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sábado, 18 de mayo de 2013

Los porqués de hace un lustro

¿Por qué miles prefieren jugarse la vida por llegar a Estados Unidos a quedarse en un país que resulta que ahora es casi de renta media alta?

¿Por qué cuesta lo mismo una pizza allí y acá cuando los sueldos de quienes la preparan son siete u ocho veces más altos allí que acá?

¿Por qué por un vuelo de 1,500 kilómetros entre Londres y Roma se pagan $50 —impuestos incluidos— y por uno de 1,300 kilómetros desde San Salvador a México nos están cobrando no menos de $400?

¿Por qué este Gobierno, si sabe que se acerca la tormenta perfecta, está gastando $?,???,??? para recordarnos que han pasado cuatro años desde el 1.º de junio de 2004?

¿Por qué nos hemos creído que lo social no es complemento de nada si El Salvador sigue siendo uno de los países del continente que menos invierte en salud y educación?

¿Por qué utilizan el argumento de que el subsidio al gas propano ayuda a los más pobres cuando el censo acaba de decirnos que uno de cada tres salvadoreños usa leña para poder calentar sus tortillas?

¿Por qué para algunos lumbreras la crisis alimentaria en El Salvador es por culpa del gobierno de Antonio Saca, pero la crisis alimentaria en Nicaragua no es por culpa del gobierno de Daniel Ortega?

¿Por qué estamos como estamos si en 2004 nos dijeron una y otra vez y otra vez que lo mejor estaba por venir?

¿Por qué un partido que se define en sus estatutos como revolucionario y socialista tiene ahora miedo a presentarse ante la sociedad como revolucionario y socialista?

¿Por qué el candidato periodista veta medios de comunicación?

¿Por qué el candidato que se ha pronunciado a favor de la pena de muerte y está divorciado se convierte de la noche a la mañana en el adalid de los valores?

¿Por qué en el Instituto Salvadoreño del Seguro Social tardaron casi dos meses en que me viera la fisiatra? ¿Esperaban que me fuera hastiado a una clínica privada?

¿Por qué sigue siendo ministro una persona que ha sido sancionada por violar la Ley de Ética Gubernamental y que el Departamento de Estado estadounidense lo cita en el apartado Corrupción gubernamental de su reporte anual?

¿Por qué aún mueren asesinadas nueve personas cada día? Es más, ¿por qué el presidente Saca González repite una y otra vez y otra vez y otra vez la mentira —mentira— de que cuando él asumió el poder había 13 homicidios diarios?

¿Por qué ya casi nadie se quiere acordar de que nos prometieron un país seguro?

¿Por qué una sociedad en la que los pastores y los obispos están hasta en la sopa es la más violenta de América Latina?

¿Por qué las nueve personas que mueren asesinadas cada día ya casi no están en los titulares de noticieros ni en las primeras páginas de los periódicos?

¿Por qué tantos colegas están convencidos de que la única función de los buenos periodistas es suplir las carencias de la Fiscalía General de la República y/o la Corte Suprema de Justicia?

¿Por qué universidades de Guatemala, México y Argentina ya han distinguido con un doctorado honoris causa a María Isabel Rodríguez y la Universidad de El Salvador por la que ella se desvivió no lo ha hecho todavía?

¿Por qué gastaron en pintar una doble línea amarilla en medio del Paseo General Escalón si nadie la respeta?

¿Por qué tiras basura a la calle?

¿Por qué pintan los postes y hasta las piedras de las carreteras y por qué calla el Ministerio de Turismo?

¿Por qué se extinguieron los tapires, las guaras y los jaguares?

¿Por qué hay quien sigue creyendo que es mejor una mala respuesta que una buena pregunta?

¿Por qué incomodan tantos porqués incómodos?


Fotografía: Roberto Valencia
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(La columna de opinión que sirve de base para este post se publicó el domingo 18 de mayo de 2008 en Enfoques, la revista dominical del diario salvadoreño La Prensa Gráfica, bajo el título "Duele El Salvador, duele")

viernes, 26 de octubre de 2012

María Isabel Rodríguez y Fidel Castro

[ACLARACIÓN NECESARIA: En las últimas horas ha circulado en internet un fragmento de esta fotografía que yo mismo escaneé en octubre de 2007, cuando la doctora María Isabel Rodríguez me la prestó para ilustrar la semblanza que le estábamos haciendo para la extinta revista Enfoques, de La Prensa Gráfica. Se están escribiendo muchas tonterías, demasiadas, a partir de esta imagen que algunos creen haber descubierto hoy; incluso hay quienes dicen que se trata de un montaje. Soy de la opinión de que el rigor y la ética deberían ser dos cualidades inherentes a toda persona que escribe para los demás, desde el editor de The New York Times hasta el bloguero más ignoto, pero también creo que no se pueden pedir peras al olmo, y por eso uno se contenta cuando ese rigor y esa ética las observa en aquellos que se autodefinen periodistas. Digo todo esto porque un medio digital salvadoreño llamado La Página, en el que quiero pensar que sus integrantes se consideran periodistas, subió anoche esta foto —pública desde hace cinco años y accesible con solo guglear "María Isabel Rodríguez" + "Fidel Castro"— en un pseudoartículo titulado "Circulan foto de ministra de Salud con Fidel Castro en redes sociales". En fin...]

Fotografía: Cortesía María Isabel Rodríguez
Fidel puso su mano izquierda sobre el hombro de María Isabel, y ella se acercó cuanto pudo al impecable traje militar. Él sostenía con sus dedos elpurito habano que acababa de encender, pero tuvo cuidado de alejarlo lo suficiente del vestido. Sonrisa abierta ella y más disimulada la de él. Así les tomaron la fotografía.

—Yo tengo la imagen -cuenta satisfecha- del último cigarro de Fidel.

Está convencida de que a partir de esa noche nunca más volvió a fumar, y lo cree porque se comprometió públicamente en aquella conferencia internacional sobre educación médica. Solo él sabe si cumplió su palabra, pero lo que María Isabel sí pudo comprobar con sus propios ojos es que Fidel ya no fumaba en las otras ocasiones en las estuvo con él después de aquel julio de 1986, cuando les tomaron la fotografía. 

—Él entonces nos decía que iba a durar 120 años, pero parece que no le va a salir. 

Fidel Castro era el jefe de Estado cubano, y 21 años después, sigue siendo el jefe de Estado cubano. Y María Isabel Rodríguez era consultora de laOrganización Panamericana de la Salud (OPS), y hoy es rectora saliente de laUniversidad de El Salvador (UES).

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(Esta es la entrada del primer perfil de la era post-Leila que escribí en mi carrera. La protagonista era María Isabel Rodríguez, quien entonces (octubre de 2007)  se aprestaba dejar la rectoría de la Universidad de El Salvador. El relato se publicó el 28 de octubre de 2007 en la revista Enfoques, de La Prensa gráfica, bajo el título "Estudió, educó, batalló, naufragó, rio"

Fotografía: Roberto Valencia

martes, 14 de agosto de 2012

Sopa de mapache

Hay conversaciones que duelen.

Esta tuvo lugar el 13 de febrero de 2008, tras haber pasado el día entero escuchando quejas de los pescadores artesanales de la desembocadura del río Lempa, en confianza. Esta es una zona que en gran medida depende del punche, un cangrejo que supo hacer del manglar su hábitat, y que hoy día trata de sobrevivir a sus principales enemigos: el mapache y el ser humano. Hay poco que decir sobre a quién debe temer más.

—El mapache –habla José Mario Martínez– es listo. Cuando el punche está en la trampa, le hace así con una manita, mete la otra, y ya, saca el punche.
—Solo le hace falta fabricar las trampas, ¿no? –pregunto.
—Solo fabricarlas, sí… Pero son buenos los mapaches…
—…
—Yo, cuando los hallo, los mato y me los como asados, o en sopa.
—Y, aparte del mapache, ¿qué hay por aquí? ¿Venados?
—No, se los acabaron. Mire, cuando se dieron los Acuerdos de Paz aquí había una especie de venados... y se los acabaron los grandes, porque a veces nos piden a los pobres que respetemos el ambiente y los grandes no respetan.
—¿Los grandes?
—Los grandes, los cuelludos. Cuando acabó la guerra venían hasta siete y ocho tiradores en grandes carros...
—...A matar venados.
—Sí, a matarlos, y se llevaban cinco o seis. Este muchacho –señala a un hombre cuarentón que rápido asiente con una sonrisa– tiene una foto en la que hay tres venados colgados de un solo. A nosotros nos daban 50 pesos por arriarlos hacia donde ellos disparaban. Nos daban los 50 colones, y nos dejaban el animal después de quitarle las piernas, los brazuelos y el lomo. Y así mataron todo ese animalero que había.
—Cuche de monte, ¿queda?
—Nada.
—Lo más grande que queda, ¿qué es?
—Solo el mapache… y el gato de monte.

José Mario tiene mucho que decir sobre lo que ocurre en el Bajo Lempa. Tiene 50 años, es un punchero de la comunidad La Chacastera, en el municipio de Jiquilisco, y sus palabras, si bien se circunscriben a una zona concreta, ilustran por qué El Salvador está como está en términos medioambientales. Mal. Lo dice él, y lo dice también la Universidad de Yale (Estados Unidos), que en enero hizo pública su actualización del llamado Índice de Desempeño Ambiental. De entre los 149 países evaluados en todo el mundo, en el apartado de Hábitat y Biodiversidad El Salvador tiene a 140 encima y tan solo ocho debajo.

Fotografía: Roberto Valencia
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(Este relato es una versión mejorada de la entrada de un reportaje titulado Mucho que decir sobre los punchespublicado el 24 de febrero de 2008 en la revista Enfoques, del diario salvadoreño La Prensa Gráfica)

miércoles, 11 de abril de 2012

Efectiva ley antimaras (11-04-2004)

Esta columna de opinión se publicó hoy hace ocho años (el 11 de abril de 2004), en la contraportada de Enfoques, el suplemento de investigación del diario salvadoreño La Prensa Gráfica, bajo el titular “Efectiva ley antimaras”. Revisando archivo di con ella por casualidad hace algunas semanas, y he de reconocer que me sorprendió gratamente comprobar lo claro que tenía el panorama incluso en los albores del torpe manodurismo impulsado por ARENA. Valoren.
Su fecha de caducidad estaba fijada para el miércoles 7 de abril, pero los fabricantes de leyes le añadieron suficiente conservante como para que su vida se prolongue tres meses más. La Ley para el Combate de las Actividades Delincuenciales de Grupos o Asociaciones Ilícitas Especiales, conocida como ley antimaras, sigue siendo el arma con la que el Ejecutivo, sin importar que la Corte Suprema de Justicia la haya declarado inconstitucional, pretende que el país no muera ahogado en sus alarmantes tasas de criminalidad. Poco o nada falta por decir sobre esta normativa, por lo que estas líneas se limitarán a ser una pequeña reflexión sobre su efectividad.

Punto uno. Esta ley ha conseguido enturbiar las relaciones entre los tres poderes del Estado hasta niveles que pocas veces se habían alcanzado en la historia democrática de El Salvador. Los 56 vetos presidenciales dan fe de que la confrontación entre el Ejecutivo y el Legislativo es su estado natural, pero la normativa logró empañar las relaciones con el Judicial, algo mucho menos habitual.

Punto dos. Estos desajustes institucionales quedarían en un segundo plano si se hubiera logrado el objetivo que se presentó como único de la ley: “Liberarnos del flagelo de las maras”, según auguró Francisco Flores en la presentación estelar del plan Mano Dura, realizada el 23 de julio en la colonia Dina de San Salvador. Pero con la polémica ley en vigencia, la PNC reportó 381 personas asesinadas en los meses de enero y febrero de este año. El promedio supera los seis muertos diarios, cifra que nos aleja del sueño de tener un país seguro.

Seis meses de ley antimaras, por lo tanto, no han hecho que se reduzca de forma sustancial la criminalidad y, además, han generado un ambiente de crispación entre los tres poderes estatales.

A pesar de estas realidades tan concluyentes, estoy seguro de que sus promotores no dudan de la efectividad de la normativa. Garantizar “un país seguro” fue uno de los pilares de la exitosa campaña electoral de ARENA y de Elías Antonio Saca, y entre buena parte de la población aún existe la creencia de que con la ley se logrará.

Mareros había en las calles y, después de seis meses, sigue habiéndolos; sin embargo, las cabezas pensantes del partido oficial supieron jugar mejor que sus adversarios con el temor de la ciudadanía. La ley que promovió el Ejecutivo ha cumplido su objetivo, y cinco años de gobierno son una muy buena recompensa.
Un pensamiento en voz alta: ¿vieron el dato de los 6 muertos diarios? Era lo que El Salvador promediaba antes del manodurismo, exactamente la misma cifra de asesinatos que se registra desde que la Mara Salvatrucha y el Barrio 18 acordaron una tregua acuerpada por el Gobierno. Lo que hace ocho años nos parecía una crisis de convivencia que ameritaba mano dura hoy supone un motivo de satisfacción porque hasta ayer teníamos 14 muertos diarios.

Y lo peor es que quienes tomaron aquellas decisiones que han generado tanto dolor, incluso quienes se han lucrado del escenario de terror diseñado, siguen tan campantes, la sangre de sus manos limpiada con telas importadas.


martes, 27 de diciembre de 2011

Hasta el rey de España...

Hasta el rey de España ha oído hablar del nuevo puente de Cacaopera.

No es una exageración literaria. A Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, a Juan Carlos I, alguien le contó que un majestuoso puente comunica dos recónditos caseríos de Cacaopera. Desde hace seis meses, el río Torola ya no es obstáculo para los escasos –escasos– vecinos de esa zona. Quizá por eso, el rey sintió la necesidad de felicitarlos.

—Quiero expresar mi calurosa enhorabuena a las comunidades salvadoreñas del departamento de Morazán, cuyas comunicaciones, economía agrícola, desarrollo turístico y bienestar social se verán multiplicados por la construcción del puente.

La felicitación la oyeron las 300 personas que el 16 de enero en la mañana estaban en el Teatro Real de Madrid. Ramiro Cortez, Ramiro, la escuchó recostado en una silla de plástico negro y aluminio. Viajó desde Morazán hasta España, y lo sentaron a tres metros del rey. Como le habían sugerido-ordenado días atrás, iba vestido para la ocasión. Llevaba un saco azul marino, zapatos bien lustrados, una camisa blanca abotonada hasta el cuello y corbata a rayas.

—El rey es grande, pero... será que yo no estoy acostumbrado a estar con personalidades así, yo lo miraba como que éramos iguales... en la sociedad. Le saludé, le di la mano, y hablamos un poquito.

Fue muy poco lo que hablaron. No hubo tiempo para los detalles ni para la polémica. No hubo tiempo para contar la historia que hay detrás del puente de Cacaopera.

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(Esta es la entrada de un amplio relato titulado "Un puente a ninguna parte", publicado el 25 de mayo de 2008 en Enfoques, la extinta revista dominical del diario salvadoreño La Prensa Gráfica) 

Fotografía: Roberto Valencia

domingo, 11 de diciembre de 2011

El legado de Moncada

Prostaciclina, ácido acetilsalicílico y óxido nítrico. Son esos tres los campos en los que más frutos ha cosechado el científico salvadoreño Salvador Moncada en su larga carrera profesional. Tiene ya unos bien llevados 63 años. Para el profano, esos nombres resultan casi un trabalenguas, pero basta interesarse un poco para averiguar el calado y la utilidad de sus aportes. El óxido nítrico, por ejemplo, es un elemento tóxico al que se le relaciona con la lluvia ácida. Pero saber que el cuerpo humano lo produce sirvió para explicar, entre otras cosas, los efectos de una medicina como el viagra.

Resultó difícil que fuera aceptado. Cuando se hizo la primera publicación sobre el óxido nítrico como una sustancia producida por células de mamífero, la reacción internacional fue de incredulidad. Fue de preguntarse cómo el cuerpo humano iba a estar formándolo. Tengo muchas cartas de gente que me escribió diciéndome: “Mire, muy bonito el artículo, pero usted está loco”. Lo que fue impresionante y quiebra con una sonrisa su rostro serio es que yo haya recibido todas esas cartas, y después se haya adjudicado a otra gente el descubrimiento.
Pero, a ver, se puede afirmar que, hasta que usted lo dijo, nadie en este mundo sabía que los mamíferos producían óxido nítrico.
Exacto.

Mientras habla, Moncada sostiene sus lentes entre sus manos, con las que gesticula de manera ostensible. En otra ocasión será un lapicero o una hoja de papel doblada. Parece como si se sintiera incómodo sin algo que manosear.

Además del óxido nítrico, usted antes había trabajado con la prostaciclina y con la aspirina (ácido acetilsalicílico).
Así es.Para esta entrevista, hablé con un compañero que toma la famosa aspirinita. Que se esté recetando en todo el mundo...
... es parte del trabajo nuestro. En 1976 descubrimos que una dosis pequeña de aspirina afecta a las plaquetas, que son las que producen los infartos, y que una dosis grande afecta a las plaquetas y a la pared vascular, de tal manera que protege más una dosis pequeña, y eso llevó a la idea de que había que recetar dosis pequeñas. Al principio tampoco nadie lo creyó, y ahora es aceptado que si se toma una aspirina pequeña todos los días, se gana protección cardiovascular.
Digamos que su trabajo está salvando vidas.
Bueno, la prostaciclina se usa en este momento para mujeres que necesitan un trasplante de pulmón, y que no pueden vivir si no tienen una infusión de prostaciclina.
¿Y cuál es la relación de sus investigaciones con el viagra?
Pues el óxido nítrico es el determinante fundamental de la erección del pene en el hombre. Y el viagra lo que hace es aumentar el efecto del óxido nítrico.
Pero ese medicamento es de otro laboratorio.
El viagra es de Pfizer, que estaba haciendo una investigación sobre un medicamento vasodilatador. Encontró en sus estudios clínicos que los pacientes, incluso los viejos, las enfermeras los encontraban con erecciones, y reportaron eso. Y empezaron a ver que la dilatación en la erección estaba relacionada con el hecho de que estaban aumentando el efecto del óxido nítrico, que nosotros acabábamos de descubrir. Es decir a Moncada le gustan estas dos palabras y las usa con asiduidad, nosotros no hicimos el trabajo del viagra.
Pero sin las publicaciones de ustedes...
Pues no hubiera habido explicación, porque fuimos los que descubrimos que en todo el cuerpo hay nervios que liberan óxido nítrico.
Entonces, hoy en el mundo le tienen qué agradecer muchas personas mayores...
...y menores, porque ahora se usa con fines recreativos.

Durante su carrera profesional ha tenido suerte. Al menos así lo cree él. Dice que el trabajo que hizo tiene valor. En el campo del óxido nítrico, y en el de ciencia en general, es uno de los científicos más citados del mundo. Y dice que está completamente satisfecho por eso. Lo dice a pesar de no haber sido incluido entre los ganadores del Premio Nobel cuando en 1982 se reconocieron los estudios sobre prostaciclina y ácido acetilsalicílico; ni en 1998, cuando se premiaron los descubrimientos sobre óxido nítrico.

Esa exclusión no es, asegura, algo que le quite el sueño. Le preocupa más comprobar que los recursos aumentan en el mundo, pero no baja la injusticia: “La relación entre el que tiene y el que no tiene es mucho mayor ahora que antes, y eso hace la evidencia más dolorosa”.
Desde su juventud, tiene una de esas evidencias de la pobreza grabada en su mente.

Cuando era médico de emergencias en el Hospital Bloom, llegaban los niños y había tan pocos recursos que los poníamos en tres filas: los que tienen fiebre, los que tienen diarrea y los otros. Y a los médicos nos tomaba dos minutos examinar y recetar algo, sabiendo que se cometían errores, y que a uno se le podía escapar cualquier cosa, pero no había más. De hecho, hubo niños que fueron atendidos, a los que se les dio medicina, pero regresaron a morir al día siguiente.

Esto ocurrió en los sesenta, durante sus años en la Universidad de El Salvador (UES). Su etapa de universitario.


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Este es un fragmento de un perfil sobre Salvador Moncada titulado Una vida útil, publicado el 30 de diciembre de 2007 en la revista Enfoques de La Prensa Gráfica.
Fotografía: Nubia Rivas

sábado, 5 de noviembre de 2011

Feliz cumpleaños, Chabelita


[La ministra de Salud, María Isabel Rodríguez, nació  el 5 de noviembre de 1922]


El 5 de noviembre de 1922 fue domingo. Ese día se proyectó la película “Jilmy” en el salón Orozco de Santa Tecla. Filomena Peña de Brown puso en venta su casa de San Martín, situada a una cuadra de la estación del ferrocarril, y la pierna de Modesto Valdés se fracturó tras ser atropellado por uno de los pocos automóviles que recorrían el barrio Santa Lucía. Ese día no fue uno más en la vida de María Isabel. Ella nació ese día en la casa familiar del barrio Concepción, en San Salvador. Apenas cuatro años antes había finalizado la Primera Guerra Mundial. 

Cuando ella llegó al mundo, Quezaltepeque era el interior del país. Por eso venirse a San Salvador, “a la civilización”, fue toda una aventura para Concepción Rodríguez –su madre–, Isabel Rodríguez y Elena Rodríguez. Esas tres mujeres –tres hermanas– marcaron los primeros años de vida de María Isabel. De la persona que embarazó a Concepción sabe que era “un señor abogado muy distinguido” casado con una tía de las tres. Ni siquiera heredó el apellido. Fue hija de una madre soltera en el San Salvador de 1922.

“Yo fui la única hija de mi madre quien, una vez que yo nací, por esa sensación de vergüenza que uno tiene, se aisló para cuidar de mí, muy sometida por sus hermanas”, recuerda. Le gusta decir que es hija de tres mamás, aunque en ese ambiente familiar, Concepción tenía un papel muy dócil, ante las fuertes personalidades de Isabel y Elena. Si Chabelita –así la llamaban de niña– recibía algún premio en la escuela, no era su madre la que iba, sino cualquiera de las hermanas: “Mi mamá aprendió a manejar la situación de ser yo su hija para ella, pero no para el público”.

Con una tienda en el barrio La Vega como principal sostén económico de esta atípica y matriarcal familia, a los ocho años María Isabel inició sus estudios en una escuela pública. Terminó la primaria y tuvo que afrontar su primera gran batalla por hacer prevalecer su pensamiento. Fue en 1936, cuando decidió estudiar secundaria en el Instituto Nacional General Francisco Menéndez (el INFRAMEN).

—Solicité la admisión a escondidas de mi familia, y entonces, un día de tantos, el primer telegrama en mi vida que recibo fue para decirme que me habían aceptado.
—¿Ese instituto es el mismo INFRAMEN que ahora?
—El mismo, pero en aquella época era un instituto –matiza– de una calidad académica altísima. Era un colegio militarizado, con las muchachas vestidas de militares y todo eso.

El instituto lo dirigía entonces un coronel francés que años atrás había participado en la colonización africana, y que mantenía como obligatoria una asignatura de tiro al blanco. Además de disciplina y de saber disparar, dice haber encontrado en los cuatro años que estuvo allí a los mejores profesores del país.

Lograr el ingreso supuso primero superar los prejuicios existentes en la estructura familiar: “Hubo consejo de familia, y mi tía mayor hizo una conclusión muy rápida: ‘Si dejan ir a esta muchacha es por ser la más feíta del grupo y porque quieren perderla; es un lugar donde hay mujeres y hombres juntos’. Fue una discusión terrible, pero triunfé”.

Gracias a ese triunfo, además de garantizarse un futuro, supo cuál era su nombre. Hasta 1937 creyó que se llamaba Isabel a secas, como su tía. Pero al llegar al INFRAMEN, donde tuvo que llevar la partida de nacimiento, vio que cuando la nombraban al pasar lista se referían a ella como María Isabel Rodríguez.

“En ese tiempo 
mueve sus manos con uñas pintadas de un rojo muy vivo me dolió horrores que me cambiaran el nombre en el instituto, porque yo era Chabelita. En mi casa aún me llaman Chabelita, aunque para toda la chiquitinada soy la Tía Lita.”

Caricatura: Otto Meza


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(Este relato forma parte de un perfil titulado "Estudió, educó, batalló, naufragó, rio", que fue publicado en octubre de 2007 en la revista Enfoques, del diario salvadoreño La Prensa Gráfica).

jueves, 7 de julio de 2011

La isla que no es isla

La isla Montecristo, en el extremo occidental de la bahía de Jiquilisco, en realidad no es una isla. Se puede salir caminando hasta San Juan del Gozo, algo que toma unas cuatro horas, y desde allí hay una calle sin asfaltar que permite alcanzar la carretera El Litoral. Sobre un mapa, la mal llamada isla pertenece a Jiquilisco, pero ellos miran más hacia San Vicente. El caserío La Pita, de Tecoluca, lo tienen a apenas 15 minutos en lancha si atraviesan el Lempa, y hasta allí llegan buses.

La comunidad Montecristo, sin embargo, sí es una comunidad, si como comunidad se entiende a un conjunto de personas que vive en un mismo lugar y bajo unas mismas normas. Son 37 familias, unas 120 personas. En su día se taló mucho, y hay espacio. Las casas están separadas unas de otras, y si hubiera que llamar plaza a algo, sería a la explanada situada frente al embarcadero principal.

En esa plaza, lo que se ve cuando uno desembarca son gallinas que pasean libremente, troncos apilados en el suelo, unos pocos árboles -vivos- que dan una agradecida sombra, casas de bloque y casas de madera, niños, mujeres, perros, hombres, redes para la pesca, hamacas, un pozo, una letrina pública, una vaca tan delgada que se le pueden contar las costillas y un suelo reseco y polvoso en el que se quedan marcadas las huellas de las patas de las gallinas.

Completan el cuadro la Tintorera I, la Sulmita II, las Conchas II y Brasil. Son lanchas, las que no habían salido a faenar. Casi todos se dedican a la pesca artesanal, pero en los espacios usurpados al manglar se cultiva maíz, pipián, ayote y hay una incipiente apuesta por el marañón.


En Montecristo, digan lo que digan las compañías telefónicas en sus campañas publicitarias, no hay señal de celular.

Fotografía: Roberto Valencia
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(Este es un fragmento de un reportaje titulado "Mucho que decir sobre los punches", publicado el 24 de febrero de 2008 en Enfoques, la extinta revista dominical de La Prensa Gráfica)

jueves, 31 de diciembre de 2009

La casa de María Isabel

Desde que regresó del exilio en 1994, María Isabel Rodríguez reside en la ciudad que la vio nacer: San Salvador. Vive cerca de su universidad y más cerca aún, a apenas unos pasos, del cuartel San Carlos. Frente a su casa hay dos mensajes muy necesarios en El Salvador. Uno, pintado en letras grandes junto a una cancha de baloncesto, dice “Yo avanzo hacia lo limpio”; y el otro, escrito en una señal publicitaria, también apela al civismo: “Apague su celular al conducir”. Seguro que son más necesarios en cualquier otro lugar que ahí.

Para entrar en la vivienda -blanca con partes anaranjadas, sin portón, de dos niveles y con mucha vegetación- solo hay que mover hacia adentro una verja de hierro que llega por debajo de la cintura, hay que subir ocho escalones y hay que llamar a un timbre. Detrás de la puerta, ella abre el candado, gira el pomo hacia la derecha y tiende la mano: “Pase, pase”.

María Isabel mide 157 centímetros, pero parece más baja. Es delgada, extremadamente delgada, y se peina de tal manera que deja al descubierto una parte de su frente. En su rostro destacan sus marcados pómulos, y los grandes lentes que, aunque cueste imaginarlo, no necesitó durante la primera mitad de su vida. Los ojos que están detrás son marrones.

Su casa está a la par de la de Blanca de Suárez -casada con el doctor Suárez, cuatro hijos, ocho nietos-, su hermana del alma. Los dos hogares están comunicados. Se puede ir de uno al otro sin tener que salir a la calle. En realidad, Blanca es su prima, y ambas, como buenas hermanas, comparten la descendencia. Esa es la “chiquitinada” que llama Tía Lita a María Isabel.

En las paredes de su casa no está colgada la fotografía que congeló el último cigarro de Fidel Castro ni ninguna de las que tiene con las personalidades que ha conocido a lo largo de su vida. Tampoco hay enmarcado ninguno de sus títulos ni reconocimientos. Huyó también de ese tipo de adornos -fotos y diplomas para que otros los lean- para decorar el despacho que tenía en la universidad. Prefiere la pintura; prefiere un tipo concreto de pintura. De 11 cuadros en la sala, los 11 hacen referencia a la pobreza, al campesinado, a la ruralidad. Son imágenes de Venezuela, El Salvador, México, Haití, Nicaragua... “Estos están elegidos desde lo más profundo de mí”, se sincera. Y entre esos 11 cuadros está su favorito, el que hace más de medio siglo un buen amigo le regaló en México.


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Esta escena pertenece a un largo texto titulado "Estudió, educó, batalló, naufragó, rio", sobre la vida de la actual ministra de Salud, María Isabel Rodríguez. Fue publicado en octubre de 2007 en la revista Enfoques, del diario salvadoreño La Prensa Gráfica.
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