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miércoles, 13 de febrero de 2013

Alejandra, la edodita


En estos días de febrero estoy lejos de San Salvador. Trabajo desde Vitoria-Gasteiz, la capital de Euskadi, con dos quehaceres básicos: adecentar y pegar cables internacionales y levantar como loco docenas de largas y profundas entrevistas para el proyecto que absorberá buena parte de este 2013. Justo acabo de subir a El Faro una nota sobre Obama, cuando mi hija Alejandra entra en la sala con su paquetito de plumones y un cuaderno, y empieza a pintar con esmero uno de los dibujos de Miquimau.

Al poco, el ratón universal luce todo garabateado.

—Qué bonito te está quedando –le digo con satisfacción al comprobar que los colores apenas se han salido del dibujo. Alejandra tiene apenas tres años y un mes.
—Sí, papi, ya soy grande. Ya soy periodista (edodita), y yo también estoy trabajando, Mirá, papi –y me muestra orgullosa el colorido Miquimau.
—¿Qué has dicho, que querés ser periodista?
—Sí, papi, cuando sea grande, yo quiero ser edodita. Y trabajar.

Me he sentido tan bien que me he levantado para dar un abrazo a Iris –que había escuchado todo desde el pasillo y me esperaba con una sonrisa cómplice–, y he tenido la necesidad imperiosa de escribir estas frases para el blog.

Fotografía: Roberto Valencia

lunes, 30 de abril de 2012

La carta de Sarai

La carta dice así:
“Seño Iris aquí le mando este papel porque usted me dijo que cuando algo me pasara le dijera.
Hahora en la mañana mi mami me pego con un palo me dejo rojo el brazo y inchado me pego porque me dijo que le sacara una sombrilla en la noche y seme olvido en la mañana me dijo buscamela y la empese a buscar pero no la encontre se enojo y me pego con un palo y me dijo que si en la tarde no la encontraba me iva volver a pegar y no quiero tengo miedo decirle porque otra vez que me pego y yo le grite que le iva a decir a usted me dijo que me iva reventar la boca
Gracia por oirme
Sarai”
Sarai es una niña de 11 años, de extracción muy humilde. Vive con sus hermanitos y su madre en un cuarto de un mesón ubicado en Mejicanos. Cursa sexto grado. Cuando termina las clases, le gusta ir a hacer sus tareas en las instalaciones de una modesta oenegé que destina buena parte de sus esfuerzos a mejorar las condiciones de la niñez.

La “Seño Iris” es una trabajadora social. Es de esas personas que se apasiona con lo que hace, demasiado quizá. No tolera el dolor ajeno, y a pesar de ello trabaja, por decisión propia, en uno de los incontables epicemtros del sufrimiento de la sociedad salvadoreña.

La carta, de alguna manera, representa el día a día para un amplio segmento de la niñez en El Salvador, un país violento como pocos.

Apenas unos días antes de que Sarai escribiera la carta-desahogo para Iris, el representante de Unicef en El Salvador, había dicho esto en una entrevista: “La sociedad salvadoreña debería tener en mayor consideración el impacto que la violencia tiene sobre los niños, porque es muy baja la priorización social que en la actualidad se le da a la niñez en El Salvador”.

Mañana será otro día. Y seguirá habiendo más cartas, aunque nadie las escriba.

(Mejicanos, El Salvador. Abril de 2012)


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(Este relato fue publicado el 27 de abril de 2012 en la sección Bitácora del proyecto de cobertura periodística de la violencia Sala Negra, de elfaro.net)

viernes, 24 de diciembre de 2010

Memorables

De la Nochebuena del año pasado sé que hubo un árbol encendido y enclenque reflejado en el gran espejo de la sala, hubo el calor propio del Trópico, hubo pólvora ruidosa iluminando el cielo, hubo humo blanco sobre la ciudad, mi esposa Iris embarazada de ocho meses y medio, y mi hija Alejandra a 18 días de su nacimiento, hubo también la cena austera por principios, hubo besos, hubo pláticas transatlánticas vía Skype, hubo mil detalles, mil palabras… Sé que hubo todo eso aunque es un día que se borró de mi memoria. Todo lo que sé que hubo son nomás reconstrucciones mentales basadas en la lógica y en la matemática. Bien dicen que la memoria es selectiva, y que parece que solo selecciona lo realmente importante.

—Iris, ¿y dónde pasamos la Nochebuena pasada? –le he preguntado hace unos minutos.
—Yo creo que en la casa, los dos solos, estoy más que segura –me ha respondido después de darle no pocas vueltas.

Parece que la cena del 24 de diciembre de 2009 no fue ni más ni menos memorable que las del 12 de marzo o la del 9 de septiembre. A ver hoy.


Fotografía: www.depsicologia.com

viernes, 17 de diciembre de 2010

La licenciada Girón Palma


La bachiller dejará de serlo en minutos, pasará de graduanda a graduada, de Bach. a Licda., una etiqueta que de por sí tiene una connotación especial en este país, pero que en este caso viene acentuada por la historia personal de la protagonista de este relato, porque más que licenciarse en Trabajo social, Iris Esmeralda Girón Palma recibirá hoy una licenciatura en Querer es poder.

Es viernes, 24 de septiembre de 2010, y falta poco para las 3 de la tarde. El auditorium Fepade acoge a unas pocas docenas de egresados de distintas facultades de la Universidad Doctor Andrés Bello. Casi todos han recibido ya su investidura académica, pero la bachiller Girón Palma es de la últimas y aún espera su turno al pie de las escaleras. Viste negro riguroso, como manda la tradición, con zapatos de medio tacón y vestido de dos piezas: manga corta arriba y falda hasta la rodilla. Aplaude cuando nombran por megafonía a la joven que la precede, consciente de que en poco más que un chasquido ella será la efímera protagonista del evento.

Conozco a la bachiller Girón Palma desde antes incluso de que fuera bachiller. Se cruzó en mi vida cuando tenía 18 años y repartía cervezas y sonrisas en un bar de San Salvador llamado Les 3 Diables, el mejor antro que he conocido jamás. La suya no ha sido una vida sencilla: su padre murió al poco de nacer, el pisto siempre escaseó y desde niña tuvo que compaginar trabajo y estudios. Allá por 2002 vivía en una comunidad de la colonia Zacamil de Mejicanos, un entorno que se tragó a muchos de sus compañeros en el Instituto Nacional Alberto Masferrer: maternidad precoz, maras, fracaso escolar… Pero ella siempre quiso algo más, por eso el simbolismo que siempre le dio a obtener su título, no porque lo necesite –desde hace años trabaja como trabajadora social, valga la redundancia, y lo hace muy bien–, sino por lo que representa lograr una meta trazada. Quizá alguien logre entender esto que me resulta tan difícil de expresar con palabras.

—¡Iris Esmeralda Girón Palma! –gritan por megafonía.

La bachiller sube los cinco escalones con sonrisa radiante y melena al viento, da un apretón fugaz, y desciende por el otro extremo con su gran cartón en las manos. La detienen para una fotografía y regresa a su asiento en la segunda fila, para la juramentación. Aún resuenan las palabras grandilocuentes que el rector, Tulio Magaña, ha dicho hace unos minutos: “Ustedes no van a buscar caminos, sino que van a hacer caminos” y “El país está necesitado de ustedes”, más propias para una graduación en Stanford que en la Andrés Bello. Consciente –quizá como pocos en esta sala– del país del que forma parte, a la bachiller Girón Palma no le va tanta palabrería gratuita; tampoco le entusiasmará el discurso ofensivamente religioso de la alumna con mejores calificaciones. Pero nada de eso enturbiará su satisfacción.

Ahora todos se ponen de pie.

—¿Juran blablabla…
—Sí, juramos –responden a coro.

Y hoy sí. Esa persona que sonríe igual que cuando la conocí es toda una licenciada, la licenciada Girón Palma.


Fotografía: Roberto Valencia

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