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martes, 30 de abril de 2013

100% salvadoreño

Fotografía: Roberto Valencia
Hoy es un jueves de septiembre de 2012, faltan minutos para el mediodía, y la Mara Salvatrucha nos lleva ahora, en visita guiada, al segundo nivel del Sector 2 de la más poblada de sus posesiones, la cárcel de Ciudad Barrios. 

Voy cámara en mano entre el hormiguero humano. Justo antes de embocar la escalera, me detengo a tomar un cuadro de un gran placazo que en letras góticas y blancas dice ‘MS Hollywood Locos Monserrat Lil Criminals’, sobre un fondo negro con dos docenas de lápidas. A mitad de la escalera hay un descansillo, y en el descansillo un pandillero –uno más entre los dos mil cuatrocientos que se hacinan en este penal– me detiene con la mirada y señala la cámara, cortés. 

—Tomame una foto, pero solo de la camiseta, que no se vea la cara…

El pandillero lleva una camisola chabela de la Selecta. La estira con las dos manos, para mostrar un gran escudo patrio en medio del pecho que dice ‘República de El Salvador en la América Central’.

—¿Ve? –dice–. Puro salvadoreño, cien por ciento, El Salvador es la mera verga…

Un par de cuadros, se los enseño en la pantalla y despedida. El orgullo en su mirada.

 Todo el penal está lleno de camisolas de El Salvador. Debe ser impresionante, pienso, ver acá un partido de la Selecta, dos mil cuatrocientos locos gritando el himno nacional hasta desgañitarse, una auténtica orgía de salvadoreñidad.

lunes, 4 de enero de 2010

Vietnam

El partido comenzará pasadas las 7 de la tarde. Aún no son siquiera las 5, pero Vietnam –nombre que lleva el sector más barato del estadio– está ya cubierto por un agitado mar azul y blanco, los colores de El Salvador. Muchos llevan acá desde la mañana porque madrugar tiene un codiciado premio: la elección de la ubicación. Aunque suene raro, los aficionados ocupan primero las gradas más alejadas de la grama, por pura lógica medieval. Apelan al mismo principio que se usaba para ubicar los castillos: desde lo alto se puede lanzar de todo y no recibir de casi nada.

Cuando se entra, no conviene caminar mucho. Nos sentamos en el primer claro que vemos. Tomo un lugar entre un joven alto y gordo y un tal William Quijano. De 42 años y huesudo, Quijano lleva zapatillas tipo All Star, jeans, bandera amarrada al cuello y una cachucha con los colores de El Salvador. Viene a Vietnam desde los partidos clasificatorios para el mundial de 1982 y dice conocer al “Mágico” González. Quijano es un hombre al que le gusta filosofar sobre fútbol.

—Independientemente de si gana o no, siempre hay que apoyar a la selecta.

Mientras hablo con el filósofo, noto que algo cae sobre mi espalda. El calor es el elemento que con mayor precisión permite determinar el origen de los fluidos que le tiran a uno. Como la sensación suele ser compartida por un grupito, incluso sirve para generar conversación. “Está caliente.” “¡Puuuta madre!” “¡Guácala!” Siempre hay algún optimista: “Era agua, ¿no?” De todas maneras, este no es mi primer partido en Vietnam, y ya aprendí que levantarse desafiante a buscar culpables es contraproducente. “Tiran de todo porque al salvadoreño le encanta la patanería, joder al vecino, pasarla bien a costa de su hermano”, me escribirá días después Ángel Rivera desde Edmonton, Canadá, un salvadoreño que se fue del país en 1990.

Un pequeño helicóptero de la Policía está suspendido a poca altura. Vietnam responde: “Culeeeeros, culeeeeros”. Es uno de los gritos que más escucharé hoy. Se lo gritarán al que lleva una camisa que no sea azul o blanca, a los que toman fotografías desde la grama, a los antidisturbios, al árbitro, a los linieres, al presidente Antonio Saca cuando saluda en la pantalla, al grupo de bailarinas y bailarines, al delegado de la FIFA, al equipo contrario, al que no se sumerge en la ola.

La ola. La Voz se asoma desde su cabina, cree que falta pasión y pide por megafonía que inicie la ola. La Voz es alguien al que pocos ven pero muchos escuchan. Su nombre es Álvaro Magaña –43 años, chele, amplia sonrisa– y es la persona que desde 1987 recita las alineaciones, los goles y las sustituciones en el Estadio Cuscatlán. Hoy ha llegado a las 3 al estadio, vestido con camisa azul. Frente a frente, la Voz es muy elocuente al hablar, como si se hubiera tomado un huacal de café, y le cuesta mantener quietas sus manos.

—¿Y qué haces para animar? –le preguntaré otro día.
—Metemos música, metemos la de la selecta, ¿verdad? Arriba con la selección, arriba con la selección... Y le metemos ánimo, ¿verdad? Grito: ¿cómo están los ánimos de El Salvador? ¿Ganamos hoy? ¡Que se vea la ola!

La ola realmente impresiona. Y es el orgullo de Vietnam. A veces, como hace unos minutos, la Voz da la orden de salida. Otras surge de forma espontánea. Empieza en la esquina sur, debajo de la pantalla, y se desplaza en sentido contrario a las agujas del reloj. A esta que están queriendo organizar ahora, cuando falta más de una hora para el inicio del partido, le está costando dar la vuelta entera al estadio. Cuando la ola llega a Platea, se deshace como terrón de azúcar, como si pasar por ahí fuera una obligación. “Culeeeeros.” Ser los promotores de la ola genera cierto tipo de orgullo de clase. Y da la razón a los que creen que en Platea y en los palcos privados el fútbol se ve, pero en Vietnam se vive.



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Este fragmento forma parte de una crónica titulada "Pasión y orines en Vietnam", que fue publicada en mayo de 2009 en la revista Séptimo Sentido, del diario salvadoreño La Prensa Gráfica.
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