Mostrando entradas con la etiqueta Alejandro Gutman. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alejandro Gutman. Mostrar todas las entradas

martes, 1 de noviembre de 2016

Quijote en El Salvador


Este texto es un fragmento de un perfil de más de 7,000 palabras de Alejandro Gutman, presidente de la Fundación Forever, oenegé que desde el año 2004 trabaja en comunidades empobrecidas de El Salvador. La semblanza, que lleva por título ‘Quijote Gutman’ forma parte del libro digital ‘ Pequeñas batallas, grandes historias’, publicado en abril de 2016.
------------------------------
[...]

Alejandro Gutman eligió El Salvador.

No fue así nomás. Cuando en el año 2003 se animó a crear Fútbol Forever –oenegé que con los años fue rebautizada como Forever–, su reputación y sus contactos le valieron el patrocinio de la FIFA, y el programa se implementó primero en Zambia y en Sudáfrica. Fueron los años de la ambición, cuando Gutman quizá creyó que podía cambiar el mundo entero. El aterrizaje de la fundación en El Salvador también fue a lo grande, con proyectos en municipios repartidos por todo el territorio, con pláticas muy maduras para exportarlo a Honduras. Pero aquello duró pocos años. 

Gutman_09 - 580

Cuando el chorro de la FIFA se cortó, Fútbol Forever se centró en El Salvador; y cuando sucedió lo mismo con el apoyo inicial del Gobierno salvadoreño, la fundación adelgazó hasta el raquitismo, con una plantilla decreciente hasta que bastó una mano para enumerar a los empleados, el voluntariado como sostén principal, y con un sector del municipio de Soyapango –en el área metropolitana de la capital– como único ámbito geográfico de acción.

Pero fue en esas circunstancias cuando Gutman más se aferró a la idea de transformar una sociedad. Y no cualquier sociedad.

Con una tasa de 49 homicidios por cada 100.000 habitantes –la ONU establece que a partir de 10 un territorio sufre una “epidemia de violencia”–, El Salvador ya era en 2004 un país pobre, desigual y violento. La violencia impregna de forma transversal toda la sociedad, pero su expresión más visible y cruel son las pandillas o maras, un fenómeno que afecta sobremanera a la mitad más empobrecida, y que por su repercusión internacional se ha convertido casi en una seña de identidad nacional.

Por las zonas en las que comenzó a trabajar, y por su manifiesto deseo de conocer en primera persona la problemática que trata de corregir, a Gutman le tocó conocer el nacimiento de las políticas gubernamentales represivas –el manodurismo– y la consecuente radicalización del fenómeno de las maras.

“Hoy está de moda la violencia de las pandillas, como si fuera la única violencia que existe en el país; pero ayer fue la guerra; y mañana, ¿quién sabe? La violencia en El Salvador no es casualidad. Y si hoy acabaran con las maras, surgiría otra forma de violencia”, dice Gutman en un discurso que no le ayuda a hacer amigos en El Salvador.

El Salvador, según los datos oficiales presentados en 2015, es esto: analfabetismo del 11 %; escolaridad promedio inferior a los siete años; salario promedio de 298 dólares; 16 % de viviendas sin energía eléctrica; 23 % sin agua potable por cañería; la recogida de la basura es un privilegio reservado para el 51 % de la población; 32 % de hogares en pobreza; 8 % en pobreza extrema; 26 % de jóvenes entre 15 y 24 años que ni estudia ni trabaja.

Pero ninguna cifra tan perturbadora como la de la violencia. En 2015, un promedio de 18 personas asesinadas cada día en un país de 6.4 millones. La tasa de homicidios se disparó a 103 por cada 100.000 habitantes. Una comparación fulminante: para que España, por ejemplo, tuviera la misma tasa que El Salvador, tendrían que cometerse más de 47.000 asesinatos, cuando raro es que en un año se alcancen los 350.
Gutman eligió para su quijotada al país más violento del mundo.

***

Conchagua es un pueblo de 45.000 habitantes, y en 2014 se cometieron más asesinatos que en Noruega. Aun así, no es uno de los lugares más afectados por la violencia en El Salvador.

En Conchagua solo existen dos centros públicos en los que se imparte educación secundaria. El Complejo Educativo Mario Gómez es el céntrico; un recinto digno, con un poderoso portón metálico por entrada, un muro de tres metros pintado de azul y blanco y coronado con vidrios rotos, y un patio amplio cubierto por una gran estructura de láminas para resguardarse del sol y de las tormentas del Trópico. A un costado se erige una tarima, cubierta también, en la que Gutman está tratando, desde hace una media hora, de sintetizar qué es y cómo funciona la Fundación Forever.  Salpica sus palabras con chistes, analogías y arranques de espontaneidad, ante cientos de alumnos uniformados, un par de docenas de profesores y algún que otro burócrata regional del ministerio.

Gutman aparece con cierta asiduidad en la televisión, y una visita a Conchagua de alguien así resulta todo un acontecimiento. Muy a su pesar, el evento ha devenido protocolario y lleno de discursos y gestos tan bienintencionados como estériles. Incluso imprimieron un gran cartel con el detalle de sus muñecas recubiertas con pulseras: ‘Bienvenido a Conchagua, don Alejandro Gutman’.

“Nosotros –dice, micrófono en mano– no somos la típica fundación que reparte tres becas a los tres que se sacan diez, porque ¿saben qué sucede? Si se gradúan 150 y damos tres becas, ¿qué hacemos con los otros 147?”

La receta Gutman para transformar la sociedad pasa por el ingreso de miles de estudiantes de comunidades empobrecidas en las universidades. Miles. Cada año.

“Transitar por las universidades –dice a los jóvenes de Conchagua– abre muchas puertas, y abre una que es la más importante: la puerta de la cabeza, la de los sentimientos, que ustedes conozcan y reconozcan todos esos ámbitos, y que esos ámbitos y esas empresas los reconozcan a ustedes. Es un ida y vuelta”.

La salvadoreña es una sociedad no solo desigual y empobrecida, también clasista. Si la propuesta de Gutman sería revolucionaria, utópica, quijotesca en cualquier latitud, lo es más en un país como El Salvador.

[…]
------------------------------
El libro ‘Pequeñas batallas, grandes historias’, del que forma parte el perfil de Alejandro Gutman puede adquirirse en este enlace de la plataforma Amazon. De momento, solo está disponible en formato digital.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

La PAES cuando se estudia entre mareros



A mediados de octubre pasé una mañana en el Complejo Educativo Cantón San Isidro, municipio de Panchimalco. Para los que vivimos en la capital, Panchimalco suena cercano, a pupusas domingueras, pero para llegar hasta el cantón San Isidro hay que bajar primero de los Planes de Renderos al pueblo, tomar una de las vías sin asfalto que desde el casco urbano se abren hacia el sur, y manejar otros 20 minutos, si la destartalada calle está de buenas.
En muchos aspectos, la escuela-instituto encarna el prototipo de centro educativo rural y público: para que el agua corra después de usar el baño dependen de las pipas, cuenta con reservas generosas del programa ‘Vaso de Leche’, los alumnos caminan uniformados desde caseríos y cantones cercanos, cuenta con una modesta sala de computación… Pero en San Isidro hay un factor que trastoca todo lo demás: está en una zona con fuerte presencia de pandillas, más de una.
—Yo trabajo acá desde hace 15 años, pero ni siquiera los compañeros saben dónde vivo. Es una forma de protegermos –dice Melvin Márquez, director desde hace dos años y docente durante más de una década.
La calle frente al centro educativo es la frontera: divide el caserío El Potrerito, dondecontrola la Mara Salvatrucha, de zonas como el cantón Las Crucitas, donde los placazos son del Barrio 18.
—Acá tenemos alumnos de las dos pandillas, pero jamás se van a los puños o se amenazan. Los podría poner a comer en la misma mesa, frente a frente, y no pasaría nada, quizá porque ellos mismos han hecho el pacto de no agredirse dentro de la escuela. Pero ya en noviembre y diciembre que no hay clases…
No suena muy aventurado suponer que el supuesto pacto al interior del centro educativo se deba a la continua presencia de la Policía Nacional Civil. Desde que en 2011 Panchimalco se convirtió en un habitual en los ránking de municipios más violentos de El Salvador, el Ministerio de Seguridad quiso tomar cartas en el asunto y, entre otras medidas, instaló fuera de la escuela-instituto un puesto fijo –uno de esos remolques pintados de azul y blanco– con uniformados armados para la guerra; la presencia de agentes es 24/7.
—Cuando inicia el año escolar, el día que presentamos la planta de docentes, se presenta también a los agentes –dice el director Márquez.
Todo parece indicar que en 2015 la cifra de asesinatos en Panchimalco será la más alta desde que se lleva un conteo confiable: arriba de 90 homicidios en un municipio que ronda los 47,000 habitantes, con el agravante de que la violencia castiga más las áreas rurales, como el cantón San Isidro, donde pandilleros de una y de la otra, fuerzas de seguridad y grupos de exterminio paraestatales están en plena temporada de gatillo fácil.
¿Cómo estudiar así? ¿Cómo superarse? ¿Qué es de aquellos jóvenes que son víctimas de todos los grupos que han optado por las armas? La violencia está marcando a fuego toda una generación en amplias zonas del país, aunque en los platós de televisión y en los despachos de los burócratas apenas se hable del tema.
En el Complejo Educativo Cantón San Isidro, la matrícula cayó de 936 alumnos en 2014 a 858 en 2015. Desplazamientos forzados, migración, la pandilla como un atractivo mayor… El segundo año de bachillerato, el más afectado por el fenómeno de las maras por razones obvias, renunció este año a tener dos grupos, por la significativa reducción en la matriculación que el director Márquez relaciona sin matices con la violencia.
Pero, ¿y los que pese a todo quieren superarse? ¿Qué futuro espera a la treintena de estudiantes de la San Isidro que, con obstáculos inimaginables para quien forma parte de la mitad privilegiada de la sociedad, se han convertido en bachilleres e hicieron la famosa PAES, la Prueba de Aprendizaje y Aptitudes para Egresados de Educación Media? Incluso sin las pandillas, saltar a cualquier universidad desde zonas empobrecidas es casi un imposible, reservado para el ramillete con notas impresionantes, y con una familia en una situación lo suficientemente desahogada como para mantener a un hijo universitario. La violencia ha vuelto más compleja la ecuación, y hoy en día jóvenes de El Potrerito no podrían cursar estudios superiores, ni aunque obtuvieran alguna de esas becas que universidades y oenegés elitistas reservan para captar a los más brillantes. ¿Por qué? Para llegar a la capital hay que pasar por territorio dieciochero, y uno de los códigos de la pandilla, acentuado desde que terminó la Tregua, dice que la mera pertenencia a un cantón o colonia controlada por la pandilla rival te convierte en enemigo.
En estos días, con la PAES fresca, raro es encender el televisor y no hallar en los programas de entrevistas a encorbatados y perfumadas pontificar sobre los resultados. Hablan sobre la diferencia entre la educación pública y privada, sobre los datos dispares de tal y cual departamentos, sobre centros rurales versus centros urbanos, sobre estudiantes de uno y otro género… pero apenas se dice nada sobre un elemento que desde hace al menos un lustro, a mi juicio, está convulsionando la calidad educativa en El Salvador: que el instituto esté o no en una zona controlada por pandillas.
—La batalla no está perdida –dice optimista el director Márquez–. Se está haciendo mucho, pero hasta donde nosotros alcanzamos. Si alguien nos tendiera la mano...
Related Posts with Thumbnails