En esas miro al fondo, y a unos diez metros veo a mi esposa, que no quiso hacer la cola, sentada en la repisa del escaparate, con una inquieta Alejandra en sus brazos. Doy un par de pasos y la miro, me mira, me identifica, esboza una sonrisa cholca y se anima:
—Pa, pa, pa, pa, pa, pa…
Un escalofrío muy profundo me recorre el cuerpo y se me viene el impulso reprimido del llanto, como si un dedo me apretara los ojos desde adentro. Luego me dirá mi esposa que ya se lo había escuchado, pero yo nunca, yo solo le había oído el ma, ma, ma, ma, ma, ma cuando quiere sus brazos, que son los que más extraña porque son los que más la cuidan. Uno se siente tan bien, tan raro, que no halla las palabras justas. Y el día denso y complicado se convierte en algo digno de ser recordado, para siempre.
| Fotografía: Roberto Valencia |
