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domingo, 9 de marzo de 2014

Una sociedad enferma


¿Cómo llegamos a esto(*)? 

Foto tomada de Facebook y modificada para proteger al menor
No me refiero a la fotografía curiosa-simpática-aberrante en función de quien la adjetive, sino a lo que hay detrás. Y lo que hay detrás es una joven filoemeese que promueve orgullosa la imagen de su hijo rifando barrio, y que apuntala el sinsentido con loas a la que define como su verdadera familia, la Mara Salvatrucha, organización responsable de miles de asesinatos tan solo en El Salvador. Lo que hay detrás, basta invertir unos minutos escarbando en internet, es una presencia cada vez mayor de las pandillas en Facebook, en YouTube, creciente de unos pocos años hacia acá, en la medida que internet ha dejado de ser algo exclusivo de clases medias y altas. Lo que hay detrás no es un hecho puntual extraordinario singular, sino cotidianidad. Lo que hay detrás es un problema social transfigurado en problema de seguridad pública. Lo que hay detrás son, cifras oficiales, más de 60,000 pandilleros activos con un entorno social afín a las pandillas –madres, novias, simpatizantes, hijos, colaboradores, chequeos, mascotas...– de 400,000 personas, en un país de poco más de 6 millones. Lo que hay detrás es la parte que menos gusta cuando la sociedad salvadoreña se mira en el espejo, como le sucede al cuarentón vanidoso que contiene la respiración y saca pecho para disimular su prominente barriga. Lo que hay detrás es, pese a quien pese, una redefinición de la salvadoreñidad en la que el pandillerismo más destructivo es un componente sine qua non. Lo que hay detrás es El Salvador. 

Pero reitero, ¿cómo llegamos a esto?

Pasó que cuando en 1992 terminó la guerra civil nadie se preocupó del trauma colectivo en una sociedad rota y empobrecida. Una estrategia de atención psicológica masiva, hecha a tiempo y complementada con programas sociales efectivos, quizá habría amortiguado el problema. Cada comunidad cantón barrio debió haberse llenado de psicólogos sociólogos trabajadores sociales. Pero no. 

Pasó que en los noventa Naciones Unidas y la comunidad internacional quisieron meter a El Salvador a empujones en el primermundismo, sin medir las consecuencias. A base de golpes –de muertos– comprobamos que quizá no fueron las mejores ideas inventarse un cuerpo policial en plena posguerra o importar leyes efectivas para otras latitudes, pero inaplicables en El Salvador por falta de recursos o de voluntad política. 

Pasó que desde el rencor o la ignorancia se exigieron y se aplaudieron –se exigen y se aplauden– los grupos de exterminio, cuando es tan sencillo verificar que el boom de las maras en San Miguel fue precisamente después de la Sombra Negra. 

Pasó que los gobiernos adoptaron durante veinte años políticas públicas que parecen diseñadas para radicalizar el pandillerismo: la Mano Dura, la Súper Mano Dura, la asignación de cárceles a cada pandilla, el hacinamiento salvaje, el abandono de estrategias de inserción social... Las maras en la posguerra eran un problema de orden público que no se desactivó a tiempo, se dejó crecer, el Estado fomentó su mutación con un manodurismo estrictamente electoral , hasta que devino en problema de seguridad nacional. 

Pasó que nos prometieron el Cambio en 2009, y en materia de seguridad pública sí hubo un cambio que ha salvado estadísticamente miles de vidas, la tregua, aunque el Gobierno se niega a reconocer su paternidad y sigue sin apostar de lleno –por impopulares, por cálculos electorales– a los temas impostergables de la prevención, la inserción y la rehabilitación.

Pasó que los periodistas seguimos el juego a los políticos que en los primeros lustros sobredimensionaron el problema de las maras para ocultar la corrupción, el narcotráfico, la impunidad...

Pasó que las oenegés, asociaciones y fundaciones que velan por los derechos humanos subdimensionaron el problema de las maras. Eran los llamados a ser la conciencia crítica ante tanto despropósito pero, en general, trataron de convencernos de que los pandilleros eran responsables de una pequeña fracción de la violencia que ocurre en el país, incluso cuando el fenómeno estaba ya desbocado. Algunas aún hoy siguen atrincheradas en ese error. 

Pasó que la Academia apenas hizo nada. 

Pasó que asumimos que era normal pagar por la salud, por la educación, por dar un paseo con los hijos sin temor a ser asaltado... por tantos derechos básicos. ¿Y qué pasa con quienes no pueden pagarlo? 

Pasó que los que no tenemos el problema en la puerta de casa nos dejamos convencer de que la inseguridad se combate con muros, razor, plumas, guardias y evitando viajar en bus. 

Pasó que la seguridad pública (la inseguridad pública) se convirtió en modo de vida, pero no solo para los dueños de empresas de seguridad o para los que venden pistolas o razor, también para quienes analizan filosofan investigan oenegean sobre las soluciones al fenómeno de las maras. También para quienes escribimos crónicas. 

Pasó que creamos una sociedad en la que parece que si no se consume, no se vive, pero luego bendecimos con nuestro voto a los políticos que permiten que el salario mensual de una cajera de supermercado sea 220 dólares, o que un cortador de caña gane 110 dólares. 

Pasó que quienes ganamos 700, 1,000 o 1,500 dólares nos quejamos de que apenas alcanza para llegar a fin de mes, pero no vemos problema en pagar ocho o diez dólares por ocho o diez horas de trabajo a la señora que nos cuida los niños y/o nos limpia la casa. 

Pasó que como sociedad nos inmunizamos ante el dolor ajeno. 

Pasó que quienes creemos que la única forma efectiva de revertir esto es invertir mucho dinero en programas efectivos de prevención en las comunidades y en rehabilitar al delincuente que está encarcelado no nos sabemos imponer a las barras bravas que solo creen en el ojo por ojo. 

Pasó que el problema de las pandillas lo dejamos crecer demasiado y se volvió enrevesado y deshumanizado. Ojalá me equivoque porque es pura especulación, pero me temo que tardaremos muchos años en neutralizar las consecuencias de haber construido una sociedad tan violenta, una sociedad tan enferma. 

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(*) Aclaración para lectores no salvadoreños o para salvadoreños con conocimientos limitados sobre las maras, el problema de convivencia más grave que afecta al país: el niño, de unos tres años, está rifando Mara Salvatrucha. Con su mano derecha hace la 'M', que a su vez representa la garra que es el símbolo de esta pandilla; y con su mano izquierda gesticula una 'S'.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Patanes, gañanes, arribistas y gangueros

Nadie lo dice, pero falta poco para la medianoche y sabemos que es hora de despedirnos. Somos tres. Los otros dos son un oficial de la Policía Nacional Civil (PNC) y un amigo mío, periodista también. Nos hemos sentado a las 9 de la noche en la penumbra de un bar de la capital para hablar sobre pandillas, sobre el narco, sobre la PNC misma. Es una de esas conversaciones sin grabadora ni cámaras, pero que, si se superan las barreras de desconfianza, aportan más que pasar toda una vida yendo a conferencias de prensa. Esta entrevista en concreto está resultando muy ilustrativa, pero, después de cinco o seis cervezas, en la mesa ya se ha instalado la sensación de que debe llegar a su fin.

El oficial de la PNC es de los veteranos, de los que algún día se podrá afirmar que entregó su vida por el cuerpo. Fiel a las referencias que nos habían dado, parece alguien honesto y con un fuerte sentido institucional, al punto que toda la noche se ha esforzado por presentar a la Policía como una de las instituciones menos contaminadas del engranaje social salvadoreño. Hace apenas unos minutos, después de hablar largo sobre perrones, emeeses, jueces corruptos, pegeerres y mediomillones, nos ha compartido su teoría de por qué El Salvador no camina como debería. Adjetivo más, adjetivo menos, los salvadoreños, ha dicho, somos patanes, gañanes, arribistas y gangueros. Nos disgusta el orden y consideramos las normas de convivencia social como instrumentos que solo los pendejos respetan. Sus argumentos han sido muchos y variados, pero se pueden resumir en un ejemplo: si yo me voy de la delegación y dejo mi celular en la mesa, ha dicho, me lo robarán, seguro, igual que los agentes se roban entre ellos los cargadores y las botas; pero lo curioso en El Salvador es que si eso llegara a suceder, para los agentes el tonto sería yo por haber dejado el teléfono, no el ladrón; así ocurre en este país, ha dicho, y no avanzaremos mientras no corrijamos estas mañas tan interiorizadas.

Yo le he dado la razón, y hasta he contribuido con otro ejemplo: lo que ocurre en la avenida Jerusalén cuando hay trabazón, cuando decenas-cientos-miles de listillos –ricos, pobres, licenciados, analfabetos– utilizan el hombro de la calle para evitarse la cola.

Como contrapeso a la negativa descripción de la salvadoreñidad, el oficial de la PNC solo ha destacado la cherada como cualidad digna de exportación.

Pues bien, pagada la cuenta, nos despedimos en la puerta del bar, y cada uno se dirige a su carro. Han sido cinco o seis cervezas y los tres daríamos positivo en el alcotest, pero el oficial va más allá cuando con su impecable 4x4 hace un giro prohibido, se salta la doble línea amarilla y maniobra sobre la acera… como todo buen salvadoreño. 



Fotografía: Roberto Valencia

miércoles, 26 de enero de 2011

La pérdida de un amigo


Algo terrible ha ocurrido.

Hasta hace apenas unas semanas todo eran sonrisas y arrumacos entre los dos, pero ahora no. La relación de Alejandra con el indígena es de desconfianza, hasta de miedo me atrevería a decir. Él fue su primer amigo fuera de su círculo familiar. Los vi juntos docenas de veces, casi siempre en el pasillo de la casa. Él, hierático y meditabundo, de eterno gesto serio. Ella, todo lo contrario: sonriente y siempre dispuesta a acariciarle su prominente nariz.

—Mirá quién está ahí: tu amiguito –le decía yo a Alejandra cuando pasábamos junto a él, y ella estiraba risueña su brazo para poder sentirlo.

Pero ahora no. Desde hace unos días lo mira con recelo y ni siquiera quiere tocarlo. El brazo se le encoge cuando lo tiene cerca y rara es la vez que no le gira la cabeza. Pasó sin más, me consta, al menos sin que él hiciera nada que a mis ojos pudiera resultar ofensivo. Y temo que no haya marcha atrás. Alejandra aún no ha cumplido los 13 meses de vida, pero suena ya a cosa del pasado su amistad con el indígena con dos quetzales por penacho que cuelga de la pared.


Fotografía: Roberto Valencia

martes, 18 de enero de 2011

En El Salvador manejamos mal

En El Salvador manejamos mal. Más de 1.100 fallecidos en accidentes de tránsito durante 2010 –tres cada día– no dejan mucho margen para la objeción, y menos aún cuando esas cifras se relativizan: la tasa de muertos por cada 100.000 habitantes es cinco veces –cinco veces– superior a la de España, y eso que tenemos un parque vehicular proporcionalmente menor y mayores restricciones en cuanto a la velocidad máxima permitida. Pero incluso dejando los números a un lado, hasta un ciego ve que los carros se parquean sobre las aceras con total impunidad, que los intermitentes parecen elementos decorativos, que el respeto al peatón está bajo mínimos, que manejar borracho no está socialmente mal visto, etc., etc. Se mire por donde se mire, y pese a quien pese, en El Salvador manejamos mal.

A esto le voy dando vueltas mientras manejo por la carretera Panamericana rumbo a una pequeña ciudad del oriente del país llamada Santiago de María. Manejemos mal, no hay duda, pero veo –y así lo registro en mi grabadora– que no es solo cuestión de habilidades al volante, que la siniestralidad es, creo yo, el resultado de un cúmulo de circunstancias que podrían agruparse en cuatro: una pésima educación vial, una débil institucionalidad que genera impunidad, unos índices de pobreza que convierten las carreteras en codiciados puntos de venta y una tolerancia social hacia todo lo anterior.

Acabo de dejar atrás San Martín, la última ciudad del Área Metropolitana de San Salvador. Estoy en el campo, aunque esto es un decir en el país más densamente poblado del continente y sobre el... (Este relato puede leerlo completo pulsando aquí).

Fotografía: Roberto Valencia

viernes, 7 de enero de 2011

La gasolinera

A simple vista, es una gasolinera más: seis bombas con sus mangueras y sus colores para diferenciar los combustibles. A un costado, la tienda mil-usos donde se puede comprar desde un café o una soda hasta preservativos. Es esta una fría mañana de diciembre, y en este momento nadie compra ni nadie reposta. Solo se ve, enfundado en un llamativo overall, a un empleado con poco pelo. Parqueo el carro pegado a una de las bombas, salgo, miro al interior de la tienda y, al ver que no hay nadie, subo la voz para que el empleado me oiga.

—¿Cómo funciona esto? ¿Dónde se paga?
—Sírvete y luego pagas adentro.

Fuleo el tanque y entro a pagar. Me he servido sin antes entregar documentos ni pagar ni un peso. El mismo empleado, que ahora compruebo que ronda los 30 pese a la calvicie, está ya adentro. Cancelo y me retiro.

Todo encaja, pienso: Petronor y no Texaco o Shell, me he servido litros en vez de galones, he pagado en euros, el frío que hace es inconcebible para el Trópico, como la alopecia casi juvenil del empleado, y, sobre todo, la confianza -repito: la confianza- como la piedra angular de las relaciones entre iguales. Definitivamente, no estoy en El Salvador.


Fotografía: internet

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