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domingo, 13 de diciembre de 2015

El día que Bielsa filosofó en La Campanera


El entrenador argentino Marcelo Bielsa estuvo el 13 de diciembre de 2009 en Soyapango; en el reparto La Campanera, para mayor precisión. Aquella fue una visita atípica, consecuencia del empecinamiento del presidente de la Fundación Forever por llevar a una figura deportiva de primer nivel (entonces se preparaba para llevar a los chilenos al Mundial de Fútbol de Sudáfrica ) a una de las colonias más estigmatizadas de El Salvador. Yo subí aquella mañana a ‘La Campa’ y, por algo que estoy escribiendo estos días, me tocó recién volver a escuchar los audios que grabé. Bielsa es un personaje singular en el mundo del fútbol, al que con frecuencia se le califica como filósofo. Yo creo que en verdad lo es. Aquel 13 de diciembre, después de dirigir un entrenamiento para un pequeño grupo de niños, se reunió con no más de media docena de vecinos que estaban en la cancha y les regaló un discurso que, al reescucharlo seis años después, sentí la necesidad de compartírselo íntegro.
A mí me gustaría poder hablar con ustedes. Quería decirles dos o tres cosas. Lo primero, destacar lo importante que es luchar. Nosotros muchas veces en el fútbol perdemos, pero si luchamos, cuando llegamos al vestuario… y yo quisiera ver si logro transmitirles bien esto… cuando perdemos y estamos tristes por haber perdido, la tranquilidad nos la da saber que hemos luchado, pero estamos avergonzados si no luchamos. Quiere decir que en el fútbol no se trata únicamente de ganar o perder, sino de haber luchado. Esa es una cosa que quería transmitirles, porque pareciera que solamente el que triunfa es el valioso, y el valioso no es el que triunfa, sino el que lucha. Todos somos perdedores; hay muy pocos ganadores. Pero hay perdedores dignos, porque lucharon; y perdedores que se pervirtieron. No pervertirse en una forma de triunfar. Y quería comentarles otra cosa que tiene el fútbol que para mí es muy aplicable a la situación que viven ustedes en una comunidad como esta. El fútbol es el deporte rey, el deporte más importante del mundo. ¿Ustedes se imaginan por qué le gusta tanto a la gente? Mi idea es que gusta tanto porque puede ganar el más débil. En el fútbol no siempre gana el más poderoso, ni siquiera el mejor. ¿Cómo hace el débil para ganar? Porque no ganan por poderío, o porque son más grandes, o porque son más fuertes, o porque tienen más recursos... Los débiles ganan porque usan la imaginación, usan la fantasía, usan la creatividad, y entonces eso también puede servir como un estímulo para ustedes, que tienen poco. ¿Vio que hay jugadores chiquitos que se sacan de encima a los grandotes? ¿Vio que a veces el gol que define un partido lo hace a veces uno bajito marcado por un grandote? ¿Vio que el más atento le gana al desatento, aunque el desatento tenga la camiseta de un poderoso y el atento la del club más pobre? Entonces… hay esperanza. El mensaje del fútbol es ese: que el más débil puede ganar. Y otra cosa que quería decirles es que también es muy importante valorar lo que uno tiene. Esta cancha de La Campanera, que parece tan precaria al lado del césped hermoso del Camp Nou, también puede ser linda con el esfuerzo de todos los días, ¿me entienden? A lo mejor nunca van a lograr que tenga un césped perfecto, pero sí pueden decorar el arco, ponerle una cinta blanca abajo… ese orgullo de sentir que es algo propio. Yo he visto muchas casas humildes que están más afectuosamente tratadas que mansiones de poderosos, casitas en las que se nota el cariño de defender lo poco que uno tiene. Y eso también es una cosa que quería decirles. Cuando a mí me tocó empezar a entrenar, no había conos, y agarrábamos unas varillas, las cortábamos, las pelábamos con un cuchillo y le tirábamos agua en la tierra para que entraran. Entonces, hay veces que uno se fija en lo que no tiene, y encuentra en lo que no tiene una justificación para no crecer, pero los pobres tienen la imaginación muy desarrollada, y es una gran aliada. Y otra cosa que tenía que decirles es que para comparar logros, no hay que ver solo quién llega más arriba, sino que el trayecto que superó uno y otro, porque el que parte de más abajo tiene más mérito que el que parte de más arriba, aunque el de abajo no logre ser el que al final llegue más alto. ¿Me entienden? No se trata únicamente de quién llega más alto, sino de quién hizo el recorrido más largo en función de su punto de partida y de los recursos de cada uno, porque es más fácil llegar arriba cuando vos tenés todos los recursos del mundo, o llegar pervirtiéndose. Entonces, el que no se pervierte, es decir, el que vive dignamente, aunque no llegue a lo más alto, tiene mérito, y eso es una cosa muy valiosa para todos ustedes. Y lo último que quería decirles es una cosa que no vi hoy en esta comunidad. Los chicos necesitan dónde mirar. Necesitan alguien a quien admirar en la familia o en el barrio o en la comunidad. Necesitan ver a quién copiar, ¿me entienden? Es muy importante que en cada comunidad haya líderes, conductores, ejemplos, y es muy importante que ese espejo salga de dentro de ustedes, no que sea un extraño el que marque el camino. Tengo una crítica a todo lo que vi acá, la única: que no están los viejos. Los viejos son los que cuentan la historia, los que se quedan… porque una cosa muy importante es el sentido de pertenencia. ¿Por qué yo les digo que pinten el arco o que quiten la maleza o los arbustos? Porque uno se tiene que sentir orgulloso del lugar en el que está, aunque sea limitado. Y los mayores, los viejos, son los que conocen la historia del lugar, y se la tienen que contar a los chicos. ¿Para qué? Para que los chicos se enamoren de su lugar y quieran mejorarlo. Están bien que uno quiera crecer, pero este es el origen, esta es la esencia, y nunca hay que olvidarlo. Así que les admiro, de todo corazón, y lamento tanto micrófono alrededor, que a lo mejor consiguen que ustedes piensen que estoy actuando o… no sé… pero todo lo que les dije lo siento verdaderamente y los felicito. Muchas gracias.
Después, escuchó unas palabras de agradecimiento de una de las líderes de la comunidad, hizo un comentario jocoso sobre lo polvosa que era la cancha de La Campa, y se fue seguramente para siempre. No respondió ni una sola de las preguntas que le lanzó el enjambre de periodistas que –en su inmensa mayoría– había bajado al bajomundo para escuchar a Bielsa hablar sobre fútbol, sobre las posibilidades de Chile, sobre el Mundial, sobre... Su discurso maravilloso sobre la pobreza y la desigualdad, sobre la vida misma, pasó sin pena ni gloria por la agenda mediática, más preocupada casi siempre por lo inmediato que por lo verdaderamente trascendente.

sábado, 23 de agosto de 2014

Mágico, Maradona y el Barça


Foto: Internet

Se nos desparramó el Mundial encima, y a los salvadoreños nos toca elegir, por octava ocasión consecutiva, entre depositar nuestras ilusiones en banderas de colores ajenos o rescatar hazañas pretéritas. Desde España 1982, con aquella selección imposible abanderada por Jorge Mágico González y surgida en el fragor de la guerra civil –y esto no es licencia literaria–, el fútbol salvadoreño no sabe lo que es un Mundial, y mucho tendrán que cambiar las cosas para.

Resignado y contagiado por el espíritu mundialista que el sistema nos impone, antes que sudar calenturas ajenas prefiero alinearme con los que rescatan hazañas, y por eso quiero hablarles tantito sobre el más grande los futbolistas que ha parido el país, aquel genio bohemio que incluso en las Españas –me atrevo a suponer– pocos habrán olvidado entre los que superan las cuatro décadas; aquel genio bohemio que cuesta imaginárselo con otra camisola que no sea la amarilla del Cádiz, pero que llegó a vestir la de FC Barcelona, lo que ha alimentado interpretaciones de todo tipo, la mayoría sin sustento real alguno.

Por partes.

Naranjito se le atragantó a nuestra Selecta: tres derrotas en tres partidos, incluida la mayor goleada que jamás se ha encajado en un Mundial, un 10-1 ante Hungría que ha quedado marcado como cicatriz en la conciencia nacional. Pero Mágico brilló y, dos semanas después de que Dino Zoff levantara la copa para Italia, el salvadoreño aterrizaba en Jerez de la Frontera para incorporarse en su nuevo equipo: el modesto Cádiz CF.


La 1982-83 fue una temporada brillante para Mágico, pero deslucida por militar en Segunda División. La 1983-84, ya en la máxima categoría, fue la del destape, con el mérito infinito de quedar tercero en el Trofeo Pichichi en un equipo que volvió a descender. Para mayo de 1984, cuando Europa calentaba motores para la Eurocopa, se daba por hecho que Mágico dejaría Cádiz. La prensa publicó que el París Saint Germain, el Hellas Verona (campeón italiano en la 1984-85) y el Atalanta presentaron ofertas por el salvadoreño durante el parón estival, y se especuló –y hoy muchos lo dan por hecho– que el FC Barcelona también quiso ficharlo. Lo que no es especulación es que Mágico vistió la camisola del Barça en dos partidos amistosos disputados en Estados Unidos.


En los dos choques ligueros previos, vestido de amarillo, Mágico había jugado sendos partidazos ante el Barça, en los que firmó dos goles de ensueño (sobre todo el primero, en el que arranca desde su campo y ridiculiza a Alexanko, a Migueli y a Urruti). Ese desempeño, he leído en más de una ocasión, es el que llevó a César Luis Menotti a querer probar al salvadoreño, para ver cómo se acoplaba en “un grande”, y para conocer de primera mano la indisciplina y el pasotismo que ya habían dado tantos titulares en los diarios como sus goles y jugadas imposibles. Las imágenes de Mágico vestido de azulgrana a la par de Diego Armando Maradona parecen ser la prueba irrefutable del intento del Barça por fichar al Mago.

Pero no.


Yo no sé si Menotti alguna vez consideró en serio su fichaje, pero sí sé que la minigira que el salvadoreño hizo con el Barça no era para probarlo. El técnico argentino, de hecho, ni siquiera dirigió el equipo en aquellos dos partidos.

Entonces, ¿por qué el FC Barcelona se lo llevó de paseo? Ahora ya no se estila hacerlo, pero en la década de los ochenta, sí. Mágico fue invitado como refuerzo puntual, cuando empresarios estadounidenses contrataron al equipo catalán para disputar en Nueva York la Copa Transatlántica, junto a el Udinese italiano, el Fluminense brasileño y el local New York Cosmos. Aquel cuadro blaugrana era, por así decirlo, el Barça B (para finales de mayo seguía disputándose un torneo oficial, la extinta Copa de la Liga, de la que el Cádiz ya había sido eliminado) reforzado con figuras de otros clubes de la Liga española y dirigido por Rogelio Poncini, la mano derecha de Menotti. También fueron invitados a la gira Miguel Tendillo (Valencia CF) y los argentinos Juan Alberto Barbas (Real Zaragoza), y Mario Husillos (Real Murcia), pero solo llegaron a buen puerto las negociaciones con Husillos y Mágico, solicitado efusivamente por el contratistas gringos por el peso creciente de la comunidad salvadoreña en la Costa Este. La inclusión de Maradona en el “Barça B reforzado” que viajó a Nueva York –también la de otros titulares habituales como Migueli y Clos– se explica porque un mes antes el Pelusa había sido sancionado por cuatro meses, tras protagonizar una tangana en la final de la Copa del Rey disputada –y perdida– ante el Athletic de Bilbao. Aquella sanción impedía a Maradona disputar partidos oficiales, pero no torneos amistosos, como lo era la referida Copa Transatlántica.


Pero Mágico no fue a probarse con el FC Barcelona. Basta leer la crónica del enviado especial del diario catalán El Mundo Deportivo publicada el 27 de mayo:

Mágico González, el crack cadista, llevaba tres camisetas en el equipaje: una amarilla de recuerdo, otra azulgrana para el “bolo”, y la del París Saint-Germain, bien dobladita, para el regreso. " En cuanto vuelva me voy a París, a pasar el reconocimiento médico, y en seguida a firmar", dijo. Su “mágica” gira puede acabar en a torre Eiffel, por lo menos.
Para entonces se daba por hecho su fichaje por el PSG, muy a pesar de los deseos de Mágico, como se encargó de explicitar al aterrizar el Barcelona en la mañana del martes 5 de junio. Así lo consignó El Mundo Deportivo en su edición del día siguiente:
Todos los ojos pendientes de Maradona, y el primero en salir fue Mágico González. Como una centella se fue a enlazar con el avión que debía transportarle a Sevilla. El salvadoreño estaba entre feliz y triste, y explicaba el porqué de su doble estado anímico: “Estoy satisfecho porque para mí ha sido todo un honor ser invitado por un club como el Barcelona a esta gira, y sobre todo por haber podido jugar al lado de Maradona. No obstante, me siento algo decepcionado de tener que dejar España. Esta semana probablemente firmaré por el París Saint Germain y me enrolaré al fútbol francés. El dinero tiene la culpa de que no me haya quedado aquí”.
Sobre la Copa Transatlántica –un extraño torneo a dos partidos, con una semana de diferencia entre el primero y el segundo–, lo reseñable sucedió en el segundo encuentro, jugado el domingo 3 de junio ante el Fluminense. Maradona y Mágico salieron de partida. El segundo gol del Barça lo firmó el salvadoreño, asistido con maestría por el argentino. El partido terminó 2-2, hubo penaltis para definir al ganador, y los dos anotaron sus lanzamientos, con lo que contribuyeron a la victoria. Fue una oscura pero digna despedida para ambos. Ninguno de los dos vestiría nunca más la camisola blaugrana.

Maradona regresó a Barcelona para hacer maletas y volar a Nápoles, ciudad en la que construyó una leyenda.

Mágico regresó a Cádiz, logró abortar su fichaje por el PSG, y terminó de construir su propia leyenda en la Tacita de Plata.

Conozco Nápoles, viví un año en el sur de Italia, y sé del grado de idolatría que los napolitanos sienten por Maradona. Pero me atrevo a plantear que no supera el que los gaditanos sienten hoy por Mágico González. Lo que está claro es que grandes jugadores ha habido, hay y habrá, pero ganarse a perpetuidad el cariño de una afición está reservado para un puñado de elegidos. Por un cúmulo de casualidades, dos de esas excepciones coincidieron aquella tarde de junio de 1984 en el desaparecido Giants Stadium de Nueva York, los dos vestidos con la camisola del Barça.


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(Este texto se publicó primero el 14 de junio de 2014 en Bajomundo, mi blog de la revista Frontera D, bajo el título 'Mágico, Maradona y el Barça')

sábado, 29 de marzo de 2014

Hablan del Mágico


Los futboleros ya saben, pero no está demás comenzar aclarando que France Football es quizá la más prestigiosa revista dedicada al fútbol entre todas las que se publican en el mundo. Es la que se inventó el codiciado Balón de Oro, y lo entregó entre 1956 y 2009.

Pues bien, un día de estos, sin pretenderlo, uno encuentra en internet una edición de la France Football de finales de 1988 que incluye una extensa entrevista con Jorge Mágico González. Y de inmediato siente que la casualidad le ha arreglado el día. Y uno lee el artículo, escrito por el periodista Francis Huerta, y siente la imperiosa necesidad de compartir lo que se decía –se escribía– sobre el Mágico hace un cuarto de siglo en España, pero sobre todo en Cádiz, la ciudad que lo adoptó. Tanto elogio en un único reportaje no puede ser casualidad.

Dice Francis Huerta, el periodista: “Esta salvadoreño de unos 30 años es uno de los mejores futbolistas de ataque del mundo”.

Dice Thomas N'Kono, portero de Camerún y del Espanyol: “¿El Mágico? ¡Un día me marcó un gol que todavía no he entendido cómo!”.

Dice Diego Armando Maradona: “El más técnico”.

Dice Emilio Butragueño, jugador del Real Madrid: “El mejor extranjero que juega en España”.

Dice Michel Pineda, delantero del Espanyol: “¿No conoces al Mágico González? Te juro que es mejor que Maradona. Además es un 'fiestero' fantástico. ¡Un genio sobre el terreno de juego!”.

Dice Vincent Machenaud, periodista de L'Equipe: “Es increíble. Hace cuatro años, en el Trofeo Carranza, en Cádiz, el público sacó los pañuelos blancos, y eso que salió a falta de media hora para el final”.

Dice Enrique Ortego, periodista de Marca: “¿El Mágico? Un fenómeno”.

Dice Andoni Zubizarreta, portero del FC Barcelona: “Yo nunca he visto una persona tan hábil con el balón”.

Dice Paco Perea, periodista del Diario de Cádiz: “Como ser humano Jorge es maravilloso. No quiere la gloria, solo quiere vivir, igual que la gente de Cádiz; por eso es que en esta ciudad lo comprendemos”.

Y digo yo: Mágico, solo uno.

lunes, 28 de noviembre de 2011

No 13, no 18

La evidencia está en la propia Federación Salvadoreña de Fútbol (Fesfut), a la vista de quien la quiera ver. Apenas se ingresa en el edificio principal, a mano derecha se encuentran los cubículos reservados para la Segunda División, con su gran tablón de anuncios al fondo y un rótulo explícito: Campeonato 2011-2012. Debajo, perfectamente ordenadas y sostenidas por tachuelas de colores, 10 hojas con las alineaciones de los equipos. C.D. Chalatenango, dice el primero; luego, nombres de sus jugadores y el número asignado: con el 1, fulano; con el 2, mengano; con el 3, con el 4, el 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, todo normal hasta ahora, con el 12, con el 51, el 14, 15, 16, 17, con el 52, el 19… No hay 13, no hay 18.

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(Este el primer párrafo de un reportaje titulado Las maras trastocan la matemática del fútbol, publicado el 27 de noviembre de 2011 en la sección Sala Negra del periódico digital El Faro)

Fotografía: Roberto Valencia

martes, 20 de septiembre de 2011

Sangre en Nombre de Dios

Nunca se conoció el resultado final del partido que enfrentó a los jóvenes de Nombre de Dios contra los de Las Piletas. La violencia, la madlita violencia, abortó aquella que estaba llamada a ser una apacible mañana de fútbol.

La cancha situada junto al cementerio, en la propiedad de don Florencio López, era la más solicitada de todas las del cantón Nombre de Dios. Sí, Nombre de Dios es un cantón del municipio de San Agustín, departamento de Usulután, pero tan populoso que en algún momento llegó a haber hasta cuatro terrenos para jugar fútbol regados en los distintos caseríos. Rudimentarios todos, de tierra y sin gradas, pero más que suficienten para congregar a un respetable número de aficionados. Eso sí, los partidos más importantes en Nombre de Dios se jugaban siempre sobre la cancha de don Florencio, y el mascón contra Las Piletas –otro cantón de San Agustín, pero en la otra punta del municipio, en la ribera del río Lempa– era de esos importantes. Aquel domingo además era Día de Muertos, uno de los días más señalados en el calendario de las áreas rurales.

Carlos Méndez y Nicomedes Flores, veinteañeros los dos, llegaron con sus corvos bien afilados desde Las Ollas, un caserío que, si bien pertenecía al municipio de Berlín, estaba cerca de Nombre de Dios. Llegaron tomados. Se sentaron a ver el partido como todos los demás, hasta que identificaron que el árbitro era de la familia Rodas. Unas pocas semanas atrás, los Rodas habían matado a machetazos a un familiar de Carlos Méndez, y las dos familias se la tenían jurada. Lo normal era que este tipo de pleitos también afectara a los amigos de unos y otros. El Salvador, al menos en el área rural, se regía por estas enemistades a muerte, y en los días de fiesta grande –Difuntos, 15 de Septiembre, Navidad...–, cuando se tomaba con mayor desmedida, salir con el corvo al hombro, más que una precaución, era una obligación.

Nicomedes desenfundó el corvo y, en medio del partido, se fue gritando como loco hacia el árbitro, pero este se percató y corrió con tanto ímpetu que no le costó perderse entre las veredas. Los jugadores y buena parte del público también corrieron y, pese a su estado de ebriedad, Nicomedes reconoció entre la muchedumbre a don Salvador Rodas, cincuentón ya, pero Rodas al fin y al cabo. Se fue contra él. Como casi todos en ese lugar, don Salvador también cargaba su corvo y, cuando se sintió acorralado, plantó cara a su agresor. Lo hizo con tanta destreza que le acertó dos veces a Nicomedes –un tajo en la cara y otro en la rodilla–, y quizá hasta lo habría matado si Carlos Méndez no hubiera aparecido por su espalda para propinar a Salvador dos profundos y traicioneros machetazos en su brazo derecho.

Con don Salvador retorciéndose de dolor en el suelo y sangrando a borbotones, los atacantes se dieron por satisfechos y emprendieron su huida hacia la quebrada Las Lajas, conscientes de que no tardaría en llegar la autoridad del cantón, los comandantes cantonales Rubén Gómez y Domingo Molina.

El brazo de don Salvador nunca recobró la movilidad, pero afortunadamente no murió nadie en aquella mañana de noviembre de 1941. No fue la única vez que corrió la sangre en Nombre de Dios, ni mucho menos. Así, a machetazos, tenían por costumbre arreglar sus diferencias los salvadoreños de esa época. Eugenio Palma, delantero en aquel equipo de Nombre de Dios, lo cuenta sin pudor hoy que tiene 89 años. Sus recuerdos están llenos de peleas ajenas y de conflictos entre familias tan estúpidos como irreconciliables. Él se enorgullece de algo poco común entre los de su generación: nunca tuvo un enemigo.

—¿Y qué tan seguido ocurría que se agarraban a machetazos entre los jóvenes? –pregunto.
—Pues sobre todo cuando había alegrías, que era cuando la gente se ponía bola... Muchos pleitos eran entre las familias... Con el tiempo, cuando había un casamiento se avisaba a la Guardia Nacional para que llegara a cuidar, y venía una pareja con fusiles, para que no pasara nada. Para las fiestas de Nombre de Dios, para el 15 de enero, venían hasta cinco guardias de San Agustín, porque mucho se embolaba la gente.
—¿En las bodas se peleaban?
—Como convidaban a varias familias, y había chicha y guaro, siempre podía pasar...

El machete por las treintayochos, pero en el fondo quizá no ha cambiado tanto El Salvador en siete décadas.

Fotografía: internet

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(Esta crónica fue publicada el 19 de septiembre de 2011 en la sección Bitácora del proyecto de cobertura periodística de la violencia Sala Negra, de elfaro.net)

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Y tú, ¿qué estás pensando?

¿Qué estás pensando?, pregunta Facebook a la estudiante universitaria.

Es sábado y faltan poco más de tres horas para que se enfrenten la Universidad de El Salvador (UES) y Alianza, los dos equipos capitalinos de la Primera División que más afición arrastran. A la estudiante universitaria el fútbol nunca le ha quitado el sueño, pero este año, tras el ascenso del equipo de su centro de estudios, probó a vivir un partido desde las gradas, en el sector donde se aloja la llamada Furia Escarlata, y ahora podría decirse que se ha convertido en toda una fanática. Al menos eso se infiere de la creciente frecuencia de sus comentarios futboleros en las redes sociales. Quizá por eso, cuando hace unos segundos se ha conectado desde su celular y Facebook le ha preguntado sobre lo que estaba pensando, no lo ha pensado dos veces.

Estudiante universitaria. Esta es la U... Liberen a Belloso!!! Esperando un resultado positivo, vamos a ver!!! 
06 de noviembre a las 13:43 a través de Web Móvil · Me gusta · Comentar 

Belloso es Mario Belloso Castillo, un asesino de policías. El 5 de julio de 2006, en medio de una tumultuosa manifestación estudiantil, sacó un fusil de asalto M-16, se parapetó detrás de una pancarta, y cuando la pancarta se movió, disparó sin piedad a no más de 100 metros de distancia contra un pelotón de agentes de la Unidad de Mantenimiento del Orden. Fallecieron dos antimotines y 12 más resultaron heridos. La carnicería ocurrió en la puerta principal de la universidad, a pocos cientos de metros de donde se jugará el partido esta tarde. Belloso huyó y fue capturado meses después al interior del campus. Tras el juicio se le condenó a cumplir 35 años en prisión y a pagar 753 dólares y 70 centavos a la familia de uno de los policías fallecidos. Belloso en la actualidad cumple su condena en el Centro Penitenciario de Seguridad de Zacatecoluca. 

Amiga X de la estudiante universitaria. Vas a ir? 
06 de noviembre a las 14:06 · Me gusta 
Roberto Valencia. Debo estar haciéndome viejo, porque no le veo gracia a pedir que liberen a un asesino confeso. 
06 de noviembre a las 14:13 · Me gusta 

El partido finaliza con un triunfo por la mínima de Alianza, polémica arbitral incluida. Las gradas, eso sí, han lucido casi llenas, una auténtica rareza en el fútbol salvadoreño. Aficionados de la UES y del Alianza han teñido de rojo y blanco respectivamente los sectores asignados, y sus cánticos e insultos mutuos se ha hecho sentir. Mareros, gritaban unos. Terroristas, gritaban otros.

Al día siguiente, con la resaca de la derrota, la estudiante universitaria ingresa de nuevo en Facebook y ve prendido el bocadillito rojo que indica que alguien comentó su pensamiento del día anterior.

Estudiante universitaria. Amiga: si, si fui! 
Roberto: efectivamente, no tiene nada de gracia... pero nos gusta (a mis amigos y a mi) gritarle eso a los antimotines porque se ponen incomodos XD 
07 de noviembre a las 12:11 · Me gusta 
Roberto Valencia. Esa respuesta me daría material para un post en Crónicas guanacas. Quizá lo haga. 
07 de noviembre a las 13:10 · Me gusta 
Estudiante universitaria. ‎:D Deberías de ir a un partido, pero estar en la Furia Escarlata y escuchar la cantidad de improperios contra los oponentes y contra los policías, que al final vienen siendo lo mismo. 
07 de noviembre a las 13:12 · Me gusta 

El quizá deja de serlo, y esta plática feisbuquera sobre lo que cantan los estudiantes universitarios del que dicen que es el país más violento del continente termina siendo materia prima para este post. ¿Por qué? Un sabio salvadoreño llamado Arnulfo lo dijo hace 30 años: “Todos somos pecadores y todos hemos puesto nuestro grano de arena en esta mole de crímenes y de violencia en nuestra patria”.

Y el martillero de Facebook continúa: ¿Qué estás pensando (sobre la violencia exacerbada que nos carcome)? La respuesta hoy por hoy suena imposible, quizá porque ningún salvadoreño la estamos buscando en nuestro interior.

Fotografía: Roberto Valencia

jueves, 14 de octubre de 2010

Mágico, solo uno

—Escuché que le han quitado el nombre al Estadio Mágico González –dice uno.

Y Jorge González, el Mágico, abre los ojos como platos.

En febrero de 2003 el Estadio Nacional de San Salvador Flor Blanca fue rebautizado como Estadio Nacional Jorge Mágico González, un homenaje para muchos merecido al más grande futbolista salvadoreño de todos los tiempos. Pero eso sí, tuvieron que pasar años hasta que al Gobierno el presupuesto le cuadró para invertir en las grandes letras metálicas que explicitan el cambio.

—Sí, así dicen: se metieron a robar y le han quitado el nombre –dice el otro.

El grupo es reducido: el Mágico, dos amigos suyos y yo, que nos hemos citado junto a la canchita de la 10 de Septiembre, en San Salvador. Él vivió algunos años en esta colonia, y la gente lo conoce y lo aprecia, pero de manera comedida, sin esas aglomeraciones que a él tan poca gracia le hacen. Hasta que alguien ha dicho eso de que le han quitado el nombre al estadio solo una señora se ha acercado con unas camisetas para que las firme. 



Con 52 años encima, con lentes y el pelo largo pero vencido ya por las canas, Mágico ha llegado enfundado en unos jeans y con una camiseta con reminiscencias psicotrópicas.

—Ahhhhh –interviene el Mágico cuando se empapa de lo que sus amigos quieren decir–, yo creía que le iban a cambiar el nombre, que no se iba a llamar más como yo.
—N’ombre –dice el otro, entre risas generalizadas–, que se hueviaron las letras, para venderlas.
—No, si a mí no me importaría, en serio, a mí me gustaba más el nombre que tenía antes, el Flor Blanca.

Genio y figura hasta la sepultura, dicen por ahí.


Fotografía: Carlos G. Cano

domingo, 3 de octubre de 2010

¿Guazapa? No, Vietnam

Seguro que el Che Guevara no estaba pensando en esto cuando en abril de 1967 incitó a que florecieran dos, tres, muchos Vietnam. La consigna hacía referencia a la más mediática de cuantas guerras se libraron en la década de los sesenta. Un conflicto a más de 16.000 kilómetros de El Salvador fue pues el que hizo que el sector de Sol general de este estadio se comenzara a llamar así. En los ochenta lo quisieron rebautizar desde algunas radios como Guazapa, el cerro en eterna disputa durante la guerra civil, pero la idea nunca cuajó.

En la actualidad Vietnam es toda la grada oriente del Monumental Estadio Cuscatlán, frente a Tribuna. También se conoce como Solón. Son las entradas más baratas. Para este partido, cinco dólares, precio por el que el espectador obtiene, con suerte, un pedazo de concreto en el que poder sentarse, a merced del sol primero y de la lluvia si cae. Determinar cuánta gente cabe en Vietnam no resulta tan sencillo. Los diarios esta mañana hablaban de 12.000 entradas vendidas. Pero la página electrónica de la empresa propietaria del estadio consigna que la FIFA permite casi 14.000 espectadores. Y la empresa eleva la cifra a 18.000. Esta tarde se llenará tanto que muchos verán el partido de pie.

¿Y desde cuándo Vietnam se llama Vietnam? Pues depende de a quién se le pregunte. Ni siquiera hay consenso entre los periodistas deportivos veteranos. Roberto Águila (70 años, El Gráfico) y Sergio Gallardo (59 años, Telecorporación Salvadoreña) creen que el nombre se comenzó a utilizar con el estadio Cuscatlán ya en uso, es decir, a partir de 1975. Raúl Beltrán Bonilla (59 años, Radio YSKL) e Ismael Nolasco (66 años, Canal 12) dicen que el nombre se importó del Estadio Flor Blanca, donde desde finales de los sesenta ya se utilizaba el concepto de Vietnam. “Cuando el Alianza derrotó en enero de 1966 al Santos, con Pelé incluido, fue que escuché por primera vez la palabra”, me escribirá desde Houston Ernesto Callejas, un salvadoreño que emigró hace 21 años a Estados Unidos.

En lo que hay coincidencia absoluta entre periodistas y aficionados veteranos es para señalar que el comportamiento ha ido de mal en peor. Del reporteo para esta crónica surgirán declaraciones como estas: “Meterse ahí es un atentado a la cordura”. “Se arman auténticas bacanales”. “No respetan ni a la madre de ellos mismos”. “Los salvadoreños nos comportamos como tribu todavía”. “Juré que no volvería a ese sector”. “Allí van los mareros”.

¿Será para tanto?



Fotografía: Roberto Valencia


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Este relato forma parte de una crónica titulada "Pasión y orines en Vietnam", que fue publicada en mayo de 2009 en la revista Séptimo Sentido, del diario salvadoreño La Prensa Gráfica.

lunes, 17 de mayo de 2010

¡Vive para contarlo!

Los estadios de fútbol son un concentradero, entre otras cosas, de anuncios publicitarios. En todo el mundo y desde tiempos casi inmemoriales, los publicistas han creído ser capaces de lograr que el espectador desvíe su atención del balón y la centre en el anuncio de la marca que les paga sus vicios. El Salvador no es excepción, y en el Estadio Cuscatlán esta tarde me están ofreciendo pan de caja Bimbo, el diario deportivo que lo hace todo por deporte, los huevos El Granjero, el diseño y la calidad que solo me ofrece la cerámica Romani, un futuro si me inscribo en la Universidad Francisco Gavidia, Telepizza, trofeos Torogoz, Gatorade y la infaltable y omnipresente cerveza Pílsener. Por cierto, dicen las malas lenguas, que casi siempre son las mejor informadas, que la espantosa combinación del amarillo y el rojo que singulariza este estadio fue una cabezonería de Pílsener.

Adidas, Nike, Microsoft o Toyota parecen no tener mucha fe en el fútbol salvadoreño como escaparate.

En la cancha se está jugando el juego de vuelta de la semifinal del Torneo Clausura 2010: Firpo contra Isidro Metapán. Salvo un pequeño sector donde está ubicada la barra brava de Firpo en Sol general –también llamado Vietnam–, el estadio luce desolado. Las entradas para el partido, que es el último antes de la final de la Primera División, costaban entre 5 y 20 dólares, y aun así no creo que haya más de 3.000 personas en un estadio en el que la empresa propietaria calcula que podrían embutirse más de 50.000.

El Salvador y su fútbol no viven un momento dulce. La selección no asiste a un Mundial desde 1982, donde cosechó ante Hungría la derrota más abultada jamás habida en una fase final; los periódicos locales se interesan más en la Liga española que en la propia; su mejor jugador –el genial Jorge “Mágico” González– es hoy más recordado por su estilo de vida bohemio que por sus goles; entre los “éxitos” más recientes de sus jugadores está que uno haya sido fichado por un equipo de Chipre; y la última, un embrollo jurídico ha hecho que la FIFA desconozca al menos por un mes todo el fútbol salvadoreño.

No creo que haya pagado mucho Huevos El Granjero por su modesto cartel en la parte más alta de los palcos privados, ni tampoco Condones Vive por alquilar la voz que se escucha por megafonía unos minutos después de cada gol. Como ahora, que Firpo acaba de marcar el empate.

—La repetición del gol es una cortesía de Condones Vive, ¡vive para contarlo!

Parafraseando la vieja frase atribuida a Hegel que asegura que los pueblos tienen los gobernantes que se merecen, el fútbol salvadoreño debe tener los comerciales que se merece.


miércoles, 5 de mayo de 2010

Mágico, un saludito para mi programa

Sonará el himno nacional, anuncia la poderosa voz de la megafonía. Justo en ese momento, como si en ello le fuera la vida, un tipo alto que lleva una videocámara al hombro y un micrófono en su mano derecha se acerca por detrás al más brillante de los futbolistas que ha parido El Salvador: Jorge “Mágico” González. El tipo alto enfoca, graba, pregunta, incordia, encuadra… Lo quiere hacer todo.

—Jorge, ¿qué significa para ti participar en un programa tan importante como Fútbol Forever?
—Significa pues este… agradecimi…

Comienzan las notas del himno nacional.

—Si me disculpás, por las notas del himno... –dice Mágico, como si en realidad tuviera que justificarse.

A Jorge no le gustan los periodistas en general, mucho menos los de este país. Sus razones tendrá. Desde que colgó las botas, han sido contadas las apariciones en eventos masivos, y verlo en un set de televisión sería tan raro como que U2 ofreciera un concierto en San Salvador. Lo que está ocurriendo hoy es una excepción. Convencido por la Fundación Fútbol Forever, Jorge ha llegado al estadio que lleva su nombre. Él y el colombiano Carlos “El Pibe” Valderrama son las estrellas invitadas a un entrenamiento masivo con niños, suficiente como para que se haya formado un enjambre de periodistas, fotógrafos, camarógrafos y personas con teléfonos celulares que atosigarán toda la tarde. A pesar de la animadversión hacia el gremio, Jorge tiene la paciencia muy desarrollada y, cuando decide dejarse ver, acepta las consecuencias. Todas, incluso a los periodistas. Luce paciente como un pescador de caña. Al tipo alto de la cámara y el micro podría haberlo mandado a la mierda, pero lo despidió con amabilidad. Lo mismo hará con los demás.

—El más grande del fútbol salvadoreño, Mago. Para Buena Onda, unas palabras, por favor, Mago –le dirá un gordito micrófono en mano.

—…Y queremos un saludo para Sólo Fútbol, el programa de la afición en la televisión –le pedirá un bigote, también micrófono en mano.

Y cada uno se va con su saludo, orgulloso, como quien ha ganado un premio. Y Mágico, cumplida su cuota de sonrisas falsas y de comentarios vacíos, se recluirá de nuevo en sí mismo. “Hoy será una tarde histórico, maravillosa”, había dicho al inicio la voz de la megafonía. Exageró.



lunes, 4 de enero de 2010

Vietnam

El partido comenzará pasadas las 7 de la tarde. Aún no son siquiera las 5, pero Vietnam –nombre que lleva el sector más barato del estadio– está ya cubierto por un agitado mar azul y blanco, los colores de El Salvador. Muchos llevan acá desde la mañana porque madrugar tiene un codiciado premio: la elección de la ubicación. Aunque suene raro, los aficionados ocupan primero las gradas más alejadas de la grama, por pura lógica medieval. Apelan al mismo principio que se usaba para ubicar los castillos: desde lo alto se puede lanzar de todo y no recibir de casi nada.

Cuando se entra, no conviene caminar mucho. Nos sentamos en el primer claro que vemos. Tomo un lugar entre un joven alto y gordo y un tal William Quijano. De 42 años y huesudo, Quijano lleva zapatillas tipo All Star, jeans, bandera amarrada al cuello y una cachucha con los colores de El Salvador. Viene a Vietnam desde los partidos clasificatorios para el mundial de 1982 y dice conocer al “Mágico” González. Quijano es un hombre al que le gusta filosofar sobre fútbol.

—Independientemente de si gana o no, siempre hay que apoyar a la selecta.

Mientras hablo con el filósofo, noto que algo cae sobre mi espalda. El calor es el elemento que con mayor precisión permite determinar el origen de los fluidos que le tiran a uno. Como la sensación suele ser compartida por un grupito, incluso sirve para generar conversación. “Está caliente.” “¡Puuuta madre!” “¡Guácala!” Siempre hay algún optimista: “Era agua, ¿no?” De todas maneras, este no es mi primer partido en Vietnam, y ya aprendí que levantarse desafiante a buscar culpables es contraproducente. “Tiran de todo porque al salvadoreño le encanta la patanería, joder al vecino, pasarla bien a costa de su hermano”, me escribirá días después Ángel Rivera desde Edmonton, Canadá, un salvadoreño que se fue del país en 1990.

Un pequeño helicóptero de la Policía está suspendido a poca altura. Vietnam responde: “Culeeeeros, culeeeeros”. Es uno de los gritos que más escucharé hoy. Se lo gritarán al que lleva una camisa que no sea azul o blanca, a los que toman fotografías desde la grama, a los antidisturbios, al árbitro, a los linieres, al presidente Antonio Saca cuando saluda en la pantalla, al grupo de bailarinas y bailarines, al delegado de la FIFA, al equipo contrario, al que no se sumerge en la ola.

La ola. La Voz se asoma desde su cabina, cree que falta pasión y pide por megafonía que inicie la ola. La Voz es alguien al que pocos ven pero muchos escuchan. Su nombre es Álvaro Magaña –43 años, chele, amplia sonrisa– y es la persona que desde 1987 recita las alineaciones, los goles y las sustituciones en el Estadio Cuscatlán. Hoy ha llegado a las 3 al estadio, vestido con camisa azul. Frente a frente, la Voz es muy elocuente al hablar, como si se hubiera tomado un huacal de café, y le cuesta mantener quietas sus manos.

—¿Y qué haces para animar? –le preguntaré otro día.
—Metemos música, metemos la de la selecta, ¿verdad? Arriba con la selección, arriba con la selección... Y le metemos ánimo, ¿verdad? Grito: ¿cómo están los ánimos de El Salvador? ¿Ganamos hoy? ¡Que se vea la ola!

La ola realmente impresiona. Y es el orgullo de Vietnam. A veces, como hace unos minutos, la Voz da la orden de salida. Otras surge de forma espontánea. Empieza en la esquina sur, debajo de la pantalla, y se desplaza en sentido contrario a las agujas del reloj. A esta que están queriendo organizar ahora, cuando falta más de una hora para el inicio del partido, le está costando dar la vuelta entera al estadio. Cuando la ola llega a Platea, se deshace como terrón de azúcar, como si pasar por ahí fuera una obligación. “Culeeeeros.” Ser los promotores de la ola genera cierto tipo de orgullo de clase. Y da la razón a los que creen que en Platea y en los palcos privados el fútbol se ve, pero en Vietnam se vive.



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Este fragmento forma parte de una crónica titulada "Pasión y orines en Vietnam", que fue publicada en mayo de 2009 en la revista Séptimo Sentido, del diario salvadoreño La Prensa Gráfica.

viernes, 25 de diciembre de 2009

Don Balón y la Ruta de los Mártires

Noviembre, mediados. La Sala de los Mártires de la Universidad Centroamericana (UCA) parece otra; en realidad, es otra. Acaba de ser remodelada y luce radiante, diminuta como siempre, pero radiante. El aire acondicionado impide el silencio aunque uno esté solo, como me ocurre ahora, y refresca al punto de sentir frío. Las baldosas del suelo, negras; el techo y las paredes, blancas; y cristales, amplios cristales entre el visitante y lo expuesto.

Aquí hay mucho que mirar, pero lo que me ha traído esta vez, por un reportaje que debo escribir para un diario vasco llamado Deia, son las pertenencias personales del padre Ignacio Ellacuría. Están al fondo, justo debajo de un plano de la universidad. Ahí se encuentran, entre otras cosas, su pasaporte sellado, sus grandes anteojos, una taza, un par de plumas y el calendario que usaba como agenda, en el que señaló su último viaje en avión: Miami-San Salvador, el 13 de noviembre de 1989, con salida a la 1 de la tarde.

A la par, en la misma vitrina, se amontonan las posesiones de su amigo Amando López, también jesuita y también asesinado por el Ejército. Dos objetos llaman mi atención; son dos almanaques futboleros editados por la revista española Don Balón en 1987 y 1988. Uno verde y el otro azul, resumen los traspasos y las alineaciones de los equipos de la Liga española. En las portadas, las estrellas de entonces: los barcelonistas Aitor “Txiki” Begiristain y Andoni Zubizarreta, el madridista Bernd Schuster o el mítico guardameta realista Luis Miguel Arkonada. En las páginas de adentro, un salvadoreño inolvidable que jugaba en Cádiz.

Esos almanaques son apenas un detalle dentro de una sala matirial que transpira paz y que merecería ser más visitada.

Desde que se creó, el Ministerio de Turismo salvadoreño nunca ha promocionado lo que podría convertirse en un poderoso reclamo turístico, si es que no lo es ya sin promoción alguna. En los Airbus de Taca a uno lo intentan convencer de que el país tiene volcanes fogosos como los de Guatemala, bosques nebulosos como los de Honduras y playas extensas como las de Belice. Pero no se dice ni mu de algo que solo El Salvador ofrece: Monseñor Romero y los mártires jesuitas. Tiene cierta lógica –macabra– que el Gobierno los silenciara mientras estuvo en manos del partido ARENA, cuyo fundador –Roberto d'Aubuisson– es el asesino intelectual del arzobispo, pero que el actual Gobierno que se dice de izquierda no haya hecho nada en siete meses suena raro. Quizá algún día, además de Ruta de la Paz, Ruta Arqueológica o Ruta de las Flores, haya también una Ruta de los Mártires. Quizá.


Fotografía: Roberto Valencia

lunes, 14 de diciembre de 2009

Bielsa y Messi en La Campanera

—¿Dónde está Messi? –pregunta Bielsa antes de irse. Se le ve a gusto y quiere despedirse con una prueba genuina de afecto. No se volverán a ver en mucho tiempo, quizá nunca más en la vida.

Bielsa es Marcelo Bielsa, “el Loco”, el entrenador argentino que ha llevado al fútbol chileno al Mundial de Sudáfrica. Pero Messi no es Lionel Messi, “la Pulga”, sino un niño salvadoreño llamado Francis Retana al que Bielsa llama Messi por calzar una imitación barata de la camiseta del astro del Barcelona. El Bielsa auténtico y el Messi simulado están a punto de despedirse.

Se han conocido hace apenas tres cuartos de hora en la cancha del reparto La Campanera, en Soyapango. Esta es la colonia en la que el fotoperiodista francoespañol Christian Poveda rodó La vida loca, el documental sobre pandillas que le costó la vida. La cancha está al final de la ancha carretera que atraviesa la colonia, hundida en una zona boscosa, y para llegar hay que bajar unos empinados escalones artesanales. El terreno de juego es un simulacro de campo de fútbol: no es rectangular, más parece un cuadrado; el césped, si alguna vez hubo, desapareció casi por completo, y en su lugar hay una tierra tan reseca que uno se pregunta si alguna vez ha llovido aquí.

Bielsa se va a una esquina y desde ahí observa el minientreno que realizan siete niños y niñas, Messi entre ellos. Son ejercicios muy simples con conos y pelotas, y también hay charlas motivadoras. “¿Creen que el estudio nos puede sacar de donde estamos?”, pregunta Carlos, el joven que dirige la práctica. Donde estamos es La Campanera. Y por eso además de Bielsa, los niños, los periodistas y los pocos vecinos, cuatro agentes de la Policía Nacional Civil con fusiles de asalto M-16 cuidan el perímetro con gesto serio.

—¿Dónde está Messi? –pregunta Bielsa antes de irse.

Cuando Messi lo escucha, corre a integrarse en el grupo. Bielsa da las últimas palabras de ánimo y se despide agarrando a todos por el cuello y soltándoles un beso en la mejilla que es recibido con hostilidad por los varones. Messi le aparta su rostro con rudeza.

—¿Acá no se usa el beso? –concluye Bielsa–. En nuestro país es la prueba más genuina de afecto… Así que si los incomodé, me disculpan.

Lo dice como si en verdad fuera él quien tiene que dar explicaciones.

—Hasta luego, chicos.

Bielsa se va. Y Messi se queda en La Campanera.



Fotografía: Roberto Valencia
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(Esta escena es un fragmento modificado de la crónica publicada en el diario El Mundo el 14 de diciembre de 2009)
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