera la nada, como si Finisterre en verdad fuera el fin de la tierra. 

El pasado 24 de julio, cuando acompañé a mi esposa a las oficinas centrales de Lanbide (el INEM vasco, una de las muchas tetas del Estado de bienestar) en Vitoria-Gasteiz, las ubicadas junto al Hospital de Txagorritxu, en la puerta de entrada se encontraron dos amigos, de unos 25 años ambos, de camisas veraniegas de tirantes y con tatuajes de motivos tribales en sus musculosos brazos. Se saludaron efusivamente, se dijeron que venían a renovar los salarios que el Estado les da por estar desempleados, y remataron con una corta conversación, más o menos esta: 

—Te ves bien moreno... ‒uno al otro.
—Y lo que me falta ‒le respondió, una risa velada sobre cada una de las sílabas‒. La semana que viene me voy a Ibiza con unos colegas. 

Dos jóvenes parados que con sus ayudas estatales por desempleo se escapan de vacaciones a Ibiza, la isla turística por excelencia de todo el mar Mediterráneo, donde cada gin-tonic cuesta ¿8 euros, 10? Seguramente más. 

Es evidente que hay crisis en las españas, una profunda crisis de valores. 

 
Fotografía: internet

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(Este texto se publicó primero el 9 de agosto de 2013 en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, también bajo el título "Un gin-tonic en Ibiza para digerir la crisis")

jueves, 21 de febrero de 2013

Usted, europeo, es un privilegiado (y yo también)


Creo que no haré muchos amigos con este artículo, pero quizá de eso se trata. 

Esta semana cayó sobre Vitoria-Gasteiz, la capital del País Vasco, una nevada como Dios manda, diría un creyente. Han pasado cinco días ya, y aún se ven montículos blancos desperdigados en las aceras, en los parques. Esta es la ciudad en la que nací, pero los últimos 11 años los he vivido en El Salvador, donde la nieve es quimera, y he de confesar que esta nevada me excitó. La disfruté tanto, entre otras cosas, porque veía cuajar la nieve desde la ventana de la vivienda de mi madre, una gran mujer que vive con una pensión de viudedad de 600 euros mensuales, unos 800 dólares. Me acordé de San Salvador, donde raro es que el termómetro baje de los 18ºC en cualquier época del año, y divagué sobre el desastre humanitario que supondría que nevara en Centroamérica, una de las regiones más pobres, desiguales y violentas del mundo. Un lugar en el que la miseria te entra por los ojos y por las narices.

Comparto estos pensamientos como preámbulo para hablar tantito sobre la pobreza, una palabra densa, pero que me late y que es de esas que, de tanto mangonearse, se ha devaluado, ha terminado por no decir nada, o muy poco. ¿Qué es ser pobre? De lo escrito en el párrafo anterior un lector madrileño habrá pensado que mi pobre madre las pasará canutas con la pensión mínima; y un lector salvadoreño promedio habrá creído que qué afortunada por el simple hecho de tener pensión y por ganar, sin mover un dedo, lo mismo que ganan cuatro obreras de una fábrica textil en El Salvador.

Por más que se hable de umbrales y de líneas de pobreza, la pobreza es ofensivamente relativa.

Desde la última vez que estuve a este lado del Atlántico, hace más de dos años, se ha generalizado el uso de palabras como desahucio, exclusión, desigualdad, recortes, pobreza. Nadie va a discutir que hay más personas en paro o que se ha reducido el poder adquisitivo, pero de ahí a querer venderse como un pueblo que está sufriendo un genocidio financiero –como claman algunos, sin percatarse de la estupidez– hay un trecho.

Son tiempos de crisis, sí, pero resulta incómodo escuchar algunos lamentos interminables de españoles-vascos-catalanes, no por faltos de razón, sino por desubicados y hasta ofensivos si se toma como marco la humanidad en su conjunto. No callar ante los recortes o ante los banqueros políticos oligarcas está bien, siempre lo estará, pero creo que la mayoría se queja desde la ignorancia. A veces suena como si los europeos –y los gringos, los primermundistas en general, también los primermundistas que viven en los países tercermundistas– fueran merecedores de una versión de la Declaración Universal de los Derechos Humanos con más derechos.

La doble vara de medir, que toleremos distintos grados de pobreza en función del pasaporte, está incluso institucionalizada. Para Europa hay pobres europeos y pobres de verdad. Con la que está cayendo más allá del Mediterráneo, con cientos de millones de personas que literalmente no tienen garantizados el agua potable o los tres tiempos de comida, Bruselas tiene su propia escala para medir la pobreza, en la que no tener carro o lavadora, o no poder pagarse al menos una semana de vacaciones al año son ítems que indican Privación Material Severa (PMV). Así, claro, surgen pobres hasta de debajo de las piedras.

Esto es una generalización –y una provocación–: en las Españas, por fortuna, no se conoce la pobreza, la Pobreza de verdad, la míseramiseria, por más que algunos se esfuercen por identificarla en cada esquina. Y doy un paso más: las personas y familias que sí conocen la Pobreza, que seguro que las hay, son aquellas cuyos lamentos menos se escuchan.

Quizá por eso, cuando uno ha visto y olido la míseramiseria, la de verdad, la de allá abajo, resulta incómodo escuchar que son inaceptables menos de €30.000 anuales si se tienen doscarrerastresmaster. Resulta incómodo oír día y noche pestes sobre unos sistemas públicos de salud y educación que son más dignos que el sistema privado salvadoreño. Resulta incómodo leer a una colega desahuciada que ejemplifica el súmmun de la pobreza con no tener para pagar el recibo del gas un mes. Resulta incómodo que las discusiones sobre lo mal que estamos se den mientras se brinda con cubatas a 7 euros. Y, quizá lo más desconcertante de todo, resulta incómodo saberse parte de toda esa vorágine, aquí y allá.

Porque el vivir desubicado no es un cuestión de pasaportes. Y va otra generalización: en El Salvador hay también un sector de la sociedad –los que convivimos con facebook, pizzahut, stabucks, ronzacapas, americanairlines– al que poco o nada nos importan los que sufren la míseramiseria, con el agravante de que vivimos rodeados por ella. La podemos oler.

En cierta medida creo que me resulta incómodo saberme parte de los privilegiados, y solo me consuela parcialmente la idea de que este oficio me ha permitido estar consciente. Porque cuando uno habla hoy día con españoles-vascos-catalanes sobre la crisis primermundista que atraviesa el país, rápido se da cuenta de que son pocos los que siquiera sospechan lo que pasa ahí abajo.

¿Y este estúpido qué dice? ¿Y este de qué va?, estará pensando ya más de uno. Lo que quiere es legitimar el desmantelamiento del Estado de bienestar… Este está dando la razón al bancomundial efeemeí políticosdemierda banquerosdemierda, a los que provocaron esta crisis…

Nada que ver, al contrario, pero si usted piensa eso, es absurdo que trate de convercerle. De hecho, no estoy tratando de convencer a nadie de nada. Estos párrafos tediosos son poco más que un desahogo, un intento por explicitar una obviedad: que usted y yo, por el simple hecho de estar interactuando a través de una computadora, estamos en el bando de los privilegiados de la humanidad. Y si usted cree que está mal, solo intente imaginar cómo estarán los que realmente lo están. 

Imagen: internet

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(Este texto se publicó primero en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, también bajo el título "Usted es un privilegiado")

jueves, 17 de enero de 2013

Bajar al bajomundo


Estoy terminando de transcribir unas 40 horas de entrevistas con la protagonista de un perfil que espero haber finalizado antes de marzo. La historia transcurre en mi país, El Salvador, y contará sobre la madre de un marero, un integrante de la pandilla Barrio 18 condenado por varios homicidios, un asesino. Comencé a reunirme con ella en abril de 2012, y lo he estado haciendo en distintos lugares y ambientes hasta hace apenas unos días, con la idea de lograr la intimidad y la confianza que me permitan retratar cómo una madre vive el hecho de que el fruto de su vientre sea engullido por el fenómeno de las maras.


Los días previos al parto de una crónica de largo aliento son siempre de vértigo y ansias desmedidas, y en esta ocasión además se suma una inquietud: ¿merece la pena invertir diez meses para contar la historia de un personaje así, miserablemente anónimo, del que ni siquiera podré decir su nombre ni dar datos que faciliten su identificación porque sería condenarla a muerte? ¿En verdad merece la pena esa inversión?


Quiero creer que sí.


Lo escribió Martín Caparrós hace un puñado de años: “El periodismo de actualidad mira al poder. El que no es rico o famoso o rico y famoso o tetona o futbolista tiene, para salir en los papeles, la única opción de la catástrofe: distintas formas de la muerte. Sin desastre, la mayoría de la población no puede –no debe– ser noticia. (…) La crónica se rebela contra eso cuando intenta mostrar, en sus historias, las vidas de todos, la de cualquiera”.


Tetonas y futbolistas –y políticos– son también materia prima para la crónica, pero de alguna manera los cronistas (sobre todo en América Latina, España en este tema viaja en vagón de cola) nos hemos esforzado en dar la razón a Caparrós. La pobreza, la excentricidad, la violencia y la marginalidad han sido durante la última década los puntos cardinales del género. Hay voces y plumas respetadas que van por libre, pero en términos generales el periodista-cronista latinoamericano sigue prefiriendo a sicarios, migrantes, antihéroes, desahuciados, pandilleros, viejas glorias del deporte hundidas en el anonimato, niños desnutridos, supervivientes… Eso sí: es algo más complejo que solo elegir. El resultado variará en función de cómo es nuestro acercamiento.


Una clave para el éxito la propuso el siempre polémico maestro Ryszard Kapuściński: “Es un error escribir sobre alguien con quien no se ha compartido al menos un tramo de su vida”. Y es que no son pocos los periodistas que incursionan en lo que con cariño yo he convenido en llamar el bajomundo, pero la mayoría de las veces son visitas cuasi turísticas, incursiones para edulcorar nomás la información generada en los despachos –de un ministro o de una oenegé– y tranquilizar tantito la conciencia.


Soy de los que cree que no hay temáticas buenas ni malas per se, que escribir sobre las condiciones de vida de los sepultureros es tan digno como hacerlo sobre un caso de corrupción que involucre a la realeza. Lo realmente importante, sobre todo en esta época de turbulencias para el gremio, siempre será aferrarse a las esencias, que en el caso que nos ocupa –la crónica– son el reporteo exhaustivo hasta la exasperación, apoyado en buenas técnicas para exprimir escenas y personajes, y rebuscarse luego por hallar la manera más brillante para ordenar, dar coherencia y narrar lo reporteado.


Para eso se necesita tiempo y un medio que te comprenda, pero más importante aún es el deseo de no dejarse atrapar por las devastadoras dinámicas del sistema.


Yo me sé un afortunado. En los últimos dos años he tenido la suerte de trabajar para Sala Negra, un proyecto periodístico de un modesto periódico digital salvadoreño llamado El Faro. Con la crónica como herramienta de trabajo, hemos tratado de abordar el fenómeno de la violencia en la región más violenta del mundo, Centroamérica, quizá también la más desigual. Esto es lo que me llevó a interesarme por la abnegada madre de un pandillero encarcelado, y antes por un muchacho torturado por dos agentes de la Policía, y más antes por una joven violada por una veintena de mareros.


Creo que lo que me mueve es que nos conozcamos un poco mejor.


La salvadoreña es una sociedad fracturada y desigual: hay una amplia mayoría de desarraigados que se limitan a subsistir; hay una franja en torno al 20-30% de la población que podríamos llamar la clase media (con acceso a internet, a la sanidad y a la educación privadas, con vacaciones); y hay una elite con un poder adquisitivo superior al que pueda tener un alemán promedio, coronada por una casta de oligarcas. Esos tres grupos apenas se conocen.


La información honesta parece un buen antídoto contra el clasismo que todos respiramos, y para ello se me antoja imprescindible que los descensos al bajomundo los periodistas los hagamos despojados de prejuicios e impregnados de humildad, con un interés genuino. Escuchar a nuestras fuentes, a la víctima y al victimario; no usarlas, no juzgarlas.


Me gustó la entrevista que hace unos días el diario argentino La Nación hizo a Jon Lee Anderson. El maestro, curtido en escenarios de crudeza indescriptible, se esforzaba por hacernos entender la dificultad que supone retratar en su complejidad a las víctimas, por las reacciones de misericordia que despiertan en el periodista, acentuadas –agrego yo– cuando el cronista desciende al bajomundo como turista.


“Hay que conocer la calle –dice Jon Lee–, porque hay muchos chicos que salen de familias bien, estudian Ciencias de la Comunicación y terminan en el periodismo, pero no han tenido mucha calle y jamás tuvieron la posibilidad de traspasar los límites impuestos por su clase social. Lograr eso es algo fundamental. No espero que un crítico de cine tenga calle, aunque no le vendría nada mal, pero en el caso del periodista es muy importante, porque solo así aprende a sentirse en el pellejo de los otros”.


Puede decirse más alto, pero dudo que más claro. Me late además que ese interés genuino por el desarraigado, por sus historias, se sale de los límites del periodismo y termina convirtiéndose en filosofía de vida. Me convencen las palabras de Kapuściński, aquellas que dicen que para ser buen periodista, primero hay que ser buena persona.



Ilustración: Frontera D
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(Este texto se publicó primero en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, también bajo el título "Bajar al bajomundo")

miércoles, 18 de julio de 2012

Estrategias de venta (caramelos)

Mercadería en mano, el vendedor deja subir primero a los pasajeros, se asoma luego a la puerta del bus y, sin intercambiar palabra alguna con el motorista, a puras miradas y gestos con las cabezas, gestiona la visa que le permite entrar sin tener que pagar los $0.20 que cancelamos los demás. Recorre la unidad, entrega a quien se la acepta una bolsa transparente llena esta vez de caramelos, y deshace sus pasos para apostarse cerca de la entrada. Ahí empieza la actuación.

―Muy buenos días. Me van a disculpar la bulla y la molestia que les causamos día con día los vendedores…

Son las casi las 11 y media de la mañana de un miércoles de mayo. La ruta, la 52; un clásico Blue Bird de colores vivos y asientos desahuciados. La parada es la ubicada en la 63.ª avenida Norte y alameda Roosevelt, muy cerca del Divino Salvador del Mundo. El bus va cargado, pero los asientos aún alcanzan para todos.

―…Les traigo a la venta un delicioso caramelo. Su nombre es Mini-cuquis. Es un caramelo que le viene con sabor a leche, con tracitos de galleta y cubierto de crema de chocolate. Lo tiene a la venta, en toda buena tienda, a un precio de seis centavos de dólar por cada uno. Pero ahora en día, les he pasado entregando siete por una cora ($0.25 de dólar), para que vaya saboreando en el camino. Le lleve al niño, a la niña, le lleve siete Mini-cuquis por una cora. Con trocitos de galleta, cubierto de crema de chocolate…

Habla enérgico, con ritmo, sin atropellos. Se ve que es de los experimentados.

―…De nuevo, muchas gracias. Dios me los bendiga y me los lleve con bien hasta donde ustedes se dirijan.

Recorre de nuevo la unidad en marcha, repitiendo los concepto clave: “Siete por una cora”, “Gracias”, “Cubierto de crema de chocolate”, “Gracias”… Vende cuatro o cinco bolsas. Parece bajarse satisfecho frente al centro comercial Galerías.


Fotografía: Roberto Valencia

martes, 27 de diciembre de 2011

Hasta el rey de España...

Hasta el rey de España ha oído hablar del nuevo puente de Cacaopera.

No es una exageración literaria. A Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, a Juan Carlos I, alguien le contó que un majestuoso puente comunica dos recónditos caseríos de Cacaopera. Desde hace seis meses, el río Torola ya no es obstáculo para los escasos –escasos– vecinos de esa zona. Quizá por eso, el rey sintió la necesidad de felicitarlos.

—Quiero expresar mi calurosa enhorabuena a las comunidades salvadoreñas del departamento de Morazán, cuyas comunicaciones, economía agrícola, desarrollo turístico y bienestar social se verán multiplicados por la construcción del puente.

La felicitación la oyeron las 300 personas que el 16 de enero en la mañana estaban en el Teatro Real de Madrid. Ramiro Cortez, Ramiro, la escuchó recostado en una silla de plástico negro y aluminio. Viajó desde Morazán hasta España, y lo sentaron a tres metros del rey. Como le habían sugerido-ordenado días atrás, iba vestido para la ocasión. Llevaba un saco azul marino, zapatos bien lustrados, una camisa blanca abotonada hasta el cuello y corbata a rayas.

—El rey es grande, pero... será que yo no estoy acostumbrado a estar con personalidades así, yo lo miraba como que éramos iguales... en la sociedad. Le saludé, le di la mano, y hablamos un poquito.

Fue muy poco lo que hablaron. No hubo tiempo para los detalles ni para la polémica. No hubo tiempo para contar la historia que hay detrás del puente de Cacaopera.

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(Esta es la entrada de un amplio relato titulado "Un puente a ninguna parte", publicado el 25 de mayo de 2008 en Enfoques, la extinta revista dominical del diario salvadoreño La Prensa Gráfica) 

Fotografía: Roberto Valencia

domingo, 11 de diciembre de 2011

El legado de Moncada

Prostaciclina, ácido acetilsalicílico y óxido nítrico. Son esos tres los campos en los que más frutos ha cosechado el científico salvadoreño Salvador Moncada en su larga carrera profesional. Tiene ya unos bien llevados 63 años. Para el profano, esos nombres resultan casi un trabalenguas, pero basta interesarse un poco para averiguar el calado y la utilidad de sus aportes. El óxido nítrico, por ejemplo, es un elemento tóxico al que se le relaciona con la lluvia ácida. Pero saber que el cuerpo humano lo produce sirvió para explicar, entre otras cosas, los efectos de una medicina como el viagra.

Resultó difícil que fuera aceptado. Cuando se hizo la primera publicación sobre el óxido nítrico como una sustancia producida por células de mamífero, la reacción internacional fue de incredulidad. Fue de preguntarse cómo el cuerpo humano iba a estar formándolo. Tengo muchas cartas de gente que me escribió diciéndome: “Mire, muy bonito el artículo, pero usted está loco”. Lo que fue impresionante y quiebra con una sonrisa su rostro serio es que yo haya recibido todas esas cartas, y después se haya adjudicado a otra gente el descubrimiento.
Pero, a ver, se puede afirmar que, hasta que usted lo dijo, nadie en este mundo sabía que los mamíferos producían óxido nítrico.
Exacto.

Mientras habla, Moncada sostiene sus lentes entre sus manos, con las que gesticula de manera ostensible. En otra ocasión será un lapicero o una hoja de papel doblada. Parece como si se sintiera incómodo sin algo que manosear.

Además del óxido nítrico, usted antes había trabajado con la prostaciclina y con la aspirina (ácido acetilsalicílico).
Así es.Para esta entrevista, hablé con un compañero que toma la famosa aspirinita. Que se esté recetando en todo el mundo...
... es parte del trabajo nuestro. En 1976 descubrimos que una dosis pequeña de aspirina afecta a las plaquetas, que son las que producen los infartos, y que una dosis grande afecta a las plaquetas y a la pared vascular, de tal manera que protege más una dosis pequeña, y eso llevó a la idea de que había que recetar dosis pequeñas. Al principio tampoco nadie lo creyó, y ahora es aceptado que si se toma una aspirina pequeña todos los días, se gana protección cardiovascular.
Digamos que su trabajo está salvando vidas.
Bueno, la prostaciclina se usa en este momento para mujeres que necesitan un trasplante de pulmón, y que no pueden vivir si no tienen una infusión de prostaciclina.
¿Y cuál es la relación de sus investigaciones con el viagra?
Pues el óxido nítrico es el determinante fundamental de la erección del pene en el hombre. Y el viagra lo que hace es aumentar el efecto del óxido nítrico.
Pero ese medicamento es de otro laboratorio.
El viagra es de Pfizer, que estaba haciendo una investigación sobre un medicamento vasodilatador. Encontró en sus estudios clínicos que los pacientes, incluso los viejos, las enfermeras los encontraban con erecciones, y reportaron eso. Y empezaron a ver que la dilatación en la erección estaba relacionada con el hecho de que estaban aumentando el efecto del óxido nítrico, que nosotros acabábamos de descubrir. Es decir a Moncada le gustan estas dos palabras y las usa con asiduidad, nosotros no hicimos el trabajo del viagra.
Pero sin las publicaciones de ustedes...
Pues no hubiera habido explicación, porque fuimos los que descubrimos que en todo el cuerpo hay nervios que liberan óxido nítrico.
Entonces, hoy en el mundo le tienen qué agradecer muchas personas mayores...
...y menores, porque ahora se usa con fines recreativos.

Durante su carrera profesional ha tenido suerte. Al menos así lo cree él. Dice que el trabajo que hizo tiene valor. En el campo del óxido nítrico, y en el de ciencia en general, es uno de los científicos más citados del mundo. Y dice que está completamente satisfecho por eso. Lo dice a pesar de no haber sido incluido entre los ganadores del Premio Nobel cuando en 1982 se reconocieron los estudios sobre prostaciclina y ácido acetilsalicílico; ni en 1998, cuando se premiaron los descubrimientos sobre óxido nítrico.

Esa exclusión no es, asegura, algo que le quite el sueño. Le preocupa más comprobar que los recursos aumentan en el mundo, pero no baja la injusticia: “La relación entre el que tiene y el que no tiene es mucho mayor ahora que antes, y eso hace la evidencia más dolorosa”.
Desde su juventud, tiene una de esas evidencias de la pobreza grabada en su mente.

Cuando era médico de emergencias en el Hospital Bloom, llegaban los niños y había tan pocos recursos que los poníamos en tres filas: los que tienen fiebre, los que tienen diarrea y los otros. Y a los médicos nos tomaba dos minutos examinar y recetar algo, sabiendo que se cometían errores, y que a uno se le podía escapar cualquier cosa, pero no había más. De hecho, hubo niños que fueron atendidos, a los que se les dio medicina, pero regresaron a morir al día siguiente.

Esto ocurrió en los sesenta, durante sus años en la Universidad de El Salvador (UES). Su etapa de universitario.


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Este es un fragmento de un perfil sobre Salvador Moncada titulado Una vida útil, publicado el 30 de diciembre de 2007 en la revista Enfoques de La Prensa Gráfica.
Fotografía: Nubia Rivas

viernes, 9 de diciembre de 2011

El ladrón se acercó por detrás a Esmeralda

El ladrón se acercó por detrás, con tanto sigilo que no pudo sentirlo. La bulla y el vaivén de la Terminal de Oriente a las ocho y media de la mañana tampoco ayudaron; de hecho, Esmeralda García, abuela ya, siempre se ha sentido de alguna manera protegida por el bullicio, siempre ha preferido una calle llena a una vacía. Pero estamos en diciembre…

El ladrón se acercó por detrás, le agarró los aretes dorados, uno con cada mano, y tiró con tanta fuerza que poco faltó para que Esmeralda –repito: abuela ya– cayera de espaldas. Cuando se repuso solo alcanzó a ver una camisola negra enfundada por un joven de unos 16 años que se alejaba corriendo, y un hombre mayor que en vano trató de zancadillearlo. Al instante sintió la sangre correr por su lóbulo derecho. La oreja izquierda sufrió igual castigo pero corrió mejor suerte. Resignada, tomó el bus de la ruta 52 y se dirigió a su trabajo, a lavar ropa ajena. Los aretes dorados no costaban mucho, pero tenían un significado especial porque su hija mayor se los compró, con su primer salario, un ya lejano Día de la Madre.

―Hoy me dieron un buen susto –fue lo primero que me dijo cuando nos encontramos.


Fotografía: internet

sábado, 15 de octubre de 2011

S.O.S. desde el cantón Cangrejera

Esta mañana me desperté con este mensaje en mi correo electrónico. Lo escribe Úrsula, una lideresa del cantón Cangrejera, en el maltratado municipio de La Libertad. A ella la conocí en febrero de 2010, cuando estuve por esa zona reporteando para un reportaje sobre los daños causados por las tormentas asociadas al huracán Ida, pero tres meses después del desastre, cuando los albergues ya se habían levantado y las cámaras ya se habían olvidado de los rostros que en el momento de la tragedia se buscan de forma casi ofensiva.

Por lo que leo, ahora atraviesan una situación bastante delicada, pero creo que ella lo explica mejor que yo. Esta es su carta:


Hola Roberto, escribe Doña Ursula de Martínez

Me da gusto saludarle esperando que este bien de salud, usted familia el motivo que le escribo, después de la visita que nos hizo a cangrejera se acuerda de la señora que lo invito a cangrejera soy Doña Ursula de Martínez.

Le escribo dándole a comunicar que lastimosamente que todavía estamos esperando la ayuda de víveres y lamina para nuestra gente que ahora con esta nueva tormenta que ha llovido desde el lunes nos ha venido otra vez a ponernos en crisis como todas las tormenta nos dejan con nuestro cultivos sin tener quien se acerque a nosotros para poder brindarnos una mano generosa que nos pueda traer alguna ayuda, ya que por esta nuevas vez se nos han vuelto ha arruinar nuestros cultivos tales como maíz, frijoles, maicillo.

Se nos están muriendo nuestros animalitos de frío debido a la humedad y a las torrenciales aguas entre estos se pequeñas especies como pollo, conejos, como usted se ha de recordar somos personas que vivimos de la agricultura ya que estamos cerca de las costas siempre salimos afectados en nuestros cultivos.

La cantidad de familias afectadas somos 115 nosotros decíariamos que alguna persona alturista, ONG, organizaciones o los reyes de España nos regalaran víveres, laminas y ropa en buen estado, talvez esta ves usted pueda ayudarnos ya que es triste estar durmiendo con hambre y frío, hasta ahorita estamos con 5 días de intensas lluvias ya que no tenemos trabajo el cual el único trabajo es la zafra de caña y los cultivos

Le estaríamos agradecidos si diera respuesta pronto a nuestras peticiones si hay repuesta llamar a este número de TEL: 7344-6259

Atentamente: Doña Ursula de Martínez Teléfono Celular: 7344-6259 

Aparte de avisar a Francisco Campos, para ver si Comandos de Salvamento puede hacer algo, no se me ocurre nada mejor para ayudar que publicar este correo. Ojalá sirva de algo.

El reportaje que escribí en aquella ocasión se tituló “Tempestad sin calma”, lo distribuyó la Agencia Efe y se puede leer pulsando aquí. Deja entrever que en el área rural, para una familia que ha perdido su cosecha, la verdadera tragedia de las inundaciones comienza cuando sale el sol, que es cuando los periodistas ya nos hemos ido.

Fotografía: Roberto Valencia

miércoles, 12 de octubre de 2011

Un encuentro entre dos mundos

Miércoles, faltan 10 para las 3 de la tarde.

El taller Habilidades para la vida –para jóvenes en riesgo social– se realiza a diario en el aula más nueva de la Olla de la Soya, un especie de centro comunal ubicado en el mismísimo corazón del Jorge Dimitrov, el barrio más bravo de Managua. El aula es un lugar espacioso, en el que se agradecen los ventiladores taladrados al techo, lleno de fotos motivadoras. Asisten unos 30 jóvenes, y hoy lo conducen Sean y Megan, dos cooperantes estadounidenses.

La reunión se interrumpe cuando en la puerta asoman un grupo de turistas gringos y su traductor. Llegaron hace unos minutos en microbús, son una veintena, y dicen ser estudiantes de medicina y de liderazgo en el Augsburg College de Mineápolis. Llevan turisteando desde el domingo por Managua, en una modalidad que bien podría etiquetarse como Conoce-el-infierno-para-luego-no-quejarte-tanto. Han visitado el centro histórico, el mercado Huembes, un hospital público, una oenegé feminista… y ahora están cámara en mano en el Dimitrov, el barrio bravo de Nicaragua por antonomasia.

Tras unas palabras explicativas de Sean en inglés, se abre un turno de preguntas, pero los gringos no se animan. Tic-tac… segundos… tic-tac… incómodos… tic-tac… hasta que una pregunta rompe el silencio.

—¿Qué están aprendiendo hoy? –presta su voz el traductor a una de las turistas.
—Sobre la autoestima –responde un joven.

El traductor traduce. Murmullos…

—Más o menos ¿qué edades tienen en el grupo?
—De 15 a 29… –consensuan los jóvenes.

Más murmullos en ambos mundos…

—Any more questions? –se dirige el traductor a los suyos.
—…
—Are you good dancers? –eleva la voz una gringa, pura sonrisa.
—Ahhhh, ella quiere saber si hay buenos bailarines en esta sala…

Murmullos y risas. Luego, la despedida. Los turistas suben al microbús y abandonan, seguramente para siempre, el Dimitrov.

Fotografía: Roberto Valencia

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(Esta es la versión de una escena incluida en un crónica titulada Barrio Jorge Dimitrov, que fue publicada el 9 de octubre de 2011 en la sección Sala Negra del periódico digital salvadoreño El Faro)

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Estrategias de venta (chocolatinas)

Tiene unos 25 años. De su rostro serio destacan el candado y el pelo largo y repeinado hacia atrás, como si hubiera utilizado aceite para domarlo. Viste unos jeans desgastados, un par de tenis plantosos y una camisa tipo polo roja que en el pecho tiene cosido el logo de una asociación de vendedores llamada AVTRASCOSS. Acaba de subir al bus de la Ruta 52 en la parada ubicada a una cuadra de la plaza Divino Salvador del Mundo, salta el torno no sin dificultad, y acomoda el producto antes de arrancarse.

—Buenos días, amables pasajeros. Vean lo que les traigo. Déjenme decirles que este producto no le contiene galleta, no le contiene maní. Le viene el cien por ciento de puro chocolate. Este producto el cual lo pueden encontrar en todo buen supermercado, y su precio a cancelar es de 30 centavos...

El joven levanta enérgico tres chocolatinas como si estuviera jugando naipes.

—…pero a mí no me va cancelar eso. Solo le pido una cora, y además por esa cora yo le voy a dar dos chocolates; dos chocolates se me está llevando por 25 centavos de dólar. Para que le pueda llevar al niño, a la niña, y vayan saboreando por el camino…

También tiene chicles Trident –dos por la cora– y una barrita de caramelos de mentol con eucalipto, pero los ofrece sin ganas, a la pasada, como si supiera que su producto estrella son las chocolatinas.

—Persona que desee llevar algo, que desee disfrutarlo, pasaré por cada uno de sus asientos. De antemano, muchas gracias y que dios los bendiga.

Fotografía: Internet

sábado, 27 de agosto de 2011

Esmeralda y los zapatos de Funes

Quizá alguien hasta se acuerde de ella. No es ni mucho menos la primera vez que Esmeralda García se deja ver por este blog. Esta singular mujer nos habló en una ocasión de la leche materna, y en otra, de los mareros que se quemaron en el penal de Ilobasco. La suya es una voz importante, una voz que de alguna manera representa la de cientos de miles de mujeres salvadoreñas a las que pocas veces se las escucha en serio. Esmeralda tiene incluso su propio tag en Crónicas guanacas.

Pues bien, este viernes Esmeralda ha llegado a la casa cariacontecida, me dice que por el retraso en la entrega de los zapatos en la escuela donde estudia Dieguito, su hijo menor, de 12 años. Estamos a mediados de agosto, a apenas cuatro meses para que termine el año lectivo, y aún no los ha recibido. Le han asegurado que para la próxima semana, pero a ella esta tardanza ya le complicó, porque los únicos zapatos que estaba usando Dieguito estaban tan destrozados, pero tan destrozados, que hace un par de semanas no vio otra alternativa que hacer el sacrificio de comprarle otros, sin esperar a los que prometió el Gobierno.

—Yo esperándolos estaba pero nunca… Ay, dios… Me dije: ya no, ya me da pena que vaya con esos rotos, porque despegados se le miraban… Mejor se los fui a comprar.

Las encuestas opinión se lo reconocen. En un país tan desigual y empobrecido como El Salvador, haber cumplido la promesa de entregar zapatos y uniforme a los estudiantes de las escuelas públicas es uno de los más aplaudidos logros del gobierno presidido por el otrora periodista izquierdista Mauricio Funes.

—Es que, como desde mayo nos estaban diciendo que ya los iban a dar, y estábamos esperando, pero ya no se pudo más. Vendimos dos medios de maíz, y gracias a Dios que estaban pagando el maíz bonito.
—¿A cuánto?
—Está a 31 el quintal.

Un quintal equivale a cinco medios, y cada medio equivale a 20 libras, por lo que un quintal son 100 libras. Que al pequeño productor –la familia de Esmeralda alquila media manzana para poder sembrar y pasar el año con la cosecha– le estén pagando la libra de maíz en grano a $0.31 es un precio realmente alto, por fortuna para ellos.

—Se los compré la semana pasada, antes de las vacaciones, y ahora me dicen que ya los van a dar… Ni modo… Guardaremos los que le queden más grandecitos, aunque no creo que sea por mucho tiempo. Los del año pasado eran artesanales, y bien rápido se despegaron…
—Raro, ¿no? ¿No son mejores los hechos a mano que esos que traen de China? –pregunto.
—Al revés. Los zapateros de aquí son bien chambones. Nomás verlos, bien feyos se miraban. Dieguito al principio ni se los quería poner. Y se los puso, pero no le sirvieron.

A ver cómo salen los de este año, Esmeralda.

Fotografía: internet

jueves, 23 de junio de 2011

Salvador Barraza (Q.E.P.D.)

Salvador Barraza Ascencio nació el 31 de diciembre de 1936 en un mesón del barrio Candelaria, en el centro de San Salvador. La infancia ocupa hoy muy pocos de sus recuerdos. Ni siquiera se acuerda si eran siete u ocho los hermanos que resultaron del matrimonio entre Manuel y Virginia, sus padres. Fueron, eso sí lo tiene presente, años de dificultades que lo obligaron desde muy joven a trabajar para complementar los ingresos familiares. Empezó como ayudante en una gasolinera.

La primera vez que dice haber visto a Monseñor Romero fue en una misa vespertina en la catedral de San Miguel, ciudad a la que viajaba con frecuencia a petición de los padres redentoristas, para los que trabajaba. En una ocasión, recién llegado desde San Salvador, Monseñor Romero le ordenó que se durmiera un rato porque en unas horas saldría de regreso a la capital.

A inicios de los setenta, y animado por su esposa, Salvador pasó a ser su propio patrón. Nació Zapatitos Nenes, un negocio de venta de zapatos para niños que no tardó en convertirse en una saludable fuente de ingresos. Fueron los tiempos de la prosperidad, los tiempos que le permitieron, por ejemplo, viajar a Europa por puro placer.

—El negocio iba bien, tenía clientela hasta en Guatemala y Honduras –dice ahora con nostalgia–, pero luego se puso duro. Con el terremoto del 86 y con la guerra muchos negocios desaparecieron, y eso también le pasó al mío.

Ese trabajo le dejaba mucho tiempo libre, circunstancia que contribuyó a solidificar su amistad con Monseñor Romero: casi siempre estaba disponible para él. Se los veía juntos desde antes incluso de la consagración como obispo, y cuando salían en carro rara era la vez que no manejaba Salvador.

—Pero yo no era su motorista –aclara, consciente de que muchas veces lo han presentado equivocadamente así–. Como arzobispo él tenía su motorista asignado, pero para las cosas de confianza me buscaba a mí, y también yo me encargaba de que saliera a distraerse, porque tenía mucha tensión. Íbamos seguido al mar, siempre andábamos hamacas en el baúl.

Se hicieron compadres, literalmente. Monseñor Romero es el padrino de María Virginia, la mayor de los cinco hijos que Salvador procreó con sus dos esposas: Eugenia, la ex, con la que tuvo tres; y Marta, la actual, con la que tiene dos.

Tras la quiebra de Zapatitos Nenes le tocó hacer casi de todo, pero siempre en el área de las ventas. Vendió camisas, vendió pastas Robertoni, vendió su carro... Pero nada volvió a ser igual. De los tiempos de la prosperidad queda tan solo la amistad con Monseñor Romero que, a su manera, aún cultiva desde el anonimato. Cada domingo, a pie o en un bus de la ruta 22, se desplaza hasta Catedral Metropolitana para escuchar la misa de las 9 junto al mausoleo donde yacen los restos de su amigo.

—Y usted –pregunto a Salvador–, ¿cree que Monseñor Romero es santo?
—Claro. Y no es solo que lo crea, sino que lo viví a la par de él. Tan solo ver esa convicción con la que entraba en las iglesias... Con Monseñor llegué a tener una confianza de hermanos, de buenos hermanos.
—¿Notó diferencia en él antes y después de ser arzobispo?
—Lo mismo. Yo igual lo llevaba a mi casa, igual jugaba con mis hijos, igual se acostaba en la haragana...
—Algunos hablan como si se tratara de dos personas distintas.
—No, nada que ver. Lo que sí es que tenía un carácter fuerte, pero eso antes y después. Como migueleño, pues. Carácter fuerte, pero también la otra cosa: la dulzura, la forma respetuosa de tratar, era bien mielita.

Fotografía: Roberto Valencia
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(Este un fragmento del perfil sobre don Salvador Barraza que aparece en el libro Hablan de Monseñor Romero. Puede leer la crónica entera pulsando aquí).

viernes, 20 de mayo de 2011

El Caribe feo

Bluefields es la segunda ciudad más populosa del Caribe nicaragüense.El Caribe es casi un sinónimo de paraíso en otras latitudes; en España por ejemplo. Caribe suena a interminables playas de arena fina y blanca, suena a hamacas colgadas de palmeras inclinadas por algún huracán travieso, suena a ron añejo del bueno, suena a cruceros en barcos que parecen rascacielos, suena a todas las piñas coladas del mundo a cambio de mostrar una pulsera. Pero el Caribe es mucho más. El Caribe es pobreza.

Las mismas escenas se repiten en Cartagena de Indias, en Portobelo, en Livingston o en Roatán. A pocos cientos de metros de exclusivísimos complejos turísticos se levantan comunidades o barriadas en las que la miseria campa a sus anchas, casi siempre pobladas por afrodescendientes, siempre excluidas de las fotografías que aparecen en los afiches y revistas que promocionan la sucursal del paraíso. Aquí, en Bluefields, la pobreza tampoco hay que salir a buscarla;a cualquiera que tenga un mínimo de sensibilidad social la miseria lo busca y lo abofetea.

En Puntafría, un barrio de negros –como lo llama acá la mayoría mestiza en tono abiertamente despectivo–, hay un sencillo restorán llamado Bella Vista en el que por menos de diez dólares uno puede comer langosta.Esas son cantidades prohibitivas para muchos.

—Mira esos dos chavalos –me dice Carolina, una joven afrodescendiente que trabaja como mesera–; casi todos los días vienen a ver si les puedo dar algo de comida.

Los dos chavalos son dos hermanos, afrodescendientes también, y el mayor de ellos no tiene más de nueve años. Están metidos unos 20 metros en la achocolatada bahía de Bluefields y juegan, como niños que son, con un pedazo de plástico y un tronco que han rescatado entre la abundante basura que se acumula en la orilla.

—Cuando puedo, si no hay clientes y sin que se entere mi jefa, yo les doy algo de comer.

Viven con su madre unas cuadras arriba, por la cancha, me dice Carolina, pero las drogas hace tiempo que desintegraron ese hogar, y los dos chavalos salen a buscar en las calles lo que no les dan en casa: un plato de comida. Cuando están dentro el agua, como ahora, intentan llamar la atención de los pocos clientes del restorán. Si lo consiguen, ponen su mejor sonrisa, y cualquiera de ellos, o los dos al mismo tiempo, levanta una mano con los cinco dedos extendidos y rápidamente gesticula como si estuviera comiendo sopa. Así piden lo que para ellos ese día puede suponer la diferencia entre llevarse o no algo al estómago: cinco córdobas, 23 centavos de dólar.

Cambian actores e interpretaciones, pero en Bluefields la escena poco difiere de las que se ven cuando se baja al muelle, cuando se entra en el mercado municipal o cuando se camina por una comunidad paupérrima como Beholden.

Es casi la 1 de la tarde, y los chavalos aún no han comido, me dice Carolina. Pero juegan en el agua, juegan y sonríen. Cuando se ha visto tanta miseria en tantos lugares distintos de esta entrañable tierra llamada Centroamérica, está consciente de que es poco o nada lo que puede hacer. En mi mochila llevo un paquete de galletas y se lo tiro. Sin salir del agua lo abren, comparten el contenido y comen con avidez. El envoltorio lo dejan en el agua y pronto se juntará con el resto de la basura que hay en la orilla. Pero uno, con un plato de arroz con camarones y una cerveza sobre su mesa, no deja de sentirse como una mierda, la misma sensación que tengo mientras escribo estos párrafos.

Fotografía: Roberto Valencia
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