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sábado, 29 de junio de 2013

Chinear a un hijo de 11 años hasta la puerta del hospital


A inicios de octubre de 2012, a Gabriel, un muchacho de once años recién cumplidos que vive en una comunidad de la populosa colonia Zacamil, le dio dengue. Que en un país tropical –El Salvador– alguien padezca una enfermedad tropical no parece ser un hecho lo suficientemente poderoso como para que termine siendo, nueve meses después, la materia prima de la entrada de un blog que se edita en un país primermundista, por más que ese blog se llame Bajomundo. Si el dengue de Gabriel se ha agenciado este primer párrafo es por su madre. Después entenderán.

A Gabriel le dieron fiebres altas, se le fue el apetito y tuvo molestos dolores en las articulaciones, lo habitual en un dengue de la variedad clásica, la menos grave. La madre, en sintonía con el hecho de vivir en extrema pobreza, confió en que su hijo se repondría con unos días en cama y con la toma constante de líquidos. Pero no fue así, y la aflicción llegó cuando el debilitamiento de Gabriel fue tal que ni siquiera podía ponerse de pie.

  —Estaba despierto, pero bien decaído, y se le dormía todo el cuerpo –me dijo.
 
Cuarentona, la madre de Gabriel es madre soltera, como miles de madres en El Salvador, y tiene dos hijos más: Karina, que entonces tenía 17 años; y Gustavo, un pandillero de 24 que está preso en la cárcel de Ciudad Barrios. Por las mañanas ella vende chucherías en un improvisado puesto en la puerta de un colegio privado ubicado en el barrio San Jacinto de San Salvador, y esa es la principal fuente de ingresos familiar. En un mes en el que van bien la cosas, entre la venta y lo que logra rascar aquí y allá en ese hogar entran unos 140-160 dólares, sin aguinaldos ni seguridad social ni plan de pensiones, y en un país en el que en el súper un litro de leche cuesta $1.25; un kilo de cebollas, $1.30; un kilo de arroz, $1.20; y un kilo de pollo, $2.20.
 
El día en el que se complicó el estado de salud de Gabriel, madre no tenía en la bolsa ni siquiera tres dólares para convencer a un taxista de que los acercara a la puerta del Hospital Nacional Zacamil, situado a unos 500 metros de donde viven.
 
—Y viera cómo estaba, como que era pollo le agarró.
 
Afligida, la madre tomó a Gabriel en brazos –reitero: once años, no es muy alto y está delgado, pero once años– y lo llevó chineado hasta el hospital.
 
—Puro bebé lo llevé. Y al regresar mi mamá me preguntó: ¿hasta dónde lo aguantaste chineado? Ay, no me preguntés hasta dónde, lo importante es que lo llevé, le dije yo.
—¿Y hasta dónde lo aguantó? –pregunté yo también, picado por la curiosidad.
—Hasta la subida del hospital (para más inri, el hospital está en alto). Ahí lo tuve que bajar, descansé y luego lo cargué otra vez. Gabriel es pechito, pero pesa…
 
Reconstruyo en mi mente la imagen de la madre con Gabriel en brazos subiendo la cuesta del Hospital Zacamil, y me cuesta imaginar otra escena tan dura pero que a la vez condense tan bien dos ideas: lo que significa y supone la extrema pobreza, y el amor de una madre hacia su hijo.
 
Esta madre es la protagonista de ‘Yo madre’, la más reciente crónica de largo aliento que he publicado en la Sala Negra de El Faro. Invertí trece meses de reporteo para intentar conocerla a ella y, a través de ella, para intentar conocer siquiera tantito el mundo de la pobreza y la exclusión –el caldo de cultivo idóneo para la proliferación de las maras– en el que viven cientos de miles de salvadoreños y miles de millones de seres humanos en todo el planeta, un bajomundo de carencias y sufrimientos infinitos, pero en el que uno encuentra también una dignidad, una decencia y un entusiasmo por la vida que cuesta identificar entre los privilegiados de la humanidad que, por más que nos guste victimizarnos y quejarnos en Facebook y Twitter, somos todos aquellos que tenemos agua potable, electricidad, techo, ropa, internet y tres tiempos de comida garantizados.
 
Gabriel se recuperó del dengue. Todo quedó en un susto.
 
En lo estrictamente periodístico, la poderosa escena de la madre con su hijo enfermo en brazos camino al hospital ni siquiera la incluí en la crónica, a pesar de que es un relato que supera las 7,000 palabras. Es otra de las ventajas de apasionarse con una historia y un personaje; por lo general, uno termina con cientos de poderosas escenas entre las que poder elegir las que integrarán la crónica.
 
Quizá alguien haya llegado hasta aquí y se anime a conocer a Madre y su mundo >>> Yo madre.

Fotografía: internet
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(Este texto se publicó primero el 18 de junio de 2013 en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, también bajo el título "Chinear a un hijo de 11 años hasta la puerta del hospital")

domingo, 11 de diciembre de 2011

El legado de Moncada

Prostaciclina, ácido acetilsalicílico y óxido nítrico. Son esos tres los campos en los que más frutos ha cosechado el científico salvadoreño Salvador Moncada en su larga carrera profesional. Tiene ya unos bien llevados 63 años. Para el profano, esos nombres resultan casi un trabalenguas, pero basta interesarse un poco para averiguar el calado y la utilidad de sus aportes. El óxido nítrico, por ejemplo, es un elemento tóxico al que se le relaciona con la lluvia ácida. Pero saber que el cuerpo humano lo produce sirvió para explicar, entre otras cosas, los efectos de una medicina como el viagra.

Resultó difícil que fuera aceptado. Cuando se hizo la primera publicación sobre el óxido nítrico como una sustancia producida por células de mamífero, la reacción internacional fue de incredulidad. Fue de preguntarse cómo el cuerpo humano iba a estar formándolo. Tengo muchas cartas de gente que me escribió diciéndome: “Mire, muy bonito el artículo, pero usted está loco”. Lo que fue impresionante y quiebra con una sonrisa su rostro serio es que yo haya recibido todas esas cartas, y después se haya adjudicado a otra gente el descubrimiento.
Pero, a ver, se puede afirmar que, hasta que usted lo dijo, nadie en este mundo sabía que los mamíferos producían óxido nítrico.
Exacto.

Mientras habla, Moncada sostiene sus lentes entre sus manos, con las que gesticula de manera ostensible. En otra ocasión será un lapicero o una hoja de papel doblada. Parece como si se sintiera incómodo sin algo que manosear.

Además del óxido nítrico, usted antes había trabajado con la prostaciclina y con la aspirina (ácido acetilsalicílico).
Así es.Para esta entrevista, hablé con un compañero que toma la famosa aspirinita. Que se esté recetando en todo el mundo...
... es parte del trabajo nuestro. En 1976 descubrimos que una dosis pequeña de aspirina afecta a las plaquetas, que son las que producen los infartos, y que una dosis grande afecta a las plaquetas y a la pared vascular, de tal manera que protege más una dosis pequeña, y eso llevó a la idea de que había que recetar dosis pequeñas. Al principio tampoco nadie lo creyó, y ahora es aceptado que si se toma una aspirina pequeña todos los días, se gana protección cardiovascular.
Digamos que su trabajo está salvando vidas.
Bueno, la prostaciclina se usa en este momento para mujeres que necesitan un trasplante de pulmón, y que no pueden vivir si no tienen una infusión de prostaciclina.
¿Y cuál es la relación de sus investigaciones con el viagra?
Pues el óxido nítrico es el determinante fundamental de la erección del pene en el hombre. Y el viagra lo que hace es aumentar el efecto del óxido nítrico.
Pero ese medicamento es de otro laboratorio.
El viagra es de Pfizer, que estaba haciendo una investigación sobre un medicamento vasodilatador. Encontró en sus estudios clínicos que los pacientes, incluso los viejos, las enfermeras los encontraban con erecciones, y reportaron eso. Y empezaron a ver que la dilatación en la erección estaba relacionada con el hecho de que estaban aumentando el efecto del óxido nítrico, que nosotros acabábamos de descubrir. Es decir a Moncada le gustan estas dos palabras y las usa con asiduidad, nosotros no hicimos el trabajo del viagra.
Pero sin las publicaciones de ustedes...
Pues no hubiera habido explicación, porque fuimos los que descubrimos que en todo el cuerpo hay nervios que liberan óxido nítrico.
Entonces, hoy en el mundo le tienen qué agradecer muchas personas mayores...
...y menores, porque ahora se usa con fines recreativos.

Durante su carrera profesional ha tenido suerte. Al menos así lo cree él. Dice que el trabajo que hizo tiene valor. En el campo del óxido nítrico, y en el de ciencia en general, es uno de los científicos más citados del mundo. Y dice que está completamente satisfecho por eso. Lo dice a pesar de no haber sido incluido entre los ganadores del Premio Nobel cuando en 1982 se reconocieron los estudios sobre prostaciclina y ácido acetilsalicílico; ni en 1998, cuando se premiaron los descubrimientos sobre óxido nítrico.

Esa exclusión no es, asegura, algo que le quite el sueño. Le preocupa más comprobar que los recursos aumentan en el mundo, pero no baja la injusticia: “La relación entre el que tiene y el que no tiene es mucho mayor ahora que antes, y eso hace la evidencia más dolorosa”.
Desde su juventud, tiene una de esas evidencias de la pobreza grabada en su mente.

Cuando era médico de emergencias en el Hospital Bloom, llegaban los niños y había tan pocos recursos que los poníamos en tres filas: los que tienen fiebre, los que tienen diarrea y los otros. Y a los médicos nos tomaba dos minutos examinar y recetar algo, sabiendo que se cometían errores, y que a uno se le podía escapar cualquier cosa, pero no había más. De hecho, hubo niños que fueron atendidos, a los que se les dio medicina, pero regresaron a morir al día siguiente.

Esto ocurrió en los sesenta, durante sus años en la Universidad de El Salvador (UES). Su etapa de universitario.


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Este es un fragmento de un perfil sobre Salvador Moncada titulado Una vida útil, publicado el 30 de diciembre de 2007 en la revista Enfoques de La Prensa Gráfica.
Fotografía: Nubia Rivas

sábado, 16 de julio de 2011

Inside the USNS Comfort (four years ago)

No todos los días uno despierta en una camarote poco más grande que un ataúd. Dos metros de largo, 68 centímetros de anchura y 49 de distancia con el colchón de encima, apenas lo suficiente para poder girarse. Estas condiciones se repiten en los 126 distribuidos en la habitación 4-54-2 del United States Navy Ship (USNS) Comfort. Paradójicamente, se trata de un barco hospital, cuya más básica misión es evitar el uso prematuro de los susodichos ataúdes.

El Comfort lleva haciéndolo desde diciembre de 1987, y en su interior han sanado heridos en episodios trascendentales de la historia reciente, como las dos guerras de Iraq, los atentados del 11-S en Nueva York o los efectos del huracán Katrina en Nueva Orleans. A El Salvador llega a anestesiar durante seis días las secuelas de la pobreza.

Desde ayer, esta nave de 272.5 metros de longitud y camarotes estrechos está anclada en el puerto de Acajutla, y las brigadas médicas que viajan a bordo comenzarán hoy en dos sectores distintos del municipio a brindar servicios de salud gratuitos y de calidad. El país es uno de los 12 elegidos para la primera gran misión humanitaria del Comfort, bautizada como “Amistad y cooperación por las Américas”, y que se prolongará cuatro meses.

Despertar, literalmente, dentro de una misión así no es habitual para un periodista de 31 años -la edad de quien suscribe estas líneas-, y tampoco para veteranos del gremio. Luis Romero, quien en noviembre cumplirá 27 años como fotoperiodista de la agencia internacional Associated Press (AP), confirma la excepcionalidad de esta asignación: “Barcos de guerra ya había visitado, pero dormir y hacer el trayecto, nunca; esta es una experiencia bonita que se lleva uno”.

***


Antes de las 6 de la mañana, el USNS Comfort leva anclas a unos cinco kilómetros del puerto nicaragüense de Corinto, donde ha permanecido desde el 18 de julio. El sol ya asoma. Situado en la parte noroccidental del país, Corinto es el puerto del que desde hace años se asegura que será unido vía ferry con Cutuco, en La Unión; algo así como el metro para San Salvador.
El punto de encuentro

El comedor de la nave es el verdadero punto de encuentro del Comfort. Lo primero que llama la atención es que allí se juntan en aparente buena armonía todas las tonalidades que puede adquirir la piel de un ser humano. Es una sala muy amplia, salpicada de mesas y decorada con cuadros, y donde cada uno se sirve lo que quiere.

En el sector de los oficiales está colgado un gran letrero esculpido en madera: “Rose City”. Ese es el nombre que tuvo el Comfort desde que se construyó en 1976, como un petrolero, hasta 1987 cuando, tras dos años de reconversiones, regresó al mar como el barco hospital que es en la actualidad.

Tras el desayuno, que se clausura a las 7:30 a. m., el comedor se convierte en escenario de un ritual que caracteriza a la Armada estadounidense. Al unísono, unas 40 personas comienzan a vociferar el himno de la institución: “Yo soy un marino de Estados Unidos; yo respetaré y defenderé la Constitución...”.

En el grupo está Rubén Vilcara, peruano de nacimiento, pero radicado desde hace 14 años en Bethesda, Maryland. Para él también es la primera vez que realiza una misión humanitaria de esta magnitud, pero el estar asignado a la cocina y la férrea disciplina dentro del Comfort le impiden el contacto directo con los pacientes. Tras 10 días sin tocar tierra, su principal preocupación parece ser cómo es la ciudad de Acajutla. Es la tercera persona que pregunta lo mismo.

La razón puede estar en la respuesta que la noche anterior ha dado Nate Escott, marino también, pero que trabaja en la oficina de comunicaciones del barco. Ante la inquietud por saber dónde tomar una cerveza, la contestación, acompañada de un elocuente gesto de extrañeza, fue concluyente: “En este barco no se puede tomar”.

Ni una sola cerveza disponible en una nave más grande que el propio Titanic. Un verdadero laberinto de escaleras, pasillos y puertas, en el que se evidencia con facilidad quiénes son los recién embarcados. El escaso mobiliario no ayuda mucho. Se repiten de manera cíclica unos pocos elementos: extintores, cajas que contienen chalecos salvavidas, surtidores de agua para tomar, un letrero que indica “To boats” —a los botes—, y las alarmas, platos metálicos de 31 centímetros de diámetro cuyo sonido, afortunadamente, no se pudo atestiguar.

Cuando uno camina por esos lugares, el mar pasa su factura. Todo el barco se mece, esté o no anclado el buque. Por ello, casi todos los objetos están amarrados, y las paredes de los ascensores están forradas con colchonetas azules.

Esa laberíntica red de callejones conduce a los diferentes puntos de reunión de los marinos que se dedican a actividades específicas dentro de la institución. La banda musical, compuesta por 14 personas, viaja en el Comfort con la exclusiva misión de ensayar y tocar. David Wiley, el director del grupo, explica en inglés el porqué de la presencia: “La música es un lenguaje universal que llena de buenos sentimientos a las personas”. Para comprobarlo, la invitación que hacen es a acudir el próximo domingo al parque central de Acajutla, donde ofrecerán un concierto de jazz. Gratuito, por supuesto.

En la cocina, Roderick Bryan es el marino que explica cómo se las ingenian para preparar la comida a unas 700 personas cada día sin que el menú se repita en tres semanas. Las bodegas y los congeladores se llenaron en junio, cuando el Comfort inició su misión, y saben que habrá alimentos hasta el 14 de octubre, la fecha prevista para el regreso a Norfolk, en el estado de Virginia. Lo único que adquieren en los puertos a los que llegan es todo aquello que no se puede congelar o enlatar, lo que reduce a los vegetales y poco más la lista de la compra, que también harán estos días en El Salvador.

Y, además de marinos, en un barco hospital lo que abunda son los médicos, y las salas de operación, de rayos X, ucis... Iván Shulman es un cirujano que decidió cambiar durante cuatro meses su trabajo en un hospital angelino por formar parte del Proyecto Esperanza, una de las ONG que más se ha involucrado en esta iniciativa. “Somos médicos, y lo somos porque nuestra misión es ayudar a la gente en cualquier parte del mundo”, contesta en castellano, el idioma que, a veces con más buena voluntad que otra cosa, casi todos quieren ensayar cuando están frente a alguien que lo habla. Sobre su labor y la de sus colegas, que es en realidad lo más importante, se podrá profundizar en los próximos seis días.

Vilcara, Wiley, Shulman... apellidos en singular de una historia colectiva que ayer atracó en El Salvador. Hasta el 1.º de agosto se podrá conocer de primera mano la labor humanitaria de este grupo de personas que está recorriendo América Latina operando, medicando, haciendo análisis clínicos, regalando lentes o rellenando caries, por citar tan solo cinco del extenso listado de servicios que brinda el Comfort.

Tres de los 262 municipios del país, los tres de Sonsonate, han sido los elegidos para recibir una inyección de las buenas. A última hora de la tarde de ayer, ya se desembarcaban por medio de un helicóptero las medicinas, los insumos y el equipo que llega para quedarse. Una inyección de salud que viene del mar.

Fotografía: Óscar Leiva
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(Este remedo de crónica fue publicada el 26 de julio de 2007 en el periódico salvadoreño La Prensa Gráfica)

lunes, 20 de junio de 2011

Una buena mañana

Es un orgullo extraño, difícil de explicar, quizá imposible; dudo al menos que lo logre en este post escrito con las urgencias propias de esta situación. Muy avanzada ya la mañana de este lunes, mi hija Alejandra está ahora sentada sobre su pequeña silla amarilla de plástico, extrañamente hipnotizada por las imágenes que salen de la computadora portátil. Alejandra aún no ha cumplido año y medio, pero hay una serie llamada JimJam y Sunny que la cautiva, y no es de hoy, es desde hace meses, desde que en enero conoció en Euskadi a esos muñecotes cabezones y amarillentos que con canciones enseñan los colores, las formas, las partes del cuerpo. “Pacum”, dice Alejandra cuando JimJam enseña sus zapatos. Un pacum es un zapato, obvio, aunque pacum en otro contexto también puede significar pato. Ella sabe. Sentada continúa Alejandra. Lleva dos episodios de más de 20 minutos cada uno, con mi mirada. Apenas se ha levantado para beber agua o para hacerme notar alguna ocurrencia de los cabezones. “Tin”, me ha repetido cuando Sunny agarró un calcetín. Tin, obvio, significa calcetín. Alejandra se levanta ahora para bailar, para balancearse sobre sus poderosas piernitas. Y es así, parada y en movimiento, cuando más se le ven las docenas de puntos rojos que se han apoderado de su cuello, una extraña reacción que ya está en tratamiento, con ungüentos y todo eso, y que es la que me está permitiendo disfrutar de mi hija esta mañana. Ahora me mira y me mata. Me mata. Se ha bajado de la sillita, tan liviana que ella la agarra y la mueve como si fuera una servilleta, y la quiere morder, y me mira primero con esos grandes ojos oscuros, como esperando que la reprenda. Es tan guapa… Se levanta, parece que el efecto de JimJam y Sunny comienza a disiparse. Probaré algo: me sentaré en el suelo, a un par de metros y le pediré que me dé un abracito. Luego les cuento.

[…]

Lo dicho: un orgullo extraño, difícil de explicar. Imposible.

Fotografía: Roberto Valencia

lunes, 6 de diciembre de 2010

Esmeralda y la leche materna

El mensaje ahora está impreso con letras generosas en todos los botes: “AVISO IMPORTANTE: LA LECHE MATERNA ES EL MEJOR ALIMENTO PARA EL LACTANTE. La práctica de la lactancia estimulará en su bebé el deseo de seguir siendo amamantado, siendo este el método más higiénico”. Pero no siempre fue así. Es más, al menos acá, en El Salvador, hubo un largo y no tan lejano tiempo en el que el sistema de salud público recomendaba la leche en polvo sobre la materna.

Yo me acabo de enterar. Me lo ha contado Esmeralda García, una persona sencilla pero plena de esa sabiduría que solo se adquiere en el campo. Vive en el área rural, en un cantón llamado El Espinal, municipio de San Rafael Cedros, a tres cuartos de hora de la capital. Ella lava y plancha ajeno en un par de casas un par de días por semana, y los poco más de 120 dólares mensuales que gana son el ingreso más constante del hogar. Su esposo es agricultor, pero no es propietario; siembra en tierra ajena maíz y frijol, y chilipuca y pipián cuando la humedad aguanta, pero la parcela que alquilan apenas alcanza para el consumo familiar. Esmeralda tiene 52 años y es abuela, pero el grueso de lo que sabe sobre lactantes y leches se lo ha contado su... (Este relato puede leerlo completo pulsando aquí

Fotografía: Roberto Valencia

viernes, 27 de agosto de 2010

La llegada del halcón negro

José Luis Clímaco se despertó esta mañana con el mismo dolor intenso que desde hace dos semanas le martillea la garganta. Desayunó huevo picado y tortillas de maíz recalentadas. Clímaco tiene 74 años y es un anciano ofensivamente delgado, de nariz ancha y con la piel requemada por el sol, como todo agricultor que se precie. Vive viudo y, desde que sus hijos se fueron a Acajutla en tiempos de la guerra, solo, sin ningún tipo de pensión. Tras el desayuno, medio se bañó, se puso unos pantalones, una camisa de cuadros que es al menos tres tallas mayor, sus dos viejas y desgastadas botas y la cachucha sin la que se siente desnudo, y salió de casa rumbo a la escuela, a una cuadra de donde él vive. Pocas veces cae ayuda del cielo, y cuando ocurre, hay que aprovecharlo.

Desde primerísima hora, dos helicópteros tipo Black Hawk de la Fuerza Aérea estadounidense cargados con doctores y equipo médico han estado aterrizando y despegando en la cancha de fútbol de la comunidad El Pichiche, en el área rural de Zacatecoluca, La Paz. La atípica y ruidosa visita forma parte de una campaña con la que Estados Unidos trata de llevar atención médica de calidad a lugares de Centroamérica donde la salud, más que un derecho, es un privilegio.

—Aquí no hay trabajo ahorita, y todos estamos chotiando –me dice Clímaco resignado, mientras espera de pie su turno en la cola.

En unas semanas podrá cosechar el maíz que sembró a finales de mayo, vender una parte, y disponer de unos dólares que le darán algo de cintura. Pero ahora es tiempo de estrecheces. Solo cuando cangrejea en el manglar, no muy lejos del estero de Jaltepeque, reúne lo suficiente para poder comprar huevos o arroz. En una economía así no caben gastos para salud. Por eso cuando le comenzó el martilleo en la garganta prefirió esperar. Desde hace un mes sabía que hoy llegarían los doctores gringos. La alternativa, el sistema de salud pública salvadoreña, le hubiera supuesto pagar $1.50 para ir y regresar de Zacatecoluca, caminar hasta el surrealista Hospital Nacional Santa Teresa, perder el día entero y, casi con total seguridad, tener que comprar la medicina recetada con un dinero que no tiene.

Pero en El Pichiche todo es distinto hoy. Clímaco se sienta frente a un joven y preparado doctor vestido con pantalón de camuflaje y con un estetoscopio al cuello. Un soldado salvadoreño que hace las veces de traductor permite la comunicación entre el médico y el paciente. Le cuenta sobre su problema en la garganta, y al poco lo remite a un especialista, en el edificio principal del centro escolar, una sólida estructura construida en 1993 hoy convertida en un improvisado hospital de campaña. En las puertas de las aulas cuelgan carteles que dicen Vacunación, Odontología, Entrega de medicinas, Pediatría, Salud mental. Clímaco se pierde en una de las salas.

Después de los himnos y los discursos, cerca ya de las 11 de la mañana, Clímaco se me acerca y, aunque el dolor en la garganta no le ha desaparecido, tiene mejor cara. Mete su mano derecha en el bolsillo de la camisa y saca dos bolsitas transparentes llenas de pastillas, blancas unas, amarillas las otras. Una generosa sonrisa delata su satisfacción. Hoy es un gran día, parece decirme con la mirada. Pero los doctores gringos y sus consultas y sus medicinas buenas y gratuitas y sus Black Hawk se irán en unas horas de El Pichiche. Quizá para no regresar jamás.



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Este relato es una versión de la crónica publicada el 25 de agosto de 2010 en www.elmundo.es bajo el titular de Cuando la ayuda cae del cielo.

sábado, 10 de abril de 2010

La Chilindrina

Apenas hay mujeres en Comandos de Salvamento. Nunca fueron multitud, y con el pasar de los años cada vez son menos porque vestirse de amarillo es muy exigente. Así lo cree Rosa María Gálvez, apodada “Chilindrina”, quien recaló a mediados de los noventa en la institución y se empleó como socorrista primero y en la clínica ahora. ¿Pero a qué se refiere cuando llama exigente la labor del socorrista?

—No sé si se acuerda del último terremoto, en Santa Tecla. Estuvimos ocho días allí, ocho días sin llegar a la casa, sin cambiarnos. Y es más, yo ya ni comía, porque ya tenía penetrado en la nariz el olor a muerto. No le hallaba chiste a la comida. Para mí, eso fue lo más, lo más… este… escalofriante. Porque aparte, de primero sacábamos solo personas muertas, pero enteras, pero de los tres días para allá solo pedazos. Vísceras, o sea, ya no podíamos sacar nada entero. Sacábamos pedazos de pies, pedazos de manos… Las máquinas que metieron, aparte de que ya estaban podridos los cuerpos, los destripaban. Y es más, al final ya ni se recuperaba nada, porque los pedazos se los llevaba el camión de la tierra a botarlos, así.

Exigencia.

Físicamente Chilindrina no se parece para nada al personaje televisivo. Es coqueta –anillos, pulseras, uñas pintadas– y extrovertida, y su mirada es poderosa. Acaba de cumplir 35 años y desde hace siete es madre soltera de Andrea Abigail. Es su familia, dice. La acompaña siempre. Incluso cuando tiene turno nocturno su hija duerme con ella en las camas de la sede central. A Andrea le gusta mirar cómo trabaja su madre. En un rato aparecerá Julio César Ventura, un niño también de siete que vendrá con su padre para hacerse ver los puntos debajo de su cachucha. Chilindrina se pondrá los guantes y los revisará. Todo en su lugar, pero pronto aún para descoser.

—¿Una colaboracioncita? –Chilindrina señalará una alcancía candada.
—No, no tengo –responderá el padre, mirada al suelo.

Raro es que alguien deposite algo.


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Este es un fragmento de una larga crónica titulada La respuesta amarilla, que fue publicada el 6 de septiembre de 2009 en Séptimo Sentido, la revista dominical del diario salvadoreño La Prensa Gráfica.

sábado, 6 de marzo de 2010

Fumata blanca por el dengue

El dengue regresó a El Salvador. Aunque lo correcto sería decir que nunca se fue, porque la enfermedad es endémica en este país diminuto, tropical y superpoblado. Regresó hace unas semanas a las estadísticas oficiales, regresó hace unos días a los titulares de los medios de comunicación, y regresó hoy a esta comunidad ubicada en San Salvador llamada La Pedrera I en forma de una humareda espesa y blanca.

La Pedrera I es un parche de marginalidad en medio de la exclusiva colonia Escalón. Poco más de 150 casas a menos de un kilómetro de la Torre Futura, el edificio más moderno de la ciudad. Tienen luz y agua potable, y las casas son en su mayoría de bloque con techos de lámina. Pero en esencia es una comunidad como casi todas: laberíntica y con pasajes estrechos llenos de desechos.

Hoy es 2 de marzo, pero en La Pedrera I parece agosto. No lo digo por las lluvias –desde hace meses no cae una gota–, sino por las fumatas que salen de las casas y de los pasajes. Están fumigando en plena estación seca. Francisco Esquivel es el síndico de la asociación comunal, y se está encargando de guiar a los empleados de la alcaldía que llevan los termonebulizadores, las bombas que producen la fumata blanca en cada casa que permite el ingreso a los extraños, que no son todas. La humareda no es más que diésel mezclado con insectizada. El olor es fuerte, pero dicen que no representa peligro alguno para el ser humano.

―Yo tengo una perra y un perro, y la perrita tuvo hijos –me responde Alejandra sin haberle preguntado.

Alejandra tiene 7 años y pocos dientes, y es la menor de las tres amigas que desde el inicio de la fumigación siguen a la ruidosa comitiva por el laberinto. Al poco, las tres corren y desaparecen.


Fumigar es una medida que está en las antípodas de la prevención. Cuando se fumiga, si se hace bien, se logra matar a los zancudos. Las larvas no mueren, y en 15 días, si no se eliminan los criaderos –el agua estancada en las canaletas, las llantas o las macetas–, el área fumigada volverá a estar llena de zancudos. Esta es la primera crisis sanitaria que afronta el Gobierno de Mauricio Funes, y le ha apostado a la espectacularidad que garantizan las campañas de fumigación.

Los termonebulizadores continúan en La Pedrera I vomitando ruidosamente el veneno dentro de las casas, y la humareda escapa blanca y espesa por las ventanas y la puerta antes de desvanecerse para siempre en el aire. Tras más de una hora, llegan a la casa 44. Aquí vive Alejandra. Está arrodillada a unos metros de la fumata que sale de su vivienda y tiene delante una caja de plástico translúcido cubierta por un trapo verde. Adentro hay tres cachorros minúsculos, la descendencia de Mariposa y Roco. Nacieron cuatro hace diez días, pero uno murió.

―Están tiernitos –dice Alejandra.

Mariposa, una perra de pelaje ondulado y blanco con grandes manchas negras, me ladra y trata de morderme. Protege lo suyo. Alejandra ríe. Se levanta con la caja en brazos y se aleja.


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(Esta es una versión modificada de una crónica publicada en elmundo.es el 3 de marzo de 2010)
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