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miércoles, 1 de octubre de 2014

'Yo violada' sigue rodando


Ayer (30 de septiembre de 2014) pegaron en la página de Facebook de la revista El Malpensante el link a la versión colombiana de la crónica 'Yo violada', que ellos publicaron en su edición de julio de 2013. Más de un año después, más de tres años desde su publicación original, sigo sorprendiéndome con la avalancha de laiks, de comentarios sentidos, de reacciones que aún genera este relato descarnado.

Si están sobrados de tiempo, en tren y lean los comentarios de la gente.





[Aviso técnico: si no viera nada en este post, sería responsabilidad exclusiva de Facebook y sus configuraciones.]

martes, 4 de junio de 2013

Jon Lee Anderson piropea ‘Yo violada’


Me van a permitir una vez más el autobombo, aunque creo que pocas veces estará tan justificado. Esta entrada se limitará nomás a este mínimo párrafo introductorio y a la trascripción de las palabras del maestro Jon Lee Anderson sobre una mis crónicas, sobre ‘Yo violada’, incluida en Crónicas negras. Desde una región que no cuenta, el primer libro de la Sala Negra de El Faro, que acaba de salir a la venta editado por Aguilar. Jon Lee tuvo la gentileza de hacernos el prólogo y de ‘Yo violada’ dice esto: 

“Está también el que probablemente es el relato más conmovedor y memorable de esta colección: ‘Yo violada’, la historia de la joven Magaly, escrita por Roberto Valencia. Se trata de la vida de una chica que sufrió una violación masiva por parte de los pandilleros de su barrio, algo que, descubre Valencia, es un hábito ritual. Lo de Magaly es una experiencia más entre muchas. La mayoría no reportadas ni contadas. Se quedan ahí, ocultas en esos barrios olvidados a su suerte. El director de un colegio de la zona reconoce que sabe de lo sucedido, que conoce a algunos de los que lo hacen, que saben que pertenecen al poderoso Barrio 18 y que no tiene ni el poder, ni el coraje, ni la temeridad necesaria como para denunciarlo. ‘Yo violada’ parece ser la metáfora más visceral de una sociedad sofocada, que no logra imponer la autoridad moral, porque no la ampara un estado de derecho. El impacto de esta crónica es muy fuerte, casi desolador”.

Amén. 

sábado, 28 de julio de 2012

Yo violada (un año después)

Antes que nada, unas palabras de la cronista argentina Leila Guerriero, que creo pertinentes: “El periodismo narrativo tiene sentido porque no me creo un mundo donde las personas no son personas sino ‘fuentes’, donde las casas no son casas sino ‘el lugar de los hechos’, donde la gente no dice cosas sino que ‘ofrece testimonios’”.


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24 de julio de 2012. Hoy se cumple un año exacto desde que la Sala Negra de El Faro publicó una crónica titulada Yo violada. La violencia del relato y su premeditada crudeza hicieron que se moviera bastante: más de 2,000 likes en Facebook, docenas de comentarios de los lectores, elegida por los colegas de El Faro como la mejor historia de 2011, republicada en medios como periodismohumano.com,… Incluso en un paisito como el nuestro, en el que el gremio periodístico gira relampagueando llamaradas de tuza, algunos aún hoy siguen recordando la historia, y sobre todo a su protagonista: Magaly Peña. Me consta; de vez en cuando alguien me pregunta por ella.

El texto arrancaba provocador. Así: “A Magaly Peña la violaron no menos de 15 pandilleros durante más de tres horas, pero eso quizá sea lo menos importante de esta historia”. La violación tumultuaria –apenas undivertimento para pandilleros, en este caso particular de la facción Sureños del Barrio 18– sirvió como hilo conductor, pero la voz de la víctima fue complementada con las de profesores, amigas, autoridades y expertos. El resultado final fue un relato que no solo contaba un caso particular, el de Magaly, sino que denunciaba una práctica tristemente habitual –las violaciones de jóvenes– en los barrios y comunidades fuertemente controladas por las maras.

Me atrevo a suponer que una de las razones por las que la crónica tuvo el impacto que tuvo, por las que conmovió e hizo sentir ira, es por haberme tomado más de un año para conocer a su protagonista y para intentar –intentar– entender su mundo, el sótano de El Salvador, un sótano cuasi desconocido pero en el que (mal)viven más de la mitad de los salvadoreños.

En el último bloque del relato aparece esta frase: “Sé más de ella que de mi propia hermana”. No se trataba, ni mucho menos, de un recurso narrativo gratuito.

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Una estructura de terror como la que han creado las pandillas no se desmonta con un chasquido de dedos, y, en lo personal, estoy convencido de que las violaciones, los asesinatos y los enterramientos de cadáveres protagonizados por pandilleros se siguen dando desde el 8 de marzo, el día en el que se activó la tregua negociada entre la Mara Salvatrucha-13, el Barrio 18 y el Gobierno salvadoreño. Sin embargo, no deja de parecerme un irrespeto a las personas que más sufren la violencia, como Magaly, el hecho de minimizar-menospreciar-ridiculizar-boicotear la importancia de los compromisos de declarar las escuelas “zonas de paz” (comunicado del 2 de mayo), y de cesar la violencia en contra las mujeres (comunicado del 12 de julio), a pesar de los casos puntuales que contradigan la palabra empeñada por los pandilleros.

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Desde abril me estoy reuniendo con relativa frecuencia con una madre. Es, ante todo, eso: una madre. Madre sufrida de un joven que en su vida ha sido víctima y victimario, como casi todos, aunque a algunos les guste apostar a los relatos de buenos-buenos y malos-malos, sin grises, sin matices. Cuando quedamos, esa madre y yo hablamos de las ventas, de la escuela en la que estudia su hijo pequeño, del futuro, de Dios, de fútbol… El perfil lo comenzaré a escribir cuando yo sienta que ella crea que no está hablando con un periodista, cuando se convenza de que ya no la veo como a una fuente.

***

20 de julio de 2012. El contacto no lo hemos perdido, pero a Magaly no la he visto en persona desde hace más de un año, desde la última ocasión en la que nos sentamos a platicar, aquella vez en una cafetería de Metrocentro. Ayer la telefoneé, y, ante mi insistencia, me dijo que podríamos vernos unos minutos en su lugar de trabajo, una pequeña oficina de una importante operadora de telefonía, ubicada en un reconocido centro comercial del área metropolitana de San Salvador.

Magaly trabaja desde hace casi un año para esa empresa de telefonía. El salario es de hambre, por supuesto, pero hay economías en las 200 dólares mensuales se consideran una bendición. Al poco de comenzar a trabajar conoció a un hombre 14 años mayor –ella hoy tiene 21–, que primero se convirtió en su novio, luego se fueron a vivir juntos, y desde hace tres meses es su marido. La boda fue sencilla: Magaly, el marido y los dos testigos. No celebraciones, no viajes. Este viernes no carga el anillo porque se le despegó la piedrita.

―Pero estás contenta, ¿veá? –pregunto al nomás vernos.
―Sí, sí, muy bien –sonríe.

Los dos viven de manera humilde pero digna en una casita que alquilan. Esa es la parte que más parece satisfacer a Magaly de su nueva vida: haber podido escapar de la casa en la que vivía. Ni su madre ni su padrastro saben aún que fue violada.

El marido es enfermizamente conservador-proteccionista. Le pidió la mano a la suegra antes que a Magaly. Todos los días la lleva y la trae al trabajo. No le deja ir sola a ningún lugar, ni siquiera a visitar a su familia –“a él no le gusta que yo vaya en bus”, me dice–. Prohibido recibir llamadas o mensajitos de hombres. De salir a divertirse con amigas, mejor ni sugerirlo. Lo de sacar el bachillerato los sábados, como era su deseo, eliminado de un plumazo. Que nuestra plática de hoy se limite a diez minutos con un mostrador de por medio es consecuencia directa del carácter de su marido.

―Pero en serio que todo bien, ¿veá? –repregunto poco antes de despedirnos.
―Sí –siempre la sonrisa, pero esta vez suena menos convincente.
―¿Segura?
―Es que… es medio raro un poco todo…
―¿No te acostumbras a la vida de casada?
―No… pero ya casi. Tiene un lado amable esto… aunque no me parezcan algunas cosas.
―¿Por el carácter de él?
―Es que es muy celoso… demasiado.

Desde hace algunas semanas están intentando tener su primer hijo.

En el sentido más literal que se pueda interpretar, Magaly es una salvadoreña más. Siempre lo ha sido.

***

Otra cita para finalizar, esta vez del genial y polémico periodista polaco Ryszard Kapuscinski: “Es un error escribir sobre alguien con quien no se ha compartido al menos un tramo de la vida”.

(San Salvador, El Salvador. Julio de 2012)



Fotografía: internet

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(Este relato fue publicado el 25 de julio de 2012 en la sección Bitácora del proyecto de cobertura periodística de la violencia Sala Negra, de elfaro.net)

lunes, 31 de octubre de 2011

Un país adicto a la muerte

La sicología forense es la herramienta que permite traducir una evaluación sicológica al lenguaje legal que se maneja en los juzgados. El trabajo de un sicólogo forense consiste pues en tratar tanto con víctimas como con victimarios; los escucha, los analiza, los evalúa y los interpreta. Marcelino Díaz es sicólogo forense en El Salvador. Trabaja desde 1993 en el Instituto de Medicina Legal, institución adscrita a la Corte Suprema de Justicia. Por su despacho de dos por dos metros han pasado violadas y violadores, incontables ya. La segunda vez que me recibió, cuando le saqué el tema, alzó desde detrás de la mesa una gran bolsa blanca llena de peluches. Me explicó que se los pide a sus alumnos de la universidad, para romper el hielo cuando evalúa a niñas violadas, algo que ocurre con demasiada frecuencia.

—Una de las cosas que he logrado entender de las pandillas –me dijo Marcelino, también un convencido de que las maras son responsables directas de buena parte de la violencia que embadurna el país– es que ellos se creen diferentes; a los demás nos dicen civiles. Se consideran con el derecho a hacer lo que les da la gana y por la impunidad que hay, hoy pueden tomar a la mujer que se les antoja.

La historia de la violación de Magaly era ya un drama infinito, pero en singular; no fue hasta que hablé con Marcelino cuando comprendí que es algo generalizado, que no es exclusivo del Barrio 18 o de la Mara Salvatrucha; comprendí que las violaciones tumultuarias no son algo extraordinario en El Salvador; comprendí que Magaly hasta podría considerarse una afortunada.

—Con los años –me dijo–, las violaciones de los pandilleros han ido cambiando, especialmente en conductas sádicas. Lo último de lo que he tenido conocimiento es que toman a una joven, la desnudan, alguno se pone entre las piernas para violarla, otros la levantan, le agarran las piernas y, cuando la están violando, uno más le clava un puñal en la espalda, para que ella se mueva. Es una conducta totalmente sádica, bestial… no tiene nombre.

Las pláticas con Marcelino resultaron una sucesión de titulares, cada cual más cruel y desesperanzador: “Los pandilleros tienen un odio tremendo a la mujer, por la destrucción de cuerpos que hacen”; “las denuncias son solo la punta del iceberg de todas las violaciones que hay”; “hay niños de 12-13 años que ya son violadores”; “las están prefiriendo de 14 o 15 años, son las que más aparecen muertas”; “el sistema educativo es una fracaso, pero parece que nadie lo quiere señalar”; “no le veo solución al problema de las pandillas”.

Le esbocé lo vivido por Magaly y mencioné su aparente fortaleza emocional. Marcelino respondió que cuando se crece en un ambiente de amenaza constante, como lo es una colonia dominada por pandilleros, una violación no genera tanto trauma porque se asume que la alternativa es la muerte. Es cuestión de sobrevivencia, me dijo.

—¿Y cómo calificaría la actitud de la sociedad salvadoreña ante lo que ocurre en el país? –pregunté.
—La violencia está casi invisibilizada: ¿cuántos medios de comunicación cuentan aquí la verdad? Casi ninguno, porque responden a grupos normativos que prefieren vender El Salvador como el país de la sonrisa. Y no solo invisibilizada; también está naturalizada. No es natural que se descuartice a niños o a niñas, que maten a la abuelita, pero aquí todo eso se ha naturalizado. Yo creo que los salvadoreños tenemos adicción a la muerte. 


Adicción a la muerte, dijo.

Arte: internet

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(Este es un fragmento de una crónica titulada Yo violada, que fue publicada el 23 de julio de 2011 en la sección Sala Negra del periódico digital salvadoreño El Faro)

jueves, 4 de agosto de 2011

¿Una buena noticia?

Hoy no es un día más en el Instituto de Medicina Legal de San Salvador. Esta mañana se inaugura la que se ha bautizado como la Oficina de Atención a Víctimas en Crisis tras una Agresión Sexual (AVCAS), que aspira a brindar un trato humano a las personas que han sido violadas. Por lo visto, la atención que el Estado salvadoreño brindaba antes aquí dejaba mucho que desear, pero una generosa inyección de fondos extranjeros abanderada por la AID estadounidense ha cambiado, para bien, esta situación.

En la inauguración, realizada bajo dos canopis colocados en el parqueo de la institución, hay unas 60 personas; la mayoría, empleados de Medicina Legal. Muy pocos medios de comunicación se han interesado en el evento, como si en verdad existiera una alergia gremial a las convocatorias que incluyen buenas noticias. De entre todos los discursos –cuatro en total– destacan en mi libreta, por su sinceridad, las palabras de Rosa María Fortín, presidenta de la Sala de lo Penal de la Corte Suprema de Justicia. Las víctimas de violaciones, dice, “se ven obligadas a enfrentar el sistema de Justicia, que en la mayoría de los casos los trata no solo de manera descortés, sino de manera infame”.

Al finalizar, reconozco entre los asistentes a Marcelino Díaz, un sicólogo forense al que he entrevistado en alguna ocasión. Nos saludamos, me presenta a dos colegas. Su oficio les exige, entre otras cosas, tratar tanto con las víctimas de una violación como con los mismos violadores. A la pregunta sobre si lo que hoy se inaugura es un paso en la dirección correcta, la respuesta es unánime: sí. “Es muy importante, sobre todo por los niños”, dice uno de ellos.

La plática deriva de inmediato hacia una realidad menos esperanzadora, más salvadoreña. Acá atenderán nomás a las víctimas de la capital y del área metropolitana, que representan solo un tercio de todas las violaciones registradas en El Salvador. Más preocupante resulta saber que los casos que se judicializan son, en palabras de uno de los tres sicólogos, la punta del iceberg de los que en verdad ocurren. Esa puntita supuso el año pasado casi 3,400 agresiones sexuales, un promedio de 9 diarias, según cifras de Medicina Legal. Si esa es la punta, no suena muy aventurado aseverar que en el seno de la sociedad salvadoreña ocurren cada día entre 30 y 40 violaciones, de las que más del 90% son a mujeres y sobre todo a niñas.

—El abuso sexual infantil es un flagelo de la sociedad salvadoreña –dice uno de los sicólogos forenses.
—La mayoría de los casos se dan dentro de las casas –complementa su colega–: el padre con la hija, el padrastro con la hijastra, el tío con la sobrina… Pero pocos de esos casos se denuncian.
—Yo acabo de evaluar un caso de unos pandilleros que secuestraron por un mes entero a una pobre muchacha –se anima el tercero–. La tuvieron secuestrada y hasta la trasladaban de un lugar a otro.
—¿Y ella está viva? –pregunto.
—Sí, ella sobrevivió. Eran dos sujetos; uno la violaba un día, y el otro, al siguiente. La tenían en una casa, y ella nomás era como el objeto.

La conversación no se extiende en esta ocasión mucho, para poder conocer la oficina recién inaugurada. Se trata de dos cubículos pintados con colores cálidos y ambientados con música suave. Hay un televisor con DVD, un sofá que se ve confortable, un baño con ducha y un amplio espacio con juguetes y pinturas para que los niños y niñas jueguen y pinten. Tres sicólogas se turnarán durante las 24 horas para ayudar a las víctimas a afrontar los exámenes médicos que exige la Justicia. También les darán un “kit de dignidad” que incluye objetos básicos de higiene personal.

La mejora es evidente pero, si esto se está inaugurando con tanta pompa aquí y ahora, supone que a las mujeres, los niños y las niñas violadas en San Miguel, en Santa Ana o en cualquier otra zona del interior del país, el Estado no les brinda ayuda psicológica especializada ni un cuarto en el que ducharse ni siquiera un calzón para cambiarse. Tampoco invita al optimismo comprobar que entre el equipamiento de la nueva oficina haya una cuna para recién nacidos, edad que duele relacionar con las palabras “agresión sexual”, pero que hoy por hoy, en esta sociedad de violencia infinita que hemos construido los salvadoreños, parece ser algo imprescindible en una oficina de atención a personas violadas.
(San Salvador, El Salvador. Julio de 2011)

Fotografía: Roberto Valencia

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(Esta crónica fue publicada el 1 de agosto de 2011 en la sección Bitácora del proyecto de cobertura periodística de la violencia Sala Negra, de elfaro.net)
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