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sábado, 18 de enero de 2014

Día de pago


El microbús lo abordaron en Apopa, a la salida del Pericentro. El viaje por la Troncal de Norte, otras veces interminable y tedioso, en esta ocasión duró poco más que un chasquido. Aunque la misión era de las rutinarias, recoger la renta en el punto de buses de la Ruta 4, seis largos años en las calles habían enseñado a Poison a no confiarse nunca. Lo acompañaba el Colocho, un niño de 12 o 13 años que apenas comenzaba a caminar con la pandilla. Poison tenía 15 años recién cumplidos, y era de largo el veterano.

En el trayecto fueron sentados a la par, pero apenas intercambiaron palabra. Al llegar al retorno del kilómetro 5½, bajaron del micro y cruzaron la calle tan rápido como el tráfico se lo permitió; la parada estaba en la entrada a la colonia Montecarlo, cancha del Barrio 18, y no cargaban arma alguna; así lo había decidido Charlie, el palabrero.

Poison –metro y medio escaso de altura, ojos grandes y sonrisa generosa, cara de niño bien portado– era el segundo de seis hermanos. Nacido en un hogar deshecho, él se había tirado a la calle a los 9, y estuvo años vagando antes de que la Mara Salvatrucha-13 y sus encantos se cruzaran en su camino. Tras un chequeo corto –menos de seis meses– en los que demostró disciplina, iniciativa y sangre fría para matar, lo brincaron en la primera semana de abril. De hecho, cuando la noche anterior el palabrero le pidió ir a cobrar la renta, le vino el impulso de decir que mejor fuera otro, que él estaba para pegadas mayores, pero prefirió mostrarse respetuoso y sumiso.

La avenida Paleca estaba vacía cuando la embocaron. Tal y como les habían advertido, justo después de Clásico Neon Signs vieron el montón de unidades de la Ruta 4, algunas parqueadas. Poison repitió al Colocho en voz baja las instrucciones: preguntar por Alfredo, recibir el pisto, contarlo y desandar el camino. También le pidió que caminara delante. 

Un joven descamisado enjabonaba las llantas del primer bus que se toparon nomás ingresar al punto. “El señor Alfredo, ¿dónde está?”, preguntó el Colocho. El joven respondió con una mirada hostil y un movimiento de cabeza, una invitación a que miraran al fondo del predio. Un hombre con un brazo en alto les hacía señas. El Colocho se encaminó hacia él. Poison iba unos cinco pasos detrás. 

―¿Los manda Charlie? ¿Vienen por esto? –el hombre elevó la voz cuando estaban a medio camino, mientras con una mano agitaba un sobre doblado. 

A unos diez metros, Poison vio la cara del tal Alfredo, su juventud y sobre todo sus maneras, y sintió que era una encerrona. Es la jura, pensó. Dejó que el Colocho fuera hacia el sobre, pero Poison giró y comenzó a caminar deprisa para alejarse. Fue en vano. Dos policías vestidos de civil salieron de entre dos unidades sobre su improvisada ruta de huída. Ni siquiera hizo el amago de correr. 

Dos meses y medio después, en julio de 2009, el Juzgado Primero de Menores de San Salvador impuso a Poison una medida de cinco años de internamiento, que había comenzado a cumplir en el Centro de Inserción Social Tonacatepeque, donde le esperaban más de 300 homies de la Mara Salvatrucha-13, la que él ya consideraba su única familia. De alguna manera terminar allí para él era un orgullo. 

(Delgado, San Salvador, El Salvador. Abril de 2009.)

Foto: Google maps
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(Este relato se incluyó con idéntico título en una serie de microrrelatos titulados 'Cuentos para leer en Navidad', que se publicaron el 15 de diciembre de 2013 como bitácora de la Sala Negra de El Faro)

domingo, 10 de noviembre de 2013

Estrategias de venta (lástima)


El bus va medio vacío, lo habitual un lunes a las nueve y cuarto de la mañana. Yo lo he abordado hace un par de paradas, en la que está frente al mercado de las pulgas del bulevar de Los Héroes, y me he sentado en la parte trasera, cerca de la salida. Una manía que tiene razón de ser: cuando una de estas unidades va llena, se hacinan ochenta o noventa personas. Más de una vez tuve que resignarme y renunciar a bajar donde me correspondía porque una infranqueable muralla humana me separaba de la puerta de salida. Pero ahora, reitero, el bus va medio vacío, nadie parado en el pasillo. Al llegar a la parada de Metrocentro, la ubicada frente al Intercontinental, suben primero dosquetrés personas que pagan el pasaje y rápido ocupan un asiento; luego, el último, y después de rogarle al conductor, el Niño se arrastra pecho al suelo bajo el torno, con la maestría de quien lo ha hecho cientos de veces. 

En San Salvador, la capital de El Salvador, el transporte urbano lo gestionan empresarios o cooperativas. El Estado establece unas reglas mínimas –algunas se incumplen sistemáticamente–, concesiona las rutas, y luego, salvo escándalo mayúsculo, se limita a mirar el partido desde la grada. El resultado es un sistema de transportes caótico pero sorprendentemente efectivo. Caótico porque circulan verdaderas chatarras y porque el usuario es tratado como una mercancía. Y efectivo porque, mal que bien, cumple la función que le interesa al establishment: que cientos de miles de salvadoreños vayan cada día de la casa al trabajo y del trabajo a la casa por un precio módico: $0.20 o €0.15 por trayecto. El cómo apenas importa porque los buses son para el bajomundo, para ese 60-70% de la población que no puede elegir cómo movilizarse. Es una generalización y como tal encerrará sus excepciones, pero los buses urbanos los usan solo las personas cuyos hijos estudian en escuelas públicas y cuyos padres mueren en hospitales públicos. Porque en El Salvador parece que llevan años esforzándose –y lo han logrado– por dar a lo público una connotación de deficiente y caótico. Y el clasismo tan presente en la sociedad hace que en la conciencia colectiva ir al médico privado, tener a los hijos en colegios privados y tener un vehículo propio que permita alejarse de la chusma que va en los buses se interpreten como inequívocos síntomas de éxito social. 

Decía que el Niño acaba de subir en la parada de Metrocentro. En principio, esto no es nada extraño en Centroamérica. Cuando se pasa media hora dentro de un bus, lo raro es que no irrumpa un vendedor de caramelos-chocolatinas-agua-bolígrafos-y/o-llaveros, o un payaso triste, o un predicador-guitarrista-cantante pedigüeño, o un enfermo terminal, o un recién excarcelado o un ladrón con una .38 en la cintura. En este viejo Bluebird de la Ruta 44 ha subido el Niño. 

Tendrá unos 12 años. Su piel está requemada por el sol del Trópico. Viste sucio: una camisola verde militar y chores negros, y calza de esos zapatos playeros de plástico agujereados que tan de moda se han puesto en los últimos años. Pero lo que más singulariza al Niño es su mirada perdida, infiero que por el efecto de tanta pega olida. El Niño tiene la mirada de haber sido ya derrotado por la vida. Después de haberse arrastrado bajo el torno, ha recorrido el pasillo y ha querido entregar un papelito a cada pasajero. La mayoría ni siquiera se lo ha aceptado. Ni siquiera se ha atrevido a mirarlo. 

En el papelito, este texto: “POR ESTE MEDIO LES QUIERO SOLICITAR SU COLABORACIÓN PARA COMPRAR ALIMENTOS PARA MI FAMILIA. PUES SOMO DE ESCASOS RECURSOS. ¡!MUCHAS GRACIAS!!” 

Una joven esbelta y bella de unos 18 años, y que intuyo estudiante universitaria por los cuadernos que carga y porque este bus va rumbo a la Universidad Centroamericana, da cinco centavos al Niño. Otro pasajero sentado en la fila de atrás le entrega treinta centavos. Con esos $0.35 podría comprarse una pupusa. 

El Niño se baja antes de llegar al Monumento al Hermano Lejano, en una parada que hay poco después de la residencial Brisas de San Francisco. Yo aguanto un par de paradas más, hasta el Árbol de la Paz. Al bajar, pulso el botón REC de la grabadora digital que intento llevar siempre encima, y todo lo que acabo de ver termina convertido en un archivo de audio.
Pasará casi medio año hasta que lo escuche. Lo haré en la biblioteca pública del barrio de Zaramaga, en Vitoria-Gasteiz, en la opulenta Europa. Allá, en el primermundismo, parecen no percatarse entre tanto autofustigamiento impostado, pero los niños de 12 años todavía juegan. 

Fotografía Roberto Valencia
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(Este texto se publicó primero el 31 de octubre de 2013 en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, bajo el título "El Niño sucio, la sucia sociedad")

domingo, 26 de mayo de 2013

El espejo rompido


Un entrañable amigo tiene una modesta casa en un pueblito pesquero de Huelva llamado El Rompido. Cada vez que nos vemos y El Rompido aparece en la conversación, este amigo me cuenta –me recuerda– que el gran periodista Gabriel García Márquez estuvo allí alguna vez, y que dijo que El Rompido era el nombre de pueblo más bello y sonoro que jamás había escuchado. Desconozco si Gabo en verdad lo dijo o no, pero lo cierto es que El Rompido es un nombre sonoro y bello, mucho más que El Roto, participio irregular y abrupto, pero el único tolerado por la Real Academia Española.

Este miércoles 15 de abril se estrenó en el Teatro Nacional de San Salvador El espejo roto –que no rompido–, la obra más reciente de la documentalista salvadoreña Marcela Zamora, también entrañable amiga. El documental, desolador como recibir un navajazo leeeeento, cuenta la historia de un grupo de niños de una barriada sometida por la pandilla Barrio 18, que reciben un taller de teatro motivacional. El taller deviene en la excusa perfecta para adentrarnos en las vidas, en los hogares, en las familias de esos niños y niñas, todos de entre 7 y 10 años, todos marcados a fuego por un entorno de violencia extrema, inimaginable para quien lee esto en la España de los lamentos feisbuqueros, inimaginable también para quien lee esto desde los reductos primermundistas del tercermundismo.

La directora lo advirtió antes de que comenzara el documental. Dijo algo así como que no viéramos a los niños como casos aislados, que no son tragedias seleccionadas sino cotidianidad, que ojalá la obra sirviera para que la sociedad salvadoreña aprendiera a mirarse al espejo, al espejo roto-rompido. Que ojalá sirviera para aflojar siquiera un poquito la venda que tenemos en los ojos, dijo.

Me gustó el documental, y me gustó más esa vocación cuasi antropológica de mostrar el diario vivir de este país llamado El Salvador. Nada más y nada menos. Zamora nos describe con pulso la cotidianidad del bajomundo (palabra que yo uso para designar con cariño a los excluidos de los excluidos, y que da nombre a este blog, por cierto), consciente de que quienes veremos su documental, la mayoría, somos los que viajamos en carros aireacondicionados, podemos pagar una consulta en un médico privado, tenemos Facebook y correo electrónico, vamos a los festivales de cine y almorzamos seguido en el Pollo Campero. Los que vivimos en la parte menos rota de la sociedad rompida. Los que a la señora que llega a cuidarnos a los niños, a lavarnos los calzones, le pagamos 10 míseros dólares al día, y luego además nos extrañamos si sus hijos terminan en la mara-pandilla.

El espejo que Zamora nos pone enfrente refleja lo peor de nosotros mismos, pero siempre habrá quienes prefieran evadirse y convencerse, incluso desde la progresía, de que es el espejo y no nosotros, la sociedad salvadoreña, lo que está roto-rompido, a tenor de las risas que durante la proyección escuché a mi alrededor en momentos que no deberían tener ninguna gracia.

La sociedad está rota, como el espejo. O para quienes prefieren lo mismo pero más bello y sonoro, la sociedad está rompida, como el espejo. Pasemos al cóctel y brindemos los privilegiados. Lamentémonos siquiera por las desgracias ajenas, que son las nuestras, entre canapé y canapé.

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(Este texto se publicó primero en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, también bajo el título "El espejo rompido")

miércoles, 13 de febrero de 2013

Alejandra, la edodita


En estos días de febrero estoy lejos de San Salvador. Trabajo desde Vitoria-Gasteiz, la capital de Euskadi, con dos quehaceres básicos: adecentar y pegar cables internacionales y levantar como loco docenas de largas y profundas entrevistas para el proyecto que absorberá buena parte de este 2013. Justo acabo de subir a El Faro una nota sobre Obama, cuando mi hija Alejandra entra en la sala con su paquetito de plumones y un cuaderno, y empieza a pintar con esmero uno de los dibujos de Miquimau.

Al poco, el ratón universal luce todo garabateado.

—Qué bonito te está quedando –le digo con satisfacción al comprobar que los colores apenas se han salido del dibujo. Alejandra tiene apenas tres años y un mes.
—Sí, papi, ya soy grande. Ya soy periodista (edodita), y yo también estoy trabajando, Mirá, papi –y me muestra orgullosa el colorido Miquimau.
—¿Qué has dicho, que querés ser periodista?
—Sí, papi, cuando sea grande, yo quiero ser edodita. Y trabajar.

Me he sentido tan bien que me he levantado para dar un abrazo a Iris –que había escuchado todo desde el pasillo y me esperaba con una sonrisa cómplice–, y he tenido la necesidad imperiosa de escribir estas frases para el blog.

Fotografía: Roberto Valencia

martes, 5 de febrero de 2013

La ley de los niños


Este centro, bautizado con el ambicioso nombre de Sendero de Libertad, recibió en los primeros días de abril de 2011 a un menor de edad llamado Alexander. Condenado por tráfico de drogas, el juez ordenó su encierro después de saltarse las condiciones de su libertad condicional. Sus dos primeras noches Alexander las pasó, el procedimiento habitual con los nuevos, en uno de los módulos tercermundistas que hay junto al portón principal.

El reclusorio lo controlan pandilleros que se autodenominan retirados, que odian a muerte a los pandilleros activos, que a su vez odian a muerte a los retirados. Se respira demasiado odio en Sendero de Libertad. Por eso, antes de asignar sector a un recién llegado, las autoridades lo aíslan hasta que se convencen de que no es miembro activo ni a la Mara Salvatrucha (MS-13) ni al Barrio 18. Es cierto que la piel de Alexander estaba limpia de tatuajes como la de un adolescente ejemplar de una colonia bien, pero también lo es que hace años en El Salvador eso dejó de ser garantía de nada.

Tras las dos noches de aislamiento, avalaron su traslado al Sector 1. Allí lo esperaban ciento veinte jóvenes con el verdadero examen de admisión. Un ex de la MS-13 que en la libre vivía en la misma colonia lo reconoció de inmediato y lo presentó como primo de un pandillero activo. Suficiente para dar por finalizado el interrogatorio. En ese momento Alexander debió sentir como si un bus se le viniera encima. Uno, diez, treinta puños pies antebrazos cabezas codos lo golpearon una y otra y otra vez. No tardó en caer al suelo reseco. Al principio trató de cubrirse. Lo pisotearon arrastraron patearon. Al poco ya no pudo. Lo patearon en la cara brazos nalgas piernas espalda pecho boca… Lo patearon.

Del personal del centro nadie intervino.

Cuando Alexander recobró el sentido, la turba lo tenía amarrado de pies y manos, y un niño se esmeraba en tatuarle una sentencia de muerte en el pecho: una M y una S del tamaño de dos manos, y tachadas por sendas cruces. Un tatuaje así te convierte en objetivo prioritario para la MS-13, sin importar las razones, muerte segura, y para nada te aparta del punto de mira del Barrio 18.

—¿Y qué iba a hacer ? Yo me vine a despertar con el ruidito de la máquina –me dice cuando lo entrevisto ocho meses después del ataque.

La máquina es un motorcito de un transistor ensamblado a una varilla metálica y a una aguja, un artilugio con el que los tatuadores artesanales inyectan bajo la piel –a falta de tinta– el espeso hollín que sale de los vasos plásticos blancos cuando arden. Suena horrible, pero Alexander sabe que tuvo suerte.

—Tuve suerte –dice–, gracias a Dios, porque a otros los han marcado a pura Gillette.
—¿Y los orientadores? ¿Y los custodios? ¿Nadie te ayudó?
—Y ellos qué iban a hacer…


La respuesta de Alexander tiene su lógica. Después entenderán.

Al día siguiente, desfigurado por el linchamiento y con su sentencia de muerte tatuada en el pecho, llegó al despacho del director y le contó lo ocurrido. Lo aislaron de nuevo, y aislado lleva hasta esta mañana de diciembre. El Estado salvadoreño que lo encerró para procurar su reinserción lo ha incluido en un programa de remoción de tatuajes que en tres o cuatro sesiones eliminará lo negro, pero que dejará siempre un delator surco de carne abultada.
Alexander y su pecho esperan volver a las calles este año.


Fotografía: Roberto Valencia
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(Esta es la entrada de una crónica de largo aliento publicada el 23 de enero de 2012 en Sala Negra de El Faro, bajo el título de La triste historia de un reclusorio para niños llamado Sendero de Libertad)

jueves, 5 de julio de 2012

Sendero de espinas

En El Salvador, las cárceles para adultos son pan de cada día en la agenda mediática, pero no sucede lo mismo con esas otras cárceles para niños llamadas eufemísticamente centros de inserción social, las administradas por el Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la Niñez y la Adolescencia (ISNA). Salvo motín sangriento o fuga masiva, resulta raro que los noticieros o los periódicos den espacio a los sitios en los que el Estado trata de reinsertar socialmente a los cientos de delincuentes que, antes de cumplir los 18 años, son condenados por un juez. ¿Los centros de inserción reinsertan?

En lo personal, el tema de la violencia juvenil me interesa mucho, sobre todo por la relación directa que en este país tiene con las maras, un fenómeno socio-delincuencial que se nutre de la juventud y de la niñez. Ese interés ha cristalizado en diferentes artículos periodísticos, y quizá el más representativo sea una crónica publicada en enero de 2012 bajo el título de La triste historia de un reclusorio para niños llamado Sendero de Libertad.

Este texto es el causante de que yo haya entrado en contacto con un grupo de estudiantes de psicología de la Universidad de El Salvador. Interesados en reflexionar sobre las psicopatías que afectan a los niños y adolescentes privados de libertad, su trabajo de campo se centró precisamente en el Centro de Inserción Social Sendero de Libertad, que el Estado construyó a mediados de los 90 en Ilobasco, departamento de Cabañas.

Hoy es jueves, 7 de junio, y en la tarima del auditorio de la Facultad de Ciencias y Humanidades los cinco –tres mujeres y dos hombres, elegantes como si fuera día de graduación– se esfuerzan por hacernos entender qué son las psicopatías, cómo reconocer los efectos psicosociales del encarcelamiento y cuál es el perfil de los jóvenes de Sendero de Libertad, entre otras cosas. La ponencia durará dos horas. Me invitaron a la exposición, y he logrado sentarme junto a Marcelino Díaz, el catedrático responsable.

—Los profesionales de la psicología a veces nos encontramos con que la teoría que existe no nos cubre todo lo que pasa en El Salvador –me susurra.

Díaz es también psicólogo forense en el Instituto de Medicina Legal. Para ilustrarme qué es eso de las psicopatías, me cuenta el caso que le tocó evaluar ayer mismo, el de un joven veinteañero violador en serie –no pandillero– que lograba llevarse con amenazas a sus víctimas a casa y las violaba en repetidas ocasiones, en especial por vía anal. Vivía con su padre, quien alguna vez se sumaba a las violaciones. Esporádicamente lo grababan en video. “En casos así no podemos hablar de trastornos, sino de psicopatías”, susurra.

En el tramo final de la ponencia, los cinco estudiantes enumeran las conclusiones de su investigación. Concluyen, por ejemplo, que El Salvador en general y la juventud salvadoreña en particular son terrenos fértiles para la proliferación de psicópatas. Buena parte de sus aseveraciones, sin embargo, las ubican en el ámbito personal, en lo positivo que ha resultado la experiencia de trabajar directamente con los menores. Del temor inicial pasaron al “hay que comprender sus vivencias antes de juzgarlas”, en palabras de uno de los investigadores. “Es evidente la falta de afecto que tienen”, dice una investigadora. “El trabajo con jóvenes privados de libertad sensibilizada hasta al más duro”, enfatiza otro. El concepto más repetido: los jóvenes encerrados en Sendero de Libertad son seres humanos, con sentimientos, con necesidades.

En el turno de preguntas me animo con una para los cinco. Esta: tras su experiencia, ¿creen que los centros de inserción reinsertan?

Carlos Morales: “Los mismos empleados nos decían que los jóvenes gobiernan de los portones para adentro, ellos establecen sus reglas y sus normas. ¿Que si el centro está cumpliendo la función de reinsertar? Definitivamente no. Las personas que están ahí hacen lo que pueden, pero existen demasiadas carencias”.

Jennifer Bernal: “No se puede dar la reinserción cuando existen carencias de recursos y de personal. Es muy difícil cuando las normas las ponen los mismos internos”.

Tatiana Solís: “Lamentablemente, el joven sí pasa por un proceso de inserción cuando llega al centro, pero no positivo, no proactivo para la sociedad”.

Lennin Valle: “No va a haber una reinserción adecuada mientras las personas mayores, de 22 o 23 años, dominen a los que llegan con 15 o 16 años”.

Liseth Rivas: “Hay jóvenes que sí se podrían reinsertar, pero al llegar a Sendero de Libertad ya no lo hacen”.

Preocupante unanimidad, pienso. Preocupante.

(San Salvador, El Salvador. Junio de 2012)

Fotografía: Roberto Valencia


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(Este relato fue publicado el 3 de julio de 2012 en la sección Bitácora del proyecto de cobertura periodística de la violencia Sala Negra, de elfaro.net)

lunes, 30 de abril de 2012

La carta de Sarai

La carta dice así:
“Seño Iris aquí le mando este papel porque usted me dijo que cuando algo me pasara le dijera.
Hahora en la mañana mi mami me pego con un palo me dejo rojo el brazo y inchado me pego porque me dijo que le sacara una sombrilla en la noche y seme olvido en la mañana me dijo buscamela y la empese a buscar pero no la encontre se enojo y me pego con un palo y me dijo que si en la tarde no la encontraba me iva volver a pegar y no quiero tengo miedo decirle porque otra vez que me pego y yo le grite que le iva a decir a usted me dijo que me iva reventar la boca
Gracia por oirme
Sarai”
Sarai es una niña de 11 años, de extracción muy humilde. Vive con sus hermanitos y su madre en un cuarto de un mesón ubicado en Mejicanos. Cursa sexto grado. Cuando termina las clases, le gusta ir a hacer sus tareas en las instalaciones de una modesta oenegé que destina buena parte de sus esfuerzos a mejorar las condiciones de la niñez.

La “Seño Iris” es una trabajadora social. Es de esas personas que se apasiona con lo que hace, demasiado quizá. No tolera el dolor ajeno, y a pesar de ello trabaja, por decisión propia, en uno de los incontables epicemtros del sufrimiento de la sociedad salvadoreña.

La carta, de alguna manera, representa el día a día para un amplio segmento de la niñez en El Salvador, un país violento como pocos.

Apenas unos días antes de que Sarai escribiera la carta-desahogo para Iris, el representante de Unicef en El Salvador, había dicho esto en una entrevista: “La sociedad salvadoreña debería tener en mayor consideración el impacto que la violencia tiene sobre los niños, porque es muy baja la priorización social que en la actualidad se le da a la niñez en El Salvador”.

Mañana será otro día. Y seguirá habiendo más cartas, aunque nadie las escriba.

(Mejicanos, El Salvador. Abril de 2012)


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(Este relato fue publicado el 27 de abril de 2012 en la sección Bitácora del proyecto de cobertura periodística de la violencia Sala Negra, de elfaro.net)

miércoles, 14 de marzo de 2012

Pláticas con pandilleros (III)

  • Temas generales de la conversación: ingreso en una pandilla 
  • Fecha de la plática: 25 de octubre de 2011
  • Estatus del pandillero: retirado de la Mara Salvatrucha (MS-13); al momento de la entrevista está preso en el Centro de Inserción Social Sendero de Libertad, en Ilobasco, condenado a cinco años por extorsión
  • Otros datos relevantes: tiene 16 años de edad 

Ni hogar desintegrado ni extrema pobreza ni maltrato en el hogar. Este pandillero llegó a la pandilla siendo un niño, seducido por el fácil acceso a las drogas y al alcohol. En infinidad de colonias y comunidades de El Salvador, el way of life de los mareros sigue siendo un reclamo seductor.

—¿Cómo terminaste en la Mara Salvatrucha? 
—Son cosas que pasan… Yo hasta los nueve años vivía en Apopa, era un bicho de papi y mami, y comencé a caminar con unos locos de los dos números; pero cuando mi mamá se dio cuenta, me mandó para Quezalte, a casa de una mi tía…
—Y ahí te perdiste…
—Sí, pero no por ella. Vivíamos bien, en una urbanización llamada Esperanza, y ella estaba pendiente. Mi hermana mayor, que también se vino conmigo, estudia, y solo pasa del estudio a la casa, y ahí muere. Pero yo conocí un maje en la escuela, y con él comencé a tomar, el cigarro, la droga. A los diez me metí ya con pandillas…
—Y te brincaron…
—A los doce. Ahora lo veo mal. En la adolescencia todos empezamos a joder, pero ahí no era mi adolescencia. Me dieron casaca, y me comenzaron a enseñar droga, armas, dinero…
—¿Cuándo tuviste por primera vez un arma en tus manos?
—A los once…
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Más sobre este tema:
Fotografía: Álvaro López

miércoles, 4 de enero de 2012

Nuestra alegre juventud

Kevin es un ex de la Mara Salvatrucha (MS-13). Un peseta, un retirado. En su espalda tiene tatuadas una gran M y una gran S, rayadas cada una por sendas grandes cruces, la mayor afrenta que se puede hacer a la pandilla. Imperdonable. Desde hace más de dos años el Estado lo resguarda, lo alimenta y trata de reeducarlo en un centro de internamiento de menores. Kevin nació en 1995, tres años después de que en El Salvador se firmaran los Acuerdos en Paz. Tiene 16 años.

A primera vista es un joven afable, extremadamente atento. Le gusta mirar a los ojos cuando habla y salpicar sus historias con algún que otro chistecillo. Sabe caer bien, supongo que en especial en días como hoy, en los que trata de mostrar su lado de chico-bueno-en rehabilitación al atípico visitante. No lo logra. Tiene tan interiorizada la violencia –desde los 10 camina con pandilleros, a los 11 tuvo por primera vez una pistola en sus manos, a los 12 lo brincaron– que ni siquiera es consciente de cuando sus palabras y sus hazañas lo están retratando.

—Yo soy de un sistema: si no me hacen nada, yo no hago nada, pero ya si se meten con alguien que yo quiero o que es algo mío, por ley, yo voy a actuar, ¿va? Y ese vato andaba jodiendo a mi familia y vos sabés que la familia es todo para una persona, más aquí, ¿va?

El vato al que se refiere es por el que ahora tiene pedos con la que era su pandilla. Lo traboneó, dice.

—Estábamos haciendo –lo piensa dos veces antes de continuar–… Estábamos haciendo un encargo, ¿va? Era un chavala (así llaman los de la MS-13 a los pandilleros del Barrio 18) que habíamos agarrado. Vos sabés que si agarrás a un enemigo, no lo podés dejar vivo, ¿va? Entonces solo estábamos con fierros, no habían armas ni nada, solo cortopunzantes. Ni modo, ¿va?… Comenzamos a hacer lo que íbamos a hacer, y sin querer, pero a la vez con querer, le zampé al vato un rambito aquí –Kevin se señala la pierna derecha, pero repara en mi rostro atónito–. Sabes lo que es un rambito, ¿va?
—No.
—Un rambito es un cuchillo, pero con dientitos atrás y un lado filudo. Se lo zampé así –gesticula.
—¿Al chavala?
—No, al homie...
—Y eso fue sin querer, por la pura verguera…
—A la vez por quererlo hacer, porque me pasó en la mente que andaba viendo a mi hermanita… Y el vato aún me dijo: órale, aquí mueres… Pero ahí quedó nomás. A él lo fueron a curar y los demás seguimos con el chavala. Yo seguí libando, seguí consumiendo droga… Hasta en la mañana fue que me fueron a tumbar la puerta los de mi clica.

No dañar a otro homie es una de las reglas más estrictas dentro de las pandillas sureñas. No podía quedar así nomás. Tras las consultas pertinentes al palabrero en la cárcel, la clica decidió corregirle con dos golpizas consecutivas de dos grupos de cuatro pandilleros.

—Me pegaron un 21, ¿va? 13 y 13.
—Pero 13 y 13 son 26…
—Quiero ver… Ah, pues… cabal… un 26 me pegaron entonces… 13 segundos y 13 segundos más.
—Y cuando te corrigen no puedes defenderte…
—No.

Por causas que no merece la pena aquí explicar, ni la golpiza que le dieron sus compañeros logró redimir a Kevin y, al cabo de unas semanas, optó por romper con la pandilla.

Ahora tiene 16 años –no está de más repetirlo–, y sigue siendo un niño en el marco jurídico salvadoreño y ante los ojos de instituciones como Unicef o un sinfín de oenegés. Acaba de obtener el segundo grado 
segundo grado, aunque esa escolaridad mínima no le impide usar con naturalidad la palabra desfacelar, que yo –periodista, 35 años– escuché por primera vez hace unos meses, y cuyo significado me lo tuvo que explicar un sicólogo forense del Instituto de Medicina Legal.

Me consta que Kevin no es una excepción, una oveja negra en el blanco rebaño de la juventud salvadoreña. Son demasiadas las historias parecidas que me ha tocado escuchar en los últimos años. Y basta oír a personas que están mucho más metidas en la dinámica de observar la violencia, como el criminalista Israel Ticas Chicas, para darse cuenta de que los casos que uno haya podido conocer como periodista, por muchos y variados que sean, son apenas una fracción ínfima de lo que ha sucedido en este país en la última década, de lo que sigue sucediendo.

Kevin, por cierto, está preso por extorsión. La extorsión es lo único que el Estado le logró comprobar. Él espera estar de nuevo en la calle a inicios de 2014. Quizá antes… por su buena conducta.

(El Salvador. Octubre de 2011)

Fotografía: replicasdelmundo.com
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(Esta crónica fue publicada el 2 de enero de 2012 en la sección Bitácora del proyecto de cobertura periodística de la violencia Sala Negra, de elfaro.net)

viernes, 9 de diciembre de 2011

El ladrón se acercó por detrás a Esmeralda

El ladrón se acercó por detrás, con tanto sigilo que no pudo sentirlo. La bulla y el vaivén de la Terminal de Oriente a las ocho y media de la mañana tampoco ayudaron; de hecho, Esmeralda García, abuela ya, siempre se ha sentido de alguna manera protegida por el bullicio, siempre ha preferido una calle llena a una vacía. Pero estamos en diciembre…

El ladrón se acercó por detrás, le agarró los aretes dorados, uno con cada mano, y tiró con tanta fuerza que poco faltó para que Esmeralda –repito: abuela ya– cayera de espaldas. Cuando se repuso solo alcanzó a ver una camisola negra enfundada por un joven de unos 16 años que se alejaba corriendo, y un hombre mayor que en vano trató de zancadillearlo. Al instante sintió la sangre correr por su lóbulo derecho. La oreja izquierda sufrió igual castigo pero corrió mejor suerte. Resignada, tomó el bus de la ruta 52 y se dirigió a su trabajo, a lavar ropa ajena. Los aretes dorados no costaban mucho, pero tenían un significado especial porque su hija mayor se los compró, con su primer salario, un ya lejano Día de la Madre.

―Hoy me dieron un buen susto –fue lo primero que me dijo cuando nos encontramos.


Fotografía: internet

lunes, 31 de octubre de 2011

Un país adicto a la muerte

La sicología forense es la herramienta que permite traducir una evaluación sicológica al lenguaje legal que se maneja en los juzgados. El trabajo de un sicólogo forense consiste pues en tratar tanto con víctimas como con victimarios; los escucha, los analiza, los evalúa y los interpreta. Marcelino Díaz es sicólogo forense en El Salvador. Trabaja desde 1993 en el Instituto de Medicina Legal, institución adscrita a la Corte Suprema de Justicia. Por su despacho de dos por dos metros han pasado violadas y violadores, incontables ya. La segunda vez que me recibió, cuando le saqué el tema, alzó desde detrás de la mesa una gran bolsa blanca llena de peluches. Me explicó que se los pide a sus alumnos de la universidad, para romper el hielo cuando evalúa a niñas violadas, algo que ocurre con demasiada frecuencia.

—Una de las cosas que he logrado entender de las pandillas –me dijo Marcelino, también un convencido de que las maras son responsables directas de buena parte de la violencia que embadurna el país– es que ellos se creen diferentes; a los demás nos dicen civiles. Se consideran con el derecho a hacer lo que les da la gana y por la impunidad que hay, hoy pueden tomar a la mujer que se les antoja.

La historia de la violación de Magaly era ya un drama infinito, pero en singular; no fue hasta que hablé con Marcelino cuando comprendí que es algo generalizado, que no es exclusivo del Barrio 18 o de la Mara Salvatrucha; comprendí que las violaciones tumultuarias no son algo extraordinario en El Salvador; comprendí que Magaly hasta podría considerarse una afortunada.

—Con los años –me dijo–, las violaciones de los pandilleros han ido cambiando, especialmente en conductas sádicas. Lo último de lo que he tenido conocimiento es que toman a una joven, la desnudan, alguno se pone entre las piernas para violarla, otros la levantan, le agarran las piernas y, cuando la están violando, uno más le clava un puñal en la espalda, para que ella se mueva. Es una conducta totalmente sádica, bestial… no tiene nombre.

Las pláticas con Marcelino resultaron una sucesión de titulares, cada cual más cruel y desesperanzador: “Los pandilleros tienen un odio tremendo a la mujer, por la destrucción de cuerpos que hacen”; “las denuncias son solo la punta del iceberg de todas las violaciones que hay”; “hay niños de 12-13 años que ya son violadores”; “las están prefiriendo de 14 o 15 años, son las que más aparecen muertas”; “el sistema educativo es una fracaso, pero parece que nadie lo quiere señalar”; “no le veo solución al problema de las pandillas”.

Le esbocé lo vivido por Magaly y mencioné su aparente fortaleza emocional. Marcelino respondió que cuando se crece en un ambiente de amenaza constante, como lo es una colonia dominada por pandilleros, una violación no genera tanto trauma porque se asume que la alternativa es la muerte. Es cuestión de sobrevivencia, me dijo.

—¿Y cómo calificaría la actitud de la sociedad salvadoreña ante lo que ocurre en el país? –pregunté.
—La violencia está casi invisibilizada: ¿cuántos medios de comunicación cuentan aquí la verdad? Casi ninguno, porque responden a grupos normativos que prefieren vender El Salvador como el país de la sonrisa. Y no solo invisibilizada; también está naturalizada. No es natural que se descuartice a niños o a niñas, que maten a la abuelita, pero aquí todo eso se ha naturalizado. Yo creo que los salvadoreños tenemos adicción a la muerte. 


Adicción a la muerte, dijo.

Arte: internet

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(Este es un fragmento de una crónica titulada Yo violada, que fue publicada el 23 de julio de 2011 en la sección Sala Negra del periódico digital salvadoreño El Faro)

jueves, 4 de agosto de 2011

¿Una buena noticia?

Hoy no es un día más en el Instituto de Medicina Legal de San Salvador. Esta mañana se inaugura la que se ha bautizado como la Oficina de Atención a Víctimas en Crisis tras una Agresión Sexual (AVCAS), que aspira a brindar un trato humano a las personas que han sido violadas. Por lo visto, la atención que el Estado salvadoreño brindaba antes aquí dejaba mucho que desear, pero una generosa inyección de fondos extranjeros abanderada por la AID estadounidense ha cambiado, para bien, esta situación.

En la inauguración, realizada bajo dos canopis colocados en el parqueo de la institución, hay unas 60 personas; la mayoría, empleados de Medicina Legal. Muy pocos medios de comunicación se han interesado en el evento, como si en verdad existiera una alergia gremial a las convocatorias que incluyen buenas noticias. De entre todos los discursos –cuatro en total– destacan en mi libreta, por su sinceridad, las palabras de Rosa María Fortín, presidenta de la Sala de lo Penal de la Corte Suprema de Justicia. Las víctimas de violaciones, dice, “se ven obligadas a enfrentar el sistema de Justicia, que en la mayoría de los casos los trata no solo de manera descortés, sino de manera infame”.

Al finalizar, reconozco entre los asistentes a Marcelino Díaz, un sicólogo forense al que he entrevistado en alguna ocasión. Nos saludamos, me presenta a dos colegas. Su oficio les exige, entre otras cosas, tratar tanto con las víctimas de una violación como con los mismos violadores. A la pregunta sobre si lo que hoy se inaugura es un paso en la dirección correcta, la respuesta es unánime: sí. “Es muy importante, sobre todo por los niños”, dice uno de ellos.

La plática deriva de inmediato hacia una realidad menos esperanzadora, más salvadoreña. Acá atenderán nomás a las víctimas de la capital y del área metropolitana, que representan solo un tercio de todas las violaciones registradas en El Salvador. Más preocupante resulta saber que los casos que se judicializan son, en palabras de uno de los tres sicólogos, la punta del iceberg de los que en verdad ocurren. Esa puntita supuso el año pasado casi 3,400 agresiones sexuales, un promedio de 9 diarias, según cifras de Medicina Legal. Si esa es la punta, no suena muy aventurado aseverar que en el seno de la sociedad salvadoreña ocurren cada día entre 30 y 40 violaciones, de las que más del 90% son a mujeres y sobre todo a niñas.

—El abuso sexual infantil es un flagelo de la sociedad salvadoreña –dice uno de los sicólogos forenses.
—La mayoría de los casos se dan dentro de las casas –complementa su colega–: el padre con la hija, el padrastro con la hijastra, el tío con la sobrina… Pero pocos de esos casos se denuncian.
—Yo acabo de evaluar un caso de unos pandilleros que secuestraron por un mes entero a una pobre muchacha –se anima el tercero–. La tuvieron secuestrada y hasta la trasladaban de un lugar a otro.
—¿Y ella está viva? –pregunto.
—Sí, ella sobrevivió. Eran dos sujetos; uno la violaba un día, y el otro, al siguiente. La tenían en una casa, y ella nomás era como el objeto.

La conversación no se extiende en esta ocasión mucho, para poder conocer la oficina recién inaugurada. Se trata de dos cubículos pintados con colores cálidos y ambientados con música suave. Hay un televisor con DVD, un sofá que se ve confortable, un baño con ducha y un amplio espacio con juguetes y pinturas para que los niños y niñas jueguen y pinten. Tres sicólogas se turnarán durante las 24 horas para ayudar a las víctimas a afrontar los exámenes médicos que exige la Justicia. También les darán un “kit de dignidad” que incluye objetos básicos de higiene personal.

La mejora es evidente pero, si esto se está inaugurando con tanta pompa aquí y ahora, supone que a las mujeres, los niños y las niñas violadas en San Miguel, en Santa Ana o en cualquier otra zona del interior del país, el Estado no les brinda ayuda psicológica especializada ni un cuarto en el que ducharse ni siquiera un calzón para cambiarse. Tampoco invita al optimismo comprobar que entre el equipamiento de la nueva oficina haya una cuna para recién nacidos, edad que duele relacionar con las palabras “agresión sexual”, pero que hoy por hoy, en esta sociedad de violencia infinita que hemos construido los salvadoreños, parece ser algo imprescindible en una oficina de atención a personas violadas.
(San Salvador, El Salvador. Julio de 2011)

Fotografía: Roberto Valencia

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(Esta crónica fue publicada el 1 de agosto de 2011 en la sección Bitácora del proyecto de cobertura periodística de la violencia Sala Negra, de elfaro.net)

viernes, 20 de mayo de 2011

El Caribe feo

Bluefields es la segunda ciudad más populosa del Caribe nicaragüense.El Caribe es casi un sinónimo de paraíso en otras latitudes; en España por ejemplo. Caribe suena a interminables playas de arena fina y blanca, suena a hamacas colgadas de palmeras inclinadas por algún huracán travieso, suena a ron añejo del bueno, suena a cruceros en barcos que parecen rascacielos, suena a todas las piñas coladas del mundo a cambio de mostrar una pulsera. Pero el Caribe es mucho más. El Caribe es pobreza.

Las mismas escenas se repiten en Cartagena de Indias, en Portobelo, en Livingston o en Roatán. A pocos cientos de metros de exclusivísimos complejos turísticos se levantan comunidades o barriadas en las que la miseria campa a sus anchas, casi siempre pobladas por afrodescendientes, siempre excluidas de las fotografías que aparecen en los afiches y revistas que promocionan la sucursal del paraíso. Aquí, en Bluefields, la pobreza tampoco hay que salir a buscarla;a cualquiera que tenga un mínimo de sensibilidad social la miseria lo busca y lo abofetea.

En Puntafría, un barrio de negros –como lo llama acá la mayoría mestiza en tono abiertamente despectivo–, hay un sencillo restorán llamado Bella Vista en el que por menos de diez dólares uno puede comer langosta.Esas son cantidades prohibitivas para muchos.

—Mira esos dos chavalos –me dice Carolina, una joven afrodescendiente que trabaja como mesera–; casi todos los días vienen a ver si les puedo dar algo de comida.

Los dos chavalos son dos hermanos, afrodescendientes también, y el mayor de ellos no tiene más de nueve años. Están metidos unos 20 metros en la achocolatada bahía de Bluefields y juegan, como niños que son, con un pedazo de plástico y un tronco que han rescatado entre la abundante basura que se acumula en la orilla.

—Cuando puedo, si no hay clientes y sin que se entere mi jefa, yo les doy algo de comer.

Viven con su madre unas cuadras arriba, por la cancha, me dice Carolina, pero las drogas hace tiempo que desintegraron ese hogar, y los dos chavalos salen a buscar en las calles lo que no les dan en casa: un plato de comida. Cuando están dentro el agua, como ahora, intentan llamar la atención de los pocos clientes del restorán. Si lo consiguen, ponen su mejor sonrisa, y cualquiera de ellos, o los dos al mismo tiempo, levanta una mano con los cinco dedos extendidos y rápidamente gesticula como si estuviera comiendo sopa. Así piden lo que para ellos ese día puede suponer la diferencia entre llevarse o no algo al estómago: cinco córdobas, 23 centavos de dólar.

Cambian actores e interpretaciones, pero en Bluefields la escena poco difiere de las que se ven cuando se baja al muelle, cuando se entra en el mercado municipal o cuando se camina por una comunidad paupérrima como Beholden.

Es casi la 1 de la tarde, y los chavalos aún no han comido, me dice Carolina. Pero juegan en el agua, juegan y sonríen. Cuando se ha visto tanta miseria en tantos lugares distintos de esta entrañable tierra llamada Centroamérica, está consciente de que es poco o nada lo que puede hacer. En mi mochila llevo un paquete de galletas y se lo tiro. Sin salir del agua lo abren, comparten el contenido y comen con avidez. El envoltorio lo dejan en el agua y pronto se juntará con el resto de la basura que hay en la orilla. Pero uno, con un plato de arroz con camarones y una cerveza sobre su mesa, no deja de sentirse como una mierda, la misma sensación que tengo mientras escribo estos párrafos.

Fotografía: Roberto Valencia

lunes, 6 de diciembre de 2010

Esmeralda y la leche materna

El mensaje ahora está impreso con letras generosas en todos los botes: “AVISO IMPORTANTE: LA LECHE MATERNA ES EL MEJOR ALIMENTO PARA EL LACTANTE. La práctica de la lactancia estimulará en su bebé el deseo de seguir siendo amamantado, siendo este el método más higiénico”. Pero no siempre fue así. Es más, al menos acá, en El Salvador, hubo un largo y no tan lejano tiempo en el que el sistema de salud público recomendaba la leche en polvo sobre la materna.

Yo me acabo de enterar. Me lo ha contado Esmeralda García, una persona sencilla pero plena de esa sabiduría que solo se adquiere en el campo. Vive en el área rural, en un cantón llamado El Espinal, municipio de San Rafael Cedros, a tres cuartos de hora de la capital. Ella lava y plancha ajeno en un par de casas un par de días por semana, y los poco más de 120 dólares mensuales que gana son el ingreso más constante del hogar. Su esposo es agricultor, pero no es propietario; siembra en tierra ajena maíz y frijol, y chilipuca y pipián cuando la humedad aguanta, pero la parcela que alquilan apenas alcanza para el consumo familiar. Esmeralda tiene 52 años y es abuela, pero el grueso de lo que sabe sobre lactantes y leches se lo ha contado su... (Este relato puede leerlo completo pulsando aquí

Fotografía: Roberto Valencia

miércoles, 6 de octubre de 2010

El poder de una sílaba

Dentro de nada sucederá algo que lo compense todo, pero hasta ahora, aquí parado sin saber qué hacer en este supermercado, este ha sido un día denso y complicado. A ver, dormí poco y mal, mañaneé para llevar al trabajo a mi esposa y al kínder a Alejandra, regresé a casa, levanté parte de una entrevista infinita, hice el guión de un relato que tengo entre manos, fui un ratito al gimnasio, afeitado, ducha, almorcé deprisa porque tenía que salir, antes escribí los correos más urgentes que obliga el freelanseo, fui al Hospital de la Divina Providencia, hablé largo con una encantadora hermana carmelita, de ahí a Catedral metropolitana para ver el mausoleo del santo, casi me peleo con un tipo que me chocó por detrás el carro en la Juan Pablo, aproveché la luz del atardecer para tomar una fotos en el Centro Histórico, manejé de nuevo hacia Mejicanos por mi esposa y de ahí a Ayutuxtepeque, para luego los tres ir al súper –la tercera es Alejandra, nueve meses, que aún no habla pero que cuando le da por cantar no hay quien la calle–, llenar el carrito para la quincena, hacer cola en la caja y sufrir esos segundos eternos mientras la cajera pasa la compra y a uno no le dejan embolsarla porque ya hay un muchacho para eso.

En esas miro al fondo, y a unos diez metros veo a mi esposa, que no quiso hacer la cola, sentada en la repisa del escaparate, con una inquieta Alejandra en sus brazos. Doy un par de pasos y la miro, me mira, me identifica, esboza una sonrisa cholca y se anima:

—Pa, pa, pa, pa, pa, pa…

Un escalofrío muy profundo me recorre el cuerpo y se me viene el impulso reprimido del llanto, como si un dedo me apretara los ojos desde adentro. Luego me dirá mi esposa que ya se lo había escuchado, pero yo nunca, yo solo le había oído el ma, ma, ma, ma, ma, ma cuando quiere sus brazos, que son los que más extraña porque son los que más la cuidan. Uno se siente tan bien, tan raro, que no halla las palabras justas. Y el día denso y complicado se convierte en algo digno de ser recordado, para siempre.



Fotografía: Roberto Valencia

lunes, 16 de agosto de 2010

Estrategias de venta (toallitas)

El vendedor sube al bus de la ruta 2-C y salta el torno con delicadeza, como si llevara una bandeja con bebidas, aunque lo que carga en la palma de su mano izquierda es una torre de toallitas perfectamente dobladas. Las hay rosadas y azules, todas con los tonos apastelados de la ropa de los bebés. El vendedor, el último en subir, camina apenas dos pasos por el pasillo antes de iniciar el ritual. Viste bien: jeans, zapatos lustrados, camisa de cuadros y el celular colgado al cincho. Tendrá unos 30 años y parece que se gasta sus centavitos en la peluquería. Tiene presencia y no intimida, pero algo en su tono de voz no termina de encajar, suena como si fuera cantilena.

—Tengan todos muy buenos días. Discúlpenme la bulla y la molestia que les vengo a ocasionar. Seré breve. Les traigo lo que son estas bonitas toallitas. Son suaves, son dobles. Para que le lleven a su niño o a su niña, que va con esto a la escuela, al kínder. O para su uso personal. El precio: dos toallitas faciales por una cora, dos por 25 centavos de dólar.

Cumplió: fue breve. No dio las gracias de rigor que sirven de punto y final en estas situaciones. Apenas fueron 23 segundos desde que comenzó a hablar hasta que avanzó por el pasillo mientras ofrecía lo suyo al susurro de toallitas, toallitas. No vendió una.



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